QUIEN COMO TÚ.
El perfume de su almohada
Tu lo conoces bien
Y la humedad de sus sabanas blancas también
La luz de la luna se reflejó en el fino cristal de sus gafas prolijamente apoyadas sobre la mesita de noche a la espera del amanecer, que tardaría varias horas más. Sobre la cama, el cuerpo de su dueño se perdía entre las sábanas enrolladas, preso de una pesadilla de la que parecía no poder liberarse… una pesadilla de formas acentuadas, sonrisa clara y ojos penetrantes… una pesadilla casada de nombre Noelia.
-Noelia…-
Noelia. El nombre, derrapando en sus labios con premura, exorcizaba entre sueños los fantasmas encendidos de su prohibida pasión, su ira, su frustración, el deseo incondicional de tenerla a su merced a sabiendas de que, tres habitaciones más lejos, la culpable de su tormento gemía el nombre de su esposo, el hombre que, sin luchar, le había ganado… y lo odiaba. Odiaba su nombre, porque la traía a su lado, odiaba su recuerdo porque encendía sus días, odiaba su presencia, porque no hacía más que recordarle cuánto la amaba pura y desesperadamente.
Giró entre la fina tela que cubría su humanidad, tratando de deshacerse de ese estado de sopor que le recordaba sus desgracias, borrándola de su mente por tan sólo unos segundos sin conseguirlo, y su mente, ágilmente, se coló en el cuarto de su amada como furtivo espía, burdo intento de imaginar lo que no podía ver… su territorio, el amplio lecho cobijando aquel acto que tenía vedado.
Que suerte la tuya que puedes tenerlo a tus pies
Sintiendo en tu boca sus besos que saben a miel
Mirando como le hablas de amor el tiempo no se detiene
Y nada tengo yo que esperar
Aunque me quede en el aire
Sus ojos se abrieron con ímpetu, desesperados por hallar un punto que lo atase a la cordura que perdía cada vez que imaginaba la pasión recorriendo la suave piel de aquella mujer prohibida, sus jadeos enhebrados en rosarios de placer ofrendados a las violentas estocadas que, en la noche, golpeaban las paredes con la cabecera de la cama, y el rostro del hombre que, día a día, la poseía, tan plena, tan suya, arrancándole el corazón a tramos cortos con cada beso que le robaba a esos labios inalcanzables.
-Christian…- murmuró molesto, y sus puños ya pálidos se blanquearon por la rabia de saberse derrotado por un hombre que, en justas condiciones, no hubiese podido competir con él.
Y lo envidió por tenerla, por saberse su orgulloso dueño cada hora, cada día, cada año que pasara con ella a su lado. Envidió sus besos, sus caricias, sus días juntos que tan poco podían ofrecerle a ella, envidió sus horas, sus noches, su cama tibia y sus sábanas manchadas de lujuria aún candente pese al paso del tiempo. Lo envidió porque no podía odiarlo, lo odió porque no podía odiarse, se odió por no haberla tomado cuando aún estaba a tiempo… se odió, y en ese odio enterró el nombre de Christian, para odiarlo a él por su propia cobardía, por haberlo dejado llevársela sabiendo que jamás hallaría otra mujer como ella.
Ahora él la tenía… Ya no quedaba nada
Quien como tú
Que día a día puedes tenerle
Quien como tú
Que solo entre tus brazos se duerme
Quien como tú
Quien como tú
Que tarde a tarde esperas que llegue
Quien como tú
Que con ternura curas sus fiebres
Quien como tú
Y sin embargo, cada vez que la miraba, cada vez que le hablaba o la rozaba, podía sentir aquel deseo vedado recorrer su sangre, esparcirse por su cuerpo de mujer como las ondas, imposibles de detener, indestructibles, para luego verse reflejado sus ojos opacos teñidos del terror a la traición. “Soy una mujer casada” solía decirle a menudo, conocedora de su más profundo secreto… porque lo sabía. La quería, y ella lo sabía ¿Lo querría ella tanto como él? Nadie podía saberlo más que su propia alma encadenada a aquel hombre vulgar que acompañaba sus pasos en la fama. No, no podía saberlo, y él allí, consumiéndose en su propia pasión, simplemente esperaba, esperaba un desenlace que quizás nunca llegaría.
Esas noches de locura
Tú las disfrutas bien
Y entre sus brazos las horas no pasan lo se
Mirando como le hablas de amor
El tiempo no se detiene
Y nada tengo yo que esperar
Aunque me quede en el aire
Como bólido se paseó por la habitación, dejando su cuerpo desnudo a merced del frío de la noche que empezaba a calar hasta los huesos sin poder congelar aquel fuego que lo quemaba por dentro al recordar tan sólo su nombre, su risa, las noches en las que, de cerca, podía verla abrazada a la cintura de su esposo en una perfecta farsa de felicidad que de a ratos se tornaba verdadera. ¿A quién amaba en realidad? No lo sabía, Noelia era todo un misterio en si misma, un misterio deseable en cuyas profundidades le hubiese gustado perderse sin importarle el costo, pero allí de nuevo la apocalíptica frase escapando de sus rosados labios en susurros que quebraban su determinación como un espejo “Soy una mujer casada, Juan Cruz…” decía una y otra vez “Soy una mujer casada”
Casada con él… casada con nadie, casada con un hombre que no valía la pena, con un muro que erigía ante él cada vez que sus impulsos pecaban contra la sortija dorada en su mano izquierda.
Una mujer casada…una mujer prohibida… su mujer prohibida.
Quien como tú
Que día a día puedes tenerle
Quien como tú
Que solo entre tus brazos se duerme
Quien como tú
Se dejó caer pesadamente sobre el mullido colchón, estaba harto de tener las mismas divagaciones cada noche, todas las noches. Su amor por ella lo enloquecía, y en su locura olvidaba que la amaba, que la odiaba, que sin importar lo que sintiese, nada podría ya suceder. Estaba él, siempre estaría él, siendo su dueño, el blanco a quien apuntar su frustración… aquel a quien envidiar.
Tres suaves golpes se dejaron oír al otro lado de la puerta, seguidos de una voz cantarina. De pie, Juan Cruz suspiró, encaminándose a la puerta. Al menos esa noche, quería olvidarlo todo… quería olvidarla a ella
-Buenas noches, Juan… espero que me hayas extrañado- y una risilla se enredó entre sus cortos cabellos rubios.
-Adelante… Marion.-
Quien como tú
Que día a día puedes tenerle
Quien como tú
Que solo en tus brazos se duerme
Quien como tú
Que tarde a tarde esperas que llegue
Quien como tú
Que con ternura curas sus fiebres
Quien como tu?
Como tu
Quien como tu?
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