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Anahí Giovanna World - Fan Club Oficial

En este foro encontrarás imagenes, noticias, videos y mucho mas sobre la artista mexicana Anahi Giovanna Puente Portillo, También encontrarás información sobre la serie revelación del momento Rebelde y el grupo que se formó a partir de ella RBD
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Ola!! esta es mi tercera webnovela espero ke les guste = ke las otras. La escribio Judith McNaught. Tiene 80 capitulos + o -.

Sinopsis

Anahi es una niña huérfana que es adoptada por una familia modelo que cree no merecerse. Toda su vida se ha esforzado por ser perfecta para encajar en esa familia. Alfonso nació entre los privilegiados, pero su abuela decide desheredarle y olvidarse de él. Logra salir adelante como actor y director en Hollywood, pero la muerte de su mujer en un extraño accidente durante un rodaje, le convierten en un presidiario.
Decide huir para demostrar que es inocente y en su huída su camino se cruza con el de la dulce Anahi, tan diferente a las falsas actrices a las que está acostumbrado.




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El 30/11/99 a las 09:11:00

47 En un elegante departamento de Chicago que daba a Lake Shore Drive, Christopher Uckermann, el ex vecino y padrino de casamiento de Alfonso , levantó la mirada cuando, seguida por la madre, su hijita entró corriendo en la habitación y se trepó a sus rodillas. Con su pelo sedoso y sus ojos azules, el parecido de Marissa con su madre era tan extraordinario que Christopher no pudo menos que sonreír al mirarlas a ambas.
—Creí que era la hora de tu siesta —dijo, mirando a la pequeña.
—Cuento, papá. Antes. Por favor.
Antes de contestar, Christopher miró a Dulce, que era presidenta de Bancroft y Compañía, una importante cadena de tiendas elegantes fundada por sus antepasados. Dulce le sonrió, complaciente.
—Es domingo —dijo— Los domingos son días especiales. Supongo que la siesta puede esperar un rato.
—Bueno, mamá nos da permiso —dijo Christopher instalando a su hija en las rodillas mientras pensaba en la historia que le contaría.
La atmósfera hogareña fue interrumpida por la llegada de Joe 0'Hara, el chofer y guardaespaldas familiar, que se consideraba un integrante de la familia y era tratado como tal.
—Christopher —dijo con tono ansioso—. Acabo de ver por televisión que Anahi Puente, la mujer a la que Alfonso tomó como rehén, va a ofrecer una conferencia de prensa. Está por empezar.
Dulce no conocía a Alfonso Herrera, que ya estaba en la cárcel cuando se unió a Christopher, pero sabía que eran grandes amigos. En ese momento, al notar la expresión sombría con que su marido prendía el televisor, se dirigió a Joe.
—Por favor Joe, ¿llevarías a Marissa a su cuarto para que duerma la siesta?
—Por supuesto. ¿Vamos, querida? —Y se alejaron de la mano, el gigante y la chiquita que lo consideraba su osito privado.
Demasiado tenso para sentarse, Christopher metió las manos en los bolsillos del pantalón y observó en silencio a la muchacha bonita que subía al podio cubierto de micrófonos, luciendo un sencillo vestido de lana blanca con botones dorados, el largo pelo oscuro sujeto con un moño a la altura de la nuca.
—¡Que Dios ayude a Alfonso! —murmuró Christopher —. Esa muchacha se parece a Blancanieves y logrará que el mundo entero aulle pidiendo su sangre por haberla secuestrado.
Pero después de que el alcalde de Keaton terminó de advertir a la prensa que esperaba que la trataran con cortesía, cuando Anahi Puente empezó a explicar lo que le había sucedido mientras estaba en poder de su secuestrador, la expresión de Christopher se trocó en una sonrisa de sorpresa. A pesar de los temores de Christopher, Anahi Puente se las ingeniaba para describir su semana con Alfonso como una especie de aventura, se refería a la cortesía de un hombre al que describió como "extremadamente bondadoso" en lugar de hablar de una experiencia horrible en manos de un asesino prófugo.
Cuando relató la verdad acerca de su intento de huida en la playa de estacionamiento para camiones y narró la manera inteligente en que Alfonso se la impidió, lo hizo de un modo tal que arrancó una serie de risas de algunos periodistas. Y cuando describió su segundo intento de huir en el snowcat y los esfuerzos de Alfonso por "rescatarla" del arroyo helado, lo pintó como lo que realmente creía que era: un héroe compasivo.
Cuando terminó su exposición, en el auditorio resonaron las preguntas de la prensa y Christopher volvió a ponerse tenso por el tono peligroso que tenían.
—Señorita Puente —gritó un reportero de la CBS—, ¿Alfonso Herrera en algún momento la amenazó con un arma de fuego?
—Sabía que estaba armado porque vi la pistola —contestó ella, sonriendo—, y eso bastó para convencerme, por lo menos al principio, de que posiblemente no me conviniera iniciar una pelea con él o criticar alguna de sus películas.
Resonaron carcajadas, junto con otras preguntas.
—¡Señorita Puente ! Cuando capturen a Herrera, ¿piensa presentar cargos de secuestro contra él? Siempre sonriente, ella negó con la cabeza.
—No creo que lograra que lo condenaran. Me refiero a que si hubiera mujeres en el jurado, lo declararían inocente en cuanto se enteraran de que la mayoría de las veces se encargó de cocinar y del lavado de la vajilla.
—¿La violó?
Anahi levantó los ojos al cielo en un gesto de incredulidad.
—¡Bueno! Acabo de hacerles un recuento detallado de todo lo que sucedió durante cada día de esa semana, y aclaré específicamente que en ningún momento me hizo un daño físico. No podía haber dicho eso si hubiera intentado cometer un acto tan despreciable.
—¿La maltrató verbalmente? Ella asintió con aire solemne, pero en sus ojos brillaba la risa cuando respondió:
—Sí, en realidad lo hizo...
—Por favor, describa lo ocurrido.
—Por supuesto. Una noche se ofendió sobremanera cuando no incluí su nombre en la lista de mis actores preferidos.
Estallaron algunas risotadas en el auditorio, pero el periodista que había hecho la pregunta no pareció darse cuenta de que Anahi bromeaba.
—¿Y en ese momento la amenazó? —inquirió—. ¿Qué le dijo y cómo lo dijo?
—Bueno, me habló en tono muy disgustado, y me acusó de estar obsesionada por los hombres de baja estatura.
—¿En algún momento le tuvo miedo, señorita Puente ?
—El primer día me atemorizó su arma —dijo ella sopesando cuidadosamente sus palabras—, pero cuando no me disparó a pesar de que le había pasado una nota a la empleada del restaurante, ni después de mis dos siguientes intentos de huida, me di cuenta de que por más que lo provocara, no me haría daño.
Una y otra vez, Christopher la observó desviar las preguntas de los periodistas y empezar a llevarlos de la animosidad hacia la simpatía por su secuestrador.
Después de alrededor de treinta minutos de veloz interrogatorio, las preguntas empezaron a espaciarse.
—Señorita Puente —exclamó un reportero de la CNN—. ¿Quiere que capturen a Herrera ? Anahi se volvió hacia el periodista y contestó:
—¿Cómo es posible que uno quiera que una persona que ha sido injustamente condenada vuelva a ser encarcelada? No sé cómo es posible que un jurado lo haya condenado por asesinato, pero me consta que no es más capaz de asesinar a nadie de lo que lo soy yo. Si hubiera sido capaz de eso, yo no estaría aquí en este momento, porque, como les expliqué hace algunos minutos, hice todo lo posible por poner en peligro su huida. También quiero que recuerden que cuando creyó que nos había ubicado un helicóptero, su primera preocupación no fue su propia seguridad, sino la mía. Lo que sí me gustaría es que se detuviera esta cacería mientras alguien revisara su caso. —Luego concluyó con un tono firme pero cortés: —Si no tienen más preguntas, señoras y señores, podemos poner fin a esta entrevista y regresar a nuestras respectivas casas. Como dijo el mayor Addleson, Keaton quiere volver a la normalidad, y yo también. Por lo tanto no concederé más entrevistas ni contestaré más preguntas. Nuestra ciudad ha estado encantada de recibir el dinero de ustedes, como "turistas", en nuestras cajas registradoras, pero quiero advertirles que, si deciden quedarse aquí, estarán perdiendo el tiempo.
—¡Tengo otra pregunta! —gritó con tono imperioso un reportero de Los Angeles Times— ¿Está usted enamorada de Alfonso Herrera?
Anahi lo miró, levantó las cejas y contestó con tono desdeñoso:
—Hubiera esperado una pregunta como ésa del National Enquirer, pero no de Los Angeles Times. —Esa vez, su intento de soslayar la pregunta provocó risas, pero no tuvo éxito.
—Está bien, señorita Puente —gritó un periodista del Enquirer—. Nosotros le haremos esa pregunta. ¿Está enamorada de Alfonso Herrera ?
Fue la única vez que Christopher la vio vacilar y, con el corazón lleno de simpatía, la notó luchar por seguir sonriendo y conservar su expresión indiferente. Pero los ojos la traicionaban, esos ojos enormes, de largas pestañas, que oscureció una emoción parecida a la ternura. Y justo cuando Christopher creyó que los periodistas habían logrado hacerla caer en una trampa, Anahi cambió de táctica y se encaminó, por deseo propio, hacia la trampa, obligándolo a admirar su coraje.
—En un momento o en otro —contestó—, la mayor parte de la población femenina de este país se ha creído enamorada de Alfonso Herrera. Ahora que lo conozco —agregó con voz apenas quebrada—, creo que es una demostración de excelente gusto. Es... —Vaciló buscando la palabra indicada, y por fin dijo con toda sencillez: —Es un hombre muy fácil de querer.
Sin otra palabra se volvió para alejarse del podio y fue rápidamente rodeada por dos hombres, que Christopher supuso serían agentes del FBI, y por varios policías uniformados, quienes la acompañaron hasta la salida.
Christopher apagó el televisor cuando el reportero de CNN se disponía a hacer una recapitulación de la entrevista. Enseguida miró a su mujer.
—¿Qué opinas de eso?
—Creo que fue increíble.
—¿Pero logró cambiar la opinión que tenías de Alfonso ? Yo estoy influenciado a su favor, pero como tú no lo conoces, es probable que tu impresión sea la de la mayoría del público.
—No creo que sea tan imparcial como crees. Eres muy buen juez de caracteres, y es evidente que lo crees inocente. Si tú lo crees así, yo también me inclino a creerlo.
—Gracias. Ése es un tributo a mi buen criterio —dijo Christopher besándola con ternura.
—Pero te quiero hacer un par de preguntas —dijo ella, y Christopher presintió lo que se avecinaba—. Anahi Puente dijo que la llevaron a una casa aislada en las montañas de Colorado. ¿Era nuestra casa?
—No lo sé —contestó él con completa sinceridad, sonriendo al ver que su mujer le dirigía una mirada escéptica—. Pero supongo que sí —agregó con la misma sinceridad—. Alfonso ya había estado allí, aunque siempre llegó en avión. Además, a lo largo de los años le he ofrecido repetidas veces que usara la casa cuando quisiera. Lo natural es que se haya sentido en libertad de usarla en este momento, siempre que con eso no me involucrara.
—¿Pero no estás involucrado? —preguntó Dulce con algo parecido a la desesperación—. Tú...
—No estoy involucrado con Alfonso de ninguna manera que pueda significar un peligro para ti o para mí —Al ver que ella no parecía convencida, repitió con tranquilidad: —Cuando lo enviaron a la cárcel, Alfonso me otorgó poder general, para que pudiera manejar sus inversiones y sus asuntos financieros, cosa que sigo haciendo. Eso no es ilegal, ni lo ignoran las autoridades. Hasta que huyó de la cárcel, siempre se mantuvo en contacto conmigo.
—¿Pero, y ahora que ha huido, Christopher ? ¿Qué harás si trata de comunicarse contigo?
—En ese caso —contestó él con un encogimiento de hombros que en lugar de tranquilizar a Puente , aumentó su preocupación—, haré lo que debe hacer cualquier ciudadano respetuoso de la ley y lo que Alfonso supondrá que haré: notificar a las autoridades.
—¿Con cuánta rapidez?
Christopher no pudo menos que reír ante lo perceptiva que era su mujer, y le puso una mano sobre el hombro para conducirla al dormitorio.
—Lo suficientemente rápido como para impedir que las autoridades me acusen de complicidad —prometió. Pero ni un minuto antes, se dijo para sus adentros.
—¿Y qué me dices del hecho de que haya usado nuestra casa? ¿Les confiarás tus sospechas a las autoridades?
—¡Me parece una idea excelente! —exclamó Puente después de pensarlo unos instantes—. Lo considerarán una prueba más de mi inocencia y un gesto de buena fe de mi parte.
—Un gesto —agregó su mujer— que de ninguna manera podrá dañar a tu amigo, porque de acuerdo con Anahi Puente, hace varios días que abandonó Colorado.
—Eres muy inteligente, querida —contestó él, sonriente—. ¿Y ahora por qué no te metes en cama y te preparas para nuestra "siesta", mientras yo llamo a la oficina local del FBI?
Dulce asintió y apoyó una mano sobre el brazo de su marido.
—Si yo te pidiera que no volvieras a involucrarte con nada que se refiera a Alfonso Herrera ... —empezó a decir, pero Christopher meneó la cabeza para hacerla callar.
—Haría cualquier cosa en el mundo por ti, y lo sabes —dijo con voz ronca por la emoción—, pero por favor no me pidas eso, Dulce. Tengo que vivir con mi conciencia, y me resultaría muy difícil si le hiciera eso a Alfonso .
Dulce vaciló, sorprendida por la lealtad que Christopher sentía por ese hombre. Considerado un empresario brillante, pero duro, Christopher estaba relacionado con mucha gente, pero no confiaba en ellos ni los consideraba sus amigos. En realidad, hasta dónde ella sabía, Alfonso Herrera era la única persona a quien Christopher consideraba un amigo cercano y digno de confianza.
—Debe de ser un hombre notable, para que le seas tan leal.
—Estoy seguro de que te gustaría —contestó el marido.
—¿Por qué estás tan seguro? —bromeó ella, tratando de imitar la actitud indiferente de Christopher.
—Lo sé porque estás loca por mí.
—¿No me dirás que se parecen tanto?
—Mucha gente lo ha creído, y no necesariamente de una manera halagüeña. Pero la verdad es que soy lo único que Alfonso tiene. No confía en nadie más que en mí. Cuando lo arrestaron, los psicópatas y competidores que durante años simularon ser sus amigos se alejaron de él como si tuviera peste bubónica y se solazaron con su caída. Hubo otras personas que siguieron siéndole leales aun después de que lo encarcelaron, pero él cortó toda comunicación con ellos y hasta se negó a contestar sus cartas.
—Es probable que estuviera avergonzado.
—Estoy seguro de que así fue.
—Te equivocas con respecto a una cosa —dijo ella con suavidad—. Aparte de ti, cuenta con otro aliado.
—¿Quién?
—Anahi Puente . Está enamorada de él. ¿Crees que Alfonso la habrá visto o habrá oído lo que dijo hoy?
Matt negó con la cabeza.
—Lo dudo. No sé dónde está, pero debe de hallarse en algún lugar muy remoto, y fuera del país. Sería un tonto si se hubiera quedado en los Estados Unidos, y Alfonso no tiene un pelo de tonto.
—¡Ojalá la hubiera oído! —exclamó Dulce , apesadumbrada por Alfonso a pesar del miedo que le daba que implicara a su marido—. Tal vez haya tenido suerte y se haya enterado de lo que ella trata de hacer.
—Alfonso jamás ha tenido suerte en su vida personal.
—¿Crees que se habrá enamorado de Julie Mathison mientras estuvieron juntos?
—No —contestó Christopher con absoluta seguridad—. Aparte del hecho de que en ese momento debe haber tenido preocupaciones mucho mayores, Alfonso es... prácticamente inmune a las mujeres. Las disfruta sexualmente, pero no les tiene demasiado respeto, lo cual no es nada sorprendente considerando la clase de mujeres que ha conocido. Cuando estaba en el pináculo de su carrera de actor, se le pegaban como moscas, pero cuando empezó a ser director y a poder distribuir jugosos papeles a actrices afortunadas... lo rodeaban como hermosas pirañas. Y él era inmune a sus encantos. En realidad sólo lo he visto demostrar ternura a los niños, y ése fue el principal motivo que lo impulsó a casarse con Rachel. Ella le prometió hijos, y obviamente olvidó esa promesa lo mismo que renegó de sus votos matrimoniales. —Volvió a menear la cabeza. —Alfonso jamás se enamoraría de una bonita maestra de escuela de ciudad pequeña... ni en unos días, ni en varios meses.
----------------- "Alfonso jamás se enamoraría de una bonita maestra de escuela de ciudad pequeña... ni en unos días, ni en varios meses." ehem....... xD -----------------
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El 06/12/06 a las 08:12:54

JOOOOOOOOOOOOOOOOO YO YA KERO K ESTEN JUTNOSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSS PLISSSSSSSSSSSSS DIME MAS K SEA CUANTO FALTAAAAAAAAAAAAAAA XFISSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSS K ME VA A DAR ALGOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!!!!!!!!!!!!!!!!!!

SIGUELAAAAAAA

                        SIGUELAAAAAAAA

                                              SIGUELAAAAAAAA



    ιllι ..ηєηу..   ιllι  

 

 

 

 

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El 30/11/99 a las 09:11:00

48 El hombre alto recorría en el crepúsculo el polvoriento camino que conducía desde el pueblo a los muelles, con un diario y varias revistas en la mano. Al llegar al muelle no habló con ninguno de los pescadores que en ese momento descargaban la carga del día o zurcían sus redes, y ninguno de ellos habló con él, pero varios pares de ojos curiosos siguieron al desconocido hasta su barco, un Hateras de doce metros con el nombre Anahi recién pintado en la proa. Aparte del nombre de la nave que las leyes del mar obligaban a llevar pintado en la proa, el barco no tenía ninguna seña particular. A distancia se parecía a los millares de otros barcos que surcaban las aguas de las costas de Sudamérica, algunos alquilados por pescadores deportivos, la mayoría de propiedad de pescadores que todas las noches regresaban a descargar la carga del día y volvían a zarpar con las primeras luces del amanecer.
Tampoco en el dueño del barco había nada que llamara la atención. En lugar de los shorts y remeras tejidas, vestimenta preferida de los capitanes de los barcos en alquiler, él usaba la vestimenta típica de los pescadores: camisa blanca de algodón, de mangas largas, zapatillas y una gorra oscura encasquetada hasta la frente. Bajo una barba de cuatro días, tenía el rostro bronceado, aunque si alguien se hubiera molestado en estudiarlo con atención habría notado que su piel no estaba tan curtida como la del resto de los pescadores y que en realidad su nave estaba mejor equipada como crucero que como barco de pesca. Pero ése era un puerto de gran actividad y el Anahi no era sino uno más entre millares de barcos que amarraban allí... barcos que muchas veces transportaban carga que no era legal.
Del otro lado del muelle, dos pescadores que se encontraban a bordo del Diablo levantaron la mirada al ver llegar al dueño del Anahi.. Instantes después el generador del barco volvió a la vida y se encendieron las luces de la cabina.
—Gasta mucho combustible haciendo andar ese generador durante buena parte de la noche —observó uno de los pescadores—. ¿Para qué necesita hacer funcionar ese motor?
—A veces, a través de las cortinas, veo su sombra ante una mesa. Creo que se queda leyendo.
El otro pescador miró las cinco antenas que se elevaban por sobre la cubierta superior del Anahi.
—A bordo de ese barco tiene equipos de todas clases, incluyendo radar, pero nunca sale a pescar y tampoco busca clientes para que se lo alquilen. Ayer lo vi anclado mar afuera, cerca de la isla Calvary, y ni siquiera había tirado las líneas al agua.
El otro pescador lanzó un bufido de disgusto.
—Porque no es pescador y tampoco capitán de un barco de alquiler.
—¿Entonces crees que es un traficante de drogas?
—¿Qué otra cosa va a ser? —dijo su compañero, encogiéndose de hombros en señal de desinterés.
Ignorante de que su presencia provocaba comentarios en el muelle lleno de actividad, Alfonso estudió los mapas que acababa de extender sobre la mesa, marcando con cuidado los distintos cursos que podía seguir durante la semana siguiente. Cuando por fin enrolló los mapas, ya eran las tres de la madrugada y supo que no podría conciliar el sueño, pese a estar extenuado. Durante los últimos siete días el sueño lo había eludido casi por completo, pese a que en su huida de los Estados Unidos no tuvo inconveniente alguno... gracias a los contactos de Enrico Sandini y del medio millón de dólares que Alfonso le pagó. En Colorado, el pequeño helicóptero de alquiler apareció, según lo previsto, en un claro a doscientos metros de la casa, un claro cuyo propósito era ése, sólo que era utilizado por los dueños de casa y sus invitados. Cargando un par de esquís y con traje de esquiador y antiparras que le cubrían casi toda la cara, Alfonso abordó el helicóptero, que lo llevó hasta un pequeño refugio situado a una hora de distancia.
Un auto alquilado lo esperaba en la playa de estacionamiento del refugio, y desde allí viajó hacia el sur hasta una pequeña pista de aterrizaje donde lo esperaba un avión privado. A diferencia del piloto del helicóptero, que era inocente, el del avión estaba al corriente de lo que se tramaba. Cada vez que aterrizaban para cargar combustible declaraban un plan de vuelo diferente del que seguían en su rumbo sud sudeste.
Poco después de abandonar el espacio aéreo de los Estados Unidos, Alfonso se quedó dormido y sólo despertaba cuando aterrizaban para cargar combustible, pero desde que finalizó ese viaje hasta entonces, sólo había podido dormitar de a dos horas por vez.
Se puso de pie y bajó a servirse una copa de coñac, con la esperanza de que lo ayudara a dormir, pero convencido de que no sería así. Con ella en la mano se encaminó a la cabina principal que hacía las veces de living y comedor de su "casa flotante". Apagó las luces de la cabina, pero dejó encendida una pequeña lámpara de bronce sobre una mesa junto al sofá, porque iluminaba una fotografía de Anahi que había arrancado de un diario de la semana anterior y que colocó en un pequeño marco. Al principio supuso que debía de ser su fotografía de graduación, pero esa noche, al estudiarla, decidió que era más probable que hubiera sido tomada cuando estaba vestida para una fiesta o un casamiento.
A pesar de saber que se estaba torturando, Alfonso no podía dejar de mirar la fotografía. Pasó con lentitud el pulgar sobre los labios sonrientes de Anahi, mientras se preguntaba si en ese momento, ya de regreso en su casa, estaría sonriendo nuevamente. Ojalá fuera así, pero al mirar la fotografía, lo que veía era la última imagen que tuvo de ella... su expresión de sufrimiento cuando él la ridiculizó por haber dicho que lo amaba. Ese recuerdo lo acosaba. Lo destrozaba, lo mismo que otras preocupaciones que ella le inspiraba. Por ejemplo, si habría quedado embarazada. Se torturaba preguntándose si Anahi tendría que soportar un aborto o la vergüenza que significaba ser madre soltera en una ciudad chica.
¡Tantas cosas que tenía una desesperada necesidad de decirle! Tragó el resto del coñac, luchando contra la urgencia de volver a escribirle. Lo hacía todos los días, pese a saber de memoria que nunca podría mandarle esas cartas. Tengo que dejar de escribirle, se advirtió. Tenía que sacársela de la cabeza antes de volverse loco...
Tenía que tratar de dormir un poco... Y mientras así pensaba, estiraba una mano para
tomar papel y lapicera.
A veces le decía dónde estaba y lo que hacía, otras le describía en detalle cosas que creía podrían interesarle, como las islas que se perfilaban contra el horizonte o las costumbres de los pescadores. Pero esa noche se hallaba en un estado de ánimo distinto. Esa noche la extenuación y el coñac lograron que su pena y sus preocupaciones alcanzaran una altura inusitada. Según el diario estadounidense de varios días de antigüedad que había comprado esa mañana en el pueblo, Anahi era decididamente sospechosa de haberlo ayudado en su fuga. De repente a Alfonso se le ocurrió que Anahi  iba a tener necesidad de contratar a un abogado para que la defendiera de las acusaciones que debían de estarle haciendo la policía o el FBI o, lo que era aún peor, tal vez sólo estuvieran acusándola de complicidad para obligarla a admitir cosas que no eran ciertas. En ese caso, necesitaría recurrir a un excelente abogado, en lugar de ponerse en manos de un picapleitos de pueblo. Y para contratar a un abogado así, le haría falta dinero. Una sensación de urgencia borró la desesperanza que había nublado su entendimiento desde que se separaron, y la mente de Alfonso empezó a trabajar como enloquecida, imaginando problemas y la forma de solucionarlos.
Amanecía cuando se reclinó contra el respaldo de su silla, increíblemente cansado y vencido. Vencido porque sabía que le enviaría esa carta. Tenía que mandársela, en parte por la solución que se le había ocurrido, pero también porque necesitaba con desesperación que ella supiera la verdad de sus sentimientos. Estaba casi seguro de que la verdad no la heriría tanto como la había herido su mentira. Ésa sería la última comunicación entre ellos, pero por lo menos corregiría el final desagradable que tuvieron los días y noches más exquisitos de su vida.
El sol se asomaba a través de las cortinas del salón y Alfonso consultó su reloj. En esa isla sólo recogían la correspondencia una vez por semana, los lunes a la mañana temprano. Eso significaba que no tenía tiempo de volver a escribir esa carta incoherente y divagante, porque todavía tendría que escribirle a Christopher para explicarle lo que quería que hiciera.
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FECHA El 14/06/07 a las 07:06:35 IP GUARDADA Enviar Privado Añadir Amigo · Enviar Privado Enviar Privado · Buscar Mensajes Posteados Buscar Mensajes Posteados
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siguelaaaa plisss me encanta!!!!! esta hermosaaa

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FECHA El 14/06/07 a las 10:06:33 IP GUARDADA
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El 30/11/99 a las 09:11:00

49 —Allá, bajo el ala de estribor, está Keaton, señor Uckermann —informó el piloto del estilizado jet que salió de entre las nubes e inició el acercamiento final. —Antes de aterrizar haré una pasada sobre la pista para asegurarme de que esté en buenas condiciones.
Matt oprimió el botón del intercomunicador para contestarle.
—De acuerdo, Steve —dijo distraído, mientras estudiaba la cara preocupada de su esposa—. ¿Qué te pasa? —le preguntó en voz baja a Dulce —Creí haberte convencido de que no tiene nada de ilegal entregar una carta que estaba dirigida a Anahi Puente , y a mi cuidado. Las autoridades están enteradas de que tengo poder general de Alfonso para hacerme cargo de sus asuntos financieros. Ya les he entregado el sobre en que me llegaron sus instrucciones para que trataran de rastrear su procedencia. Aunque estoy convencido de que no los ayudará en absoluto —agregó con una risita—. Tiene el sello postal de Dallas, donde sin duda Alfonso le paga a alguien para que reciba las cartas que me escribe, las saque de su sobre original y luego me las remita.
Como sabía lo importante que era para su marido lo que estaba haciendo, Dulce hizo un esfuerzo por ocultar su preocupación.
—¿Y para qué hace eso si confía tanto en ti?
—Lo hace para que pueda entregar a las autoridades cualquier sobre que reciba de él, sin descubrir su paradero. Nos protege a ambos. Así que, como verás, hasta ahora me he atenido estrictamente a la letra de la ley.
Dulce apoyó la cabeza contra el respaldo de cuero blanco del sofá que dominaba la cabina del avión y suspiró. Pero sonreía.
—No, eso no es enteramente cierto. No le dijiste al FBI que junto con la tuya envió una carta dirigida a Anahi Puente , y tampoco les dijiste que te proponías entregársela personalmente.
—La carta dirigida a ella está en un sobre cerrado y en blanco —retrucó él—. No tengo manera de saber si Alfonso escribió lo que hay adentro. Por lo que yo sé, podría contener recetas de cocina. Espero —agregó con horror simulado—• que no estés sugiriendo que debo abrir la carta para ver lo que hay dentro. Eso sería una ofensa contra las leyes del país. Además, mi amor, no hay ninguna ley que me obligue a avisar a las autoridades cada vez que Alfonso se pone en contacto conmigo.
Alarmada y divertida a la vez por la indiferencia con que su marido trataba el asunto, Dulce lo miró. A pesar de su aire sofisticado, sus trajes hechos a medida, sus yates y aviones privados, Christopher era por sobre todas las cosas un luchador. Y lo amaba por ello. El creía en la inocencia de Alfonso Herrera y ése era el único justificativo que necesitaba para lo que se proponía hacer. Punto. Aunque sabía que era inútil y probablemente innecesario, Dulce había insistido en acompañarlo a Keaton, sólo para asegurarse de que no se involucrara demasiado.
—¿Por qué sonríes así? —preguntó Christopher.
—Porque te quiero. ¿Y tú? ¿Por qué sonríes?
—Porque me quieres —susurró Christopher con ternura, pasándole un brazo sobre los hombros—. Y por esto —confesó. Metió la mano en el bolsillo del saco y sacó la carta de Alfonso.
—Dijiste que eso no contiene más que una lista de instrucciones con respecto a Anahi Puente. ¿Qué tiene de gracioso una lista de instrucciones?
—Eso es lo gracioso; una lista de instrucciones. Cuando enviaron a Alfonso a la cárcel tenía una fortuna de inversiones distribuidas a lo largo de todo el mundo. ¿Sabes cuántas instrucciones me dio cuando me otorgó poder general para manejarlas?
—No. ¿Cuántas?
—Una sola —dijo, muy sonriente. Y levantó un dedo. —Dijo: "Trata de no fundirme".
Dulce rió y Christopher miró por la ventanilla del avión que ya aterrizaba en la pista.
—Joe ya está aquí con el auto —dijo, refiriéndose a su chofer, que había volado desde Dallas en un avión de línea para alquilar un auto e ir a buscarlos al aeropuerto. Christopher quería llegar y partir sin que nadie se enterara de que habían estado allí, lo cual significaba que no podían llamar un taxi desde el aeropuerto, en el caso de que en Keaton hubiera servicio de taxis.
—¿Algún problema, Joe? —preguntó Christopher al instalarse en el asiento trasero del auto.
—No —contestó Joe. —Llegue hace una hora y localicé la casa de Anahi Puente. El patio delantero estaba lleno de bicicletas de chicos.
Dulce reanudó la conversación que mantenían en el avión.
—¿Qué clase de instrucciones te dio Alfonso con respecto a Anahi Puente ?
Christopher sacó un papel doblado del bolsillo, leyó las primeras líneas y dijo con sequedad:
—Entre otras cosas debo observar cuidadosamente qué aspecto tiene y ver si ha perdido peso o si no duerme bien.
Dulce registró de inmediato la poco común preocupación de Alfonso Herrera por su ex rehén, y eso suavizó su actitud hacia él.
—¿Cómo puedes saberlo con solo mirarla? Ignoras cómo era antes de pasar una semana con Alfonso.
—Lo único que se me ocurre es que por fin Alfonso ha cedido ante el estrés a que ha estado sometido. —Christopher hizo un esfuerzo por no demostrar lo difícil que le resultaba el siguiente pedido de su amigo. —El próximo punto de esta lista te encantará. También se supone que debo averiguar si está o no embarazada.
—¿Con sólo mirarla? —exclamó Dulce en el momento en que Joe doblaba y se internaba por una calle residencial flanqueada de árboles.
—No, creo que se supone que debo preguntárselo. Por eso estoy tan encantado de que te hayas ofrecido a acompañarme. Si ella niega estar embarazada, debo informar a Alfonso si le creo o no.
—A menos que haya recurrido a alguna clase de test de embarazo precoz, es posible que ni ella misma lo sepa. Sólo hace tres semanas que se separó de él en Colorado. —Dulce se puso los guantes en el momento en que Joe detuvo el auto frente a una casa de una sola planta, estilo rancho, de la que salía una cantidad de niños que montaban en sus bicicletas y se alejaban pedaleando. —Debe de quererla mucho para estar tan preocupado por ella, Christopher.
—Se siente culpable —predijo Matt con completa seguridad mientras bajaba del auto—, y responsable. Alfonso siempre ha tomado con mucha seriedad sus responsabilidades.
En el momento en que avanzaron por la vereda, de la casa salieron dos chiquitos en sillas de ruedas. Avanzaban a gran velocidad, aullando de risa, perseguidos por una joven bonita.
—¡Johnny —exclamó ella riendo, mientras los corría—, devuélveme eso! —Christopher y Dulce se detuvieron, observando la persecución y a una Anahi Puente que reía a carcajadas mientras trataba de alcanzar a los chicos. —Está bien —dijo por fin, sin notar la presencia de la pareja de desconocidos—, ustedes ganan, ¡monstruos! Mañana no les tomaré prueba escrita. Y ahora, devuélveme el cuaderno.
—Johnny lanzó un grito de triunfo y se lo devolvió.
—Gracias —dijo Anahi, desordenando cariñosamente el pelo de su alumno—. Estás empezando a maniobrar con mucha habilidad, Tim. No dejes de hacerlo en el partido del domingo, ¿quieres?
—Bueno, señorita Puente.
Anahi se volvió a verlos alejarse, y recién entonces se dio cuenta de la presencia de una pareja de desconocidos, parados cerca de la puerta de su casa. Christopher y Dulce se le acercaron, mientras Anahi los observaba intrigada. De alguna manera, a la luz del anochecer, le resultaban vagamente familiares.
—Señorita Puente —dijo el hombre, sonriéndole—. Soy Christopher Uckermann y ésta es mi mujer, Puente . —De cerca, Dulce era tan hermosa como apuesto era su marido, tan rubia como morocho era él, y su sonrisa era tan cálida como la del marido.
—¿Está sola? —preguntó Christopher , mirando hada la casa. Anahi se puso tensa.
—¿Son periodistas? —preguntó con desconfianza—. Porque si lo son yo ya he...
—Soy amigo de Alfonso —interrumpió él en voz baja.
El corazón de Anahi le dio un salto dentro del pecho.
     —Pasen, por favor —invitó excitada y sorprendida. Los hizo entrar por la puerta trasera, por la cocina en cuyas paredes colgaban ollas y sartenes de cobre, y luego los condujo al living.
—¡Qué lugar tan bonito! —dijo Dulce sacándose el tapado mientras observaba la alegre habitación con sus muebles de caña pintados de blanco, sus almohadones verdes y azules, y las macetas con plantas que ocupaban todos los rincones.
Anahi hizo un esfuerzo por sonreír, pero al tomar el saco de Christopher, preguntó con desesperación:
—¿Alfonso está bien?
—Por lo que yo sé, está muy bien.
Ella se relajó un poco, pero le resultaba difícil ser buena dueña de casa cuando lo único que quería era saber por qué estaban allí, y al mismo tiempo deseaba desesperadamente prolongar la visita de esa pareja, porque Christopher Uckermann era amigo de Alfonso y, de alguna manera, era como si llevara consigo a Alfonso a esa casa.
—¿Les puedo servir un poco de vino o un café? —preguntó mientras ellos se sentaban.
—Me encantaría un poco de café —dijo Dulce , y su marido asintió.
Anahi preparó el café en tiempo récord, colocó tazas y platos en una bandeja y regresó al living con tanta rapidez que sus dos visitantes sonrieron al verla, como si comprendieran lo que sentía.
—No sé por qué estoy tan nerviosa —confesó Anahi con una risa ahogada, colocando la bandeja sobre una mesa ratona—. Pero... me alegro muchísimo de que hayan venido. Iré a traer el café en cuanto esté listo.
—No la noté nerviosa cuando enfrentó al mundo por televisión y trató, considero que con mucho éxito, de hacer que las simpatías del público se volcaran hacia Alfonso —comentó Christopher, mirándola con admiración.
La calidez de la mirada y de la voz de Christopher le hicieron sentir que había hecho algo valiente y maravilloso.
—Espero que todos los amigos de Alfonso piensen lo mismo.
—A Alfonso ya no le quedan amigos —dijo Uckermann —. Pero por otra parte —agregó con una sonrisa—, con una defensora como usted, no creo que le hagan falta muchos.   ____
—¿Cuánto hace que lo conocen? —preguntó Anahi , sentándose en un sillón, frente a ellos.
—Dulce no llegó a conocerlo, pero hace ocho años que yo soy amigo de Alfonso. Éramos vecinos en Carmel, California. —Christopher observó que Anahi se inclinaba hacia adelante y se dio cuenta de que quería saber todo lo posible acerca de él—. Además éramos socios en varias empresas financieras. Cuando lo encarcelaron, Alfonso me concedió un poder general que me da el derecho y la responsabilidad de manejar todos sus asuntos.
—Me parece maravilloso que usted haya aceptado esa responsabilidad —dijo Anahi, y en su tono y su mirada Christopher percibió el primer destello de la calidez que esa muchacha habría volcado sobre Alfonso en Colorado, cuando él más lo necesitaba—. Debe de tenerle mucho cariño y mucha confianza para haber confiado tanto en usted.
—Yo siento lo mismo por él —contestó Christopher , incómodo, sin saber cómo explicar el motivo de su visita.
—¿Y por eso vino desde California? —sugirió Anahi, ansiosa por ayudarlo—. ¿Porque como amigo de Poncho quería decirme que aprobaba lo que dije durante la conferencia de prensa?
Christopher negó con la cabeza y trató de ganar tiempo hablando de detalles.
—Ahora sólo pasamos las vacaciones en Carmel —explicó—; vivimos en Chicago.
—Aun sin haber estado nunca allí, yo creo que preferiría vivir en Carmel —contestó Anahi , siguiéndole el tren y decidida a hablar sobre temas sin importancia.
—Vivimos en Chicago porque Dulce es presidenta de Bancroft y Compañía, cuya casa central está allí.
—¡Bancroft! —exclamó Anahi , impresionada por la mención de la elegante cadena de tiendas. Miró a Dulce y le sonrió. —He estado en su tienda de Dallas y me pareció magnífica —comunicó, absteniéndose de decir que no pudo comprar nada porque todo era demasiado caro para ella—. El café ya debe de estar listo. Iré a buscarlo. —dijo, poniéndose de pie.
Cuando Anahi salió, Dulce tironeó suavemente la manga de su marido.
—Ya se ha dado cuenta de que has venido con un propósito determinado, y cuanto más demores en decirle de qué se trata, más nerviosa la pondrás.
—Te confieso que no estoy exactamente ansioso por iniciar el tema —confesó Christopher —. A pedido de Alfonso he viajado mil quinientos kilómetros para preguntarle de repente si está embarazada y para darle este cheque. Explícame si hay una manera sutil de decir: "Señorita Puente, le traigo un cheque de un cuarto de millón de dólares porque Alfonso tiene miedo de que esté embarazada y porque se siente culpable de ello y además porque quiere que tenga dinero para pagar a un abogado y mantener a raya a las autoridades y al periodismo".
Cuando Dulce estaba por sugerirle una manera más suave de encarar la cuestión, Anahi volvió con una cafetera de porcelana y empezó a llenar las tazas de café.
Christopher se aclaró la garganta y empezó a hablar de una manera torpe e incómoda.
—Señorita Puente ...
—Por favor, llámeme Anahi —interrumpió ella, poniéndose tensa ante el tono de Matt.
—Bueno, Anahi —aceptó él con una sonrisa sombría—, en realidad no he venido a raíz de la conferencia de prensa. Vine porque Alfonso me lo pidió.
La cara de Anahi se iluminó, como el sol cuando se asoma entre las nubes.
—¿En...serio? ¿Y le explicó por qué se lo pedía?
—Quiere que averigüe si está embarazada. Anahi sabía que no lo estaba, y lo inesperado del tema la sobresaltó y avergonzó tanto que empezó a negar con la cabeza antes de que Dulce acudiera en su ayuda.
—Christopher tiene que entregarle una carta, que sin duda le explicará esto mucho mejor de lo que lo está haciendo mi marido en su aturdimiento —dijo con suavidad.
Anahi observó a Christopher meter la mano en el bolsillo y sacar un sobre. Con la sensación de que el mundo giraba como enloquecido a su alrededor, lo tomó.
—¿Les molestaría que la leyera ahora mismo... en privado? —preguntó temblorosa.
—Por supuesto que no. Mientras tanto, nosotros disfrutaremos del café.
Anahi asintió y se volvió. Abrió el sobre con rapidez mientras salía del living, con la intención de dirigirse a su dormitorio, pero como el comedor estaba más cerca, fue hacia allí, sin darse cuenta de que seguía estando dentro del radio de visión de sus visitantes. Se preparó para otra filípica condescendiente de Alfonso acerca de lo infantil y absurdo que era darle importancia a la relación que habían mantenido en Colorado. Pero cuando desdobló la carta y empezó a leerla, la ternura y el júbilo que inundaron su corazón cicatrizaron todas las heridas. El mundo entero desapareció y lo único que existió para ella fueron esas palabras increíbles que estaba leyendo y el hombre que se las había escrito sin pensar que ella llegaría a leerlas...
Mi querida Anahi, nunca leerás esta carta, pero me ayuda escribirte todos los días. Te mantiene cerca de mí. ¡Dios, cómo te extraño! Tu recuerdo acosa cada hora de mi vida. Ojalá no te hubiera conocido. No, no dije eso en serio. ¿De qué me serviría la vida sin los recuerdos de ti que me hacen sonreír?
Me pregunto constantemente si eres feliz. Quiero que lo seas. Quiero que tengas una existencia gloriosa. Por eso fue que no pude decir las cosas que sabía que querías que dijera mientras estuvimos juntos. Temí que, si lo hacía, me esperaras durante años. Sabía que querías que te dijera que te amaba. No decírtelo fue lo único generoso que hice en Colorado, y ahora hasta lamento eso.
Te amo, Any. ¡Dios, te amo tanto!
Renunciaría a mi vida entera con tal de tener un año contigo. Seis meses. Tres. Lo que fuera.
Me robaste el corazón en pocos días, mi amor, pero me diste el tuyo. Sé que lo hiciste... lo veía en tus ojos cada vez que me mirabas.
Ya no lamento haber perdido la libertad, ni me enfurezco ante la injusticia de los años que estuve encerrado en la cárcel. Ahora lo único que lamento es no poder tenerte a ti. Eres joven y sé que me olvidarás con rapidez y que seguirás con tu propia vida. Eso es lo que deberías hacer. Es lo que debes hacer. Quiero que lo hagas, Anahi.
Eso es una maldita mentira. Lo que quiero es volver a verte, tenerte en mis brazos, hacerte el amor una y otra vez, hasta haberte llenado tan completamente que no quede lugar en ti para nadie más que yo. Hasta que te conocí, nunca había pensado en la relación sexual como "hacer el amor". Eso es algo que nunca te dije.
A veces quedo bañado en sudor frío por miedo a haberte dejado embarazada. Sé que debí decirte que si ése era el caso abortaras a mi hijo. Supe en Colorado que debía decírtelo, pero ¡Dios, no quería que lo hicieras, Any!
Espera... se me acaba de ocurrir una solución en la que hasta ahora no había pensado. Sé que no tengo ningún derecho a pedirte que tengas a mi hijo, pero si estuvieras dispuesta, hay una manera de solucionarlo: podrías pedir una licencia y alejarte de Keaton. Yo me encargaré de que tengas dinero más que suficiente para compensar los sueldos que pierdas y para pagar todos tus gastos. Después, cuando nazca nuestro hijo, me gustaría que se lo llevaras a mi abuela. Si estás embarazada y estuvieras dispuesta a hacer esto por mí, yo le escribiría de antemano y le explicaría todo. A pesar de su multitud de defectos, esa mujer jamás en su vida ha evadido una responsabilidad, y se encargará de que nuestro hijo sea bien criado. Ella controla lo que habría sido una importante herencia mía; una ínfima parte de esa herencia será más que suficiente para pagar todos los gastos y la educación del bebé.
Tenías razón cuando me dijiste que no debí haberle cerrado la puerta a mi familia, ni quemado mis naves. Hay cosas que pude haberle dicho a mi abuela, aun después de irme de casa, y que habrían neutralizado el odio que sentía por mí. Tenías razón cuando dijiste que en mi juventud yo la quise y la admiré. Tenías razón en todo, y si ahora pudiera modificar las cosas, te aseguro que lo haría.
He decidido que te mandaré esta carta, después de todo. Es un error. Sé que lo es, pero no lo puedo impedir. Necesito decirte lo que debes hacer si estás embarazada. No soporto pensar que creas que no existe más alternativa que el aborto.
Es posible que estén vigilando la correspondencia que recibes, de modo que en lugar de utilizar el correo te haré llegar esta carta por otro medio. El hombre que te la entrega es un amigo. Se está arriesgando por mí, lo mismo que hiciste tú. Confía en Christopher tan completamente como confiarías en mí. Dile si estás embarazada y lo que quieres hacer, para que él me lo transmita a su vez. Una cosa más, antes de que me apresure a ir al pueblo a tiempo para el envío semanal de correspondencia:
quiero que tengas un poco de dinero para cualquier cosa que necesites o quieras. El dinero que Christopher te entregará es mío, de manera que no tiene sentido que le discutas o te niegues a aceptarlo. Christopher actúa Según mis instrucciones y las seguirá al pie de la letra, así que no lo hagas pasar un mal rato, mi amor. Yo tengo dinero más que suficiente para mis necesidades.
Ojalá tuviera tiempo de escribirte una carta mejor, o hubiera guardado alguna de las otras que te escribí, para poder enviártela en lugar de ésta. Eran todas mucho más coherentes. No te volveré a escribir, así que no esperes otra carta. Escribirnos significaría avivar las esperanzas y los sueños de los dos, y si no dejo de esperar, moriré de tanto que té deseo.
Antes determinar... He visto en los diarios que Costner está por estrenar una nueva película en los Estados Unidos. Si después de verla te atreves a empezar a fantasear con Kevin, te acosaré durante el resto de tu vida.
Te amo, Any. Te amé en Colorado. Te amo aquí, donde estoy. Te amaré siempre. Desde cualquier parte. Siempre.
  Anahi habría vuelto a leer la carta, pero el torrente de lágrimas que derramaba le impedía ver, y las páginas se le deslizaron de los dedos. Se cubrió la cara con las manos, se apoyó contra la pared y lloró. Lloró de alegría, con una sensación agridulce y a la vez con una furiosa sensación de inutilidad; lloró por la injusticia que había convertido a Alfonso en un fugitivo y por su propia estupidez al haberse separado de él en Colorado.
En el living, Dulce le hizo una pregunta a Christopher en voz baja mientras tomaba la cafetera de porcelana, pero su mirada se dirigió a la puerta del comedor y, alarmada, alcanzó a ver la espalda de una mujer que lloraba.
—¡Mira, Christopher! —exclamó, poniéndose rápidamente de pie para ir presurosa hacia el comedor. Hizo un gesto de compasión ante los sollozos desesperados de la dueña de casa, y apoyó las manos sobre los hombros de Anahi.
—¿Puedo ayudarte en algo? —preguntó.
—¡Sí! —exclamó Anahi con voz entrecortada—. ¡Puedes leer esa carta y decirme si es posible que alguien crea que ese hombre es un asesino!
Indecisa, Dulce levantó la carta del piso y miró a Christopher que se había detenido en la puerta.
—Christopher , ¿por qué no nos sirves a todos un poco de ese vino que Anahi nos ofreció hace un rato?
Christopher demoró varios minutos en encontrar el vino, localizar un sacacorchos y abrir una botella. Estaba sacando vasos de un armario cuando Dulce entró en la cocina. La miró por sobre el hombro, con la intención de volverle a agradecer por haberlo acompañado, pero la expresión conmocionada de su mujer lo obligó a volverse, olvidando por completo los vasos.
—¿Qué pasa? —preguntó ansioso, estudiando las hermosas facciones de su mujer.
—¡La carta de Alfonso ... ! —susurró ella, con los ojos llenos de lágrimas—. ¡Dios, Chris, esa carta es increíble!
Furioso con Alfonso por haber angustiado a su mujer, Christopher rodeó con sus brazos los hombros de Dulce, mientras tomaba la carta y la empezaba a leer con los ojos entrecerrados. Poco a poco su enojo se convirtió en incredulidad, luego en pena. Acababa de leer la última línea cuando Anahi apareció en la puerta. Al oírla llegar, Dulce se volvió, tomando el pañuelo que Christopher le ofrecía para secarse los ojos.
—Ésta ha resultado una noche increíble... Lo siento, Anahi —se disculpó él, estudiando la extraña expresión de la muchacha—. Estoy seguro de que Alfonso no debe de haber querido hacerla infeliz.
Por última vez, Anahi consideró todo lo que estaría dejando atrás si ejecutaba el plan que acababa de concebir, pero su decisión ya había quedado tomada en el comedor. Luchó por mantener una apariencia de tranquilidad.
—Cuando Alfonso se ponga en contacto con usted, le pido por favor que le recuerde que yo fui abandonada por mi propia madre, y que le informe que me niego a traer un hijo a este mundo para que le hagan lo mismo que me hicieron a mí. —Y agregó con una sonrisa llorosa: —Le pido por favor que también le diga que si quiere que tenga su bebé, cosa que me gustaría mucho, lo único que tiene que hacer es permitir que me reúna con él en su exilio.
La última frase cayó como una bomba en la habitación-y-Anahi vio que la expresión de Christopher Uckermann pasaba del asombro a la admiración, pero al contestarle midió con cuidado sus palabras para apagar su entusiasmo.
—No sé si Alfonso se volverá a poner en contacto conmigo, ni cuándo.
Anahi lanzó una carcajada levemente histérica.
—¡Oh, sí! ¡Claro que se pondrá en contacto con usted... y muy pronto! —dijo con total seguridad, comprendiendo que su instinto nunca la había engañado con respecto a Alfonso y que si hubiera obedecido lo que le dictaba, probablemente habría podido convencer a Alfonso de que le permitiera acompañarlo a cualquier parte que fuera—. Se pondrá en contacto con usted enseguida, porque querrá conocer cuanto antes mi respuesta.
Christopher comprendió que era probable que tuviera razón y ahogó una sonrisa.
—¿Hay alguna otra cosa que quiere que le diga cuando se ponga en contacto conmigo?
Anahi asintió enfáticamente.
—Sí. Dígale que tiene un máximo de... cuatro semanas para llevarme hasta allí antes de que yo tome otras medidas. Y asegúrele que... —Vaciló, avergonzada ante el pensamiento de tener que decirle algo así a Alfonso a través de una tercera persona, pero decidió que con tal de que Alfonso escuchara esas palabras, el medio no tenía importancia alguna.
—Dígale que yo también me estoy muriendo sin él. Y dígale que si no me deja ir a reunirme con él, malgastaré todo su dinero en veinticinco mil videos de la última película de Kevin Costner, ¡y que después me derretiré por él durante el resto de mi vida!
—Creo —dijo Dulce  riendo— que eso lo hará aceptar en el acto. —Enseguida se dirigió a Christopher .
—¿Recordarás todo eso o quieres que tome algunas notas?
Christopher dirigió una mirada de sorpresa a su mujer que en ese momento parecía tan empeñada en involucrarlo en la vida de Alfonso como había estado en tratar de impedirlo dos horas antes. Después se volvió y sirvió vino en tres vasos.
—Creo que esto merece un brindis —anunció, pasando los vasos. —Por desgracia en este momento me he quedado sin palabras.
—Pero yo no —dijo Dulce. Levantó su vaso, miró a Anahi y dijo, sonriendo con suavidad: —Por todas las mujeres que aman tanto como nosotras.
—Enseguida levantó la vista para mirar a su marido y agregó: —Y por los dos hombres a quienes queremos.
Anahi notó que Christopher la miraba, sonriendo con orgullo y ternura, y en ese momento les tomó un cariño intenso. Se parecen a Alfonso y a mí, decidió. Eran un sinónimo de amor, compromiso y unión.
—Por favor, me encantaría que se quedaran a comer. No soy gran cosa como cocinera, pero quizá nunca volvamos a encontrarnos y me gustaría saber más acerca de... todo.
Ambos asintieron al unísono.
—¿Acerca de todo? —preguntó Christopher con picardía—. Bueno, entonces supongo que puedo empezar con un análisis detallado de los mercados del mundo financiero. Tengo algunas teorías fascinantes sobre las posibles causas de la declinación de los mercados mundiales. —Rió ante la expresión de sorpresa de Anahi —O supongo que también podríamos hablar sobre Alfonso
—¡Qué gran idea! —bromeó Dulce —. Puedes contarnos a las dos algunas historias de la época en que eran vecinos.
—Empezaré a preparar la comida —dijo Anahi , mientras se rompía la cabeza pensando qué podía servirles que ho significara tener que pasar mucho tiempo en la cocina y no poder participar en la conversación.
—No —dijo Dulce —, enviaremos a Joe a buscar una pizza.
—¿Quién es Joe? —preguntó Anahi , que ya tomaba el teléfono para encargar la pizza.
—Oficialmente, es nuestro chofer. Extraoficialmente, es un integrante más de la familia.
Media hora más tarde, los tres estaban cómodamente instalados en el living y Christopher hacía lo posible por satisfacer la curiosidad de sus dos interlocutoras con versiones cuidadosamente censuradas de sus días de soltero como vecino de Alfonso .
Eran más de las once cuando, a regañadientes, los visitantes decidieron que había llegado la hora de irse. Anahi se excusó y se encaminó a buscar algo a su dormitorio. Cuando volvió, con el suéter verde y los pantalones que había usado en el viaje de regreso desde Colorado, Christopher y Dulce la esperaban junto a la puerta de entrada.
Obedeciendo al pedido de su esposa de que la dejara hablar un instante en privado con Anahi , Christopher se despidió de la dueña de casa.
—Esperaré en el auto con Joe mientras usted y Dulce se despiden.
Anahi se puso en puntas de pie para besarlo y él la abrazó con fuerza, sorprendido por el miedo que sentía por ella y por Alfonso .
—Por si eso la hace sentir mejor —dijo, aunque su buen juicio le aconsejaba que no lo hiciera—, mi corporación es dueña de una agencia internacional de investigaciones, y durante las últimas tres semanas los he estado haciendo investigar a todos los que estuvieron en Dallas trabajando en la película de Alfonso.
—¿Pero por qué recién ahora? —preguntó Anahi . Al darse cuenta de que no había estado muy amable, se disculpó. —Lo siento... lo que acabo de decir es una grosería y además debe de considerarme una desagradecida.
Christopher le sonrió y meneó la cabeza, admirando la lealtad de la muchacha hacia Alfonso.
—Más bien considero que lo dijo por desesperación y preocupación, no por grosería. Y la explicación es que antes del juicio Alfonso contrató a una agencia tan famosa como la nuestra, para que hiciera exactamente lo mismo, y ellos no pudieron encontrar nada que lo ayudara. Además, me dijo específicamente que no necesitaba ni quería que lo ayudara en nada, aparte de lo que me había encargado. Y considerando que su amor propio ya estaba hecho trizas por la publicidad, accedí a su pedido y permití que manejara su caso como quisiera.
—Y sus investigadores —dijo Anahi con ansiedad, aferrándose al tono alentador que había creído percibir en la voz de Christopher — han descubierto algo nuevo, ¿verdad?
Después de una breve vacilación, Christopher decidió que, ya que Anahi había decidido compartir el exilio de Alfonso , decírselo no podía causar ningún daño.
—En parte se refiere a Tony Austin —empezó a decir, pero Anahi lo interrumpió.
—¿La mató Tony Austin?
—No dije eso —advirtió Christopher con firmeza—. Si hubiera pruebas de ello, no estaría aquí, sino diciéndoselo a los aullidos a los medios, para que las autoridades legales no tuvieran más remedio que tomar medidas.
—¿Entonces qué descubrieron?
—Descubrieron que presumiblemente Austin mintió al declarar como testigo. Durante el juicio, afirmó que su aventura con Rachel databa de varios meses y que "estaban locamente enamorados". La verdad es que él estaba involucrado también con otra mujer.
—¿Con quién? —preguntó Anahi , sin aliento—. Ella pudo ser quien puso las balas en el arma por celos de lo que había entre Tony y Rachel.
—No sabemos de quién se trata. Lo único que conocemos es que dos semanas antes del asesinato un botones oyó una voz de mujer en la suite de Austin. Ese mismo botones acababa de entregar la cena en la suite de Alfonso, y Rachel le abrió la puerta, de manera que la mujer que estaba con Austin no era ella. Pero de todas maneras, no creo que ninguna mujer haya cambiado esas balas. Creo que fue Austin.
—¿Pero por qué lo cree?
—Posiblemente porque Alfonso siempre insistió en que Austin estaba involucrado, y ahora me he contagiado —admitió Christopher suspirando—. La cuestión es que Rachel no hubiera podido mantenerse y también mantener en gran tren de vida a Austin a menos que siguiera trabajando y consiguiera que las cortes de California le decretaran el divorcio obligando a Alfonso a pagarle una fuerte suma de dinero. Pero Rachel nunca fue una de las estrellas favoritas del público, a menos que Alfonso la dirigiera, y desde el momento en que la prensa publicara que había sido sorprendida siéndole infiel, su popularidad decaería, junto con sus posibilidades de ganar dinero.
Ahora que sabemos que, mientras tenía una aventura con ella, Austin salía también con otra mujer, no parece demasiado probable que sea cierto su testimonio de que estaba loco por Rachel. Eso nos deja la posibilidad de que su principal interés por ella haya sido económico, y que cuando las posibilidades económicas de Rachel desaparecieron, al ser descubierta con él en la suite de Alfonso , haya decidido librarse de ella. También es posible que nunca haya tenido intenciones de casarse con Rachel, y que la haya matado porque ella lo presionaba. ¡Quién sabe! Es más, Austin es el único que controló físicamente el arma mientras duró la filmación. Aunque Poncho no hubiera modificado el guión, para que fuera Austin y no Rachel quien disparara el primer tiro, Austin tenía fuerzas más que suficientes como para asegurarse de que el arma estuviera apuntando a Rachel y no a él, en el momento del disparo.
Anahi se estremeció ante la macabra conversación y sus verdaderas implicaciones.
—¿Y Alfonso está enterado de esto?
—Sí.
—¿Qué dijo? Es decir, ¿está excitado o feliz por el asunto?
—¿Feliz? —preguntó Christopher con una carcajada amarga—. Si usted hubiese sido condenada por un crimen que no cometió y se hallara completamente imposibilitada de alterar la situación, ¿cree que le haría feliz descubrir que la persona a quien más desprecia en el mundo es probablemente el culpable de todo lo que le ha sucedido? Además, hay otra complicación —agregó—. También descubrimos algunos datos de menor importancia acerca de otra gente que estaba en el set de Dallas, que podrían señalarlos a ellos en lugar de Austin.
—¿Qué clase de información?
—Para empezar, años antes. Diana Copeland tuvo una aventura con Austin, que supuestamente había terminado. Sin embargo, ella todavía estaba lo bastante celosa de Rachel como para que, después que terminó el juicio, le dijera a quien quisiera oírla que se alegraba de que Rachel hubiera muerto. Tal vez sus celos hayan sido bastantes como para causarle la muerte. Después está Emily McDaniels, que debió ser sometida a toda clase de medicaciones durante un año después del asesinato, cosa que parece una reacción bastante excesiva por parte de una persona que supuestamente no fue más que un testigo presencial e inocente. Tommy Newton, el asistente de dirección de la película, tampoco logró sobreponerse hasta mucho tiempo después, aunque nadie ignora lo que él sentía por Austin. Así que ya ve —terminó diciendo en tono sombrío—, son nuevas evidencias que señalan simultáneamente a todo el mundo y que, por eso mismo, resultan inútiles.
—¡Ah, pero no necesariamente debe ser así! Es decir, tiene que existir una manera de lograr que la policía, o el fiscal del distrito o quienquiera esté a cargo del asunto, se vea obligada a investigar esas nuevas pruebas.
—Las autoridades —contradijo Christopher — decidieron que Alfonso era culpable, y lo arrestaron y sometieron a juicio. Debo desilusionarla, pero ellos serían los últimos que estarían dispuestos a reabrir el caso y quedar como tontos al tener que confesar que se equivocaron. Si encontráramos pruebas incontrovertibles de que el culpable es Austin o algún otro, se las daría a los abogados de Alfonso y a los medios de comunicación antes de pasárselas a las autoridades, para no darles la oportunidad de enterrarlas. El problema es que no tenemos muchas posibilidades de descubrir más de lo que ya sabemos. Ya hemos hecho hasta lo imposible para averiguar quién era la mujer que estaba con Austin. Austin niega que haya habido ninguna mujer. Afirma que el botones se equivocó y que cualquier voz que haya oído debe de haber sido la de alguna actriz de un programa de televisión. —Christopher suavizó el tono de voz como si, al hacerlo, suavizara también el golpe que estaba por asestarle a Anahi —Poncho comprende todo eso. Sabe que hay un noventa y nueve por ciento de probabilidades de que Austin sea el asesino, y también sabe que el sistema legal no hará nada al respecto, a menos que él o yo podamos entregarles un ciento por ciento de pruebas, y me temo que eso es imposible. Es importante que usted también entienda eso, Anahi . Sólo le he dicho lo que hemos averiguado porque está decidida a reunirse con él, y porque pensé que la ayudaría si alguna vez empezara a dudar de la inocencia de Alfonso . Anahi rechazó de todo corazón esa lógica fatalista.
—Jamás dejaré de tener esperanzas. Rezaré, esperaré y le rogaré a Dios hasta que sus investigadores encuentren la prueba que necesitan.
Parecía dispuesta a desafiar al mundo entero por Alfonso  e, impulsivamente, Christopher la volvió a abrazar.
—Alfonso por fin tuvo suerte, al conocerla —dijo con ternura—. Usted siga rezando —agregó, soltándola—. Nos hará falta toda la ayuda que podamos recibir. —Sacó una tarjeta donde escribió dos números de teléfono y una dirección. —Estos son nuestros números de teléfono particulares de Chicago y de Carmel. Si no nos encuentra en ninguno de los dos lugares, llame a mi secretaria al número de mi oficina, que está impreso en la tarjeta, y pídale que le diga dónde estamos y cómo comunicarse con nosotros, sea donde fuere. La dirección que acabo de escribir es la de nuestra casa en Chicago. También se supone que debo entregarle este cheque de Alfonso .
Anahi hizo un movimiento negativo con la cabeza.
—En su carta me explicó para qué era el cheque. No me hará falta.
—Lamento no poder hacer nada más —dijo Christopher —. Realmente lo siento, por usted y por Alfonso .
—Le aseguro que ya ha hecho mucho. Y le agradezco que me haya dicho todo lo que me dijo.
Cuando Christopher salió a esperar en el auto con Joe 0'Hara, Anahi le tendió a Dulce la ropa con que había viajado desde Colorado.
—He notado que Christopher y Alfonso son de la misma altura y corpulencia, y yo soy alrededor de cinco centímetros más baja que tú. Por eso, y por otras cosas de las que me he enterado esta noche, creo que reconocerás esto. —Al ver que Dulce asentía, Anahi se las entregó. —Me las tuve que poner para viajar hasta aquí, pero las he hecho limpiar en la tintorería. Pensaba mandarlas de vuelta a la casa por corree; pero nunca supe la dirección.
—Quédate con ellas —dijo Dulce con suavidad—, por los recuerdos que deben de encerrar. Inconscientemente, Anahi las acunó contra su pecho.
—Gracias.
Dulce tragó con fuerza para superar el nudo de emoción que se le había formado en la garganta ante lo que acababa de saber.
—Estoy de acuerdo contigo en que muy pronto Alfonso se pondrá en contacto con mi marido. ¿Pero estás absolutamente segura de lo que intentas hacer? Sin duda quebrantarás alguna ley, y empezarán a buscarlos a los dos. Si tienes suerte, vivirás el resto de tu existencia ocultándote.
—Dime una cosa —dijo Anahi , mirándola a los ojos—. Si Christopher estuviera allá, en alguna parte del mundo, solo, queriéndote... si la carta que leíste esta noche te la hubiera escrito él, ¿qué harías? Contéstame con franqueza —agregó, temerosa de que su nueva amiga tratara de evadir la respuesta.
Dulce suspiró.
—Tomaría el primer avión, barco, automóvil o camión que me llevara hasta él. —Abrazó a Anahi y susurró: —Hasta mentiría y le diría que estoy embarazada con tal de que me dejara reunirme con él. Alarmada, Anahi se puso tensa.
—¿Qué te hace pensar que no estoy embarazada?
—Tu expresión cuando Christopher  te preguntó si lo estabas, y el hecho de que empezaras a negar con la cabeza antes de pensarlo mejor y detenerte.
—Pero no se lo dirás a Christopher , ¿verdad?
—No se lo puedo decir —contestó ella con un suspiro—. Desde que nos casamos no le he ocultado nada, pero si le digo esto, él se lo repetiría a Alfonso . Lo haría para protegerlos a los dos, porque aunque trata de ocultarlo, lo que intentas hacer y los resultados que eso puede tener le dan un miedo terrible. Y a mí también.
—¿Entonces por qué me ayudas a hacerlo?
—Porque creo que, separados, la vida no será vida para ninguno de ustedes dos —explicó Dulce con sencillez—. Y porque —agregó con una sonrisa— creo que si estuvieras en mi lugar, harías lo mismo por mí.
 Anahi se despidió de ellos desde el porche de la casa. Luego entró y buscó la carta de Alfonso . Se sentó, la releyó, y sus palabras la llenaron de calidez y fortalecieron su coraje.
Te quiero, Any. ¡Dios, te quiero tanto! Daría-la vida entera con tal de poder estar un año contigo. Seis meses. Tres. Lo que sea... Nunca pensé en una relación sexual como "hacer el amor" hasta que apareciste tú... No te volveré a escribir, así que no esperes carta mía. Las cartas alentarían nuestras esperanzas y nuestros sueños, y si no dejo de esperar y de soñar, moriré de tanto que te deseo.
Anahi recordó las últimas palabras de Alfonso en Colorado, su tono divertido y condescendiente cuando ella le dijo que lo amaba: "Tú no me amas, Anahi. No conoces la diferencia entre el sexo y el amor verdadero. Ahora, sé buena y vuelve a tu casa, que es donde te corresponde estar". Y luego las comparó con la verdad, lo que le decía en la carta: "Te amo, Any. Te amé en Colorado, te amo aquí, donde estoy. Siempre te amaré. En todas partes. Siempre".
El agudo contraste la hizo menear la cabeza, sorprendida.
—¡Con razón ganaste un Osear como Mejor Actor! —susurró dirigiéndose a Alfonso.
Enseguida se levantó del sillón y apagó las luces del living, pero se llevó la carta al dormitorio para volver a leerla.
—Llámame, Alfonso —le ordenó desde el fondo de su corazón—, y sácanos a los dos de este estado de angustia. Llámame enseguida, mi amor. En la casa de al lado, las mellizas Eldridge también estaban levantadas, a una hora desacostumbrada para ellas.
—Nos dijo que lo llamáramos —le señaló Ada a su hermana melliza—. El señor Richardson nos dijo que lo llamáramos a Dallas, a cualquier hora que fuera, si notábamos la presencia de desconocidos o de cualquier cosa poco habitual en la casa de Anahi. Dame el número de la chapa de ese auto que estuvo estacionado toda la noche frente a la casa, para que se lo pase.
—¡Pero Ada! —protestó Flossie, escondiendo detrás de la espalda el trozo de papel con el número de la chapa del auto—. No me parece bien que espiemos a Anahi , ni siquiera por pedido del FBI.
—¡No la estamos espiando! —exclamó Ada, rodeándola y arrancándole el papel de las manos—. Estamos protegiendo a Anahi de ese... ¡ese monstruo ateo que la secuestró! ¡Él y sus desagradables películas llenas de escenas sucias! —agregó, tomando el teléfono.
—¡No son sucias! ¡Son buenas películas! Y además, creo que Alfonso Herrera es inocente. Anahi también lo cree. Me lo dijo la semana pasada, y también lo dijo por televisión. Además, aseguró que él no le hizo ningún daño, así que no sé por qué intentaría hacérselo ahora. Creo —confió— que Anahi está enamorada de él.
Ada se detuvo cuando estaba por marcar el número de Dallas.
—Bueno, si lo está —declaró con disgusto—, es una romántica incurable, lo mismo que tú, y terminará llorando por ese actor de cine que no vale nada.

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El 06/12/06 a las 08:12:54

siguela!!! este cap me encantooo !!!! k linda la cartaa dios casi no me ase llorar!! mmuxas gracias x seguirla neta no se k seria sin ella!! y k las xikillas esas no se metan!!!! weno siguelaa pronto plissss!!! tk(K)

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El 30/11/99 a las 09:11:00

50

La llamada que Anahi esperaba y por la que oraba se produjo cuatro días después y en el último lugar en que esperaba recibirla.
—¡Ah, Anahi ! —exclamó la secretaria del director al verla entrar en la oficina para entregar su informe del trabajo del día—. Esta tarde te llamó un señor Rodríguez —Anahi levantó la mirada un segundo antes de que el nombre hiciera impacto en su mente, y entonces quedó petrificada.
—¿Qué dijo? —preguntó, alarmada por su propia voz entrecortada y sin aliento.
—Dijo algo acerca de que quería inscribir a su hijo en tus clases de gimnasia para chicos discapacitados. Le dije que no había vacantes.
—¿Pero por qué le dijiste eso, por amor de Dios?
—Porque le oí decir al señor Duncan que ya hay un exceso de alumnos. De todas maneras, el señor Rodríguez dijo que se trataba de una emergencia y que te volvería a llamar esta noche a las siete. Le dije que no valía la pena, porque nuestras maestras no se quedan hasta tan tarde.
En un relámpago, Anahi se dio cuenta de que Alfonso tenía miedo de llamarla a su casa por si su teléfono estaba intervenido, que no había conseguido ponerse en contacto con ella y que tal vez no lo volviera a intentar, y tuvo que hacer un esfuerzo para no volcar su frustración y su malhumor sobre la entrometida secretaria.
—Si dijo que se trataba de una emergencia, ¿por qué no me mandaste llamar a mi clase? —preguntó con una furia sin precedentes.
—Está prohibido que las maestras reciban llamados personales durante las horas de clase. Ésa es la regla del señor Duncan. Una regla muy clara.
—No cabe duda de que no se trataba de un llamado personal —retrucó Anahi, clavándose las uñas en la palma de las manos—. ¿Te aclaró si esta noche pensaba llamarme aquí o a casa?
—No.
A las seis y cuarenta y cinco, Anahi estaba sentada sola en la oficina de administración de la escuela, mirando fijo el teléfono del escritorio. Si su suposición había sido errónea y Alfonso la llamaba a su casa en lugar de volver a llamarla a la escuela, le aterrorizaba que creyera que había cambiado de idea con respecto a reunirse con él y que no la volviera a llamar. Más allá de las paredes de vidrio que rodeaban la oficina administrativa, los pasillos estaban oscuros, y cuando el portero se asomó a la puerta de la oficina, Julie saltó sobresaltada y culpable.
—Esta noche se ha quedado trabajando hasta muy tarde —comentó el hombre con una sonrisa que mostraba la falta de un diente delantero.
—Sí —contestó Anahi , tomando una hoja de papel en blanco y una lapicera—. Tengo que... hacer algunos informes especiales. A veces me resulta más fácil pensar estando aquí que en casa.
—Pero no la he visto escribir mucho, sino que está con la mirada perdida en el espacio —comentó el portero—. Pensé que quizás estuviera esperando un llamado o algo así.
—No, por supuesto que no. En ese momento sonó el teléfono y Anahi lo atendió al primer campanillazo.
—¿Hola?
—¡Hola, hermanita! —dijo la voz de Carl—. Te he estado llamando a tu casa y como no te encontré decidí llamarte allí. ¿Ya has comido?
Anahi se pasó la mano por el pelo, tratando de imaginar si Alfonso recibiría tono de ocupado o si la central lo comunicaría a través de otra línea.
—Tengo mucho trabajo por terminar —contestó, dirigiendo una mirada al portero que había decidido vaciar ceniceros y papeleros en la oficina en lugar de barrer los corredores. —Estoy tratando de redactar unos informes, pero no adelanto mucho.
—¿Te pasa algo? —insistió Carl—. Hace un rato me encontré con Katherine y me comentó que toda la semana insististe en querer estar sola en tu casa.
—¡No te preocupes! Estoy bien. ¡Bárbara! Me estoy zambullendo en el trabajo tal como tú me lo aconsejaste, ¿recuerdas?
—No, no me acuerdo.
—Bueno, entonces debe de habérmelo aconsejado algún otro. Tengo que cortar. Gracias por llamarme. Te quiero. —Y cortó la comunicación. Enseguida se volvió hacia el portero. —¿No puede dejar la oficina para el final, Henry? —preguntó con los nervios destrozados—. No puedo pensar si usted anda haciendo ruido a mi alrededor.
—Lo siento, señorita Anahi. Entonces terminaré de barrer los corredores. ¿Le parece bien?
—Sí. Lo siento, Henry. Estoy un poquito... cansada —explicó con una sonrisa en la que no había ni vestigios de cansancio. Lo observó alejarse y vio que se prendían las luces del corredor más lejano. Debo mantener la calma, se advirtió, y no hacer ni decir nada que pueda despertar sospechas.
Exactamente a las siete volvió a llamar el teléfono y ella arrancó el tubo y atendió.
Por teléfono, la voz de Alfonso parecía aún más profunda, pero hablaba en un tono frío y cortante.
—¿Estás sola, Anahi ?
—Sí.
—¿Existe algo en el mundo que te pueda decir para disuadirte de la loca idea de reunirte conmigo?
No era lo que ella quería oír, no era así como quería que él le hablara, pero Anahi hizo un esfuerzo por pensar sólo en las palabras de su carta, y se negó a permitir que la intimidara con su tono de voz.
—Sí —contestó con suavidad—, que me digas que lo que decías en tu carta era mentira.
—Está bien —contestó Alfonso —. Eran mentiras. Anahi apretó el tubo entre sus manos y cerró los ojos.
—Y ahora dime que no me amas, querido. Lo oyó respirar hondo y su voz se convirtió en una súplica torturada.
—¡Por favor! ¡No me hagas decir eso!
—¡Yo te amo tanto! —susurró Anahi .
—No me hagas esto, Anahi ... Anahi aflojó la tensión con que sostenía el tubo y sonrió, porque de repente presintió que iba a ganar.
—No lo puedo evitar —dijo con ternura—. No puedo dejar de amarte. Sólo hay una solución que estoy dispuesta a aceptar y te la he dado.
—¡Dios mío! Pero eso no es...
—Reserva tus oraciones para después, querido —susurró ella en tono de broma—. Ya te gastarás las rodillas cuando yo llegue, rezando para que aprenda a cocinar, rezando para que alguna noche te deje dormir para variar, rezando para que deje de darte hijos...
—¡Oh, Anahi, no sigas! ¡Por Dios no sigas!
—¿Que no siga haciendo qué?
Alfonso aspiró aire con tanta fuerza y permaneció en silencio un rato tan largo que Anahi creyó que no le contestaría. Y cuando por fin lo hizo fue como si se arrancara las palabras del pecho.
—Nunca... jamás dejes de quererme.
—Lo prometeré ante un sacerdote, un pastor o un monje budista. Eso le arrancó una carcajada y el recuerdo de su sonrisa caldeó el corazón de Anahi.
—¿Estamos hablando de casamiento?
—Yo sí.
—Debí suponer que también insistirías en eso. Su intento de simular desagrado fracasó por completo, y Anahi siguió con el juego, ansiosa por quitarle dramaticidad a la situación.
—¿No quieres casarte conmigo? Con una sola palabra, Alfonso declaró que el juego había llegado a su fin.
—Desesperadamente.
—En ese caso dime cómo llegar hasta donde estás y qué tamaño de anillo usas.
Hubo otra pausa torturante que le puso los nervios de punta, y luego Alfonso empezó a hablar y Anahi olvidó todo lo que no fueran sus palabras y la increíble sensación de júbilo que la recorría al oírlas.
—Está bien. Me encontraré contigo dentro de ocho días en el aeropuerto de la ciudad de México. El martes a la noche. El martes a la mañana temprano toma tu auto y viaja hasta Dallas. Una vez allí alquila un auto a tu nombre y dirígete a San Antonio, pero no lo devuelvas. Abandónalo en la playa de estacionamiento del aeropuerto, donde tarde o temprano lo encontrarán. Con un poco de suerte, la policía creerá que te diriges en auto a alguna parte a encontrarte conmigo, pero no sospecharán que harás el viaje en avión. Así no alertarán con tanta rapidez a los aeropuertos. En total, el viaje por autopista sólo debería llevarte algunas horas. En el mostrador de Aero-México te estará esperando un pasaje hasta la ciudad de México a nombre de Susan Arland. ¿Hasta aquí tienes alguna duda?
Anahi sonrió al comprender que Alfonso había previsto que la conversación terminara así, por todos los arreglos logísticos que tenía preparados.
—Una pregunta. ¿Por qué no me puedo encontrar antes contigo?
—Porque antes tengo que terminar con algunos detalles. —Anahi aceptó la respuesta y él continuó con sus instrucciones. —Cuando el martes a la mañana salgas de tu casa, no Heves-nada contigo. No empaques una valija ni hagas nada que pueda sugerir la idea de que te vas de viaje. Vigila el espejo retrovisor del auto, y asegúrate de que no te siguen. Si te siguen, te aconsejo que hagas algún mandado y canceles el viaje. Vuelve a tu casa y espera hasta volver a tener noticias mías. Entre ahora y ese momento, vigila cuidadosamente tu buzón. Abre todos los sobres que recibas, aunque sean avisos. Si hubiera alguna modificación en estos arreglos, alguien se pondrá en contacto contigo, por correo o personalmente. No podemos utilizar el teléfono de tu casa, porque apuesto a que está intervenido.
—¿Quién se pondrá en contacto conmigo?
—No tengo la menor idea, y cuando lo hagan, no exijas que se identifiquen.
—De acuerdo —dijo Anahi, terminando de anotar sus instrucciones—. No creo que me estén vigilando. Paúl Richardson y David Ingram, los dos agentes del FBI, abandonaron el caso y volvieron a Dallas la semana pasada.
—¿Y cómo te sientes?
—Maravillosamente bien.
—¿No tienes vómitos a la mañana o algo así? Anahi sintió un cargo de conciencia, pero trató de aquietarlo no mintiendo directamente.
—Soy una mujer muy saludable. Creo que mi cuerpo está hecho para la maternidad. Y decididamente ha sido hecho para ti.

Ante la referencia sexual, Alfonso tragó con fuerza.
—No me hagas bromas ahora, porque después las pagarás.
—¿Me lo prometes?
Entonces Alfonso rió, y su risa caldeó el corazón de Anahi tanto como sus palabras siguientes.
—Te extraño. ¡Dios, cómo te extraño! —Y como si temiera que cualquiera de los dos se relajara demasiado, agregó: —¿Te has dado cuenta de que no podrás despedirte de tu familia? Sólo les podrás dejar una carta en algún lugar donde no la encuentren hasta varios días después que te hayas ido. A partir de ese momento, nunca podrás volver a ponerte en contacto con ellos.
Anahi cerró los ojos con fuerza.
—Lo sé.
—¿Y estás dispuesta a hacerlo?
—Sí.
—¡Qué manera tan endiablada de empezar una vida juntos! Desmembrando a tu familia y cortando lazos con ellos. Es como invitar a una maldición.
—¡No digas eso! —suplicó Anahi, conteniendo un estremecimiento—. Les haré comprender todo en mi carta de despedida. Además, dejarlos para unirme contigo es algo casi... bíblico. —Y para cambiar el tono sombrío que estaba adquiriendo la conversación, preguntó: —¿Qué estás haciendo en este momento? ¿Estás sentado o de pie?
—Estoy en un cuarto de hotel, sentado en la cama y conversando contigo.
—¿Te alojas en ese hotel?
—No. Tomé la habitación para poder hablar contigo en privado y para conseguir una comunicación decente con los Estados Unidos.
—Esta noche quiero dormirme imaginando lo que estarás viendo desde la cama. Descríbeme tu dormitorio y yo te describiré el mío.
—Anahi —dijo Alfonso con voz ronca—, ¿estás tratando de volverme loco de deseo?
No había sido ésa su intención, pero la idea le resultó gratificante.
—¿Puedo hacerte eso?
—Sabes que sí.
—¿Simplemente hablándote sobre dormitorios?
—Hablándome sobre cualquier cosa. Entonces Anahi rió, con la naturalidad con que pudo reír con él desde el principio.
—¿De qué tamaño es? —preguntó Alfonso, con una sonrisa en la voz.
—¿Mi dormitorio?
—Tu dedo anular. —Anahi lanzó un suspiro tembloroso.
—Cinco y medio, creo. ¿Y el tuyo?
—No sé. Grande, supongo.
—¿Y de qué color es?
—¿Mi dedo?
—No —contestó ella, riendo—, tu dormitorio.
—¡Tonta! —dijo él, pero le contestó—. En este momento duermo en un barco... paredes de madera de teca, una lámpara de bronce, una cómoda pequeña y, colgando de la pared, una fotografía tuya que recorté de un diario.
—¿Y eso es lo que ves al dormirte?
—Casi no duermo, Anahi. No hago más que pensar en ti. ¿Te gustan los barcos?
—Me encantan los barcos.
—Y tu dormitorio, ¿cómo es?
—Lleno de volados. Colcha y dosel con volados blancos, y contra la pared opuesta una mesa de vestir. Una fotografía tuya en la mesa de luz.
—¿De dónde la sacase?
—De una revista vieja de la biblioteca.
—¿No me digas que te quedaste con una revista de la biblioteca para recortar una foto mía? —preguntó él, simulando estar escandalizado.
—Por supuesto que no. Ya sabes que soy muy escrupulosa. Expliqué que se me había roto y pagué la multa correspondiente. Alfonso —dijo, tratando de que no se le notara en la voz el pánico que sentía—, el portero del colegio anda dando vueltas del otro lado de la pared de vidrio. No creo que me pueda oír, pero no es común que se comporte asi.
—Bueno, voy a cortar. Pero cuando lo haga, tú sigue hablando. Trata de engañarlo con una conversación inocua.
—Está bien. Espera. Ya se aleja. Debe haber ido a buscar algo al carro de los artículos de limpieza.
—De todos modos, será mejor que cortemos. Si hay algo que debas hacer antes de irte, hazlo la semana que viene.
Anahi asintió; la pena que le causaba dejar de hablar con él le impedía hablar.
—Necesito decirte otra cosa —dijo Alfonso.
—¿Qué?
—Cada palabra que escribí en esa carta es cierta.
—Ya lo sé. —Presintió que él iba a cortar. —Antes de despedirnos, ¿qué piensas de lo que Christopher descubrió acerca de Tony Austin? Aunque Christopher cree que no hay nada que podamos hacer legalmente, tiene que haber alguna...
—¡No te metas en eso! —advirtió Alfonso con tono gélido—. Y deja que yo me encargue de Austin. Hay otras maneras de encargarse de él sin involucrar a Christopher.
—¿Qué clase de maneras?
—No me lo preguntes. Si tienes algún problema con los arreglos que he hecho para ti, no recurras a Christopher en busca de ayuda. Lo que estamos por hacer es ilegal, y no puedo permitir que se involucre mas.
Anahi contuvo un estremecimiento ante el tono ominoso de Alfonso
—Dime algo dulce antes de colgar.
—Algo dulce —repitió él, y su voz se suavizó—. ¿Como qué, por ejemplo? —A Anahi le dolió que a él mismo no se le ocurriera algo, pero enseguida Alfonso dijo con una sonrisa en la voz: —Me acostaré exactamente dentro de tres horas. Te quiero allí, conmigo. Y cuando cierres los ojos, te estaré abrazando.
—Me encantará —murmuró ella con voz temblorosa.
—Te he rodeado con mis brazos cada noche, desde que nos separamos. Buenas noches, mi amor.
—Buenas noches.
Alfonso  colgó y, a último minuto, Anahi recordó sus instrucciones acerca de que siguiera manteniendo una conversación animada. En lugar de simularla, cosa que no creía fuera demasiado convincente, llamó a Katherine y logró hablar media hora con ella sobre temas intrascendentes. Cuando cortó la comunicación, arrancó la hoja donde había anotado las instrucciones de Alfonso . Después recordó haber visto en televisión una película policial en la que el misterio se resolvía por los rastros dejados en el papel de abajo, de modo que también lo arrancó.
—Buenas noches, Henry —se despidió con tono alegre.
—Buenas noches, señorita Anahi —contestó el portero, alejándose por el corredor.
Anahi salió por la puerta lateral. El portero salió por la misma puerta tres horas después, luego de haber hecho un llamado a Dallas.
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El 06/12/06 a las 08:12:54

siguelaaaaaaaaaaaaaaa ahora se esta poniendo interesante!!!!!!!!! siguela pronto pliss



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FECHA El 16/06/07 a las 03:06:20 IP GUARDADA
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El 30/11/99 a las 09:11:00

51 Anahi  arrojó una valija pequeña sobre el asiento trasero de su coche, miró su reloj para asegurarse de tener tiempo de sobra para alcanzar su vuelo de mediodía, y volvió a entrar en la casa. Mientras colocaba los platos en el lava vajilla, sonó el teléfono.
—¡Hola, preciosa! —dijo Paúl Richardson, con un voz a la vez cálida y cortante, que Anahi consideró una extraña combinación—. Ya sé que te llamo a último momento, pero me encantaría verte este fin de semana. Podría volar desde Dallas y llevarte a comer mañana a la noche para celebrar el día de San Valentín. Mejor aún, ¿por que no vuelas tú a Dallas, así cocino yo?
Anahi ya había decidido que, si la estaban vigilando, un viaje inocente como el que pensaba hacer ese fin de semana ayudaría a engañar a sus sabuesos, que tal vez bajarían la guardia.
—No puedo, Paúl, dentro de media hora salgo para el aeropuerto.
—¿Adonde vas?
—¿Es una pregunta oficial?
—¿No te parece que si fuera oficial te la estaría haciendo personalmente?
La instintiva simpatía y confianza que Paúl le inspiraba estaban en pugna con las advertencias de Alfonso, pero hasta que subiera al auto para alejarse definitivamente de Keaton, le pareció mejor atenerse estrictamente a la verdad.
—No estoy tan segura —admitió.
—¿Qué puedo hacer para lograr que confíes en mí, Anahi ?
—¿Renunciar a tu trabajo, quizás?
—Tiene que haber una manera más fácil.
—Todavía me quedan algunas cosas que hacer antes de salir para el aeropuerto. Te propongo que hablemos de esto a mi regreso.
—¿Desde dónde y cuándo?
—Voy a visitar a la abuela de un amigo, en una pequeña ciudad de Pennsylvania... Ridgemont, para ser exacta. Estaré de vuelta mañana a la tarde.
—Bueno —contestó Paúl, suspirando—. Té llamaré la semana que viene para que nos veamos.
—Está bien —contestó Anahi, distraída mientras echaba detergente en el lava vajilla.
Cuando, desde su oficina. Paúl Richardson cortó la comunicación, hizo un segundo llamado. Ante su pregunta, una voz de mujer le contestó:
—Señor Richardson, Anahi Puente tiene reservas para viajar desde Dallas, vía Filadelfia, hasta Ridgemont, Pennsylvania. ¿Necesita algún otro dato?
—No —contestó Paúl con un suspiro de alivio. Se puso de pie, caminó hasta la ventana y contempló el tránsito que pasaba por la calle.
—¿Y? —preguntó Dave Ingram, que en ese momento entraba desde la oficina vecina—. ¿Qué dijo con respecto a la valija que metió en el auto?
—¡La verdad, maldito sea! Me dijo la verdad porque no tiene nada que ocultar.
—¡No digas tonterías! Estás olvidando ese llamado de Sudamérica que esperó la otra noche en el colegio. Paúl se volvió, sobresaltado.
—¿De Sudamérica? ¿Entonces pudiste rastrearlo?
—Sí, hace cinco minutos. La llamada fue hecha desde el conmutador de un hotel de Santa Lucía del Mar.
—¡Herrera! —exclamó Paúl, apretando los dientes—. ¿Bajo qué nombre se registró?
—José Feliciano —contestó Ingram—. Ese hijo de pu*ta arrogante se registró como José Feliciano.
Paúl se quedó mirándolo con incredulidad.
—¿Está usando un pasaporte con ese nombre?
—El conserje no le pidió pasaporte. Supuso que se trataba de un compatriota. ¿Y por qué no? Es morocho, tenía nombre español y hablaba español... algo muy útil cuando uno vive en California. A propósito, ahora tiene barba.
—Supongo que ya se retiró del hotel.
—Por supuesto. Pagó una noche por adelantado y a la mañana siguiente ya no estaba. Tampoco usó la cama del cuarto.
—Es posible que vuelva para usar el teléfono. Conviene vigilar ese hotel.
—Ya me encargué de eso.
Paúl se desplomó en su sillón, detrás del escritorio.
—Habló con él durante diez minutos —agregó Ingram—. Es tiempo más que suficiente para planear cualquier cosa.
—También es tiempo suficiente para hablar con alguien a quien ella compadece y para asegurarse de que está bien. Anahi es una mujer de buen corazón y está convencida de que el cretino es una víctima de crueles circunstancias. No olvides eso. Si hubiera querido seguir con él, no habría vuelto de Colorado.
—Tal vez él no haya querido llevarla consigo.
—¡Claro! —contestó Paúl con sarcasmo—. Pero ahora, después de semanas de no verla, de repente se vuelve tan loco por ella que decide salir de su escondite y buscarla.
—¡Mier*da! —exclamó Ingram—. Tú lo harías. Ya has puesto tu carrera en peligro por tu continua defensa de esa mujer, y sigues luchando por ella. Anahi Puente mintió descaradamente con respecto a lo que sucedió en Colorado. En ese momento debimos haberla arrestado...
Paúl tuvo que hacer un esfuerzo por recordarse que Ingram era su amigo y que buena parte de su furia era debida a la preocupación que él le causaba.
—No olvides que para eso hay que tener motivos de sospecha razonables —le recordó—. Y no los teníamos, así como tampoco teníamos ninguna prueba de su culpabilidad.
—¡Pero desde hace cinco minutos las tenemos, después de haber rastreado esa llamada!
—Si tú estás en lo cierto, ella nos llevará directamente hasta Herrera. Si estás equivocado, no habremos perdido nada.
—Antes de entrar en este cuarto di orden de que fuera constantemente vigilada. Paúl.
Paúl apretó los dientes y se mordió una protesta que no tenía sentido.
—Quiero recordarte que hasta que nuestros superiores decidan lo contrario, yo estoy a cargo de este caso. Antes de tomar otra maldita decisión, la consultarás conmigo. ¿De acuerdo?
—¡De acuerdo! —retrucó Dave, igualmente furioso—. ¿Averiguaste algo más sobre ese auto que estuvo estacionado frente a su casa la semana pasada?
Con impaciencia, Paúl le pasó un informe.
—Se lo alquiló a Hertz en Dallas un tal Joseph 0'Hara. Con domicilio en Chicago. No tiene antecedentes. Está limpio como un recién nacido. Trabaja como chofer y guardaespaldas para el Collier Trust.
—¿Eso es un banco?
—Hay un Collier Bank y Trust en Houston, con sucursales en todas partes del país.
—Recién, cuando la llamaste, ¿le hiciste alguna pregunta a Blancanieves sobre sus visitantes de Chicago?
—¿Para alertarla de que la vigilamos y que tú me vuelvas a acusar de favoritismo?
Ingram lanzó un profundo suspiro y arrojó el informe de 0'Hara sobre el escritorio.
—Mira, lo siento, Paúl. Simplemente me niego a que destruyas tu carrera por una mujer cualquiera de grandes ojos azules y buenas piernas.
Paúl se recostó contra el respaldo de su sillón y lo miró con una sonrisa sombría.
—Algún día tendrás que pedirle perdón de rodillas, o no serás el padrino de nuestro primer hijo. Ingram volvió a suspirar.
—Espero que llegue el día en que tenga que hacerlo. Paúl. Te lo aseguro.
—Está bien. Entonces aparta tu maldita mirada de sus piernas.
Anahi terminó de limpiar la cocina, sacó el tapado del placard y se preparaba para salir rumbo a Pennsylvania cuando oyó un llamado a su puerta. Abrió con el tapado sobre el brazo y se sorprendió al ver allí a Ted y a Katherine juntos.
—Hace mucho tiempo —dijo con una sonrisa feliz— que no los veo juntos en el porche de nadie.
—Katherine me dice que viajas a Pennsylvania para jugar a la embajadora de buena voluntad o algo por el estilo en favor de Zachary Benedict. ¿Qué es eso, Anahi? —preguntó Ted, entrando en el living seguido por una Katherine, que mostraba un aspecto culpable.
Anahi hizo a un lado su tapado y miró el reloj.
—Sólo tengo cinco minutos para explicártelo, aunque creí habérselo explicado anoche a Katherine —En cualquier otro momento, Anahi se habría enfurecido por la injerencia de ambos en su vida, pero saber que a los pocos días los dejaría definitivamente le impidió sentir resentimiento hacia ellos. Así que pudo contestar sin rencor. —Aunque me encanta volver a verlos juntos, ojalá no fuera para cargosearme a mí.
—Yo tengo la culpa —se apresuró a decir Katherine—. Esta mañana vi a Ted y me preguntó por ti. Tú no me dijiste que tu viaje fuera un secreto...
—No lo es.
—Entonces explícame por qué te vas —insistió Ted, con expresión preocupada y frustrada.
Anahi cerró la puerta de calle, mientras pensaba qué debía decirles. No podía explicarles que estaba supersticiosamente impresionada por el comentario de Alfonso acerca de que el casamiento de ambos estuviera maldito desde el principio por el dolor que causaría a tantas personas. Por otra parte quería decirles toda la verdad posible para que la recordaran y los ayudara a comprenderla y perdonarla después de que se hubiera ido. Miró la cara preocupada de Katherine y la expresión furibunda de Ted, y habló con tono vacilante.
—¿Creen en ese dicho popular que asegura que las cosas terminan de acuerdo con la manera en que empiezan? —Katherine y Ted se miraron sin comprender y Anahi explicó: —¿Creen que cuando algo empieza mal tiende a terminar mal?
—Sí —dijo Katherine—, yo lo creo.
—Yo no —dijo Ted con voz cortante, y Anahi sospechó que pensaba en su matrimonio—. Algunas cosas tienen un principio maravilloso y un final horrible.
—Ya que ustedes han decidido entrometerse en mi vida —dijo Anahi con tono divertido—, creo tener el derecho de señalarles que, si se están refiriendo a su propio matrimonio, el verdadero problema es que nunca terminó. Katherine lo sabe, aunque tú te niegues a enfrentarlo, Ted. Y ahora sólo me queda un minuto para terminar de contestar tu pregunta sobre mi viaje a Pennsylvania. Alfonso fue criado por su abuela y se separaron en circunstancias muy desagradables. Desde entonces, en su vida personal, nada ha andado bien. Ahora se encuentra en peligro, y está solo, pero inicia una etapa completamente nueva de su vida. Me gustaría que en esa nueva vida tuviera suerte y paz, y tengo la sensación... llámalo superstición, si quieres... de que tal vez, si yo logro reconstruir los puentes que él quemó hace tantos años, por fin lo acompañarán esa suerte y esa paz que le deseo. —En el silencio que siguió a su declaración, vio que Ted y Katherine luchaban infructuosamente por encontrar un argumento en contra de lo que se proponía hacer, y no lo encontraban, de modo que se dirigió a la puerta. —Recuerden eso, ¿quieren? —agregó, mientras se esforzaba por borrar todo vestigio de emoción de su voz y por disfrazar la importancia de su siguiente pedido—. Para ser realmente feliz, ayuda mucho que la familia te desee esa felicidad... aunque uno no haga lo que a ellos les gustaría. Que la familia lo odie a uno es casi como una maldición.
Cuando la puerta se cerró tras ella, Ted miró a Katherine con expresión irritada.
—¿Qué demonios quiso decir con eso?
—Lo que dijo me pareció bastante claro y lógico —afirmó Katherine, pero fruncía el entrecejo a causa de la tensión que notó en la voz de Anahi —. Mi padre y yo también somos bastante supersticiosos. Aunque la palabra maldición me pareció demasiado fuerte.
—No estoy hablando de eso. ¿Qué quiso decir con eso de que nuestro matrimonio no ha terminado y que tú lo sabes?
Durante las últimas semanas Katherine había observado a Anahi , enfrentando con valentía al FBI y al resto del mundo, mientras expresaba valientemente su fe en la inocencia de Alfonso Herrera , a pesar de que él la había rechazado y herido tremendamente en Colorado. Durante ese mismo tiempo Katherine se las había arreglado para poder estar muchas veces con Ted, pero siempre ocultando sus sentimientos y sólo tratando de vencer la hostilidad que él sentía hacia ella. En un principio se convenció de que la mejor manera de manejar a Ted y lograr su meta era usar una estrategia lenta y cautelosa, sin admitir abiertamente sus sentimientos. Pero en ese momento, al mirar al hombre a quien amaba, se dio cuenta de que todo eso no era más que miedo de ser herida, de hacer el papel de tonta, y de que sus esperanzas quedaran destruidas de un solo golpe. Sabía que Ted salía con otra mujer, y que la veía con más frecuencia desde que ella se hallaba en la ciudad, y en ese momento comprendió que lo único que había logrado hasta el momento era una especie de tregua; los sentimientos de Ted hacia ella no habían cambiado. Simplemente, con su presencia constante lo obligaba a ocultar su desprecio tras una fachada de amable y fría cordialidad.
Tuvo miedo de que se le estuviera terminando el tiempo con que contaba, de perder su valor si no se lo decía en ese mismo momento; y al mismo tiempo tuvo miedo de cometer un error fatal, porque se sentía tan nerviosa y desesperada que se lo largaría todo junto.
—¿Estás pensando en lo que me vas a contestar, o estudiando la forma de mi nariz? —preguntó Ted, irritado.
Para su espanto, Katherine sintió que le temblaban las rodillas y le transpiraban las palmas de las manos, pero miró a su marido a los ojos y dijo con valentía:
—Anahi cree que nuestro matrimonio no se ha terminado porque yo sigo enamorada de ti.
—¿Y de dónde saca una idea tan absurda como ésa?
—Porque yo se lo dije —contestó Katherine, cada vez más temblorosa.
Ted frunció el entrecejo y le dirigió una mirada de desprecio que la hizo vacilar.
—¿Tú le dijiste que sigues enamorada de mí?
—Sí, le conté todo, incluyendo que fui una pésima esposa y... también le conté cómo perdimos a nuestro bebé.
Aun entonces, años después, la mención del hijo a quien Katherine había destruido deliberadamente enfureció tanto a Ted, que tuvo que hacer un esfuerzo para no pegarle una cachetada.
—¡Jamás vuelvas a mencionar a esa criatura delante de mí o de ningún otro si no quieres que yo... !
—¿Que tú qué? —preguntó Katherine con voz entrecortada—. ¿Que me odies? No podrías odiarme más de lo que yo misma me odio por lo que sucedió. ¿Que te divorcies de mí? Ya lo has hecho. ¿Que te niegues a creer que fue un accidente? —continuó preguntando, cada vez más histérica—. Bueno, ¡fue un accidente!
—¡Cállate la boca, maldito sea! —exclamó Ted, aterrándole los brazos para hacerla a un lado e irse, pero Katherine ignoró el dolor que le causaba y se apoyó contra la puerta para impedir que saliera.
—¡No puedo! —gritó—. ¡Tengo que hacerte comprender! Hace tres años que trato de olvidar la forma en que arruiné nuestro matrimonio, tres años tratando de pagar por todo lo que fui y no quise ser.
—¡No quiero oír una sola palabra más! —Ted hizo un esfuerzo por sacarla del camino, pero ella se apretó contra la puerta. —¿Qué demonios quieres de mí? —preguntó él, incapaz de moverla sin apelar a la fuerza bruta.
—¡Quiero que me creas cuando te digo que fue un accidente! —sollozó Katherine.
Ted luchó por ignorar el impacto que le causaban sus palabras y su rostro hermoso surcado de lágrimas. En todos los años que hacía que la conocía, jamás había visto llorar a Katherine. Era malcriada, orgullosa, cabeza dura, pero jamás la había visto derramar una sola lágrima. Pese a todo habría sido capaz de resistirse, si en ese momento ella no hubiera levantado hacia él la mirada de sus ojos húmedos.
—Hace años que los dos lloramos por dentro por la forma en que acabó nuestro matrimonio. Por lo menos abrázame, y terminémoslo ahora.
Contra su voluntad, Ted aflojó las manos con que la sostenía. Entonces Katherine enterró la cabeza en su pecho y, de repente, sin que él pudiera impedirlo, la estaba abrazando. Y ella lloraba, y el dulce desconsuelo que Ted experimentó al oprimir el cuerpo de Katherine contra el suyo casi fue su ruina. Luchó por mantener un tono indiferente y por no permitir que se trasluciera su emoción, y le advirtió:
—Ya terminó, Katherine. Lo nuestro terminó.
—Déjame decirte las cosas que vine a Keaton a decirte, para que podamos terminar como amigos, y no como enemigos. —Ted dejó de acariciarle la espalda y Katherine contuvo el aliento, temiendo que se negara, pero al ver que continuaba en silencio, lo miró y dijo: —¿Por lo menos no puedes tratar de creer que hay un cincuenta por ciento de posibilidades de que no haya tratado de perder a nuestro hijo? —Y antes de que él pudiera hablar, continuó hablando con dolorosa sinceridad. —Si lo piensas bien, te darás cuenta de que yo nunca hubiera tenido el coraje necesario para arriesgar mi propia vida por nada. Era una cobarde, le tenía miedo a la sangre, a las arañas, a las víboras...
Ted ya era mayor y tenía más experiencia» Se dio cuenta de la lógica de lo que decía Katherine; pero más que eso, vio la verdad en sus ojos, y la furia y el disgusto de todos esos años comenzaron a desintegrarse, dejándole una increíble sensación de alivio.
—Hasta te daban miedo las polillas. Katherine asintió y vio que, por primera vez en años, la animosidad de Ted se disipaba.
—No puedo explicarte cuánto me arrepiento de haber hecho algo tan egoísta y tan tonto, pero que nos llevó a perder a nuestro hijo. Cuánto me arrepiento de haber arruinado nuestro matrimonio, de haber convertido el tiempo que vivimos juntos en una pesadilla...
—¡No fue para tanto! —exclamó él, a regañadientes—. Por lo menos no lo fue todo el tiempo.
—No simules para tranquilizarme. Ahora soy adulta y he aprendido a enfrentar la verdad. Y la verdad es que fui una pésima esposa. Además de comportarme como una chiquilina malcriada y exigente, era completamente inútil. No sabía cocinar, no sabía limpiar y cuando no me hacías el gusto, hasta me negaba a acostarme contigo. Hace años que tengo necesidad de admitirlo ante ti, y de decirte la verdad: nuestro matrimonio no fracasó, tú no fracasaste. Fracasé yo.
Para sorpresa de Katherine, Ted negó con la cabeza y suspiró.
—Siempre has sido demasiado dura contigo misma. En eso no has cambiado.
—¿Dura conmigo misma? —repitió Katherine con una risa ahogada—. ¡Debes de estar bromeando! Por si no lo recuerdas, yo fui quien casi te envenenó en las pocas ocasiones en que me molesté en cocinar. Yo fui la que te quemé tres camisas la primera vez que me dispuse a planchar. Yo fui la que te marcó la raya de los pantalones a los costados.
—¡No es cierto que hayas estado a punto de envenenarme! ¡Maldito sea! Tomaba antiácidos como si fueran caramelos porque estaba casado con una mujer a la que no podía hacer feliz, y eso me destrozaba por dentro.
Katherine había esperado mucho tiempo para confesar sus fracasos, y no estaba dispuesta a que Ted la perdonara por un concepto equivocado de la galantería.
—¡Eso no es cierto, y lo sabes! ¡Por Dios! Tu madre hasta me dio la receta de tu plato favorito y cuando te lo preparé ni siquiera pudiste tragarlo. ¡No lo niegues! —exclamó al ver que Ted empezaba a menear la cabeza—. Te vi tirarlo al tacho de la basura en cuanto salí de la cocina. Sin duda debes de haber tirado todo lo que yo cocinaba, y no te culpo.
—Te equivocas, comía todo lo que tú cocinabas —insistió él, furioso—. Con excepción del goulash. Lamento que me hayas visto tirarlo a la basura, pero no lo soporto.
—Ted; tu madre me dijo concretamente que era tu plato favorito.
—No. Era el plato preferido de Cari. Mamá siempre se confundía.
Los dos se dieron cuenta al mismo tiempo de lo absurda que era esa discusión tan acalorada. Katherine se tentó de risa.
—¿Por qué no me lo dijiste en ese momento?
—Porque no me habrías creído —dijo Ted, y trató de volver a explicarle lo que jamás le pudo hacer entender cuando tenía veinte años—. En algún momento de tu vida como la hija hermosa e inteligente de Dillon Cahill se te metió en la cabeza la loca idea de que tenías que hacer todo mejor que el resto del mundo. Cuando no podías destacarte en algo, te enojabas y avergonzabas tanto que no había manera de razonar contigo, Kathy —explicó en voz baja, y al oír el sobrenombre que sólo él le daba, Katherine se emocionó profundamente—. Quisiste ir a la universidad enseguida de que nos casamos, no porque fueses superficial o malcriada, sino porque te pareció que habías modificado el orden correcto de las cosas al haberte casado conmigo antes de terminar tu educación. Y cuando quisiste esa maldita mansión que tu padre nos mandó edificar, no fue porque quisieras ser superior a los demás, sino porque en alguna parte de tu ser realmente creíste que seríamos felices allí porque... porque era el lugar que naturalmente le correspondía a Katherine Cahill.
Katherine cerró los ojos, apoyó la cabeza contra la puerta y suspiró, entre frustrada y divertida.
—Después de nuestro divorcio, cuando volví a la universidad, durante un año entero tuve sesiones semanales con un psicoanalista para tratar de comprender por qué era así.
—¿Y qué averiguaste?
—No tanto como me acabas de decir tú en dos minutos. ¿Y sabes lo que hice después? Ted sonrió y meneó la cabeza.
—No me lo puedo imaginar. ¿Qué hiciste?
—¡Fui a París y tomé un curso de cocina en el Cordón Bleu!
—¿Y cómo te fue?
—En realidad, no muy bien —contestó ella con una sonrisa triste—. Fue la única vez en mi vida que no me destaqué en un curso que yo quise seguir. —Ted levantó las cejas para enfatizar la importancia del comentario de Katherine.
—¿Pero aprobaste el examen?
—Aprobé en carne —bromeó ella, y la risa de Ted le alegró el corazón—, pero fracasé en ternera.
Permanecieron largo rato sonriendo, de acuerdo por primera vez en años.
—¿Me harías el favor de besarme? —pidió Katherine de repente con voz suave.
Ted se enderezó y retrocedió.
—¡Ni pienso!
—¿Tienes miedo?
—¡Acaba con esto, maldito sea! Ya me sedujiste hace años, así que es historia antigua. No te dará resultado.
Katherine ignoró el golpe que acababa de recibir su amor propio y se cruzó de brazos, mirándolo sonriente.
—Maldices demasiado, considerando que eres hijo de un ministro.
—Ya me lo dijiste hace años. Y, como te dije entonces, el ministro no soy yo, sino mi padre. Además —agregó, en un intento deliberado de molestarla—, aunque cuando era más joven me resultaste indudablemente atractiva, ahora prefiero ser yo el que elige a quien quiere seducir.
El orgullo herido de Katherine la llevó a alejarse de la puerta y tomar el abrigo que había dejado caer sobre una silla.
—¿Ah, sí?
—Te aseguro que sí. Y ahora, si quieres que te dé un consejo: vuelve volando a Dallas, reúnete con tu Hayward Spencer o Spencer Hayward, o como sea que se llame, y permite que él calme tu sensibilidad herida con un collar de brillantes que haga juego con ese anillo increíblemente vulgar que tienes puesto.
En lugar de atacarlo como hubiera hecho años antes, Katherine le dirigió una mirada indescifrable.
—Ya no me hacen falta tus consejos. Tal vez te sorprenda saberlo, pero ahora mucha gente, incluyendo a Spencer, me pide consejos.
—¿Sobre qué? —se burló él—. ¿Sobre la manera de redactar una nota sobre modas en la sección sociales?
—¡Eso es el colmo! —explotó Katherine, arrojando el abrigo sobre la silla—. Permitiré que me hieras cuando me lo merezco, pero maldito si dejaré que me ataques para ocultar tu inseguridad sexual.
—¿Mi qué? —explotó Ted.
—Estuviste perfectamente agradable, muy cómodo hasta que te pedí que me besaras, y entonces iniciaste este absurdo ataque personal. Por lo tanto: discúlpate, bésame o admite que tienes miedo.
—Me disculpo —dijo él con tanta rapidez y tal falta de arrepentimiento, que Katherine lanzó una carcajada.
Antes, una discusión como ésa habría terminado en una batalla campal. Ted no salía de su sorpresa ante la nueva serenidad de Katherine, tanto que se dio cuenta de que realmente había cambiado.
—Katherine —dijo de repente—, me disculpo por haberte atacado. Lo digo en serio.
Katherine asintió, pero sin mirarlo, para que sus ojos no la traicionaran.
—Lo sé. Es posible que no hayas entendido qué clase de beso te pedía. Sólo pensé que era una manera de sellar nuestro pacto de paz y de hacerlo perdurable.
Entonces alzó la vista para mirarlo y hubiera jurado que en los ojos de Ted vio una expresión divertida, pero para su sorpresa, él le hizo el gusto. Le levantó la barbilla y murmuró:
—Está bien. Bésame, Pero que sea rápido. Fue por eso que Katherine reía y Ted sonreía cuando los labios de ambos entraron en contacto por primera vez en tres años.
—No sigas riendo —advirtió él sofocando su propia risa.
—Y tú no sigas sonriendo —contraatacó ella, pero el aliento de ambos se mezclaba y no hizo falta más para despertar la pasión que años antes habían compartido. Ted la tomó por la cintura y la acercó a sí, y ella se acható contra su cuerpo.
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siguelaaaaaaaa plisssss jooo ya akellos se van a entrometer!

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