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Prólogo. (3 106)
¿Es la realidad algo que va más allá de la verdad?
Probablemente…
Posiblemente…
Seguramente…
Hay demasiadas verdades en el mundo y en lo que nos rodea, igualmente, demasiadas son las posibilidades a las que podemos volcarnos en la búsqueda de un absolutismo reflexivo… pero de continuo, la pérdida que nos seduce al no ver otra cosa que el “ahora”, corriente en un viento sinuoso de romántico proceder, es la que termina por enloquecernos en una neurosis colectiva y predadora…
Somos la histeria latente…
Y nos regodeamos en tal carencia de coherencia y contexto…
He pasado los últimos años observando tal condición de pensamiento, analizando cuidadosamente los lentos procederes que han ido seduciendo a nuestras almas “incorruptibles”, y en el contemplar continúo de nuestras decisiones he alcanzado a entender que aquello que nos ha separado siempre de la norma o lo común, es no otra cosa que una humanidad exacerbada… somos humanos hasta la médula y la dolencia… tan dolorosamente mortales que resulta patético y estúpido el intentar proceder de otra manera, así que, al escuchar de nuevo la pregunta… no puedo menos que esbozar una sonrisa clemente como respuesta irónica y a la vez sincera…
— ¿Por qué siguen marchándose?
¿Es acaso que la seguridad no nos produce curiosidad o gozo? No, no lo hace, somos incapaces de volcar el tiempo que nos queda de vida al pasmo… Preferimos la continuidad del caos… y eso, de nuevo, nos descubre como humanos tan básicos que no podemos menos que regodearnos en una carcajada irónica…
Seguimos marchándonos porque es todo lo que sabemos y queremos hacer, el detenernos dejó de ser una opción en el momento que abrimos nuevamente los ojos, podríamos, ciertamente, hacer una pausa eterna en nuestras existencias, dejando caer los cuerpos sobre suaves colchones y algodones… pero tal posibilidad sería en extremo inaceptable para nuestras existencias, el correr y marcharnos lejos del encierro y de la dolencia es lo que nos queda de vida, es el último soplo de individuo que hemos exhalado… seguimos corriendo lejos del pilar ajeno para poder tendernos en una mínima existencia que nos permita ser seres un poco más básicos y a la vez un tanto más complejos.
Por eso ya no estamos conformes dentro de cárceles marmóreas, con pilares abiertos, es esa la razón que les ha llevado, uno, a uno, otro, a otro, a correr lejos de la tierra que fue campo de batalla y sepulcro cruel de un puñado de hombres… ¿valió la pena dar la vida por aquella realidad a la que ahora han comenzado a correr?, si se lanza la pregunta al aire, la respuesta sería, sin lugar a dudas, desalentadora, pues esta existencia patética y diminuta que llevan los hombres con un augusto pasmo es asquerosa…
No es para nosotros.
O no debería serlo.
Sea como sea, aunque conozco las respuesta y las exhalo con fastidio en suspiros cansados que denotan los años que han pasado sobre mi vida, me es imposible retener la respuesta por más tiempo, menos cuando la voz inocente que clama una mi palabra proviene de la cosa única que, pese a mi cinismo, continúo amando en esta tierra árida y seca.
— Porque ya es tiempo, porque es lo único que realmente saben cómo hacer…
— No entiendo.
— No, no lo haces, no entiendes, pero la razón de ello es que aún no sabes cómo hacerlo, como comprender el todo antes de entenderte a ti mismo, y poder aspirar los secretos del viento y la tierra, con el fin único de proteger aquello que, como los guardianes que ahora vez alejándose con rectitud, no sabe hacer otra cosa más que terminar marchándose…
— ¿La diosa?
— No hagas más preguntas, Mü… — Y es un suspiro cansado lo que abandona con pesadez a mi cuerpo — Yo no quiero seguir respondiéndolas.
Es así como, una vez más, yo hago gala de ser buen maestro tuyo y caballero al servicio de aquella infanta que dejó esta tierra tras luchas y masacre, te dejo en medio de la nada, allí, en el suelo de un templo que ahora carece de guardia pero que algún día puede llegar a ser tuyo, la armadura permanece presta, y el tiempo pasa ligero entre los árboles, gritando para que lleguen a las puertas nuevos gladiadores, capaces de morir por una tierra que quizá ya no merece más sangre por ella.
Quizá.
Los veo, y es entonces cuando comprendo, mi cinismo ya no es no otra cosa que el reflejo de mi cansancio, ellos no lo poseen, en ojos azules puedo ver la esperanza y la confianza, la fuerza, en las orbes verdes la inteligencia, el sosiego, la madurez, cuando les observo entrenando hasta que sangran los puños, me permito hacer un espejo que me transporte mentalmente al pasado, cuando Dohko y yo enfrentábamos los cuerpos a cientos de batallas… algunas idénticas, otras muy distintas…
Saga, y Aioros, dos promesas que pronto darán luz y vida a templos ahora desnudos y gélidos… el uno inteligente, el otro sabio… serán guías como lo fuimos Libra y Aries un día… puedo leer lo escrito en las estrellas… y es entonces cuando ladeó el rostro a la constelación que yo serví por años… y la veo apagada, sombría… lejana…
¿Es acaso que Mü no será aquello que ansío ver con el paso del tiempo? ¿Es acaso que la vida no le llevará lenta o rápidamente por el rumbo honroso de las armaduras?, he conseguido amar la sonrisa infante de su rostro delicado, y es por ese amor que, egoístamente, deseo que tal sea el caso: la vida le expulse cruelmente de este Santuario arrojándole al mundo que buscaron todos aquellos que se han marchado y aún ahora siguen marchándose… viejos ya, cansados, ávidos de ver… y saber… y… vivir…
— Patriarca…
— Aioros…
— ¿Mandó llamar?
— Si… si… lo hice… — Muchas veces, siempre, esta careta no hace otra cosa que asfixiarme… — Quiero que me hables, hijo, quiero que me hables sobre el aprendiz que ha llegado…
— Es sobre los aprendices, señor… Cáncer ha llegado junto con Picis y los maestros dicen que…
— No me importa lo que ese atajo de idiotas digan…
— Su santidad…
— Mándalos a mi presencia, yo juzgaré si son dignos como tú y Saga, de seguir luchando por poseer armaduras que por el momento están muy lejos de su alcance… — Y es otro suspiro el que se escapa de mi boca — Yo fui joven, Aioros, fui joven y luché en una guerra tan sangrienta y cruel que todos ustedes tendrían miedo, correrían lejos… mis amigos murieron, todos y cada uno de ellos ahora son tan solo un recuerdo, yo mismo, morí un poco y cuando ves pasar el tiempo alrededor de ti y tus actos, cuando observas los resultados, no puedes evitar preguntarte si ha valido la pena…
— Señor…
— Ella vendrá pronto, si, lo hará… — Cierro los ojos un segundo — Entones otro instante de luz llegará al mundo, lo sé, cuando pueda escuchar su prístino llanto de nueva vida yo confiaré de nuevo, y conseguiré, al fin, alejar de mi y el Santuario estas tinieblas, que amenazan con cubrirnos, jaja — Una risa amarga, se que el futuro Sagitario sigue escuchándome… — Pero todo esto no tiene que ver con esos aprendices, ¿no es así?, quiero verles para aceptarles dentro del Santuario, o expulsarles al mundo exterior… así que mándalos ahora, hijo mío…
— Si… señor…
A veces me pregunto si no me habré convertido en un viejo senil que piensa estupideces, mis cavilaciones sobre el mundo al mirar las estrellas son cada vez más oscuras, funestas, aciagas… vienen guerras y ellos habrán de enfrentarlas, aún peor… con sus manos que debieran estar empapadas en paz y justicia, no harán sino comenzar con todas ellas… y estoy tan cansado de las batallas… tan agotado… es por eso que quizá mi juicio se ha nublado… y yo…
— Dohko, viejo amigo, me vendría muy bien tenerte aquí…
Estas dos constelaciones, en particular me han susurrado sangre al oído, sé lo que tiene que pasar, igualmente sé que no me será posible evitarlo… es el destino, y el destino se cumple sin importar que… eso lo aprendimos tú y yo de la forma difícil, ¿no es así, Libra?, luchando con todas nuestras fuerzas por no separarnos, para al final ganar la batalla y terminar diciéndonos adiós en una noche única y fugaz…
El destino es el destino…
Yo estoy a punto de ver a dos asesinos… si miro demencia cruel en ojos rojos que a pesar de infantes muestren avaricia y sadismo, entonces sabré que tengo frente a mí a uno de los futuros caballeros, uno que volverá cuando yo vuelva… uno que matará cuando se le prohíba… y si al mirar ojos celeste puedo encontrar la frialdad más absoluta que se esconde en sonrisas alegres, entonces sabré que tengo frente a mí a otro caballero… uno con la sensibilidad de los dioses, y la crueldad de los demonios.
Es curioso que con respecto a Saga todo se torne tan complicado, pero Géminis nunca fue fácil de leer, ni siquiera para ti, mi anciano amigo… recuerdo que cuando éramos jóvenes nuestro compañero se mostraba esquivo… ahora que somos viejos su sucesor es misterioso… igualmente Mü me es un enigma… quisiera verlo muy lejos de estos templos, pero no veo nada… solo una oscuridad y lejanía que apaga cada día más las estrellas de la constelación primera del Zodiaco.
— Aquí están, patriarca…
Giro mi rostro cuando escucho la voz clara de ese caballero que tanto me recuerda a ti… entonces descubro a dos infantes, mis ojos se abren como platos tras la máscara, pues entonces comprendo que una era de oscuridad se aproxima a estas constelaciones, el dorado habrá de caer en decadencia para poder brillar de nuevo…
— Llévatelos…
— Pero… señor…
— He dicho que te los lleves, Aioros… son dignos de presentarse en los templos a los que podrán aspirar si acaso también son fuertes… pero por ahora sácalos de mi presencia…
Está confundido, no lo culpo, pero pese a eso, obedece… dejándome solo… y entonces aviento lejos la máscara que cubre mi rostro y mis dolencias…
— Oh, Athena… ¿Por qué tardas tanto en venir? Athena… ¿Qué he de hacer si yo veo y escucho? Si ellos… ellos…
— ¿Maestro?
— Mü… — Ni siquiera puedo percatarme cuando estás escondido detrás de la cortina…
— ¿Está bien?
— Te he dicho mil veces que no debes escuchar detrás de las puertas, Mü… no es algo propio de un caballero… — Intento controlarme, no quiero asustarlo… nunca he querido tal cosa
— Ah, bueno yo… jeje… no era una puerta, sino una cortina…
Casi reiría de no ser por la pena y preocupación que en estos instantes me embarga, mi cabeza se sacude lentamente, y él reconoce tal gesto como signo para marcharse apenado y en silencio… no comprendo porque los dioses han mandado a estos niños para servirte, Athena… a ti, a la diosa que viene… no, no lo entiendo……
— Nunca podré hacerlo.
El escapar de este mundo elegido para nuestras existencias, el ser capaces de fugarnos en medio de un tubo de luz… he ansiado tantas veces tocar el mundo real, fuera de estas paredes de piedra, o haber tenido en mi juventud estas ansias por escapar a una verdad que viví y luché… pero ahora, cuando me planteó los cuestionamientos y las disyuntivas puedo ver arrugas en mis manos, estoy viejo y ya no tiene caso…
Fue cuando la sangre caliente corría por mis venas cuando debí preguntarme estas cosas y hallar la fuerza para correr y alejarme, aunque tuviera que hacerlo solo… ahora, mientras observo detrás de mí el camino recorrido siento que ya nada justifica mi sangre… esa que corrió entre baldosas de mármol manchando las carnes de enemigos y mi propia armadura…entiendo que hubo una razón poderosa para entregar mi vida pero a la vez desvirtúo la ofrenda… no valió la pena, pues al final, como individuos… no tuvimos nada.
Ni siquiera la fuerza para quedarnos enteros, o irnos como el resto.
La luna sigue el camino marcado por los dioses por generaciones, Diana, hermosa, preciosa, virtuosa, ella acompaña a cada estrella y constelación en un paseo nocturno por la bóveda celeste que cuida nuestras existencias. Mis ojos se van cerrando como dos bellos cofres que esconden el tesoro más excelso.
No quiero seguir contemplando las constelaciones, no quiero conocer más del destino…
Hoy ha llegado la noche que me marcaron los dioses con ayuda del oráculo. Desde siempre ha sido un total enigma la forma. Incluso al inicio desee que fuera en un campo de batalla, pero no, sobre los mármoles que rodean mi lecho haya de caer inerte, con los años pasando frente a nuestras narices… con Athena por nacer en las cercanías…
Dohko… si hubiéramos hablado antes o en algún momento ¿Habríamos marchado de esta tierra árida? ¿Habríamos envuelto nuestras vidas en un andar conjunto?… si acaso hubiera pedido tus labios… si acaso hubiéramos… no, ya no importa, estamos viejos, nuestras almas son cadáveres, y pronto mi cuerpo habrá de pudrirse para hacer compañía a mi aura… muy pronto, casi demasiado. Ya te extraño tan solo a ti. Ya te necesito.
Me pesa el saber que no volveré a ver a mi diosa para pedir perdón por mis dudas, o para exigirle resarcirme por mis pérdidas… tampoco miraré las estrellas de nuevo, no besaré la frente de Mü… no despediré a la razón que me hizo dudar tantas veces…
— Llegas tarde…
— …
No ladearé el rostro para ver la identidad de mi asesino.
— No voy a detenerte… te he escuchado venir desde antes que nacieras…
— Yo…
La voz…
— Athena…
Mis ojos se abren dilatados al reconocerle… al no poder creer… entonces ¿Qué ha de ser del resto de la orden? ¿Qué ha de ser del mismo sagitario…?
— NNNGHHHHH………
La hoja entra profunda por el cuello hasta partirlo… la sangre se esparce a borbotones.
Y es así como la muerte toca a una puerta muy liviana.
— ¡¡¡¡¡¡¡¡EL PATRIARCA HA MUERTO!!!!!!!!
Laudo y cruento se esparce el grito por la tierra árida, devorando tímpanos como un sopor cancerígeno que ansía destrozar toda confianza… ¿Cómo creerlo?, que los ojos pacientes de quien cuida las almas reinantes en Santuario no vieron el amanecer… se extiende la noticia, reptando fétida entre minúsculas rocas… hasta llegar a los suyos… azul de aura calma que no comprende, que no cree, que no acepta… esa noticia cruel que ahora aterra a jades que exigen una respuesta… que el patriarca ha muerto… ¿Qué el patriarca ha muerto?
— No… no es cierto…
Se pone de pie como si tuviese resortes en las pantorrillas, y a velocidad cruza los campos escuchando llanto y desesperación en demasiadas gargantas, ¿Quién puede aceptar tal designio de los dioses? ¿Quién puede creer que esa noticia sea verdad?
Se detiene en seco cuando ve salir el cuerpo en vendas, pasa el aire, y los rizos de caoba juegan con el viento a pesar de la trémula actitud de su dueño, él, Sagitario, cierra los puños con vehemencia al mirar la cadavérica presencia conducida hasta un sepulcro. Hay un minuto de silencio entre los presentes, y su propio ánimo cae desplomado y casi inerte sobre los granos de tierra clara. Hay un punto preciso en algún sitio de su pensamiento donde reconoce nacer el grito. Pero este. No. No. No. ¡No sale!, se queda atrapado al centro de su garganta con un coagulo de dolor.
Si cerrara los ojos: no vería.
Si no viera: estaría ciego.
Si fuera ciego………………… solo el sonido de sus palpitaciones, ahora por siempre solitarias, se escucharía.
— Aioros…
Llama la voz mientras la mano estrecha y comprime aquel hombro incrédulo, un rictus doloroso también se distingue en los matices de su voz grave, puede sentir la energía manando de aquella palma, penetrándole poro a poro como un bálsamo tranquilizador, si, ambos, ambos estarán solos ahora, con Athena aún tras bambalinas en una llegada deseada pero aún platónica, con la responsabilidad de algo que es demasiado grande en sus manos, desesperaría sin la presencia calma de aquella palma, de aquel brazo, de aquel cuello, de aquellos labios, de las esmeraldas vibrantes y bullentes… con todo: traga pesado, se sofoca, pero consigue mantenerse entero, y lentamente: asiente.
— Así sea.
Hay una conformidad, o sencillamente la aceptación del suceso, estira el cuello hacia el cielo, mira las nubes, cierra los ojos, permite que el aire purifique todo dolor o duda mientras mueve su propia palma atrapando la piel de aquel compañero que intenta consolarle, presiona con ligereza los nudillos, y apenas percibe la delicada presencia del aprendiz caminando tímidamente hasta su propio cuerpo, la cabellera malva volando junto con sus lágrimas que humedecen la brisa, pero si siente sus dedos, pequeños y fríos, aferrándose a su mano libre.
Es entonces cuando nota el temblor de las falanges geminianas, como en su opulencia busca soporte e idéntico consuelo al que brinda, presiona más fuerte aquella mano, haciéndole saber que está allí, más fuerte, entero, y aprieta también la minúscula palma del nuevo ariano, heredero del primer ropaje.
Abre los ojos, y aquellos orbes de azul furibundo se muestran fuertes y decididos, ahora cargadas con la potencia de una fe imperecedera. Casi se percibe una sonrisa resignada. Y repite: - Así sea.
Aferrando con las manos las presencias que le buscan, que le necesitan, aferrando con su cosmos el santuario que en silencio (alma a alma de habitante) le ruega por consuelo. Así sea, la voluntad de Athena. Ahora él, él maestro, el patriarca, descansará en Eliseos y de ellos será la responsabilidad de los ropajes. Así sea la voluntad de los dioses que marcaron con sus nombres las constelaciones de la ribera astral. Así sea, por siempre, el destino impuesto sobre sus signos. Así sean ellos, así sea el santuario.
Gira, mirando de frente ahora los ojos esmeralda que desesperan en una duda angustiosa, una que busca ser sosegada por su propia esencia, mira de frente también, las escaleras por las cuales bajan el resto de los infantes, de los aprendices, entre ellos su sangre misma, pero toda atención de sus pupilas se concentra en el dorado que le requiere, que le grita en silencio por una palabra de paz.
— Hoy, guardaremos silencio por el luto de su ausencia, hoy, permitiremos que la calidez de ella bañe nuestros cuerpos en una noche sin luz, ni velas. Mañana, Saga, miraremos al trono en el cual residirá el guardián temporal de este santuario, hincaremos las rodillas, cerraremos los ojos, apretaremos los puños, y por el descanso de aquel a quien llamamos “padre”, cuidaremos de todo esto, de ellos, del santuario, y de la llegada, la santa llegada, de ella.
— Así…… sea……
Continuará....
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