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Secretos en la noche (0.03 s)
Secretos en la noche
martarbd_AyA El 03/01/07 a las 05:01:55

Secretos en la noche

 

 

Ola!! esta web novela no es mia en de Linda Howard, pero a mi me gusto muxo. Se llama Secretos en la noche, si ya la han puesto dicirmelo.

Tratara de los A's obvio.

 

 

 



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martarbd_AyA El 03/01/07 a las 07:01:08

 

 

 

           Secretos en la noche

Prologo:

Cuando Alfonso se entera de que Anahi ha regresado, sólo piensa en una cosa: volver a    expulsarla. Porque pertenece a la detestada familia Puente y porque es la viva imagen                   de su madre, aquella mala mujer que le robó a su padre. Pero ninguno de los dos se imaginaba que la atracción que Anahi sentía por Alfonso , y que ella misma creía muerta desde aquella fatídica noche, iba a convertirse en un anhelo incontenible y apasionado.
Anahi Puente siempre había adorado de lejos al chico perfecto del pueblo, pero aquella calurosa noche sureña en la que el rico y respetado padre de Alfonso desapareció con la hermosa madre de Anahi, fue él quien la expulsó de sus tierras y le desgarró el corazón con sus insultos.            
Ahora Anahi sólo quiere detestarlo..., no sentir una poderosa atracción hacia él. Pero extinguir su pasión es tan imposible como ocultar la verdad del pasado que tanto había anhelado conocer.
Indómito, encantador y con toda la fortuna de los Herrera a su disposición, la palabra  de Miguel era ley en Prescott, y su voluntad era no volver a oír hablar jamás del apellido Puente. Pero cuando pensaba en Anahi Puente lo único que veía era un remolino de sábanas y su piel sedosa bajo él... Interesarse por ella era imposible, inconcebible... porque Alfonso Herrera pretendía utilizar todo su poder para destruirle la vida.



Ad_RBD El 03/01/07 a las 07:01:25
Marta por favor siguela jej
 
siguela plis jejejeje q todo lo k sea los A aki nos gusta jejejejej, gracias por la webnovela, bss

martarbd_AyA El 03/01/07 a las 09:01:41

 

jajja, ok

 

 

 

1 cap (1 parte)

 

Era un buen día para soñar. Caían las últimas horas de la tarde, el sol proyectaba sombras alargadas cuando conseguía abrirse paso entre las densas nubes, pero en su mayor parte la luz dorada y traslúcida se quedaba prendida en las copas de los árboles y dejaba el lecho del bosque sumido en misteriosas sombras. En el aire del verano, cálido y húmedo, flotaba el perfume rosado y dulzón del néctar de madreselva, mezclado con el rico aroma marrón de la tierra y de la vegetación podrida, además del penetrante olor a verde de las hojas. Para Anahi Puente, los olores tenían color, y desde que era pequeña se entretenía poniendo colores a los aromas que percibía a su alrededor. La mayoría de los colores eran obvios, extraídos del aspecto que tenía cada cosa. Naturalmente, la tierra olía a marrón; por supuesto, aquel aroma fresco y fuerte de las hojas era verde en su mente. El pomelo olía amarillo brillante; nunca había comido pomelo, pero en cierta ocasión había cogido uno en la frutería y había olfateado su piel, titubeante, y el olor había explotado en sus papilas gustativas, agrio y dulce a la vez. Le resultaba fácil poner color al olor de las cosas en la mente; en cambio, el color de los olores de las personas era más difícil, porque las personas no eran nunca una sola cosa, sino diferentes colores mezclados entre sí. Los colores no significaban lo mismo en los olores de la gente que en los de las cosas. Su madre, Marina, despedía un aroma rojo profundo y picante, con algunas volutas de negro y amarillo, pero el rojo picante casi aplastaba todos los demás colores. El amarillo era bueno en las cosas, pero no en las personas; ni tampoco el verde, ni siquiera algunos de sus matices.
Su padre, Franco, era una insoportable mezcla de verde, morado, amarillo y negro. Con él fue verdaderamente fácil, pues desde una edad muy temprana lo había asociado con el vómito. Beber y vomitar, beber y vomitar, eso era lo único que hacía papá. Bueno, y mear. Meaba mucho.
 El mejor olor del mundo, pensó Anahi mientras deambulaba entre los árboles contemplando los rayos de sol capturados y guardando su felicidad secreta en lo más hondo de su pecho, era el de Alfonso Herrera. Anahi vivía por los breves atisbos de él que alcanzaba a ver en la ciudad, y si se encontraba lo bastante cerca para oír el sonido ronco y profundo de su voz, temblaba de alegría .Hoy había logrado estar lo bastante cerca de él para olerlo, ¡y él incluso la había tocado! Aún flotaba en una nube tras vivir aquella experiencia.

 



martarbd_AyA El 03/01/07 a las 10:01:49

 

 

 

1 cap (2 parte)

Había entrado en la tienda de Prescott con Dulce, su hermana mayor, porque ésta le había robado a Marina  un par de dólares del bolso y quería comprarse un esmalte de uñas. El olor de Roberta era anaranjado y amarillo, una pálida imitación del aroma de Marina. Salieron de la tienda llevando el preciado frasco de esmalte de uñas rosa intenso cuidadosamente escondido en el sostén de Roberta para que Marina no lo viera. Roberta llevaba ya casi tres años usando sostén, y eso aunque sólo tenía trece años, un hecho que ella utilizaba para burlarse de Anahi cada vez que se le ocurría, pues Anahi tenía once y aún no le habían salido pechos. Sin embargo, últimamente los pezones planos e infantiles de Anahi habían empezado a hincharse, y se sentía muy avergonzada de que alguien se los viera. Se daba mucha cuenta de cómo despuntaban bajo la fina camiseta de la LSU que llevaba, pero cuando estuvieron a punto de chocar con Alfonso en la acera cuando éste entraba en la tienda y ellas salían, Anahi se olvidó de lo liviano de su camiseta.
—Una camiseta muy bonita — había dicho Alfonso con sus oscuros ojos brillando divertidos, y le había tocado el hombro. Alfonso estaba pasando en casa las vacaciones veraniegas. jugaba al fútbol americano para la LSU en la posición de defensa en su primer curso. Tenía diecinueve años, medía más de uno noventa y seguía creciendo, y pesaba ciento cinco compactos kilos. Anahi lo sabía porque lo había leído todo en la página deportiva de la gaceta local. Sabía que corría un 4,6 cuarenta y que tenía una gran velocidad lateral, fuera eso lo que fuera. También sabía que era muy guapo, no a lo fino, sino con el mismo estilo salvaje y poderoso que el estimado semental que poseía su padre, Maximilian. Se le notaba su ascendencia francesa criolla en el color oscuro y en la fuerte y nítida estructura ósea de su cara. Tenía un cabello negro y abundante que le caía sobre los hombros y le daba el aspecto tic un guerrero de la Edad Media que se encontrara accidentalmente en la época actual. Anahi se leía todas las novelas que caían en sus manos sobre caballeros medievales y sus bellas damas, por eso reconocía un caballero en cuanto lo veía.
Sintió un cosquilleo en el hombro cuando la tocó Alfonso, y sus pezones hinchados se estremecieron y la hicieron sonrojarse y bajar la cabeza. Todos sus sentidos giraron en un torbellino al percibir su olor, compuesto por una mezcla penetrante e indefinible que no supo describir, caliente y almizclada, con un rojo aún más intenso que el de Marina, lleno de tentadores colores de matices profundos y lozanos.
Dulce sacó hacia afuera sus senos redondos, cubiertos por una blusa rosa sin mangas. Se había dejado desabrochados los dos botones superiores.
—Y mi camiseta, ¿qué? —preguntó poniendo morritos para que sus labios también sobresalieran, tal como había visto hacer a Marina miles de veces.
—Te has equivocado de color —dijo Alfonso endureciendo el tono y poniendo en él una gota de desdén. Anahi supo la razón: Era porque Marina se acostaba con su padre, Guy. Había oído cómo hablaban los demás de Marina , y sabía lo que significaba la palabra «puta».
Miguel Dulce se lo quedó mirando por espacio de unos segundos y después posó sus voraces ojos en Anahi.
—Déjame tu camiseta —le dijo.
—Te queda demasiado pequeña —replicó Anahi, y se alegró enormemente de que así fuera. A Alfonso le había gustado su camiseta, la había tocado, y ella no estaba dispuesta a renunciar a aquello.
Dulce frunció el gesto ante aquella obvia verdad. Anahi era pequeña y delgada, pero incluso sus estrechos hombros pugnaban contra las costuras de su camiseta, que se le había quedado pequeña hacía dos años.—Ya conseguiré otra —declaró.



martarbd_AyA El 03/01/07 a las 11:01:35

 
 

1er cap (3 parte)

Ella también, pensó Anahi ahora mientras contemplaba con expresión soñadora el parpadeo del sol entre los árboles. Pero Anahi no tendría la que había tocado Alfonso; ella se la había quitado nada más llegar a casa, la había doblado con todo cuidado y la había escondido debajo del colchón. La única forma de encontrarla era deshaciendo la cama para lavar las sábanas, y como ella era la única que hacía tal cosa, la camiseta permanecería a salvo y ella podría dormir encima todas las noches.
Alfonso. La violencia de sus emociones la asustó, pero no podía controlarlas. Lo único que tenía que hacer era verlo, y el corazón empezaba a latirle con tal fuerza en su delgado pecho que le hacía daño en las costillas y sentía calor y escalofríos a un tiempo. Alfonso era como un dios en la pequeña población de Prescott, Luisiana; era indómito como un potro, según decía la gente, pero estaba respaldado por el dinero de los Herrea, e incluso de niño había poseído un duro e inquieto encanto que hacía aletear los corazones de las féminas. Los Herrera habían engendrado un buen número de pícaros y renegados, y Alfonso pronto demostró tener el potencial para ser el más indomable de todos. Pero era un Herrera, y aun cuando armara bronca, lo hacía con estilo.

A pesar de todo eso, nunca había sido desagradable con Anahi, tal como había ocurrido con algunas personas del pueblo. Su hermana Mónica escupió una vez en su dirección cuando Anahi y Dulce se tropezaron con ella en la acera. Anahi se alegraba de que Mónica se encontrase en Nueva Orleans en un estirado colegio privado para señoritas y de que no fuera a casa con demasiada frecuencia, ni siquiera durante el verano, porque estaba en casas de Alfonso se marchó a la LSU; Baton Rouge no estaba tan lejos, pero durante la temporada de fútbol no le quedaba mucho tiempo libre e iba a casa sólo en vacaciones. Siempre que sabía que Alfonso estaba en casa, Anahi intentaba dejarse caer por el pueblo en los lugares donde pudiera acertar a verlo, paseándose con la gracia indolente de un gato grande, tan alto y fuerte, tan peligrosamente excitante.
Ahora que era verano, Alfonso pasaba mucho tiempo junto al lago, lo cual era uno de los motivos de la excursión de Anahi a través del bosque. El lago era privado, abarcaba más de ochocientas hectáreas y estaba totalmente rodeado por las tierras de los Herrera. Era alargado y de forma irregular, con varias curvas; ancho y bastante superficial en algunos sitios, estrecho y profundo en otros. La gran mansión blanca de los Herrera estaba situada al este del lago, la chabola de los Puente al oeste, pero ninguna de las dos se encontraba de hecho a la orilla del agua. La única casa de la ribera era la mansión de verano de los Herrera, un edificio blanco y de una sola planta que contenía dos dormitorios, una cocina, un cuarto de estar y un porche provisto de una rejilla que lo rodeaba por entero. Debajo de la casa había un cobertizo para botes y un embarcadero, y también una barbacoa de ladrillo que habían construido. A veces, en verano, Alfonso y sus amigos se juntaban allí para divertirse nadando y remando toda la tarde, y Anahi se deslizaba entre los árboles de la orilla para alegrarse el corazón observándolo.
A lo mejor estaba allí hoy, pensó, sintiendo ya el dulce anhelo que la embargaba cada vez que pensaba en Anahi . Sería maravilloso verlo dos veces en un mismo día.
Estaba descalza, y los raídos pantalones cortos que llevaba no le protegían las piernas de los arañazos y las serpientes, pero Anahi se encontraba tan cómoda en el bosque como las otras tímidas criaturas; no la preocupaban las serpientes, y no hacía el menor caso de los arañazos. Su largo cabello de color rojo oscuro tendía a colgarle en desorden por delante de los ojos y molestarla, de modo que se lo había echado hacia atrás y lo había sujetado con una goma. Se deslizaba igual que un espectro entre los árboles, con una expresión soñadora en sus grandes ojos gatunos al imaginar a Alfonso. A lo mejor estaba allí; a lo mejor un día la veía oculta entre los arbustos, o asomada detrás de un árbol, y entonces le tendería la mano y le diría: — ¿ Por qué no sales de ahí y vienes a divertirte con nosotros?». Se perdió en la deliciosa fantasía de formar parte de aquel grupo de chicos bronceados por el sol, risueños y pendencieros, de ser una de aquellas muchachas que eran todo curvas y lucían breves bikinis.
Incluso antes de llegar al borde del claro en el que se alzaba la casa de verano, vio el brillo plateado del Corvette de Alfonso enfrente del edificio, y el corazón empezó a latirle con familiar violencia. ¡Estaba Allí! Se deslizó silenciosamente tras el parapeto de un gran tronco, pero al cabo de unos instantes se dio cuenta de que no oía nada. No se percibía ningún ruido de chapoteos, voces, chillidos ni risas.


martarbd_AyA El 04/01/07 a las 12:01:42

 
la sigo???

martarbd_AyA El 04/01/07 a las 03:01:49

 
 

1er cap ( 4 parte)

A lo mejor estaba pescando desde el embarcadero, o quizá hubiera tomado el bote para dar un paseo. Anahi se acercó un poco más y torció hacia un lado para tener una vista del embarcadero, pero éste se encontraba desierto. Alfonso  no estaba allí. Sintió que la invadía la desilusión. Si había tomado el bote, no había forma de saber cuánto tiempo hacía de eso, y ella no podía quedarse a esperarlo. Había robado aquel rato para sí, pero tenía que regresar pronto y ponerse a preparar la cena y cuidar de Diego.
Estaba dando media vuelta para marcharse cuando le llegó un sonido amortiguado que la hizo detenerse con la cabeza inclinada para localizarlo. Salió de entre los árboles y dio unos cuantos pasos en dirección al claro, y entonces oyó un murmullo de voces, demasiado débil e indistinto para entenderlo. Instantáneamente, el corazón le dio otro vuelco; después de todo, sí que estaba allí. Pero se encontraba dentro de la casa; sería difícil atinar a verlo desde el bosque. Sin embargo, si se acercaba más, podría oírlo, y eso era todo lo que necesitaba.
Anahi poseía el don de las criaturas pequeñas y silvestres para guardar silencio. Sus pies desnudos no hicieron el menor ruido al acercarse a la casa. Procuró permanecer fuera del campo visual en línea recta de todas las ventanas. El murmullo de las voces parecía provenir de la parte posterior de la casa, donde estaban los dormitorios.
Alcanzó el porche y se acuclilló junto a los escalones, e inclinó otra vez la cabeza en un intento de entender lo que estaban diciendo, aunque sin éxito. Pero era la voz de Alfonso ; los tonos graves eran inconfundibles, al menos para ella. Entonces oyó un suspiro, una especie de gemido, de una voz mucho más aguda.
Atraída de forma irresistible por la curiosidad y por el imán de la voz de Alfonso, Anahi abandonó su postura en cuclillas y tiró con cautela de la manilla de la puerta. No estaba cerrada. La abrió apenas lo suficiente para que pudiera pasar un gato, y deslizó su cuerpo delgado y ligero al interior, y después, con idéntico silencio, dejó que se cerrase la puerta. Se puso a gatas y avanzó sobre las tablas del porche en dirección a la ventana abierta de uno de los dormitorios, del cual parecían provenir las voces.
Oyó otro suspiro.
—Alfonso —dijo la otra voz, una voz de chica, tensa y temblorosa.
—Chist —murmuró Alfonso, un sonido grave que apenas le llegó a Anahi. Dijo algo más, pero fue algo que Anahi no logró entender. Luego dijo — Mon chérie – y en ese momento todo encajó de pronto. Alfonso estaba hablando en francés, y tan pronto cayó en la cuenta aquel las palabras cobraron sentido en su mente, como si hubiera hecho falta aquella pequeña comprensión para que los sonidos encontrasen el ritmo necesario en su cerebro. Aunque los Puente no eran inmigrantes franceses ni criollos, Anahi entendía la mayor parte de lo que Alfonso estaba diciendo. La mayoría de los parroquianos hablaban y entendían francés, en diversos grados.
Sonaba como si estuviera tratando de tranquilizar a un perro asustado, pensó Anahi.

Su voz era cálida y arrulladora, salpicada de frases halagadoras y cariñosas. Cuando la muchacha habló de nuevo, su voz todavía sonó tensa, pero esa vez tenía un matiz de embriaguez.
Llevada por la curiosidad, Anahi se echó hacia un lado y movió con cuidado la cabeza para asomar un ojo por el marco de la ventana abierta. Lo que vio la dejó congelada en el sitio.
Alfonso y la chica estaban desnudos en la cama, la cual estaba colocada con el cabecero debajo de la ventana de la pared adyacente. Ninguno de los dos tenía probabilidades de verla, lo cual era un golpe de suerte, pues Anahi no podría haberse movido incluso aunque ambos se la hubieran quedado mirando directamente.
Alfonso  estaba tendido de espaldas a ella, con el brazo izquierdo colocado debajo de la cabellera rubia de la muchacha. Se inclinaba sobre ella de un modo que hizo que Anahi contuviera la respiración, porque hablar en aquella postura era algo a la vez protector y depredador. La estaba besando, unos besos lentos que dejaban la habitación en silencio excepto por los profundos suspiros de ambos, y tenía el brazo derecho... Parecía como si... estuviera... Cambió de postura, y Anahi vio con claridad que tenía la mano derecha entre los muslos desnudos de la chica, justo encima de su gatito peludo.



martarbd_AyA El 05/01/07 a las 05:01:37

 
 

1er cap ( 5 parte)

Anahi se sintió mareada, y cayó en la cuenta de que le dolía el pecho de aguantar la respiración.
Exhaló el aire con cuidado y apoyó la mejilla contra la madera blanca. Sabía lo que estaban haciendo. Tenía once años y ya no era una niña aunque todavía no le hubieran empezado a crecer los pechos. Varios años antes había oído a Marina y a papá haciendo lo mismo en su dormitorio, y su hermano mayor, Russ, le había explicado gráficamente y sin ningún pudor cómo era la cosa. Ella había visto a perros hacerlo, y también había oído chillar a los gatos mientras lo hacían.
La chica lanzó un grito, y Anahi volvió a mirar. Esta vez Alfonso estaba encima de ella, todavía murmurando suavemente en francés, halagándola, calmándola.
Le decía lo bonita que era y lo mucho que la deseaba, tan atrayente y deliciosa. Y mientras hablaba iba ajustado su posición, abriéndose paso entre los cuerpos de los dos con la mano derecha y apoyado sobre el codo izquierdo. Debido al ángulo, Anahi no veía lo que estaba haciendo, pero de todas maneras ya lo sabía. Le causó una fuerte impresión reconocer a la chica: Lindsey Partain. Su padre era un abogado de Prescott.
—¡Alfonso! —exclamó Líndsey con voz tensa—. ¡Dios mío! No puedo...
Las musculosas nalgas de Alfonso se contrajeron, y la muchacha se arqueó bajo él, gritando otra vez. Pero estaba aferrada a Alfonso , y el grito fue de intenso placer. Movió sus largas piernas, enroscando una alrededor de la cadera de Alfonso y anclando la otra al muslo.

Alfonso comenzó a moverse despacio. Su cuerpo joven y musculoso se estremecía de fuerza. La escena era cruda y perturbadora, pero también había en ella una belleza que tenía cautivada a Anahi.
Alfonso era tan grande y fuerte, con su bronceado cuerpo, elegante e intensamente masculino, mientras que Lindsey era esbelta y bien proporcionada, delicadamente femenina en su manera de suspirar.
Alfonso  parecía tener exquisito cuidado con ella, y ella disfrutaba mucho, aferrada a la espalda de él con sus esbeltas manos, la cabeza arqueada hacia atrás y moviendo las caderas a la par del lento ritmo del muchacho.
Anahi los contempló a ambos con ojos ardientes. No estaba celosa. Alfonso estaba tan por encima de ella, y ella era tan joven, que nunca había pensado en él en sentido romántico y posesivo. Alfonso era el brillante centro de su universo, un ser al que había que rendir culto desde lejos, y ella se sentía tontamente feliz con sólo verlo de forma ocasional. Hoy, cuando él de hecho llegó a hablarle, y tocó su camiseta, se sintió en el paraíso. No podía imaginarse a sí misma en el lugar de Lindsey, desnuda entre sus brazos, ni siquiera imaginarse cómo sería aquello.
Los movimientos de Alfonso  iban haciéndose más rápidos, la muchacha gritó de nuevo agarrada a él, con los dientes apretados como si sufriera dolor, pero Anahi sabía de manera instintiva que no era así. Alfonso estaba ya arremetiendo contra ella, también con la cabeza inclinada hacia atrás, el cabello largo y negro empapado en las sienes y rozando sus hombros sudorosos. Se estremeció y tensó, y de su garganta surgió un sonido áspero y profundo.




Ad_RBD El 12/01/07 a las 06:01:18
Marta me encanta
 
Marta me gusta muxo tu webnovela, pero por favor registrate que si no no cuentan tus mensajesss, si tienes alguna duda agregame a borja_rodriguez9@otmail.com  bss kuidat

martrbd_AyA El 12/01/07 a las 06:01:31

 
eske no me deja, me sale usuario no registrado, y ya me e rejistrado..

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