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Anahí Giovanna World - Fan Club Oficial

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La FuRiA DeL AmoR La FuRiA DeL AmoR (0.032 s)

La FuRiA DeL AmoR

FECHA El 22/09/07 a las 04:09:25 IP GUARDADA
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El 11/03/07 a las 02:03:39
La FuRiA DeL AmoR

holaaaa!!!weno aki les pongo otra web!!espero k les guste!!!

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FECHA El 06/10/07 a las 08:10:59 IP GUARDADA Buscar Mensajes Posteados Buscar Mensajes Posteados
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El 11/03/07 a las 02:03:39

CAPÍTULO 18

Las dos últimas horas habían viajado en la oscuridad. Miguel había cumplido su palabra: no se habían detenido ni una sola vez, ni para comer, sólo habían picoteado el pan crujiente con queso que les habían comprado a los monjes. Ya no nevaba, y la poca nieve que quedaba en el camino se había fundido a media mañana. De modo que, al menos, el trayecto había sido menos accidentado que el del día anterior.

Pese a todo, y dado la hora temprana en que habían emprendido la marcha al alba, cuando esa misma noche cruzaron el puente levadizo del castillo de Shefford, la mayoría de los integrantes de la comitiva estaban completamente extenuados. Mía era una de ellos, la noche anterior no había conseguido volver a conciliar el sueño. La culpa la tenía Miguel. Saber que él estaba de guardia en la puerta de su habitación la había puesto nerviosa y no pudo relajarse.

Lo que hubiera debido hacerle sentir protegida en realidad la había angustiado. No sabía muy bien por qué se sentía así. Ciertamente, no pensaba que él pudiera entrar en su habitación y hacerle daño. Incluso en el caso de que él estuviera detrás de esos atentados contra su vida, no se arriesgaría a ejecutar él mismo la hazaña.

Además, si quería verla muerta, lo que más le convenía era casarse primero con ella, recoger su dote y hacer que la eliminaran después. Seguramente era una tontería sospechar de él ahora, uno de sus hombres había resultado muerto, y él mismo había dado muerte al intruso.

Aunque tanto ella como Miguel se habían evitado durante los muchos años que duró su noviazgo, sus padres se habían visitado a menudo, ya fuera en Dunburh o en Shefford, con estancias que algunas veces duraban semanas. Por eso ella conocía muy bien Shefford y sabía que allá iba a sentirse como en casa, de no ser por ese matrimonio tan poco deseado. También conocía bien a los padres de Miguel, y por tanto no la sorprendió que, cuando despertó, Elena de Arango estuviera en su habitación.

Tanto Elena como Guy estuvieron encantados de recibirlos a su llegada la noche anterior, pero Mía estaba tan agotada que apenas recordaba nada que no fuera sus ansias de meterse en la cama. Incluso le hubiera gustado dormir más, pero la madre de Miguel no era de la misma opinión. Elena le habló de los preparativos de la boda, de los invitados que iban a estar presentes, incluido el rey. Se la veía muy entusiasmada, y parecía realmente complacida disponiendo todos los detalles de esa unión.

Anahí, que ya se había levantado y vestido aunque seguía en la cámara que las hermanas iban a compartir, estaba prestando una educada atención a las explicaciones de la dama. Mía pensó en ocultar la cabeza debajo de la almohada. No quería oír hablar de esos grandes preparativos que la unirían a Miguel de Arango.

Sin embargo, tampoco deseaba agraviar a su madre diciéndole que abominaba de su precioso hijo único. Ésa podría ser una forma segura de conseguir que se anulara el contrato matrimonial, pero no podía hacerle eso a su padre. Necesitaba alguna otra razón que no afectara a los padres de él y que no avergonzara a su padre.

Diego seguía pareciéndole la opción más plausible, la simple mención de su amor por él. Le podía resultar de gran ayuda, de verdad que sí, si fuera cierto. Pero ya se ocuparía de ese detalle más adelante. Todavía no había llegado el momento de sacar a Diego a colación. Primero tendría que soportar el mes que su padre le había dado para que Miguel pudiera demostrar su valía.

No veía otra forma de conseguir el apoyo de Franco. ¡Qué largo se le iba a hacer ese mes! Cuando Elena se marchó de la habitación no pudo volver a dormirse. Anahí comentó que había sido el aullido de Gruñidos lo que la había despertado, y Mía recordó que todavía no había visitado a sus mascotas desde que llegaron. Cuando le preguntó a un mozo de cuadra quién había conseguido meter al caballo en el establo, no la sorprendió saber que había sido el, mismo Miguel.

Sin embargo, la información hizo que examinara detenidamente a Stomper en busca de marcas o heridas. No hallar las fue lo que realmente la sorprendió. No obstante, no se dio por satisfecha sabiendo que sus masotas habían recibido un trato adecuado, sino que hizo algo que nunca hubiera pensado que iba a hacer: fue en busca de Miguel.

Estuvo preguntando a los sirvientes del castillo y finalmente le halló en su habitación. No se le ocurrió pensar que aún no era apropiado que acudiese a sus aposentos. Tenía cosas que preguntarle y, fiel a su franqueza, abordar directamente la cuestión se le antojó más importante que el hecho de que pudiera parecer indecoroso. Él sólo pareció momentáneamente sorprendido. Estaba apurándose el vello de la barba y la afilada hoja que utilizaba se quedó un instante en el aire.

Mía se sintió confundida. No esperaba encontrarle medio desnudo. La verdad es que la segunda vez que le vio así fue tan desconcertante como lo había sido la primera. Le era imposible concentrarse ante su pecho desnudo y sus brazos expuestos a su mirada. Finalmente, fue su voz la que le recordó el motivo de su visita.



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El 11/03/07 a las 02:03:39

-No sé si preguntaros el motivo de vuestra visita o si os habéis extraviado. Ella ignoró el tono seco de sus palabras y respondió seriamente.

-¿Extraviarme yo en Shefford con las veces que he estado aquí?

-Pero no pudo resistirse a la tentación de añadir-: Aunque, claro, vos no podéis saberlo porque nunca estabais aquí cuando yo venía. Él sonrió.

-Insinuáis que ha sido deliberado. Permitidme que os asegure que tal vez fue deliberado. Tal vez algún día me preguntéis por qué y podamos hablarlo sin rencor. Sinceramente, dudo que ese momento sea el presente.

Ella estuvo a punto de replicar con alguna observación áspera. Por su parte, dudaba que ese momento llegara alguna vez, pero se contuvo. De pronto, las preguntas que había ido a hacerle le parecieron menos importantes que un reproche súbito. Pese a tratarse de una estancia amplia, la intimidad en que se hallaban los dos le resultó embarazosa a Mía.

¿Cómo era posible que la pusiera tan nerviosa cuando la ira no le servía de escudo para protegerse de él? Se propuso preguntarle lo que más intrigada la tenía y marcharse luego a toda prisa.

-Me han dicho que habéis metido a mi caballo en el establo. ¿Por qué lo habéis hecho?

-Me incomodaba verlo solo en el puente y vuestros sirvientes estaban cuidando del resto de vuestras mascotas -respondió él con un ademán de indiferencia.

Lo suponía, sus motivos no mostraban el mínimo de decencia; era de esperar, teniendo en cuenta las conclusiones que ella había sacado del modo en que él trataba a los animales. Claro, le incomodaba. Si no hubiera habido otros animales a la vista, ni siquiera hubiera reparado en Stomper. Antes de atribuirle cualidades y consideraciones de las que él carecía, debería haberlo pensado dos veces. Con todo, había atendido a su caballo sin obligación de hacerlo, y la espontánea gratitud que sentía por ello la hizo ruborizar. La palabra con que debía corresponderle casi la atragantó:

-Gracias.

-Ha sido difícil, ¿verdad? -respondió él con una sonrisa, notando sus dificultades.

-Sí, casi tanto como debe de haber sido para vos manejar a Stomper.

-En realidad, el caballo se ha mostrado muy manso en cuanto olió el azúcar que le di. Por eso no había visto marcas del látigo. Así que era lo bastante listo como para tentar, en lugar de coaccionar.

No es que ella fuera muy crédula, pero cualquier cosa que trascendiera el «hazlo o atente a las consecuencias» al que él la tenía acostumbrada podía considerarse un progreso. Aunque, claro, ése era su punto de vista. Para Miguel, el «hazlo o atente a las consecuencias» funcionaba de maravilla. Lo que volvió a colocar la ofensa en primer lugar y la llevó a decir súbita y cortésmente:

-No os molesto más, lord Miguel. Se dirigía ya hacia la puerta cuando la voz de él la detuvo.

-¿No creéis que ha llegado ya el momento de que me llaméis Miguel? Incluso Miguel estaría bien.

Ella no estaba en absoluto de acuerdo. Llamarle por su nombre de pila implicaba una amistad o, al menos, una sólida familiaridad, que no existía entre ellos. Sin embargo, en lugar de contraatacar a una hora tan temprana de la mañana haciéndoselo notar, se volvió hacia él con otra pregunta.

-Vuestro nombre es un antiguo nombre inglés, extraño en un normando. ¿Cómo es eso?

-Según cuenta mi padre, la noche en que nací llegó una manada de lobos a los bosques que rodean Shefford y estuvieron aullando durante horas; hasta que yo nací y aullé aún más que ellos. A mi padre le pareció profético que la manada se callara al oírme, y por eso me puso Miguel, a pesar de que mi madre hubiera preferido que me llamara como mi abuelo. En realidad, mi padre transigió. De ser por él, me habría llamado Wolf a secas. Gustándole como le gustaban los animales, a Mía la historia le pareció divertida. El tono gruñón que había empleado indicaba que a él no. Así que se limitó a comentar:

-Una historia insólita para un nombre insólito.



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El 11/03/07 a las 02:03:39

Y se dio la vuelta para marcharse, pero él la detuvo de nuevo, en esta ocasión de un modo aún más directo:

-¿A qué viene tanta prisa, Mía? Siempre parecéis apresurada, me pregunto si alguna vez os tomáis el tiempo que requiere ver cómo florece una flor. Era una pregunta muy extraña viniendo de él pero sin embargo ella respondió con sinceridad.

-Cuando están en la época del año en que despiden su fragancia sí, me detengo a olerlas. En realidad, me siento más a gusto entre la exuberancia de la primavera que dentro de un frío edificio de piedra.

-Se sintió inmediatamente molesta por haberle contado algo tan personal a él. Miguel no tenía por qué saber ese tipo de cosas.

-No me sorprende -repuso él con dulzura a la vez que daba un paso hacia ella. Mía se puso en guardia.

No podía imaginar qué motivos podía tener él para acercársele tanto, más que el intimidarla con su elevada estatura. Y eso le salía muy bien, estuviera en la otra punta de la habitación o a su lado. Con todo, seguía aproximándose... Ella debería haber huido. Lo comprendió luego. Él la habría llamado cobarde pero a ella no le hubiera importado, si eso le hubiera evitado saber cómo eran sus besos.

Pero no huyó. Se quedó ahí de pie, ligeramente paralizada por la súbita expresión sensual de él y que tanto lo cambiaba. Normalmente era apuesto, pero su atractivo había aumentado tanto que ella se sentía incómoda y la hacía sentirse atrapada, como si hubiera mordido un anzuelo y la estuvieran arrastrando hacia un destino desconocido.

El roce de sus labios en los de ella rompió el hechizo en que él la había envuelto. Retrocedió instintivamente. Las manos de Miguel, posadas en sus hombros, la atrajeron de nuevo hacia él, que ahora estaba mucho más cerca, y terminó con su protesta cuando su boca la beso con avidez. Pensó en algo devorador.

Pensó en un animal atrapado. Pensó en el halcón abalanzándose sobre su presa. Ninguna de esas imágenes le ofrecía escapatoria pero la retuvo el miedo... o tal vez otra cosa. Lo que deseaba olvidar era esa otra cosa, aunque dudaba que pudiera: un ansia leve de reposar sobre su pecho y abandonarse a él. El sabor de su boca era agradable. El calor de sus labios era agradable. La sensación de su cuerpo apretándose contra el suyo era... más que agradable.



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Sin embargo, y teniendo en cuenta lo que pensaba de él, nada de aquello era concebible y se sentía muy confusa. Pero en todo eso pensó luego. Durante el beso no pensó en nada, y eso era lo que más la aterrorizó, que hubiera algo que la atontara de esa manera. Se preguntó qué habría ocurrido si el beso hubiera continuado, pues un criado dio un golpe seco en la puerta de la habitación y él la soltó y volvió a su posición anterior. A ella le pareció que él se mostraba un poco turbado. Aún perpleja, Mía le espetó:

-¿Por qué habéis hecho esto?

-Porque puedo.

¿De verdad había esperado una respuesta romántica de él? Doblemente tonta entonces. La respuesta que recibió hizo que la indignación la quemara como una llamarada. ¡Qué típico de los hombres! Puedo, así que voy a hacerlo. ¡Ay, si alguna vez pudiera una mujer decir lo mismo sin que alguien le replicara! Ella replicó a su modo, con todo el desprecio que pudo reunir, y le dejó en compañía del criado que entró cuando ella salía.

-No me sorprende.

FIN 18



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El 06/12/06 a las 08:12:54

sigueeeee

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El 11/03/07 a las 02:03:39

CAPÍTULO 19

«¿Porque puedo ?» Algunas veces, Miguel se sorprendía a sí mismo, y ciertamente acababa de hacerlo. No podía imaginar una respuesta más estúpida y tan alejada de la verdad. Sin embargo, la verdad lo había cogido por sorpresa. Que pudiera desearla tan de pronto, cuando lo cierto era que le gustaban muy pocas cosas de ella. Aunque no, eso no era del todo cierto.

Cuando no llevaba esas ropas tan sucias era una muchacha excepcionalmente bonita. Además, era lista e ingeniosa, y eso cada vez le divertía más. Naturalmente, lo utilizaba para insultarle a la menor oportunidad, pero también la osadía con que lo hacía le parecía divertida. Era una mujer insólita. Era orgullosa, terca y porfiada. Sus pasatiempos eran impropios de una dama.

Ahora no le cabía duda de que no tendría dificultades para acostarse con ella; no, estaba convencido de que sería un placer. Y, aunque no le entusiasmaba la perspectiva de su inminente boda, también debía reconocer que ya no le parecía tan horrenda. Probablemente por ello se abstuvo de mencionarle sus reservas cuando se encontraron ante el gran hogar antes de la comida del mediodía. Previamente había pensado en recabar la ayuda de su madre.

Además, seguro que ella habría advertido el sombrío humor con el que partió, la semana pasada, en busca de Mía. Aunque, como era propio de ella, lo habría ignorado. Hasta que se enfrentaba sin remisión a una situación horrible, negaba con mucha facilidad cualquier signo que presagiara el desastre por aplastante que fuera.

De modo que si él se hubiera esforzado en explicarle sus muchos motivos - y seguían habiendo muchos-, se hubiera contentado con repetirle por qué pensaba que Mía sería una buena esposa. Sin embargo, él prefirió esperar a un momento más propicio y guardar silencio al respecto, consciente de que el sabor de Mía, que seguía fresco en su boca, probablemente era lo único que le decidía.

Cínicamente, pensó en cuántas decisiones de gran importancia se basaban en las necesidades sexuales de los hombres, casi sin que se dieran cuenta. Demasiadas, de eso no cabía duda. Ni los reyes eran inmunes al egoísmo en la arena sexual. El rey Juan era un buen ejemplo de ello. Desgraciadamente, debía haberse imaginado que su madre no querría hablar de nada más que de la boda y de la novia. Cuando se acercó a saludarla a su banco favorito, ella prorrumpió a hablarle largo y tendido acerca de esos temas.

-¡Ah, qué contenta estoy de que hayas llegado antes de que empiece a llenarse la sala para la cena, así puedo decirte lo orgullosa que estoy de que finalmente hayas ido a buscar a tu prometida! Eres muy afortunado, Miguel. Es maravillosa. Habiéndote prometido a ella cuando nació, no podíamos estar seguros de cómo iba a salir, ¿verdad que no? Sin embargo, te habrá resultado de lo más beneficioso. Él sofocó una carcajada.

¿No se había dado cuenta de lo insólita que era Mía? Pensó que igual su madre no lo sabía. Después de todo, la chica era capaz de comportarse adecuadamente cuando quería, y tal vez lo hubiera querido cuando estuvo en presencia de su madre a lo largo de esos años. Además, ¿acaso él mismo no se había llamado a engaño pensando cosas tan agradables de Mía cuando creyó que era Anahí? ¿Cuántas veces les pasaría lo mismo a los demás? Lo mejor sería dejarlo pasar sin comentario. Sin embargo, le picaba la curiosidad de saber cuán ilusa podía ser su madre -lo era muy a menudo- o de si realmente conocía a la misma Mía que él. De manera que, con cierta descortesía, repuso:

-¿Qué os parece su manera de vestir? Elena frunció el entrecejo, como si no comprendiera por qué se lo preguntaba, aunque luego sonrió.

-¿Te refieres a su afición, cuando niña, a vestirse como sus compañeros de juegos? Por supuesto, ya se le ha pasado la edad...

-En realidad, madre... Ella le cortó en seco:

-Y le gusta cazar. Lo que debe complacerte, con lo mucho que te gusta a ti también.



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El 11/03/07 a las 02:03:39

-No caza con halcones.

-¿Ah, no? Pero si recuerdo que su padre mencionó en más de una ocasión...

-¿Que es muy hábil con el arco? Ella soltó una risita.

-¡Qué tontería, Miguel! ¡Claro que no caza con halcón! Además, he visto su halcón. Un ave espléndida. Rhiska, creo que se llama, por un halcón que tenía en la infancia y que un bruto mató por despecho. Seguro que te contará la historia, si no te la ha contado ya. Fue una experiencia muy desagradable para ella, contártela la acercará un poco más a ti.

Él quedó consternado. Si, como sospechaba, él era el chico del que hablaba su madre, el que había matado a la primera Rhiska de Mía, no era de extrañar que no le soportara. «Bruto» debía de ser la palabra que utilizara la chica, no su madre. Elena no recurría jamás a nombrar ni a emitir juicios de carácter como ése.

Obviamente, Mía le había contado la historia a Elena, callándose quién había sido el bruto, porque Elena jamás le hubiera dado crédito si ella hubiera intentado convencerla de que el desalmado era su hijo ¡Vaya por Dios! Le hubiera gustado enterarse antes de cuál había sido el resultado del gesto con el que se quitó el animal de encima. No había sido ésa su intención, si es que estaban hablando del mismo animal.

Pero ¿de qué otra manera podría desprenderse de un halcón que casi le estaba arrancando los dedos? No obstante, si hubiera sabido que no había sobrevivido al golpe que se dio con la pared cuando él lo arrojó lejos de sí, se hubiera quedado a consolar a la encolerizada niña. Ambos hubieran terminado el día con recuerdos menos horribles.

-Hablando de animales -dijo él-, ¿habéis visto todas sus mascotas?

-¿Todas? De nuevo esa expresión de extrañeza, seguida rápidamente de una sonrisa cuando comprendió a qué se refería su hijo. Como siempre, se equivocó en su suposición.

-¿El lobo? Extraña mascota, sí, pero encantador. Créeme, sería capaz de confiarle la compañía de uno de los perros de tu padre. ¿Sabías que una vez durmió a mis pies? Ni sabía que estaba ahí, pero le di una patadita sin querer y ni siquiera gruñó. ¡Oh, sí!-añadió con una risilla sofocada-. ¿No es así como le llama, Gruñidos? Aunque no le sienta nada bien, es dócil como un gatito.

Tuvo la sensación de que su madre pensaba que él estaba preocupado por el lobo. Podría haberle precisado que se refería al gran número de mascotas de Mía, no a una en particular. Lo que más le preocupaba era que pudiera convertir su estancia marital en un establo, pero decidió que no tenía sentido seguir con el tema. Su madre convertiría cualquier inquietud suya en una consecuencia nimia del matrimonio.

La quería mucho, de verdad que la quería, pero había veces en que su actitud le frustraba profundamente. Así pues, no se quejó de su futura esposa, al menos por el momento. Todavía tenía el beso fresco en la mente y sus pensamientos estaban centrados en cuándo podría probarlos de nuevo, sólo para cerciorarse de que no había soñado lo buena que había sido la primera vez. Sin embargo, tenía que advertir a su madre de los ataques de los que estaba siendo objeto Mía. Dado que parecía que iba a compartir mucho tiempo con ella, no podía seguir manteniéndola en la ignorancia para evitarle la angustia. La abordó sin más preámbulos.

-No quisiera alarmaros, madre, pero debéis saber que alguien está intentando matar a Mía. Ella soltó un grito horrorizado. Como era de esperar, no le creyó. - Miguel, eso no tiene ninguna gracia.

-Estaría encantado de que fuera una broma. Pero ha habido dos, probablemente tres atentados en cuestión de días. Os lo digo porque vais a pasar muchas horas con ella, y deberéis fijaros en cualquier desconocido que pretenda aproximarse a ella. Su súbita palidez le dijo que ahora sí le había tomado en serio.

-¿Quién? ¡Por Dios santo! ¿Por qué? Él se encogió de hombros.

-No puedo imaginar quién pero, en cuanto al porqué... A menos que ella tenga algún enemigo que no confiesa, supongo que alguien intenta perjudicarme haciéndole daño a ella o tal vez impidiendo la boda.

-Entonces debéis casaros inmediatamente. Él rió, incrédulo.

-Parece que no está dispuesta. Ya se lo he sugerido.

-Hablaré con ella.



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El 11/03/07 a las 02:03:39

-Eso no cambiará las cosas, madre.

-Claro que sí -dijo ella con determinación-. Es una chica razonable. Si eso va a acabar con los ataques, tiene que acceder.

¿Razonable? Entonces sí temió que su madre la hubiera confundido con su hermana Anahí. Pese a todo, no tenía ningún sentido revelarle la verdad, que Mía no quería casarse. Ya lo comprobaría ella misma cuando intentara apresurar la boda. Así que se limitó a decir:

-Haced lo que deseéis. Conociendo a tu madre; lo haría de todos modos. Y, dado que ya la había advertido de la necesidad de estar alerta con cualquier sospechoso, se dio por satisfecho.

FIN 19



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sigue bb!!! esta wenisimaa siguee;)

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FECHA El 07/10/07 a las 11:10:07 IP GUARDADA Buscar Mensajes Posteados Buscar Mensajes Posteados
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El 11/03/07 a las 02:03:39

CAPÍTULO 20

-Idiot_as, sois todos una panda de idio_tas! ¡Os mando hacer un simple encargo, y lo estropeáis no una sino tres veces! Decidme, ¿para qué os pago? ¿Para que me contéis lo incompetentes que sois?

El primer pensamiento de Gastón fue que tenía que dejar de dormir en hospederías si no quería que Martín de Reverte le encontrara con tanta facilidad. El segundo fue que le complacería más liquidar a Martín que a la chica que éste le había contratado para matar. Claro que no beneficiaría su repu_tación, pero sólo era una idea, aunque muy atractiva. Tampoco bajó la cabeza en signo de humillación y vergüenza, aunque sabía que era la reacción Que el lord pretendía de él. Sus dos cómplices, Alger y Cuthred, le inspiraban confianza a Martín, pero Gastón le miraba con ojeriza.

-Han sido las circunstancias, milord -fue todo lo que le dijo como excusa-. La próxima vez nos saldrá mejor.

-¿La próxima vez? -Los nervios de Martín parecieron hacerse añicos y articuló, fuera de sí-: ¿Qué próxima vez? Tuvisteis acceso a Dunburh, no podréis entrar en Shefford, que mantienen como una ciudadela asediada. No consigue entrar nadie que no tenga asuntos legítimos que resolver ahí. Hasta los comerciantes tienen que resultarles familiares a los guardas, de lo contrario les hacen irse por donde han venido.

-Tendrán que contratar...

-¿Me has oído? Shefford es un condado. Un conde no necesita contratar a nadie, le basta con sus vasallos y con los servicios que los pueblos le deben.

-Siempre hay una manera, milord, de obtener lo que uno necesita, si no es comprando o sobornando, es con el fraude o con el robo. Seguro que hay villanos que entran y salen. Siempre los hay. Habrá carros que entren, y put_as. Conozco a una fulana a la que podríamos utilizar, si fuera necesario. Ha trabajado conmigo antes y sabe alguna cosa que otra acerca de venenos. No gastéis vuestro tiempo enseñándome a hacer mi trabajo.

A Gastón no le importaba en absoluto que le estuviera faltando el respeto a un lord, él no lo era y tampoco le importaba. Era un hombre libre y, por su parte, eso le otorgaba todos los derechos para hablarles en el mismo tono a nobles y siervos. Su madre era una pu_ta londinense, no tenía ni idea de quién era su padre, apenas le habían destetado y ya se vio en la calle, componiéndoselas solo para sobrevivir. Había sobrevivido a la desnutrición, a las palizas, a dormir en las alcantarillas en invierno. Un lord fanfarrón no le impresionaba en absoluto.

Que pareciera que a Martín le fuera a salir la cólera en forma de espuma por la boca demostraba que no estaba acostumbrado a tratar más que con gente a la que consideraba muy inferior a él. Eso no era bueno. Si Gastón había aprendido alguna cosa a lo largo de su vida, era que tenía que llevarse su parte de todo, por las armas si era preciso. ¿Qué sentido tenía la vida, después de todo, si había que arrastrarse y morder el polvo ante los nobles de alcurnia sólo porque ellos lo dijeran? A Gastón no le importaba hacer ese trabajo. No sería la primera vez que mataba a sueldo. Pero no le gustaba que le dijeran cómo tenía que hacer su trabajo.

Tampoco le gustaba que le gritaran. Era un hombre grande, más grande que la mayoría. Y si su tamaño no bastaba para que los demás se lo pensaran antes de levantarle la mano, lo remataba con su porte. Le habían dicho muchas veces que, aunque en el fondo era un bruto apuesto, parecía más malo que un pecado. Estaba acostumbrado a que le trataran con recelo. En cuanto al encargo en cuestión, el hecho de que la persona que tenía que matar fuera una mujer, sólo suponía una salvedad. La había visto en toda su belleza, o mejor dicho a su hermana, de la que decían que era idéntica a ella, y le volvían loco las mujeres guapas. La mataría igual, pero antes quería poseerla. Aunque eso era algo que Martín no tenía por qué saber, parecía de los que insistirían en que sólo podía tocarla con la espada.



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