-Y a quien carajos no le iba a joder que le guste un tipo como tú, arrogante y pijo que se la pasa luciéndose a todo el que se le ponga enfrente. Hyoga afiló su mirada, apretando los labios. ¿Era así como le veía? Personalmente el rubio pensaba que nunca le había dado demasiada importancia a su aspecto físico, al menos no hasta llegar a la pubertad. La verdad es que frente al espejo era el único sitio en el que podía ver algo parecido a su madre y ella siempre había sido una mujer elegante. Cuidar un poco su imagen, obviando el hecho de que su pelo, moldeado por el viento de las estepas siberianas, era imposible de dominar, era un tributo que le hacía a su progenitora. -Niñito de mamá que se la pasa llorando por los rincones. Al ruso le tembló una ceja al tiempo que sus manos se cerraban en puños. Había estado fijando la vista todo el rato a lo ojos de Ikki, siempre a directo a sus pupilas, pero esta vez su mirada vaciló con un desviación dolida que duró milésimas de segundo. "¿¡Y qué!?" le habría gustado gritar "¿Acaso vas a hacer algo para que deje de hacerlo? ¿Acaso puedes hacer algo para detener mis lágrimas?" Los párpados de Hyoga temblaron, pero su cuerpo se tensó en desacuerdo a sus sentimientos, que querían desatarse de una vez por todas. -Me jode, me jode un montón ¿entiendes? -habló Ikki plantándose delante suyo. Hyoga levantó la barbilla, haciéndose ver tan orgulloso como Ikki lo había descrito. -No, no lo entiendo -habló todo lo calmado que pudo-. Si tanto te jode, búscate a otro que te moleste menos que te guste.
Hyoga se atragantó con el primer contacto. Había armado una mirada estoica que se desmoronaba por momentos con los golpes de los labios de Ikki sobre los suyos. No quería admitir aquello, pero podía sentir perfectamente los sentimientos de Ikki en cada embite, en la manera en que su mano se agarraba al pelo rubio con posesión, en la demanda de sus besos. En el baño le había asustado el avance físico repentino, ahora se veía superado por aquella ola de emoción. El ruso entreabrió los labios para respirar profundamente, cerrando los ojos y levantando las manos, agarrando el borde de la camiseta de Ikki entre los dedos temblorosos. No le gustaba saber que Ikki estaba sufriendo, ya habían sentido demasiado dolor todos y cadauno de ellos como para seguir bajo su yugo. Y menos le gustaba saberse el causante de aquello. Por el se habría tragado todo el sufrimiento de Ikki con sus besos. Pero entonces recordó un pequeño detalle. Aquellos eran sus primeros besos. Hyoga soltó el borde de la camiseta de Ikki y resbaló sus manos hacia el pecho, ladeando la cabeza para dejar de responder a los furiosos labios del Fénix. Presionó el torso de Ikki suavemente, empujándole para separarlo de su cuerpo. Estaba llorando. -Si me permites... -murmuró con la voz ligeramente ahogada, con las cejas fruncidas y las pupilas fijas en los pectorales del japonés- Necesito buscar un rincón para llorar.
Hyoga tomó la camiseta, pero se quedó mirando la tela sin saber que decir. Tampoco había calculado ponerse a llorar. En realidad tenía la lágrima floja, pero no lloraba simplemente por cualquier cosa. En su mente se preguntó el porque de esas lágrimas. ¿Era por que le acababan de robar su primer beso? "Qué tontería..." pensó mientras una risa cansada salía de entre sus labios. Restregó el dorso de su mano derecho por su cara, en un intento de quitar la humedad de sus mejillas. ¿O era por la ansiedad que Ikki había demostrado en aquel beso? El rubio nunca se lo había imaginado. "Le gusto... eso sí que es una tontería." Esa vez sus labios dibujaron un arco ascendente, lo contrario a una sonrisa. Secó la otra mejilla con el dorso de la mano izquierda y dejó caer la camiseta. No quería apartar a Ikki sólo por aquello. Y de alguna forma se lo tenía que hacer vez, él había sido honesto con sus sentimientos. Hyoga extendió los brazos y atrapó el torso de Ikki entre ellos, en un abrazo suave pero firme. -Si... tanto te molesta que llore por los rincones, ¿te importa que llore aquí? -preguntó en un susurro quedo sobre su hombro.
Las manos de Hyoga se crisparon en la espalda de Ikki. Sus dientes se apretaron y los ojos azules se entrecerraron, apoyados en el hombro del moreno. Sólo fueron un par de lágrimas más las que vertieron aquellos ojos, por que Hyoga no dejó que fueran más. No había respuesta de parte del Fénix. ¿Tanto le molestaba? Todo el cuerpo de Hyoga se tensó. Un pensamiento fugaz le aseguró que Ikki simplemente se estaba burlando de él, pero otro le gritó a voces que eso no era posible, que Ikki no le tomaría el pelo de esa manera, con cosas tan serias. Que su confesión tenía que ser de verdad. ¿Entonces por que era el ruso el que se molestaba por la falta de reacción del moreno? No se le ocurrió que tal vez estaba esperando demasiado de alguien en shock. Hyoga se apartó. Contener el lloro estaba poniéndole los ojos rojos y tenía que aspirar por la nariz para que no se le cayeran los mocos. -Si tanto odias esas cosas de mi, cámbialas. -murmuró lo suficientemente claro como para que Ikki lo escuchara. Se dio la vuelta, agachándose para recoger la camiseta que Ikki le había dejado. Se la puso, aún dándole la espalda al moreno y suspiró cansado.
El corazón de Hyoga latió un poquito más deprisa, mucho más satisfecho con esa reacción que con la anterior. Este se parecía bastante más al Ikki al que estaba acostumbrado. Aún así se tomó su medio segundo de indignación por parte del contenido de sus palabras. -Je -rió sin ganas, ladeando sus labios-. ¿Qué yo soy un niño? Hyoga se señaló el pecho, aún incrédulo por que le dijera aquello. -¿Te gusto, no? -preguntó lo obvio- Pues, demonios ¡Haz algo! -gritó con la voz contenida- ¡Enamorame!