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Capitulo II.
“El pecado”.
Escuchaba las campanas llorar la muerte del sucesor de San Pedro y en vez de que las lágrimas acompañaran su rostro, lo que más teñida su mirada, era la rabia, furia y molestia ante lo que estaba sucediendo ante sus ojos. No comprendía como el Decano del Consejo Cardenalicio se había enterado de aquellos meses que él y Shaka se habían visto a escondidas, aún no comprendía quien de sus guardias había sido el traidor o si acaso alguno de los cardenales había provocado aquella situación.
Su seguridad ahora era lo que menos le importaba, conocía las reglas que había quebrado y también conocía el resultado de las mismas; pero tristemente para su desconocimiento las que correspondían al Camarlengo estaban un poco vetadas de su conocimiento; y estaba seguro de que el papa jamás hubiera delatado a su pupilo; no cuando él mismo se había permitido autorizar la abdicación del mismo para poder salir de roma, y permitirle volver a su tierra natal después de que supiera la verdad de lo que ocultaba el corazón de aquel rubio.
-MALDICIÓN- un grito recorrió toda la prisión donde se encontraba encerrado; durante todo el tiempo que fue comandante de la guardia le costó mucho trabajo evitar lanzar maldiciones cuando se frustraba, y ahora poco le importaba las miradas que pudiera ganarse maldiciendo a la iglesia y a los malditos que metieran a Shaka en este predicamento. Golpeaba de manera insistente las paredes, los barrotes y a veces pateaba las piedras que estaban sueltas con la firme intención de desahogar su molestia.
Se detuvo en su andar hasta terminar con la espalda apoyada contra los barrotes de su prisión, mirándose la palma de la mano donde mantenía un rosario apretado con fuerza. Fue el primer regalo que Shaka le diera cuando lo conoció; aquel rosario era la cosa que más apreciaba y jamás se lo había quitado; y lo ocultaba aún bajo el cuello de su uniforme. Y cada vez que deseaba verlo cerraba los ojos y tomaba el rosario entre sus manos para poder imaginar aquel instante en el cual, Shaka le había regalado aquel divino objeto.
Tenían ambos alrededor de 15 años; se habían encontrado en la fuente de Bernini; aquella que representaba a los cuatro cauces más grandes del mundo. Aquel rubio, aún estudiante de la escuela de Teología, se había detenido en aquel segmento de la fuente que representaba al Ganges. A primera vista, al moreno le había llamado inmensamente la atención aquellos largos cabellos rubios, aquella piel de marfil y ante todo que mirara con admiración en aquella dirección que representaba al rio más grande de Asia. Movido por la curiosidad, se había acercado a aquel joven; y al verle lucir las prendas de padre se sintió un tanto reacio a continuar con su investigación, pero, ciertamente estaba encantado con el irreal aspecto de aquel hombre.
-…dicen que es uno de los ríos más grandes del mundo; por eso la fuente de Bernini, es de los monumentos más importantes de la piazza Navona - espero a tener alguna respuesta de aquel hombre y sonrió cuando le vio voltearse. Si definitivamente aquel hombre debió de haberse escapado de alguna pintura de la capilla Sixtina, o de alguna pintura de Boticelli; era hermoso, como cualquiera de aquellas imágenes que representaban al ángel Gabriel- Me llamo Aioria- agrego mientras extendía su mano para poder estrechar la que seguramente la darían.
-Shaka- estrecho la mano del otro hombre aunque sin una sonrisa en los labios-…viví cerca del Ganges, por eso es que me he detenido un breve momento en este lugar; quería recordar mi vida en la India.
Y los ojos esmeraldas de Aioria se vieron perdidos por un largo tiempo en aquellos ojos azules, movidos de manera inquietante por aquellos viejos recuerdos que parecían dominar en ese instante las aguas; sus ojos parecían el mar agitado ante la proximidad de una tormenta.
-¿Qué te trajo a Roma?-
-Estudiar Teología-
-No es habitual que alguien quiera estudiar teología y mucho menos que parezca estudiar para ser padre-
-Bueno…- se quedó callado un momento – en realidad me rescato el papa actual de una vida llena de “tribulaciones” en la India, cuando llegue a Roma me ofreció estudios normales para un chico, pero mientras más pasaba el tiempo y convivía con él, con algunas personas y lo veía ayudar a otras a cambio de nada…pensé que podría lograr algo y hacer lo mismo; fue entonces cuando le dije que deseaba estudiar para sacerdote; pero él se negó rotundamente a permitirme ese deseo.
-¿Entonces?-
-Comencé a estudiar por mi propia cuenta y presente mi examen de acceso al seminario con autorización de él; si entraba continuaría mis estudios para sacerdote, si fallaba, pues entonces continuaría mis estudios como alguien normal, sin intentarlo nuevamente. Para mi bien accedí; no quedo de otra para él que permitirme el acceso a la escuela, y aquí estoy-fue su simple respuesta.
-Me alegra entonces que este en algo que realmente te agrada-
-¿Y tu?-
-Bueno, yo aún soy estudiante; dentro de algunos años presentare mi examen de acceso a la universidad; y cuando tenga título me gustaría acceder a la Guardia Suiza del Vaticano.
-¿Por qué la guardia suiza?-
-Siempre me ha gustado proteger las cosas que son importantes, en este caso el papa es una figura importante para el sustento de su religión, y en su momento también es una manera de agradecimiento, porque cuando él era Padre de la iglesia de mi pueblo, salvo a mi familia de una extinción segura.
-¿Y rezas?-
Un leve rubor domino las mejillas de Aioria, si bien es cierto que quería pertenecer a la guardia suiza, jamás le paso por la cabeza que debía de aprender a rezar. Así que negó con la cabeza a aquella pregunta. La sonrisa del rubio volvió a adornar su rostro; y saco de uno de los bolsillos de su ropas un rosario. Tomo las manos de Aioria y coloco el rosario. Cerró las manos de Aioria, y luego atrapo ambas entre las suyas finas y delgadas. Recargo la cabeza contra sus manos.
-Bien…sigue entonces- agrego mientras sus labios en susurros iban pronunciando todas y cada una de las oraciones que le habían enseñado, las que aún aprendía y también la manera tan particular con la cual le habían enseñado a rezar-…a veces Aioria, no tienes que saber todas las oraciones al pie de la letra…reza con el corazón; y estoy seguro de que él te escuchara-
Y precisamente ahora eso se encontraba haciendo; como aquella vez cuando lo conociera. Tenía el rosario atrapado entre sus manos, dejando únicamente el crucifijo colgado fuera de ellas; los ojos cerrados apretados con fuerza, mientras sus labios se movían al compás de su corazón acelerado que solo buscaba que tanto sus palabras como sus latidos fueran escuchados por el Altísimo, pidiendo pudiera salvar la vida del Camarlengo.
-Comandante-la pronunciación de su cargo lo saco de su concentrado rezo; volteando a ver inmediatamente a aquellos que le servían. No los miro ni con molestia, ni con rabia…mientras recordaba a Shaka y su regalo; concibió que las pobres almas descarriadas, que no conocían la verdadera fe y el peso de aquello en lo que se creían solo merecían paz para poder aceptar aquello que pesaba sobre de ellos-…solo venimos a avisarle que pronto el Decano del Consejo cardenalicio estará acá, antes de hablar con usted habló con el camarlengo.
-¿Qué saben de él?-
-Solo lo que todos…se está encargando de la sagrada sepultura del papa…- agrego un segundo soldado.
-Pero cuando se nos había ordenado subir a vigilar la puerta del sumo pontífice; vimos al camarlengo hablando con el Decano; uno parecía bastante angustiado mientras que el cardenal decano parecía estar…extrañamente feliz de la reacción del camarlengo- completo el primero que antes interrumpiera a Aioria.
-¿Y no saben que hablo con él?-
Ambos guardias negaron con la cabeza; el moreno solo pudo suspirar.
-Gracias por haber venido a avisarme.
-Comandante…solo queríamos decirle también de que cuenta con todos nosotros; creemos completamente lo que usted y el Camarlengo Shaka han dicho.
A pesar de la situación, la sonrisa de los labios de Aioria se hizo presente, sus hombres siempre eran sinceros, y confiaba en las palabras que ahora le decían.
-Gracias; ahora por favor regresen a sus puestos…custodien la habitación con el honor que corresponde a la guardia, desde acá estaré pidiendo por ustedes-.
-Nosotros por usted comandante-
Se despidieron con las manos, y ambos soldados subieron, ascendiendo a la habitación del papa, por otro camino distinto al cual llevo el Decano Cardenalicio. No paso mucho tiempo de que los soldados dejaron a su comandante para que apareciera el Decano.
-Comandante- dijo con seriedad mientras le extendía un documento.
Aioria lo tomo entre sus manos sin decir o responder nada, comenzando a leer con celeridad el contenido; abriendo los ojos ampliamente cuando su vista llego a la línea que enunciaba
“…y la asistencia del Comandante, se exige necesaria en el momento del examen médico del Camarlengo, debido precisamente a que debe de analizarse la reacción…”
Y aquello lo hizo literalmente explotar todo lo que se había contenido; era una enorme ofensa para Shaka y también para lo que él representaba; como aquellas bestias se atrevían de tal manera a dudar de la integridad de un camarlengo.
-¡Te voy a matar si te atreves a eso, maldita Sabandija!-y guiado por la rabia no midió sus palabras dejando que estas se convirtieran en presa de su ira; no pensando en que eso era algo que esperaba el otro.
-Si solo eso has intentado leyendo la carta… ¿Qué sucederá cuando observes el examen?, ¿acaso pretendes impedirlo porque sabes que es verdad?; considerando que eso es una falta de enormes proporciones en un Camarlengo, el castigo que pesara si es así puedo asegurarte que es algo que no podrás imaginarte…-
-¡TE MATARE SI TE ATREVES!-
-Sigue hablando necedades en el templo de Dios Comandante; esto es indebido para ti y con cada una de tus reacciones solo estas confirmando lo que haremos- se acercó y abrió la reja, sacando del interior de una de sus mangas una pequeña aguja-…no te atrevas a más o agredirme Aioria, porque no es solo ahora tu seguridad la que está en juego…sino también la de tu “amante” Camarlengo.
Se mordió los dientes, él no importaba tanto, lo que más deseaba era ayudar a Shaka a salir de ese maldito predicamento en el cual se había metido y descubrir, quien había sido el desgraciado que había creado toda esa encrucijada.
-Vamos, caminada…debes de estar presente al momento del examen- y aquella sonrisa se hizo presente en sus labios cuando comenzó a imaginarse lo que debía de suceder. Por otra parte, Shaka permanecía parado solo en una habitación completamente blanca frente a una bata que le habían dado para cambiarse. A su espalda se encontraba una puerta que conducía directamente a la camilla donde le harían su examen.
Sus labios temblaban de la rabia, sus ojos estaban completamente inundados de lágrimas que no deseaba acariciar sus pálidas mejillas; si él viviera…todo esto jamás hubiera sucedido, si hubiera sellado la abdicación tampoco hubiera ocurrido.
“¿Te arrepientes ahora de ser quién eres?”
Una simple pregunta que significaba mucho para determinar la libertad de Shaka, una pregunta que él papa le hizo el día que determino que debía de ser liberado. Aquel día su respuesta seria la misma que hiciera ahora…
-No-
Una sonrisa amable en aquel momento apareció en los labios del papa.
“Dios quiere a los que se arrepienten de sus actos, dios quiere aún más a sus ovejas que se descarrían”.
Así que con aquel pensamiento, con la sonrisa de Aioria presente en su cabeza, se desnudó por completo, se colocó la bata blanca y camino hacia la puerta. Cuando esta se abrió, un médico le esperaba ya al interior. Recorrió con la mirada la habitación divisando un enorme vidrio donde seguramente estarían ahí el resto de los consejeros y también seguramente Aioria. Cerró los ojos y tratando de no pensar en nada…se desnudó, dejando caer la bata ahora para terminar recostado, boca arriba sobre una sábana blanca.
Fue entonces cuando el examen dio comienzo. Acercándose el médico a revisar meticulosamente toda aquella piel. Al ser tan blanca, era bastante fácil distinguir si había contusiones, moretones, mordidas o cualquier otra cosa que a simple vista pudiera indicar alguna clase de golpes físicos. Tras asegurarse que por el exterior no se encontraba nada, entonces procedió a revisar la pelvis de Shaka. Tomo muestras para corroborar que efectivamente no hubiera algo que pudiera enlazar el vello del camarlengo con el vello de Aioria; porque a través de los contactos físicos, era posible la mezcla igual de ambos.
Tomo las anotaciones necesarias y luego le pidió a Shaka que se volteara nuevamente; colocándose éste boca abajo para que nuevamente la mirada y las manos del médico recorrieran la espalda, los brazos, el cuello, las piernas, los muslos…todo aquello que pudiera ser revisado. Las anotaciones continuaron y luego le pidió ponerse de pie.
Obediente el camarlengo se irguió y cerró los ojos. Sintiendo los guantes fríos tocarle algunas partes de la piel, levantándole los brazos, revisando meticulosamente las manos, sus uñas, y cuando la mirada del doctor llego a su miembro, no pudo más que estremecerse ante la idea de que pudieran tocarlo.
Sin recato alguno el medico sujete el miembro del rubio, lo levanto para revisar por toda la extensión, miro el glande de cerca, los testículos; pidiéndole nuevamente que se acostara boca abajo en la camilla para luego pedirle que apoyara las rodillas en la misma y levantara la pelvis. Era el momento del examen más penoso que Shaka podría imaginarse.
Se mordía los labios, aferraba las manos a la camilla y apretaba los ojos. Mientras obedecía las órdenes del médico sin resistirse o poner objeción alguna. Del otro lado del vidrio, Aioria apretaba con fuerza los puños hasta sangrarse la palma de las manos, golpeando las paredes mientras observaba a su amado camarlengo siendo objeto de una ofensa aún más grande que las mentiras que circulaban. Lo observo…sus ojos se apretaban más y más fuerte conforme el médico invadía su cuerpo; aquella mano seguramente estaba fría, y la sola idea de que alguien estuviera provocando dolor, angustia y desarrollando tensión en aquel virginal cuerpo lo estaba matando; y deseando matar a aquellos malditos que estaban disfrutando de aquel espectáculo tan burlesco.
Por otra parte Shaka apretaba los dedos contra la sábana blanca, ante la invasión de su cuerpo se resistió tratando de cerrar las piernas y de contraer los músculos; pero aquello solo provoco que algunas lágrimas escaparan de sus ojos, provocando que se tensara y aquello impidiera el avance del examen médico. Abrió los ojos y profirió un largo gemido que todos escucharon; y aquello provoco aún más lágrimas en los ojos del rubio y más rabia en los ojos del Comandante.
Retiro su dedo del interior del cuerpo de Shaka, el médico le tendió la bata y espero a que se la pusiera. Los ojos del médico se mantuvieron sobre el cuerpo del camarlengo al verlo caminar; ayudándolo cuando lo vio a punto de caer y llevándolo con cierto rectado a la habitación donde se había desnudado. Saliendo en pocos instantes con el dictamen que correspondía para presentárselo a todos los que habían observado el examen.
-Llévense a Aioria a su prisión; él no tiene por qué escuchar el resultado de esto…cuando sea sentenciado sabrá cuál será su suerte- y ante aquellas palabras, un grupo de gendarmería que pertenecía al vaticano, sujeto a Aioria y a pesar de todo el forcejeo que daba, fue arrastrado nuevamente a su prisión.
El parte médico fue entregado al Decano del colegio Cardenalicio. Y un sentimiento de rabia se apodera de aquellos ojos.
-Como podrá constatar Señor Cardenal; no existe signo de actividad sexual en el Camarlengo; ni reciente, mucho menos continua como le hacen suponer o como dicen que existe, lamentablemente si desea verlo a sí…mi examen médico fue el primero que acabo con el celibato del camarlengo; ahora con su permiso debo de volver a mi trabajo.
Tomo la carpeta que le había extendido al Decano para terminar saliendo de aquel lugar, dejando a aquel hombre haciendo el coraje del siglo.
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