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Corazon roto Corazon roto (0.031 s)

Corazon roto

FECHA El 24/09/07 a las 03:09:53 IP GUARDADA
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Online marta_kzn
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El 23/09/07 a las 04:09:36
Corazon roto

aki les voy cn otra xD xD

ahora pongo la sinopsis



 

 

 

 

 

Traumada x los A

Mis novelas:

Secretos en la noche

La esposa de siempre

Perfecta

El caballero de brillante armadura

1.Amante de ensueño

Corazon roto

 



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FECHA El 23/12/07 a las 11:12:03 IP GUARDADA Buscar Mensajes Posteados Buscar Mensajes Posteados
Online marta_kzn
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El 23/09/07 a las 04:09:36

-Tengo un graduado en administración de empresas -dijo, con la intención de que Miguel rumiara durante un rato aquella información. Como era obvio que no le permitiría de buen grado que se quedara con él en el despacho, Mia pasó a su lado y echó a andar por el pasillo sin él.
-Mia , por favor -murmuró, irritado, siguiéndola.
-¿Se puede saber por qué no quieres que me ocupe de los libros? -preguntó ella, sentándose al enorme escritorio.
-No te he traído aquí para que trabajes. Quiero cuidar de ti.
-¿Y crees que aquí corro algún peligro? ¿Te parece que el lápiz es demasiado pesado para que yo lo sostenga?
Él la miró con el ceño fruncido, deseando quitarla de su silla. Pero ella lo miraba con ojos brillantes, y su mentón tenía un gesto adusto y desafiante que evidenciaba que estaba dispuesta a luchar. Si la presionaba, seguramente volvería a aquella casa vacía y oscura. Podía retenerla allí a la fuerza, pero no quería hacerlo. Quería que se encontrara a gusto, que fuera complaciente y cariñosa con él, no que lo arañara como un gato salvaje. Qué demonios, al menos allí corría menos peligro que pastoreando el ganado. Y él podría volver a revisar los libros por la noche.
-De acuerdo -gruñó.
Mia le dirigió una mirada burlona.
-Qué generoso eres.
-Esta noche estás un poco sarcástica -musitó él, sentándose-. Quizá debería haberte hecho el amor antes de cenar, después de todo. A lo mejor así estarías menos rabiosa.
-Lo que yo digo, el mayor egoísta del mundo -le lanzó su mirada altanera, la que hasta ese momento siempre lo había enfurecido.
A Miguel se le ensombreció el semblante, pero logró controlarse y tendió la mano hacia un montón de facturas, recibos y notificaciones.
-Presta atención, y procura no liarlo todo -dijo secamente-. Los impuestos ya son suficientemente sangrantes sin necesidad de que una contable aficionada enrede los libros.
-He estado haciendo la contabilidad desde que murió mi padre -replicó ella.
-Menuda recomendación, teniendo en cuenta el aspecto que tiene tu rancho, nena.
Mia se quedó helada y apartó los ojos de él. Miguel maldijo para sus adentros. Sin decir palabra, ella le quitó los papeles y empezó a revisarlos, ordenándolos por fechas. Él se recostó en su enorme silla, y su expresión fue cambiando a medida que la veía anotar las cifras rápida y pulcramente en la matriz del libro y luego hizo dos veces las cuentas en la calculadora para asegurarse de que estaban bien.
Cuando acabó, empujó el libro de cuentas hasta el otro lado del escritorio.
-Compruébalo, a ver si he cometido algún error.
Miguel lo hizo sin vacilar. Finalmente cerró el libro y dijo:
-Está bien.
Ella achicó los ojos.
-¿Eso es todo lo que vas a decir? No me extraña que no te hayas casado, si piensas que las mujeres no tiene cerebro ni para sumar dos y dos.
-Sí que me he casado -dijo él bruscamente.
Mia se quedó atónita. Nunca había oído decir que estuviera casado. Ni siquiera asociaba el matrimonio con Miguel Arango. De repente, sintió un arrebato de celos al pensar que alguna otra mujer había vivido con él, había compartido su nombre y su cama y poseía el derecho a tocarlo.
-¿Con quién? ¿Cuándo? -balbuceó.
-Hace mucho tiempo. Yo acababa de cumplir diecinueve años, y tenía más hormonas que sentido común. Solo Dios sabe por qué se casó conmigo. Solo tardó cuatro meses en darse cuenta de que no estaba hecha para vivir en un rancho, que quería dinero para gastar y un marido que no trabajara veinte horas al día.
Su voz sonaba plana, y sus ojos estaban llenos de desdén. Mia sintió un sudor frío.
-¿Y por qué nunca lo oí decir? -musitó ella-. Hace diez años que te conozco, y no sabía que habías estado casado.
Él se encogió de hombros.
-Nos divorciamos siete años antes de que tú llegaras aquí, así que no era precisamente la noticia más fresca del condado. De todo modos, duró tan poco que la mayoría de la gente ni siquiera la conoció. Yo trabajaba demasiado y no tenía tiempo de ver a nadie. Si se casó conmigo pensando que la mujer de un ranchero nadaría en el lujo, tardó pronto en cambiar de opinión.
-¿Dónde está ahora? –Mia esperaba fervientemente que aquella mujer no siguiera viviendo en las cercanías.
-No lo sé, ni me importa. Oí que se casó con un viejo rico en cuanto nos divorciamos. No me importó entonces, ni me importa ahora.
Mia no podía comprender que una mujer pudiera preferir a otro hombre, por muy rico que fuera, a Miguel Arango. Ella sería capaz de vivir en una choza y comer carne de serpiente con tal de estar con él. Pero empezaba a comprender por qué Miguel despreciaba tanto a la gente de la alta sociedad, a los ricos indolentes, por qué en el pasado se había mostrado siempre tan cáustico respecto al hecho de que ella dejara que otros la mantuvieran, en lugar de ganarse la vida. Por lo cual, pensándolo bien, resultaba aún más sorprendente que ahora no la dejara hacer nada, como si quisiera que dependiera totalmente de él.
Miguel la miraba con los párpados entrecerrados, preguntándose qué estaba pensando. Parecía muy impresionada por el hecho de que hubiera estado casado. De eso hacía tanto tiempo que ya nunca pensaba en ello, y ni siquiera lo habría mencionado si su comentario acerca del matrimonio no se lo hubiese recordado. Aquello había ocurrido en otra época de su vida, cuando era un chaval de diecinueve años que se dejaba la piel para sacar adelante el pequeño rancho que había heredado. A veces, ni siquiera recordaba su nombre, y desde hacía años ni siquiera recordaba su cara. No podría reconocerla si se la encontraba cara a cara.
Lo cual resultaba extraño, porque, aunque no había visto a Mia durante los años de su matrimonio, nunca había olvidado su rostro, su forma de moverse, el brillo de su pelo a la luz del sol. Conocía cada línea de su hermosa cara, quizá demasiado angulosa, con sus altos pómulos, su orgulloso mentón y su boca grande y suave. Tenía un aspecto tan frío e intocable con aquel inmaculado vestido blanco y, sin embargo, cuando le hacía el amor, se transformaba en fuego líquido. Recordó la forma en que le rodeaba la cintura con las piernas y empezó a excitarse. Se inclinó hacia delante en la silla, removiéndose, inquieto.
Mia, que no quería seguir indagando, había vuelto a concentrarse en los papeles que había encima del escritorio. No quería saber nada más sobre su ex mujer y, sobre todo, no quería que Miguel aprovechara la ocasión para preguntarle sobre su matrimonio fallido. Parecía más seguro volver a los asuntos de negocios; y, de todos modos, tenía que hablar con él sobre la venta del ganado.
-Necesito que me aconsejes sobre un asunto. Quería engordar al ganado para venderlo este año, pero necesito liquidez, así que creo que debería venderlo ahora. ¿Con quién puedo contactar, y cómo organizo el transporte?
En ese momento, a Miguel le importaba un bledo el ganado. Mia había cruzado las piernas, y la falda se le había subido ligeramente, atrayendo su mirada. Deseaba que se la subiera un poco más, que se la enrollara alrededor de la cintura y le mostrara sus piernas desnudas. Notaba la estrechez de los pantalones vaqueros, y tuvo que hacer un esfuerzo por contestarle.
-Deja engordar al ganado; sacarás mucho más dinero por él. Yo me ocuparé de mantener el rancho mientras tanto.
Ella giró la cabeza en un movimiento rápido e impaciente, haciendo oscilar su cabello, pero lo que iba a decir murió en sus labios al ver la mirada de Miguel.
-Vamos arriba -murmuró él.
Resultaba casi pavoroso ser el foco de una sensualidad tan intensa, pero se sentía incapaz de resistirse a él. De pronto se encontró de pie, y se estremeció cuando Miguel, poniéndole una mano en la espalda, la condujo al piso de arriba. Caminar a su lado la hacía sentirse vulnerable; a veces, como en ese momento, su estatura la intimidaba. Era tan alto y corpulento, sus hombros eran tan anchos, que cuando yacía bajo él en la cama, su cuerpo le tapaba completamente la luz. Solo el autodominio de Miguel y su ternura la protegían.
Miguel cerró la puerta del dormitorio y luego, colocándose tras ella, empezó a desabrocharle lentamente el vestido. La sintió temblar.
-No tengas miedo, nena. ¿O es excitación?
-Sí -musitó Mia mientras él deslizaba las manos por debajo del vestido abierto y le acariciaba los pechos desnudos. Sintió que los pezones le palpitaban bajo las palmas de sus manos, y dando un ligero gemido se reclinó contra él, intentando sumirse en su fortaleza y su calor. Se sentía tan bien cuando la tocaba...
-¿Las dos cosas? -murmuró él-. ¿Por qué tienes miedo?
Ella cerró los ojos y su respiración se hizo entrecortada cuando él le frotó los pezones erectos.
-Por cómo me haces sentir -jadeó, girando la cabeza contra su hombro.
-Tú me haces sentir igual -dijo con voz lenta y gutural-. Caliente, como si fuera a estallar si no me hundo dentro de ti. Y entonces te siento tan suave y tensa a mi alrededor que me parece que voy a estallar de todos modos.
Mia sintió que sus palabras le hacían el amor, que sus estremecimientos se convertían en estertores de placer. Las piernas se le volvieron de agua, incapaces de sostenerla; si no hubiera sido porque Miguel estaba tras ella, se habría desplomado. Musitó su nombre, y aquella sola palabra vibró de deseo.
El cálido aliento de Miguel le acariciaba el oído mientras le lamía el lóbulo.
-Eres tan sexy, nena. Este vestido me estaba volviendo loco. Tenía ganas de levantarte la falda... así... -bajó las manos hasta sus caderas y le subió la falda por los muslos y por la cintura, y después metió las manos bajo la tela y abrió los dedos sobre su vientre desnudo-. Pensaba en meter las manos bajo tus bragas... así. En bajártelas... así.
Ella gimió cuando le bajó las bragas por las caderas y las nalgas, invadida por una sensación de voluptuosa indefensión. De alguna manera, estar medio vestida la hacía sentirse más expuesta y vulnerable. Miguel deslizó los dedos entre sus piernas, y ella se convulsionó cuando empezó a acariciarla y frotarla, acrecentando lentamente su tensión y su placer hasta ponerla al límite.
-Eres tan dulce y suave -susurró-. ¿Estás lista para mí?
Ella intentó responder, pero solo consiguió dejar escapar un gemido. Estaba ardiendo, su cuerpo entero palpitaba, y sin embargo él siguió abrazándola, introduciéndole lentamente los dedos, a pesar de que sabía que lo deseaba y estaba lista. Lo sabía. Tenía demasiada experiencia para no saberlo, pero insistía en aquel dulce tormento, solazándose en su placer.
Mia se sentía tan sexy como él le decía; su sensualidad se abría como una flor bajo las manos y la voz baja y áspera de Miguel. Cada vez que hacían el amor, se sentía un pico más segura de sí misma y de su capacidad de dar y recibir placer. Miguel era extremadamente sexual, y tan experimentado que le daban ganas de abofetearlo cada vez que se acordaba, pero ella había descubierto que podía complacerlo. A veces, él temblaba de deseo cuando la tocaba; aquel hombre, cuya evidente virilidad le otorgaba poder de seducción sobre cualquier mujer que se le antojara, temblaba de deseo por ella. Mia  tenía veintiocho años y solo ahora, en brazos de Miguel, empezaba a descubrir su poder y su placer como mujer.
Finalmente, no pudo aguantarlo más y se apartó de él, con la mirada fiera, quitándose el vestido y tendiéndole los brazos, intentando arrancarle la ropa. Miguel se echó a reír, pero su risa sonó más a excitación que a hilaridad, y la ayudó. Desnudos y ya unidos, cayeron en la cama. Él la tomó con embestidas lentas y fuertes, por primera vez sin tener que penetrarla poco a poco y con cuidado, y el incendio se desató, fuera de control.
A la mañana siguiente, Mia saltó de la cama antes que él, con la cara resplandeciente.
-No hace falta que te levantes -gruñó él con la voz enronquecida por el madrugón-. ¿Por qué no te quedas durmiendo?
En realidad, le gustaba pensar que Mia  estaba dormitando en su cama, desnuda y exhausta después de hacer el amor toda la noche.
Ella se apartó el pelo enredado de los ojos y se quedó un instante en suspenso al ver la desnudez de Miguel cuando este salió de la cama.
-Hoy me voy contigo -dijo, y corrió al cuarto de baño para adelantarse a él.
Unos minutos después, Miguel se metió en la ducha con ella. Tenía los ojos achicados por lo que acababa de anunciarle. Mia esperaba que le dijera que no podía acompañarlo, pero él se limitó a murmurar:
-Supongo que puedes venir, si te apetece.
Sí, le apetecía. Había decidido que Miguel era tan egoísta y protector que, si por él fuera, la mantendría entre algodones, así que razonar con él no tenía sentido. Sabía lo que podía hacer, y lo haría. Así de simple.
Durante las tres semanas siguientes, una profunda felicidad comenzó a formarse dentro de ella. Empezó a ocuparse ella sola del papeleo, dedicándole tres días en semana, lo que le permitía a Miguel tener más tiempo libre por la noche del que había tenido nunca. El dejó de revisar su trabajo, porque nunca encontraba un error. El resto de los días, Mia cabalgaba junto a él, feliz en su compañía, y Miguel descubrió que le gustaba tenerla a su lado. A veces estaba tan acalorado, sucio y enfadado que le daban ganas de maldecir a los cuatro vientos, pero entonces levantaba la vista y la veía sonriéndole, y su mal humor se desvanecía por completo. ¿Qué importaba un novillo rebelde si ella lo miraba de aquel modo? A Mia no parecían importarle ni el calor ni el polvo, ni los malos olores. No era aquello lo que Miguel esperaba, y a veces se molestaba por ello. Tenía la sensación de que ella se estaba escondiendo allí, enterrándose en aquel mundo de dimensiones reducidas. La Mia que había conocido en otro tiempo era una mujer sociable, alegre y risueña a la que le gustaban las fiestas y el baile. Pero aquella Mia rara vez se reía, aunque sonreía tanto que tardó algún tiempo en darse cuenta. Una sola de sus sonrisas se le subía a la cabeza, a él y a todos sus hombres, pero también recordaba su risa chispeante, y se preguntaba qué había sido de ella.
Sin embargo, tenerla para sí resultaba tan nuevo que no tenía ganas de compartirla con nadie más. Pasaban las noches entrelazados, consumidos por la pasión, y en lugar de aplacarse, su ansia solamente se intensificaba día a día. Miguel pasaba los días en un estado de excitación amortiguado pero constante, y en ocasiones solo tenía que mirarla para excitarse hasta tal punto que tenía que buscar un modo de disimular su erección.
Una mañana, Mia se quedó en casa para trabajar en el despacho; estaba sola porque Edie había ido a hacer la compra. El teléfono no dejaba de sonar, interrumpiéndola a cada rato. Ya estaba irritada cuando volvió a sonar y dejó lo que estaba haciendo para contestar.
-Residencia de Miguel Arango.
Nadie contestó, a pesar de que Mia oyó una respiración lenta y profunda, como si quienquiera que estuviera al otro lado de la línea controlara deliberadamente su resuello. Pero no era un «jadeador»; aquel sonido no resultaba obsceno, ni exagerado.
-Hola -dijo-. ¿Me oye?
Un suave clic sonó en su oído, como si quien estaba llamado hubiera colgado el aparato con sumo cuidado, igual que jadeaba.
«Él». Por alguna razón, no tenía ninguna duda de que se trataba de un hombre. La razón le decía que podía ser algún adolescente aburrido, o simplemente alguien que se había equivocado de número, pero un súbito escalofrío se apoderó de ella.
El silencio de la línea parecía lleno de amenazas. Por primera vez desde hacía tres semanas, se sintió aislada y en cierta forma amenazada, aunque no había razón concreta para ello. No dejaba de sentir escalofríos, y de pronto sintió la necesidad de salir de la casa, al sol caliente de la mañana. Tenía que ver a Miguel. Solo mirarlo y oír su voz profunda rugiendo maldiciones, o enlazando suavemente a un caballo o a una tornera asustada. Necesitaba su calor para disipar el frío de aquella amenaza que no podía definir.
Dos días después, hubo otra llamada telefónica y, de nuevo, por casualidad, fue ella quien contestó.
-Hola -dijo-. Residencia de Miguel Arango.
Silencio.
Empezaron a temblarle las manos. Aguzó el oído y oyó aquella respiración regular y suave, y luego el clic cuando colgaron el teléfono, y un momento después el zumbido de la línea empezó a pitar en su oído. Sin saber por qué, se sintió mareada y fría. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Quién le estaba haciendo aquello?
___________________________

 

 

 

 

 

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FECHA El 24/06/08 a las 10:06:47 IP GUARDADA Buscar Mensajes Posteados Buscar Mensajes Posteados
Online JaReDrBd
Vampirit@ de Anah



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El 11/03/07 a las 02:03:39

wooolaaas martaaaa

despues d muxo tiempo aki vuelvooo

a enganxarme a tus novelas de neeew jaja

siguelaaa



                                            °¤(¯`°•●●...((Jαяє яв))...●●•°´¯)¤°       

                             

                     

     

 

                          

 

 

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