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Registrese en el foro o acceda para poder participar Saint Seiya Yaoi Saint Seiya Yaoi 03.Parejas de Hades 03.Parejas de Hades
 ~ My Fucking Brother ~ [Radamanthys x Aiacos] ~ My Fucking Brother ~ [Radamanthys x Aiacos] (0.401 s)

~ My Fucking Brother ~ [Radamanthys x Aiacos]

FECHA El 27/02/08 a las 06:02:33 IP GUARDADA
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El 10/02/08 a las 08:02:23
~ My Fucking Brother ~ [Radamanthys x Aiacos]

Titulo: My Fucking Brother
Autor: Flower.Of.Sidh


Dedicatoria:
Dedicado a my Love, quien es mi musa   *O*  te amo, LOVE!!!!

Personajes.
Principales:
Radamanthys, Aiacos  Secundarios: Incidentales: Originales:
Pareja principal:
Radamanthys-Aiacos
Parejas secundarias:

Tipo:
Clasificación:
Advertencias:

Estado: terminado.
Ultima Actualización:
19/07/07

Comentarios adicionales:

Bueno...  new fic...

XD jajajajaja.... 

Debo aclarar que la idea original de esta historia esta basada en tres libros que lei hace ya casi 10 años   nwn...  no les doy todo el credito, por que trataban de cosas muy diferentes...  basicamente del primero saque la idea de que a un solo hijo le dieran toda la herencia   nwn

del segundo;  o.o   me acuerdo que en el segundo libro había un personaje que era chef...  eso fue todo lo que saqué de ahi   XD

y del tercer libro saqué la idea de la ciudad donde vivia Aiacos   nwn  eso fue todo...

XD  ya se que mi rollo es medio raro, pero no le presten mucha atencion...

Dedicado a my Love, quien es mi musa   *O*  te amo, LOVE!!!!

y espero que a todos los demas que me honran con su lectura, les guste.

PD:  o.o   no esta dedicado a sol...  por que me debe unos capitulos   >x<

sol   u_u   eres mala...  te mando un saludo, solecito

Disfruten    nwn


Resumen:



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El 10/02/08 a las 08:02:23

Autor: Flower.Of.Sidh, 15/May/2007 20:32 GMT-7:



 ~ My Fucking Brother ~  [Radamanthys x Aiacos>

 

Capitulo uno

 

“Aquí me tienen, un hombre viejo cansado de la vida.  Mi mirada se pierde en la distancia, allá donde el cielo apenas despunta sobre la ciudad trayendo consigo la luz de un nuevo día.

 

Cualquiera podría decir que tengo todo lo que un hombre podría desear para ser feliz, pero no es así.  Las únicas riquezas que poseo son materiales.

 

El edificio donde me encuentro, de acero y vidrio construido en medio de la ciudad, me pertenece por entero, así como tres cuartas partes de todos los edificios de alrededor.

 

Este alberga oficinas y centros comerciales, pero el último piso, donde me encuentro ahora, lo he convertido en una suite donde he pasado mis últimos 10 años.

 

Los generadores que traen la energía eléctrica a este edificio, localizados a 700 kilómetros afuera de la ciudad y que abastecen a todo el condado, también me pertenecen así como también el cableado y el agua potable.  Todo es mío.

 

Poseo el 90% de las acciones de la empresa telefónica asentada aquí, así como también son míos los dos satélites de telefonía celular.  Poseo tres minas de níquel en Ontario, Canadá, petróleo en Texas y plata en Nevada.

 

Una cadena de restaurantes con cede central en Miami, florida, que se extendieron desde Boston hasta más allá de la frontera en México también me pertenece.  El 50% de las acciones de una cadena de telecomunicaciones y varias revistas de publicación mundial.

 

Si, soy un hombre afortunado en los negocios, y en los últimos años gozo del privilegio de tener en mis manos el escurridizo titulo de multimillonario.

 

Pero a mis 78 años de vida nunca he sabido lo que es ser feliz.

 

Me casé cuatro veces y me divorcié el mismo número.  De mi primer y tercer matrimonio tengo dos hijos.  Unos bastardos desgraciados buenos para nada que lo único que saben hacer es vivir a mis costillas.

 

Me casé con Leila, mi primera esposa, hará más de 27 años.  Con ella tuve a mi primer hijo, Radamanthys, un cínico genio para los números que hasta ahora solo ha utilizado su potencial para robarme, a mi, su propio padre.

 

Me divorcié de ella cuando Radamanthys tenía apenas 3 años de edad para casarme con una de mis secretarias que lo único que quería era un lugar en mi testamento.

 

Eso no duró mucho, solo dos años, y luego me divorcié para contraer nupcias con una bonita noruega que llevaba en su vientre el fruto de una infidelidad.  Ese es Minos, mi hijo vanidoso que no posee ningún talento, pero que heredó lo fácil de su madre.

 

Él ha sido la peor vergüenza que mi linaje pudiera cargar a cuestas.  Aunque no existe gran diferencia entre mi primer hijo y el segundo.  Ambos atenidos a que yo les resuelva la vida.

 

Mi cuarto y último matrimonio terminó en desastre, al igual que los anteriores.  Una rápida petición de divorcio, una demanda por indemnización y nuevamente me vi libre.

 

Pero la libertad es algo que a un hombre de mi edad ya no le sirve mucho.  Ya no se que hacer con ella y solo deseo que la muerte se apiade de mí y venga pronto a recogerme.

 

Pero aun no es momento de morir, antes de eso tengo un pendiente.  Enseñarles una lección a mis dos vástagos legales.

 

Dentro de unos minutos se llevara a cabo una revisión siquiátrica de mi estado mental para poder firmar mi último testamento, aquel en donde hago constar que mis dos hijos son herederos legítimos de todo lo que poseo.

 

Pero si algo no saben ellos, es que les tengo preparada una última jugada con la que los pondré en jaque.

 

Tengo un tercer hijo, producto de una noche de libertinaje y excesos que, contra todo lo que yo esperaba, es el único que realmente vale la pena.  Él es quien será mi herramienta a utilizar, el único que realmente heredó mi carácter.

 

Nunca conviví con él.  Su madre lo apartó de mí al enterarse de quien era yo y lo escondió muy bien.  Pero esa vieja harpía nunca pudo borrar completamente su rastro y ahora que lo he localizado mis planes pueden ponerse en marcha.

 

No espero que dios perdone mis pecados, esa esperanza murió mucho tiempo atrás cuando yo era aun muy joven.  Ahora solo espero poder reír a gusto purgando mis pecados en el infierno, que es a donde indudablemente iré.

 

El reloj de péndulo marca las 7 en punto, es hora del último espectáculo de mi vida.  Cuatro pisos más abajo de donde me encuentro, se preparó una sala por el motivo especial de mi firma de testamento.  Se que mis hijos estarán ahí reunidos esperando verme estampar mi firma en ese documento en el que han puesto sus esperanzas de una vida fácil.

 

Pero la vida no es fácil, y eso es de lo que yo me encargaré de enseñarles.

 

Me tomo unos últimos minutos para despedirme de todo aquello que he logrado levantar de la nada.  Mis posesiones materiales son lo único que me han acompañado desde hace más de 10 años.

 

Respiro profundamente el aire limpio de la ciudad y dirijo una última mirada a ese cielo azul y libre de nubes que me vio nacer.

 

Solo espero que dios se apiade de las almas de mis vástagos para que puedan superar la última prueba.  Mi alma no la encomiendo a ese ser supremo que creo todo lo visible y lo invisible, mi alma desde hace mucho le pertenece a su antónimo, ese ser corrupto que ha dirigido mis acciones desde hace 7 décadas.

 

Acomodo mi traje armani para lucir impecable ante las cámaras y me preparo para mi entrada triunfal”

 

- - - - -

 

Los que lo conocían lo llamaban simplemente Hades.  Dios y señor de todo aquel que vivía en esa ciudad y sus alrededores.  Un hombre despiadado que había amasado una fortuna comenzando desde cero.

 

Había nacido en el seno de una familia pobre.  Hijo único que desde pequeño había mostrado poseer una gran determinación y una asombrosa destreza para hacer dinero de la nada.

 

Salió de los campos mineros de Ontario a los 18 años para dirigirse a la gran ciudad e ir a la universidad.  Era el primero de su familia en tener estudios universitarios.

 

Llegó a la ciudad con solo 9 dólares en la bolsa y grandes sueños a sus espaldas.  Consiguió un empleo de medio tiempo y se matriculó en una de las mejores universidades.  Se especializó en metalurgia y mineralogía, y se graduó entre los primeros de su clase.  De inmediato fue contratado por Internacional Nickel Company, la principal empresa que operaba en la cuenca.

 

La Internacional Nickel Company se había fundado en 1902, y había contribuido a convertir a Canadá en el mayor proveedor de níquel en el mundo, y el centro de la empresa era el enorme yacimiento situado a las afueras de Sudbury, Ontario.  Hades empezó como aprendiz de gerente de explotación y habría seguido en ese puesto de no haber sido por su mente inquieta, que siempre le decía “debe de haber una mejor manera”

 

En la universidad había aprendido que el mineral básico del níquel, la pentlandita, también contiene otros elementos como platino, paladio, iridio y cobalto, así como plata y oro.

 

Hades comenzó a estudiar esos metales raros, sus usos y los posibles mercados.  A nadie más le importaba, por que los porcentajes eran tan pequeños que su extracción no resultaba rentable.  Acababan en montones de escoria.

 

Casi todas las grandes fortunas se basan en una idea genial y en el valor que se requiere para ponerla en práctica.  El trabajo arduo y la suerte también ayudan.  La brillante idea de Hades fue quedarse a trabajar en el laboratorio cuando los otros jóvenes gerentes de explotación preferían irse a los bares a beberse la cosecha de cebada.

 

En los laboratorios descubrió un proceso que llegó a conocerse como lixiviación en ácido a presión.  En esencia, consistía en disolver los diminutos sedimentos de metales raros y separarlos de la escoria para luego reconstituirlos de nuevo en su forma de metal.

 

Si hubiera llevado su invento a la empresa donde trabajaba, habría recibido una palmadita en la espalda.  En cambio, renunció y compró un billete de tren para ir a la oficina de patentes en Toronto.

 

Pidió dinero prestado, pero no mucho, por que lo que tenía en la mira no costaba tanto.  Cuando una mina de pentlandita se agotaba, la compañía minera dejaba montones de escoria, a los que denominaban desechos de proceso.  Nadie los quería, excepto Hades, quien los compraba por unos cuantos centavos.

 

Fundo Hades Metals a la edad de 27 años, y al poco tiempo era una empresa líder en el mercado.  A los 35 años ya era millonario y a los 40 obtuvo el titulo de multimillonario.

 

Se había casado cuatro veces y engendró a dos hijos varones dentro de esos matrimonios.  Nunca nadie llegó a enterarse de su tercer hijo, quien fue el producto de una aventura durante un viaje de negocios.  La madre de su tercer hijo nunca dejó que le diera su apellido y había huido con el bebe a los pocos meses de dar a luz.

 

Hades realmente nunca le prestó atención a su hijo ilegitimo hasta 5 años atrás cuando el joven comenzó a sobresalir por si mismo.  Tan absorto se encontraba con sus matrimonios y divorcios que rara vez le dedicó más de un frió pensamiento.

 

Sus hijos legítimos requirieron de su total atención, ya que solo le daban más dolores de cabeza que alegrías.  El mayor de ellos, Radamanthys de 27 años, era un rubio inglés, como su madre, que se había especializado en contaduría fiscal y que se encargaba de la mayoría de sus empresas.

 

El menor, Minos de 22 años, había estudiado artes teatrales en una universidad de Nueva York, aunque a últimas fechas no se dedicaba a otra cosa más que a gastarse el dinero del fideicomiso que su padre le había atorgado.

 

Hades se había visto decepcionado por sus dos hijos.  Aun a pesar de sus intentos por pasar tiempo con ellos y dedicarles atención, sus negocios lo habían mantenido lejos de su educación.  Fueron muchos los importantes momentos que se perdió en la vida de sus dos vástagos, y eso había derivado en falta de comunicación y múltiples problemas posteriores.

 

Con sus ex esposas la situación no era mejor.  Sus matrimonios solo se habían efectuado por la pasión que ellas despertaron en él y la avaricia que él despertó en ellas.  Entre ellos nunca hubo amor de por medio.  Solo conveniencia mutua.

 

Ahora, varios meses después de cumplir los 78 años, estaba listo para dejar este mundo.

 

Lentamente caminó hasta el elevador particular del piso que ocupaba, en la puerta apretó el botón y esperó hasta que las puertas metálicas se abrieron con un zumbido amortiguado.

 

Se introdujo en el cubo del elevador y aplastó el botón del piso donde lo esperaban sus vástagos.  De sobra sabía que ninguno de ellos se soportaba mutuamente y que seguramente los minutos que los había hecho esperar los pasaron intercambiando comentarios ácidos e hirientes.

 

A esas alturas de su vida ya nada le importaba, lo único que esperaba, con una enorme sonrisa cínica, era el momento en que sus hijos leyeran su último testamento.

 

Meses antes, les había prometido dejar sentado en su testamento que todos sus bienes serian repartidos por partes iguales entre los dos muchachos.  A sus ex esposas les había dicho que les daría un buen porcentaje, pero realmente no tenía intenciones de cumplir tal promesa.

 

Llegó al piso donde lo esperaban sus hijos reunidos.  Apenas entró en la enorme sala acondicionada para tal evento, y su sonrisa se ensanchó al ver la cara que componían todos al verlo llegar.

 

Parecían felices con su presencia, pero él estaba plenamente seguro de que lo único que los hacia sonreír era el olor de todos esos billetes que los aguardaban a su muerte.  Su avaricia no tenía límites.

 

Tomó asiento en la silla que le fue otorgada, prescindiendo la cabecera, e inmediatamente se encendieron dos cámaras que filmarían la firma de testamento.  Sonrió, como hacia años que no lo hacia, y saludó a los presentes con un movimiento de cabeza.

 

A sus costados se encontraban tres psiquiatras reconocidos, cuyos nombres habían sido escritos en cartulinas blancas y que se encontraban cada uno frente a dicho sujeto.

 

El doctor Parkind, el doctor Richarson y el doctor Marrout.

 

- Buenos días, señor Hades – Comenzó el doctor Richarson quien era el que se encontraba más cerca de él justo a su derecha – Como usted sabrá, estamos aquí reunidos para evaluar su lucidez mental y constatar sobre si tiene o no capacidad testamentaria.  Empezaremos con unas cuantas preguntas.  La primera de ellas es: podría decirnos la fecha en la que nos encontramos?? –

 

Hades carraspeó ligeramente para aclararse la garganta, respiró hondo varias veces y después dirigió sus cerúleos ojos hacia el doctor que se había dirigido a él.

 

- Es el 15 de diciembre del año 2006 –

 

Los tres hombres asintieron y escribieron algo en sus libretas.  Hades estaba plenamente seguros de que todo eso era una farsa.  Sus hijos y ex esposas habían contratado a esos hombres para evaluarlo y él sabía que le habían dicho que no fueran tan rudos con el pobre viejo.  Que querían que lo hicieran ver como un hombre lúcido.  Sus herencias dependían de eso.

 

- Sabe en donde nos encontramos?? –

 

Fue el turno de hablar del doctor Marrout.

 

- En el edificio Princot ubicado entre la avenida Ritsue y la Corotvi, en Sudbury, Canadá.  El edificio me pertenece, hace diez años establecí mi residencia personal en el último piso –

 

Observó los rostros de sus hijos y notó lo orgullosos que se encontraban.  Realmente casi podían sentir el dinero en sus manos.

 

El doctor Parkind asintió en silencio y tomó la palabra.

 

- Podría decirnos los nombres de sus dos hijos y la fecha de sus nacimientos?? –

 

Hades sonrió por la pregunta y observó nuevamente a los muchachos.  Radamanthys y Minos le regresaron la mirada y la sonrisa.  Hades guardo silencio por largos minutos, disfrutando enormemente la mueca de alegría en los muchachos que rápidamente se transformaba en una de terror al verlo guardar silencio.

 

El recordaba claramente cuando habían nacido, pero en esos momentos se permitió verlos sufrir al pensar que lo había olvidado.  Sin apresurarse, Hades habló lentamente.

 

- Mi primer hijo, Radamanthys, es producto de mi primer matrimonio con Leila, efectuado en Enero de 1979, nació el 30 de Octubre de 1980 y tiene 27 años de edad.  Mi segundo matrimonio fue con Susan y se efectuó en Abril de 1982, con ella no tuve ningún hijo.  Mi tercer matrimonio fue en Junio de 1984 con London, con ella tuve a mi segundo hijo, Minos, que nació el 25 de Marzo de 1985.  Mi cuarto y último matrimonio fue en Mayo de 1992 con Francis y tampoco tuvimos hijos –

 

El suspiro aliviado de Minos y Radamanthys fue demasiado audible y Hades sonrió nuevamente por eso.  Sus hijos casi se habían sentado al borde de su silla al verlo dudar.

 

Los tres siquiatras dirigieron sus miradas a los muchachos que los habían contratado y estos, a su vez, les indicaron con un suave movimiento de cabeza que terminaran lo más rápido posible.  No querían arriesgarse a que su padre diera muestras de su excéntrico carácter y les echara a perder sus planes.

 

- Muy bien, señor Hades.  Solo nos queda una última pregunta – Dijo el doctor Marrout al tiempo que levantaba un grueso fajo de papeles – Esto que tengo en mis manos es su ultimo testamento, el cual usted firmara hoy y que hace constar que le hereda la totalidad de sus bienes a sus dos hijos legales, repartiéndolos en partes iguales.  Esta usted de acuerdo??  Lo reconoce como dicho documento?? –

 

Hades asintió con la cabeza y los tres doctores, así como sus hijos y sus abogados, asintieron conformes.  Su testamento le fue entregado, así como un bolígrafo de tinta negra para firmar.

 

Hades tomó el documento, buscó la hoja donde debía estampar su rubrica y firmó decididamente.

 

Sus dos hijos sonrieron enormemente y la reunión fue concluida.  Hades escapó del lugar antes de tener que verse envuelto en la hipocresía de sus hijos, en ese momento no le apetecía que ellos notaran la enorme alegría que lo embargaba.  Eso hubiera bastado para que se dieran cuenta de que algo estaba mal.

 

Regresó a su piso y se dirigió sin demora al balcón de doble puerta acristalada corrediza.  La abrió y salió al fresco de la mañana.  Hizo cuenta mentalmente del tiempo que tardarían sus hijos en bajar hasta la primera planta.

 

Cuando su cuenta mental llegó a cero, abrió la pequeña puerta de seguridad del balcón, extendió los brazos y se arrojó al vació.

 

- - - - -
continua abajo...
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Autor: Flower.Of.Sidh, 15/May/2007 20:36 GMT-7:



- - - - -

 

Aunque se encontraban de buen humor y sin ánimos belicosos, ni Minos ni Radamanthys consideraron el compartir el elevador hasta la primera planta.  Cada uno tomó un ascensor diferente, seguidos de cerca por sus respectivos abogados, pero arribaron al lobby simultáneamente.

 

Minos se entretuvo en la recepción atendiendo una llamada en su celular.  Radamanthys le dirigió una mirada desinteresada y se encaminó, junto a su abogado, a la salida.  Cuando la puerta automática se abrió y él estaba a punto de salir, el cuerpo de su padre cayó sobre la banqueta con el inconfundible sonido sordo de los huesos al romperse.

 

La respuesta fue inmediata, la gente que caminaba por la acera a esas horas de la mañana estalló en gritos de histeria y llamadas de auxilio.

 

Radamanthys, quien se había quedado congelado al ver a quién pertenecía el cuerpo que prácticamente le cayó del cielo, no pudo menos que sonreír ampliamente ante la idea que se formó en su cabeza.  Ahora era heredero de la mitad del imperio económico de ese hombre suicida.

 

Las ambulancias y la ayuda llegaron rápidamente, pero no había nada que pudieran hacer, el hombre de largo cabello negro estaba muerto.

 

Minos, quien había corrido hasta la entrada al percatarse del barullo, intercambió una mirada complacida con Radamanthys.  Ambos se felicitaron en silencio y tomaron cada quien su camino sin que les importara gran cosa que el cuerpo de su padre yaciera tirado en la cera sin vida.

 

- - - - -

 

A la ceremonia luctuosa asistieron una enorme cantidad de gente a presentar sus respetos al hombre que había hecho crecer la cuidad y que había hecho florecer la economía de ahí otorgándoles empleos y un modo de subsistir.

 

Los presentes hicieron fila para darles el pésame a sus acongojados hijos, quienes ese día se habían vestido con sus mejores galas para representar la pantomima de los pobres huérfanos agobiados por la pérdida del padre a quien amaron.

 

En la iglesia donde se llevó a cabo la ceremonia se permitieron derramar algunas lágrimas de hipocresía y en el cementerio permanecieron con la cabeza agachada a la espera de que el ataúd que contenía los restos de su padre descendiera a las entrañas de la tierra con la esperanza de que nunca lo dejara salir.

 

Odiaban a su padre con todas las fuerzas que años de abandono y fría convivencia les había enseñado.  De él solo les importaba una sola cosa; su dinero.

 

Ese día fue el único en que se permitieron reunirse con el único propósito de festejar y felicitarse nuevamente.  Su padre, al suicidarse, les había ahorrado el esperar a que la muerte natural llegara a reclamarlo.  Ahora estaban libres del yugo del prepotente hombre que había regido sus vidas.  Y lo más importante es que eran millonarios.

 

Hicieron reservaciones en un restaurante de lujo y descorcharon botellas de champaña para celebrar.  Atrás dejaron los odios y reproches mutuos y se dedicaron esa noche a los excesos.

 

La lectura del testamento había sido fijada para después de año nuevo.  Y mientras esperaban a acudir en compañía de sus abogados y sus respectivas madres, así como con sus madrastras, al despacho jurídico que se encargaba de los asuntos legales de su padre, dedicaron sus horas a acumular deudas al adquirir propiedades, autos de lujo y cruceros a playas solitarias en el caribe.

 

El día de la lectura del testamento llegó pronto y toda la familia se presentó puntualmente a escuchar la última voluntad del hombre que los haría asquerosamente ricos.

 

Esa mañana se presentaron sin falta, vestidos impolutamente y sobrios, al despacho.  Entraron con amplias sonrisas en los labios e intercambiaron hipócritas cortesías para con sus parientes.

 

El edificio donde se daría lectura al testamento pertenecía a una firma de abogados compuesto de tres socios.  Habían trabajado para Hades desde los primeros años en que el pelinegro comenzó a amasar su fortuna.

 

Los abogados de su padre los recibieron con tenues sonrisas y los hicieron pasar a un salón de juntas en donde tenían programado leer el testamento.  Radamanthys y Minos, así como sus madres y abogados, se sentaron en extremos opuestos del salón.

 

Solo fueron unos cuantos minutos los que tardaron los abogados en acomodar a todos los presentes, para después anunciar que los tres dueños de dicho despacho llegarían pronto.

 

Cuando los hombres llegaron, tanto Radamanthys como Minos los recibieron con una hermosa sonrisa.  El hombre que leería el testamento, de pelo entrecano y que aparentaba casi la misma edad que su padre, les devolvió el saludo y tomó asiento a la cabecera, seguido de cerca por sus socios.

 

Uno de los practicantes le hizo entrega del testamento y el encargado de la lectura se puso unos lentes de montura de carey y comenzó a hablar.

 

- Buenos días a todos.  Hoy, siendo el primero de enero del 2007, estamos aquí reunidos para dar lectura al testamento del señor Hades, quien en vida asignó a este despacho como albacea de su testamento en donde deja escrito la forma de reparto de sus bienes materiales.  Comenzare a leer su última voluntad, así como también las cláusulas para el cumplimiento del mismo –

 

El hombre tomó aire y carraspeó antes de comenzar.  Minos y Radamanthys intercambiaron una última mirada y se sonrieron, felices de la vida.

 

El director abrió el grueso testamento y comenzó la lectura.

 

- Yo, Hades, en pleno uso de mis facultades mentales y siendo el 15 de diciembre del año 2006, hago constar en esta, mi ultima voluntad y testamento, el reparto de mis bienes materiales y económicos ante el estado, dejando dicho que la única cláusula deberá ser cumplida en su totalidad para hacer valido… -

 

- Podríamos dejar los protocolos e ir directo al grano?? –

 

Minos, a quien no se le daba mucho eso de los requerimientos legales, apresuró las cosas obteniendo una mirada de diversión por parte de su hermano mayor.

 

El viejo abogado le sonrió al muchacho.  Él sabía perfectamente lo que dicho testamento contenía y también sabía que el contenido no le seria grato a ninguno de los hijos legales de su fallecido cliente.

 

Sin embargo, y dado que esos muchachos se mostraban impacientes por llegar a la parte que les interesaba y en vistas de su desconocimiento, decidió concederles ese capricho y soltarles la noticia sin anestesia.

 

Pasó rápidamente las páginas hasta el punto que le solicitaban y esbozó una sonrisa maliciosa.  Su cliente, el señor Hades, era un desgraciado que no se había tentado el corazón.

 

Carraspeó para hacer su voz audible y miró a los presentes durante un momento para después comenzar a leer.

 

- Hasta el día de hoy, mi fortuna consta de 28 millones de dólares en dinero circulante acumulado en una cuenta bancaria a mi nombre, a esto se le suma los edificios que poseo valuados en 23 millones de dólares y las acciones de diversas empresas valuadas en 57 millones de dólares, haciendo una suma total de 108 millones de dólares –

 

Ante la mención de la suma total, Minos y Radamanthys se sintieron en la gloria.  Eso les daría para vivir holgadamente durante lo que les restaba de vida.

 

El hombre prosiguió después de una imperceptible pausa en donde les dirigió una mirada de soslayo a los jóvenes.

 

- La manera de repartirlo será la siguiente: dos partes iguales.  Dejo establecido quien obtendrá la primera parte de mi fortuna; mi hijo ilegitimo, Aiacos de Garuda, quien fue concebido fuera del matrimonio el 6 de julio de 1983.  A mis otros dos hijos solo les dejo una cláusula que tendrán que cumplir si quieren obtener la otra mitad.  Aiacos será el que decida quien de sus hermanos obtendrá el dinero restante.  Minos y Radamanthys, ambos hijos legítimos míos, tendrán que embarcarse en la misión de convencer a su hermano de compartir la herencia.  Tendrán como plazo dos meses a partir de la fecha en que este testamento sea leído y en dado caso de que no obtengan una respuesta de Aiacos, el dinero restante será donado a la fundación de beneficencia pública Feed The Children.  Dejo en claro que en caso de que Minos o Radamanthys intenten apelar a la invalidación de este testamento, el dinero, en su totalidad, ira a parar a manos de Aiacos de Garuda.  A mis ex esposas no les dejo absolutamente nada, ya que una pequeña fortuna les fue entregada el día en que se consumó el divorcio.  Como ultimo punto solo tengo un mensaje para mis dos hijos, Minos y Radamanthys.  Es hora de que sepan que la vida no es fácil, para obtener tendrán que ganárselo –

 

El hombre concluyó la lectura, se quitó los lentes y miró sonriente a ambos jóvenes.  Tanto Minos como Radamanthys parecían sobrevivientes de un bombardeo.

 

Pasaron largos minutos en los que solo el silencio se dejó escuchar en el salón, hasta que Radamanthys fue el primero en hablar.  El rubio se levantó de su asiento, con el rostro desencajado.

 

- Que??  Esto debe ser una broma!! –

 

Minos, en el otro extremo del salón, comenzó a temblar inconteniblemente.  Por su cabeza pasaron rápidamente los números de sus múltiples deudas adquiridas a raíz del suicidio de su padre, tan seguro se había encontrado de que sería el heredero que no tuvo empacho alguno en despilfarrar un dinero que aun no le había sido entregado.

 

Radamanthys no se encontraba mejor, sus deudas también eran cuantiosas.

 

Ambos hermanos se miraron perplejos.  Sus madres, y las otras dos ex esposas, comenzaron a sollozar, presas de la vergüenza.  Nunca debieron de haber creído que el desgraciado avaro con quienes se casaron podría tener la suficiente decencia de cumplir con su palabra.

 

El abogado director del despacho sonrió tenuemente antes de hablar.

 

- Esta es la ultima voluntad de su padre y es completamente legal.  No es necesario que les recuerde la cláusula que acabo de leerles.  Si quieren apelar por la invalidación de este testamento, toda la herencia ira a dar a manos de su hermano.  Si me permiten un concejo, deben de aprovechar muy bien los dos meses de plazo que su padre les otorgó –

 

Radamanthys volvió a tomar el lugar que hasta hace unos instantes ocupaba.  Minos tenía la mirada perdida y hacia un recuento rápido de lo que había escuchado.

 

Después de varios minutos en silencio, durante los cuales ambos tomaron conciencia de la situación en la que se encontraban, se miraron simultáneamente.

 

Ahora eran enemigos en una lucha por ver quien sobreviviría a las deudas y lograba obtener aquello que habían deseado toda su vida.

 

Se levantaron al mismo tiempo de sus asientos y corrieron a la puerta para salir de ahí lo más pronto posible, ambos olvidando en el camino a sus madres quienes no atinaron a hacer nada.

 

El hombre del despacho solo sonrió.  Ese seria un juego divertido de observar.  Los tres socios se miraron y comenzaron las apuestas.

 

Quien sería el afortunado que se quedaría con la otra mitad??


continuara....


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Autor: Songfic.Maniak, 15/May/2007 21:18 GMT-7:




 Bueno antes que nada, es que no te doy capítulos porque no tengo o.o conforme los voy terminando los voy publicando y en estos días traigo el tiempo encima u.u

Tu historia esta muy loca!! Hades me casía bien, por qué tugvo que suicidarse? Pobrecito eso de no poder ser feliz, eso demuestra que la felicidad no se compra con dinero u.u eso me dio cosa.

La introducción que él dio en un inicio me gustó, me recordó al ciudadano Kane, que también es una historia triste >< la segunda parte sentí que se repetía todo lo que Hades dijo.

Yo digo que cada quien cosecha lo que siembra, aunque me dio lastima el viejo el se lo buscó, si Rada y Minos no se interesaron en lo mas mínimo por él fue porque él nunca los educó, no estuvo con ellos, no les dio el amor y la comprensión que necesitaban, solo les dio dinero mientras que él se casaba y divorciaba como cualquier trámite sencillo, incluso tuvo un bastardo.

La muerte fue impactante o.o que shido, que caracter aventarte desde esa altura, me aluciné mal rollo... que malíksimo rollo que alguien tan rico acabe sus días así.

Aiacos será nuestro caballito negro xD que emoción!!! Al menos desde un inicio es el ganon de todo esto... carajo... 54 millones o.O WOOOOO y el resto para alguno de sus hermanos yeiz ><

Yo le voy a Radamanthys xD Minos me cajetea ><

Bueno a ver que tal se arma y ya te dije En u.u iré publicando mientras vaya acabando, empiezan exámenes so... uhhh, de aquñi a una semana para seguir actualizando !!! Un abrazote!!!

XOXoXOXOoxoXOO
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Autor: Flower.Of.Sidh, 21/May/2007 14:09 GMT-7:



Hola a todos

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Pues aqui les traigo la segunda parte de esta historia, espero que les este gustando...  n.n

Mientras tanto, yo les adelanto que solo seran 4 capitulos   n.n   si, esta cortita   n.n

Aqui lo dejo 




Capitulo dos

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17 de Enero, 2007.  Skagway, Alaska.

 

Aiacos se encontraba en la cocina del Kone Komb, uno de los 6 mejores restaurantes de lujo de toda Alaska, preparando una enorme vianda para 30 personas de camarones rellenos de fettucine, cuando recibió la noticia.

 

Se movía con destreza entre las planchas metálicas acomodando los camarones, repartiendo la salsa y salpimentando todo, cuando el joven Office-boy entró corriendo con una carta en las manos.

 

El moreno solo le dedicó una sonrisa como bienvenida y con la cabeza le indicó que pusiera la carta sobre la repisa alta de un estante metálico.  Después de darle su propina, Aiacos regresó a su tarea sin prestarle mucha atención al sobre blanco.

 

Lo que le importaba en ese momento era terminar su tarea y llevar la comida a los comensales que habían llegado esa mañana a comprobar si lo que se decía del chef de ese famoso restaurante era cierto.

 

Su pasión era la cocina y su gran talento lo había hecho hacerse de renombre dentro de esa profesión en la que muy pocos sobresalían.  Había estudiado alta cocina en una universidad de California, cerca de Sonoma la capital del vino, donde había vivido al lado de su madre hasta que esta murió cuando él apenas contaba con 16 años.

 

Su vida no había sido fácil, pero la mayoría de sus problemas se debían a su espíritu aventurero y su carácter atrevido que le había hecho granjearse la enemistad de muchos, así como también el aprecio de muchos más.

 

Él no aceptaba un no por respuesta y, acostumbrado como estaba a salirse siempre con la suya en cualquier situación, había hecho caso omiso cuando algunos allegados le dijeron que estudiara otra cosa, que artes culinarias era una carrera difícil, ya que nadie podía competir con los franceses.

 

Pero él no prestó atención a los concejos bienintencionados de sus amigos y se matriculó en la especialidad apenas terminó la preparatoria.  Su madre siempre le había dicho que traía los genes de un ganador, pero él se dio cuenta que era el esfuerzo y no los genes los que generalmente separan a los ganadores de los perdedores.

 

Cuando entró a la universidad adquirió la costumbre de levantarse a las 5 de la mañana para estudiar todo lo que le fuera posible antes de dirigirse a clases.  Le funcionó.  Al termino de su primer semestre le dieron una beca parcial por sus magnificas calificaciones y durante los siguientes semestres abarrotaba sus horarios para adelantar materias.  Fue el único que, gracias a su esfuerzo y dedicación, terminó la universidad en solo tres años.

 

Se graduó con una mención summa cum laude y ese mismo verano partió con rumbo a Las Vegas en donde pretendía trabajar en uno de los hoteles-casino como cocinero para adquirir experiencia.

 

Fueron 15 cocineros con los que hizo una prueba para obtener el puesto, pero pese a que la calidad de su cocina era superior a los demás, fue rechazado por considerarlo demasiado joven.  Solo tenía 20 años.

 

La negativa del encargado a contratarlo lo destrozó, salió del hotel y se sentó en la banqueta a llorar su suerte.  Dos horas después de estar derramando lágrimas de impotencia, se colgó su mochila al hombro y volvió a entrar al hotel.

 

El encargado, que se mostró fastidiado por la insistencia del moreno, lo mandó echar con la advertencia de que no volviera o lo consignarían a las autoridades.  Pero Aiacos no se dio por vencido y se plantó delante del hotel como muda protesta para que le dieran una oportunidad.

 

15 días tuvieron que pasar, durante los cuales durmió en la banqueta y utilizó el agua de una fuente para asearse, antes de que un empleado se le plantara enfrente diciéndole que el gerente quería verlo.

 

El gerente se había impresionado por la pasión que ese joven poseía y aceptó volverle a hacer una prueba.  Pero Aiacos se negó a volver a cocinar para el hombre, argumentando que ya habían comprobado lo diestro que era.  A cambio le ofreció un trato; una partida de póquer para obtener el puesto.  Si Aiacos perdía, estaba dispuesto a pagar los 15 días que se mantuvo fuera del hotel como si hubiera utilizado una suite residencial; pero si ganaba le darían el puesto de chef en jefe.  Un todo o nada.

 

El gerente, con una sonrisa ladina, aceptó el trato y mandó traer a su mejor despachador de cartas.  La noticia del juego se esparció por todo el hotel y muchos empleados se dieron cita en el despacho del gerente para presenciar dicho juego.

 

Su oponente fue un enorme hombre de color que era muy conocido por siempre ganar ya que era diestro en hacer trampas.  Aiacos recibió la primera mano y solo cambió dos cartas.  Su oponente cambió cuatro y destapó un full.

 

Aiacos había desaparecido su sonrisa del rostro al ver las cartas de su oponente.  Colocó sus cartas boca abajo y miró directamente al gerente.

 

- Esto es horrible – Dijo y después volvió a sonreír al momento de descubrir sus cartas – Déle la bienvenida a su nuevo chef en jefe!!! –

 

Cuatro as y un nueve, póquer.  Esa misma noche comenzó a trabajar.

 

Solo duró un año trabajando ahí y al siguiente verano en que se despidió de todos, el gerente lo mandó llamar a su oficina.

 

- Quédate con nosotros – Le dijo el hombre – Si es por el dinero estoy dispuesto a doblarte el sueldo, pero quédate –

 

Pero Aiacos no aceptó, durante el año que trabajó en ese hotel había ahorrado lo suficiente para hacer su sueño realidad; fundar su propio restaurante.

 

Dejó Las Vegas para dirigirse a Nueva York.  En la gran urbe, compró un mapa grande a color del territorio norte del continente americano y se dirigió a los baños de una cafetería.  Con cinta adhesiva pegó el mapa a la pared de un privado, se encomendó al único dios que conocía, la suerte, y aventó al mapa un chicle que había estado mascando.

 

La goma de mascar quedó pegada en el extremo norte del mapa, más concretamente en la parte sureste de Alaska, y al momento de despegarlo Aiacos vio el nombre de la ciudad a donde la suerte lo mandaba; Skagway.

 

Acababa de cumplir los 21 años cuando llegó a lo que para él representaba el paraíso sobre la tierra.

 

Ahora, tres años después de su llegada, su restaurante era uno de los mejores.  Ciertamente le costó trabajo comenzar de cero, pero gracias a la afluencia de turistas que cada primavera, verano y principios de otoño aglomeraban la ciudad, pronto fue reconocido por su alta cocina.

 

Él siempre atribuía su éxito a la suerte, pero era bien sabido que el moreno había logrado todo a base de esfuerzo y dedicación.

 

Todo ese día lo dedicó a atender personalmente a los clientes que llegaban a su restaurante, sin acordarse siquiera de la carta que le habían entregado en la mañana.  Era ya bien entrada la noche cuando, en una de sus rondas para inspeccionar que todo estuviera limpio y acomodado en la cocina antes de que cerrara, notó el sobre blanco.

 

Al tomarlo entre sus manos vio que provenía de un despacho jurídico de Ontario, Canadá, que él bien conocía.  Con una sonrisa en los labios abrió el sobre.

 

Leyó con particular cuidado lo que el despacho de abogados de su padre le informaba.  Su padre había muerto 33 días antes y lo había nombrado heredero de la mitad de su fortuna, esa noticia no le interesó gran cosa, no así la cláusula de cumplimiento para entregarle la otra mitad de la fortuna de su padre a alguno de sus dos medios hermanos.

 

Los abogados le informaban que sus hermanos ya conocían su paradero y que realizarían el viaje dentro de 6 días más.  Llegarían exactamente el 23 de enero en la mañana a bordo del crucero Volendam.

 

Al terminar de leer guardó nuevamente la carta en el sobre y estalló en carcajadas.  Su padre había cumplido su amenaza de darles una lección a sus medios hermanos, y él estaba ansioso de que el momento de conocerlos llegara.
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23 de Enero. 2007.

 

El Volendam, perteneciente a la Holland América Line, era un impresionante navío de 60000 toneladas.  Tenía toda clase de innovaciones a bordo, desde espectáculos al estilo de Las Vegas y gimnasios hasta instalaciones con ambientes confortables y diseños de vanguardia.

 

Pero lo primero que impresionó a Radamanthys y Minos, fue el tamaño del navío.

 

En la cubierta superior, estaban por encima del agua a una altura equivalente a diez pisos.  Abajo, entre los camarotes, había un laberinto de pasillos de puertas idénticas.

 

El navío para crucero estaba formado por 100 bloques, aproximadamente, cada uno de varios pisos de alto y a veces de más de 400 toneladas de peso.  Los arquitectos habían tratado de poner balcones al mayor número posible de camarotes.  Pero el que compartían Radamanthys y Minos no tenía.  Sin embargo, la cubierta exterior era hermosa y completamente agradable para estar mientras el Volendam se internaba en el paso interior.

 

El paso interior es una intrincada ruta que atraviesa un archipiélago cubierto de inescrutables bosques de confieras, silenciosos y llenos de secretos como el tiempo.

 

Ahí, las mareas y el viento llegan a formar enormes corrientes que pueden hacer encallar grandes embarcaciones.

 

Eran las 7 de la mañana cuando el Volendam se internó en el extremo del brazo del mar Johns Hopkins, donde el glaciar llega a aguas profundas.

 

El navío avanzó lentamente entre una zona de iceberg, delimitados por una pared de hielo.  De vez en cuando el glaciar, a menos de medio kilómetro de distancia de la proa, se agrietaba y producía un estruendo como de trueno.

 

Con menos frecuencia, se le desprendía algún trozo de hielo que creaba una pequeña ola al caer.  Dos águilas cabeza blanca se posaron en uno, cerca de la proa, y al parecer estaban compartiendo un pez.  Fuera de esto, reinaba una gran quietud.

 

Minos se encontraba sobre la cubierta de proa contemplando el panorama, mientras se cubría del frió con una manta.  Estaba ahí, mirando como el glaciar había erosionado la falda de una colina, cuando Radamanthys se colocó a un lado.

 

El rubio temblaba bajo su grueso anorak negro y volutas de vapor salían de su boca a cada inspiración de sus pulmones.  Se quedaron en silencio, uno al lado del otro, contemplando el hermoso panorama glaciar.

 

El rubio sacó una cajetilla de cigarros de uno de los bolsillos de su abrigo y se llevó un filtro a los labios, sacó un encendedor de gas y, tratando de contener las sacudidas que el frió provocaba en sus enguantadas manos, lo encendió.

 

Aspiró una gran bocanada de humo y cerró los ojos disfrutando enormemente de la nicotina que invadía su torrente sanguíneo.  Minos le dirigió una momentánea mirada de soslayo y volvió a posar sus ojos en las claras aguas antes de hablar.

 

- Ya tienes un plan para convencerlo?? –

 

Radamanthys sonrió con presunción y volvió a dar una calada a su cigarro.  Al hablar, el humo se escapó de su garganta.

 

- Es solo un provinciano que ha vivido su vida sumido en la pobreza.  Crees que realmente representará un reto?? –

 

- No lo se, Radamanthys, y eso me da miedo.  Has pensado que harás cuando me dé la mitad de la fortuna?? –

 

Radamanthys estalló en carcajadas ante las palabras de Minos.  Su pequeño hermanito era tan inocente si creía que dejaría que se quedara con lo que le correspondía.  Él iba dispuesto a hacer lo que fuera necesario para hacerse de la parte que quedaba.

 

- Preocúpate por lo que tú harás cuando te quedes sin nada.  Ese dinero será mío, cueste lo que cueste –

 

Minos sonrió.

 

- Tan seguro estas??  Con el carácter que posees estoy seguro de que ni en un millón de años podrás convencerlo de que te dé el dinero.  Debes recordar que nuestro provinciano hermano ha de guardarnos rencor por todos esos años que nosotros vivimos disfrutando del dinero de nuestro querido papi.  Además, yo tengo ventaja sobre ti.  A diferencia tuya, soy hermoso y una sola de mis sonrisas bastan para que cualquiera este dispuesto a cumplir mis caprichos.  Que te hace pensar que el provinciano me negará el dinero?? –

 

Radamanthys se llevó el cigarro nuevamente a los labios, mientras recorría con la mirada el cuerpo de Minos con una sonrisa lujuriosa.

 

- Típico de ti, prostituirte por dinero.  Pero no te preocupes, yo estoy dispuesto a pagar tus deudas por solo un acostón –

 

Minos echó la cabeza hacia atrás y emitió una deliciosa carcajada que Radamanthys disfrutó enormemente.

 

- Idiota.  Puedo acostarme contigo en el momento que desees.  Y creeme que lo haré por gusto y no por dinero –

 

Radamanthys negó con la cabeza y volvió a fumar de su cigarro.

 

- No, así no me interesa.  Quiero que lo hagas por humillación, no por que lo disfrutes –

 

Minos giró y se recargó en la baranda, mientras sus ojos azules estudiaban el apuesto rostro de su hermano mayor.

 

- No sabes de lo que te pierdes.  Anda, dame un cigarro, que el puto frió me esta calando los huesos.  No se a que loco se le ocurriría venir a enterrarse por voluntad propia hasta este recóndito lugar –

 

Radamanthys arrojó los restos de su consumido cigarro al agua, sacó nuevamente la cajetilla y le colocó un filtro en los labios a Minos.  El peliplateado se dejó consentir por su hermano mayor y aspiró una bocanada del humo en cuanto el rubio lo encendió.

 

- Alguna vez has venido a Alaska?? –

 

Preguntó Minos obteniendo una carcajada de Radamanthys.

 

- Tengo cara de turista??  Que negocios tengo yo viniendo a este lugar??  Si no fuera por el negro sentido del humor de nuestro querido padre, a estas horas yo estaría en alguna playa del caribe gastándome una fortuna en martinis –

 

- O en esos cocos con sombrillitas –

 

Los dos rieron por el chiste.  Después, el silencio volvió a recaer en ellos hasta que Minos habló.

 

- Sabes a lo que se dedica el provinciano?? –

 

- Según sé, es cocinero en un restaurante –

 

Radamanthys sacó otro cigarrillo para él, mientras Minos fruncía el ceño.

 

- Aquí, en Alaska??  Le da de comer a los pingüinos o que?? –

 

- En Alaska no hay pingüinos, solo focas –

 

- Ahora eres naturalista?? –

 

- Prefiero parecerlo a ser un completo imbécil como tu.  Ni siquiera conoces la fauna –

 

- Te documentaste bien.  Es que acaso tus amantes ya no te entretienen el tiempo suficiente y por eso te dedicas a leer?? –

 

Radamanthys no contestó, a lo lejos comenzaba a perfilarse la ciudad de Skagway.  Dio media vuelta para regresar a su camarote a preparar su equipaje para bajar.

 

Pero antes de alejarse lo suficiente, exclamó audiblemente.

 

- A diferencia de ti, yo puedo mantener mis pantalones en su lugar durante un buen tiempo –

 

Minos sonrió por el comentario de su hermano.  Lo vio desaparecer entre los turistas que viajaban en el crucero y después dirigió su mirada hacia la ciudad en la lejanía.

 

- A diferencia de mi, tú no quieres aceptar tus problemas de erección –

 

Tiró su cigarrillo al suelo y lo terminó de apagar con la punta de su zapato.  Dirigió una última mirada a la ciudad y se encaminó hacia el camarote para recoger su equipaje.

 

Media hora después, los altavoces del barco anunciaron el descenso.  Minos y Radamanthys bajaron por la rampilla metálica que había sido colocada a un costado del crucero.  Inmediatamente después de tocar suelo firme, se sorprendieron por lo enorme que parecía la ciudad.

 

No era lo que esperaban encontrar.  Habían imaginado que se encontrarían con un pueblucho enterrado entre la nieve, pero a cambio de eso, la ciudad parecía más una pequeña urbe que rebosaba de actividad turística.

 

Se miraron unos momentos para después comenzar a caminar entre la gente que inundaba el puerto.  A cierta distancia, localizaron con la mirada un cartel que sobresalía entre las cabezas de los demás pasajeros y en donde habían rotulado con un marcador negro “Bienvenidos Minos y Radamanthys”

 

No esperaban una comitiva de bienvenida, lo que esperaban era que su hermano se negara a hablar con ellos en primera instancia.  Sin embargo ahí estaba, esperando a que ellos desembarcaran para recibirlos.

 

Radamanthys sonrió.  Su hermano desconocido era más ingenuo de lo que creía.

 

Ya no le parecía tan imposible el llegar a convencerlo de que le diera la mitad de la herencia.  Seguramente, se dijo, su medio hermano los estaría esperando con la ilusión de un reencuentro familiar.  Esa idea le causo gracia.

 

El muchachito que los esperaba aparentaba tener unos 16 años, por lo que Radamanthys se sintió confundido.  Según lo que él sabía, su hermano rondaba los 24 años.

 

El muchacho del cartel les sonrió cuando los vio acercarse, bajó el cartel y les tendió la mano.

 

- Ustedes deben de ser el señor Minos y el señor Radamanthys, yo soy John y me mandaron a recibirlos.  Aiacos los espera en el restaurante.  Síganme, por favor –

 

Después de estrecharle la mano al jovencito, Minos y Radamanthys lo siguieron arrastrando sus maletas hasta una camioneta Land Cruiser rojo cereza.  El chico les abrió la puerta de atrás y les ayudó a meter su equipaje.

 

Radamanthys se adelantó a Minos y ocupó el asiento del copiloto.  El joven condujo durante 10 minutos por las calles de la ciudad hasta un restaurante cuyo letrero decía “Kone Komb, Italian & American Restaurant”.

 

Aparcó en la acera y ambos hermanos bajaron de un salto.  El restaurante parecía lujoso y de buen gusto.  Radamanthys observó la fila de clientes que esperaban a que les asignaran mesa e hizo nota mental de regresar después a comer ahí.

 

- Aiacos los espera adentro.  Si me hacen el favor de acompañarme –

 

Dijo Jonh y les indicó el camino a seguir.  Radamanthys caminó atrás del chico seguido por Minos.  El joven los llevó hasta la puerta que delimitaba la cocina y la abrió para que pudieran entrar.  Adentro, cerca de 10 cocineros iban de un lado a otro revolviendo cazuelas y moviendo sartenes.

 

El delicioso olor de la comida llegó a sus narices y alborotó sus estómagos.  Radamanthys recorrió con la mirada la cocina, esperando localizar al joven a quien habían ido a ver.

 

Los cocineros eran todos hombres de alrededor de 35 a 45 años, y ninguno tenia ningún remoto parecido con su padre.

 

Minos, a su lado, también inspeccionaba el lugar, hasta que la mirada de ambos chocó con la figura de un joven de cabello negro que se encontraba al fondo de la cocina recargado en una encimera.

 

Tenía un cigarrillo en los labios y una mueca de diversión.

 

Aiacos apagó su cigarro en un cenicero y caminó hacia ellos.  Tanto Minos como Radamanthys contuvieron el aliento.

 

No solo era por el enorme parecido que ése joven tenia con su fallecido padre, si no también por la elegancia en sus movimientos y la arrogancia que brillaba en sus pupilas rojas.

 

Aiacos se detuvo a escasos pasos enfrente de ellos y amplió su sonrisa burlona, enseñando la perfección de su dentadura.

 

- Bienvenidos a Skagway.  Diría que es un gusto conocerlos, pero usualmente no digo mentiras.  Díganme, caballeros, que los trae a ningún lugar del mundo en esta preciosa mañana de invierno?? –

 

Si, se dijo Radamanthys, se parecía demasiado al viejo.  Incluso su sonrisa y la altanería en su voz eran idénticas a las de su padre.

 

Minos, quien había abierto la boca al ver a su medio hermano, se recompuso lo suficiente para poder extender su mano.

 

- Yo soy Minos, es un placer conocerte –

 

Pero Aiacos no lo miró, sus rubíes ojos estaban centrados en el alto rubio que lo miraba estupefacto.

 

- Tú debes ser Radamanthys – Dijo el moreno dirigiéndose al susodicho – Yo soy su querido medio hermano que ha esperado toda una vida por ésta alegre y dramática reunión familiar.  Discúlpenme si no me echo a llorar, pero usualmente no soy emotivo –

 

Aunque sus palabras pudieron ser tomadas como belicosas, el brillo en su mirada y su tono burlón dejaba por sentado que el moreno sabía que los tenía en sus manos.

 

“Solo nos esta humillando” pensó Radamanthys “Sabe a lo que venimos y lo disfruta enormemente”

 

El moreno no esperó a que le contestaran, se giró y comenzó a caminar entre los cocineros hacia la puerta del fondo.

 

- Me tomé la libertad de cancelar sus reservaciones en el hotel.  Los alojaré en mi casa durante lo que resta de estos dos meses –

 

Radamanthys fue el primero que reaccionó, jaló su maleta y comenzó a seguir al moreno.  Minos tardó un poco más en ordenarle a sus piernas que se movieran, le había afectado el como lo ignoró ese chico.  Nunca nadie lo había dejado de lado antes.

 

Aiacos abrió la puerta abatible de la cocina y salió hacia el patio trasero.  Había soltado la puerta tan de repente, que ésta estuvo a punto de golpear la nariz de Radamanthys.  Pero el rubio logró meter una mano para detenerla.

 

Con una corta carrera se puso al lado del joven moreno que caminaba de prisa.

 

- Por que hiciste eso??  Por que cancelaste nuestras reservaciones?? –

 

Aiacos se detuvo y giró para enfrentarlo.  Radamanthys dio un respingo al ver la sonrisa torcida que le dedicó.  Ésta estaba llena de maldad.

 

- Como piensan convencerme de que les de el dinero si no me ven a diario??  No pienso tenerlos dando vueltas por el restaurante rogándome por un favor.  Me acarrearan mala reputación entre los clientes –

 

- No vine a rogarte por nada.  Ese dinero me pertenece por derecho propio, así que tú simplemente firmaras el papel donde me lo cedes –

 

Aiacos emitió una carcajada divertida ante las palabras del rubio, quien comenzaba a sentirse irritado.  Minos se puso a su lado y Aiacos lo miró.

 

- Escuchaste eso??  Te está dejando fuera del todo.  Piensas permitírselo?? –

 

Minos miró a Radamanthys y este le dedicó una mirada de advertencia que hizo que el peliplata se quedara callado.  Aiacos los contempló durante unos momentos, sin que su sonrisa desapareciera, y luego se giró para abrir la puerta de una camioneta igual a la que conducía Jonh, pero esta era de un color azul cobalto.

 

- El dinero no me importa gran cosa.  Pero lo que sí, es que no tengo ningún problema en no dárselo a ninguno de los dos.  Mi decisión dependerá de que tan bien se porten.  Ahora suban a la camioneta, que los llevaré a mi casa –

 

Dijo Aiacos al momento de subir al asiento del conductor.  Radamanthys, temblando de furia, arrojó su equipaje en el asiento trasero y abrió la puerta del copiloto para introducirse.  Minos, quien presentía que las cosas estaban completamente mal, guardó silencio y dócilmente se introdujo en la parte de atrás.

 

Durante el trayecto, Aiacos no dejó de platicarles sobre el restaurante, los centros recreativos de la ciudad y la enorme cantidad de turistas que llegaban de vacaciones.

 

Radamanthys hizo acopio de toda la paciencia de la que podía hacer gala para no abrir la puerta y saltar.  El moreno lograba exasperarlo hasta límites insospechados.  Aiacos condujo la camioneta hasta las afueras de la ciudad, se estacionó enfrente de una hermosa casa de dos plantas, pintada completamente en blanco y descendió del vehículo.

 

Radamanthys también bajó del auto, seguido por Minos.  El moreno abrió la entrada principal de la casa y aventó las llaves a una mesa cercana.

 

- Amor, ya llegué!!! –

 

Radamanthys, que venia atrás del moreno, alzó una ceja.

 

- Estas casado?? –

 

- Estoy loco, pero no tanto.  Siempre saludo así, es como un fetiche –

 

Rió Aiacos, coreado por Minos que acababa de entrar.  Radamanthys se guardó el comentario ácido que pugnaba por escapársele de los labios, el moreno se dirigió a uno de los sofás de un tono crudo, y se tiró con displicencia.

 

- Muy bien.  Dormirán en la parte de arriba, en los cuartos de invitados.  Pueden escoger la habitación que más les guste.  Ahora, díganme, por que les habría de dar la mitad de una fortuna pudiéndomela quedar toda?? –

 

Minos abrió la boca con sorpresa y Radamanthys apretó los puños.  Tenía unas enormes ganas de aventársele encima a ese petulante muchacho y molerlo a golpes.  Pero la certeza de que eso era lo que buscaba provocar el moreno para tener una excusa y no darle nada, lo detuvo.

 

Ambos hermanos se miraron en silencio durante unos cortos minutos.

 

Aiacos no era nada de lo que esperaban encontrar.  Lejos había quedado la imagen del provinciano joven cuya vida había pasado sumida en la miseria.

 

El que tenían delante era un arrogante hombre que se divertía con sus desgracias.  La sensación de estar delante de la reencarnación de su padre los asaltó y les hizo temer lo peor.

 

Minos tomó asiento lentamente en el sofá que se encontraba delante del que ocupaba Aiacos, e hizo gala de su talento para la actuación al componer una expresión de desolación en el rostro.

 

- Nuestro padre nos dejó muchas deudas por pagar.  No se Radamanthys, pero mi solvencia económica depende mucho de ese dinero.  La salud de mi madre es precaria, y ese dinero pienso destinarlo completamente a su recuperación –

 

Aiacos se cruzó de brazos y su expresión pareció de profundo pesar.

 

- Ah, carajo!!!  Tienes madre?? –

 

Exclamó el moreno y Radamanthys, aun a su pesar, estalló en carcajadas.  Minos se tragó el tropel de obscenidades que deseaba escupirle a su medio hermano.  Aiacos miró a Radamanthys y le guiñó un ojo.

 

- Tu también estas preocupado por la salud de tu madre?? –

 

- No.  Mi madre se encuentra en perfecto estado.  Gracias por preocuparte por ella –

 

Dijo el rubio, sin ocultar el tono mordaz con el que revistió a su voz.  Aiacos le dedicó una sonrisa tranquila a Minos, extendió los brazos sobre el respaldo del sofá y cruzó una pierna.

 

- Seamos sinceros, caballeros.  Yo no soy ningún inocente al que puedan verle la cara.  Soy un hombre de negocios y como tal espero sus ofertas.  Me importa muy poco para que quieran el dinero, lo único que me interesa es que me darán a cambio de escoger a alguno de ustedes.  Por el momento les recomiendo que vayan a sus habitaciones y piensen bien lo que me ofrecerán.  Yo tengo que regresar al restaurante, pero regreso a la casa a las 10 de la noche, eso les dará tiempo suficiente para que se olviden de madres, tías y mascotas con problemas de salud –

 

Minos bajó la vista, sintiéndose humillado, y Radamanthys sonrió despectivo.

 

El moreno se levantó del sofá y salió de la casa sin dirigirles una última mirada.  Solo hasta que el ruido del motor de la camioneta dejó de escucharse, fue que Minos se levantó de un salto.

 

- Maldito desgraciado hijo de puta!!!  Quien se cree que es?? –

 

Radamanthys se sentó cómodamente en el lugar que había ocupado el moreno y encendió un cigarro.

 

- No creo que se crea nada, lo es.  El desgraciado sabe que nos tiene bien cogidos por los huevos y lo disfruta enormemente.  No cabe duda que es hijo del desgraciado de nuestro padre –

 

Minos se detuvo a medio camino hacia la puerta y miró a Radamanthys.

 

- Te gusta.  No puedo creerlo!!!  El infeliz nos humilla y tú tienes el descaro de sentir atracción por él.  Esto es el colmo!!! –

 

Radamanthys rió corta y burlonamente.

 

- Tienes que aceptarlo, Minos.  El muchacho tiene carácter.  No niego que es petulante, déspota e insoportable, pero tiene el valor suficiente como para encararnos –

 

- Es un hijo de… - Dejó la maldición a medias y se llevó una mano a los ojos intentando serenarse – Si, es cierto.  Pero eso no quita de que estamos completamente en sus manos –

 

Radamanthys asintió en silencio y dio una calada a su cigarro.  Minos tomó asiento nuevamente y se inclinó sobre si mismo.

 

Guardaron silencio, ambos sumidos en sus pensamientos, hasta que Minos alzó nuevamente el rostro y lo miró.

 

- Que vamos a hacer?? –

 

Esa, se dijo Radamanthys, era la pregunta del millón.  Que diablos iban a hacer??

 


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A las 10:15 de la noche, Aiacos despidió al último mesero que quedaba en el restaurante.  Después de que el joven salió por la puerta trasera que se encontraba en la cocina, él caminó por todo el lugar apagando las luces.

 

Dejó una única luz prendida, la que estaba justo en medio de la enorme y moderna cocina, y encendió una hornilla.

 

Del estante que estaba por sobre su cabeza, tomó un cazo grande de porcelana y lo colocó en el fuego.  De una alacena sacó un molde grande para pay y lo colocó a un lado de la mesa.  Del refrigerador tomó un bote de leche espesa, un cuenco de vidrio con pavo ahumado desmenuzado y una bolsa plástica con pasta de hojaldre.

 

Vació la leche en el cazo y añadió el pavo.  Lo removió todo para que quedara uniforme y bajó la intensidad del fuego.  En lo que la mezcla hervía, extendió la pasta de hojaldre sobre la mesa, la cortó a la mitad y cubrió el molde de pay.

 

Metió el molde cubierto con la pasta al congelador y jaló un taburete para sentarse junto al fuego.  Cuando la leche comenzó a borbotear, añadió una cucharada de consomé de pollo y tiras de pimiento morrón.  Volvió a revolver y esperó.

 

Mientras esperaba, encendió un cigarrillo y se dedicó a pensar.

 

Tal vez sus hermanos creían que disfrutaba el echo de verlos tan desesperados, pero no era así.  Aiacos sabía que no tenían ninguna buena razón para querer el dinero más que la avaricia y el mantener la buena vida que hasta hace días disfrutaban.

 

Pero a pesar de que sus razones eran egoístas, Aiacos no tenía ningún interés en joderles la vida.  Todo lo hacia por la promesa hecha a su padre.

 

Medio año antes, Hades se había presentado en su restaurante para entrevistarse con él.  Aiacos lo había escuchado con paciencia mientras el hombre hablaba de lo egoístas que eran sus medios hermanos y el poco interés que ponían en lograr algo con sus propias manos.

 

De alguna manera, Aiacos le concedía la razón en eso, pero cuando su padre le dijo que pensaba suicidarse y los planes que tenía para su testamento, el moreno puso el grito en el cielo.

 

Al principio se negó a ayudarlo.  Él no era el juguete de nadie y mucho menos se sentía con ganas de actuar como juez.  A él que le interesaba la vida de alguien más??  Con sus propios problemas tenia más que suficiente.

 

Pero su padre, aquel hombre orgulloso y déspota, se había arrodillado ante él pidiéndole ayuda.

 

El corazón de Aiacos se quebró en ese instante, no por lastima hacia su padre, si no por el atentado que el orgullo del hombre debió de sufrir por esa acción.

 

Hades no solo le pidió ayuda, sino que también le pidió perdón por todos esos años de abandono.  Fue el hecho de que el hombre nunca trató de echarle la culpa a su madre, lo que lo decidió a ayudarlo.  Hizo un trato con él y escuchó sus planes.

 

Enterarse de la noticia de que había muerto no lo entristeció.  Ese hombre había decidido que ya no quería vivir y él dejó que purgara sus pecados de la manera en que mejor le pareciera.

 

Después de la partida de su padre, y conforme los días se sucedían uno tras otro, la perspectiva de burlarse de los hijos de papi que tenia por hermanos, lo animó.  No le haría nada mal burlarse de las desgracias de alguien más y sentirse afortunado por unos momentos.

 

Pero al momento en que sus rojos ojos chocaron con los ámbares de su hermano mayor, algo dentro de él se removió.  De golpe, comprendió que estaba completamente solo.  Esos muchachos tenían la misma sangre que él, pero pese a todo, nunca podrían llegar a convivir como lo que eran.

 

Minos y Radamanthys aparentemente se llevaban mal, pero la verdad es que realmente parecían hermanos.  Aun a pesar de estar compitiendo el uno contra el otro, no habían dudado ni por un instante en unir fuerzas.  Eso le provocó un sentimiento que nunca antes había experimentado; celos.

 

Había recubierto su melancolía y sus celos con petulancia y se dedicó a humillarlos.  Varias veces vio los ojos ámbares de Radamanthys brillar peligrosamente, pero el rubio aun no perdía la paciencia ante sus burlas.

 

De cierta manera le producía una curiosidad morbosa el tirar del rubio hasta ver que tanto aguantaba.  No era que quisiera llegar a los golpes con Radamanthys, pero la sola idea que quebrar su orgullo lo hacía experimentar un placer anticipado.

 

Minos, por el contrario, le parecía un ser tan falto de carácter que claramente era desdeñable.  Incluso desde que lo vio se dijo que no le daría el dinero a él.  Así que, por eliminación, el rubio seria el ganador.

 

Aunque claro que Aiacos no pensaba dejarle las cosas tan fáciles.  Primero tendría que hacer que Minos renunciara por su propia cuenta a recibir la herencia para al menos quitarse un poco los remordimientos.

 

Dejó un momento sus pensamientos sobre sus hermanos para levantarse a verificar el contenido del cazo.  Removió por tercera vez la mezcla y la apartó del fuego.

 

Sacó el molde del congelador y vació dentro de este la leche con el pavo.  Con la otra mitad de pasta cubrió la mezcla, hizo unos cuantos agujeros con la punta de un cuchillo de mesa y barnizó con la yema de un huevo.

 

Calentó el horno y metió el molde.

 

En lo que esperaba a que el pay estuviera listo, sacó una botella de vino Augustus Chardonnay y la descorchó.  Tomó una copa de una alacena y se sirvió una generosa porción.

 

Ese vino español era uno de sus preferidos.  Era amplio y denso en la boca y la ligera nota de mantequilla y champiñón le daba un especial sabor que su paladar disfrutaba enormemente.

 

Pasados 40 minutos, en los que consumió la mitad de la botella, sacó el pay del horno y lo dejó ventilarse.

 

En una licuadora de vidrio vertió una lata de guayabas en almíbar, medio litro de leche espesa y una cucharada de canela molida.  Licuó todo perfectamente y lo vació en un traste de plástico con tapa.  Cubrió el pay con papel aluminio y metió ambas cosas en una canasta de mimbre.  Antes de salir de la cocina, agarró otra botella nueva de Augustus Chardonnay y la llevó consigo.

 

Tardó 20 minutos más de lo que usualmente tardaba en llegar a su casa, por estar dando vueltas sin motivo aparente por las calles de la ciudad.  Si se permitía ser sincero consigo mismo, sus hermanos le daban pena.

 

Al arribar a su casa descubrió que la luz de la sala seguía encendida.  Eran pasadas las 12 de la media noche, pero no le sorprendió en absoluto que sus hermanos aun lo estuvieran esperando.

 

Estacionó la camioneta en el lugar de siempre y bajó sin prisas, asegurándose de no olvidar la canasta.  Al momento en que entró a la sala, sus ojos chocaron con la mirada ámbar de Radamanthys, quien parecía un poco enfadado.

 

El rubio dirigió la mirada hacia el reloj de pared que el moreno tenía en su sala y soltó un bufido.

 

- Llegas dos horas y media tarde.  Donde andabas?? –

 

Aiacos sonrió divertido y dejó la canasta en la mesa de centro de la sala.

 

- Hola, amor.  No piensas darme un beso de bienvenida?? –

 

- Muérete!!!  Llevó dos horas esperando a que llegues y tú me sales con tus estupideces –

 

Aun sin perder su sonrisa, Aiacos se dirigió a la cocina por platos y copas.  Cuando regresó a la sala, el rubio seguía en la misma posición en que lo dejó.

 

- Por que llegas tarde??  Que demonios fue lo que te entretuvo?? –

 

Aiacos, conteniendo la carcajada que amenazaba con surgir de su garganta, caminó con paso felino hasta el rubio y lo abrazó, prestando especial cuidado en dejar sus rostros muy cerca.

 

- Si esta es tu manera de recibirme cuando estas enojado, creo que me agradará saber como me recibirás cuando estés deseoso de que me enrede entre tus piernas –

 

Al sentir la cercanía de Aiacos y después de escuchar sus palabras, Radamanthys se sintió ruborizar.  Abrió grandemente los ojos y por un momento se sintió perder en los rubíes ojos de Aiacos.  El moreno notó su turbamiento y comprendió que se había extralimitado, pero casualmente no atinó a soltarlo.

 

Sentía claramente los latidos desenfrenados del rubio golpear contra su pecho y su calida respiración chocaba directamente contra sus labios.  No supo por que, pero su corazón se disparó en una alocada carrera a la par que el del rubio.

 

Unas ganas intensas de recortar la distancia que los separaba y probar sus labios, lo acometieron.  Estaba a punto de ceder a sus instintos, cuando un ligero carraspeo lo regresó a la realidad.

 

Radamanthys lo empujó y se alejó unos metros, mientras que el moreno tuvo que hacer equilibrio para no dar de espaldas contra el suelo.

 

Minos, el causante del sonido, los miraba desde la puerta que conducía hacia la escalera, con las cejas alzadas y una mirada grave de advertencia.

 

- Llegas tarde.  Dijiste a las 10 y ya son más de las 12 –

 

Aiacos sonrió y dejó lo que traía en las manos en la mesa, al lado de la canasta.  Sentía a su corazón acelerado y el cosquilleo en sus labios que el tibio aliento de Radamanthys le ocasionó, pero al girar para mirar a Minos no lo demostró.

 

- Ya me sale otra esposa celosa.  Es que vienen en paquetes de dos al precio de uno?? –

 

- Yo no estoy celoso y mucho menos soy tu esposa!!! –

 

Gritó Radamanthys consiguiendo que Aiacos emitiera una carcajada.  No es que tuviera muchas ganas de reír, pero la anterior cercanía del rubio le había hecho sentir cosquilleos en el estomago y esa fue la única forma que encontró de darles salida.

 

- Pues parecías una esposa celosa por la forma en que me recibiste –

 

Las palabras del moreno consiguieron que la blanca tez de Radamanthys se tiñera de rojo.  Minos, quien aun conservaba esa expresión grave, miró a Radamanthys con el ceño fruncido.

 

- Realmente si parecías una esposa celosa – Dijo el peliplateado y sin prestarle más atención al rubio, se giró hacia Aiacos – Que es eso que trajiste?? –

 

- La cena –

 

Aiacos sacó el pay y el traste de plástico con la crema de guayabas, los colocó en la mesa y regresó a la cocina.

 

Mientras el moreno se entretenía en otra habitación, Minos se acercó hasta su hermano para susurrar tenuemente.

 

- Ten cuidado, Radamanthys.  No me salgas después con que te enamoraste de ese malnacido.  Aparte de que es el enemigo, recuerda que es nuestro medio hermano y eso es una aberración –

 

Radamanthys, quien aun no comprendía el por qué de la reacción que tuvo al verse abrazado por el moreno, le dedicó una mirada desdeñosa a Minos.

 

- Ahora me sales con que tienes moral?? –

 

- Yo solo te remarco lo obvio.  Tu sabrás en los líos en los que te metes, es muy tu bronca –

 

Minos se alejó de Radamanthys en el momento en que el moreno regresaba.  Traía consigo tres manteles de mesa, un cuchillo para cortar, tenedores y cucharas.  Acomodó los manteles en la superficie acristalada de la mesa de centro y puso los platos encima.

 

Cortó el pay en 6 porciones y colocó una en cada plato.  Después, abrió la botella de vino y sirvió el líquido amarillo verdoso en las tres copas.

 

- Es mejor que coman antes de que se enfríe completamente –

 

Tomó su plato y se sentó en el sillón.  Con el mando a distancia accionó el reproductor de discos y bajó el volumen.  Usualmente escuchaba música a todo volumen, pero en esos momentos en que disfrutaba de compañía no le apetecía el ruido excesivo.

 

Call me when you're sober, era la canción que se dejó escuchar.  Al moreno le fascinaba el grupo que cantaba la canción, en especial la voz aterciopelada de la vocalista, quien siempre que podía dejaba que le acariciara el oído con sus sensuales notas.

 

Minos fue el primero que tomó asiento después que el moreno, tomó su plato, un tenedor y trinchó el esponjoso pan.  Se llevó un trozo a la boca y lo degustó.

 

Una mueca complacida se dibujo en su rostro y miró sorprendido a Aiacos.

 

- Está delicioso.  Donde lo compraste?? –

 

- No lo compré, yo mismo lo hornee –

 

Radamanthys cedió a la tentación y tomó su plato para probar el pay.  Al momento de masticarlo una sensación suave y cremosa se extendió por sus papilas gustativas.

 

- En serio?? – Se sorprendió Radamanthys – Esta delicioso.  Donde aprendiste a cocinar?? –

 

- En la universidad –

 

Respondió Aiacos y Minos soltó una carcajada burlesca.

 

- Tomabas clases de cocina?? –

 

Aiacos lo miró con burla.

 

- Soy dueño de un restaurante donde yo mismo soy el chef.  Donde creíste que aprendí a cocinar??  En la facultad de medicina??  Estudié artes culinarias –

 

Radamanthys se rió de su hermano y Aiacos lo miró con una sonrisa en el rostro.  Pero el rubio le evadió la mirada y se concentró en comer.

 

Sin saber por qué, el moreno resintió eso.  Los tres guardaron silencio durante unos momentos, hasta que Aiacos volvió a tomar la palabra.

 

- Estuve pensando durante toda la mañana que voy a hacer con ustedes y ya encontré la solución.  Esta por demás decirles que si no les gusta pueden tomar su maleta e irse a su casa, pero no recibirán nada.  Así que la decisión de tomar la opción que les doy esta en ustedes, no los obligaré a nada –

 

- De que se trata?? –

 

Preguntó Minos y Aiacos sonrió con malicia.

 

- De trabajo.  Radamanthys se quedará en casa y hará las tareas del hogar, ya que se le da muy bien el sonar como una esposa.  Y tu Minos, me acompañaras al restaurante.  Tengo un puesto que lleva tu nombre –

 

- Un momento!!! – Reclamó Radamanthys – Por qué yo tengo que quedarme y él estar cerca de ti??  No me parece justo –

 

Aiacos soltó una carcajada y Minos bajó la cabeza sintiéndose a gusto con el trato.  Estar cerca del moreno aumentaba sus posibilidades de convencerlo para que le diera el dinero.

 

Aiacos centró sus rubíes ojos en Radamanthys y el rubio notó que brillaban por algo que no logró discernir.

 

- No seas celoso, Radamanthys, bien sabes que mi corazón solo te pertenece a ti –

 

El rubio maldijo entre dientes y Aiacos nuevamente rió.  Era la primera vez en muchos años que tenía compañía en casa y no pensaba desaprovechar la oportunidad para disfrutarla.

 

Aunque en realidad lo que más disfrutaba era provocar el enojo del rubio, ya que sus reacciones eran explosivas.

 

Seria una delicia el momento en que lograra quebrar el orgullo de Radamanthys y consiguiera tenerlo en su cama.  Apenas ese pensamiento se formó en su cabeza, y el miedo se extendió en su pecho.

 

A que había venido eso??  Se dijo que ya había pasado mucho tiempo desde su última aventura amorosa, es por eso que reaccionaba tan efusivamente a la cercanía del rubio.  Pero eso no lo convenció.

 

Algo, muy dentro de sí, le advirtió que no siguiera por ese camino o terminaría espinado.  Radamanthys era su medio hermano, compartían la misma sangre.  Pero por mucho que se lo repitió esa noche, en cuanto se encontró a solas en su cama y amparado por la quietud de la noche, se permitió fantasear con esa posibilidad.

 


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Autor: Flower.Of.Sidh, 10/Jul/2007 21:23 GMT-7:



Capitulo 3 12 de Febrero, 2007. Skagway, Alaska.


Eran las 6:45 de la mañana, cuando Minos sacó la cubeta metálica y el trapeador del cuarto de artículos de limpieza.  Dejó el trapeador recargado en la pared de la cocina y llevó la cubeta a la parte de atrás para llenarla de agua y después llevarla nuevamente adentro.

Estaba vaciando la mitad de un bote de limpia pisos con olor a pino dentro del agua, cuando la puerta trasera se abrió y entraron algunos de los cocineros con unas camareras.

Estaba vaciando la mitad de un bote de limpia pisos con olor a pino dentro del agua, cuando la puerta trasera se abrió y entraron algunos de los cocineros con unas camareras.

Lo saludaron amablemente mientras pasaban a su lado y Minos solo asintió con la cabeza.  Hacia exactamente 20 días desde que había comenzado a trabajar en el restaurante como ayudante de la limpieza y ya conocía a todos los que trabajaban ahí.

La noche en que Aiacos le había informado que le daría trabajo en su restaurante se alegró, pero al día siguiente, después de que el moreno lo levantara a las 4 de la mañana y le dijera que se preparara para salir, presintió que tal vez no era tan buena idea.

Aiacos había comprobado su presentimiento cuando, ya dentro del restaurante, le había dicho en que consistía su trabajo.

- Saluda al señor trapeador y a la señora cubeta – Le dijo el moreno al ponerle los utensilios enfrente – Ellos serán tus dos mejores amigos en estos dos meses –

Minos había abierto la boca cuando escuchó eso.  Pensó que se trataba de una broma, pero el moreno no estaba bromeando.  Ese era el trabajo que le daría.

Minos se negó rotundamente a realizar un trabajo por demás humillante y el moreno le dijo que estaba bien, que podía irse, pero solo con su maleta y sin dinero.

A Minos no le quedó de otra más que obedecer a tan humillante trato y realizar las tareas.

- Recuerda sonreír siempre.  El trabajo en un restaurante tiene que ver con las sonrisas –

Le decía Aiacos en tono de burla cada que pasaba a su lado.

Los primeros días habían sido terribles, pero ya después descubrió algo que lo sorprendió.  Ese trabajo no le desagradaba del todo.

Era cierto que el agua y los detergentes estaban acabando con su manicura y resecaban la piel de sus lindas manos.  Pero dentro de todo, existía algo bueno.

En su tercer día se acopló a la rutina de trabajo.  Llegaba de madrugada junto a Aiacos, el cual parecía que solo dormía 4 horas, y salía a las 10:30 junto al moreno, cuando ya todos se habían ido.

El trabajo en el restaurante siempre se amontonaba durante tres bloques; en la mañana durante el desayuno, en el cual el restaurante estaba hasta el tope de comensales.  Durante la comida, desde las 12 del medio día hasta las 3 de la tarde.  Y en la noche, entre las 7 y las 10 de la noche.

Su tarea era fácil.  Tenía que limpiar los pisos en las mañanas antes del desayuno, poner los manteles y los menús plastificados en las mesas.  En las tardes volvía a limpiar antes de la comida y cambiar los manteles amarillos de la mañana por los naranjas de la tarde, cambiar los menús de nuevo y colocar los bonitos centros de mesa.  En la noche volvía a limpiar todo de nuevo y cambiar nuevamente los manteles por los rojos que se utilizaban en la cena y nuevamente los menús.

No hacía todo eso él solo, John lo ayudaba con la mitad de las tareas, ya que le sería imposible hacerlo antes de cada bloque.

Había comprobado que Aiacos no era tan malo después de todo, le dejó ordenes a John de obedecer a Minos en todo lo que le pidiera, exceptuando el que realizara las tareas por él.  Minos tenía que trabajar, pero le cumplían cualquier capricho que quisiera.

Desayunaba, comía y cenaba lo que él quisiera, ya fuera de lo que se había preparado ese día para el menú o cualquier otra cosa que se le antojara.  Ninguno de los cocineros o las meseras se metía con él, el moreno era el único que se burlaba de su situación, los demás lo trataban con respeto.

Incluso, al término de la primera semana Aiacos lo había sorprendido al extenderle un cheque por su trabajo.  Sus honorarios, le había dicho, ya que nadie trabajaba en su restaurante de a gratis.

Se había dado cuenta de que le pagaba lo mismo que a los demás, ni más ni menos.  Pero lo que lo animó no fue el dinero que recibiera ni las pesadas tareas.

Entre cada bloque tenia un descanso.  Los dos primeros días se había tirado en el sillón que Aiacos tenía exclusivamente para que los que esperaban mesa aguardaran sentados, pero en el tercer día se había cansado de no hacer nada y se dirigió a la cocina.

Ahí se había encontrado a los cocineros jugando barajas y bebiendo vino.  Minos se sorprendió al encontrarse al moreno conviviendo animadamente con sus empleados.  Ese día no se atrevió a entrar y desde ahí tomó la costumbre de espiar escondido detrás de la puerta.

Algo, que en esos momentos no comprendió a que se debía, le hacía desear entrar, tomar un taburete y socializar con todos ellos.

Fue hasta el quinto día en que entró.  Ese día Aiacos no se encontraba con ellos.  Después del cuarto día el moreno había tomado la costumbre de irse durante los descansos a ver a Radamanthys.

Le llevaba comida al rubio y se quedaba un rato en la casa hasta que era hora de regresar a las actividades.

Aiacos lo había descubierto espiando a los cocineros y le palmeó el hombro.  Minos se había girado esperando ver burla en el rostro de Aiacos, pero este solo lo miraba con una sonrisa tranquila.

- Si quieres entrar hazlo.  Ellos son muy amables y en estos días te servirá tener amigos –

Aiacos no lo había dejado emitir palabra alguna, lo había tomado del brazo y lo hizo entrar.  Les presentó formalmente a todos los empleados y estos le hicieron un lugar en el círculo.

Minos descubrió que era bueno jugando póquer, canasta uruguaya y cualquier juego con naipes.  Todos apostaban pequeñas cantidades de dinero y él comenzó a hacer lo mismo.  Después de unos días, se le hizo costumbre.

Ahora comprendía que era lo que lo había atraído de ese entorno; la convivencia.  Su niñez no había sido penosa, pero si la había pasado entre nanas y tutores que lo trataban fríamente.  Su madre nunca fue demasiado amorosa con él y Minos se dio cuenta de que lo que anhelaba, al tener muchos amantes, era un poco de atención.  Esos hombres y mujeres, hasta hace unos días desconocidos para él, ahora eran sus amigos.

Al séptimo día le dieron su primera lección de cocina, al noveno se llevó su primera quemada con el horno, y al décimo segundo horneó su primer pastel.

Al contemplar los rostros satisfechos de los cocineros al probar su creación, Minos se sintió realmente a gusto.  Su padre siempre le había dicho lo inútil que era y él realmente se lo llegó a creer.

Pero esos hombres y mujeres, acostumbrados a la buena comida, lo habían felicitado.  No hicieron grandes fiestas por su primera creación culinaria, pero el sencillo “Esta rico, tienes talento para la repostería” lo hicieron sentirse orgulloso.

Sentía que al fin había encontrado algo en lo que pudiera ser reconocido como valioso.

Aun no había olvidado el dinero de la herencia, todavía lo anhelaba, pero ya tenía un sueño que quería cumplir; tener una línea de repostería.

Todas las noches, antes de quedarse dormido, acariciaba esa dorada idea.  Con los millones que podría obtener al decidirse Aiacos a entregarle la mitad, pondría en marcha su deseo.

Algo había cambiado en él durante esos días, ya no era tan egoísta como antes, aunque aun quedaba un poco del anterior Minos.

Su vanidad y sus celos eran lo único que conservaba.  Se había dado cuenta que entre Radamanthys y Aiacos existía algo que iba más allá de la simple atracción física; entre esos dos había muchas posibilidades del florecimiento del amor.

Minos, quien nunca en su vida se había enamorado, no pudo evitar el sentir celos de Radamanthys.  Aiacos le gustaba, eso era cierto, pero no lo amaba ni creía llegar a hacerlo.  Era solo que, como él nunca había tenido a alguien que lo amara o a quien amar, sentía envidia por su rubio hermano.

El moreno no los trataba diferente, se burlaba de ambos por igual.  Pero la atención que le prestaba a Radamanthys era mucho mayor que le que le prestaba a él.  A él solo lo trataba como a un pariente lejano, mientras que se divertía al provocar los celos y la ira en el rubio inglés.

Estaba pensando en todo eso cuando vio al moreno salir de la cocina con una canasta grande en las manos.  Su ceño se frunció inmediatamente al comprobar que Aiacos se preparaba para irse a ver al rubio, los celos le aguijoneaban el corazón.

Celos por que su hermano tuviera la atención de alguien.  Celos por que creía que Radamanthys no lo sabía aprovechar.  Celos por que él deseaba ese trato que el rubio se obstinaba en desdeñar.

Aiacos se despidió cortésmente de uno de los cocineros con quien había estado charlando sobre el menú del día y caminó sin prisas entre las mesas rumbo a la salida.

Minos dejó el trapeador dentro de la cubeta y se interpuso en su camino.

- Es muy temprano para irte a la casa –

Aiacos sonrió, no por el comentario de Minos, si no por el simple hecho de qué el peliplateado había utilizado la frase “la casa” en lugar de “tu casa”.  Aiacos debía de reconocer que era un romántico empedernido.  Le hacia tanta ilusión el tener una familia, que muy dentro de si lo que había anhelado, al ver a sus medios hermanos parados en su restaurante, era que ellos llegaran a aceptarlo como tal.

Dejó la canasta sobre una mesa cercana y sacó un cigarro de su bolsillo.  Se tomó su tiempo para encenderlo mientras miraba directamente a Minos a los ojos.

- Que es lo que te provoca celos, el que te quite a tu hermano o que lo prefiera a él?? –

Minos sonrió.  Otra cosa que había cambiado en él durante esos días, era que ahora era más sincero consigo mismo y en consecuencia, con los demás.

- Lo que me pudre es la manera en que se gustan y lo tan idiotas que son al negárselo.  Si te gusta el maldito rubio, solo cógetelo y ya –

Minos tomó su cubeta nuevamente y se dirigió a la cocina, cuando la puerta estuvo cerrada, Aiacos atinó a moverse.

Giró la cabeza y centró la mirada por donde había desaparecido el peliplateado.  El cigarrillo que había mantenido en su mano se le resbaló hasta el piso.

- Que demonios fue…  eso?? –

Se quedó parado unos minutos sin hacer nada, hasta que al fin reaccionó y soltó una carcajada, levantó su cigarro del piso y se encaminó hacia la puerta llevando consigo la canasta que había preparado.

Ya en la calle, contempló el cielo matinal.  Reconocía que no había intentado ocultar la atracción que sentía por el rubio.  Ciertamente Radamanthys le fascinaba.  El rubio era explosivo, pero durante los días que habían convivido, Aiacos pudo llegar a conocerlo como nunca antes se lo había permitido con alguien más.

Y aunque sabía que no solo su opinión contaba, sino también la del rubio, estaba plenamente seguro de que él le agradaba de igual manera a Radamanthys.  Y Minos se lo acababa de confirmar.

Tiró los restos de su cigarrillo al suelo y lo apagó con su zapato.  Sacó las llaves del bolsillo de su pantalón y, con una sonrisa, se dirigió hacia la camioneta estacionada frente al restaurante.

- - - - -

El reloj digital en la cómoda dio las 7:30 de la mañana y Radamanthys lo apagó con un manotazo.  Abrió los ojos, sintiéndose perdido unos instantes y bostezó largamente.

La luz de la mañana entraba tímidamente por la ventana de su habitación y, a pesar de que no tenía ni la más mínima gana de levantarse, lo hizo.

Se quedó sentado en la orilla de la cama mientras se estiraba con pereza.  Tenía muchas cosas que hacer y ninguna gana de comenzar.  Sentía que durante esos 20 días que llevaba en esa ciudad, había dormido menos de lo que era medianamente sano.  No entendía como es que Aiacos o el propio Minos conseguían levantarse por las mañanas para ir a trabajar, pero consideró que si ellos podían, él también lo haría.

Con suma flojera se encaminó hacia el cuarto de baño para tomar una ducha con la que pretendía despertarse totalmente.  Pero el agua caliente de la regadera solo consiguió hacerle sentir más cansancio.

Acababa de terminar de vestirse, cuando escuchó el inconfundible sonido de la camioneta de Aiacos estacionarse fuera de la casa.

Eso le extrañó un poco, ya que aun era muy temprano para que el moreno se apareciera por ahí.  Aun con extrañeza se encaminó hacia la puerta y vio al moreno entrando con una enorme cesta en las manos.

- Pasó algo?? –

Interrogó Radamanthys al moreno.  Aiacos solo sonrió en lo que dirigía sus pasos hacia la cocina de su casa, seguido de cerca por el rubio quien aun se preguntaba que hacia ahí.  A esas horas debería de encontrarse en el restaurante.

- El Volendam dará una fiesta a bordo esta noche – Comenzó a explicar Aiacos mientras sacaba las cosas de la canasta – Me hicieron un pedido especial.  Tengo que comenzar de inmediato y necesito un ayudante–

Aiacos se giró hacia el rubio con una sonrisa y Radamanthys alzó una ceja.

- Y que pinto yo en todo eso?? –

- Que necesito un ayudante.  Pensé que tal vez tú te ofrecerías gustoso –

Aiacos le extendió un rayador de queso pequeño, una bolsa con coco y una con almendras.

- Raya todo eso finamente en cuencos separados.  Ni se te ocurra mezclarlo –

El rubio, aun sin entender, comenzó a realizar el pedido.  Aiacos, mientras tanto, sacó un cazo de una alacena y lo colocó en la hornilla.  Puso el fuego bajo y sacó una bolsa con trozos de chocolate negro.

Mientras que el rubio terminaba de rayar los ingredientes, Aiacos derritió el chocolate en el traste, prestando cuidado de no quemarlo.  Cuando Radamanthys terminó, el chocolate aun no estaba listo.

Aiacos dejó un momento la mezcla para buscar en la canasta una bolsa de globos, los cuales le extendió al rubio.

- Ínflalos todos y colócalos en esa caja – Señaló el moreno una caja de cartón sobre el refrigerador

- Todos?? –

- Todos –

Radamanthys abrió la bolsa y extrajo un globo rosa, se lo llevó a los labios y sopló.  Aiacos lo miró con una sonrisa.

- Espera, los estas inflando demasiado –

- Demasiado?? – Preguntó Radamanthys ladeando la cabeza y miró el globo rosa – Quieres decir que el tamaño si importa?? –

Aiacos abandonó momentáneamente el chocolate y se acercó a él con paso felino.

- En este caso, si – Dijo el moreno, le quitó el globo de las manos y lo desinfló un poco – Apaga el fuego –

Radamanthys ignoró la sonrisa sensual del moreno y se dirigió hacia el cazo.  La mezcla de chocolate comenzaba a hervir.

- Por que estamos inflando globos?? –

- Prepararé cuencos de chocolate negro y blanco rellenos de coco y almendras para en la noche.  Si inflas demasiado el globo no me servirá –

- Si tú lo dices… -

- Por que yo lo digo.  Deja que te demuestre como – Aiacos tomó un globo de la bolsa, lo infló un poco y le ató un nudo – Es lo bastante grande.  Así ínflalos todos –

- Lo que tú digas –

Concedió Radamanthys y el moreno sonrió.

- Yo mando en la cocina –

Y en el dormitorio?? Se preguntó Radamanthys y no pudo evitar la sonrisa traviesa que se le formó en los labios.  Aiacos solo lo miró durante unos minutos antes de girarse y sacar unas bandejas de horno y forrarlas con papel especial.

Radamanthys sopló y sopló hasta que terminó con todos los globos de la bolsa.

- Ahora deja que te demuestre como hacerlo –

Aiacos tomó un globo y lo sumergió en el chocolate derretido.  Radamanthys vio como manipulaba el globo para hacer llegar el chocolate donde quería, después colocó el globo sobre una de las bandejas.

- Cuando el chocolate se endurezca tendremos cuencos de chocolate.  Los cuencos de chocolate negro pienso rellenarlos con almendras y crema batida, y los de chocolate blanco con coco rayado.  Pero prácticamente los puedes rellenar con cualquier cosa.  Ahora ven e inténtalo tú –

Radamanthys se acercó hasta él y tomó un globo para sumergirlo en el chocolate.

- No tanto chocolate –

Dijo Aiacos y se colocó atrás de él.  Le tomó la mano y le fue enseñando como hacerlo, mientras Radamanthys sentía que su corazón golpeaba furioso en su pecho por lo cerca que estaba.

Aiacos, sin soltarle aun la mano, colocó el recién globo cubierto de chocolate en una bandeja.  Radamanthys examinó su creación con la cabeza ladeada.

- Esta torcido –

- No importa.  La perfección no es necesaria.  Ese parecerá un tulipán al que le falta un pétalo.  Tú sigue con eso y yo empezaré a derretir el chocolate blanco para que hagamos cuencos con los dos –

Radamanthys asintió en silencio y continuó con la tarea.  Al poco tiempo le agarró la maña y sus cuencos comenzaron a ser perfectos.  Aiacos, mientras tanto, ya había terminado de derretir el chocolate y lo miraba con una sonrisa.

- Eres hábil.  Comienza con el chocolate blanco, yo tostaré el coco –

Al poco tiempo, Radamanthys ya había llenado 8 bandejas con cuencos de chocolate.  Aiacos metió las bandejas al congelador y se acercó a Radamanthys.  De la canasta sacó una botella de vino y tomó dos copas.

- Muchas gracias por tu ayuda.  Sin ti hubiera tardado años en terminar –

Radamanthys jaló un taburete y se sentó cerca del moreno, aceptó la copa que le ofrecía y dio un pequeño sorbo.

- No esta frió.  No es mejor que el vino sea frió?? –

Aiacos soltó una carcajada por el comentario.  Se daba cuenta de que sus hermanos seguramente solo habían tomado champaña durante toda su vida y no sabían de vinos.  A los ricos se les daba el catalogar como buena cualquier bebida alcohólica que costara mucho, pero rara vez tenían un paladar excepcionalmente exigente.

- No sabes nada de vinos.  Este es un Royal Corregidor.  Viene de Andalucía, es español.  De cierta manera me recuerda a ti –

- Por que?? –

- Es un vino oloroso, de color caoba con borde atabacado.  De aroma intenso, especiado, de café, tabaco y cenizas.  La madera de los barriles en que lo dejan madurar le da un toque amargoso –

Radamanthys alzó una ceja y volvió a dar un sorbo.  Pero a pesar de lo que decía Aiacos y el sabor que tenia en la boca, no comprendió por que lo comparaba con un vino.

- Eres raro –

Aiacos se subió de un salto a la encimera de la cocina y lo miró desde esa altura.

- Siempre me han dicho eso.  Mi pasión, después de cocinar, son los vinos.  En la universidad llevé 3 materias consagradas exclusivamente a catación de vinos.  Pasamos, mis compañeros y yo, casi todos los 3 semestres ebrios.  Era muy divertido.  Un día nos dimos cuenta de lo tanto que habíamos estado sumergidos en el estudio de vinos por un comentario de uno de mis compañeros –

- Que fue lo que dijo?? –

Aiacos soltó una carcajada al recordar.

- Teníamos que dormir hasta tarde y nos levantábamos muy temprano.  Un día, en el pasillo antes de un examen de cócteles, le pregunté si había dormido y él me respondió “Solo logré conciliar el sueño dos onzas” –

Radamanthys soltó la carcajada ante la anécdota.  Aiacos era muy divertido y tenía muchas cosas graciosas que contar.  Ciertamente al lado del moreno no se podía conservar la seriedad y Radamanthys había notado que últimamente reía muy fácilmente.

Aiacos se le quedó mirando durante varios minutos.  El inglés tenía una forma muy elegante de llevarse la copa a los labios, sacar tenuemente la lengua y apenas probar el líquido antes de dar un sorbo.  Eso, se dijo, era un espectáculo por demás excitante.


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Autor: Flower.Of.Sidh, 10/Jul/2007 21:28 GMT-7:



Radamanthys se percató de su mirada y alzó la cabeza para centrar su mirada ámbar en la roja de Aiacos.

- Que?? -  Preguntó con una sonrisa y se levantó del taburete para colocarse frente a él.

- Eres fascinante – Dijo el moreno antes de razonar sus palabras.

Radamanthys sonrió y dejó la copa en la encimera para colocar las manos sobre los muslos de Aiacos, quien sonrió por la acción y sintió un estremecimiento recorrerlo.

El rubio acercó sus labios a los del moreno en un intento por besarlo, pero se detuvo a la mitad del camino.  Aiacos solo necesitaba acercarse ligeramente para probar los labios del inglés, pero se dijo que quería que él lo hiciera.  No quería apresurar nada.

- Por que te detienes?? –

- No lo se – Dijo Radamanthys mientras miraba los tentadores labios de Aiacos – Puedo...?? –

Aiacos asintió en silencio y le pasó los brazos por el cuello.  El inglés lentamente se acercó hasta posar sus labios sobre los de Aiacos quien reaccionó en seguida.  El moreno le mordió los labios con deseo y Radamanthys tuvo que sujetarse de su cintura al sentir sus piernas temblar.

Aiacos condujo el beso hasta convertirlo en una caricia apasionada.  Introdujo su lengua en la boca de Radamanthys, quien gimió complacido, y acarició su homologa.

Se besaron durante un rato, pero instantes después, esa sola caricia no les bastó.  Casi al mismo tiempo dirigieron sus manos al cuerpo del otro para acariciar y recorrer los músculos con frenesís.  El calor en los cuerpos de ambos iba en aumento y pronto la ropa solo se convirtió en un obstáculo molesto.

Radamanthys tomó la iniciativa y bajó sus manos hasta el cinturón del moreno, lo corrió y destrabó el único botón para bajarle la prenda.  Le deslizó el pantalón por las piernas junto a la ropa interior, sin siquiera despegarse de sus labios.

Aiacos gimió y mudó su boca al blanco cuello de Radamanthys, donde mordió y succionó a placer.  El inglés arqueó la espalda y regresó a su posición para vengarse por la caricia.  Aiacos lo dejó recrearse en su cuello mientras bajaba una mano para acariciar su entrepierna.  Le descorrió el cinturón y bajo su cremallera.

Radamanthys comprendió lo que quería y le separó aun más las piernas.  Aiacos gimió en un tono alto al sentir el comienzo de la penetración, se aferró a la espalda de Radamanthys, enterrando sus uñas, y echó la cabeza hacia atrás.

El inglés esperó hasta que Aiacos se acostumbró a la invasión y comenzó a mover sus caderas a un ritmo lento al principio, que poco a poco subió de intensidad.

Ambos se deshicieron en gemidos y jadeos, perdidos completamente en una espiral de placer voluptuoso que amenazaba con llevarlos a la locura.  Lentamente el orgasmo se desgranó en sus cuerpos haciéndoles gemir audiblemente por el éxtasis.  Radamanthys eyaculó dentro de Aiacos, quien hizo lo mismo entre ambos abdómenes.

El rubio besó su cuello poco después de vaciarse y mordió con fuerza contenida.  Aiacos emitió una risita mordaz y lo abrazó, recargado su cabeza en el espacio entre su cuello y su hombro, tratando de regular su respiración.

- Eso fue delicioso –

Dijo Aiacos consiguiendo un suspiro satisfecho de Radamanthys.  El rubio llevó ambas manos hasta el rostro de Aiacos y despejó su frente de ese molesto flequillo que se le pegaba a la piel por el sudor.

Despejó sus ojos y lo miró directamente.

Quería decirle tantas cosas que no sabía por donde comenzar.  Lo que había pasado entre ellos era algo que llevaba varios días deseando, pero a pesar de todas las cosas románticas que deseaba decirle, Radamanthys solo pudo articular una frase.

- Me darás el dinero a mi?? –

Aiacos no articuló palabra alguna, pero sus ojos hablaron por él.  Lentamente empujó a Radamanthys para hacerlo salir de su interior y bajó de un salto de la encimera.  Tomó sus ropas del piso y se vistió sin prisas.

El inglés no era nada tonto y notó la desilusión en las rojas pupilas de su medio hermano.  Aiacos terminó de vestirse y se encaminó hacia la salida.  Antes de que desapareciera por la puerta, Radamanthys se acercó hasta él y lo tomó del brazo.

- Oye…  Mira, se lo que piensas y… -

Pero Aiacos no lo dejó terminar la frase, se soltó de su agarre con un firme jalón y se giró para mirarlo.

- Lo que pienso??  Realmente sabes lo que pienso??  Solo eres un desgraciado interesado.  No te creí capaz de acostarte conmigo solo por dinero.  Si realmente sabes lo que pienso entonces sabrás que esperaba mucho más de ti que el que te comportaras como una vulgar prostituta –

- Aiacos, no es lo que tú crees –

Pero Aiacos ya no quería escuchar nada más.  Lentamente se acercó hasta la puerta y se agarró al filo de esta.  Cuando habló, su voz sonó distante.

- Pierde cuidado.  El dinero será tuyo.  Ahora si me disculpas tengo cosas más importantes que hacer que perder mi valioso tiempo contigo –

Radamanthys lo vio salir de la cocina y se sintió fatal.  No eran esas sus intenciones al dejarse llevar por la pasión que Aiacos despertaba en él.  Aunque si era sincero, reconocía que el moreno no solo despertaba su pasión.  Ahora se daba cuenta de que realmente lo amaba.

Con ese pensamiento en la cabeza, se abrochó los pantalones para alcanzarlo.  Quería arreglar las cosas con él antes de que Aiacos lo juzgara mal.

Lo encontró cuando el moreno estaba apunto de salir por la puerta.  Lo tomó del brazo y lo hizo girarse.

- Aiacos, espera… -

Pero la mirada encendida del moreno le congeló las palabras en la garganta.

Aiacos lo miraba con la furia brillando en sus pupilas.  Nuevamente se safó de su agarre y tomó impulso para incrustar su puño en el estomago de Radamanthys, quien se inclinó sobre si mismo tratando de recuperar el aire que se había escapado de sus pulmones.

- No vuelvas a tocarme!!! – Gritó el moreno – Te daré el maldito dinero, así que cuando regrese en la noche espero que te hayas largado de mi casa!!!   No quiero volver a ver tu maldita cara, oíste?? –

Radamanthys cayó de rodillas al momento de escuchar la puerta de la entrada cerrarse con un sonoro portazo.  Le tomó varios minutos recuperarse del golpe.  Cuando por fin pudo llegar a la puerta y abrirla, la camioneta de Aiacos ya se había perdido de vista.

- - - - -

Cuando Minos abrió la puerta de la casa de Aiacos y miró la expresión apesadumbrada que Radamanthys tenia en la cara, supo lo que había pasado.

- La cagaste!!! – Dijo Minos y se sentó al lado de su hermano – Que fue lo que le hiciste?? –

Radamanthys suspiró y se llevó las manos a la cabeza.

- Me acosté con él –

- No creo que eso haya sido todo lo que pasó.  Que demonios le dijiste como para hacerlo enojar tanto?? –

Radamanthys se deslizó lánguidamente por el sofá hasta dejar la cabeza apoyada en el regazo de Minos, quien comenzó a acariciarle el cabello.

- Le pedí el dinero poco después de vaciarme en él –

Minos, quien había acomodado la cabeza de su hermano en sus piernas para que estuviera cómodo, dejó la mano en el aire al escucharlo.

- Que le pediste que?? –

- Le pedí el dinero después de… -

- Ya te escuché, pedazo de animal!!!  Eres un imbécil o que te pasa??  Como se te ocurre semejante estupidez?? –

Radamanthys cerró los ojos, sintiendo merecido el insulto.  Sabía que había hecho mal, pero aun no era tarde para remediarlo.  Solo esperaba que Aiacos estuviera dispuesto a escucharlo.

- Se que cometí un error –

- Eres un completo animal.  Te funciona mal el cerebro o que??  Es la primera persona que llega a amarte y tu lo hechas todo por la borda de la manera más idiota que yo haya presenciado –

Minos se levantó del asiento tan rápidamente que no le dio tiempo a Radamanthys para levantarse.  El rubio apunto estuvo de azotar contra el piso, pero recuperó rápidamente el equilibrio y se sentó correctamente.

Minos comenzó a dar vueltas por la sala, sin motivo aparente, mascullando una serie de insultos dirigidos al rubio quien lo miraba con pena.

- Que voy a hacer, Minos?? –

El peliplateado se detuvo y lo miró.

- Pedirle disculpas y arreglar el malentendido.  Que más te queda?? –

- No creo que quiera escucharme –

- Y te quedaras de brazos cruzados?? –

- No creo que quiera escucharme – Repitió Radamanthys y alzó la mirada hacia Minos - Lo ofendí, Minos, y él no es de los que perdonan tan fácilmente –

- Pues tendrás que hacer algo.  En la tarde Aiacos me dijo que nos fuéramos hoy de su casa.  No sé que tiene pensado hacer, pero todo es tu culpa –

Radamanthys bajó la mirada hacia el suelo.  Minos lo observó en silencio durante unos segundos y después volvió a tomar asiento al lado de él.

- Esto está mal.  Está muy mal –

Radamanthys asintió y se inclinó sobre si mismo.  Minos le puso una mano sobre la espalda para intentar reconfortarlo.

- - - - -

Aiacos se estacionó entre una arboleda a un kilómetro de su casa.  Se acomodó en el asiento del piloto y encendió un cigarrillo.

Aun recordaba las palabras que Radamanthys le había dirigido después de tan estupendo encuentro y la furia seguía tan fresca latiendo en sus entrañas.  Había esperado todo menos eso.

Después de que golpeó al rubio y abandonó la casa, Aiacos había conducido por espacio de 3 horas sin ningún lugar en mente.  Le había enojado tanto la poca sensibilidad que tuvo Radamanthys para concluir ese episodio que se sentía humillado.

Ni siquiera tuvo que reconsiderar sus acciones para saber lo que debía de hacer para sacarlo de su vida.  Lo quería lejos en el menor tiempo posible.

Después de manejar como poseso, se había dirigido al despacho de abogados que manejaban sus asuntos.  Ahí se entrevistó con Alan, el abogado residente de Skagway, a quien le pidió que le extendiera la carta donde asentaba que Radamanthys era el que se quedaría con la mitad de la herencia de su padre.

El abogado se había sorprendido por su acción y lo interrogó, pero Aiacos no tenía ni la menor gana de informarle del por qué de su decisión.  Los dos meses aun no se habían cumplido.

También le pidió que redactara una carta donde le legaba su mitad a la organización no gubernamental Feed Children.  No quería tener ya nada que ver con su padre o sus medios hermanos.  Para él, ese episodio había llegado a su fin con las palabras del rubio.

Se giró parcialmente para tomar una botella de Royal Corregidor del asiento del copiloto y descorcharla.  Dio un generoso trago directo de la botella y sintió al vino quemarle la garganta.

Tenía ganas de llorar hasta que los ojos se le deshicieran en las cuencas, pero se dijo que no le daría esa satisfacción a Radamanthys.  Él no lloraría por el rubio.

Vació con prisas el contenido de la botella y cuando la hubo vaciado la lanzó por la ventanilla abierta.

Tomó otra y nuevamente la descorchó.

Había regresado al restaurante para pedirle a John que fuera a su casa por las bandejas con los cuencos de chocolate para prepararlos.  No quería encontrarse a Radamanthys nuevamente, pero eso no excusaba su compromiso con el Volendam.

Había notado que Minos se dio cuenta del estado en que llegó y cuando el peliplateado le preguntó, este se excusó diciendo que tenía muchas cosas que hacer, que luego hablaría con él.

Minos lo había esperado hasta que Aiacos se dignó a llamarlo.  El peliplateado se había sentado en un taburete en la cocina y escuchó cuando Aiacos le dijo que le daría el dinero a Radamanthys.

Tal parecía que Minos no se sorprendió por eso, pero si le dejó en claro que quería saber que había ocurrido para que Aiacos llegara tan afectado.

El moreno no supo si reír o enojarse por eso, pero solo soltó una risa irónica al decirle que recompensaría a Radamanthys por su excelente desempeño.

Minos no pareció conforme pero no lo presionó más.  El peliplateado se marchó a su trabajo y, horas después, Aiacos le dijo que se fuera a la casa y recogiera su equipaje para marcharse ese mismo día.

No supo si se fue inmediatamente y tampoco le importaba.  Solo esperaba deshacerse de ellos dos lo más rápido posible para poder regresar a su vida normal.  Aunque sabía que pasaría algo de tiempo antes de olvidarse completamente de ese desgraciado rubio que le rompió el corazón.

Cuando la botella de Royal Corregidor llegó a la mitad, Aiacos la tapó nuevamente y encendió la marcha de la camioneta.

Condujo lentamente hasta llegar a la entrada de su casa y bajó con la botella en las manos.

Al entrar se topó con los ojos ámbares de Radamanthys.  A pesar de sentir que se rompía en pedazos, se recompuso lo suficiente para pasar a su lado sin demostrarle cuanto le dolía todo eso.

Radamanthys lo miró durante un rato, mientras Aiacos tomaba asiento en el sofá y bebía nuevamente de la botella de vino.

- Por que no te has largado?? –

Radamanthys parecía apenado, pero Aiacos se dijo que no se dejaría embaucar por su mirada de niño pobre.  Ese rubio era todo menos eso.

- Quería hablar contigo antes de irme.  Quiero que sepas que no me arrepiento de lo que pasó entre nosotros.  Eso era algo que deseaba desde hace mucho –

- Me importa una mierda lo que desearas.  Ahora sal de mi vida y desaparece –

Radamanthys se acercó a él con pasos cautelosos.

- Aiacos, lo que pasó… -

Pero Aiacos detuvo sus intenciones de explicarse al arrojarle la botella a la cara.  El rubio la esquivó por escasos milímetros.

- Dije que te largaras!!!  Es que tengo que pedírtelo a golpes?? –

El rubio no dijo nada más.  Lentamente se acercó hasta la entrada y abrió la puerta.  El moreno lo notó dudar durante unos instantes y estuvo a punto de acercarse a él y evitar que se fuera.  Pero reprimió ese impulso mordiéndose el dorso de la mano.

Antes de salir, Radamanthys le dirigió unas últimas palabras.

- Te amo.  Y regresaré a buscarte –

Dicho esto, el rubio salió.

Aiacos se levantó de su asiento y se dirigió a la pared para darse un golpe en la frente con ella.  Tenía unas intensas ganas de correr detrás del rubio y detenerlo.  Pero no se humillaría más de lo que ya se sentía.

Se dio dos golpes más contra la pared hasta que de su frente brotó un hilo de sangre.  Sintiendo que la cabeza le daba vueltas, se dejó caer de rodillas en el suelo y dejó que las lágrimas contenidas se derramaran por sus mejillas.

Le dolía demasiado y sabía que nunca podría reponerse a ese duro golpe.  En silencio maldijo a su padre por hacerle pasar tan terrible trago.

Aquel que dijo que era mejor amar y haber perdido a nunca haber amado, era un completo imbécil.


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Autor: Flower.Of.Sidh, 19/Jul/2007 17:26 GMT-7:




Capitulo cuatro

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2 de Julio, 2007.  Nueva Yok.

 

El cielo matinal se veía gris cuando Radamanthys abandonó la oficina central de su abogado.  Eran apenas las 9 de la mañana cuando se dirigió con pasos lentos hacia el estacionamiento techado del edificio en busca de su Toyota Camry verde y se deslizó tras el volante, pensando que la vida que había tenido por los últimos 27 años había terminado formalmente con la firma del contrato de venta de sus bienes.

 

El mes anterior él había vendido sus dos autos, su oficina central y ahora su casa.  Temprano esa mañana la había recorrido cuarto por cuarto por última vez, deseando recordar escenas de su vida.  Pensó que podría acordarse del árbol de navidad que su padre había comprado en una ocasión en que pasó las fiestas con él y su madre.

 

Trató de recordar el aroma de la cocina el día de Acción de Gracias o las voces que provenían de la sala donde su madre había organizado tantas fiestas.  Pero, mientras caminaba de cuarto en cuarto, se dio cuenta de que la casa no era más que un cascaron vació.

 

Acababa de vender su casa a una pareja de profesionales que la había visto el primer día que la anunció.  Radamanthys les había enseñado cómo funcionaba el sistema de seguridad y cómo abrir la puerta que separaba a este vecindario del resto de la comunidad: les ofreció el nombre y tarjeta del diseñador de jardines, así como los datos de la compañía de mantenimiento para piscinas.

 

Les explicó que el mármol del recibidor había sido traído de Italia y que los coloridos vitrales habían sido realizados por un artista genovés.

 

La cocina, les explicó, había sido remodelada apenas dos años atrás; el refrigerador Sub-Zero y el horno Viking eran de tecnología de punta; en verdad, les aclaró, preparar comida para veinte personas o más no les generaría ningún problema.

 

Observó como los ojos de la pareja brillaron al observar las molduras hechas a mano y la alfombra persa bajo la mesa de cerezo en el comedor principal.  En la biblioteca Radamanthys vio cómo el esposo pasaba la punta de los dedos sobre los paneles de arce, y luego se quedaba mirando la lámpara Tiffany que estaba en la esquina del escritorio.

 

- Y el precio – Preguntó el esposo – Incluye los muebles?? –

 

Radamanthys asintió.  Al salir de la biblioteca alcanzó a oírlos murmurar ansiosos detrás de él.  Radamanthys sabía que el precio era bastante bajo, aunque la casa se estuviera vendiendo sola.

 

La pareja regresó a la mañana siguiente con una oferta que duplicaba el precio que él había solicitado.  No puso inconvenientes y la aceptó.

 

No pudo evitar el recordar cierta casa blanca de dos plantas donde había vivido los mejores 20 días de su existencia.  Una casa en donde siempre se sentía el calor de una familia, aunque ellos fueran la familia más disfuncional que existiera.

 

Radamanthys salió del estacionamiento, se metió en el transito y se dirigió a la carretera interestatal.  Veinte minutos más tarde dio vuelta sobre la carretera 45 y se dirigió hacia el norte con dirección al aeropuerto internacional de la ciudad de Nueva York. 

 

En el asiento trasero iban dos bolsas de lona, una maleta grande y diversas cajas.

 

Su boleto de avión y su pasaporte estaban en un porta documentos de cuero a su lado en el asiento de enfrente.  En el maletero llevaba el resto de su equipaje y varios cuadros de los cuales no había podido desprenderse.

 

Conforme fue avanzando sobre la autopista, el cielo fue convirtiéndose en un lienzo blanco salpicado de nubes brillantes que hacían ver que el verano estaba en pleno apogeo.  Radamanthys puso el control automático del auto y permitió que sus pensamientos divagaran en lo que había hecho esa mañana.

 

Britt Blackerby, su abogado, intentó por última vez hacerlo entrar en razón.

 

- Estás conciente de lo que estas haciendo??  Es una fortuna la que estas despreciando.  Eso bien te dará para vivir a ti y a cuatro generaciones más.  Es una completa locura –

 

- Si – Contestó – Solo necesito ver a alguien para ser feliz –

 

Echándoles un vistazo a los últimos meses, Radamanthys se daba cuenta de que nunca se había sentido más triste en su vida.

 

Después de regresar junto a Minos de su incursión a Skagway, y teniendo en sus manos la mitad de la herencia que había ido a buscar, Radamanthys no logró sentir la alegría que pensó que lo recorrería.

 

La última mirada que le había dedicado Aiacos lo había perseguido por las noches en que no lograba conciliar el sueño y se dijo que ya sabía que era lo que le faltaba a su estéril vida.  El moreno significaba para él mucho más que los millones de su padre.

 

Era amor y no dinero lo que quería.

 

Dos días después de regresar, Minos y Radamanthys se habían presentado en el despacho de la firma de abogados de su padre para hacerle entrega al director de la carta que Aiacos les había dado, en donde Radamanthys era nombrado como el segundo heredero.

 

Radamanthys notó que Minos tomó la noticia con más resignación de lo que creyó posible.  Su hermano no hizo melodramas o cualquier cosa parecida, simplemente le había pedido que le prestara una cierta cantidad para saldar sus cuentas y poner un negocio en marcha.  Incluso el peliplateado pensaba regresarle el dinero en cuanto su solvencia económica fuera estable.

 

Pero Radamanthys se rehusó a prestarle dicha cantidad y a cambio de eso le cedió su parte.  Mientras Minos se había quedado sin habla y lo miraba sorprendido, el abogado de su padre solo le sonrió beatíficamente y se quitó los lentes de montura de carey para observarlo directamente.

 

- Su padre estaría tan orgulloso de ustedes.  Madurez es lo que esperaba heredarles y no un montón de dinero.  Ahora la tienen, así como una familia –

 

Pero Radamanthys sabía que lo único que necesitaba era a Aiacos.

 

En la salida del despacho se había despedido de su hermano y Minos le deseó suerte en su empresa, cosa que Radamanthys agradeció.  Ciertamente necesitaría de toda la suerte de la que pudiera echar mano para convencer a Aiacos de darle una segunda oportunidad.

 

Parado en la acera de la calle, Radamanthys contempló cómo el auto de Minos desaparecía entre los demás autos de la urbe.  Se permitió por un momento sentirse triste por la separación de aquel hermano con quien nunca había sabido convivir, hasta que un extraño, a base de burlas y juegos, le había enseñado.  Se preguntó cuando lo volvería a ver.

 

Despedirse de su madre fue más fácil de lo que había pensado.  A su madre no le importaba que hiciera puesto que se encontraba demasiado enojada con él por rechazar la fortuna de su padre y dársela al malnacido de su hermanastro.  Pero a Radamanthys ya no le importaba gran cosa lo que esa mujer dijera.



Continua en el siguiente post....


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El 10/02/08 a las 08:02:23

Autor: Flower.Of.Sidh, 19/Jul/2007 17:27 GMT-7:




Entró al estacionamiento del aeropuerto y le cedió la llave al muchacho encargado del guarda autos.  Si la suerte le sonreía, no pensaba regresar por el vehículo.  Un mozo colocó sus maletas en un maletero con ruedas y Radamanthys le dio propina antes de alejarse empujando sus únicas pertenencias.

 

Se sentó en las cómodas sillas de la sala de espera de primera clase, mientras encendía un cigarrillo y se dedicaba a pensar.

 

Aun no tenía un plan concreto del cómo convencer a Aiacos, pero lo que si sabía es que no aceptaría un no por respuesta.  Aunque tuviera que recurrir a la violencia, se dijo, pero convencería a ese terco pelinegro.

 

Sonrió al momento de llevarse una mano al abdomen, ahí donde Aiacos le había estampado el puño la última vez que se vieron.

 

En ese momento no había estado preparado para semejante respuesta belicosa, pero ahora lo estaba.  Desde que regresó, y la idea de recuperarlo costara lo que costara tomó fuerza en su mente, Radamanthys había estado entrenando para estar en óptimas condiciones por si Aiacos quería nuevamente recurrir a la violencia.

 

No quería llegar a lastimarlo, pero bien sabía que si quería que el moreno lo escuchara de principio a fin tendría que inmovilizarlo para evitar que escapara.  Y ahora estaba plenamente seguro de su capacidad atlética.

 

Incluso llegó a acariciar la idea de comprarse unas de esas esposas metálicas, pero concluyó que eso sería demasiado.  Aiacos lo odiaría más de lo que ya lo hacía.

 

Una voz metalizada anunció por el altoparlante su vuelo.  Radamanthys tomó la única maleta de mano que traía y su porta papeles y se encaminó hacía la sala de revisión por la que tendría que pasar para que los condujeran al avión.

 

Arriba del avión, se acomodó en su asiento afelpado, se puso unos audífonos en los oídos y trató de dormir un poco.  8 horas después, arribaba a Victoria, en donde tomaría el barco para llegar a Skagway dentro de 3 días más.  Exactamente un día antes del cumpleaños de Aiacos.

 

Nunca había sido especialmente devoto, pero en esa ocasión se permitió elevar una plegaria al cielo para que lo ayudara.

 

- - - - -

 

5 de Julio, 2007.  Skagway, Alaska.

 

Aiacos vertió 7 latas de leche condensada en una licuadora grande, 8 paquetes de queso tipo crema y 14 chiles chipotles, puso la tapa y encendió el aparato.

 

Cuando la mezcla estuvo perfectamente licuada, la coló en un cazo grande que había puesto al fuego y añadió consomé de pollo.  Dejó que todo hirviera perfectamente, corrigió la sal y bajó la intensidad del fuego.

 

Con unas pinzas metálicas repartió la pasta Buitoni, perfectamente cocida, sobre 14 platos extendidos, añadió la salsa, agregó camarones de pacotilla y decoró con hojas de perejil perfectamente picadas.

 

Puso todo sobre dos caritos negros de ruedas y, ayudado por uno de los meseros, lo llevó al salón privado de su restaurante.

 

Desde hacía dos meses había estado pensando seriamente en la preparación de esa comida.  El comité de inspección de restaurantes le había hecho llegar una carta donde le informaban que su restaurante había sido elegido entre otros 10 para presentar la prueba en donde recibiría una cuarta estrella.

 

Si todo salía bien, esta estaría adornando el mural que tenia a la vista de todos en la parte principal de su restaurante.  Mejor regalo de cumpleaños no existía, se dijo.

 

La comisión, compuesta de 9 hombres y 5 mujeres todos ellos chef internacional, lo recibieron con un aplauso.  Ya los había impresionado con su primer plato, una sencilla ensalada de manos de cangrejo rey y cubitos de pan tostado con mantequilla de ajo casera.

 

El sabía que la primera regla de la gastronomía era la de no mezclar diferentes sabores, así que eligió con mucho cuidado el menú que presentaría ese día.  Estaba perfectamente conciente de que el primer error en el que incurrían casi todos los chef era el de realizar platillos demasiado elaborados que por su exotismo y la enorme variedad de ingredientes terminaba revolviendo el estómago de cualquier comensal.

 

Para el postre, tenía pensado servir un pastel de chocolate.  Su primera intención fue la de decidirse por los cuencos de chocolate negro rellenos de almendra rayada, que tanta aceptación tuvieron a bordo del Volendam, pero la sola evocación de Radamanthys y ese nefasto día en que todo se arruinó lo hizo descartar esa idea apenas la pensó.

 

Ese día tenía que hacer gala de todo su carisma para con sus invitados y el solo recordar al rubio que le rompió el corazón era suficiente para que su ánimo decayera.  Eso no podía permitírselo.

 

Tanto él como los demás cocineros que trabajaban ahí, querían esa estrella.

 

Se dirigió a la cava que tenía ahí en lo que las meseras ponían cada plato delante de los jueces, y saco dos botellas de Royal Corregidor.  Por un momento se permitió contemplar el vino con tristeza mientras la imagen del rubio se formaba en su memoria.

 

Le amaba, de eso no había dudas.  Varias veces se vio tentado a levantar el teléfono y llamarle para pedirle que regresara, o que le permitiera ir a su encuentro, pero no cedió a la tentación y fueron muchas las ocasiones en las que el teléfono fue a dar contra la pared.

 

No volvería a humillarse ante el rubio, se decía, nunca más.

 

Descorchó las botellas y se las dio a una camarera para que las sirviera a los presentes.

 

- Atención – Pidió una de las jueces chocando la cucharilla de postre en la copa para hacerse de la atención de todos – Quiero proponer un brindis por el brillante chef dueño de este exquisito restaurante, que esta mañana a deleitado nuestros paladares con tan esplendida comida – Alzó su copa y todos la imitaron – No es presunción el adelantar que definitivamente este restaurante lucirá una cuarta estrella.  Doy mi más sincera felicitación a Aiacos, quien se ha ganado a pulso ese premio –

 

Todos aplaudieron al término del discurso y Aiacos se inclinó para agradecer sus palabras.  Se colocó a un lado de la mesa y enlazó sus manos en la espalda mientras charlaba animadamente con varios de los presentes quienes le pedían la receta de su platillo.  Aiacos sonrió al imaginarse la cara que pondrían si les dijera que la había sacado de al reverso de una etiqueta de leche condensada una noche en que, ebrio, había buscado leche para prepararse un ruso negro.

 

La mañana se desgranó lentamente y la reunión con los jueces dio a su fin.  El postre había sido bien recibido, y le dijeron que pronto le tendrían la estrella dorada para que él la colocara entre las otras tres que ya poseía.

 

Se despidió cortésmente de todos y cuando el último de los autos desapareció en una esquina de la calle, Jonh se acercó hasta él con una expresión grave en el rostro.

 

- Aiacos – Dijo el adolescente con voz temblorosa – Te están esperando desde hace una hora –

 

Aiacos encendió un cigarrillo y dio una profunda calada.  Miró al jovencito, que parecía un poco pálido, y le golpeó fraternalmente el hombro.

 

- Me hubieras avisado desde que llegaron a buscarme.  No es muy amable hacer esperar a la gente.  Donde están?? –

 

Aiacos se giró para entrar al restaurante, pero Jonh lo jaló de la manga de su saco para detenerlo.  En cuanto Aiacos vio sus ojos supo que algo estaba realmente mal.

 

- Aiacos, quien vino a buscarte es Radamanthys –

 

Ante esas palabras el moreno sintió que la tierra se abría bajo sus pies.  Tardó unos cuantos segundos en darle la orden a sus piernas para que se movieran, pero cuando logró ponerse en movimiento, lo primero que se le vino a la mente fue salir corriendo y no parar hasta llegar a Groelandia.

 

Tuvo que recargarse en el hombro de Jonh para no caer en la acera de rodillas.  No le apetecía en absoluto entrevistarse con el rubio, ni ahora ni nunca.

 

Tardó varios minutos en hacer acopio de valor y repetirse que debía entrar y demostrarle que no le afectaba en nada su presencia.  Se irguió lo más que pudo y acomodó su saco.

 

Momentos después entró en la cocina, en donde lo esperaba Radamanthys, como un energúmeno.

 

El rubio estaba recargado en una encimera y con un cigarrillo en los labios cuando el moreno lo localizó con la mirada.  Radamanthys giró el rostro y ámbar y rojo chocaron.

 

Radamanthys, haciendo gala de una serenidad que francamente no tenía, tiró el cigarrillo en el suelo y lo apagó con la suela de su zapato.  Aiacos le dedicó una mirada enfurecida y se acercó lentamente a él.

 

- No ensucies el suelo de mi puta cocina!!!  Es que no te enseñaron a respetar el lugar de trabajo de los demás??  Que diantre haces aquí?? –

 

Radamanthys sonrió ante su furia y lentamente habló, como si Aiacos lo hubiera recibido amorosamente.

 

- Vine por ti, como lo prometí –

 

Aiacos echó la cabeza hacía atrás y emitió unas carcajadas irónicas.

 

- Que sencillo lo dices.  Es que acaso has perdido el juicio??  Claramente te dije que no quería ver tu maldita cara en lo que me restara de vida –

 

- Deja de comportarte como un chiquillo encaprichado y escúchame – Dijo Radamanthys sin perder el aplomo – Le di la mitad de la herencia a Minos, vendí mis propiedades y ahora me tienes aquí, listo para rogarte por una segunda oportunidad –


Continua en el siguiente post...


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