| RESPUESTAS AL MENSAJE - 57 Respuesta/-s |
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| JaReDrBd |
El 12/07/07 a las 04:07:45 |
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"Anahi y Alfonso Ted Herrera se enamoraron nada mas conocerse , pero el se negó a admitir sus sentimientos. Y aparto a la joven de si, echandola practicamente en brazos de su primo Kuno, con quien terminó casándose . El matrimonio acabó siendo un verdadero infierno para la joven, ya que su marido la maltrataba, celoso del amor que ella aún sentía por Alfonso. Dos años después Kuno, que conducía ebrio, se mato en un accidente de tráfico, Durante todo ese tiempo, Alfonso había creído las mentiras de su primo sobre cómo el desprecio de Anahi lo había empujado a la bebida, pero poco a poco iría descubriendo el horror por el que había pasado la joven, al tiempo que tendría que afrontar sus sentimientos."
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| MELANIE_RBD |
El 12/07/07 a las 05:07:20 |
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sigueleeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee
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| Alis_Rebelde |
El 12/07/07 a las 05:07:06 |
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Siguelaaaa!!!! se ve buena!
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| JaReDrBd |
El 12/07/07 a las 06:07:29 |
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Capítulo 1
TRAS el entierro, Alfonso Herrera se mantuvo alejado del resto de los asistentes, observando fijamente y con desprecio a la joven y esbelta viuda enlutada, de pie junto a un Rolls-Royce negro, mientras recibía las condolencias de unos y otros. Su primo Kuno había muerto y aquella mujer era la culpable. No sólo había atormentado a su marido durante dos años, empujándolo a convertirse en un alcohólico, sino que también había dejado que condujera ebrio, matándose al precipitarse su coche por el borde de un puente. Y allí estaba, sin una lágrima en sus ojos.
Su hermana Maite, tras besar y abrazar a la viuda, se acercó a él para reprenderlo por su actitud.
-Deja de mirarla de ese modo. ¿Es que no tienes sentimientos? -le espetó enfadada.
Alfonso, de cuarenta años de edad, contaba dieciséis más que Su hermana, y su cabello, antaño oscuro como el de ella, se había llenado de prematuras canas, pero, por lo demás, tenía el aspecto de un hombre mucho más joven.
-¿Acaso los tiene ella? -replicó con una sonrisa cínica, dando una larga calada al cigarrillo que tenía entre sus dedos
-Me prometiste que ibas a dejarlo -le recordó ella.
Alfonso enarcó una ceja.
-Y te estoy haciendo caso: ya apenas fumo, sólo cuando estoy nervioso o irritado, y siempre en lugares abiertos.
-Eso no basta, recuerda lo que te dijo el médico. Sé que detestas que te sermonee, pero eres mi hermano y me preocupa tu salud.
Alfonso esbozó una sonrisa amable.
-Está bien, tú ganas. Volveré a intentarlo... a partir de mañana -dijo. Maite frunció el ceño, pero él había girado la cabeza, y estaba observando de nuevo a la viuda con la misma mirada gélida en sus ojos marrones-. La amante esposa... -masculló-. No ha derramado ni una lágrima tras dos años de matrimonio...
-¿Quién eres tú para juzgarla? Nadie puede saber lo que pasa dentro de un matrimonio.
Alfonso ignoró el reproche y dio otra calada al cigarrillo, escrutando de nuevo el rostro de la viuda.
-¿Y a qué viene el velo entonces? -inquirió a su hermana, señalando con un gesto de la cabeza el sombrero negro con velo que llevaba la mujer-. ¿Acaso teme que la madre de Kuno se pregunte por qué sus ojos están secos?
-Eres tara mordaz e insensible que no me extraña que no te hayas casado -lo increpó Maite disgustada-, y tampoco me extraña que la gente diga que no hay una mujer en todo Texas con valor para hacerte pasar por la vicaría.
-No hay una mujer en todo Texas por la que esté dispuesto a pasar por la vicaría -corrigió él-. Sencillamente no soporto a ninguna.
-Y a Anahi menos que a ninguna -murmuró su hermana, al ver que los ojos de Alfonso habían vuelto a fijarse en la joven viuda-. Es curioso, hubo un tiempo en que hubiera jurado que te gustaba.
-Tiene veinticuatro años, y yo cuarenta: demasiado joven para mí, aunque hubiera estado interesado en ella.
-¿Sabes, Alfonso? Te equivocas respecto a Anahi. No es la clase de persona que crees.
-Me parece encomiable que defiendas a tus amigos, Maite, pero no lograrás convencerme de que esa mujer de ahí está penando por su difunto esposo.
-Siempre la has tratado con la punta del pie - continuó ella sin escucharlo.
Alfonso se tensó visiblemente.
-Eso es porque siempre estaba atosigándome.
Maite no contestó a eso.
-¿Irás a la casa después? -le preguntó-. Se hará la lectura del testamento tras el almuerzo.
-Vaya, qué sorpresa, la viuda tiene prisa por saber cuánto dinero le corresponde... -masculló Alfonso.
-Ha sido idea de la madre de Kuno, no suya -le aclaró Maite irritada.
Alfonso giró la cabeza y se quedó observando un instante a una mujer delgada y de baja estatura, vestida con un elegante traje negro de diseño.
-¿De la tía Tina?
-Detesta a Anahi tanto o más que tú –dijo Maite-. Seguro que espera que Kuno no le haya dejado un centavo para poder echarla de la casa.
Alfonso tiró el cigarrillo al suelo y lo aplastó con la suela del zapato.
-¿Acaso te extraña? Anahi mató a su hijo. -¡Alfonso!
La fría mirada en los ojos marrones de su hermano podría haber cortado un diamante.
-Ella nunca lo amó. Se casó con él sólo porque su padre había muerto y no le había dejado más que deudas. Hasta la casa estaba hipotecada. ¿Y se mostró agradecida al menos con Kuno? No, pasó los dos años de su matrimonio haciéndolo sufrir. Más de una vez tuve que ofrecerle un hombro donde llorar a nuestro pobre primo.
-¿Cuándo? -inquirió ella-. No recuerdo que fueras nunca a su casa. Incluso te negaste a ser su padrino en la boda.
Alfonso apartó la vista.
-Vino a Victoria varias veces a verme por asuntos de negocios, y un día se sinceró conmigo porque ya no aguantaba más. Me lo contó todo acerca de Anahi. Fue ella quien lo empujó a la bebida.
-Eso no puedes probarlo. ¿Y acaso le has pedido a Anahi que te cuente su versión de la historia? -le espetó su hermana-. Es mi amiga, Alfonso, y no voy a permitirte que la acuses de ese modo. Al menos podrías acercarte a ella y darle tus condolencias.
Alfonso enarcó una ceja.
-¿Por qué tendría que hacerlo cuando no le importa que su marido esté muerto? Además, las apariencias nunca me han importado. No voy a darle mis condolencias sólo por quedar bien ante ella o ante los demás.
Maite gruñó desesperada y regresó junto a Anahi. Cuando los asistentes comenzaron a dispersarse, ambas subieron al Rolls Royce negro, y Henry, el chofer, puso el automóvil en marcha, dirigiéndose hacia la enorme casa.
-Alfonso estaba diciéndote algo acerca de mí, ¿no es cierto? -inquirió Anahi en un tono tenso.
El velo negro del sombrero resaltaba aún más la palidez de su rostro, y había una mirada trágica en sus ojos azules. Maite asintió en silencio.
-No tienes por qué sentirte culpable por su actitud hacia mí -le dijo la joven viuda-. Conozco a tu hermano desde que íbamos juntas a la universidad, ¿recuerdas? Alfonso siempre me ha odiado. Es algo que viene incluso de antes de mi matrimonio -añadió.
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| JaReDrBd |
El 12/07/07 a las 06:07:41 |
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Maite sabía que su amiga había estado muy enamorada de su hermano, pero ignoraba que él había sido el catalizador que la había empujado a aquel matrimonio, a una unión que ella jamás había querido.
-Bueno, ya sabes que Alfonso siempre ha rehuido cualquier clase de compromiso -murmuró, tratando en cierto modo de disculparlo-. Nunca ha ido en serio con nadie.
Anahi asintió con la cabeza.
-Supongo que lo que hizo vuestra madre lo afectó -dijo, porque Maite le había hablado de su infancia.
-Sí, después de aquello se volvió muy receloso con las mujeres -contestó su amiga, exhalando un suspiro-, aunque, ¿sabes?, durante un tiempo estuve convencida de que sentía algo por ti -añadió, mirando a Anahi por el rabillo del ojo, curiosa por ver su reacción.
Sin embargo, el rostro de la joven viuda no dejó entrever emoción alguna. Durante aquellos dos años había aprendido muy bien a ocultar sus sentimientos, porque su marido siempre había aprovechado el más mínimo signo de debilidad o vulnerabilidad para atacarla. Un día, durante la primera semana después de la boda, había cometido el error de mencionar a Alfonso en presencia de Kuno, sin darse cuenta de que el solo matiz en su voz al pronunciar su nombre había delatado que aún seguía amándolo. Esa noche Kuno volvió a casa borracho y le dio una paliza. Pero, de eso, nadie sabía nada.
-¿Por qué ha insistido Tina en que el testamento se lea tan pronto? -le preguntó Maite, arrancándola de tan amargos recuerdos.
Los largos dedos de Anahi se aferraron al bolso negro que tenía sobre las rodillas.
-Porque está segura de que Kuno se lo ha dejado todo a ella, incluida la casa -contestó-. Ya sabes cómo se opuso siempre a nuestro matrimonio. Si la hizo beneficiaria única, me echará a la calle antes de que anochezca. Y apuesto a que lo hizo -murmuró con la mirada vidriada-: me daba cien dólares a la semana, y con eso tenía que arreglármelas para hacer la compra y pagar las facturas.
Su amiga alzó el rostro hacia ella, sobrecogida por aquella revelación, y de pronto se fijó en que el vestido que llevaba Anahi no era precisamente nuevo. Sabía que no había sido precisamente feliz en su matrimonio, pero nunca había tenido a Kuno por uno de esos avaros que daban con cuentagotas el dinero a sus esposas. Después de todo, sin saberlo, tal vez no había andado muy desencaminada al decirle a Alfonso aquello de que no podía saber lo que había ocurrido dentro del matrimonio de su primo y Anahi.
-Sólo tengo los vestidos que me compré antes de casarme -le dijo Anahi, adivinando lo que estaba pensado, y evitando su mirada-, pero no me importó -se apresuró a añadir-, me las apañé con lo que tenía. Nunca he necesitado demasiado.
Sin embargo, a pesar de esa aseveración, lo único en lo que podía pensar Maite era que su tía había acudido al entierro con un vestido de diseño exclusivo, mientras que Anahi llevaba uno que no aguantaría otra temporada.
-Pero, ¿por qué?, ¿por qué te hacía eso? -inquirió indignada.
Anahi sonrió con tristeza.
-No te preocupes. Aunque me haya dejado sin un centavo, no me derrumbaré. Buscaré un trabajo. Me las arreglaré como sea.
-Pero no puede haber sido tan cruel, tiene que haberte dejado algo...
La joven viuda meneó la cabeza.
-Maite, Kuno me odiaba, ¿es que nunca te diste cuenta? Estaba acostumbrado a que las mujeres se le echasen encima, y no podía soportar la idea de ser la segunda opción de nadie -le dijo-. Pero todo ha acabado... ha acabado... -murmuró más para sí que para su amiga-. Oh, Maite, me siento tan avergonzada...
-¿Avergonzada de qué? -inquirió la otra joven, que no terminaba de comprender sus palabras.
-Del alivio que siento -respondió Anahi en un susurro apenas audible, como temerosa de que el coche tuviera oídos-. ¡Se ha acabado!, ¡al fin se ha acabado! Y no me importa que la gente crea que yo lo maté -concluyó estremeciéndose.
A Maite le picaba la curiosidad, pero no quiso presionarla. Anahi se lo contaría algún día, cuando se sintiese preparada para hacerlo. Durante aquellos dos años apenas había tenido contacto con ella, ya que Anahi siempre le decía que no podía recibirla, que a Kuno lo ponían de mal humor las visitas, pero Maite siempre le había quitado importancia, diciéndose que se debería a que era exageradamente posesivo, que no quería que su esposa prestara atención a otras personas.
-Bueno, ahora podremos quedar de vez en cuando sin tener que hacerlo a escondidas -le dijo Maite.
Anahi alzó los ojos preocupada hacia los de su amiga.
-¿No le habrás contado a Alfonso que teníamos que vemos así?
-No, nunca se lo conté -fue la contestación de Maite-. De hecho... -murmuró vacilante-, de hecho me cortaba cada vez que intentaba hablarle de ti.
Los delgados hombros de Anahi se relajaron, y giró el rostro hacia la ventanilla.
-Ya veo.
-¿Qué es lo que ves? -masculló Maite irritada ante esa resignación-. Yo... ¡no es justo lo que está haciendo contigo! No lo comprendo, Anahi, no entiendo por qué se comporta así. Su actitud hoy durante el entierro me ha avergonzado.
-Apreciaba a Kuno -contestó la viuda sin mirarla.
Kuno había tenido engañado a todo el mundo, así que, ¿por qué iba a haber sido el hermano de Maite una excepción? No, Alfonso no tenía ni idea de lo que su primo la había hecho pasar.
El vehículo se había detenido, y el chofer les abrió la puerta.
-Gracias, Henry -murmuró Anahi, tomando la mano que le ofrecía para ayudarla a bajar.
Henry pasaba ya de los cincuenta, y era un militar retirado, fornido y de corto cabello canoso, que llevaba años trabajando para Kuno. Nadie lo sabía, pero le debía su vida a aquel hombre.
-No hay de qué, señora Becker -respondió el chofer suavemente.
Maite entró en la casa con Anahi, observando extrañada que no saliera a recibirlas criada alguna, ni cocinera, ni mayordomo... lo cual era en verdad bastante raro, dado que la vivienda tenía un total de ocho habitaciones, casi el mismo número de cuartos de baños, y que Kuno había ganado una fortuna con sus negocios.
-Kuno despidió a todo el servicio al poco de casarnos -le dijo Anahi al advertir su asombro-, a todos excepto a Henry -añadió mientras se quitaba el sombrero y lo dejaba sobre una mesita-. No le gustaba que la gente lo viera conducir su propio coche.
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| JaReDrBd |
El 12/07/07 a las 06:07:00 |
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Se quitó también la chaqueta y, al hacerlo, una de las mangas del vestido se le levantó un poco, dejando por un instante al descubierto la marca de un cardenal en el antebrazo. Casi había desaparecido, observó mentalmente Maite, que recordaba lo amoratado que lo había tenido el día que se lo hizo; de los cardenales del rostro ya no quedaba ni huella.
De aquello hacía algo más de una semana. Se había presentado en Javcobsville sin avisar para darle una sorpresa a Anahi, pero al llegar a la casa nadie había contestado al timbre. Extrañada, fue a preguntarle a la vecina si sabía si el señor y la señora Becker habían salido. La mujer le dijo que estaban en el hospital, que parecía ser que ella había tenido un accidente.
Maite se había ido Anyndo al hospital, pero al llegar allí, comprobó para su alivio, aunque la encontró llena de moraduras y con un esguince en el tobillo, que no había sido nada grave. Kuno le explicó que Anahi había estado practicando ala delta, y que había tenido una caída un tanto aparatosa. Maite sabía que su amiga era aficionada a ese deporte desde sus días de universidad, pero sus compañeros siempre habían dicho que era una verdadera maestra, así que parecía extraño que se hubiera descuidado de ese modo. «Es que se levantaron unas rachas de viento muy fuertes de repente, y no tuvo tiempo de reaccionar», le explicó Kuno cuando ella hizo ese comentario, « ¿No es verdad, cariño?», había dicho volviéndose a Anahi. Y ella había asentido.
-Siéntate, haré un poco de café -le dijo su amiga, sacándola de sus pensamientos.
-Oh, no, ni hablar, lo haré yo -se apresuró a replicar Maite-. Eres tú quien necesitas que se ocupen de ti. ¿Has podido dormir algo esta noche?
Anahi meneó la cabeza.
-No dejo de tener pesadillas -le confesó frotándose la frente mientras tomaba asiento en uno de los sofás del salón.
-¿Y esas pastillas que te dio el médico para dormir?
-Me da miedo empezar a tomarlas y no poder pasar sin ellas.
-Tonterías, no te ocurrirá nada por tomar una o dos. Además...
Pero Maite no terminó la frase porque en ese momento se abrió y se cerró la puerta principal. Sólo una persona se consideraba con la libertad de entrar sin llamar al timbre. Oyeron pasos acercarse desde el vestíbulo, y al cabo apareció Alfonso, aflojándose la corbata. No llevaba su sombrero vaquero, y con aquel traje oscuro tan elegante no parecía el mismo.
-Estaba a punto de hacer café -le dijo su hermana, lanzándole una mirada de advertencia para que no fustigase a Anahi-. ¿Quieres una taza?
-Sí, por favor.
-Anahi, ¿quieres que prepare algo para almorzar? -se ofreció su amiga.
-La verdad es que no hay demasiado en la nevera, ni en la alacena -respondió la otra joven.
-Tranquila, veré qué puedo hacer -sonrió Maite y se fue a la cocina, mordiéndose la lengua para no mencionar la poca consideración de los vecinos. No quería incomodar a Anahi.
Era tradición en las zonas rurales llevar comida preparada a quienes habían tenido un fallecimiento en la familia, y la de Jacobsville era una comunidad muy unida.
Alfonso, sin embargo, no era tan considerado como su hermana y, en cuanto ésta hubo desaparecido, puso el dedo en la llaga:
-¿Cómo es que nadie te ha traído comida? -le preguntó con aspereza a la joven viuda, esbozando una sonrisa cruel mientras tomaba asiento frente a ella-. ¿Es que los vecinos también creen que mataste a tu marido?
Anahi sintió náuseas en la boca del estómago, pero tragó saliva y alzó sus ojos azules hacia él.
-Nunca tuvimos una relación estrecha con ningún vecino. Kuno decía que si les dábamos confianza acabaríamos teniéndolos en la casa todo el tiempo. Nunca le gustó la gente.
-Y a ti nunca te gustó él -masculló Alfonso con puro veneno en la voz-. Me lo contó todo sobre ti, Anahi, todo.
La joven no tenía que preguntarle para imaginar qué clase de mentiras le habría contado, como que era frígida y lo había rechazado desde que se habían casado. Cerró los ojos y se frotó la frente, donde se estaba formando el principio de un dolor de cabeza.
-¿No tienes un negocio que atender? -le espetó-, ¿varios, de hecho?
Alfonso cruzó una pierna sobre la otra.
-Mi primo ha muerto, y he venido a su entierro.
-Pues el entierro ya ha terminado -le respondió ella cortante.
-Y supongo que ya debes estar imaginándote con los millones de Kuno en tu bolsillo. Pues yo que tú no contaría aún las ganancias: todavía no se ha leído el testamento. Tina ya viene hacia aquí.
-Espoleada por ti, sin duda. Alfonso enarcó las cejas.
-No necesita que nadie la espolee.
Anahi se puso de pie. El dolor y el tormento de aquellos dos años la estaban corroyendo por dentro como el ácido.
-Yo no maté a Kuno. Alfonso también se levantó.
-Dejaste que se subiera a un coche y que condujera cuando había bebido. Sí, Anahi -añadió asintiendo con la cabeza ante la mirada de estupefacción de la joven-, las noticias se extienden como la pólvora en las pequeñas localidades como Jacobsville. Maite y yo hemos vuelto a instalarnos en el rancho, y la gente dice que en la fiesta de los Uckerman, anteayer, Kuno te pidió que lo llevases a casa, y tú te negaste, así que se marchó solo y salió disparado por el borde de un puente.
De modo que así era cómo las malas lenguas habían tergiversado los hechos... Anahi se quedó mirando a Alfonso, pero no dijo nada. Maite no le había dicho que habían vuelto a Jacobsville para quedarse. ¿Cómo iba a soportar tener que vivir en la misma ciudad que Alfonso?
-¿No te defiendes? -la retó burlón-. ¿No vas a buscar ninguna excusa?
-¿De qué serviría? -le contestó ella cansada-. Tú ya me has condenado, igual que los demás.
Alfonso caminó por el salón, deteniéndose junto a una estantería, y se giró hacia ella.
-Kuno me escribió hace un par de semanas -le dijo de repente-. En su carta decía que había cambiado el testamento, y que me mencionaba en él. ¿No lo sabías?
No, Anahi no lo sabía, lo único que Kuno le había dicho era que lo había cambiado, pero desconocía su contenido.
-Imagino que también mencionará a Tina -continuó Alfonso, acercándose a ella y mirándola fijamente.
Había una sonrisa tan engreída en sus labios, que las manos de la joven se cerraron, clavándose las uñas en las palmas para contener la ira que se estaba apoderando de ella. Estaba harta, harta del incesante aguijoneo de Alfonso.
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| JaReDrBd |
El 12/07/07 a las 06:07:14 |
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¿Por qué tenía que soportarlo después del infierno por el que había pasado?
-Márchate, por favor -le rogó desesperada .Márchate...
Alfonso se había detenido apenas un metro frente a ella, y Anahi no estaba segura de poder contener mucho más tiempo las lágrimas que se estaban agolpando en sus ojos. Bajando el rostro para que no pudiera ver la angustia en él, trató de pasar por su lado para huir escaleras arriba, pero tropezó con el borde de la alfombra, y estuvo a punto de caer de bruces al suelo cuando Alfonso, en un acto reflejo, dio un paso adelante y la sostuvo, quedando la joven atrapada en un inesperado abrazo.
Años atrás le habría parecido un sueño encontrarse entre los fuertes brazos de Alfonso Herrera, pero después de su matrimonio con un hombre que la había maltratado, aquel contacto provocó miedo en Anahi.
-¡Déjame!, ¡suéltame...! -gimió zafándose y echándose atrás. Se dejó caer sobre el sofá y rompió en amargos sollozos, ocultando el rostro entre las manos.
Alfonso, que no se había esperado esa reacción, se quedó mirándola estupefacto, sintiéndose mal por haberla puesto en ese estado, pero se dijo que si lloraba era porque se sabía culpable.
De mala gana se sacó un pañuelo del bolsillo y lo puso en las manos de la joven.
-Sécate esas lágrimas de cocodrilo -le ordenó malhumorado.
Justo en ese momento regresaba Maite, con una bandeja cargada con un plato de sándwiches, café, y algo de fruta pelada y cortada.
Al ver el rostro lloroso de Anahi y sus ojos enrojecidos, lanzó una mirada fulminante a su hermano, pero éste no se dio por aludido.
-Vamos, Any, come un poco, te vendrá bien - le dijo a su amiga mientras depositaba la bandeja sobre la mesita baja entre los sofás enfrentados.
Alfonso volvió a sentarse, observando cómo Maite servía el café y le daba una taza a su amiga.
-Tina me ha dicho durante el entierro que está alojada en un motel -comentó, sin dar tregua a Anahi-. ¿No hay sitio para ella en la casa de su propio hijo?
La joven, que había recobrado la compostura, lo miró brevemente antes de responder con aspereza:
-Le ofrecí que se viniese aquí estos dos días, hasta que regresara a Houston, pero se negó.
Alfonso bajó la vista a la taza de café que su hermana le estaba pasando en ese momento.
-Cuando todo esto haya acabado, deberías marcharte un par de semanas a un lugar tranquilo -le dijo Maite a Anahi-, a la costa, por ejemplo. Ahora es temporada baja y no habrá nadie.
-Sí, ¿por qué no? -intervino de nuevo Alfonso, en el mismo tono sarcástico-, cuando hayas cobrado el dinero podrás permitírtelo. Podrás irte a Montecarlo, o a Las Bahamas, o...
-¡Ya basta! -gritó Anahi fuera de sí, los ojos como platos en su rostro pálido-. ¡ Deja de atormentarme !
-¡Alfonso, por favor! -intercedió Maite por ella.
El ruido de un coche deteniéndose frente a la casa atrajo la atención de Alfonso, que se levantó y fue a abrir la puerta.
-No lo soporto más, no lo soporto... -balbucióAnahi, dejando con manos temblorosas la taza sobre la mesita—. ¿Por qué me hace esto?, ¿por qué...?
Maite peinó el corto cabello rubio de su amiga con los dedos.
—Creo que es por algo que Kuno le contó —murmuró contrayendo el rostro y meneando la cabeza—, pero no sé qué pudo ser. Antes, en el cementerio, me dijo que durante estos dos años había visto a Kuno a menudo, y que él le había contado cosas acerca de ti.
Anahi dejó escapar una risa amarga.
—Conociendo a Kuno, seguramente se trataba de una sarta de mentiras para que tuviera lástima de él — dijo—. Yo era siempre la culpable de todos sus problemas — alzó el rostro hacia su amiga—. Fui yo quien lo arrastré a la bebida, ¿lo sabías? —añadió con ironía.
—No, eso no es cierto, bebía porque quería —replicó Maite con firmeza, no queriendo imaginar de qué barbaridades habría acusado su hermano a Anahi.
—Pues debes ser la única persona en Jacobsville que crea eso —respondió la joven viuda.
Desde el vestíbulo llegaron voces que se acercaban, una profunda y muy calmada, la de Alfonso, y otra aguda e impaciente, la de Tina Becker. Al poco rato entraban ambos en el salón.
—Creí que ese maldito notario ya habría llegado —dijo irritada mientras se sacaba los guantes negros con muy mal genio.
—Supongo que tendría que ir a su oficina para recoger los papeles necesarios —dijo Anahi.
La mujer le clavó la vista, como si fuera un molesto insecto en el que acabase de reparar.
—Cierto, y sin duda estará aquí muy pronto —masculló-. Yo que tú empezaría a hacer el equipaje para dejar esta casa.
-No se preocupe, no me llevará demasiado -le contestó Anahi.
Maite la miró extrañada, pero no inquirió acerca del porqué, y en ese instante se oyó cómo otro vehículo se detenía fuera.
Maite se acercó a la ventana y levantó la cortina para mirar.
-Es el notario -anunció. Y tras una mirada a su amiga, fue a recibirlo.
-Al fin -dijo Tina malhumorada, yendo tras ella-. Ya era hora.
Anahi no se movió. Se quedó sentada, observando fijamente el que había sido el sillón preferido de Kuno, y Alfonso, que estaba de pie, la vio estremecerse de pronto y observó cómo la mirada en sus ojos azules se tornaba angustiada. De modo que se sentía culpable... Y así debía ser, se dijo. Esperaba que la remordiera la conciencia, y que en toda su vida, no volviera a tener otro momento de paz.
En ese momento entró en el salón el notario, un hombre alto y con una incipiente calvicie, seguido de Tina y de Maite. Anahi se puso de pie y suspiró entre nerviosa y aliviada. Al fin terminaría todo. No sabía si bien o mal para ella, si Kuno le habría dejado al menos unos miserables dólares, o si tendría que empezar de cero, pero al menos la pesadilla había acabado.
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| leiRe-li |
El 16/07/07 a las 05:07:28 |
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parece interesantee!! tenias razon cn eso q abias dixo d q ibamos a odiar poncho ee...agh...aer q pasa en el sigiente cap q toi enganxada a esta tmb!
sigela xfii!
bss
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| JaReDrBd |
El 16/07/07 a las 05:07:29 |
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Capítulo 2
ANAHI y Maite se habían conocido al entrar en la facultad de Ciencias Empresariales, pero no fue hasta el cuarto y último año de carrera cuando conoció a Alfonso. Ella tenía entonces veintiún años, y él treinta y siete. Fue un día que Maite la había invitado a su casa en el rancho Herrera para repasar juntas unos apuntes. Alfonso había entrado en el salón para preguntarle si lo habían telefoneado en su ausencia, y Maite los había presentado. Alfonso la había mirado largamente de arriba abajo, y algo en ella debió resultarle ofensivo, porque tras la presentación se marchó como alma que lleva el diablo, y desde ese día, cada vez que Anahi fue al rancho, invitada por su amiga, Alfonso nunca estaba allí o se marchaba justo cuando ella llegaba.
Sin embargo, Jacobsville era una ciudad pequeña, y era imposible que no se encontraran. Una tarde, Anahi estaba en la tienda de piensos, grano, y útiles de ganadería de su padre, ayudándolo a despachar, cuando Alfonso había entrado con el nuevo capataz de su rancho para abrir una cuenta.
Hasta entonces siempre había ido a comprar a otro establecimiento cercano que les hacía la competencia, pero el dueño se mudaba a otra ciudad y había cerrado el negocio, así que Alfonso se había visto obligado a comprar al padre de Anahi. Desde ese día, comenzó a verlo con regularidad. Cada vez que Alfonso iba allí, se conducía de un modo amable con ella, seguramente porque era amiga de su hermana, pero siempre se cuidaba mucho de guardar las distancias.
Anahi, que lo había encontrado fascinante desde el primer momento, no se sintió herida por su rechazo. ¿Por qué iba a fijarse en una chica que apenas había dejado atrás la adolescencia cuando se decía que lo perseguían las mujeres más hermosas de la ciudad?
Sin embargo, a pesar de lo que creía Anahi, Alfonso sí se había fijado en ella y, sin que se diera cuenta, sus ojos la seguían por toda el establecimiento cada vez que iba a comprar algo, aunque seguía mostrándose distante y meramente cortés.
A medida que pasaba el tiempo, Anahi iba sabiendo más acerca de Alfonso por su hermana Maite, y poco a poco fue enamorándose de él. Alfonso fingía no advertir su interés, pero cada vez le resultaba más difícil hacerlo por lo obvio que resultaba para cualquiera que los viera, ya que, cada vez que iba a la tienda, la joven se trababa al hablar y se le caían las cosas continuamente.
Además, el contacto físico era inevitable, cuando ella le entregaba alguna mercancía, o él le daba una hoja de pedido, y al tocarse sus manos era como si se produjera electricidad. En una ocasión, Anahi había salido de detrás del mostrador para mostrarle un nuevo tipo de grano que les había llegado, y de pronta alzar el rostro, sus ojos se encontraron. Estaban cerca que podía oler su colonia, y la intensidad de., mirada hizo que le temblaran las rodillas.
Alfonso había bajado la vista hacia los labios entreabiertos de ella, y los latidos del corazón de la joven habían disparado. Anahi era muy inocente por aquel entonces, pero reconoció al instante que era deseo lo que impregnaba las facciones de Alfonso. Era la primera vez que lo veía mirarla de verdad, como a una mujer
La entrada de su padre en ese momento rompí hechizo, haciendo que la expresión de Alfonso se tom en una de irritación y desprecio por sí mismo, y, pronunciar palabra, había abandonado la tienda.
Anahi se hizo ilusiones a raíz de aquella mirada que habían compartido, y parecía que Alfonso se hubiera visto atrapado también por ella, porque a partir de entonces sus visitas a la tienda se hicieron más frecuentes
La joven observó que solía ir los miércoles y viernes, así que empezó a arreglarse esos días, dejando a un lado los pantalones vaqueros, las zapatillas deporte, y las sudaderas, por vestidos entallados, f das, blusas, zapatos de tacón, y una dosis discreta pe bien aplicada de maquillaje. Su esbelta figura se v favorecida por esos cambios, y a Alfonso le era ya casi posible disimular su interés por ella. La devoraba c la mirada, y la tensión fue en aumento hasta que día la situación alcanzó un punto crítico.
Habían pasado al almacén, en busca de un tipo bocado especial para caballos que Alfonso le había pedido, Anahi había estado a punto de golpearse la cabeza con unos azadones que tenían colgados del techo.
Cuidado murmuró Alfonso agarrándola de la cintura para apartarla.
Con aquel inesperado movimiento, la joven quedó delante de él, casi pegada a su cuerpo, pero ninguno de los dos hizo ademán de separarse del otro.
Gracias -musitó Anahi con una risa nerviosa Soy tan despistada... Mi padre siempre lo dice, que nunca miro por dónde voy...
Sin embargo la risa se cortó en su garganta al ver la intensa expresión en el rostro de Alfonso, y al sentir cómo su tórax subía y bajaba, rozando su pecho, con la respiración tan entrecortada como la suya.
Y en ese momento, de pronto, él inclinó la cabeza y tomó sus labios en un beso muy distinto a los que Anahi había recibido hasta entonces. Al principio se tensó un poco, y él levantó la cabeza un instante para mirarla, pero volvió a besarla, y esa vez, al despegar sus labios de los de ella, Anahi se quedó de puntillas, con la barbilla levantada, y los ojos cerrados, como ofreciéndose a él. Cuando los abrió, Alfonso estaba observándola fijamente, estudiándola.
-¿Te das cuenta de que tengo dieciséis años más que tú, Anahi? -murmuró contra sus labios con voz ronca.
-No me importa... -respondió ella sin aliento.
Alfonso la miró con dureza.
-Esto no nos llevará a ninguna parte -le dijo-. Tu estás cegada por algo que no es más que un enamoramiento juvenil, y yo no pienso prestarme para satisfacer tu curiosidad. Hace mucho que pasé esa edad en la que uno se conforma con tomar a una chica de la mano e intercambiar ingenuas caricias con ella.
Anahi no alcanzaba a comprender lo que le estaba diciendo, ansiosa como estaba por volver a sentir sus labios sobre los de ella, con todo el cuerpo latiéndole por esas nuevas e intensas emociones.
-Ni siquiera me estás escuchando -le reprochó él, sin poder evitar que su vista descendiera de nuevo a la boca de la joven-. ¿Sabes qué es lo que estás pidiendo con esa actitud?
Tomándola por los hombros, la atrajo hacia sí y la besó de nuevo, abriendo sus labios para introducir entre ellos su lengua, de un modo sensual e insistente que asustó a la joven.
-No -la detuvo él al ver que intentaba apartarse-, si no te enseño otra cosa, al menos te enseñaré que el deseo no es algo con lo que se deba jugar.
Una de sus grandes manos subió hasta la nuca de Anahi, sosteniéndole la cabeza, y la otra siguió asiéndole con firmeza la cintura, mientras sus labios volvían a atormentarla con besos ardientes a la vez que bruscos. La joven estaba llena de temor, pero al mismo tiempo se sentía tan excitada, tan sedienta de más, que se dejó llevar, abandonándose.
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| JaReDrBd |
El 16/07/07 a las 05:07:08 |
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Mientras que ella, joven e inocente, había perdido el control por completo, Alfonso no lo había perdido ni un instante, y eso precisamente era lo que él quería hacerle ver, que no estaba preparada para una relación, y mucho menos con un hombre experimentado. Minutos después del tempestuoso intercambio, Alfonso despegó sus labios de los de ella y se apartó para mirarla.
-¿Comienzas a ver lo peligroso que es? -le preguntó en un tono deliberadamente suave a la vez que algo amenazador-. Podría tomarte ahora mismo si quisiera, porque tienes demasiada curiosidad como para negarte a mi deseo. Y yo, Anahi, soy humano, no un santo.
-Pero tú... ¿no... no sientes nada por mí? -balbució ella.
Él apretó los puños y una de las comisuras de sus labios se torció hacia arriba en una mueca cruel.
-Siento deseo por ti, como lo sentiría por cualquier otra mujer que se muestre tan dispuesta. Eso es todo.
Aquella brusca revelación aplastó el orgullo de Anahi.
-Oh. Oh, ya... ya veo.
-Eso espero, porque últimamente estabas siendo demasiado obvia, Anahi. Vas a nuestro rancho día sí y día no con la excusa de ver a Maite, te arreglas los días que vengo a la tienda... Entiéndeme, es halagador, pero no quiero tus atenciones de adolescente, ni ese incomprensible encaprichamiento que te ha dado conmigo. Siento ser tan poco delicado, pero así es como están las cosas.
Anahi se puso roja como la grana, y dio un paso atrás, rodeándose incómoda la cintura con los brazos. Se sentía destrozada.
La mandíbula de Alfonso se contrajo al ver la expresión dolida de ella, pero no se retractó.
-No te lo tomes tan a pecho -le dijo-. Pronto comprenderás que es mejor conformarse con lo que la vida nos ofrece que aspirar a imposibles. A partir de ahora mandaré a Billy por los pedidos. Y tú, encontrarás alguna excusa para no venir al rancho a ver a Maite, ¿verdad que lo harás?
La pobre Anahi asintió con la cabeza en silencio, y subió las escaleras del almacén conteniendo a duras penas las lágrimas. Alfonso la siguió, y cuando fue a salir de la tienda, se detuvo un momento, girándose para mirarla una última vez. Sus facciones estaban contraídas en lo que a Anahi le pareció un gesto de arrepentimiento, y por un instante creyó que iba a volver a entrar para decirle que lo perdonara, que no había querido decir aquello, pero él se caló el sombrero y se marchó.
A partir de ese día, tal y como había dicho, Alfonso envió a su capataz para comprar lo que necesitaban, y no volvió a poner el pie en la tienda. Anahi lo veía de modo ocasional por la calle, algo imposible de evitar en una ciudad tan pequeña como Jacobsville.
En una ocasión fueron a almorzar a la misma cafetería, pero Anahi se levantó, dejando la comida a medio acabar, y salió por la puerta trasera mientras el maître sentaba a Alfonso y al hombre que lo acompañaba. Esa misma tarde, al levantar la vista de un escaparate y girarse, se encontró con que él estaba observándola desde el otro lado de la calle, con expresión confundida, pero en cuanto advirtió que ella lo había visto, continuó caminando y desapareció tras una esquina.
Otro día, para su sorpresa, Maite la invitó a visitarla en el rancho. Anahi aceptó la invitación, pero no sin antes asegurarse de que Alfonso no iba a estar allí. A su amiga la extrañó esa insistencia, pero por más que le preguntó al respecto, no logró sonsacar nada a Anahi.
Y aquella no sería la única sorpresa. Unos días después, durante un acto social, Alfonso llegó a abordarla. Era el vigésimo segundo cumpleaños de Maite, y ésta le había pedido que fuera con ella a un baile para el que tenía invitación, pero no pareja con la que ir. Maite sólo le ocultó un pequeño detalle: no mencionó que su hermano iba a asistir. Y así, en medio de una pieza en la que se iba cambiando de pareja, Anahi se encontró de pronto cara a cara con un furibundo Alfonso. Sin embargo, para estupefacción del ranchero y los demás asistentes, Anahi se apartó de él, se giró sobre los talones y se marchó.
Tras ese incidente los rumores Anyron como la pólvora por toda la ciudad. Era la primera vez que una mujer rechazaba públicamente a Alfonso Herrera. Anahi se juró no volver a ir a ningún acto público; Maite se sintió fatal y se prometió no volver a hacer de Celestina; y Alfonso estuvo de un humor de perros durante varios días.
Sin embargo, había un evento al que Anahi no había previsto que tendría que asistir; un evento en el que estaría Alfonso.
El padre de Anahi pertenecía a un club de tiro, a cuyas reuniones siempre trataba de arrastrar a Anahi «para que encontrara marido», y del que Alfonso era presidente. Anahi se había negado en redondo a acudir a las últimas reuniones desde el día que el ranchero le diera el ultimátum en la tienda, pero cuando llegó el decimoquinto aniversario del club, tuvo que terminar accediendo ante la insistencia de su padre: «va a ser una gran fiesta, cariño, y tú hace tanto que no sales a divertirte...»
La mirada colérica con que la obsequió Alfonso al verla entrar en el club del brazo de su padre fue aún peor de lo que había esperado. Se había puesto un vestido violeta de lentejuelas, de tirantes finos y escote en uve, con unos zapatos de tacón a juego. Estaba realmente espectacular, y así se lo hicieron saber varios de los caballeros asistentes, que le hicieron numerosos cumplidos y la invitaron a bailar. Alfonso no bailaba con nadie, sino que se limitaba a andar de un lado a otro, con un whisky en la mano, hablando con otros hombres y mirando a Anahi irritado.
Y entonces, de pronto, cuando hubo concluido la pieza que la orquesta estaba tocando, Alfonso se acercó a Anahi y, sin pedirle permiso a ella ni al joven con el que estaba bailando, la tomó de la mano y la atrajo hacia sí. Las notas de una nueva melodía inundaron la sala, y Alfonso la arrastró consigo, haciéndola girar por la pista de baile, mientras Anahi tenía la impresión de que el corazón quisiera salírsele del pecho. Por la mirada punzante de sus ojos entornados, a Anahi no le resultó difícil imaginar que no se trataba precisamente de un baile de compromiso. Cuando se estaba acabando la pieza y las luces se atenuaron para dar paso a la siguiente, una melodía romántica, Alfonso aprovechó para conducir a Anahi hasta la puerta lateral y llevarla fuera, al pórtico que daba paso a los jardines, en medio de la penumbra de la noche. Una vez allí, lejos de las miradas de los curiosos, prácticamente la acorraló contra la pared.
-¿Qué crees que estás haciendo? -le espetó sin alzar la voz, pero en tono áspero-. ¿Por qué has venido? -sus ojos marrones relampagueaban.
-No por ti, te lo aseguro -se apresuró a contestar ella.
-¿Ah, no? -la desafió él-. Me deseas. Tus ojos me lo dicen cada vez que me miran. Puedes apartarte de mi camino o negarte a saludarme en la calle, pero te estás engañando a ti misma si crees que no puedo leer en ti como en un libro abierto.
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