Caminaba entre los bloques de piedra del Inframundo con paso ágil y sin dejar de mirar a un lado y a otro. Sería un Juez del Hades, pero como le pusiera la mano encima a Radamantis, se las iba a pagar todas juntas. Sólo a él se le podía ocurrir organizarle aquella estúpida gymkana. Cuando lo encontrase, no iba a tener ganas de sexo con él, sino de matarlo. Le estaba empezando a entrar complejo de recadero yendo de un lado a otro buscando las jodidas pistas que le había dejado el inglés. La primera se la había dado después de explicarle el estúpido jueguecito, otras estaban en su tribunal, en la primera prisión, en medio de la Giudesca…
―Una docena de pistas, Rada ―murmuraba Minos mientras estrujaba en una mano las hojas que había reunido y regresaba de nuevo a sus habitaciones―. Una docena de estúpidas pistas para terminar en el mismo sitio.
Abrió la puerta de golpe, dispuesto a gritarle de todo, molesto por pasarse tres horas haciendo el tonto, por estar sudando y de mal humor. Pero no llegó a decir nada. Su dormitorio no estaba tal y como lo había dejado. Sus sábanas de algodón habían sido cambiadas por unas de seda, el olor a sándalo flotaba en el ambiente, y la única luz provenía de varias velas, entre ellas algunas perfumadas. Pero lo más sorprendente de todo era la figura del Wyvern allí de pie, completamente desnudo, a no ser que aquel diminuto tanga negro que llevaba puesto se considerase ropa.
―¿Qué carajo estás haciendo así? ―preguntó con el ceño fruncido después de mirarlo asombrado durante unos instantes.
―Esperar por ti ―respondió el rubio con tono seductor mientras lo acorralaba contra la pared―. Necesitaba tiempo para prepararlo todo ―añadió mordiéndole el cuello.
Minos no pudo evitar que un gemido se le escapara de la garganta. El inglés lo excitaba hasta unos límites insospechados, y siempre terminaba cediendo a todas las locuras que organizaba para llevarlo a la cama. No recordaba cuanto tiempo llevaban así. Años tal vez, pero en aquellos momentos era incapaz de decir el número exacto. Ni falta que le hacía, porque lo único que quería era su premio por haber completado la búsqueda.
―Quítate esa cosa ridícula ―ordenó soltando un cierre lateral y arrancando el pequeño tanga de cuero.
―Tú mandas ―ronroneó como respuesta.
El noruego se apresuró a desnudarse ayudado por Radamantis antes de enlazarse en un profundo beso. Las lenguas se buscaban, ávidas la una de la otra. Las manos resbalaban por la piel a causa del sudor de Minos, que se pegaba al cuerpo del dragón, que lo levantó haciendo que enroscara las piernas en su cintura. Lo depositó con suavidad sobre la mullida cama y se inclinó sobre él para seguir besando aquel cuello blanco que se le ofrecía sin ninguna vergüenza, su bien trabajado abdomen, acariciando sus piernas como si pretendiera aprendérselas de memoria.
Minos se retorcía debajo del rubio, que sonreía de verlo así, completamente rendido a lo que quisiera hacer con él. Los ojos le brillaron por un momento, antes de seguir bajando para besar, lamer y succionar su erguido sexo. Los gemidos se apagaron por un momento, sólo para volver con más fuerza. Los dedos del Grifo se enredaron en los cabellos del inglés, obligándolo a llevar un ritmo más rápido, a lo que accedió gustoso, yendo un poco más allá e introduciendo un par de dedos en el interior del noruego, que se movió inquieto, intentando que aquellos dedos tocasen las zonas más sensibles, hasta alcanzar un violento orgasmo en la boca de Radamantis.
El Wyvern fue subiendo delineando con su lengua los bien marcados músculos de Minos, jadeante y sonrojado. Como a él le gustaba. Atrapó sus labios con fiereza, mientras aferraba sus caderas y le hacía colocar las piernas alrededor de su cintura. La mirada anhelante del joven de cabellos plateados se le hacía sumamente tentadora, y sin apartar los ojos de los suyos, lo penetró de una sola vez. No esperó para empezar a moverse con auténtico frenesí. Si Minos estaba completamente a su merced en cuanto lo rozaba, él no era menos, y el mismo roce servía para provocarle un deseo desbocado por su compañero, y no tardó en explotar en su interior.
Se tumbó boca arriba junto a Minos, que buscó en su mesita de noche un cigarrillo y un mechero.
―Cada día estás peor de la cabeza ―dijo encendiendo el cigarro. Se le había pasado por completo el mal humor, como siempre después de acostarse con el Juez.
―Ya, tú te quejas, pero bien que te gusta ―murmuró con voz somnolienta.
―Ni se te ocurra dormirte, dragoncito ―lo regañó Minos sacudiéndolo por un brazo―. Hay reunión y no tienes tiempo de dormir.
Radamantis estaba a punto de protestar. No le gustaba tener que salir de la cama justo después de tener sexo, que así no había forma de repetir, pero se había olvidado por completo de sus deberes como Juez. De todas formas, el noruego ya iba camino del cuarto de baño, apagando su cigarro a medio fumar en un cenicero. No le quedaba más remedio que imitarlo y se metió debajo del agua abrazando al Grifo.
―Tengo que ir a buscar mi armadura ―le explicó mientras le daba un suave beso en el hombro―, nos vemos allá.
Se secó y buscó la ropa, además del tanga, con la que había ido y se vistió antes de salir en busca de su sapuri para poder ir al encuentro con Pandora.
Radamantis entró en el salón del trono con paso decidido y su habitual gesto de confianza, sin hacer caso de los soldados que le abrieron las puertas. Era el primero en llegar a la llamada de Pandora, y se arrodilló respetuosamente ante ella. La joven le hizo un gesto para que se levantara. La mirada lujuriosa que por un momento creyó distinguir en sus ojos violetas no le gustó nada. Seguro que aprovechaba que estaban solos para intentar seducirlo… una vez más. O era la única que no sabía que se acostaba con Minos, o no le importaba. Si no fuese por ese pequeño detalle, no le desagradaría ceder a sus insinuaciones.
Con un movimiento de cabeza que hizo ondear su larga melena oscura, se acercó a él hablándole con tono seductor de lo que al Juez le parecía una sarta de tonterías. Estaba deslizando un dedo por su armadura, sin que hiciese nada por impedírselo, cuando paró en seco, mirándolo a los ojos con repentina dureza. La jodida colonia de Minos que nadie más utilizaba en todo el Hades… Sólo a él se le ocurría usar su frasco de Azzaro en vez de esperar a llegar a su dormitorio para utilizar la suya.
Ya se veía fulminado por la mirada de la joven, cuando la puerta se abrió y entraron los Jueces que faltaban. Los ojos de Pandora pasaron rápidamente del inglés al noruego, que no le hizo ningún caso. La indiferencia de Minos respecto a lo que los demás pensaran a veces rozaba la insubordinación. Hizo un breve saludo y siguió hablando con Aiacos como si nada ocurriese.
Una hora de puros trámites rutinarios después, fueron libres de marcharse. Antes de salir, Radamantis miró atrás, donde Pandora tenía a Minos agarrado de un brazo. No alcanzó a oír lo que le decía, y tampoco podía quedarse allí parado, así que no le quedó más remedio que atravesar la puerta detrás de Aiacos.
La joven había detenido al Grifo cuando pasaba a su lado camino de la salida. Si creía que su interés por Radamantis se le había pasado por alto, estaba muy equivocado, y quería dejárselo bien claro. Sería de ella o de nadie. Se acercó un poco más, tratando de imponerle su autoridad, pero el rostro del Juez no mostró ni un ápice de sumisión.
―No te lo pienso repetir ―susurró la joven con furia―, aléjate de Radamantis o te arrepentirás.
Minos le sostuvo la mirada con tranquilidad. No le tenía miedo a su señora, y le traía sin cuidado lo que ella planease para meterse en el medio de su relación. Hiciera lo que hiciera, él tenía todas las de ganar.
―Haz lo que quieras ―respondió sin inmutarse―. Pídele que escoja entre tú y yo, puede que te lleves una sorpresa.
Se soltó de un tirón y salió de la estancia sin mirar atrás, mientras Pandora apretaba los puños con furia, sintiéndose avasallada por quien debería mostrarle respeto. Se dio la vuelta, con el rostro enrojecido de la rabia, y se paró en seco al ver la imponente figura que estaba frente a ella.
―Déjalos en paz ―dijo secamente, dejando a Pandora más humillada y confusa de lo que ya lo estaba. Se inclinó con respeto mientras Hades se iba, con el corazón rompiéndose en miles de trozos.
Minos se recostó en la cama, lanzando y recogiendo una pequeña caja de suave terciopelo negro. Pensaba en la bravuconada que le había soltado a Pandora. Sentía curiosidad por saber si confiaba en los sentimientos de Radamantis tanto como lo hacía él. Posiblemente no, o de lo contrario habría insistido bastante más de lo que lo había hecho. Miró la caja y la abrió, sonriendo al ver el contenido. Esperaba que al rubio le “gustase” su regalo después de la pequeña venganza que había organizado. En ese momento, debería estar tratando de encontrar una hoja en algún lugar de la guarida de Cerbero. Sonrió al imaginárselo, pero se lo merecía por hacerle recorrer medio Inframundo, por muy buen amante que fuese.
Sacó un anillo del interior de la caja y se lo puso antes de guardar el negro envase en su mesilla. El aro era demasiado incómodo para llevarlo debajo de la armadura. Un pequeño secreto que tal vez deberían haber confesado hacía mucho. Si lo hubieran hecho se habrían ahorrado el ridículo que había hecho Pandora. Pero tenía que admitir que había sido divertido, aunque seguramente ella tendría una opinión bastante distinta de todo aquello.
Abrió la puerta del armario y buscó otra caja, un poco más grande, envuelta en brillante papel plateado y con un enorme lazo verde. Justo en ese momento entró un sofocado Juez, y Minos dejó el regalo sobre la cama.
―No ha sido justo ―protestó el rubio señalándolo con una mano que estrujaba la nota en la que Minos lo invitaba a su dormitorio―. Vale que no te gusten las gymkanas, pero Cerbero…
―Ahí está la gracia, inglesito ―respondió dándole unas palmaditas en la cara.
Radamantis se fijó en la alianza que lucía el noruego y le sostuvo la mano, sin apartar la vista del anillo.
―Te lo has puesto.
―¿No debería hacerlo? ―replicó con un ligero tono de burla.
―Pandora… Dijimos que lo mantendríamos en secreto por ella.
Minos frunció el cejo, recordando la decisión que habían tomado. En aquel momento les había parecido lo mejor, pero después de la mirada que le había lanzado, ya no estaba tan seguro. El secreto era divertido durante un rato, pero también quería que todos supiesen que Radamantis era suyo (y de paso, que mantuviesen las distancias).
―A paseo con Pandora ―dijo con un mohín―. Ahí tienes algo para ella ―añadió señalando el misterioso paquete con la cabeza―. Ábrelo si quieres.
El inglés soltó la lazada, intrigado por aquello. Y la carcajada se le escapó ante lo que Minos le había preparado a la hermana de Hades. Ni más ni menos que un consolador azulado.
―Te va a matar por esto ―le advirtió todavía riéndose.
―Que lo haga ―respondió encogiéndose de hombros―. Que aprenda a respetar la propiedad privada ―dijo sentándose en los muslos del rubio.
―Pero esto mejor nos lo quedamos nosotros ―dijo señalando el consolador―. Yo todavía no he recibido mi premio por llegar hasta aquí.
Minos lo empujó sobre la cama, acomodándose encima de él, besándolo con fiereza mientras las manos de los dos buscaban el contacto con la piel. Esa noche era para el sexo. Al día siguiente ya le darían el disgusto de su vida a Pandora.
~~FIN~~
26 – enero – 2008
Ferrol (Galicia), España
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