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Cuando entró en el templo de Géminis, lo primero que lo asaltó fue el frío. Aioros entrecerró los ojos, impresionado. No era algo nuevo, ni inesperado, pero lo molestó. Terminó por atribuirlo a los nervios que lo embargaban, a la sensación de desasosiego por saber que su amigo —amante, vida misma— estaba muerto.
Caminó despacio, adentrándose en las dependencias privadas de Saga, permitiendo que una nube de recuerdos lo invadiera. Recuerdos agridulces, como habían sido siempre los momentos compartidos con el magnífico hombre que habitara ese recinto.
Saga, dijo, en voz alta, permitiéndose resumir su deseo en una sola palabra. El nombre de su dueño, su custodio, su esclavo. Su perdición y el único remanso que se había permitido en una vida dura como los mármoles que los rodeaban.
Saga, repitió, con todo lo que sentía fluyendo entre los ecos de ese nombre. Si por él fuera, reduciría el idioma todo a esa simple palabra. Lo único, en toda la faz del planeta, que tenía necesidad de nombrar.
La lágrima que cayó al suelo de mármol pulido, reflejaba pedazos de su alma que se habían perdido cuando supo que su amante estaba encerrado dentro de sí mismo, que no era dueño de sus actos, y que había sido vencido.
El frío del templo retrocedió ante el cosmo del custodio de Sagitario, encendido sin que se diera cuenta, desplegando su calidez, su luz, su determinación. Lleno de rebeldía y de perdón. De redención, y amor. Igual a como había sido siempre.
Investido de sus sentimientos, sin ocultar la más mínima de sus intensiones, Aioros entró en la recámara de Géminis. El guardián, imponente hasta en la muerte, destacaba sobre un lecho minúsculo. El templo todo era pequeño para contener la impresionante esencia de esos dos hombres.
Aioros se despojó de la armadura, de su ropa, de su investidura de caballero dorado, y de su leyenda. Se mostró simplemente como era. Como lo reducía la presencia de la persona más importante de su mundo: compañero, amante, humano. Salvador.
Dio un paso al frente y se secó el rastro de la única lágrima que se permitiría, o que él le permitiría. Era un hombre superlativamente duro, aún en su calidez, y no se daría tiempo para nada que no fuera ganarle al destino que los había marcado a fuego.
Saga, dijo, con su tono firme, determinado.
Nunca supo si fue su voz la que lo trajo. Le gustaba pensar que sí, que había sido él el que borrara de ese rostro que reverenciaba, la oscuridad, la culpa y la desesperanza.
Cuando Géminis abrió los ojos, y los clavó en los suyos, sonrió. No una sonrisa cualquiera, sino aquella sonrisa. La que ni siquiera Aioria conocía.
Saga no curvó sus labios, no en ese momento. Pero levantó una mano, extendió sus dedos —Aioros sabía que el esfuerzo había sido era sobrehumano— y, con mucha delicadeza, apretó los suyos.
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