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SIN LUZ.
Aioros le tomó del rostro, y pasó un millón de años para que sus labios tocaran la frente de su hermano.
En ese lapso, Aioria pudo ver las estrellas en los ojos de su hermano, la luna brillante en su sonrisa y el sol veraniego asoleándole la piel. Durante ese millón de años, el jovencísimo Aioria logró distinguir en el mayor una luminiscencia que, hasta entonces, pensaba que sólo podía tener Atenea. Pero no, allí estaba, en la barbilla cuadrada del muchacho que se le acercaba con una familiaridad irónica.
Ellos, después de todo, sí eran parientes. No como Milo o Shura, que pese a no tener ninguna relación sanguínea con Aioros lo seguían a todas partes como sanguijuelas que rastrean la sangre. Y tampoco como Shaka, que aunque pretendía ser indiferente, estaba tan prendado de Aioros como todos los demás. Ni como Saga, que era el peor de todos porque no aparenta nada; ni un poco.
El mayor le besó los párpados con dulzura, y después los labios en un contacto hasta entonces desconocido para Aioria, pero tan suave que algunas noches creía que jamás había sucedido. Y se sentía culpable, entonces, por no saber si era peor el sueño que la realidad.
Pero para que esa culpabilidad tomara forma pasarían muchos más años.
-¿Por qué te enfadaste con él, Aioria? –cuestionó dulce.
El aludido levantó la barbilla con autosuficiencia. Le daba vergüenza decírselo a Aioros, sobre todo porque lo implicaba a él. No quería decirle la razón por la que no hablaba con Shaka desde la mañana de ese día, en gran parte porque eso implicaría aceptar que él mismo había iniciado la reyerta en primer lugar, al mencionar frente a todos sus compañeros lo ridículo que lucía el punto rojo sobre la frente del aprendiz de Virgo…
-¿Él te insultó, Aioria?
¡Cómo le gustaba que dijera su nombre! Aioros también parecía complacido con ello.
-No –confesó finalmente el joven aspirante a la Armadura de Leo, agachando la mirada-; pero dijo que Saga era más fuerte que tú… y… por eso lo golpeé.
Iba bajando cada vez más la voz y su cabeza rubia para no tener que mencionar que aquello era una verdad a medias, así que no pudo ver el sobresalto pequeño en los hombros de su hermano y en el brillo intermitente en las estrellas de sus ojos. Eso pasaba siempre que mencionaban el nombre del Tercer Guardián.
-No deben pelear, Aioria –dijo, recordando el montón de veces en que Saga prefería darle la espalda a discutir contra él, hiriéndolo así de muerte con su silencio-; él será tu compañero de armas, deben apoyarse hasta el fin…
Y pese a que Aioros sabía que sus palabras eran verdad, que la amistad era todo lo que los Santos podían tener en ese lugar de luchas, no se sintió bien al decirlas. Pero es que él no veía; no veía que el audaz Aioria era diferente a él y que Shaka era muy, muy distinto al veleidoso y cerrado Saga.
Aioria lo tomó del brazo y con un movimiento de cabeza y su sonrisa traviesa le indicó que era el momento. Shaka internamente vaciló, pero exteriormente sólo movió su cabeza y caminó más lento de lo normal para seguir a su amigo. Sabía que regresaría muy tarde a su Templo y no quería en principio salir de él, no obstante, también estaba consciente de lo terco que era Leo y de lo difícil que sería deshacerse de él.
-Es una tontería, Aioria, espero que por lo menos lo sepas.
El joven sonrió, mostrándole su juvenil y saludable rubor alegrándole toda la cara.
-Quizá lo es, pero te divertirás.
Shaka dudaba que eso fuera cierto, más que nada porque la presencia de Milo lo incomodaba, la de Mu lo sorprendía, la de Afrodita le cansaba y la de Death Mask francamente le desagradaba. No quería verlos, y no obstante estaba siendo prácticamente arrastrado a la reunión improvisada que celebrarían en el Templo de Tauro por el cumpleaños del Segundo Guardián… Sabía que, dados los pocos años de los Santos, se la pasarían haciendo bromas estúpidas y narrando anécdotas falsas hasta que la noche les llamara a contarse historias de fantasmas.
“Es lo que saben hacer”, se dijo Shaka, resintiendo la mano de Aioria soltándole la muñeca cuando ya estuvo seguro de que el rubio pelilargo no huiría. “Se dicen cuentos, se ponen a cantar, alguien estará besándose en las escaleras… Es lo que saben hacer: son unos niños”.
Shaka, por supuesto, nunca tomaba en cuenta el hecho de que él tenía la edad de casi todos ellos, y que incluso Aioria era mayor que él; después de todo, siendo él el más cercano a los dioses desde su nacimiento y habiendo recibido instrucción del propio Buda, era imposible ponerse en la misma línea de comparación con el resto de sus compañeros.
“No por nada hablo con Buda y he despertado todos mis sentidos. Ellos no podrían hacerlo ni en mil años”.
Sin embargo, ¡qué pesadez! El ser casi un dios y verse envuelto en reyertas humanas. Y qué pesado no querer salir de ellas, también.
Shaka suspiró y, fingiendo que ello era lo más normal del mundo y que no le causaba una palpitante vergüenza, enganchó su brazo al de Aioria. Éste se volvió hacia él, con las cejas enarcadas.
-Más vale que no me dejes solo –le dijo sin más, mirando al lado contrario de la cara sorprendida de Aioria, para que su rubor no fuera tan evidente.
La Armadura relucía brillante sobre sus músculos, pero la noche seguía cayendo sobre su cabeza.
Se decía, entre neblina, cuán curioso era verse sobrepasado por fuerzas que no conocía.
Porque, bueno, enfrascarse en peleas de mil días o mil años con sus compañeros de armas o ser limpiamente derrotado cuando él aún no tenía un rango tan alto como el de Caballero de Oro era algo frustrante y humillante, pero era algo que podía remediar y, ante todo, entender. No obstante, aquello que ahora habitaba la misma casa que su cerebro y que se mostraba como uno de esos visitantes inoportunos que no se irán dentro de mucho tiempo era tan intangible como sus deseos de deshacerse de él: no podía pelear porque no podía golpearlo, no podía sacarlo de sí porque no podía entrar en sí mismo y arrancarse esa cosa que ahora ya era parte de sí.
Lo sentía como un veneno que se había derramado sobre sus sesos y se había encharcado como sangre hasta infiltrarse en sus venas y recorrer su torrente sanguíneo como un fármaco de efectos colaterales dañinos.
Shaka lo había visto mejor que nadie. Él había estado allí cuando el Patriarca había obrado su malvada técnica contra Aioria y lo había vuelto un títere más dentro de su plan, excepto que éste tenía cuerdas: ni Death Mask ni Afrodita ni Shura las habían necesitado, se habían convertido en parte del reparto por voluntad propia, por sus propias inimaginables razones.
Pero Aioria no era así, era demasiado honorable para prestarse a un plan que favoreciera al más fuerte si éste no era también el más justo. No es que Shaka no fuera, él también, honorable y justo. Era simplemente que su visión era bastante más acertada y menos idealista que la de su amante, y ello significaba reconocer que en las acciones del Patriarca había mucho de Verdad, la suficiente para que el Caballero de Virgo aceptara seguirlo y protegerlo.
Además, ¿acaso podría entender el Sexto Custodio sobre la reputación mancillada de un hermano mayor?
Aun así, ¡era tan difícil soportar a Aioria de ese modo! La riña entre en el Recinto Patriarcal había sido, por supuesto, olvidada enseguida pese a la enorme carga de orgullo que se habían jugado ambos en aquel momento; sin embargo, Shaka no había podido acercarse nuevamente a Aioria porque sentía partírsele las rodillas cuando admiraba sus bonitos ojos verdes inyectados en sangre y los músculos de su cuello –su moreno y grueso cuello- perennemente tensos como si aún dormido se encontrara furioso. No era más el Aioria amable que protege al débil o el Santo cuya nobleza era respetada entre los aprendices; tampoco era el joven sonriente cuya gran inseguridad era no ser querido por los seres a los que él amaba, ni el amante fogoso que aún despertaba agobiado por pesadillas. No había más dulce Aioria.
No es que hubiera algún tipo de Aioria entonces. Ni dulce, ni amable, ni valeroso, ni honesto, ni feliz, ni enojado… La gama de posibilidades que alguna vez representó Aioria y que fue el principal motivo que hacía que Virgo aún se sorprendiera con él a pesar de los años de amistad y de amor, todo eso que Aioria era, había quedado sepultado por la nueva personalidad que el Patriarca le había otorgado como un bautismo con agua maldita.
Shaka miró el Templo de Leo desde su posición, detrás de sus pilares blancos, preparándose para cuando tuviera que pedirle permiso al guardián para atravesarlo y fingir que sus pasos allí no significaban nada. Se preguntó si en medio de esa confusión, de esa película muda y en blanco y negro en la que se hallaba sumido Aioria, él no estaría también presente; si quizá, a veces, el joven León no recordaba algún momento de risas o abrazos o la sensación al besarlo o hacerle el amor. Cuestionó si acaso el Satán Imperial era tan fuerte para hacer olvidar el amor, o para volverlo un asunto secundario a la venganza.
Tiró la capa hacia atrás y caminó por el Templo de Leo, llamando a Aioria, sin recibir respuesta en ningún momento.
Se quedó mirando la luz de la salida varios instantes, sin atreverse a ir hacia ella. Contuvo con esfuerzo un suspiro, pero una cantidad pequeña de aire se le escapó de los labios sin querer.
No importaba.
Nadie lo escuchó de todas formas.
FIN.
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