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Ciego
Aioria x Shaka
"El es Shaka de Virgo, el hombre más cercano a los Dioses, y por nada dejen que abra sus ojos"
Recordaba aquellas palabras que en su momento les había dicho a aquellos chicos, fuertes caballeros de bronce cuando habían luchado en las doce casas, recordó como aquellos valientes muchachos se aventuraron a combatir con cada dorado sin importar morir por aquella que consideraban su Diosa, porque hasta ese momento todos vivían engañados tras las mentiras de Arles...
El traidor. Saga de Géminis, el cual había matado al antiguo patriarca. El mismo que había venido para llevarse la cabeza de Athena, de nuevo... De nuevo como un traidor. Y lo odiaba... Odiaba a aquel hombre, odiaba su pura existencia, para Aioria, Saga solo significaba una vil escoria en este universo...
Aioros...
El había sido el culpable de la muerte de su hermano, de que todos en el Santuario conociesen a Aioros de Sagitario como el traidor, como aquél que quiso matar a Athena siendo un bebé; el mismo hizo que Shura propiciara la muerte de Aioros, siendo estos los mejores amigos, algo más que eso.
Shaka...
No sólo Aioros, ahora también Shaka... La única persona que le había ayudado cuando todos en el Santuario le llamaban el hermano del traidor... Y su promesa de protegerle... Aioria lo recordaba, las hermosas palabras de Shaka, la determinación con el cual le había jurado esa promesa.
Y lo cuidó, le protegió.
Se enamoró.
Y con rabia en los ojos, con la furia del potente león al cual le han matado a su hembra, atacó... Sin importarle que, sin importarle nada, haciendo a un lado a Mu que no lo había dejado entrar al jardín de Salas para proteger a Shaka. Descargaba su furia en los traidores que habían quitado lo único que le quedaba: aquella sonrisa, aquellos ojos que nunca pudo ver...
"Ábrelos Shaka... Déjame ver tus ojos"
¿Cuántas veces se lo había pedido? Cuando compartían aquellas pláticas en el templo de virgo, pasando horas a su lado hablando de la nada y hablando de todo, acariciando sus níveas manos, tomando sus mejillas coloreteadas de un suave carmín por la cercanía de sus cuerpos, cuando le besaba sus párpados, su fina nariz, los labios de durazno…
Y le hacía suyo… Tocando. Suave. Intacto. Enamorado.
Y ahora que explotaba su cosmos en cien mil nebulosas, en una marea alta de dolor y coraje, ahora que el león dorado lanzaba su plasma relámpago contra los traidores… Ya no había nada más que matarlos… Ellos se habían llevado sus ojos… La única esperanza que tenía en este mundo sin esperanza…
Shaka…
Recordó... Aún en el acto, aquellas veces que hacían el amor como dos locos descarriados, como seres que no tienen a donde ir, que no tienen a nadie más, que solo estaban ahí por existir y para encontrarse… Tal vez amarse, aferrarse con uñas y dientes a ese sentimiento demente, cálido, amoroso, más bien loco y sin querer iluso. Cada vez que pronunciaba su nombre, cada vez que entraba en sus entrañas de una forma suave, delicada, algunas fieras y salvajes; más se entregaban…
Y le pedía que abriera los ojos.
– ¿Acaso quieres morir Aioria?
–Si ver tus ojos significa la muerte… con gusto moriría por ellos.
¿Y quién iba a decirlo?
Que aquellos hombres, ex santos de Athena fuera los que recibieran tan preciado regalo… El tesoro del cielo de Shaka, aquellas celestes que se abrieron para mostrar la verdad del universo en dos gemas brillantes, cerradas por años, escondiendo la verdadera belleza del hombre, acumulando la cosmo energía…
–¡¡MALDICIÓN!! Regresen al otro mundo, y rueguen a Shaka para que los perdone.
Lloraba, lloraba mientras golpeaba, mientras Camus, Shura y Saga caían, mientras asestaba cada golpe en sus moribundos cuerpos que debieron morir junto a Shaka… ¡Tonto sacrificio! Los que debieron morir aún seguían vivos, mientras que Shaka había perecido llevándose la luz… Llevándose las ganas de Aioria para seguir rozando la vil materia… Materia; el era materia junto a Shaka.
–Debes estar bromeando Aioria… Ningún caballero debe morir por nada, solo por la misión que se la ha encomendado.
–Entonces Shaka, mi misión es…
–Es salvar a Athena, tu Diosa.
–Es ver tus ojos Shaka, sólo eso.
–Blasfemas.
–Te quiero.
Loco idiota que se cree enamorado, Aioria solo es eso, se siente eso… Mientras exclama el último halito de aliento, está ciego… Ciego porque sus esmeraldas dejaron de brillar, dejaron de fantasear con el loto que meditaba en aquella casa; risas y sonrisas se quedaron grabadas en sus memorias, palabras llenas de amor, de filosofía, algunos te amos convertidos en suaves gemidos, música para el oído gregoriano.
Pierde… loco pierde la luz.
Ahora, ya nada es nada, ya las palabras de Mu se hacen escarcha a sus oídos, la traición de los que creyó sus compañeros se desvanece como se desvanecen los pétalos de la sala gemela; Aiora siente y a la vez no vive, Aioria ve como todo sigue en pie y a la vez solo es oscuridad la que inunda sus gemas verdes. Ciego que ve, hombre que no existe.
¿Llegó Milo?
Cree que sí, cree que Antares está acabando uno a uno con los bastardos; oye Shaka, oye su nombre pronunciado por Saga, no tuvo piedad al matarle, a pesar de lo pasado… A pesar de lo ya pisado. No tiene fuerzas… Las acumuladas ya se han desvanecido; se han ido con él, ahora sólo le queda seguir, luchar, morir y esperar a reencontrarse con virgo, en Elíseos, en el Hades, vivo o muerto, juntos…
-No tendremos piedad…
El tampoco la tendrá. Aunque no vea, solo sienta el enorme dolor que le han dejado, aunque no crea que haya luz en esa guerra santa que ya ha empezado, aunque siga frustrado por haber presenciado la muerte de Shaka; ¿El es caballero de la esperanza?
Ya no sabe.
Ahora, toma postura, junto a Mu, junto a Milo. Exclamación dorada que es disparada contra la otra negra… Enciende su cosmos, sus ojos ciegos derraman lágrimas…
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