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El amor de un filósofo
Por Crista Ivanonv
One Shot
Apresuradamente, fueron entrando en el recinto, tratando de hacer el menor eco posible con los tacones de sus zapatos, al tiempo que se retiraban los cascos de sus cabezas y las colocaban bajo sus brazos. Sus armaduras doradas brillaban gracias a la luz que entraba de entre los blancos pilares, resaltando el imponente porte de los caballeros dorados. En silencio, comenzaron a sentarse en las gradas de piedra colocadas en medio círculo que había en la terraza de mármol, sentándose dispersamente en el lugar que más les complacía.
Aquellas gradas estaban colocadas en el interior de la casa de Aries, a un costado del jardín central, por lo que la sombra del tejado les cubría cómodamente, al tiempo que podían contemplar las bellas plantas del patio.
Era una mañana encantadora, llena de luz y con un clima templado que no provocaba frío ni calor. Las aves cantaban fuera del recinto con fuerza y melodía, haciendo de la jornada una delicia, sin contar que siempre acudían con especial interés a esa clase en particular.
Once caballeros de la orden dorada tomaban asiento, luciendo sus esplendorosas armaduras, expectantes a recibir el aprendizaje de ese día, algunos más emocionados que otros, pero todos deseosos de entrar en debate. Cada uno acomodó sus capas y sus armaduras para poder estar cómodos ante la lección, al igual que ponían en orden los pergaminos y las plumas en sus regazos, preparándose para anotar lo que fuese necesario recordar. Cabe mencionar que unos cuantos también se arreglaban el cabello después de quitarse el casco, tratando de que con ello lucir radiantes ante aquella persona que les impartiría la jornada.
Esperaron unos instantes, girando a verse los unos a los otros de vez en cuando, se podría decir que un poco nerviosos, pero sin duda expectantes. Esas clases tan peculiares eran duras, pero satisfactorias, sin contar que más de uno se regocijaba con la agradable “vista” que siempre tenían frente a ellos en cada lección.
Un par de minutos más y empezaron a escuchar unos delicados pasos chocar contra el mármol del recinto, producto de unas finas sandalias de cuero, por lo que las espaldas de algunos se enderezaron de golpe. Vieron cómo una figura se les acercaba desde el otro lado del patio, cruzándolo con un suave andar.
Mu de Aries llegó hasta sus camaradas de la orden con una fresca sonrisa e inundando el lugar con un dulce olor a lavanda, ataviado con una túnica de manga corta color marfil que le llegaba hasta los tobillos. Un trozo de tela gruesa del mismo color se colgaba de su hombro, rodeándole la cintura y haciéndole lucir como un personaje tomado de la antigua Grecia. Sus finos cabellos estaban tomados por un listón dorado en una cola baja, mientras que su oreja derecha estaba adornada finamente por una arracada. Sus delgados brazos sostenían un par de libros y más pergamino recién elaborado.
— Muy buenos días. — Les saludó con amabilidad a sus compañeros, dedicándoles una brillante sonrisa al tiempo que dejaba sus cosas en el podio de mármol que había enfrente de las gradas, donde estaban sentados sus camaradas.
— ¡Buenos días! — Contestaron animados los caballeros, en tanto que su maestro de ojos esmeralda les miraba complacido por su entusiasmo. Este empezó a caminar frente a sus alumnos.
— ¿Alguien podría recordarme lo que tratamos la semana pasada, por favor? — preguntó sin borrar la sutil sonrisa de su rostro, al tiempo que se dirigía hacia los hombres de brillantes armaduras.
— Comenzábamos a debatir sobre los límites del bien y el mal. — Respondió Aioria con firmeza, mirando con intensidad al joven de cabello lavanda frente a él.
— Gracias, Aioria. Pues bien, la clase pasada comentábamos de hasta dónde terminaba el bien, y quedo abierto a discusión si el mal podría llegar a convertirse en bien…
El ojiverde no pudo evitar notar que cierto peliazul estaba más entretenido en mirar a uno de sus compañeros que a prestar atención al comienzo de la clase, por lo que, ampliando su sonrisa, se dirigió a éste.
— Milo, ¿Podrías decirme qué piensas al respecto?
— ¿Eh…? — El escorpión se sonrojó al ser descubierto mirando al caballero de la onceava casa, por lo que se puso de pie de un brinco, inconscientemente. — Este… creo que sí, que el mal puede llegar a convertirse en bien, Mu…
— Está bien, Milo, pero para la siguiente vez, no tienes que levantarte. — Le dijo con tranquilidad, por lo que el escorpión volvió a sentarse totalmente sonrojado, recibiendo las risas de algunos de sus compañeros.
El pelilavanda se acercó más hacia los dorados, haciendo que involuntariamente, aspiraran el dulce aroma que emanaba. Sus ojos verdes desfilaron ante todos los caballeros, deteniéndose por un instante en un par de gemas azules que parecían brillar con intensidad. Sonrió nuevamente.
— ¿Quién más está de acuerdo? — Preguntó al aire.
DeathMask, Kanon, Saga, Afrodita y Shura levantaron la mano, mientras que Milo estaba dudoso de lo que el mismo había dicho.
— ¿Porqué? — volvió a cuestionar el hermoso lemuriano.
— Por que si se vuelve decisión de una sociedad, el mal se puede transformar en bien, preciosura. — Contestó Kanon, lanzando el halago como si fuese lo más natural del mundo, provocando una mueca de indignación por parte de su gemelo.
— Ah, entiendo tu postura, Kanon pero aún así, no la comparto. — Contestó, ignorando olímpicamente el halago. — Muchas veces empezamos a creer que la moral, o las cosas que la sociedad dice que están bien o mal, es lo correcto simplemente por que vivimos en ella o debemos adaptarnos a ella. Pero hay una frase de un filósofo hindú muy interesante que dice: "No es síntoma de buena salud el estar perfectamente adaptado a una sociedad enferma"… ¿Qué quiso decir?
Les cuestionó a los caballeros, quienes se quedaron pensativos al respecto. En ese momento, un apuesto rubio levantó su mano derecha con firmeza, acaparando la atención de su hermoso maestro.
— ¿Sí, Shaka?... — Le dio la palabra, sin poder evitar sacar una sonrisa más.
— Se refiere a que por más de acuerdo que estén las personas, el mal siempre será el mal. Es como permitir que, en el holocausto nazi, los judíos hubiesen sido asesinados a diestra y siniestra sólo por que la mayoría de los alemanes dijeran que era normal.
— Así es, Shaka. — Las esmeraldas y los zafiros se cruzaron por ínfimos instantes, y el rubio se sintió aturdido en cuanto perdió ese contacto visual. — Como pueden ver, el bien siempre será el bien por sí mismo, el mal siempre será el mal por más que intente disfrazarse de bien, por más delgada que parezca la línea entre éstos.
Todos los que habían levantado la mano se sintieron un poco avergonzados al analizarlo con más profundidad.
— La filosofía nos ayuda a que podamos comprender más allá de lo que la sociedad nos enseña y condiciona. Estudiar la ética, y no limitarnos a quedarnos con la moral es fundamental para hacernos un juicio crítico, verdadero y justo sobre nuestras propias acciones. Creo que es irresponsable el vivir bajo un reglamento que de por sí, consideramos impropio de nuestros principios más humanos.
— Es por eso que no dudaste en huir del Santuario. ¿Verdad Mu? ¡Es decir, Maestro! — Dijo y corrigió el caballero de Tauro con curiosidad.
El pelilavanda sonrió e inclinó la cabeza hacia el suelo, mirándolo mientras reflexionaba.
— Es verdad. En ese momento, comprendí que había cosas más importantes para mi que el honor y el título de lealtad, por que desde el momento en que me doblegara a la mano de lo que otros hombres dijeran que es la justicia, siendo que evidentemente estaban lastimando a otros, me estaría traicionando a mí mismo. Que si bien debemos aprender a ser libres en sociedad, también debemos tener nuestras propias convicciones hacia lo que está bien y está mal.
En esos momentos, Shaka no pudo evitar mirar al blanco mármol del suelo, intentando encontrar aquello tan entretenido que veía Mu en él. Pensó en la forma en la que actuó en esa ocasión, y de lo injustos que habían sido todos con la decisión del carnero. Más de uno se sintió igual que Shaka, por lo que pronto, varias caras largas se empezaron a manifestar en los caballeros. Al darse cuenta, el hermoso ojiverde empezó a reír abiertamente, dejando conmocionados a todos.
— ¡Jajajaja! ¡Por favor, no pongan esas caras! — Les dijo riendo. — No deben de avergonzarse de sus decisiones pasadas, por que al fin y al cabo, es lo que creían correcto en ese momento y nada va a poder cambiar eso. Lo único que podemos hacer es entender que la historia existe para que nunca olvidemos lo que hemos hecho en el pasado, y que por ende, no volvamos a cometer el mismo error.
La frescura de ariano contagió a sus alumnos, por lo que varios sonrieron a la par, todavía un poco sonrojados, pero más tranquilos. Después del incidente, continuaron debatiendo amenamente durante una hora más. Los caballeros dorados sentían una curiosidad hacia aquellos temas filosóficos que rara vez en su vida habían tocado, y el hecho de que el caballero de Aries, un instruidísimo hombre en las artes del pensamiento crítico les estuviese dando temas tan interesantes a tocar, les llenaba de conmoción.
Había pasado un año desde que habían vuelto a la vida, y desde entonces, la tranquilidad que había inundado a la tierra había dado pie a muchos cambios en el Santuario, entre ellos, el hecho de que cada caballero empezase a realizar las actividades que les agradaban, pero que no tenían tiempo de hacer dado a sus deberes como santos.
Algunos se entregaron a practicar algún tipo de arte, a la lectura, a la siembra o cualquier otra actividad que les trajera felicidad. Y curiosamente, el amor también fue una de esas actividades, por lo que pronto el Santuario tenía en su recinto varias parejas formadas por los santos.
Al parecer, todos los caballeros de la orden estaban interesados en conseguir una pareja o enamorarse, puesto que era algo que antes no habían tenido el lujo de poder hacer. Pronto se vio a DeathMask caminar a lado de Afrodita, acompañándolo en sus quehaceres de jardinería o simplemente contemplándolo con una mirada cargada de sentimientos.
Ni qué decir de Camus y Milo, ese par era sin duda el más evidente del Santuario. Caminaban de la mano, se besaban continuamente sin reparo alguno en los espectadores, dando pie a espectáculos sumamente tiernos, lo que provocaba sonrisas por todos lados.
Y en cuanto al Patriarca Shion y Dhoko de Libra… está de más dar detalles. Después de más de doscientos años esperándose, era natural que corriesen a los brazos del otro después de la vida que les había sido otorgada nuevamente.
El caso de Aioria era evidente. Estaba profundamente conmovido por cierto ariano de cabello lavanda, cosa que no pasaba desapercibido por nadie, y al parecer tampoco por el mismo carnero. Por otra parte, había algunos dorados más que discretamente se coqueteaban, pero parecía ser que todos habían tomado a una persona en especial.
A excepción de Shaka, claro está, que si bien era un hombre dedicado a la meditación y costumbres budistas, no había en realidad un motivo por el cual no develara sus deseos íntimos, ya que había algunas personas, entre ellas la mismísima Athena, que aseguraban que el estoico semidiós también estaba propenso a pasar por una experiencia amorosa. Pero por precaución a no meterse con la vida de un volátil semidiós, nadie indagaba en ello.
Pero había un caso muy especial en el Santuario, uno que nadie podía decir que esa persona estaba también flechada por el amor hacia otra persona, y ese era el del precioso guardián de la primera casa Zodiacal.
Porque si había algo que aquel hermoso lemuriano amaba más que a nada, era la filosofía. Y ese amor le había evocado a amar también cosas como la ciencia, la astronomía y las artes. Era un hombre enamorado del pensamiento, de la inteligencia y la reflexión, y una vez cumplido su deber como caballero, no tenía ojos para nada más. Por ende, solicitó permiso a su diosa para instalar una especie de escuela de filosofía en su casa zodiacal, en donde podía acudir todo el que quisiera sentarse un rato a conversar y pensar, para así intentar que el pensamiento crítico se infundiese en las nuevas generaciones.
La diosa, incapaz de negarse a tan filantrópica petición, aceptó, por lo que prontamente, la casa de Aries estaba llena de aprendices que deseaban instruirse en las artes del pensamiento, y Mu, gustosamente, fungía como maestro.
Poco a poco, el interés se fue esparciendo por los caballeros dorados, que incitados por la curiosidad, comenzaron a ir a las dichosas clases. Los primeros en acercarse fueron Aioros y Aioria, el primero por que siempre le interesaban las ideas nuevas, y el segundo por su natural atracción por todas las cosas que hacía el hermoso caballero de cabello lavanda. Poco a poco, otros caballeros se les unieron, incluyendo al retraído de Shaka, que por arte de magia se había aparecido a media clase, una vez aceptando que le interesaba escuchar de la filosofía que tanto hablaban los demás, y eso que al principio se negaba rotundamente a entrar en aquel ágora moderno.
Mu consideró prudente hacer un grupo separado que incluyera únicamente a los caballeros dorados, por lo que una vez a la semana, los recibía alegremente para impartirles la clase filosófica, por lo que poco a poco, se fue volviendo una costumbre amena.
Y más para cierto rubio, que a cada que miraba a ese hermoso lemuriano hablar, expresarse y filosofar, sentía un extraño y palpitante calor en su pecho. Sin duda, le admiraba profundamente, puesto que nunca había conocido a nadie que estuviese tan desapegado al mundo material, inclusive más que él mismo, considerado un iluminado.
El cómo el lemuriano había llegado a tal estado, sin perder una pizca de humano, era algo que le intrigaba demasiado.
La clase dio a su fin, por lo que el ojiverde despidió a todos sus alumnos cálidamente, con esa usual gentileza y sencillez que le caracterizaban. Los dorados fueron desalojando la sala, contentos al sentir que una vez más, habían indagado en sus propias consciencias.
Mu se giró para tomar sus libros del pedestal en donde los había dejado, sin darse cuenta de que una persona había permanecido en el ala del patio. En cuanto se giró, se topó con un par de ojos zafiros que lo contemplaban detenidamente.
— ¡Shaka! ¿Pasa algo? — Le preguntó dulcemente.
— No es nada importante, Mu, solamente quería saber si estarías ocupado ésta noche.
— ¿Hoy? Al parecer sí, se me ha convocado en el recinto del patriarca por asuntos que dicen ser, me conciernen bastante.
— Entiendo. — Contestó el rubio, un poco decepcionado.
— ¿Puedo saber el porqué de tu pregunta? — se le dirigió el pelilavanda con una ligera sonrisa, acercándose al rubio y dejando poco espacio entre ellos. El rubio inclinó un poco la cabeza para poder hacer contacto con los ojos esmeralda del frágil lemuriano, experimentando nuevamente esa sensación de admiración, pero ahora por la delicada belleza que desprendía el guardián de Aries.
— Solamente quería que me instruyeras un poco acerca del movimiento de la constelación de Virgo. Estoy inducido en unas meditaciones que requieren sincronización con ella, y me hubiera agradado que me ayudaras a no cometer un error en ello gracias a tus amplios conocimientos.
— ¡Oh, Shaka! ¡Cuánto lo siento en verdad! Me gustaría muchísimo ayudarte el día de hoy, pero como sabes este asunto me ha surgido imprevistamente. — Le respondió con tristeza.
— No te preocupes, caballero, comprendo tu situación. Aún así te agradezco tu atención. — Le respondió el caballero de Virgo, ocultando a la perfección el desaire que sentía. Estaba a punto de dar vuelta, cuando sintió que el hermoso lemuriano le tomaba la mano.
— Shaka, ¿Crees que pueda ayudarte el día de mañana? Hoy me es imposible, pero con muchísimo gusto lo haré la noche que viene, por favor, dime que sí. — Le pidió suplicante, al tiempo que se acercaba más a él sin soltarle. El rubio sintió que un carmín inundaba sus mejillas ante el apolíneo ojiverde.
— Por supuesto Mu, me sentiría halagado de ello. — Le respondió el semidiós con una ligera sonrisa en el rostro, al tiempo que sujetó con sus dedos la mano del lemuriano, sintiéndose embelesado por la cercanía.
En eso estaban, cuando unos pasos resonaron en el ala del patio, dando por enterado la llegada de varias personas. Shaka se separó de inmediato del dulce lemuriano, quien giró su cabeza hacia la entrada del recinto y sonrió ampliamente.
— ¡Maestro, hemos llegado!
Le gritaron unos jóvenes aprendices de caballero, quienes llegaban eufóricamente al ala. En cuanto vieron al caballero de Virgo a su lado, se inclinaron en señal de respeto, siendo correspondidos por éste con un leve asentimiento de cabeza. Los chicos tomaron asiento, ansiosos de empezar.
Shaka entendió que era hora de retirarse, así que se despidió brevemente del lemuriano y partió.
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Ya atardecía, por lo que el caballero de Virgo se encontraba estoicamente meditando sobre su flor de loto. Hacía apenas una hora que el caballero de Aries había transitado por su casa, por lo que ya debería estar arriba en el templo Patriarcal.
El rubio se la había pasado pensando en la clase de filosofía de ese día, repasando en su mente una y otra vez los conceptos del bien y el mal que le había enseñado el lemuriano, sin poder evitar de vez en cuando, rememorar los suaves rasgos de su rostro y el dulce tono de su voz.
En verdad que admiraba a ese hermoso ser. Tan inteligente, tan sublime y bendecido con una belleza incomparable, adornado con esa sencillez y bondad que lo hacían tan único. En definitiva, el caballero de Virgo estaba conmovido por Mu de Aries de formas que jamás creyó posibles. Pero tampoco era ciego, el sabía perfectamente que no era el único embelesado por su ser. Más de una vez había visto a Aioria coquetearle sutilmente después de las clases, y qué decir de la forma en la que le miraba.
Pero si de algo estaba seguro el hermoso rubio, es que el corazón de Mu le pertenecía únicamente a la filosofía. Cosa que, misteriosamente, le daba una extraña sensación de alivio a su corazón. Por alguna razón prefería ver a ese hermoso ser así, siendo inalcanzable para todos, inclusive para él.
Shaka lo admiraba, de eso no cabía duda, aunque a veces el rubio sentía que era mucho más que admiración lo que tenía por el joven filósofo. Temía aceptarlo dado a que sabía que encontraría frente a sí, una barrera inquebrantable.
Estaba sumido en sus pensamientos, cuando sintió un cosmos insistente retocar en la entrada de su templo. El caballero llamó a su cloth dorada, e invistiéndose en ella, salió al pórtico de la sexta casa.
Sorprendido, vio a un hombre vestido con una extraña armadura plateada en la entrada del recinto. Sus cabellos eran largos y negros, mientras que sus ojos eran de azul profundo y contaba con un aire de galanura. Su edad debía rondar los treinta años.
— ¿Quién eres tú y con qué osadía te presentas hasta éste templo sagrado? — Preguntó el rubio con desconfianza, puesto que nunca había visto un hombre con una armadura así, y se le hacía sumamente extraño que hubiese llegado hasta su templo sin problemas con las casas de abajo.
— Mi nombre es Anatole, Hijo del rey Efesias de oriente, y he venido aquí con el explícito permiso del Patriarca. He aquí el pergamino que me otorga el paso entre las casas sagradas.
Le contestó con voz firme y ronca, a la vez que le mostraba una carta con el sello del Patriarca que, efectivamente, afirmaba que tenía permiso para transitar. Al darse cuenta de la veracidad de esto, el rubio no tuvo más opción que dejarle pasar, escoltándolo hasta la salida en un mutismo absoluto.
Había escuchado del reinado de Efesias, un semidiós, pero nunca creyó que su mismísimo hijo se presentaría en el Santuario de Athena en ésta encarnación. Vio alejarse al visitante, al tiempo que se preguntaba si el asunto que concernía a Mu esa noche tenía que ver con ello. Sin darle más vueltas al asunto, decidió regresar a su meditación, o ensoñación, en mejores palabras.
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A la mañana siguiente, todos los caballeros dorados se encontraban reunidos en el comedor del recinto Patriarcal para concurrir con su usual desayuno colectivo. Generalmente se servían platos de fruta, comida mediterránea típica y un que otro alimento dulce para los de paladar más exigente.
Todos estaban presentes disfrutando de tan deliciosa comida, a excepción de cierto pelilavanda que brillaba por su ausencia. Movido por una innata curiosidad, Shaka se dirigió respetuosamente al Patriarca, acercándose hasta su silla donde comía tranquilamente a lado de Dhoko.
— Su alteza, perdone el atrevimiento pero, ¿Dónde se encuentra su discípulo? Ya es algo tarde y me parece que sería una descortesía servir su plato si no acudirá a nuestro desayuno.
El peliverde le miró detenidamente, sintiéndose algo ofuscado por la pregunta, en tanto que Shaka se sintió un poco perturbado ante la extraña mirada del Patriarca.
— Mu no podrá acompañarnos ésta mañana, Shaka. Al parecer se sentía un poco descompuesto después de la cena de ayer, y prefirió descansar un poco más en su templo. — Respondió con seriedad.
— Entiendo querido Patriarca, Muchas gracias. — Le respondió el rubio con una reverencia.
— ¿Sabes? Creo que no le caería mal comer aunque sea un poco de fruta, ¿Podrías hacerme el favor de llevarle un plato después de que desayunes?
Le dijo el peliverde con un poco de resignación, volviendo a comer su desayuno. Shaka sintió sus mejillas arder por una extraña razón, pero supo que debía obedecer al peliverde, por más fuerte que latieses su corazón al saber que vería al lemuriano menor postrado en su lecho.
Un rato después, Shaka iba bajando por los templos, cargando en sus manos un recipiente de madera que contenía un poco de miel y fruta. Meditaba, tratando de sacarse de la cabeza las extrañas ideas que le acudían cada vez que pensaba en su compañero Ariano.
En eso estaba, cuando de repente se topó con un apresurado Aioria, quien parecía estar un poco furioso. El león había bajado a los templos mucho antes que Shaka, por lo que parecía ser que ya estaba de vuelta.
— Ten cuidado, corriendo así te puedes tropezar. — Le recomendó el rubio, a lo que el castaño se giró hacia él y le miró furibundo.
— ¡No tengo tiempo para eso! ¡Tengo que ir a hablar con el Patriarca ya mismo! — el rubio se desconcertó por lo agitado que estaba el león, parecía ser que un asunto grave había pasado templos abajo como para tenerlo así.
— ¿Qué es lo que ha pasado, Aioria?
— ¿Qué no lo sabes? — le preguntó con los dientes apretados —¡Para estar tan embobado con Mu, no pareces tener la más remota idea de lo que pasa!
— ¡Habla ya y déjate de rodeos, caballero! — le ordenó el ojiazul, notablemente cabreado por las palabras de Aioria, a lo que éste se limitó a mirar el suelo y estrujar sus puños con fuerza.
— Anoche, Anatole, Hijo del rey Efesias vino hasta el Santuario para pedir su mano.
Después de esas palabras, sólo se escuchó el golpe seco de un recipiente golpear los escalones de piedra, y después, múltiples pasos que corrían hacia arriba.
— ¡Patriarca, exigimos una explicación! — Gritó el caballero de castaña melena una vez que ambos llegaron a la sala del Patriarca. Aioria estaba notablemente desesperado ante un serio e inmutable Shion.
— ¿Y exactamente qué explicación es la que me están pidiendo, caballeros? — Les contestó con seriedad, un tanto perturbado ante la abrupta entrada de Shaka y Aioria a su recinto.
— ¡¿Cómo ha sido capaz de entregarle la mano de Mu al hijo de Efesias?! ¡Es inconcebible!
Vociferaba el león, incapaz de controlarse, en tanto que el rubio presionaba sus puños con fuerza, intentando contener la ira que le invadía, los deseos que tenía de estrangular al lemuriano frente a él por haber entregado a un ángel tan hermoso e inalcanzable a un hombre que ni siquiera conocía y que, seguramente, no merecía.
La ira de Shion no se hizo esperar.
— ¡Bestias! — gritó encolerizado, haciendo que ambos caballeros diesen un paso atrás — ¡¿Cómo osan siquiera insinuar que yo entregaría a aquel que es casi mi hijo a un hombre que no ama?! ¡Es un insulto a mi amor paternal por Mu!
Les gritó, dejándolos mudos. Después de unos breves instantes, el peliverde se serenó. Miró con seriedad a ambos, dándoles la espalda y caminando a su trono, para finalmente, sentarse en él notablemente cansado.
— Es verdad que anoche, Anatole vino a pedir la mano de Mu. Siendo su maestro y sumo protector, es natural que sea el reemplazo de un padre para él, por lo que la autoridad de entregarlo me concierne a mí.
— ¿Cómo es posible? ¡Mu ya es un hombre! ¡No puede ser tratado como un niño al que se le puede cortejar de formas tan medievales!
— Si cierras la boca y me dejas continuar, Aioria, se resolverán tus dudas. — El ojiverde no pudo evitar callar, molesto por la forma en la que le hablaba el Patriarca.
— Mu es un lemuriano, descendiente de las razas más antiguas y la estirpe más sagrada de nuestro pueblo y como saben, somos los últimos de nuestro legado. Hombres de todas las tierras han querido conquistar a los lemurianos que cuentan con la gracia que tiene mi amado discípulo. No sólo están dotados de belleza, sino de una inteligencia capaz de indicar cómo gobernar adecuadamente.
El silencio era absoluto, y las miradas expectantes de ambos caballeros le dieron pie a Shion para que continuase.
— Ayer nos dimos cuenta de que las cualidades de Mu han traspasado las fronteras de éste Santuario, llegando a tierras tan lejanas como los dominios de un semidiós como Efesias. Su inteligencia, su profundo amor por la ciencia y la filosofía han sido llevadas junto con una descripción intachable de su sublime belleza a los oídos de varios hombres y encarnaciones de ésta época. Por lo tanto, estoy seguro de que Anatole no será el último en querer tomarlo como compañero.
Shaka y Aioria tenían los ojos abiertos de par en par, incapaces de creer lo que sus oídos escuchaban.
— Mu es capaz de reunir todas las características para generar un reinado perfecto. Es natural que los hombres y semidioses más poderosos de ésta era quieran tenerlo a su lado.
— ¡Dioses! — Shaka se cubrió los labios con la mano, sumamente impresionado por lo que acababa de escuchar. Los dones de aquel filósofo sin duda siempre le sorprendían, pero ésta vez, era abrumadora la realidad que habitaba en el hermoso ojiverde. Sin poder contenerse, Shaka corrió hacia Shion y se arrodilló ante él.
— ¡Por lo que más quiera, santísimo Patriarca! ¡No permita que ningún hombre indigno tome posesión de él! ¡Se lo suplico, que aquella persona que sea digna de tomar a Mu a su lado sea la que él mismo escoja!
Shion sonrió, al tiempo que colocaba su mano sobre el hombro del ojiazul.
— Shaka, soy incapaz de ligar a Mu con cualquier hombre sobre ésta tierra. — El semidiós le miró, levantando su rostro abruptamente. — No podría. Tú y yo sabemos que la filosofía y la ciencia son el único amor verdadero de mi amado discípulo. El es un espíritu que anhela y ama ser libre, encadenarlo a un hombre sería condenarlo a una vida de tristeza y no tengo corazón para hacer tal cosa.
El rubio bajó el rostro, contemplando el suelo. Las palabras de Shion le traían un alivio verdadero, pero también en ellas, existía algo que le traía un rastro de inevitable dolor. El saber que Mu era incapaz de amar otra cosa que no fuese la libertad y el pensamiento, le empezaba a doler en lo más profundo de su ser, aunque fuese incapaz de aceptarlo.
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Esa misma noche, el hermoso lemuriano había cumplido su palabra. Ambos caballeros se encontraban sobre el tejado de la casa de Virgo, contemplando los astros con un telescopio fabricado por el ojiverde. Una pequeña lámpara yacía en una mesa de madera que habían instalado para colocar papiros y mapas, junto con una jarra de agua fresca, mientras que millones de estrellas inundaban el cielo.
— Mira, ¿Ves esa otra estrella más al sur? Es azul y va en dirección contraria a la cola de Virgo, señal de que rota en un plano distinto. — Le dijo el ojiverde al tiempo que le señalaba el cielo con su dedo.
— Ahora lo veo, con razón sentía la vibración demasiado lejos. — Le respondió el semidiós, sonriendo ligeramente y perdiéndose el los ojos esmeralda del pelilavanda.
Disimuladamente, miraba por el rabillo del ojo a su hermoso instructor. Esa noche, Mu había optado por usar una ligera túnica color vino que dejaba ver sus hombros, acompañándose de unos pantalones negros muy pegados a su cuerpo, haciéndolo ver radiante, sin olvidar esa arracada en su oreja derecha. En cambio Shaka, usaba una blusa blanca que resaltaba el color de sus dorados cabellos y lo hacía ver como el bello semidiós que era. Ambos se encontraban muy cómodos, contemplando el paisaje estelar y compartiendo esos momentos.
Después de un rato de estar estudiando la constelación, Shaka tomó valor para hablarle a Mu sobre sus inquietudes, puesto que desde que había dejado el recinto del Patriarca esa mañana, no había podido pensar en otra cosa.
— Mu.. — Le llamó suavemente, a lo que el pelilavanda le miró con aquellos enormes ojos que brillaban bajo las estrellas, haciendo sentir a Shaka un agradable cosquilleo.
— ¿Sí?
— Hoy en la mañana, me he enterado de la situación que te concierne… respecto a las propuestas para pedirte. — Le dijo el caballero seriamente, mirándolo fijamente. El lemuriano parecía sorprendido. — Sé que no debería inmiscuirme, pero… realmente me gustaría saber cómo te sientes, y apoyarte en todo lo que me sea posible.
Mu comprendió las sinceras intenciones de Shaka, y se sintió agradecido de tener alguien a su lado que pareciera estar dispuesto a apoyarlo en su situación. El ojiverde se acercó y tomó entre sus dos manos una del rubio, haciéndolo con ternura.
— Muchas gracias, Shaka. — Le dijo con los ojos brillantes. — Tus gentiles atenciones son invaluables para mi, pero quiero asegurarte que será sencillo rechazar las propuestas de aquellos hombres que vengan de tierras lejanas, puesto que tengo a mi maestro y a Athena para respaldarme. Lo difícil será cuando tenga que rechazar a alguno de mis compañeros de batalla...
Shaka sintió una opresión en su pecho al escuchar al lemuriano, por lo que dio un paso hacia atrás, inconscientemente, aunque sin romper el contacto del ojiverde.
— ¡Mu! ¿Eso es lo que más te inquieta? ¿Cómo puedes estar seguro de que van a pretenderte nuestros propios camaradas, conociendo lo que desea tu corazón? — Le preguntó, ocultando la angustia en su garganta.
— Shaka, mi valiente Shaka. — Le respondió, sonrojando al rubio con la dulzura de sus palabras. — Puedo pecar de gentil, pero jamás de ingenuo. Sé a la perfección que hay camaradas nuestros que están buscando la forma de pretenderme, y ahora que hombres de otras tierras han empezado a hacerlo, se sentirán presionados a hacerlo. Y realmente lamento, desde el fondo de mi corazón, el tener que rechazar a todo noble corazón que busque el mío.
El contacto entre sus manos se rompió. Shaka contempló la delgada silueta del lemuriano, quien caminó hasta el borde del techo y colocó sus brazos en la barda del mismo. El rubio se colocó a su lado, admirando el delicado perfil del pelilavanda, remarcado por la luz de la Luna.
— Dime, Mu, ¿Por qué no deseas amar a un hombre? ¿Qué es lo que te orilla a rechazar el afecto de aquellos que se sienten conmovidos por ti? — Preguntó, intrigado y deseoso de conocer la respuesta.
El precioso lemuriano sonrió sutilmente, mirándolo con esos enormes bosques que habitaban en sus ojos. Se despegó de la barda y caminó hacia otra orilla del techo del templo, una que no tenía barda. Suspirando, apuntó hacia el cielo repleto de estrellas y habló.
— Mira allá arriba, Shaka. ¡Qué esplendor! Hay personas que mueren cada día creyendo que han visto lo más hermoso del mundo en el dinero, en las posesiones, en la carne, cuando jamás han podido girar sus ojos al cielo y darse cuenta de lo diminutos que somos. La ciencia nos enseña cosas tan maravillosas todos los días, haciéndonos ver lo poco que sabemos inclusive de nosotros mismos. Hay hombres que mueren creyéndose exitosos, cuando jamás se han preguntado así mismos qué es ser libre, que jamás han saboreado las delicias de reflexionar sobre los motivos por los cuales existe y vive, que jamás han sido capaces de cambiar lo que son, sólo por que los demás le han dicho lo que debe de ser.
— Mu… — Susurró el rubio, embelesado ante sus palabras.
— Jean Paul Sartre decía que un hombre es, lo que hace con lo que han hecho de él... yo quiero encontrar mi verdadero ser, no aquel que está condicionado por su deber, ni por el amor de otros, ni por sus instintos. Quiero saber quién soy y hacia dónde me dirijo, por que jamás he probado un elixir más delicioso que el de la verdadera libertad. Y quiero que esa libertad me lleve a la entrega absoluta.
— Mu… ¿Es acaso que no deseas amar? —
Le preguntó el caballero de Virgo, intrigado ante las sublimes palabras del ojiverde. Mu se giró hacia Shaka y le sonrió ampliamente, extendiendo sus brazos a los lados, como mostrándole el vasto campo que era el Universo tras de él.
— ¡Por supuesto que amo, Shaka! ¡Jamás había amado tanto en toda mi vida! — Exclamó, jubiloso. — Pero mi amor no está destinado a una sola persona, sino a todos y cada uno de los seres que habitan éste planeta. Amo a mis hermanos y hermanas, amo a cada animal o ente y por ello quiero trasmitir, mediante la filosofía, la filantropía y la compasión, el amor que siento por ellos, para que también sientan el deseo de dar todo de sí para transformar a éste mundo frío y desolado en un sitio lleno de hombres verdaderamente libres. ¡Quiero verlos libres, capaces de despegarse del mundo material y amar lo que son, no lo que los demás quieren que sean!...
Mu bajó los brazos, suspirando.
— El hombre sufre por que percibe la dualidad, amado caballero. Por que ve un tú y un yo, por que ve un amante y un amado, por que ve una persona y por que ve otra. El día en que el hombre vea uno en todos, y en todo, entonces dejará de sufrir.
Satisfecho y con una sonrisa imborrable en su rostro, Mu le dirigió una de sus más brillantes miradas, cristalizadas ante el pensamiento de que la absoluta libertad llevaba irremediablemente al verdadero significado del amor. Shaka le contempló, fascinado ante la belleza que desprendía el hermoso ojiverde, bajo un cielo repleto de estrellas que le iluminaban y lo hacían ver como un ser que sobrepasaba la esencia misma del cosmos. No era un dios, ni un ángel, ni un ser divino, era algo mucho más allá de todo eso. Era un hombre verdaderamente libre. Y Shaka jamás había conocido algo más bello que eso.
— Esa es, querido Shaka, mi única verdad. — Le dijo finalmente, para darle la espalda y seguir contemplando las estrellas, extasiado ante la belleza de ésas.
— “Y mi verdad eres tú, amado mío. Estoy perdidamente enamorado de ti…” — Se dijo Shaka así mismo, mientras veía cómo un cometa pasaba sobre la cabeza de un contemplativo ojiverde, dándose cuenta de que tenía frente a sí al ser más sublime que la naturaleza había puesto en su camino. Eso era para él, amor.
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El Patriarca había estado en lo cierto. Varias semanas habían pasado desde la visita de Anatole, y todos los días desfilaban ante las doce casas, hombres de distintos rangos y procedencias importantes. Todos con la intención de pedir la mano de aquel hermoso lemuriano que, poco a poco y gracias a su fama digna de la envidia de los sabios, fue siendo conocido como la reencarnación de Hipatia, una sobresaliente mujer griega del Siglo V, conocida por sus amplios conocimientos de astronomía, matemáticas y filosofía, quien desafió los estándares de la época para convertirse en la cabecilla de la escuela de Athenas.
El joven seguía dando clases regularmente en el Santuario, sintiéndose feliz de seguir compartiendo sus, a su forma de ver, limitados conocimientos. Mu quería que sus aprendices fuesen mejor que él, por ende siempre los desafiaba a cuestionarlo a él y a sí mismos, haciendo que su reputación de filántropo se expandiese rápidamente. Aunque llegó un punto en que, las visitas de cortejo eran tan frecuentes, que empezaban a quitarle el tiempo que gustaba usar para sus fines altruistas, y por ende, a veces se sentía angustiado por ello.
Y Shaka también lo resentía, puesto que era capaz de percibir cómo los ánimos del lemuriano caldeaban, nunca durante las clases que daba a los dorados, pero sí después de éstas. Un día, el rubio decidió que era suficiente. No iba a permitir que aquel joven que amaba con tanta intensidad, fuese presa de la presión del resto de los hombres, por lo que decidió interceder por él.
Se encaminó con paso firme hasta el recinto del patriarca, habiendo pedido previamente una cita con el peliverde. En cuanto estuvo delante de éste, se posó sobre su rodilla, haciendo una reverencia a su santidad.
El lemuriano le miró con curiosidad, pudiendo percibir el aura del rubio un tanto tensa.
— ¿En qué puedo servirte, caballero de Virgo? — Le preguntó suavemente, a lo que el ojiazul alzó el rostro con firmeza, endureciendo su temple.
— Shion, quiero hacerte una petición que sé tu discípulo es incapaz de hacerte. — El peliverde de repente se sintió intrigado.
— ¿Y se puede saber qué es, caballero? Algo así debe ser tan importante como para que mi aprendiz se sienta cohibido para decírmelo. — Shaka alzó el rostro, sembrando en él una dureza impenetrable.
— Por favor, no permita que más hombres vengan a cortejarlo, gran Patriarca. — Shion abrió los ojos de par en par ante la petición del caballero de la Virgen.
— ¡Shaka! ¿Cómo puedes pedirme semejante cosa? Tú sabes que cerrar las puertas del Santuario a los visitantes de tierras lejanas sería una descortesía, pondría en peligro nuestros tratados de paz con los reinos de los semidioses.
— ¡Lo sé, Patriarca, lo entiendo perfectamente! — Shaka se puso de pie abruptamente, sorprendiendo al lemuriano. — ¡Pero soy incapaz de quedarme sin hacer nada un minuto más!
— Shaka… — susurró el Patriarca, desconcertado. — ¿Qué te orilla a obrar así, tan desobediente a los mandatos que te doy?
— Mi señor, Mu está cada vez más angustiado por toda ésta situación. Las constantes visitas de cortejo lo están agotando, y ciertamente me preocupa ver cómo empieza a sentirse ofuscado por ello. Por favor, le pido de la manera más atenta que cese los permisos para entrar a las doce casas con ése motivo, si lo cree necesario, yo mismo custodiaré desde la entrada del recinto para evitar el paso y hacer entender el mandato. ¡Por favor, se lo suplico!
Shion sintió la ligera desesperación en el cosmos del caballero de Virgo, quien a pesar de no abrir los ojos, podía hacer ver al Patriarca su preocupación sincera. El lemuriano suspiró, al tiempo que caminó hacia Shaka.
— Shaka… ¿Por qué estás haciendo esto? ¿En qué le concierne al caballero más cercano a los dioses, lo que ocurra con Mu de Aries?
Esta pregunta descolocó al rubio, quien se sintió totalmente expuesto ante el peliverde. Sin más remedio, se vio obligado a sincerarse con él.
— He sido profundamente conmovido por su discípulo, gran Patriarca. — El ojirosa abrió los ojos de par en par ante la nítida confesión — y me duele profundamente el ver el agobio que sufre su espíritu. Mi corazón se desborda de amor por él, y por ende, soy incapaz de quedarme inmutable al ver que la preciada libertad de mi amado se tambalea. Por ello he venido hasta acá para hacerle ésta petición.
Shion no sabía que decir. Ciertamente, no se esperaba esto, y mucho menos viniendo de un ser tan orgulloso como lo era Shaka de Virgo.
— Shaka, si te interesa tanto Mu, ¿Por qué no has decidido pedir su mano, como lo han hecho otros? — preguntó con interés.
— ¡Patriarca, no podría! — Le contestó efusivamente, ofendido. — Mu merece ser libre y no vivir atado a nadie, usted mismo lo ha dicho, y tengo la fuerte convicción de quedarme a su lado apoyándole y confortándole en todo lo que necesite, pero nada más, puesto que me doy por bien servido si él es feliz así.
Shaka sabía que él podía terminar las visitas tan molestas de tantos pretendientes, si se decidiese a tomar a Mu él mismo. Sabía que el corazón del lemuriano era tan aferrado al amor por su libertad, que si le exponía sus motivos y las ventajas, accedería. Pero el rubio simplemente no tenía corazón para ello.
Shion no pudo evitar sonreír, sintiéndose tranquilo al saber que un hombre como Shaka amaba a tal magnitud a su querido aprendiz. Lamentablemente, había cosas que él no podía evitar, ni con el poder que tenía sobre el Santuario.
— Shaka, entiendo tus intenciones, pero no es posible acceder a lo que me pides. Sabes que la paz es algo muy delicado, y mantenerla es nuestra prioridad. No obligaremos a que Mu sea tomado por nadie, pero no podemos evitar que vengan a buscarlo, por más insistente que esto sea. Él debe aguantar, estoy seguro que con el tiempo, sus pretendientes comprenderán que no cederá ante nadie.
El rubio llenó su rostro de frialdad al momento de dirigirse al Patriarca, notablemente decepcionado.
— Comprendo…
— Realmente lo siento, Shaka.
El rubio se limitó a asentir, al tiempo que se ponía de pie y hacía una última reverencia. Conservando su semblante estoico, abandonó el recinto, sintiéndose interiormente frustrado por no haber logrado su cometido. Al salir al pórtico del templo superior, estaba tan perdido en sus pensamientos que se sobresaltó al sentir un agradable aroma lavanda inundarle. Abrió sus ojos sin dudarlo.
— Mu…
— Buenos días, Shaka. — le respondió dulcemente el lemuriano frente a él, quien cargaba unos cuantos papiros y libros. — Veo que vienes de con mi maestro, espero y todo éste bien.
El rubio se limitó a guardar silencio, contemplando con infinita tristeza al ser tan bello delante de él. Era tan insoportable para Shaka verlo sufrir, que el sólo pensar que sin duda el día de hoy tendría que rechazar a otro pretendiente, le estrujaba el alma.
— Todo está bien, Mu. — Le dijo el rubio, al tiempo que tomaba la suave mano del ojiverde, para depositar un sutil beso en ella. — Que tengas buen día.
Le dijo sin más, marchándose rápidamente y dejando a sus espaldas al pelilavanda. Mu se sintió abatido por éste gesto, aunque extrañamente halagado.
— Shaka… — susurró sutilmente, en tanto se reponía para entrar al recinto del Patriarca, dispuesto a ayudarle a su maestro como ya acostumbraba.
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Una mañana cualquiera, los dorados se encontraban reunidos en el sitio acostumbrado para tomar sus clases filosóficas. Era un fresco día y el cantar de las aves adornaba el ambiente. Su maestro lucía radiante como siempre, y sobre todo a ojos de cierto rubio que ya no podía dejar de contemplarle. Estaban entremetidos en un apasionado debate sobre instintos humanos, cuando de repente, el caballero de Leo se puso de pie abruptamente, sorprendiendo a todos los presentes. El dulce lemuriano miró perplejo al castaño, temiéndose lo peor.
— Mu, creo que después de darme cuenta de que de otro modo seguirías evitándome, quiero que me des la respuesta que he estado pidiéndote desde hace semanas, aquí y ahora.
Exigió de repente el ojiverde. Todos los dorados guardaron silencio, en tanto que Shaka miraba expectante el acontecimiento, sintiendo que sus uñas se clavaban en sus propias palmas al presentir a dónde se quería dirigir Aioria. El pelilavanda suspiró profundamente, cerrando sus ojos en un gesto de cansancio. El castaño había aprovechado la clase, sabiendo que el lemuriano no podría dejarlo varado frente a todos sin una respuesta.
— Aioria, mi querido caballero… de verdad agradezco tus intenciones. — Le dijo en tanto se acercaba a él y colocaba su mano en su mejilla, ante un especialmente sorprendido Shaka. — Pero tienes que entender que soy todo menos lo que tú has osado decirme que soy. Un ser puro, sabio y lleno de dones es en definitiva algo a lo que aspiro, pero también algo que no soy en absoluto. Quiero que entiendas que mi corazón no le pertenece a nadie, y que por ende es incapaz de amarte a ti, a un caballero tan noble y sacrificado. Eso me convierte en un ser aborrecible, indigno de tus atenciones.
Le dijo con una sonrisa melancólica, al tiempo que bajaba su mano y le daba la espalda al caballero de Leo, caminando hacia el interior de sus aposentos.
— La clase ha terminado.
Susurró, a lo que inmediatamente, todos los presentes se levantaron y salieron presurosos, dejando en el ala a un conmocionado Aioria, quien miraba el suelo con los ojos cristalizados, dolido, pero resignado. En cambio Shaka sentía una terrible opresión en su pecho.
Los días seguían pasando, y a cada amanecer, el caballero de Virgo se sentía más conmovido, y a la vez más angustiado por la situación de su amado Ariano. Desde que le había besado la mano en aquella ocasión, Mu le había permitido romper un poco la barrera entre ellos, pero siempre manteniendo una prudente distancia. Cada vez, Shaka aprovechaba para saludarlo de la misma manera, empezando, sin siquiera pretenderlo, un discreto cortejo que no pasaba por alto por el pelilavanda.
Pero una tarde, todo cambiaría radicalmente para ambos.
Shaka se introducía en el templo del carnero, dispuesto a llegar al suyo después de haber entrenado en el coliseo durante toda la jornada matutina. Estaba a punto de llamar al guardián de Aries, cuando sintió el cosmos del ojiverde vibrar con tristeza desde el interior.
Shaka corrió hacia donde percibía el aura, encontrando a su hermoso anhelo sentado en el suelo del templo, con un cántaro roto a su lado, del cual emanaban pequeños riachuelos de agua.
— ¡Mu!
Le llamó, pero el ojiverde no respondió, tan sólo se quedó mirando el suelo, con su blanca túnica mojada debido al agua derramada. Shaka se acercó a él y le tomó de la barbilla, haciendo que lo mirara. El sexto guardían sintió que se asfixiaba al ver unas sendas lágrimas en los ojos del lemuriano.
— ¡Por Athena! ¿Qué es lo que te pasó, querido Mu? — Le preguntó angustiado, recibiendo como respuesta un sollozo por parte del ariano, quien inclinó su cabeza hacia el suelo y apretó sus párpados con fuerza.
— ¡Shaka! ¿Por qué las cosas deben de ser así? — le preguntó entre sollozos, al tiempo que recargaba su cabeza en el pecho del rubio. — ¿Por qué los hombres son tan egoísta como para someter a otros a lo que desean? ¡Es tan injusto! ¡Tan inmoral!
Shaka no entendía lo que ocurría, por lo que sólo atinó a rodear con sus brazos al hermoso ángel. Pudo notar que en el regazo del joven pelilavanda había una carta arrugada y húmeda. El ojiazul la tomó y empezó a leerla, descubriendo en ella la razón por la cual su adorado Mu sufría tan desconsoladamente.
— Cabrón… esto no puede ser, ¡Apolo, hijo de puta!
Bramó el rubio encolerizado. En aquel fino pergamino se escurrían unas palabras malditas, las cuales estaban destruyendo todos y cada uno de los anhelos del adorado lemuriano. En esa carta, había una amenaza de Apolo, dios del Sol… si el joven lemuriano no era tomado por nadie en el transcurso del siguiente ciclo Lunar, él mismo vendría a hacerle suyo. Y si osaban contradecirle, la delicada paz que había entre la diosa Athena y él cesaría definitivamente.
Shaka no cabía de coraje ante lo que leía.
— ¿Qué voy a hacer ahora, Shaka…? — se lamentaba el lemuriano. — Soy incapaz de poner en peligro la paz por la que tanta sangre se ha derramado… pero el precio, ¡Es tan alto que no puedo soportarlo!
El rubio miró aquellas preciosas esmeraldas llenarse de un dolor indescriptible, sintiéndose desfallecer ante el cruel destino del cual iba a ser partícipe. El rubio sintió su corazón latir con una fuerza indescriptible al saberse conocedor de una solución. Una que sin duda, terminaría rompiéndole el alma a aquel que amaba más que a nada. Tomó de los hombros al pelilavanda y lo separó de su pecho, haciendo que el pelilavanda percibiera la decisión en los ojos del rubio. Las palabras brotaron lenta, pero firmemente de los labios del rubio.
— Déjame poseerte, Mu… — Le dijo sin rodeos. El lemuriano abrió sus ojos de par en par.
— ¡Sh-Shaka! ¡¿Tú también…?! ¡¿Cómo eres capaz de…?! — Le dijo horrorizado de escuchar aquello de la única persona que consideraba su verdadero apoyo.
— ¡Por favor, escúchame! — le pidió el rubio alzando la voz, mirando con desesperación al pelilavanda que tanto amaba, sintiéndose de lo más miserable por pedirle aquello. — Sé que tu corazón no me pertenece, lo sé… pero quiero que sepas que desde el momento en que pude descubrir la belleza que poseía tu alma libre, no he podido dejar de amarte un solo instante.
— Pero Shaka — Sus ojos esmeralda se inundaron de lágrimas de nuevo al conocer los sentimientos del ojiazul. — Yo no…
— ¡Por favor, Mu, por lo que más quieras no lo digas! — Le suplicó el rubio, abrazándose al pelilavanda con fuerza. — Sé que no me amas, lo sé… pero escucharlo de tus labios sería lo más terrible que podría sufrir en ésta vida.
Mu no supo qué decir, estaba totalmente desconcertado y sus propias lágrimas comenzaban a asfixiarle. Sin poder evitarlo, enlazó sus brazos en el cuello del rubio.
— ¿Por qué, Shaka?... — Fue lo único que pudo susurrar ante la debilidad de su pecho que amenazaba con colapsar.
— Por que te dejaré ser libre, amor mío. — Le contestó con las lágrimas amenazando sus ojos azules. — Por que si te poseo ahora, ni Apolo ni nadie podrá acercarte a ti de nuevo, dado a que tu valiosa pureza me pertenecerá. Pero aún así, nada me deberás, puesto que jamás volveré a acercarme a ti de nuevo.
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