
Satisfacción personal es una lujuria que puedes tener sólo después que tus enemigos hayan sido eliminados. Mientras tanto, todas las personas que amas son rehenes, debilitando tu coraje y corrompiendo tu juicio.
Su cuerpo trató de rechazar el dolor, y fue absorbido una y otra vez en una oscuridad que recortaba segundos enteros o incluso hasta minutos de agonía, haciendo mucho más difícil mantenerse en la realidad.
Trató de separarlos.
En un momento todo estaba como debía estarlo, rodeado de las personas que amaba y al otro el instante pareció vacilar en el filo de la navaja en la que su vida danzaba.
Rasgando.
Quebrando.
Agonía...
-El dolor es normal—la dulce entonación pareció llegar de algún modo a sus oídos, como un débil suspiro que no parecía ser real—Todo terminará en un momento y estarás listo.
¿Listo?
Un mar de preguntas lo cubrió, al mismo tiempo que la agonía se abría paso.La oscuridad había se había apoderado de todo y luego lo llevó a una ola de tortura. No podía respirar.
Partes de él se despedazaban, se quebraban, se desprendían… Al menos así lo sentía.
Más oscuridad.
De pronto se sintió levemente adormecido. Como si aquel dolor insoportable hubiese sido anestesiado. Sin embargo una nueva sensación lo sustituyó. Sentía la garganta quemándolo, la sed era insoportable.
Abrió los ojos.
Todo estaba tan claro.
Afilado. Definido.
La primera vez que veía el mundo con sus nuevos ojos. Los ojos de un depredador…
-El resultado es magnánimo—la voz de terciopelo musitó suavemente, casi como un delicioso canto.
El insoportable carmín de aquellos ojos brujos no era rival para el inmaculado rostro de pétreas facciones.
-No me harás débil nunca más—casi fue un susurro, sin embargo sus nuevos sentidos lo captaron como si lo hubiese gritado a todo pulmón.
Giró el rostro velozmente. Él sonreía, enseñando la impecable fila de dientes en una mueca desgarradoramente provocativa.
El cabello rubio enmarcaba perfectamente el rostro, armonioso, perfecto. No pudo recordar la primera vez que lo vio. Intentaba forzar su pobre memoria humana en vano, todo pareció haber sido barrido por aquello claramente desconocido para él.
Apenas unos pincelazos de lo vivido durante veinte años.
Rostros amados que ahora se borraban con el estallido del veneno que el vampiro había inyectado con precisión.
-¿Por qué me elegiste?—preguntó con absoluta calma, levantándose de la cama en la cual había vivido la agonía de volver a nacer.
El rubio puso una de sus gélidas manos de piedra sobre el hombro de su ahora compañero.
-Porque me hacías débil, ya te lo dije—respondió con su musical voz, mientras rozaba con el dorso de su mano la mejilla pétrea de Aioria.
Él le devolvió la mirada, sonriendo levemente.
-Espero que no te equivoques al final de esta eternidad—observó el tercio de luna que brillaba tenuemente sobre el cielo sembrado de estrellas.
-Ya lo veremos—acotó sencillamente, atrayendo los labios de su compañero contra los suyos, sin molestarse en ser amable, pues ahora sus duros labios de roca no se romperían si se apasionaba un poco más.
El castaño le devolvió el beso, estrechando su inquebrantable cintura, enredando los dedos en las cascadas doradas que parecían no tener fin, pegando su cuerpo a cada curva del de Shaka, derramando el irrefrenable deseo que parecía estallar sobre sus pieles.
A pesar de que estaban heladas, ellos las sentían arder.
Se separó un segundo, inhalando una gran bocanada de aire que su organismo recibió con indiferencia, pues ya no necesitaba del aire para respirar.
Le mostró la sonrisa perfecta una vez más.
-Ya lo veremos.
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