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Capítulo nueve
A todas partes hay tres leguas de mal camino
O, lo que es lo mismo
Empieza la búsqueda
Casa de Géminis
Saga comprendió que ya era de día y que estaba despierto, pero no quería moverse de donde estaba. Se sentía realmente cómodo y eso era poco frecuente.
No había querido contárselo a Kanon, pero, desde el regreso, le estaba costando más de lo razonable volver a acostumbrarse a la cama individual que le había correspondido desde que ellos dos tuvieron edad suficiente como para abandonar la cuna.
Le avergonzaba tener que admitir que se había habituado a dormir en una cama más ancha y con un colchón (mucho) más suave. Las espartanas tradiciones de la Casa de Géminis, que decretaban el uso de colchones mal rellenos de paja (duros e incómodos), no ayudaban en nada al proceso de reajuste.
Pero esa noche había dormido excepcionalmente bien, a pesar de la cama dura… y tal vez podría dormir unos diez minutos más.
Se acurrucó nuevamente, enredando (casi sin darse cuenta) la mano derecha en el cabello de la persona que tenía abrazada. Su mano izquierda encontró cómo colarse bajo la camisa de la pijama y acarició una piel sedosa que (por alguna extraña razón) le parecía perfectamente familiar; algo en el fondo de su mente proclamaba “¡mío!” con orgullo y todo en el universo estaba bien en ese momento, porque aquello era verdad. Sí, era agradable estar así… apartaría esa cascada de rizos claros y tiraría un poco de la camisa de la pijama de su pareja para descubrirle el hombro derecho y darle un beso ahí, algo que le garantizaría la primera sonrisa del día…
Saga abrió los ojos de par en par al tiempo que daba un respingo.
¿A quién diablos estaba abrazando?
La cama era demasiado estrecha y él estaba muy cerca del borde. El movimiento brusco lo hizo caer al suelo, arrastrando consigo las mantas.
Afrodita lo contempló desde la cama, intrigado.
-¿Tuviste una pesadilla o algo así?
-Uh… no…
El golpe que acababa de darse en la espalda contra la otra cama bastó para que entendiera que no había caído de su cama, sino de la de Kanon, pero eso no ayudaba en nada para remediar lo ridículo que estaba empezando a sentirse.
-Estas camas son un crimen de lesa humanidad –declaró Afrodita, que ya estaba en pie y buscaba algo en su maletín-. Juraría que son más estrechas que las camas normales. Y creo que deberías ir pensando en conseguir un colchón decente. Sería un buen regalo de cumpleaños para Kanon, ¿no crees? Hace unos días me comentó que esta cama le da tanto dolor de espalda que ya está empezando a sentirse viejo.
¿Sería posible que no se hubiera dado cuenta? Sin poder moverse de donde había caído, Saga lo observaba perplejo ir de aquí para allá, alistando la ropa que iba a ponerse ese día. Finalmente, Afrodita entró al baño, pero, antes de cerrar la puerta, miró a Saga por encima del hombro.
-Kanon no me advirtió que tuvieras la costumbre de cambiarte de cama a media noche.
-No es… no es algo que acostumbre.
-Menos mal. Porque casi me matas del susto.
-Lo siento.
-Disculpa aceptada. Que no se repita.
-No… claro que no.
Mientras Afrodita se bañaba, Saga tomó una decisión. Tenía que hablar muy seriamente con el Patriarca.
Palacio del Patriarca (específicamente, la cocina)
Jabu y Shun nunca habían entrado antes en la cocina del palacio, así que estaban más curiosos e interesados que avergonzados.
El jefe de cocineros (a quien tuvieron que aprender de inmediato a llamar Chef correctamente, a pesar de que el acento de ambos no era el más adecuado para la “f” final) era casi tan grande como Aldebarán y resultaba ligeramente aterrador verlo con un cuchillo en la mano, pero sus movimientos eran precisos y exactos, y estaba muy acostumbrado a enseñar.
Los dos jóvenes no tardaron mucho en encontrarse a gusto siguiendo sus instrucciones. Afortunadamente para ambos, tenían conocimientos básicos de cocina (lo indispensable como para no morir de hambre en caso de tener que cocinar para ellos mismos).
Aldebarán, por el contrario, sí lucía un tanto incómodo, aunque no parecía tener ningún problema para cocinar. Mu estaba preocupado y distraído, por lo que cometía errores con frecuencia, de manera que fue el único al que el jefe de cocineros regañaba constantemente.
Shun se concentró en trabajar rápido y bien, lanzando una mirada a su alrededor de cuando en cuando. Por lo que había podido contarle Seiya la noche anterior, lo más normal era que cada adulto de la Orden cocinara para sí, exceptuando a los que vivían en el palacio y realizaban labores administrativas. Después de todo, la dieta de un caballero activo era similar a la de un atleta de alto rendimiento y variaba según la especialidad: Aldebarán, cuyas técnicas tenían bastante que ver con la fuerza muscular, no comía lo mismo (ni en la misma cantidad) que Shaka, quien ejecutaba ataques psíquicos. Pero todos tenían derecho de comer en el palacio cuando así lo quisieran (no siempre había tiempo para cocinar) y cuando alguien estaba castigado en la cocina, el número de comensales se incrementaba, probablemente para reírse un poco a costillas de la pobre víctima, que además de ayudar a cocinar tenía que encargarse también de servir las mesas en el comedor general.
Así pues, probablemente verían muchas caras conocidas a la hora del desayuno.
El Areópago
Eris caminó entre las ruinas del palacio de su padre sin mirar a derecha ni izquierda, con los labios apretados y la expresión firme y orgullosa apropiada para una hija de la Guerra. Había retrasado todo lo posible el presentarse ante las nuevas dueñas del castillo y no tenía intención de darles el gusto de ver lo mucho que la perturbaba la forma en que habían redecorado el lugar.
-Ah, aquí estás –masculló Dino.
-¿Quién está aquí? –preguntó Penfredo.
-Dame acá –dijo Enio al tiempo que le arrebataba el ojo a Dino para ponérselo y mirar a Eris-. Oh, pero si es nuestra querida Eris.
-Dámelo –exigió Penfredo, alargando la mano. Enio refunfuñó un poco antes de entregarle el ojo-. Ah, sí, la preciosa Eris.
Eris se tensó de inmediato. Cada vez que Penfredo mencionaba lo bonita que era, se trataba de un presagio de torturas y humillaciones. Las Grayas, que jamás habían sido jóvenes, no perdonaban la eterna juventud y belleza de las divinidades que habían tenido el privilegio de probar el néctar y la ambrosía.
Tampoco en esa ocasión se equivocó la diosa de la Discordia. Penfredo la miró fijamente una vez más y sonrió, una mueca horrible en su boca desdentada.
-¿Es así como saludas a tus amas, muchacha? ¡Arrodíllate, como corresponde!
Sin una protesta, Eris puso ambas rodillas en tierra e inclinó la cabeza, imperturbable. Últimamente se estaba volviendo fácil mostrarse dócil y obediente. Demasiado fácil para su gusto. Con la mirada fija en el suelo pudo ver que su larga cabellera rubia estaba ensuciándose con la sustancia oscura y maloliente que embadurnaba el piso de mármol, antes resplandeciente de blancura.
-Te tomaste tu tiempo en volver –dijo Penfredo.
-¡Quiero verla! –chilló Dino.
-¡Yo primero! –replicó Enio.
Penfredo bufó, molesta. Estaban echándole a perder el dramatismo que quería usar. Entregó el ojo a Dino y dejó que ella y Enio se pelearan, mientras seguía hablándole a Eris.
-¿Tu pequeño Polemos ha logrado hacer algo?
-Está cumpliendo con su misión, Señora. Vigila los pasos de Atenea y siembra cizaña entre sus súbditos. El niño es hábil y leal, un buen sirviente.
-Más vale que así sea. Todavía es lo bastante joven y tierno como para que su sangre y su grasa sirvan para unas cuantas pociones interesantes.
Eris sintió que la sangre le hervía. Ya bastante malo había sido tener que golpear ella misma a Polemos como para tener que escuchar a aquella bruja amenazando con matarlo. No se cansaba de agradecer al Hado Misterioso porque los otros niños habían podido escapar a tiempo.
-Polemos cumplirá con su misión, Señora, no tiene de qué preocuparse.
-Más vale que así sea. ¿Tienes algo que informar?
-Solo que el segundo Caballero de Géminis abandonó la Orden de Atenea para reintegrarse a la de Poseidón. Polemos cree que ahora que Saga de Géminis está solo, resultará más fácil enemistarlo con los demás. Ya ha puesto en marcha algo que provocará un conflicto grande entre él y el Patriarca.
-Excelente. Puedes retirarte.
-Gracias, Señora.
Eris salió de lo que había sido el salón del trono de su padre sintiéndose completamente asqueada. Había mentido al contarle a Atenea sobre las supuestas negociaciones entre las Grayas y su familia. No había habido negociación alguna. Ares ciertamente estaba desesperado por encontrar a Niké, pero no era un suicida y sabía que las malvadas brujas no tenían ningún motivo para querer ayudar a un hijo de Zeus, especialmente no después del trato que les había dado Perseo, un simple semidiós medio hermano de Ares.
No, Ares nunca había tenido intención de acudir a ellas, eran las Grayas quienes le habían tendido una emboscada y, de alguna manera, se las habían arreglado para hacerlo prisionero.
Muerto a traición el humano que debía ser su reencarnación en ese ciclo (algo que las Grayas habían logrado hacer en todos los ciclos desde su triunfo sobre Hades mucho antes de que el avatar destinado en cada ocasión llegara a cumplir dos meses de edad), al dios de la Guerra no le había quedado más remedio que usar constantemente su cuerpo original desde hacía milenios, con todos los riesgos, el desgaste y el consecuente debilitamiento que eso entrañaba. Así era como las Grayas se habían adueñado del Areópago y así era como conseguían que los Areidas mayores las obedecieran: tenían a Ares como rehén, atrapado en algún rincón de su propio palacio al que sus hijos no podían llegar para liberarlo.
En la entrada del ruinoso edificio principal, encontró a su hermano Deimos, el Espanto, con la misma mala cara que tenía desde la desaparición de los niños. Por mucho que quisiera negarlo, todos los Areidas sabían que Deimos era un blando de corazón (por algo era el que siempre iniciaba la fuga de los que perdían en los combates) y la inquietud por los pequeños lo martirizaba más que al resto.
-¿Estás bien, Eris? –preguntó con ansiedad.
Al parecer, también se preocupaba por ella.
-Sí, esta vez solo fueron palabras.
No, no iba a mencionar las amenazas contra Polemos, sería añadirle más peso a la carga de su hermano. Tratando de pensar en cosas menos desagradables, Eris tomó distraídamente su cabello para acomodarlo un poco y volvió a la realidad de golpe al sentir en sus manos la suciedad que lo había manchado. Miró con verdadero horror aquella cosa y tardó unos segundos en recobrar la compostura.
-Deimos… ¿Serías tan amable de conseguirme unas tijeras?
-¿Para qué?
-Si esto de rendirles pleitesía va a convertirse en una costumbre, creo que será mejor que me asegure de que mi cabello no se ensucie por arrastrarlo por el suelo.
Deimos miró con pena su propia cabellera, casi tan larga como la de ella. Como de costumbre, Eris se enfocaba en el lado práctico de las cosas.
-…Cuando tienes razón, tienes razón –murmuró, y fue a buscar las tijeras.
Casa de Virgo
Shaka contempló con asombro y deleite el loto que acababa de florecer ante sus ojos.
Al momento de dejar caer la semilla en el estanque de la habitación más resguardada de su casa, no había pensado mucho en cómo sería la planta en caso de que germinara, había asumido que sería un loto más. Las hojas eran completamente normales… pero el capullo lo había sorprendido mucho, ¡era enorme! Y la flor, al abrirse ese día, confirmaba que no había sido una ilusión: era inmensa, probablemente tenía metro y medio de diámetro y parecía lo bastante fuerte como para soportar el peso de una persona o quizá dos.
En algún momento había llegado a pensar que sus padres no le tenían afecto, después de todo, su cabello rubio y su piel y ojos claros lo hacían completamente distinto a ellos, lo que ocasionaba las burlas del resto de la aldea… pero ese loto… ¿Cuánto esfuerzo les habría costado encontrar una semilla de algo tan maravilloso como esa planta?
Estaba profundamente conmovido y decidido a comunicarse con ellos tan pronto como le fuera posible. Tenía que darles las gracias.
Probablemente se sorprenderían de que hubiera tardado tanto en sembrar la semilla… ¿Y si llevaban años pensando que había sido tan ingrato como para olvidarse de su regalo?
Sí, tenía que comunicarse con ellos.
Casa de Capricornio
Shura buscó a su aprendiz en todos los lugares habituales. Luego en los menos habituales. Finalmente lo encontró en un rincón bastante escondido, llorando.
No era la primera vez que contemplaba semejante espectáculo, que siempre lo hacía llenarse de dudas sobre su capacidad como Maestro.
Arles siempre había rechazado sus solicitudes para que se le asignara un discípulo, sin molestarse en explicarle por qué. De modo que para el Caballero de Capricornio había sido una humillación terrible no solo el que Mu y Kamus recibieran ese honor antes que él sino que además miembros de la Orden de rangos inferiores (caballeros de Plata y Bronce) llegaron a ser Maestros mucho antes todavía.
Llegó a pensar que Saga le negaba esa distinción por envidia, y luego de la batalla de las Doce Casas, pensó que había sido porque sospechaba que en el fondo siempre sería leal a Atenea.
Ahora, viendo lo infeliz que parecía estar su discípulo la mayor parte del tiempo, no podía dejar de preguntarse si el falso Patriarca simplemente lo consideraba inadecuado como Maestro. Después de todo, había mantenido en su puesto a Albiore de Cefeo, pese a las muchas veces que aquel pacifista había chocado con él por sus métodos, y había confirmado a Seiya como Caballero de Pegaso aunque buena parte de la Orden quería negarse a reconocer su triunfo ante Casio.
Polemos, el primer aprendiz que había llegado al Santuario luego del regreso (también el único hasta el momento), era un estudiante dócil y aplicado. Shura no acababa de entender por qué tanta gente parecía detestarlo.
Las vagas explicaciones que le había dado Aldebarán la noche anterior, cuando llegó acompañándolo a una hora en la que Shura ya estaba empezando a volverse loco de preocupación, no lograron más que hacerlo sentirse todavía peor.
¿Cómo era posible que Polemos no pudiera hacer amistad ni siquiera con Kiki?
Se sentó junto al niño e intentó colocar una mano en su hombro. Como de costumbre, Polemos se apartó un poco para evitar la muestra de afecto. Esa era otra cosa que lo preocupaba. Estaba convencido de que en algún momento (mucho antes de llegar al Santuario) el niño se había convencido de que un adulto sólo lo tocaría para maltratarlo.
-Estoy seguro de que las cosas no son tan graves como parecen ahora, pequeño.
Polemos sacudió la cabeza. Shura lo intentó de nuevo.
-¿Puedes decirme por qué peleaste con Kiki anoche?
Era evidente que el Caballero de Capricornio seguiría insistiendo hasta conseguir una respuesta, suya o de alguien más, por lo que Polemos se resignó a contarle una versión resumida de lo ocurrido la noche anterior. A medida que hablaba, Shura iba poniéndose más y más serio.
-Hiciste lo correcto –dijo, con completa seguridad-. La actitud de ellos ocho fue irresponsable, ¡merecen un castigo mucho más severo!
-El Patriarca Shion y Atenea…
-Son demasiado benevolentes. ¡Y ese Kiki! Es menor que tú, pero inició su noviciado mucho antes, ¡ya debería conocer el reglamento! Y si así fuera, sabría que hiciste lo correcto. ¡No tenía ningún derecho a atacarte! E hiciste bien en no responder cuando te golpeó, no habría sido un combate justo.
Polemos estaba boquiabierto. ¿Era que Shura no se daba cuenta de que el simple hecho de ser mayor que Kiki no lo hacía más fuerte ni más hábil en combate?
-M-Maestro, Kiki estaba ofuscado, él no se comporta así normalmente…
-Tanto peor. ¿Qué clase de Caballero llegará a ser si no puede mantener la cabeza fría durante una emergencia?
-Eh…
-Pues Kiki y su Maestro van a escuchar unas cuantas verdades. Hablaré con ellos.
Polemos intentó detenerlo, pero su reacción fue demasiado lenta y Shura ya había salido de Capricornio para cuando intentó alcanzarlo.
-¡No, no! ¡Pero qué locura! –el niño se retorció las manos desesperado-. ¡¿Por qué estas cosas pasan incluso cuando no lo estoy intentando?!
Tenía desde su nacimiento el don de poner en marcha conflictos a su alrededor. Bastaba con que se detuviera a observar a otros niños jugando para que éstos iniciaran un pleito sin haber notado siquiera su presencia. Resultaba todavía peor cuando intervenía, porque cada frase suya, por inocente que fuera, era como echar leña al fuego.
Cuando lo hacía intencionalmente, provocaba tragedias.
Cuando era involuntario, los resultados solían ser auténticas pesadillas.
Palacio del Patriarca (específicamente, la oficina del susodicho)
-¡No necesito niñeras! –exclamó Saga.
-Es por la tranquilidad de la Orden, un pequeño sacrificio –respondió Shion. Estaba un tanto sorprendido de que Saga no hubiera intentado expresar su descontento en una forma más diplomática, al menos al principio. Simplemente había llegado a su despacho, había cerrado la puerta y había soltado esa frase como… ¿cuándo fue la última vez que Shion y Febe habían pedido que alguien vigilara a sus hijos mientras ellos salían?
Saga tomó aire y contuvo la respiración unos segundos antes de contestar.
-No quiero a los amigos de Kanon vigilándome –especialmente no, después de haberse puesto en vergüenza ante Afrodita de aquella manera.
-Es justo. Entonces, que te vigilen tus amigos. Hazme una lista.
Shion empujó hacia Saga una hoja de papel y una pluma, y destapó el tintero.
Pasaron unos segundos lentos y silenciosos sin que Saga hiciera el menor intento por tomar la pluma.
Podría haber anotado a Aioros, pero eso sin duda atraería problemas con Aioria. Así pues… ¿quién quedaba?
-Tiene que haber otra solución, Maestro –murmuró por fin.
-Bueno… puedo vigilarte yo.
Primero lo miró con incredulidad y luego Saga se sentó y apoyó la frente en una mano.
-¿No hay otra opción? –preguntó.
-¿No te agrada mi compañía?
-Usted sabe que no es eso.
-¿No?
-Es… complicado.
-Ajá. ¿Soy demasiado viejo como para comprender, aunque me lo expliques despacio?
-No he dicho semejante cosa. Y tampoco es que no quiera estar con usted. Es que… desde que regresamos, es mi compañía la que no resulta agradable. Me he vuelto fácil de irritar en una forma que no me conocía y últimamente parece que cada vez que abro la boca es para ofender a alguien, incluso sin proponérmelo. Kanon hizo mal al imponerle mi presencia a sus amigos. Ellos me vigilan por hacerle un favor, pero la amistad tiene sus límites y no quiero que se enojen con él por mi causa. Tampoco puedo pretender que usted cargue conmigo, ya tiene muchas responsabilidades y yo también tengo labores que no puedo dejar de lado mientras usted realiza las suyas, adaptar nuestros horarios para que coincidan las 24 horas… sería desorganizar los de todos los demás en el Santuario.
Eso último era bastante cierto.
-En ese caso, tendremos que buscar otra salida –Shion meditó un poco, mientras contemplaba con atención el aspecto abatido de Saga. Su primogénito trataba de disimularlo, pero la ausencia repentina de Kanon estaba afectando su equilibrio, ya de por sí demasiado precario.
El estrés de lidiar con personalidades tan variadas como las de los inadaptados tampoco podía ser bueno para él. Saga no estaba acostumbrado a abrirse con nadie, mucho menos con cuatro personas al mismo tiempo. La idea de Saori no era tan mala a fin de cuentas, pero habría que hacerle uno o dos retoques.
Saga se sobresaltó al advertir que Shion se estaba comunicando con alguien por medio del cosmos, pero Shion fingió no haberlo notado. Sí que estaba nervioso.
Unos minutos después, se escucharon unos discretos golpes en la puerta.
-Adelante –dijo Shion.
Afrodita entró y saludó al Patriarca con formalidad.
-Afrodita de Piscis –dijo Shion sin mirarlo mientras hojeaba los horarios-, ¿tienes responsabilidades aparte de las horas de guardia asignadas a la Doceava Casa?
Afrodita se sintió intrigado. No era común que el Patriarca le preguntara algo que debía saber mejor que él.
-Es deber del Caballero de Pisics proteger la Doceava Casa, los accesos al Palacio y el Palacio mismo. Pero, antes que todo, su misión es proteger al Patriarca como éste protege a Atenea reencarnada. En virtud de lo anterior, el Caballero de Piscis no tiene responsabilidades domésticas en la Orden aparte del turno de guardia que le corresponde, el mantenimiento de su propia Casa y la educación de sus discípulos, si los tiene, esto con el fin de que esté disponible en todo momento si el Patriarca llega a necesitarlo –recitó, tratando de no pensar en las muchas veces que Ixión lo había obligado a leer en voz alta esa parte el reglamento hasta aprendérsela, bajo la amenaza de una severa golpiza.
Shion había dejado los papeles para mirarlo con sorpresa.
-¿Te sabes eso de memoria?
¿Qué tendría de sorprendente?
-Es deber del Caballero de Piscis conocer a fondo los decretos de Atenea y los lineamientos de la Orden, así como las leyes y costumbres que rigen la diplomacia tanto entre los dioses griegos como entre éstos y los distintos panteones, con el fin de que pueda servir como asistente del Patriarca en cuestiones diplomáticas y del gobierno de la Orden –citó de nuevo.
-¿Estás diciendo que memorizaste todo el reglamento? –preguntó Saga, un poco alarmado.
-Tanto como eso, no. Sólo lo referente a Piscis.
-No deja de ser extraordinario –dijo Shion-. Bueno, Afrodita, tengo una misión para ti.
-Usted dirá.
-Ayer acordamos que tú y tus tres amigos se turnarían para estar con Saga estos días, pero necesito ocupar a Cáncer, Andrómeda y Unicornio en otras labores, por lo que creo que será mejor que te encargues de acompañarlo a partir de hoy y hasta nuevo aviso.
Afrodita palideció.
-¿Yo? –dijo, con un hilo de voz.
-¿Estás bien? –preguntó Shion, preocupado.
El Patriarca abandonó su lugar para acercarse al Caballero de Piscis, que empezaba a lucir un tanto descompuesto. Afrodita intentó retroceder, pero se encontró con Saga, que también se había acercado a comprobar si estaba enfermo.
-Tr-tranquilos, no es nada. Sólo me sentí mareado por un momento, ya estoy bien.
-Tal vez debería reconsiderar lo de tu castigo –dijo Shion, no le gustaba para nada lo fría que se sentía al tacto la piel de Afrodita-. En la lavandería…
-¡No! –exclamó Afrodita-. Estoy, bien, en serio, Maestro Shion. Prefiero absolutamente cualquier otra cosa que tener que hacer la colada. Además, el ama de llaves ya empezó a organizar la limpieza con todo el entusiasmo del mundo, no puedo desertar ahora.
-Hum. Veremos –Shion tomó nota mental de advertir tanto a MM como al ama de llaves que estuvieran atentos; a la menor señal de que Afrodita se sentía mal, habría que enviarlo a descansar-. ¿Tienes alguna objeción a lo que acabo de pedirte?
-Será un alivio mental para todos el que yo me haga cargo de acompañar a Saga. Nos inquietaba cómo íbamos a explicarle al Fénix que su hermanito pasaría cada cuarta noche en la Casa de Géminis de aquí hasta mayo.
-Bien, en ese caso, todo arreglado. Pueden retirarse –dijo Shion, con una sonrisa satisfecha que hizo desear a los otros dos poder borrársela de la cara.
Shion los miró salir y dejó que su sonrisa se hiciera todavía más amplia. Las cosas debían estar volviendo a su cauce natural… porque esos dos probablemente no se habían dado cuenta todavía, pero se habían vestido ese día con colores que combinaban.
Como solían hacer Pólux y Apolodoro.
Sí, la cercanía les haría bien.
-¡Angello me va a matar! –exclamó Afrodita tan pronto como estuvieron fuera de la oficina.
-¿Por qué? –preguntó Saga.
-…Cierto, Saga, muy cierto. Te va a matar a ti primero y cuando termine contigo tal vez se apiade de mí y me perdone la vida. ¿Cómo se te ocurre pedirle a ese demente que sea yo quien te cuide en exclusiva?
-¡No hice tal cosa! Le pedí que no me asignara cuidadores.
-Oh, y obtuviste el resultado contrario de lo que esperabas lograr.
-…Más o menos.
Afrodita suspiró.
-¿Qué voy a hacer contigo, Saga?
-Si tanto te disgusta mi compañía, ¿por qué no te opusiste? ¡No sería la primera vez que te rebelas contra una orden suya!
Afrodita apretó los labios en un gesto colérico y le lanzó una mirada de ira que sorprendió a Saga. Luego de unos instantes en esa situación extraña, ambos apartaron la vista al mismo tiempo.
-Será mejor que vayamos a desayunar –dijo Afrodita, en un tono mucho más sosegado.
-Cierto –murmuró Saga.
Mientras caminaban hacia el comedor, Saga repasó por enésima vez los pros y los contras de las medidas tomadas por Atenea para mantenerlo acompañado. Con el nuevo añadido de que Afrodita tendría que pasar con él todo el día, los contras pesaban todavía más que al principio, lo cual ya era mucho decir.
Las cosas habían salido al revés de como esperaba, lo cual era algo frecuente con Shion y una de las cosas que más irritaban a Saga contra el Patriarca. ¿Por qué no podía permitirle solucionar las cosas de la manera más directa y sencilla? No, Shion siempre tenía que darle cien vueltas a todo y dejar al revés todas las cuestiones que Saga le planteara. En eso se parecían él y Kanon.
¿Y Afrodita? ¿Por qué fingía estar de acuerdo delante de Shion para luego armarle un berrinche a él? ¿Qué culpa tenía Saga si el Patriarca se comportaba como si ya estuviera senil? Bien sabían los dioses que Shion tenía edad más que suficiente para eso…
No, las cosas no iban a cambiar nunca mientras Shion estuviera al mando y Saga haría bien en enfocarse en el problema que tenía más a mano, Afrodita. El Caballero de Piscis acababa de dejarle muy claro que le fastidiaba profundamente tener que ser su niñera. Bien, eso podía comprenderlo, nadie en su sano juicio querría semejante misión.
Y, aunque le dolía (mucho más de lo que era capaz de admitir), tendría que hacer todo lo posible para que ese mal trago se redujera al mínimo indispensable. Saga era orgulloso y en ese momento no tenía más opción que aferrarse a su orgullo y decirse a sí mismo que no iba a obligar a nadie a hacerle compañía, a pesar del insomnio y de las pesadillas. Su orgullo tendría que bastarle para sobrevivir.
Así pues, tenía que darle a entender a Afrodita que no lo necesitaba y que tampoco lo quería cerca. Era algo que tenía que lograr lo más pronto posible, antes que de la cercanía del Caballero de Piscis se volviera indispensable para él; alejarlo por iniciativa propia sería menos doloroso que esperar a que lo abandonara, o al menos eso pensaba.
Iba tan ensimismado que no prestó atención a lo que lo rodeaba, por lo que se sorprendió bastante cuando al llegar al comedor Afrodita se movió casi a la velocidad de la luz para detenerlo con un brazo y luego, de inmediato, escudarlo con su cuerpo como si estuvieran atacándolos.
Sorprendido, aprovechó la ventaja que le daban sus cinco centímetros más de estatura para mirar por encima del hombro de Afrodita lo que estaba pasando.
En el amplio salón revestido de mármol y adornado con estatuas, murales y mosaicos… estaba llevándose a cabo una guerra de comida.
-Pongámonos a cubierto –dijo Afrodita.
-Tenemos que detenerlos –respondió Saga.
-Prefiero dejar que se detengan solos…
Un proyectil perdido (un tazón de cereal, con leche y fresas cortadas en prolijas rodajitas con forma de flores) se estrelló contra el pecho de Afrodita, dejando una mancha blanca y rosa en su ropa.
-No creo que se detengan antes de haber destrozado el lugar –dijo Saga, al tiempo que sujetaba a Afrodita por la cintura y lo obligaba a retroceder unos centímetros, lo suficiente como para apartarlos a ambos de la trayectoria de lo que parecía ser una tostada con mermelada de piña.
-¡Oye, suelta!
Afrodita sujetó las muñecas de Saga en un intento por conseguir que lo soltara, pero Saga vio venir hacia ellos otro tazón volador, lo abrazó con más fuerza y se volvió hacia la pared para impedir que el proyectil golpeara a Afrodita en la cara. El tazón se estrelló contra su espalda y pudo sentir cómo el cereal, la leche (y las florecitas de fruta) empapaban su cabello y escurrían por su espalda.
-Ouch –murmuró Saga.
-Se supone que soy yo el que te protege a ti… -protestó Afrodita.
Un par de panqueques acababan de golpear a Saga en un hombro.
-Será mejor que los detengamos. Al ama de llaves no le hará gracia ver esto.
-Oh, ratas, y yo tendré que ayudarla a limpiar… ¡Ah!
Una jarrita de cerámica destinada a contener crema se hizo pedazos contra la pared cerca de ellos y uno de los fragmentos alcanzó a Afrodita en la frente.
Saga pudo ver un hilillo de sangre deslizándose por la piel de Afrodita. En otra situación tal vez le habría intrigado el cambio en el color que había provocado el alicorno (la sangre seguía siendo roja, pero tenía un brillo tornasolado que quedaba totalmente fuera de lugar), sin embargo en ese momento sólo pudo prestar atención a la cólera que sintió al verla.
Los demás Caballeros se detuvieron en seco al percibir un cosmos furioso elevándose con la fuerza de una tormenta.
-¡BASTA AHORA MISMO! –gritó Saga, sin ninguna necesidad, porque para ese momento ya todos lo contemplaban boquiabiertos.
Debajo de una de las mesas, donde habían buscado refugio cuando no fue sólo comida sino también vajilla y cubiertos lo que empezó a volar en todas direcciones, Kiki le dirigió una mirada acusadora a Polemos, aunque el hecho de que ambos estaban cubiertos de yogur y granola le restaba bastante del efecto que quería lograr.
-¿Esto también lo provocaste tú?
-No lo hago a propósito –confesó Polemos, sintiéndose patético-. Es involuntario la mayor parte del tiempo.
-Bah –Kiki se limpió con el dorso de la mano un chorrete de yogur que empezaba a resbalar por su cara-. ¿No se supone que tienes diez años? ¡Hablas como si todavía mojaras la cama!
-¿Eh?
-¡Mira lo que hiciste, caramba! Yo al principio no tenía control sobre la telequinesis, y cuando me enojaba hacía verdaderas tormentas dentro de la casa de mi Maestro en Jamir, pero el señor Mu me enseñó a controlar eso. Tu Maestro debería enseñarte lo mismo.
-No es igual, lo mío no es telequinesis… y el Maestro Shura no sabe que puedo hacerlo…
-¡Pues deberías decírselo! ¿No te das cuenta de que lo estás metiendo en problemas?
Polemos bajó la cabeza. ¿Shura en problemas? Sin duda, sobre todo porque todos tenían que haber visto cuando perdió la paciencia debido a que llevaba rato discutiendo solo (porque Mu no parecía entender una palabra de todo lo que le estaba reclamando) y finalmente agarró un tazón con cereal (el desayuno de Dohko, por cierto) y se lo vació en la cabeza al Caballero de Aries, con lo que empezó la guerra de comida.
-¡Oh, no me digas que te vas a poner a llorar! –exclamó Kiki, fastidiado-. ¿No te da vergüenza ser tan llorón?
-No puedo evitarlo…
-Y dale con eso –Kiki arrugó la nariz-. Pues está decidido.
-¿Qué cosa?
-Ya que no eres capaz de decirle a tu Maestro que tiene que enseñarte a controlar… lo que sea que estás haciendo, yo le diré a mi Maestro que te enseñe.
-¡¿Qué?!
Polemos supo, sin la menor sombra de duda que un nuevo conflicto acababa de empezar a gestarse en el momento en que esa idea nació en la mente de Kiki.
¿Cuánto tardaría Kiki en darse cuenta de que esa “brillante idea” también había sido provocada (involuntariamente) por Polemos?
Casa de Géminis
-Te digo que fue espectacular, en serio –insistió MM-. Tú no lo viste porque estabas ocupado limpiándote la sangre de la cara, por eso no sabes de lo que te perdiste…
-¿Tanto así? –dijo Afrodita, con un tono que a todos (menos a MM) les sonó bastante irritado.
-Pues… sí –confirmó Jabu, luego dirigirle una mirada inquieta a Saga, que fingía ignorarlos.
El comedor estaba cerrado mientras lo limpiaban, por lo que quienes no vivían en el palacio tuvieron que comer en sus casas ese día. “Casualmente” todos los inadaptados decidieron almorzar en Géminis.
Afrodita había pasado verdaderos apuros para conseguir que la comida (originalmente planeada para dos) alcanzara para todos, y el relato de MM (en su opinión, bastante exagerado) sobre la forma en que Saga había dado fin a la guerra de comida estaba empezando a crisparle los nervios, ya bastante tensos desde la conversación con Shion en la mañana.
-Sí que estás de mal humor hoy, Lucy –dijo MM, añadiendo sin darse cuenta la gota que derramó el vaso.
-No estoy malhumorado –replicó Afrodita, con una sonrisa digna de una portada de revista-. Es que me duele la cabeza… Angie.
MM palideció y dejó de sonreír inmediatamente, cosa que no pasó desapercibida para los otros.
-¿“Angie”? –dijo Shun.
-Te diré algo que quizá te salve la vida alguna vez –dijo MM, muy serio-. Si lo oyes llamarme “Angie” y yo no dejo de hacer inmediatamente lo que sea que lo esté molestando, busca refugio. Sólo lo hace cuando está realmente enojado.
-Tomo nota.
El cosmos de Shaka anunciándose en la puerta Este hizo que Saga se levantara para ir a recibirlo, no parecía que estuviera simplemente pidiendo permiso para cruzar.
-¿Puedo ayudarte en algo, Virgo? –preguntó Saga formalmente.
Shaka lucía un tanto incómodo, cosa bastante rara.
-No estoy muy seguro, pero no sabía a quién acudir –luego de un último titubeo, Shaka empezó a explicarse-. Deseo comunicarme con mis padres, en India. Les escribo regularmente, pero mis cartas tardan meses en llegar y yo necesito hablarles hoy…
-¿Y eso me incluye, cómo?
-Eh… Quizá no… Yo… Escuché que tu hermano tiene un teléfono y pensé que quizá él…
-Kanon ya no está en el Santuario y su teléfono está con él.
-Oh.
Saga dio por terminada la entrevista e iba a entrar de nuevo a su Casa cuando se detuvo sorprendido al ver que Afrodita estaba a pocos pasos, mirándolo con una cara que… sólo podía ser de desaprobación.
-Espera, Virgo –dijo Afrodita cuando Shaka, alicaído, se preparaba para volver sobre sus pasos.
-¿Piscis?
-¡Angello! ¡Ven acá! –exclamó Afrodita.
MM acudió con una prontitud que intrigó a Saga. ¿Todavía estaría bajo los efectos del “Angie”?
-¿Ocurre algo?
-Shaka necesita hacer una llamada. Préstale tu teléfono.
-¿Eh? ¿Por qué no le prestas tú el tuyo?
-El mío está en Piscis y no voy a subir hasta allá a buscarlo ahora porque tendré que volver a subir otra vez en quince minutos, para ayudar al ama de llaves. Tú eliges: le prestas el teléfono o lavas los platos.
MM sacó de inmediato el teléfono y se lo dio a Shaka, que contempló un poco desconcertado el aparato. No se parecía en nada al último que había visto… unos cuantos años atrás.
-¿Sabes cómo usarlo? –preguntó MM.
-Pues…
-Dame. ¿Tienes el número?
Shaka le mostró una tarjeta donde estaba anotado el número, y lo observó marcar.
-Está timbrando –dijo MM, al darle otra vez el aparato.
Afrodita sonrió y volvió a entrar.
-¿A dónde vas? –preguntó Saga.
-A lavar los platos.
-Deja. Tú cocinaste, los lavaré yo.
-¿Eh?
¿Por qué se sorprendía tanto de que se ofreciera a lavar los platos? Al final ninguno de los dos tuvo que hacerlo, porque cuando llegaron a la cocina encontraron a Shun y Jabu terminando de limpiar y ordenar.
MM contempló intrigado a Shaka hablar en… ¿Hindi? ¿Sánscrito? ¿Bengalí? No tenía idea de cuál podía ser su lengua materna y, por supuesto, no entendía una sola palabra, pero parecía emocionado.
-Gracias –dijo Shaka, bastante más sereno, al devolverle el teléfono.
-No hay de qué.
-Te pagaré el costo de la llamada, por supuesto…
-Olvídalo, el haberme librado de lavar los platos es más valioso que una llamada internacional.
Shaka no pudo contener una risa suave.
-Haces honor a tu nombre, Angello. De todos modos, quiero compensarte…
MM sintió un escalofrío y empezó a retroceder.
-¡No! ¡Para nada! Sólo fue una llamada, no tiene importancia.
Shaka se quedó donde estaba, un poco desconcertado por la huida de MM, luego se encogió de hombros y regresó a la Casa de Virgo.
-¿Qué sucede? ¡Estás pálido! –dijo Afrodita, preocupado, cuando vio llegar a MM con el aspecto de alguien que acaba de ver un fantasma.
-Pues… probablemente entendí mal, pero por un momento casi estuve seguro de que Shaka de Virgo coqueteaba conmigo –declaró MM, para sorpresa de todos.
Luego de unos instantes de perplejidad, Afrodita y Saga estallaron en carcajadas en forma simultánea.
-¿De qué se ríen? –preguntó Shun.
-¡Sería… el tercero! –logró decir Afrodita.
-¡No! ¿En serio? ¿Quién fue el segundo? –preguntó Saga entre carcajadas.
-¡Misty!
Shun y Jabu miraron interrogantes a MM, que había pasado de blanco a rojo (pero no de vergüenza, sino de cólera) en cuestión de segundos.
-¿Qué es tan hilarante? –se arriesgó a preguntar Jabu.
-Ah… -Afrodita se secó las lágrimas y trató de ponerse serio-. Angello tiene un problema con los sujetos rubios de cabello largo.
-¿Uh?
-No soy gay –dijo MM, sombrío-, pero ya me ha pasado dos veces que se me declare un hombre, sin previo aviso y sin estarlo buscando. Los dos han sido rubios de pelo largo. Creo que tengo derecho a ponerme un poco paranoico si de entre todos los miembros de la Orden es precisamente Barbie quien de pronto empieza a reírme un chiste malo, como si le pareciera simpático.
Eso bastó para que Saga y Afrodita dejaran de reír.
-¿Se rió de una de tus chistes? –dijo Afrodita, incrédulo.
-Y me llamó “Angello”.
-Oh, esto es grave.
-¿Ves lo que saco cuando me obligas a hacerle favores a los demás, Afrodita?
-Sí, me doy cuenta. Tranquilo, no volveré a pedirte que ayudes a nadie.
-Amén –gruñó MM.
Palacio del Patriarca (específicamente, el salón del trono, una semana después)
Saori contempló lo que quedaba de su orden sagrada.
Doce Caballeros de Oro, tres Amazonas de Plata, diez Caballeros de Bronce y dos aprendices.
-Amigos, tengo una misión que encomendarles.
Palacio del Patriarca (específicamente, el quinto sótano)
Pasada una semana desde la guerra de comida, Aldebarán, Mu, Kiki, MM, Shun, Jabu y Afrodita habían cumplido sus respectivos castigos, solamente Saga seguía luchando por organizar el sótano.
Se había negado tajantemente a aceptar ayuda, por lo que aquella mañana Afrodita se encontraba sentado en una caja, leyendo, mientras Saga catalogaba el contenido de un viejo baúl.
De cuando en cuando, el Caballero de Géminis miraba de reojo al de Piscis, que parecía completamente absorto en la lectura de “El maravilloso viaje de Nils Holgersson a través de Suecia”.
Encontrar unos cuantos volúmenes de obras selectas de Selma Lagerlöf (“Nils Holgersson”, “La saga de Gösta Berling”, “El carretero de la Muerte” y algunos otros) fue toda una sorpresa para Saga, que tampoco se esperaba el que Afrodita fuera a apoderarse de los libros como un gato que salta sobre un ovillo de lana.
Por lo menos no parecía que le molestara el que Saga continuara siendo un estorbo en su vida.
La noche anterior, Shion los había llamado aparte para comunicarles que ese día Atenea asignaría misiones especiales al resto de los Caballeros, pero que ellos dos tendrían que esperar a que Saga completara su castigo antes de poder participar en la búsqueda que estaba organizando la diosa.
Era humillante, pero eso mismo provocó que Saga se negara todavía más tercamente a aceptar ayuda, no iba a dar esa muestra de debilidad… y estaba desconcentrándose. Reprimiendo un gruñido de frustración, volvió a la tarea de sacar objetos, examinarlos, etiquetarlos y anotarlos en el inventario.
Afrodita se apartó por un momento de la venganza de los patos silvestres contra la zorra por haberlos atacado a traición y miró fugazmente a Saga. Estaba cubierto de polvo de pies a cabeza, hasta sus pestañas estaban grises. Aunque había dedicado los primeros días en el sótano a barrer, sacudir, tirar basura, quitar telarañas y exterminar ratones, cada caja que abría contenía su propio microuniverso de polvo y suciedad, por lo que ese día, como todos los anteriores, cuando Saga estuviera listo para regresar a Géminis, Afrodita se le adelantaría en los últimos tramos de la escalinata y tendría preparado el baño para cuando él entrara a la Tercera Casa.
Había sido demasiado fácil volver a caer en la vieja rutina de anticipar los deseos y necesidades de otra persona y Afrodita no podía dejar de reprenderse a sí mismo por eso. Sabía que no era justo comportarse con Saga como si estuviera acompañando a Arles. No era saludable tampoco. Y era cruel para ambos, aunque Saga ni siquiera se diera cuenta de los conflictos internos de su acompañante forzoso.
Esmirra no era una zorra joven. Había burlado repetidas veces la persecución de las jaurías y oído el silbido de las balas. Permanecía oculta en el fondo de su madriguera mientras los podencos rastreaban los hoyos subterráneos, próximos a darle caza. Pero la angustia que experimentara durante estas persecuciones no era comparable a la que sentía ahora, cada vez que fracasaba en sus intentos.
Al comenzar el juego, a primera hora de la mañana, apareció tan hermosa la zorra Esmirra que los mismos patos maravilláronse al verla. Esmirra amaba el esplendor; su piel era de un rojo subido, con el pecho blanco, negro su hocico y su cola como una pluma de avestruz. Pero en la tarde de aquel día, la piel de Esmirra colgaba en mechones revueltos, bañada en sudor; sus ojos habían perdido toda brillantez, y su lengua, anhelante, asomaba por fuera de la boca llena de espumarajos.
Por la tarde Esmirra fue víctima de una especie de delirio provocado por el cansancio. Por todas partes veía patos volando. Saltaba sobre las manchas de sol que había en el suelo y sobre una pobre mariposa recién salida de su crisálida.
A todo esto los patos silvestres no dejaban de volar por el bosque y de atormentar a Esmirra, que no les inspiraba ninguna piedad, a pesar de que aparecía aniquilada, temblorosa, loca. Y allí continuaban aun comprendiendo que Esmirra casi no podía verles, pues saltaba sobre las sombras que los patos proyectaban en tierra.
Sólo cuando Esmirra cayó desvanecida sobre un montón de hojas secas, impotente e inerte, a punto de expirar, decidiéronse los patos a abandonar su juego.
-Zorra: de hoy en adelante sabrás lo que cuesta atacar a Okka –gritaron a su oreja, dejándola al fin.
Apartó la vista del libro una vez más, sacó una carta que llevaba cuidadosamente doblada en un bolsillo y la leyó de nuevo por quinta o sexta vez.
Mauricio y Paola expresaban una vez más su preocupación por Arturo y Antares. Los dos niños cuya atención les había confiado cuando apenas tenían unas pocas semanas de nacidos tenían ahora, a los nueve años, una serie de problemas de conducta que sólo parecían agravarse. Principalmente Antares, que era el líder y arrastraba consigo a Arturo.
La carta era para pedirle que no se comunicara todavía con los niños, los dos adultos temían que pudiera ser contraproducente.
Él mismo no estaba muy seguro de qué pensar al respecto. Nunca había tenido que tratar con niños y mucho menos con niños problemáticos. Antes de llegar al Santuario de Atenea, había sido el único niño en el Parnaso; los otros hijos de su padre, sus medio hermanos, eran todos muchos mayores que él y, hasta donde podía recordar, prácticamente se peleaban por consentirlo y mimarlo. En la Orden, aterrado e indefenso a lo largo de los primeros años, se había refugiado en la protección que podía brindarle MM y Saga, huyendo tanto de la crueldad de Ixión como de las burlas de los aprendices más jóvenes. Había permanecido en ese refugio hasta terminar el noviciado y obtener el título de Caballero de Piscis, luego de eso no había buscado contacto con nadie más, porque su universo giraba alrededor de Arles.
Había sido la absurda apuesta entre Apolo y la diosa Afrodita lo que lo había forzado (muy en contra de su voluntad) a ampliar su “zona segura” para incluir a Shun, Jabu y Kanon. Quizá también era consecuencia de eso el que (justo ahora) quisiera (o, más bien, sintiera la necesidad de) buscar a aquellos niños que hasta entonces le habían parecido una carga pesada e injusta, que rechazaba con vehemencia.
Tenía apenas trece años cuando llegaron a su vida, Ixión acababa de morir y MM y él apenas estaban empezando la adolescencia (de la que MM no parecía haber salido aún). Si no hubiera encontrado entonces quién los cuidara por él… habría tenido que entregarlos a la Orden y la sola idea lo hacía sentir escalofríos. Tantos aprendices habían muerto durante el gobierno de Arles… ¿esos dos habrían podido sobrevivir? ¿Se habrían convertido en algo como MM y como él?
No importaba cuántos problemas tuvieran ahora, estaban mejor lejos del Santuario, llevando vidas normales.
Pero ese impulso de buscarlos… no era un simple capricho. Era el don de Apolo comunicándole que la situación era diferente ahora. Si quería mantener a Arturo y Antares lejos de la Orden y del infierno que suponía vivir, luchar y morir (y revivir y luchar y morir de nuevo) por los ideales de Atenea, tenía que ir a buscarlos, antes de que las estrellas tuvieran la ocurrencia de convocarlos al Santuario, como los guerreros predestinados que probablemente eran (por lo menos Antares, de Arturo no estaba seguro… pero a donde iba Antares, ahí iba también Arturo).
Salvarlos de su destino implicaba alejarse también de Saga… y enterrar definitivamente a Arles.
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