|
Te mire, sonreíste de esa manera en la que haces que las estrellas palidezcan. Parpadeaste, como sueles hacerlo cada vez que estas nervioso o preocupado por lo que vas a decir. Comenzaste a arrugar una servilleta, era obvio que te morías de nervios. Pero te veías tan feliz… tuve un presentimiento, como si supiera que a partir de ese momento las cosas entre nosotros iban a cambiar completamente. Me quede callado esperando a que tú hablaras, sé que no te gusta la gente que te apresura, eres de los que le dan tiempo al tiempo.
Tus ojos se posaron en mi rostro y me sentí sobrecogido, esas miradas tuyas siempre tendrán ese efecto en mí. Te veías radiante, atrás se habían quedado las lágrimas y el dolor, volvías a brillar en todo tu esplendor. Aún más, una nueva chispa flotaba en tus ojos, el brillo de algo que no pude o no quise definir.
- ¿Qué es lo que te tiene así? Vamos Afrodita, sabes que no me gustan los rodeos. – me atrevía preguntarte, tu sonrisa se hizo todavía más grande y dijiste:
- Buenas noticias…. Estoy enamorado. – dos simples palabras vinieron a derrumbar mi mundo cuando salieron de tus labios. Mi corazón y mis esperanzas saltaron hechos añicos.
- ¿Lo conozco?- negaste con la cabeza.
- Es un compañero de la universidad, llevamos saliendo unos meses… y solo te puedo decir que es maravilloso. Se llama Death Mask, es italiano y… ¡lo amo! – te miré y quise sonreír, sabía que nunca ha sido fácil arrancarte una palabra de amor cuando no la sientes, sin embargo, en esta ocasión rogué al cielo que mintieras. Creo que ahí fue donde dejé de escuchar a mi cerebro y empecé a escuchar los desesperados consejos de mi corazón. – Sí te soy sincero, al principio me caía muy mal, no teníamos un momento de paz, pero ahora que lo conozco me doy cuenta de que no es el petulante que creía. Es simplemente… perfecto…
- ¿Perfecto? ¿No eres tu quien siempre ha dicho que la perfección no existe?
- Oh vamos Milo, no me arruines la ilusión.
- Solo te fastidiaba un poco. – dije e intenté hallar algo a que aferrarme para no salir corriendo de tu presencia. – Te ves feliz.
- Estoy feliz… no te imaginas cuanto.
- Sí tú eres feliz, entonces también yo soy feliz.- sonreíste de nuevo y yo fingí que de verdad me alegraba tu felicidad.
Me sentí miserable… ¿cómo no? Eres mi mejor amigo, el único que me entiende, el único al que escucho si me aconseja, y no me alegró saber que eras feliz. Sentí miedo, miedo de mis sentimientos y miedo de perderte, de perder lo poco que de ti había conseguido por causa de ese Death Mask. Algo me avisaba que ese hombre iba a terminar con lo que fuimos…
Te vi tan feliz que me callé mi disgusto, mi incomodidad, ¿Qué derecho tenía yo de meterme de esa manera en tus asuntos? Sí, me mordí la lengua para no decirte que el enamoramiento se te pasaría tan rápido como otras veces, aún si jurabas que él era completamente distinto a todos los que habías conocido.
- ¿Te das cuenta Milo? Él ha visto cosas en mí que el resto pasa por alto. No tuve que decirle que me gustan las rosas.
- No te ofendas, pero a mucha gente le gustan las rosas. – frunciste los labios con un gesto infantil, uno de esos que a ti te sientan perfecto.
- Dioses Milo. Estás decidido a contrariarme… la idea es que él es perfecto, al menos para mí.
No te respondí, ¿qué podía decirte? Me moría de celos, de dolor, me enfurecí por haber sido tan iluso de creer que te darías cuenta de mis sentimientos sin que yo tuviera que abrir la boca… tú siempre has podido leerme a la perfección… pero esta vez no lo hiciste.
Con el paso del tiempo me enfurecía más y más conmigo mismo. Cada vez que nos veíamos tú no hacías sino hablar de él, de lo maravillosos que eran tus días junto a él, de las cosas que hacían juntos, de lo mucho que se amaban… Y yo me moría de celos. Mis neuronas no podían sino volcarse en ti… estaba desesperado, loco por querer que el tiempo volviera atrás y atreverme a decirte que me enamoré de ti.
Me di cuenta de que en efecto, él no era como los otros que se te habían acercado antes, ciertamente era diferente.
Después de un año de evadirlo, me di cuenta de que no podía seguir rechazando tus invitaciones y me forcé a mí mismo a acudir a una de esas comidas que se organizaban en tu casa por tu cumpleaños.
Me bastó verlos juntos para entender que era cierto lo que decían los amigos acerca de que ustedes dos eran la pareja perfecta.
Eras feliz, así de fácil y la razón era ese tipo malencarado y que trataba al resto del mundo con una frialdad que podía parecer descortés. Sin importar mis sentimientos tuve que reconocer que eras feliz con él, y que nada de lo que yo hiciera cambiaría ese hecho.
A su lado sonreías de una manera en que jamás te vi sonreír, aún cuando te conozco desde que tenías doce y usabas esas enormes gafas correctivas.
Me di cuenta de que él no solo se había fijado en el hermoso exterior en el que habitas, había ido más allá, él había logrado dar con tu corazón, ese que a veces pareces no tener. Se percató del maravilloso ser humano que eres, de tus grandes cualidades y tus extrañas manías. Él te amaba, al igual que yo…
Él me miro como si fuera la cosa más extraña del mundo. Confieso que también le miré de mala manera… en el fondo le odiaba, no, no tanto, quizá haya sido como tú dijiste, cuestión de química.
- Hola. – dijo cuando nos presentaste. Tus manos se unían a las de él estrechamente. Sentí envidia. Él era mejor que yo en mil maneras, tanto que se había ganado tu corazón cuando se decidió a hacerlo.
Ciertamente no es guapo, pero es un gran hombre, uno que a tus ojos, no tiene quien le iguale.
Siempre supe que no me tomabas en serio cuando te decía que eras maravilloso y tan bello que quitabas el aliento. Lo tomabas como una más de mis payasadas habituales. Siempre supe que aunque estuviéramos de acuerdo en mil y una cosas, eso no era razón suficiente como para que te fijaras de verdad en mí.
A mí nunca me has mirado ni por un instante en la forma en que lo mirabas a él esa tarde.
Sonreí, me hice el simpático, solté algunas de mis bromas, pero a él no le hicieron gracia, ni las bromas ni mi persona. No terminaba de agradarle, ni él a mí. Lo notaste, e hiciste todo lo humanamente posible por hacer que congeniáramos, cosa que no ha sucedido ni sucederá jamás. Para mí él siempre será un ladrón que te robó de mi lado.
Tu creciente necesidad de estar con él, mi amor por ti, mis celos, terminó pesando demasiado y nos distanciamos, no demasiado, pero ya no éramos lo que solíamos ser juntos. Las cosas jamás volverán a ser iguales.
Seguíamos viéndonos, ya no con la misma frecuencia. Él se había vuelto tu mundo, tu sol, la razón de tu vida, todas esas cosas que yo hubiera querido ser, todo eso que tú eras para mí.
Cuando terminamos la universidad fue peor, entre el trabajo y otras cosas, nos veíamos cada vez menos. Dolía, pero tuve que reconocer que era la mejor manera de dejarte de sentirte mío. A riesgo de sonar hipócrita, puedo decir que me alegra que te haga feliz, lo mereces, aunque duela, lo mereces.
Hace dos semanas me llamaste, me puse tan feliz que me sentí ridículo. No podría negarlo aunque quisiera, tu llamada me llenó de esperanza, bien podía ser que me llamaras para decirme que al fin lo habías dejado. Me sentí exultante. Te escuché saludar, tu voz siempre me ha resultado hipnótica, hechizante, capaz de hacerme olvidar hasta mi nombre.
- ¡Milo! Por todos los dioses, he tratado de localizarte toda la semana.
- Estuve de viaje, tú sabes, el trabajo.
- Sí, si, ya sé que te pasas el tiempo viajando a no sé donde.
- Vamos, no es para hacer drama. ¿Qué pasa Afrodita?
- Grandes noticias mi querido monstruo. – dijiste, no pude evitar recordar la índole de tu última “gran noticia”.
- Solo dilo, odio las sorpresas.
- Entonces allá va la bomba. – hiciste una pausa, siempre me ha desesperado que hagas eso. Pero es un acto tan tuyo que no podría borrarlo sin quitarte un poco de ti. – Me caso. – dijiste. – Death me lo pidió hace unos días y como eres mi mejor amigo, quería que fueras tú el primero en enterarse. – me quedé callado analizando el valor de tus palabras. Al final no supe que decirte, me forcé a mí mismo a hilar una oración coherente y adecuada a la ocasión. No quería que te dieras cuenta de lo que esas simples palabras desataron en mi interior.
- Te felicito… solo no lo hagas escapar con tus locuras.
- ¡Milo! – me regañaste.
- En serio… espero que seas muy feliz con él.
- Eso dalo por hecho, ¿te das cuenta? ¡Sólo tú quedas soltero! – dijiste, te escuché reír, estabas tan feliz.
Después de tu llamada me deprimí. Pasé tres días sin pensar en nada más que en ti, en él… en lo que no fue. Todas mis esperanzas estaban muertas, al igual que mis absurdas ilusiones. Ibas a casarte con él. Lo escogiste a él.
Yo me quedaré por siempre con el título de amigo, de confidente, de cómplice, pero jamás obtendría el de amante. Yo soy y seguiré siendo el tipo simpático que te hace reír cuando parece que el mundo se acaba, el que te escucha en los malos momentos y trata de ponerte en perspectiva las cosas. Sólo eso…
Te casas mañana y aunque duela, estaré ahí. No podría faltar, no me lo perdonarías y yo no me atrevo a terminar nuestra amistad, debo estar ahí mañana.
Quisiera haberte dicho que te amo, quisiera que te hubieras percatado de mis sentimientos, de todas esas cosas que sembraste en mí. Mi error fue quedarme callado y permitir que tus ojos solo vieran al amigo y no al enamorado. Como quiera que sea, estaré ahí mañana para felicitarte y desearte lo mejor. Después seguiré adelante.
" He vivido lo suficiente para entender que mi locura es irreversible y que la cordura no es una de mis virtudes”
|