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TRIÁNGULO DE PASCAL.
Shura se desvistió tan rápidamente que no le dio tiempo de ver la mancha negra en su ropa de entrenamiento. O bueno, sí la vio, pero fue sólo un vistazo y no le puso casi atención porque de todas formas no esperaba volver a ponerse esa ropa sino hasta la mañana siguiente, ya cuando Aioros estuviera tan dormido que ni su cuerpo saliéndose de la cama fuera suficiente para despertarlo.
Sonrió, sabiendo de antemano que eso era lo que siempre pasaba: el Santo de Sagitario solía madrugar, pero era como un reloj: su alarma sonaba exactamente a las cinco treinta de la mañana, ni un minuto antes, y si a las cinco veintinueve le lanzabas un balde de agua, él podía seguir durmiendo tan tranquilo hasta que pasaran los sesenta segundos restantes de sueño.
Shura, en cambio, despertaba siempre un poco antes, pero su somnolencia parecía permanecer durante todo el día; incluso él mismo lo notaba en sus ojos, muchas veces entrecerrados o por cansancio o por aburrimiento, como una expresión de pereza perenne.
Y no es que no le gustara el entrenamiento, o que no fuera divertido escaparse con Death Mask y Afrodita para molestar un poco a Mu, era simplemente que su carácter era un poco así, un poco indolente, un poco desapegado, quizá podrían llamarlo desganado…
“¿Te importaría ponerme atención?”, le repetía constantemente Afrodita, presa de rabietas al comprobar que Shura miraba para otro lado mientras él hablaba. Shura le aseguraba que le prestaba atención, que él no tenía la necesidad de verlo para escucharlo, pero eso no bastaba: Dita igual se enfadaba, le soltaba algunos insultos poco hirientes y terminaba por irse a buscar a alguien más que pudiera oír sus quejas.
El español, entretanto, se iba a caminar solo por los alrededores. Cuando era niño se iba a refugiar adonde Aioros y su hermano menor, pero cuando empezaron los sueños sucios y tuvo que empezar a levantarse de madrugada a lavar él mismo sus sábanas para que nadie descubriera sus pecados inconscientes, decidió que tenía que poner tierra de por medio entre él y Sagitario y se fue apartando de él hasta encontrar nuevos amigos; comprobó entonces que Camus era muy inteligente, que Milo seguramente no sabía ni dónde estaba su nariz y que Shaka, aún intentándolo diario, jamás se iba a quitar de encima la pesada amistad de Aioria.
Pero todos eran unos niños, y él ya estaba en un limbo que no comprendía y que a veces lo mandaba allá con ellos, a jugar con los más jóvenes en el Coliseo en vez de entrenar, y otras lo jalaba como imán a observar a escondidas el cuerpo de Aioros cuando se bañaba en el río, acompañado de Saga que, pudoroso, nunca lucía tan completamente desnudo como el Noveno Guardián.
Eso es lo que le encantaba de Aioros: que pudiera estar desnudo sin vergüenza, de mil formas, desnudo de cuerpo y de alma y de mente. Se decía constantemente que, aún de haber podido leer la mente del admirado castaño, no habría nada nuevo en ella, nada que no dijera lo mismo que decían sus acciones y hasta el tono cándido de su voz.
Que él se haya dado cuenta de su amor no estaba en sus planes. Al fin y al cabo, confesarse no fue nunca una opción, y es nadie nunca se la había propuesto, porque nadie nunca había oído de su boca la relación y los besos que le hubiera gustado tener con el mayor de los Santos de Atenea. Sin embargo, no había sido necesario; para la mayoría fue fácil entenderlo con sólo su intempestivo alejamiento y con el hecho de que esos párpados suyos, siempre abiertos solamente a medias, se levantaban un poco más cada vez que el Arquero pasaba volando cerca de él.
Aioros también lo supo, eso estaba claro. Que le haya aceptado, no tanto. Que le correspondiera, mucho menos: aún entonces, meses después del primer roce, Shura dudaba que su felicidad fuera tan tangible y tuviera la forma amplia de la espalda del hombre al que amaba. Sentirse amado a su vez era una experiencia nueva que lo volvía más o menos irreconocible ante sí mismo, un ente nuevo y perfecto que poseía todo lo que un hombre necesitaba: alguien a quien servir, alguien a quien amar, y el orgullo de ser un Santo honorable.
“¿Por qué me has dado todo?”, le preguntaba a Atenea, imaginándola llena de luz, una luz encaminada a alumbrarlo sólo a él.
Corrió por el Templo, despojándose de la ropa interior sólo cuando estuvo afuera de la habitación de Aioros. Admiró su pubis, la erección que recién se iba iniciando, el vello oscuro que había aparecido ya mucho tiempo atrás y que, según Milo, lo hacía un hombre. Y se sintió orgulloso, de todo eso, y pensó también que pronto le saldría una barba más tupida que el par de vellos delgados que ya tenía en su mentón y que ya no habría ninguna razón por la que Aioros se negara a aceptar frente a cualquiera que él era su amante y que sí, se acostaba con él porque ya también era un adulto.
“Sólo son un pocos años”, se dijo, imaginando su propio cuerpo cuando tuviera la edad de Aioros. Para ese momento, Sagitario seguramente ya sería Patriarca y todos los más jóvenes portarían ya las Armaduras Doradas. Y entonces todos lo sabrían, y no habría dudas de que Aioros lo amaba y que él había sido escogido, de entre todos, como el Único.
-¿Aioros?
Era el nombre que tenía en la boca, pero no reconoció esa voz como suya. Frunció el ceño, intentando oír nuevamente la voz suave, casi infantil, que provenía de la habitación de su amante. No lo logró. En cambio, alguien hipó, y luego dos personas se echaron a reír por el ruido gracioso. Supo enseguida que se trataba de Aioria, y lo imaginó en brazos de Aioros.
Asomó apenas la cabeza, olvidándose de su desnudez en cuanto descubrió al mayor escondiendo bajo las cobijas al cuerpecito de su hermano, que reía.
-¡Que ya se me quite el hipo! –se quejó Aioria, hipando otra vez, haciendo reír a Aioros.
-Qué impaciente eres. Si te duermes, se te quitará.
Aioria se revolvió bajo las mantas, dijo alguna otra cosa, con su tono de niño, y extendió los brazos hacia su hermano, que, sentado en el borde de la cama, se agachó hacia él. Shura no se sorprendió del beso en la frente, e incluso el de la nariz y el de los labios le parecieron comunes en seres tan cariñosos como aquellos dos. Pero sintió celos, y aún más cuando la boca de Aioros volvió a buscar la de su hermano y se entretuvo mucho más de lo normal en ella.
“¡Déjalo ya!”, gritó internamente, sin nadie que siquiera notara su presencia.
Abrumado por la caricia tierna de Aioros al cuello del pequeño, Shura tragó la saliva que se le había acumulado bajo la lengua y de pronto entendió todo. Aún con los calzoncillos en la mano, dio media vuelta y se dispuso a regresar por su ropa sucia, sudada y con una mancha oscura hecha con carbón.
¡Qué tonto había sido! ¡Y qué infantil, y qué soberbio! Mientras una carcajada salía de la habitación de su amante, y que no era suya sino de su hermano, a Shura le cayó en los hombros la terrible evidencia de que él no era, ni de lejos, aquél al que Aioros había escogido. De ningún modo. El lazo entre ellos dos era tan débil que compararlo con otro le hacía doler el corazón.
Se mordió el labio, apretando su ropa interior y sintiéndose estúpido por su situación. Es decir, estaba con unos calzoncillos en el pasillo del Templo de Sagitario y su pene semierecto todavía no entendía la indirecta que le acababan de lanzar. Se apresuró a buscar las prendas que le faltaban para vestirse y largarse de allí, conteniendo algunas maldiciones, cuando comprobó que ya había estado allí y que lo que no estaba era su ropa.
Frunció el ceño, primero.
Pues no, no estaba.
Desorbitó los ojos, después.
-Joder… -le salió del alma, cuando se agachó a buscar con las manos; pensó que quizá la luna le estaba jugando una mala pasada con sus rayos, o algo. O no pensó nada. O pensó tanto que, al final, todo estaba mal.
Fuera como fuera, y pese a lo aterrado que estuviese, no le fue difícil distinguir la voz que le preguntó:
-¿Esto es tuyo?
Y tampoco fue difícil distinguir en la penumbra sus ojos de gato, verdes como hojas de lentisco, y la expresión seria con que le miraba.
Por supuesto, no supo qué decirle. Pero Saga se lo puso sencillo:
-¿No has venido por Aioros, verdad?
Como sólo le salió un gemido, vergonzoso por el dolor y lo humillante que era, atinó únicamente a hacerse pequeño y abrazarse a sí mismo para que se viera lo menos posible de su desnudez. De pronto le dio una vergüenza enorme que Saga estuviera allí, frente a él, pese al montón de veces que se habían visto desnudos en el río o cuando todavía le ayudaban a lavar sus mantas.
-Es sábado –continuó Géminis-, siempre pasa los sábados con Aioria.
Esperaba el ibérico que Saga le mostrara compasión, quizá no con palabras de aliento pero al menos dándole su maldita ropa. En cambio, el mayor se dedicó a inspeccionar su cuerpo, deteniéndose sin reparos en la parte media. Obviamente no lo estaba desvistiendo con la mirada: lo estaba desollando.
-¿Cuántos años tienes? –soltó de pronto, dejando a Shura sin palabras. Con Saga, de todas formas, eso no importaba tanto; él suspiró y acotó enseguida:- Conque ya eres un hombre, ¿eh?
Como si estuviera cansado, le lanzó su ropa, aquella que tenía en la mano, y luego le hizo una seña para que lo siguiera escaleras abajo, posiblemente al Templo de Géminis.
-Siempre es así –seguía Saga, esperando a que el joven terminara de vestirse, ya afuera del Templo de Sagitario; tal vez miraba el cielo, nadie podría haberlo asegurado-, nunca estamos en primer lugar. Siempre hay alguien antes de nosotros.
Shura no respondió. Sabía que así era la vida y que esa era la forma de conocer la posición que cada uno tenía en el mundo… pero qué diablos, eso no quitaba que él quisiera ser el primero ante los ojos de los que amaba.
Tal vez estaba pecando de vanidad.
-Eso nos debería enseñar a luchar –continuó Saga, quedo-; a luchar para ser los primeros, para que no haya nadie sobre nosotros…
Lo miró, sorprendido.
Tal vez estaba pecando de humildad.
Terminó de calzarse las sandalias y siguió a Saga por el resto de los Templos. Tenía la cabeza gacha y no le apetecía hablar, e incluso por momentos se planteó la idea de dar media vuelta y simplemente irse; sin embargo, lo cierto era que no quería estar solo. Le habría gustado que alguien los interceptase, aun si no fuera Aioros quien mágicamente apareciera y lo llevara consigo, que fuera por lo menos el molesto Milo o el propio Aioria quienes se perdieran por el Santuario a esa hora, quienes interrumpieran esa charla silenciosa entre él y el Tercer Guardián…
No obstante, no había nadie más. Tras cada paso que daban, Shura lo iba viendo mejor: el único que iba caminando junto a él era Saga de Géminis.
-Hoy no tienes que estar solo –advirtió éste, tomándole un hombro.
Shura supo que ese instante no iba a durar tanto como le habría gustado, y que la sensación de ser el primero, de no estar ni en segundo ni en tercero ni en ningún otro lugar, no iba a ser duradera al lado de Saga. Pero eso era lo único que tenía: Aioros después de todo no le iba a permitir sentirse como único ni un solo momento. O quizá no Aioros, sino Aioria.
-Yo veo mi lugar en el mundo –se defendió-, y me conformo con él.
Sorpresivamente, Saga no lo soltó; por el contrario, afianzó el agarre y, con gesto bondadoso, murmuró:
-Sé que no, Shura. ¿Qué tiene de malo?
¿Qué tenía de malo qué? ¿Que Saga viera más en él de lo que veía él mismo?
Shura lanzó el suspiro que tenía guardado desde hacía tiempo. Al infierno con todo. Era una mancha de mugre en el mundo y ya conocía su poco valor… pero engañarse de vez en cuando tampoco le vendría mal para no desmoronarse. Por lo menos un momento pequeño de autosatisfacción, de volver a sentirse como el dueño del mundo, como un ser especial para alguien; le bastaba un instante de eso para sobrevivir mucho tiempo más.
Ya no miró a Saga, pero se dedicó a seguirlo. No iba a durar mucho el buen momento, pero se acordó de la frase que Aioros siempre le decía para subirle el ánimo: “agradece lo que te da la vida”.
FIN.
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