Ola!! esta web novela no es mia en de Linda Howard, pero a mi me gusto muxo. Se llama Secretos en la noche, si ya la han puesto dicirmelo.
Tratara de los A's obvio.
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● ιllι ..ηєηу.. ιllι ●
martaaaaaaaaaaaaaaaaaa!!!a melanie y a mi nos va a matar con la demora!!!!!!!xfis sigueleee que justo la cortaste cuando mas interesante esta!!!siguela plis
siguela
ayy lo siento muxo eske estos dias e estado spr ocupada cn el cole todo x aki viene el cap hot XD
CAPÍTULO 16 (1 parte)
La llevó hasta el porche, donde la rejilla los protegería de los mosquitos y otros insectos que picaban. Aterrorizada casi hasta la histeria por la brusca aparición de Alfonso, un pánico que no cedió demasiado al reconocerlo, Anahi no pudo hacer otra cosa que aferrarse de sus hombros al tiempo que él la levantaba en brazos y se apresuraba a llevarla al interior de la casa. Casi de inmediato se vio sumergida en una densa marea de deseo que la arrastraba por debajo del nivel de la razón o de la voluntad. Protestar no era una alternativa; las necesidades de su cuerpo, durante tanto tiempo suprimidas, enseguida se impusieron y apartaron a un lado todo raciocinio. Temblaba para cuando Alfonso le soltó las piernas y dejó que su cuerpo resbalara hacia abajo, a lo largo del suyo, en una dulce fricción que provocó una excitación casi dolorosa. Ya era hora. Dios santo, ya era más que hora. Lo deseaba con una ansia ciega, feroz, que no admitía más retraso, y se agarró a él con el cuerpo flexible, dispuesto. Alfonso la apoyó de espaldas contra una de las columnas cuadradas que sostenían el porche y la sujetó allí. A pesar del resplandor de la luna, aquel lugar estaba oscuro, oscuro y acogedor, perfumado con los aromas del verano y el propio olor intenso y almizclado de Alfonso. Respiraba deprisa, con urgencia, al tiempo que se inclinaba pesadamente contra ella para abrirse paso hacia la suave blandura de su cuerpo. Hundió los dedos en su mata de pelo y le sostuvo la cabeza con sus manos grandes y poderosas para mantenerla quieta para la profunda incursión de su lengua en la boca. Estaba plenamente excitado, su erección estaba dura como el mármol, presionando contra el vientre de Any. Anahi gimió contra su boca, cimbreándose deseosa contra él, intentando elevarse lo suficiente para acomodar aquella gruesa protuberancia en el espacio blando de su entrepierna. Se sentía dolida y vacía, muy vacía, cada vez más húmeda por la necesidad de tenerlo dentro. Alfonso tenía la camisa abierta. La piel de los hombros en la que se hundían los dedos de Any estaba cubierta por tela, pero el pecho se veía desnudo. Palpó su piel, brillante de sudor, y la aspereza del vello rizado. Los pechos se le tensaron, los pezones se pusieron duros y enhiestos, vibrantes por el deseo de ser tocados. Alfonso separó su boca de la de ella, buscando aire, mientras su pecho se movía igual que un fuelle a cada inspiración. Anahi se pasó la lengua por los labios inflamados para percibir su sabor y le rodeó el cuello con los brazos para atraerlo. Él cedió en el acto, con boca dura y mordiente, con una fuerza primitiva que excitó a Anahi más allá de lo que jamás había conocido. Alfonso tomó los dos senos en las manos para masajearlos con fuerza, y el alivio fue tan intenso que Anahi dejó escapar un leve gemido tanto de placer como de deseo, pero en cuestión de segundos aquello resultó insuficiente. Alfonso reconoció aquel deseo, o tal vez el suyo era igual, porque asió la pechera de la blusa de Anahi y la abrió de un tirón que hizo saltar los botones con un ruido atronador dentro de la burbuja de silencio que los rodeaba. Con una mano, soltó el cierre frontal del sujetador y apartó las copas hacia los lados para exponer la firme curva de aquellos pechos a su boca hambrienta y exigente. Le pasó un brazo por debajo de las nalgas y la levantó al tiempo que su boca resbalaba hasta sus senos dejando un rastro de humedad allí por donde iba pasando los labios. Su boca se topó con un pezón erguido, y lo succionó con vehemencia, provocando en Anahi una sensación parecida a un intenso aguijoneo que la hizo arquearse contra él, como si pretendiera apartarlo. Él respondió sujetándola con más fuerza, agarrándola de las nalgas y frotando su miembro erecto contra el suave pliegue de la entrepierna de ella. La descarada sexualidad de sus movimientos desató una llamarada en Anahi, que se sintió irremediablemente arrastrada hacia el túnel oscuro y resbaladizo que conducía al clímax. Luchó contra ello; no quería que aquella fiebre desatada terminase tan pronto. Se encogió contra el pilar de madera tratando de separar las caderas de aquella dura protuberancia, pero no pudo, el brazo que le sostenía las nalgas la mantenía amoldada a Alfonso y le permitía un movimiento tan escaso que ni siquiera podía cerrar las piernas. Sintió una tensión crecer en la parte inferior del cuerpo, una tensión que iba aumentando, aumentando...
Cap 16 (2 parte)
Alfonso volvió a dejarla de pie en el suelo y tiró de la falda para subírsela hasta la cintura. Anahi se inclinó débilmente contra la columna, con todos los sentidos aturdidos por la velocidad y la violencia con que estaba sucediendo aquello. Recordó vagamente aquella ocasión en la que lo vio haciendo el amor, despacio y con ternura, con voz tranquilizadora y cariñosa, musitando palabras de amor. Creía que iba a ser algo así, pero en cambio se veía atrapada en un torbellino como la Dorothy de El mago de OZ, lanzada a un territorio inexplorado. Se habían arrojado el uno sobre el otro como animales, incapaces de frenar ni de inyectar un poco de ternura en aquel acto, y a ella eso no la preocupaba. La urgencia era demasiado fuerte, demasiado inmediata. Miguel agarró la mano izquierda con su falda y la levantó y apartó hacia un lado, mientras con la derecha le bajaba las bragas. Anahi sintió el contacto del aire de la noche en las nalgas desnudas; aquello le provocó una sensación de dolorosa vulnerabilidad, y se estremeció entre las manos de Alfonso . Él le bajó las bragas hasta las rodillas, luego alzó un pie y lo apoyó en la entrepierna de la prenda para empujarla hasta el suelo. Anahi oyó el ruido de la tela al romperse y emitió una débil protesta, pero sintió que le caía a los pies y que él la izaba para sacarla de lo que quedaba de la prenda. La sujetó contra la columna y le abrió los muslos para introducirse entre ellos. La cabeza de Anahi cayó hacia atrás. Oía su propia respiración jadeante mientras aguardaba con insoportable espera la violenta embestida que llenaría su vacío y aplacaría aquel doloroso deseo. La mano de Alfonso se movió con frenesí entre los cuerpos de ambos luchando con el cinturón, tirando del cierre de los vaqueros, y el roce de aquellos nudillos contra su carne húmeda y anhelante bastó para hacerla gritar de ganas. Alfonso consiguió abrir la cremallera, y su miembro tensó saltó afuera y empezó a buscar los pliegues de Anahi entre las piernas. —Quiero follarte —murmuró de forma ininteligible, en un tono áspero y grave, al tiempo que alzaba un poco a Anahi para ajustar su posición—. Déjame entrar. Ahora. Su mano seguía aún entre los dos cuerpos, sus manos se movían con seguridad sobre la carne de ella. Encontró la hendidura blanda y húmeda e introdujo un dedo en ella para sacar la humedad hacia afuera y así preparar el terreno para entrar él. Anahi se estremeció, con los brazos fuertemente ceñidos alrededor de su cuello mientras aquel largo dedo frotaba tejidos de exquisita sensibilidad y provocaba explosiones subterráneas de placer. Sus músculos internos se cerraron sobre el dedo intruso apretándolo en una sutil caricia, y Alfonso juró con una excitación salvaje. Sin poder esperar más, retiró el dedo y guió la ancha cabeza de su pene hacia el lugar adecuado.
Anahi se quedó inmóvil, congelada por la enorme presión que experimentó entre las piernas cuando él comenzó a empujar.
Cap 16 (3 parte)
La fiebre del deseo se esfumó, sustituida por la alarma. En un fogonazo de lucidez recordó el grito de sorpresa y pánico de Lindsey Partain cuando Alfonso la penetró, y ahora supo a qué se debía. Entonces su mente quedó en blanco, centrada tan sólo en la verga gruesa y maciza que iba entrando en su cuerpo a cada embestida, corta pero potente. Alfonso gruñía por la dificultad de la penetración, con el cuerpo entero en tensión. Anahi se retorció en sus brazos igual que un gus*ano en un anzuelo, emitiendo pequeños gemidos de angustia. Alfonso se detuvo con el rostro bañado en un sudor que goteaba sobre los pechos desnudos de Anahi y trazaba diminutos regueros de humedad. Luchó desesperadamente por conservar el control, en un esfuerzo que le contraía las entrañas. —Chist, chist —susurró apretando los labios contra la delicada curva del mentón de Anahi. Aquel sonido fue un mero susurro tranquilizador que se disipó en la brisa de la noche—. No pasa nada, nena. Puedes con ello. Tú quédate quieta y déjame entrar. No te voy a hacer daño, voy a ser muy lento y suave. Mientras hablaba empezó a mover las caderas adelante y atrás, unos movimientos ligeros que indujeron a los músculos de ella a relajarse para permitir que cada nueva embestida le permitiera deslizarse más profundamente— en su carne caliente, húmeda e increíblemente prieta. Anahi gimió temblorosa en sus brazos. Él sintió cómo arqueaba el cuerpo de forma convulsiva en un esfuerzo instintivo por aceptarlo y adaptarse a él;Alfonso trató de controlar el movimiento, pero ya era demasiado tarde. El brusco movimiento de torsión la empaló sobre la rígida verga de él, introducida hasta la empuñadura, y la vaina candente del cuerpo de Anahi le causó la misma sensación que si todo el cuerpo le explotara. Aquella impresión hizo eco en Anahi. Se dejó caer pesadamente en los brazos de Alfonso con la cabeza inclinada hacia atrás como una margarita con el tallo roto. El férreo control de Alfonso se hizo añicos, y sus caderas iniciaron un movimiento similar al de una taladradora, entrando y saliendo de ella. Anahi permaneció colgada, sostenida sólo por el movimiento del cuerpo de Alfonso y por el pilar de madera que tenía a la espalda. Durante un espacio de tiempo imposible de medir, sus sentidos quedaron reducidos al retumbar de su corazón y al intenso martilleo del cuerpo de Alfonso dentro del suyo, que la machacaba sin descanso. Se aferró de su camisa retorciendo la tela en un intento de soportar el trance, zarandeada irremediablemente en aquella violenta descarga de lujuria. En aquel momento Alfonso se detuvo y de su garganta surgió un gruñido al percibir en la tensión de su cuerpo el repliegue físico y mental de Anahi. —No —dijo con frustración y rabia—. No pienso permitir que te aísles de mí. Ven a mí, nena.Hazme sentirlo. Anahi intentó hablar, pero no pudo decir nada. No puedo hacerlo, pensaba, sin embargo no podía articular palabra alguna. El Clímax, que hacía poco lo veía acercarse inminente, ahora parecía fuera de su alcance del todo. Se sentía dolorosamente dilatada, empalada, al margen del placer. Pero Alfonso ajustó su posición enganchando los brazos por debajo de los muslos de ella y manteniéndolos muy separados al tiempo que la sujetaba con su peso contra la columna. Anahi se sintió completamente abierta, incapaz de controlar ni reaccionar a las embestidas de él. Alfonso liberó una mano durante breves instantes, buscó el pequeño capullo en la parte superior del sexo de Anahi y utilizó el pulgar y el índice para abrir los labios que lo protegían y dejarlo al descubierto. Volvió a corregir la postura y se adentró más en Anahi para poder presionar el pequeño capullo, y entonces comenzó a empujar de nuevo. Anahi sintió como un ramalazo que le recorría todo el cuerpo y se concentraba entre sus piernas. No tenía defensa alguna contra aquella oleada de sensaciones, que se intensificaban despiadadamente a cada arremetida. Alfonso sabía exactamente lo que hacía, que era forzarla inexorablemente hacia el orgasmo. En cuestión de segundos estaba gimiendo nuevamente de deseo; en menos de un minuto sintió que la invadía la furia, y gritó con la fuerza de la liberación arqueando todo el cuerpo y estremeciéndose en los dominantes brazos de Alfonso. Aquella sensación continuó sin cesar, con tal intensidad que no fue consciente de nada más, reducida a un ser totalmente físico. Sus espasmos apenas habían comenzado a ceder cuando comenzaron los de Alfonso, que se sacudió violentamente bajo ellos, con la cabeza echada hacia atrás y el cuello en tensión, vibrante. Un gruñido ronco y profundo le nació del pecho y se repitió una y otra vez al ritmo del bombeo de sus caderas. Los momentos siguientes transcurrieron en silencio, puntuados tan sólo por la aspereza de la respiración agitada de ambos y algún que otro gemido o gruñido ocasional, involuntario, cuando las terminaciones nerviosas rezagadas se agitaban con algún resto de placer. Anahi estaba aturdida, la cabeza colgando hacia delante, contra el hombro de Alfonso. Éste se había dejado caer en los brazos de ella, y la columna los sostenía a ambos. Allí donde la piel desnuda se tocaba, el sudor los adhería el uno al otro. Los dos tenían la ropa empapada y retorcida. Anahi se sentía tan entumecida como si acabara de librar una batalla. La respiración de Alfonso fue aquietándose y recuperó el control de sí mismo, como si cada movimiento le supusiera un esfuerzo. Su corazón retumbaba contra el pecho de ella, latiendo pesada y lentamente. Se retiró con cuidado de su cuerpo y la sostuvo firme cuando ella se tensó, porque incluso aunque la humedad del clímax allanaba el camino, sus tejidos inflamados lo liberaron casi con la misma dificultad con que lo habían aceptado.
Afonso estaba estupefacto, impresionado en lo más vivo por la intensidad de lo que acababa de suceder. Aquello no era sexo. Ya había tenido mucho sexo, más veces de las que podía contar. El sexo era un placer, a veces suave, a veces lascivo; un apetito, persistente pero fácilmente satisfecho. Sin embargo, lo que acababa de experimentar con Anahi fue potente e imparable como una avalancha, un fuego que lo dejó chamuscado y ya necesitado de sentir la misma llama otra vez. Sentía el cuerpo leve y tierno de ella temblar en sus brazos y deseó acostarse con ella, consolarla y luego volver a penetrarla hasta lo más profundo. Lo deseaba con una violencia tal que le contrajo las entrañas. Pero como no confiaba en ser capaz de contenerse, dejó caer los brazos. Aturdido, un solo pensamiento le vino a la mente. —Dios santo —dijo con la voz aún ronca por el intenso orgasmo—. Si follar con Marina era así, ahora entiendo por qué mi padre no podía apartarse de ella.( xdxdxdxdxdxdxdxdxdxdxdxd)
Cap 16 (4 parte)
Anahi se quedó palida y el delicioso calor del apareamiento se transformó en hielo al oír la mordacidad de aquellas palabras. No reaccionó a aquella insultante crudeza, aunque sí le causó efecto. Si Alfonso se había propuesto hacerla sentirse barata, lo había logrado de forma admirable. La humillación y la angustia se adueñaron de su estómago y la obligaron a apretar los dientes para reprimir una súbita náusea. Ella había experimentado la misma sensación que si el corazón abandonara su cuerpo, pero para él había sido... ¿qué? ¿Una especie de represalia? Como Marina estaba fuera de su alcance, ¿se había vengado en su hija? Volvió a ordenarse la ropa sin mirarlo siquiera. Tenía el sujetador retorcido, pero por fin consiguió abrochar el cierre. A la blusa no le quedaban botones, de modo que se anudó los faldones a la cintura. Se agachó para recoger las bragas con la intención de ponérselas, pero estaban destrozadas. El rubor le inundó el rostro, pero gracias a Dios la oscuridad ocultó aquel arrebato de vergüenza.