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Aioria x Shaka
Fue inusual.
En pleno otoño.
La coincidencia de haber estado en el mismo lugar, en un día cualquiera en sus vidas… No había memorias que querer recordar ni tampoco encender alguna llama en su historia. Los caminos eran opuestos, los rostros ya eran otros: maduros, desconocidos… Ya no había tiempo. Ya no para ellos. Porque el tiempo había pasado entre ellos, ya eran otros, ya no eran los mismos chiquillos que alguna vez se quisieron.
Ahora el clima entre ellos estaba frio, seco.
Fue en la mañana que Shaka -como a partir de ese día- iría a tomar terapia para el estrés que ya su cuerpo sentía, apenas veinte y ocho años pero ya la vida le exigía demasiado. Se levantó antes de las cinco de la madrugada, dándose un baño antes de salir, por lo cual le quedaba nulo tiempo para desayunar, ya en el camino se iría a comprar algo. Salió de casa temprano; aún el manto brillante no aparecía en la bóveda celeste, decidió que antes de llegar al centro tomaría una larga caminata para mejorar su circulación.
Caminó por el recorrido que lo llevaría a su destino. Vestido con una pans azul marino y una playera sport blanca, atado con sus tenis deportivos y el bolso dónde llevaba el cambio de ropa y las cosas que ocuparía en la sesión de terapia. Iba concentrado escuchando la música de su celular, conectado al internet, viendo de vez en vez si aquella persona que tanto le alegraba las mañanas se conectaba o dejaba algún toque en facebook… Pero nada; decidió seguir trotando un poco más de tiempo. Pronto su estómago resintió la falta de alimento y viendo que estaba cerca y con tiempo exacto entró a un pequeño súper para comprar un yogurt y así, al menos, no ir con el estómago vacío.
Y entró.
El destino conspiró.
No supo porqué.
Ni tampoco reparó en el hombre que pagaba su compra.
Shaka tomó el yogurt de fresas que le gustaba, no tardó mucho tiempo en escogerlo y así como lo tomó fue inmediatamente a pagar en caja, la cual ya lucía desocupada… Fue en ese preciso momento que al pagar notó a ese hombre que salía de espalda ancha. Y tal vez fue impulso, tal vez fue curiosidad, no supo pero salió detrás de él para ver algo que nunca se esperó… Algo que, aunque estaba en sus memorias, ya no había recordado por un buen tiempo.
Afuera del súper el aire se acentuaba… El aire bailó entre Shaka y él…
Entre los cabellos de ambos que secos danzaban al aire.
Y los ojos de cielo se abrieron al impacto, y las verdes esmeraldas le vieron de reojo.
Allí… En el mismo tiempo y espacio.
Allí… Dos personas se reencontraron.
Aioria.
Los ojos parpadearon ante la presencia del otro. No hubo movimiento de músculos, no hubo intercambio de palabras ni tampoco el querer avanzar o retroceder… Fue un instante de tiempo… Fueron microsegundos que se convirtieron en extensos años de memorias… y mientras se fundían en un mar calmo de recuerdos, mientras su ojos, que en ese momento se volvieron opacas, debido a la melancolía, debido a todo… Ellos no sentían nada. Estaban en un espacio silencioso.
Se habían conocido ya hace años, demasiados que ya no sabía cuantos exactamente habían pasado desde la última vez que lo vio. Había cambiado… Tanto. Shaka también lo había hecho. En la universidad se habían conocido, interactuando amenamente, tanto que la misma convivencia los llevó a una simpatizante relación amistosa… Aunque también tormentosa. Nunca se nombraron algo más que no fuese amigos. Pero dentro de todo, dentro de las circunstancias dadas, ellos sabían que había algo más en esa extraña relación.
Había fuego.
Había deseo.
Había una atracción hacia los cuerpos ajenos.
Incluso, por parte de Shaka, hubo amor. ¿Por parte de él? Afirman que también. Más nunca se declararon o dijeron algo, pero tampoco bastó decirse con palabras aquello que las irises azules y verdes ya sabían y se prodigaban: aunque ellos mismos callaran. Aunque ellos mismos se mintieran.
Shaka quiso decirlo pero Aioria le habló de sus prioridades… Entre ellas no estaba enamorarse.
Y se lo guardó. Y siguió ocultando aquel sentimiento que día a día crecía con cada sonrisa que el mayor le depositaba en su urbana vida. Recordó que hubo salidas al cine, que hubo salidas a comidas, que incluso, en vacaciones iba a verlo a casa de sus padres, que le invitaba en cualquier ocasión, que también hubo desplantes, que también hubo engaños con su mejor amigo. Pero Shaka no podía objetar algo.
Porque al fin y al cabo, Aioria y él no eran nada.
Y el tiempo seguía arremolinando memorias… Y el tiempo despedía aquellos aromas que eran iguales en el pasado, que no podrían ser cambiados, pero tampoco podrían encajar el uno en el otro… Observó que Aioria había cambiado, ya no tenía el cuerpo menudo de antes, ahora, era más alto, más fornido, con los músculos mejor marcados. Alguna vez escuchó –en esos ratos que encuentras a amigos del pasado y te informan de la vida de todos los que conociste- que Aioria había conseguido pareja antes de dejar la universidad. ¿No fue acaso lo que no estaba en sus prioridades? ¿Estar en pareja? Pero eso a Shaka, no le afectó tanto como esperaba; al final tampoco se quedó con Mu como pensaba.
Al final ellos terminaron separándose.
Sin decirse lo que al final sentían. Cada quién siguiendo su vida.
Ya no sentían nada… El tiempo no les dejó sentir. No dejó conspirar a su amor. Ya no había nada más que decirse, ni que jurarse, ni que acordarse. Sólo estaban allí… Mirándose en aquel momento, sintiendo que ya no sentían… Nada, el uno por el otro; queriendo esbozar al menos una sonrisa para dar a saber que al menos se alegraban del encuentro.
Pero no hubo nada.
Ni un sentimiento. Ni una mueca de inconformidad o felicidad.
Solo el seco otoño que al unísono de sus corazones se llevaba el último pedazo de melancolía que quedaba entre ellos.
Shaka dio vuelta, dejando atrás a aquel hombre que tanto había significado en su vida hace años, pero del cual, el tiempo se había encargado de separarlos. Volteó una vez más para cerciorarse que no fue una fantasía.
El autobús ya se lo había llevado.
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