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Un poco de color y vida (Cap 49) *PL* 20-Nov Un poco de color y vida (Cap 49) *PL* 20-Nov (0.379 s)

Un poco de color y vida (Cap 49) *PL* 20-Nov

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Online AkiraHilar
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Un poco de color y vida (Cap 49) *PL* 20-Nov

Resumen:

Shaka Espica es un conocido decorador de Interiores que es citado y contratado por el abogado Saga Leda. Sin embargo, al parecer sus servicios de decoración y rehabilitación de espacio tomaran tintes más personales.

Pareja principal: Saga x Shaka, Kanon x Mu
Pareja Secundaria: Shaka x Afrodita, Hades x Shaka, Hades x Minos, Saga x Marin, Hades x Pandora, Radamanthys x Fler
Personajes Principales: Shaka, Saga, Afrodita, Kanon, Mu, Shura, Dohko, Marin, Hades, Radamanthys, 
Minos, Valentine,
Personajes Incidentales:  Aldebaran, Aioria, Aioros, Fler, Hagen
Tipo:  Yaoi, lemon, romance, drama, Universo Alterno.

Clasificación: NC-15
Advertencias: Incluye lemon

Estado: En Proceso

Ultima Actualización: 20 / 11 / 11
Autor: Akira Hilar  Razon: Evento °|°|° Pecados Laborales °|°|° Dedicatoria: A Karin, Athena_Arianna, Ale_Chan, Kimee, Lola, Sahasara y todas las miembros del club Santísimo Pecado Geminis x Virgo
Comentarios adicionales: Jajaja quise hacer algo más… ¿tierno y romantico? Pues sí, esa es la idea, veremos que me sale.
Dioses, esto se me extiende xD Gaidens:

Gaiden 01: Buscando Lluvia (Kanon x Mu) - Mu ha encontrado un compañero de clase algo particular a quien no sabe si lo que sientes es desprecio o aprecio. ¿Qué es lo que guarda la lluvia llamada Kanon? (Precuela 07 años atrás)

Gaiden 02: En el Fondo de la Laguna (Hades x Shaka) - Simmons Whorther, alias Hades, no imaginó que su regresó a Londres le traería más de una razón para volver a la vida, en los brazos de su propio ahijado. (Precuela 08 años atrás)

Gaiden 03: Petalos al río (Shaka x Afrodita) - Aphrodite Lethys y Shaka Espica son compañeros de trabajos en el rubro de la decoración, con una tormentosa y complicada relación que les hará desenterrar hechos pasados. (Precuela 02 años atrás)



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FECHA El 10/11/11 a las 03:11:46 IP GUARDADA Enviar Privado Añadir Amigo · Enviar Privado Enviar Privado · Buscar Mensajes Posteados Buscar Mensajes Posteados
Online Maagd
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El 08/07/10 a las 05:07:57

que cosas x0

ahora me fiaré aún menos de los abogados guapos y griegos que vete tú a saber con qué soñarán todos ¬¬ con sexo con los rubios mazizos diseñadores de interiores XD

 

Por cierto Holas, cuanto tiempo sin leer tu fic. Has avanzado muchísimo, me voy a pasar una semana recuperando el tiempo perdido jejeje Esta preciososa tu historia, como siempre X3


FECHA El 20/11/11 a las 11:11:56 IP GUARDADA Enviar Privado Añadir Amigo · Enviar Privado Enviar Privado · Buscar Mensajes Posteados Buscar Mensajes Posteados
Online AkiraHilar
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El 19/11/09 a las 03:11:03

 

Gracias por tu comentario Maagd, me alegro que sigas leyendo la trama, ya por fin estoy llegando al final, solo que entre mi trabajo y falta de musa me cuesta sacar cada capitulo. Espero sea de tu agrado :)

Kanon ha logrado dar un paso para la reconciliación con su familia, un paso que puede ser decisivo. ¿Radamanthys estará dispuesto  dar un paso también?

Capitulo 49: Desheredado

Tres de la tarde, la agenda ya estaba programada. El Mall al este de Londres era uno de sus más llamativos trabajos para el consorcio de los Wimbert.  Había sido construido hacia 20 años, y la arquitectura aún representaba un hito en el diseño de espacios de entretenimiento y comercio, incluso inspirador para trabajos en otros países. Precisamente en ese lugar se llevaría a cabo una actividad especial de la asociación de niños y madres con cáncer que lideraban en la ciudad y a la cual, la mujer de los Wimbert había decidido apoyar con la donación de uno de los locales del prestigioso Mall como centro de sus operaciones. Como era de esperarse, había un acto protocolario de por medio y las más alta figuras del consorcio se dirigían al lugar.

Valentine sabía que todo lo que estaba ocurriendo ese día era parte de sus obligaciones, y que no era extraño que él como mano derecha y principal de confianza de Radamanthys lo siguiera en dicho evento y estuviera a su lado para el momento de la entrega del poder y de los agradecimientos por parte del grupo. Además, ese tipo de proyectos por parte de la empresa eran algo común, ya que por el gusto de la señora Fler a la caridad siempre se destinaba fondos para apoyar económicamente campañas de ese tipo, algo que al final generaba una mejor posición para con los clientes y la sociedad. El presidente de la empresa veía en eso más que un movimiento publicitario o de mercadotecnia, era su cumplimiento a los deseos de su mujer, los únicos por los que velaba.

Eso él lo entendía y lo sabía de un principio, para Radamanthys su mujer seguía siendo la niña de sus ojos. Ese hombre no podría ver más allá.

Suspiró… ya no quedaba más que tres días dentro de la empresa y ese quizás sería al último evento social al que acompañaría a Radamanthys. Estaba convencido que era lo mejor y que aquello no tenía forma de cambiar de curso, por mucho que las cosas se hubieran vuelto turbias en la empresa o en el hogar del superior. El asunto que lo tenía incomodo ante ese evento no era precisamente pensar que era él último, sino las dos miradas que tenía sobre él y que no dejaban de hacerle sentir inquieto.

Por un lado, Radamanthys parecía mirarlo como si quisiera encontrar algo para poder detenerlo de su decisión, una mirada tan profunda y ardiente que lo tenía verdaderamente nervioso. Una mirada férrea y decidida, como si al mismo tiempo pensara en que piezas mover o de qué manera acorralarlo para que él no pudiera moverse de su sitio, para que siguiera a su lado. Minos le había dicho la noche anterior que lo había llamado para abogar por el contrato de inamovilidad para obligarlo a permanecer más tiempo y así dar un plazo mayor para poderlo convencer. El juez se rió de aquello cuando lo contaba, incluso tuvo la mofa de decirle si no era ese al final el sueño que había tenido, el que Radamanthys viera la manera de quedárselo y dejarlo a su lado.

Realmente, no estaba del todo equivocado. Una parte de él se sentía honrado y agradecido por el gesto que tenía el mayor de apreciarlo al punto de quererlo retener aún en contra de su propia voluntad. Pero eso no era comparado a la desesperación que le entraba al saber que simplemente no podía quedarse allí y que si Radamanthys seguía presionándolo sacaría la verdadera y más oscura de sus motivaciones, acabando con todo de manera catastrófica. Por ello permaneció en silencio ante la sorna del hombre de la ley, de aquel hombre de ojos tan dorados como los de Radamanthys que lo veían como si evaluaran su conducta, como si lo juzgaran.

“No importa cuánto me ruegue Radamanthys. Yo no voy a dejar que te quedes a su lado”

Fueron esas las palabras de Minos aquella noche. Esa mirada de fuego y posesión, ¿cómo podía descifrarla? ¿Por qué sintió un escalofrío correrle por todos los nervios? ¿Por qué ese brillo dorado de sus ojos, los que creyó podría sustituir a Radamanthys en esas noches que se entregaba agobiado por el desamor, adquirían un brillo distintivo, incomparable?

Frotó su frente con pesar al sentir de nuevo los pensamientos golpeando contra sus sienes y provocándole un ligero dolor de cabeza. Sabía que ese malestar no provenía directamente de la mirada de Radamanthys, o de los pensamientos hacía Minos y la extraña sensación que estaba experimentando por estar con él. No, se trataba de la otra mirada, de la misma que tenía frente a él en la limosina que lo llevaban con su superior a aquel evento. Se trataba de unos ojos profundos y enigmáticos, claros, casi con un ligero tono violeta, con espesas pestañas negras, en una piel palidísima. Una mirada de señorío, de profundo estudio y vigilancia, una mirada de repudio y odio a la vez. Una mirada que lo juzgaba.

Pandora.

Desvió la mirada de nuevo a la agenda electrónica queriendo distraerse viendo el programa que debían seguir en el evento. Aquello lo tenía perturbado; aún en sus oídos podían resonar los gritos de Minos cuando se había alterado, con la visita de esa mujer al departamento justo cuando ellos intimaban. Jamás lo había oído así, él que siempre parecía tener todo bajo control y manipular todo a su antojo, parecía que con ella simplemente sus hilos dejaban de tener efecto. Como si los hilos de ellas fueran más fuertes y letales.

¿Qué clase de mujer era Pandora? Sabía el efecto que ella provocaba en Radamanthys, sabía que era la única que se le podía enfrentar como un igual y salir airosa sin que ese hombre le levantara demasiado la voz. Pero que tuviera casi el mismo efecto en Minos, que pudiera contrariarlo al punto de no querer continuar con su actividad lúbrica después de su ida definitivamente era de cuidar. Y ella, en ese momento, lo miraba como si fuera algo que debía sacar de su camino. ¿Por qué?

El sonido de su móvil le distrajo y al mismo tiempo atrajo la mirada de los otros dos señores de la empresa hacía él, de nuevo, cada uno con un sentimiento distinto. Valentine sacó de su abrigo el móvil titilante y buscó entre el menú el buzón de entrada de la mensajería, para ver el nombre de Minos como el remitente. Su corazón se paralizó… Minos no solía escribirle a su teléfono móvil.

“¿Dónde estás? Te quiero ver hoy”

Se apresuró a responder comentándole que iba al Este de Londres a una actividad social con la presidencia, evitando mencionar a Radamanthys directamente. Las miradas seguían fijas a él y a cualquier de sus movimientos, se sentía como una presa entrando en terrenos peligrosos, donde una enorme telaraña preparada por la tarántula estaba esperando un falso movimiento de él mientras qué, una ave de caza con sus ojos dorados observaban fijamente su recorrido calculando en qué momento podía atraparlo para mantenerlo a su lado. Nervioso envió el mensaje y de inmediato abrió la página de noticias para enfocar sus ideas en otro lugar menos en esas miradas, pero llegó una respuesta de Minos y aquello lo había dejado más inseguro.

“¿Estás con Radamanthys? ¿Con quién más estás?”

Frunció su ceño. ¿Cómo debía interpretar esas preguntas? ¿Qué era lo que Minos estaba buscando de él? ¿Y por qué se sentía tan asfixiado en ese auto? ¿Por qué le estaba costando respirar? Respondió diciendo que no estaba solo con él, que Pandora también estaba a su lado y no supo identificar para sí mismo si era algún modo de justificación o si quería hacerle entender que no estaba solo con Radamanthys como si el simple hecho de estarlo fuera malo. Abandonó el móvil dentro de su saco y buscó con su mirada a las afueras, cuando cruzaban el Tower Bringeth de Londres.

—¿Todo está bien?—la voz que resonó fue la del líder del consorcio, Radamanthys, y Valentine sintió otro escalofrío, aún más inseguro cuando, al paso de esa voz, su teléfono volvió a sonar.

—Sí, Señor.

—Estás pálido…—agregó el mayor y Valentine mantuvo su fija a la ventanilla, tragando grueso.

—Estoy bien, Radamanthys—volvió a asegurar y cuando creyó, conociéndolo, que Radamanthys volvería a preguntar, fue Pandora la que habló.

—¿Fler estará en el evento?—de reojo no pudo evitar mirar a la mujer tratando de interpretar a que venía la mención de la mujer de Radamanthys en ese momento.

—Sí, ella ya está en el lugar con Hagen.

—Ya veo.

Se quedaron en silencio de nuevo y Valentine no supo la razón del porque se sentía aún más inquieto por eso. Con discreción sacó de nuevo el móvil de su abrigo y leyó el mensaje, quedando literalmente helado.

“Ten cuidado de Pandora”

Y desde su despacho, el hombre de ley se colocaba la toga con la cual saldría al magistrado para encabezar otro juicio pero con su mente totalmente desconectada de aquel caso. El cabello claro, casi plata, era resaltado ante las túnicas negras de su traje y su mirada dorada parecía fulminar en medio de las sombras que provocaban las cortinas vino tintos con el contacto de la luz.

Había cometido un grave error. Tener a Pandora de enemigo no era una opción, nunca, la mujer siempre conseguía la manera de llevar todo a su favor y si creyó que con decirle que Radamanthys ya había movido sus manos al respecto ella desistiría estaba totalmente equivocado.

Se frotó las sienes con fastidio al asumir que no había podido dormir luego de esa visita. Hasta las ganas de sexo se le esfumaron luego de ver a la mujer con quien durante años contendió el corazón de Simmons. Irónicamente, ambos perdieron esa partida, porque ella ni siquiera con el matrimonio pudo quedarse con él y lo más satírico del asunto es que quien ganó la carrera por el amor de Simmons era su centro de la conversación, el mismo muchacho que desde su llegada a Londres tenía a Radamanthys de cabeza: Shaka Wimbert, su hijo y heredero. Pandora insistía en que lo ayudara a buscar en Grecia, él lanzó la verdad de que el muchacho estaba en Londres y ya su padre lo había no solo visto, sino botado de su vida como si fuese un vil perro enfermo. Aquello había alterado a la mujer de una manera en que no pensó verla por quien fue el amante de su esposo, pero Pandora parecía no verlo de ese modo, sino como el ahijado, el hijo de Fler, el chico.

Siendo él incapaz de creer de Pandora tal acto de altruismo, pensó que solo era una fachada para esconder su verdadero interés, el destino de la herencia de los Wimbert sino estaba el heredero. Conocía perfectamente toda la situación legal que se suscitó cuando el padre de Radamanthys murió y le dejó la heredad por encima de sus hermanos e hijos del matrimonio legítimo. Todos aquellos quedaron como asalariados si querían seguir en el negocio de la familia, del menor y el bastardo de los Wimbert.

Aquel acto había creado un gran conflicto entre todos los familiares, e incluso luego del matrimonio entre él y Fler, se habían encargado de presionar por la llegada de un hijo. Ellos creían que Shaka estaba en el extranjero estudiando, una de las razones de mantener esa fachada era evitar que aquel conflicto por la herencia volviera a resurgir luego de años, pero no se podía mantener por mucho tiempo; la familia ya empezaba a hablar y preguntar dónde estaba Shaka y que era de su vida y ya las mentiras no eran suficiente. Quizás Pandora vino por ello y no de buena samaritana, tomando en cuenta que era la hija menor de uno de los tíos de Radamanthys y que era la única que conocía la verdad tras la desaparición de Shaka de la familia. Creyó que simplemente la mujer quería asegurarse que quien se había metido con su marido no gozara de absolutamente nada, y que si le decía aquello lo dejaría en paz a él, al muchacho, y a su vida.

No fue así… revelarle la verdad tras el heredero de Radamanthys había sido una enorme equivocación. La mujer simplemente palideció y todo se tergiversó. Minos se dio cuenta muy tarde que las motivaciones de Pandora para con Shaka no eran tan crueles como pensaba, que esa mujer realmente estaba dispuesta a todo para su regreso.

Ahora, encontrar a ese muchacho había pasado a ser una prioridad para él y aquello lo detestaba. Solo pensar que ese niño pudo haber estado con Simmons y que éste si estaba dispuesto a dejar todo por él le creaba una terrible jaqueca. El pasado le pesaba y Pandora había llegado para hacerlo aún más difícil de sobrellevar y ahora, con todo eso, estaba en el medio un hombre que no tenía parte ni culpa en todo lo que había ocurrido.

Él debía protegerlo.

En ese mismo momento, Saga dejaba caer de nuevo la bocina del teléfono mientras pensaba en si era demasiado temprano para saber que había ocurrido en aquel almuerzo. Si los cálculos no le fallaban, debían ser al menos la una de la tarde ya en Grecia, de ser así Kanon ya debió haberse desocupado de aquel encuentro. Estaba nervioso, y necesitaba saber el resultado, sobre que hablaron y si su hermano podría continuar propiciando otro encuentro igual.

Shaka observaba al griego bufar mientras cubría su cabeza con sus manos y veía al teléfono como si esperara a que este contestara sus preguntas. Lo miraba desde afuera del local, con sus manos en los bolsillos mientras la gente corría y paseaba a su alrededor en aquel Mall que le era conocido. Sinceramente, era la primera vez luego de haber abandonado a su casa en que iba.

La construcción en un medio ovalo tenía toda la separación necesaria para tener un auditorio, tiendas por departamento, cine e incluso un pequeño parque de diversiones. Era toda una conglomerada construcción prevista para el entretenimiento y el comercio y el podía recordar hacía donde llevaban los pasillos con solo memorar la maqueta que estaba en la oficina de su padre cuando él tenía siete años. Fue imposible no revivir la sensación cuando su padre lo alzó con un brazo para que pudiera ver mejor la nueva obra que su compañía iba a proponer con sus asociados, una obra que sería de gran importancia para esa zona. Recordaba como su padre le explicaba a él y a su madre donde estarían los cines, donde estarían cada uno de los espacios destinados para los comercios. Era impresionante estar ahora caminando en sus pasillos luego de veinte años de esa escena, pensar que aquella maqueta se había convertido en esa construcción y que esas personas que estaban como figura en la maqueta ahora se movían e invertían en el lugar.

Cuando le dijo que le gustaría ir al Mall y que el itinerario que el griego tenían planeado lo hacían el día siguiente, nunca le explicó a Saga la razón del porque quería ir a ese sitio. Para Saga de seguro era simplemente un Mall común, pero para él traía muchas memorias, de cuando era niño, de antes de su conflicto personal por su identidad. No había querido pisar antes, cuando aún vivía en Londres, temiendo que alguien pudiera identificarlo. Ahora podía pasearlo con tranquilidad sin la vergüenza y sin ese temor, dudosamente alguien de ese lugar podría recordar al hijo de uno de los inversionistas.

Aún así, tal como vestía era también difícil que lo reconocieran. Su sobretodo gris ocultaba un pantalón tallado plomo y la camisa blanca con algunas detalles grises y violetas en el pecho a la altura de la derecha. Una boina color plomo de gamuza acompañaba el atuendo, sus lentes de montura negra los tenía colgado de su cadena, una de cuero con su nombre labrado el aluminio. Si lo compararan con el chico que dejó a los Wimbert, que aún usaba colores modestos y cuidaba de no dejar ver demasiado sus inclinaciones, definitivamente nadie podría confundirlos. Sin embargo, cuando vio al griego salir luego de intentar las llamadas no dejó de pensar que ambos juntos se veían muy diferentes.

Convencer a Saga que usara uno de sus jeans y no los pantalones de vestir que tenía había sido suficiente odisea. Aún así el hombre no quiso dejar sus camisas celestes y se enfundó encima de ella el saco para luego ponerse el abrigo negro porque según él, Londres era demasiado frio. Saga, por donde lo viera, no desprendía por ningún lado su inclinación. Seguía siendo un abogado vestido de forma civil.

—No contestan, creo que tendré que esperar un par de horas más—le dijo al llegar a él. Shaka suspiró y miró a un lado, resintiendo también un poco el frio.

—¿Te parece si vamos caminando, entonces? Por aquí recuerdo que vendían unos batidos deliciosos—se separó de la baranda buscando colocarse los lentes. El griego miró hacia la derecha, donde Shaka había mirado hace un poco y extendió su mano mientras esperaba que el rubio se la entregara.

—Bueno, tengo un poco de sed también.

Shaka miró la mano extendida contrariado. Algo en él no estaba del todo en su lugar. Dejó escapar el aire mientras tomaba aquella mano tibia que de inmediato le dio cobijo y junto con Saga emprendieron el camino hacía ese sitio acordado.

¿Por qué? ¿Qué estaba sucediendo en él? Saga le hablaba de varios temas: de que el almuerzo de Shunrey estaba muy bueno pero algo condimentado para lo que estaba acostumbrado, que también le gustaba verlo trabajando con Dohko. Que tenían una familia perfecta, que le había agradado conocerlos, Saga hablaba y hablaba y Shaka no dejaba de sentir que una pieza no encajaba del todo dentro de esa escena, una que no lograba dilucidar cuál era. Sentía las miradas sobre él, pero no sabía la razón, y aunque él quisiera pensar que no era por él algo dentro le gritaba que sí, que él era la razón.

¿Por qué era diferente ahora? ¿Por qué cuando, en la misma situación, se la tomaba a Aphrodite no se sentía tan fuera de lugar? ¿Quizás  se debía a que con Aphrodite al lado no se sentía tan diferente pero con Saga, era como ver dos polos totalmente contrapuesto? ¿Se trataba de eso?

Cuando llegaron al local de los batidos y se sentaron en los muebles acolchados que daban al vidrio de la entrada, Shaka no dejaba de sentir esas incomodas miradas tratando de entender de donde venía la sensación. Por ello cuando Saga pasó su brazo alrededor de su hombro para acercarlo más sintió un ligero calosfrió y deseos de literalmente salir corriendo. ¿Qué era lo que le ocurría? ¿Por qué ese pánico?

¿Era el lugar? ¿Era ver lo diferente que lucían ambos viendo el reflejo de vidrio? ¿Era por ser aquel sitio algo de su padre? ¿Era su propia inseguridad?

—Siento que nos miran mucho—no pudo contener el respingo cuando escuchó la voz de Saga—. Es como si caminara con una estrella de cine o algo así.

—¿Cómo?—fingió el rubio levantando el rostro con el ceño fruncido. Saga lejos de lo que pensaba estaba muy distraído viendo el decorado de colores en el techo del local, con algunos vidrios que permitían verlos a ambos desde arriba.

—Sí, te miran mucho. ¿No lo sientes?—Shaka bajó la mirada y sorbió otro poco de su batido tropical.

—Algo… ¿te incomoda?

—Para nada…—Shaka no buscó darle larga al asunto, así que trató de distraerse con la bebida y la forma en la que el abogado acariciaba su oreja derecha, sutilmente, una

FECHA El 08/02/12 a las 06:02:13 IP GUARDADA Enviar Privado Añadir Amigo · Enviar Privado Enviar Privado · Buscar Mensajes Posteados Buscar Mensajes Posteados
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El 19/11/09 a las 03:11:03

 

Una simple decisión levantará heridas, abrirá agujeros, desgarrará el papel tapiz que ha estado escondiendo las grietas durante años. ¿Estarán ellos preparados para cada una de sus consecuencias?

Capitulo 50: Cadenas

“Sabía que no pude haberme equivocado, era usted”

Shaka caminaba con pasos presurosos en el asfalto húmedo luego de otra lluvia fría. Sus pisadas, trémulas, chasqueaban cada charco sin importa mojar sus botas en aquella noche que se le antojaba más gélida y sola que la que había vivido en esa última semana. Saga le seguía desde atrás, había intentado acercarse y seguirle el ritmo de su caminar o entender porque el cambio repentino de humor desde que habían salido de aquel Mall. Pero no se lo permitió, Shaka no dio un solo espacio para hablar, simplemente se había encerrado con su abrigo sofocándole y su boina tapando la mayor parte de su rostro. Su cabello danzaba recogido, con violencia, por el viento que recorría entre ellos con la misma fuerza. La marcha de Shaka no eran lenta, eran agresiva pero desvariada, chocando con cuantos pasaban como si fueran simples piedras en su caminar que no le importaba golpear con el ímpetu de sus aguas.

“¡Mira cuán grande está! Debe ser el orgullo de su padre”

Pasó sin decoro alguno su puño a su nariz enrojecida, aquella que contenía toda la carga emocional que Shaka llevaba tragándose desde ese lugar, desde ese encuentro en el pasillo frente a la cabina telefónica cuando Saga se había detenido a intentar llamar a su hermano de nuevo. Aquel hombre anciano que se le había acercado con algo de timidez pero sin dejar de ver sus facciones para simplemente lanzarle aquello. Llevaba consigo una escoba, lo que significaba que pertenecía al personal del mantenimiento del Mall.

Aquello que le había turbado.

“No debe acordarse de mí, pero recuerdo que una vez siendo niño se cayó luego de haber limpiado el pasillo y su padre casi me despedía por ello, porque olvidé colocar el avisó de piso mojado”

Ciertamente no lo recordaba, como tampoco podría recordar con exactitud a todos los trabajadores menores de cada edificio que su familia tenía como apoderados. Pero no le extrañaba que aquellos si lo recordara, si pudiera grabarse su rostro como parte de la familia de quienes eran sus señores.

Para la gente, ellos seguían siendo una familia. Para los empleados, su familia lejana, para todos los que una vez lo habían conocido, ellos seguían siendo familia.

“Ha sido un gusto verlo de nuevo”

Pero no lo eran… era una fachada que se había estado manteniendo por seis años, una mentira con la cual sus padres seguro querían maquillar los que ellos consideraban un error, su mayor fracaso como padres, el asco y la decepción de tener un hijo que prefería ver un cuerpo desnudo igual al de él que él de una mujer.

Y por eso caminaba así, por eso quería arrasar con todo lo que pasaban frente a él. Porqué, quizás, por primera vez se había dado cuenta que todo lo que había ido a hacer en Londres no había tenido caso alguno… Que ya no eran familia… no había nada que recuperar… Porqué ya había entendido el rechazo de su padre.

Maldijo su impulso de revisar su móvil motivado por las palabras de ese hombre. Maldijo su deseo de buscar que habían estado haciendo la familia desde que él había visto a su padre ese viernes. Maldijo la necedad de revisar si había algo nuevo. La curiosidad de ver aquella nota de ese evento que había ocurrido horas antes en ese mismo lugar, el querer leer lo que habían escrito los periodistas, el buscar fotografías de su madre aunque fuera de lejos.

Y mientras recordaba, su trayecto iba perdiendo ritmo. Conforme su mente recordaba las palabras leídas, las fotos observadas a través de su palm, la nota periodística resaltando el beneficio hacía la organización y la sorpresa de la tarde con… con el pedido del líder de la firma…

Conforme eso regresaba a su mente y se burlaba de sus sueños, Shaka tambaleaba en sus pasos en el asfalto, su cuerpo se curvaba más hacía adelante como si intentara escudarse incluso del viento frío que lo cubría.

Adoptar…

La palabra penetraba a él como si fuera una bala de un misil acertada en todo su estomago.

Adoptar… un nuevo Wimbert…

Sus labios delgados siendo mordidos. Los puños apretándose dentro del abrigo, la brisa flemática, aquello que golpeaba contra su pecho sin ningún tipo de misericordia. Mientras más se acercaban a la estación del metro, más rápido se daban sus pasos y más personas se encontraban en el camino, tropezando con ellos alrededor.

Sus parpados ardían… una nube turbia brotó de sus labios en el momento que se abrieron para dejar un halito frío. Saga veía la situación, veía como Shaka golpeaba y se enfrentaba a la multitud mientras se acercaba a las escaleras, observaba como el rubio parecía no poder más con sus propios pasos.

Y es que le dolía… saberse huérfano, saberse suplantado. Le ardía en el centro de su pecho, maldecía el origen de su apellido si eso era lo que le daría: orfandad.

—¡Shaka!—el rubio se detuvo cuando el brazo del abogado se tomó de su brazo derecho haciéndole reaccionar. A tres pasos de él, la escalera eléctrica en mantenimiento se encontraba cerrada—. ¿Qué ocurrió…?—se filtró su voz con suavidad. El decorador miraba el vacío de aquellas escaleras detenidas, tanto como se encontraba su vida en ese momento.

Levantó su mirada al alrededor. Desde su lugar, logró ver a un hombre cargando a su hijo mientras bajaba las escaleras  con su esposa tomada de mano.

—Shaka…—insistió el griego buscando su mirada para verlo, ver el rojo de sus ojos, la tensión de su rostro observando aquella escena que él mismo vio—. Shaka, por favor…

Las grandes manos del mediterráneo se tomaron del rostro del inglés, lo estrujaron, buscando de esa forma aparta la vista de aquella escena que sabía, debía arderle como hiel a la herida. Cuando esos ojos azules lo miraron por fin, supo, que ese río no estaba corriendo, que toda esa carrera de Shaka no era un río fluyendo. Era un río atascado golpeando con fuerza, buscando destruir aquello que lo contenía para ahogar con todo. Un río, enlodándose.

Saga tragó grueso cuando vio todo aquello tras los ojos enrojecidos del hombre que había ido a buscar en Londres. No sabía que pasó, pero podía intuir que algo lo suficiente fuerte como para tenerlo así. La preocupación entonces vistió a su mirada y Shaka comprendió, comprendió esa sensación que Saga le transmitía a través de sus ojos verdes.

—Shaka…

—Quiero llorar—logró decir el aludido con un murmullo apagado de su voz, pero sin perder un ápice de la fortaleza que parecía querer mostrar ante el mundo, pese a lo quebrado de sus pupilas.

—Hazlo—el rubio lo miró, imperturbable, negándose con solo ese silencio.

—No puedo…—la mirada de Saga debió ser lo suficiente clara como para hacer que él reconsiderara ampliar su respuesta—. Hay mucha gente…

El fiscal no tardó en entender lo que Shaka le había dicho con esas palabras. Miró a su alrededor, las personas pasaban totalmente ajena al dolor que tenía el hombre a su lado. Ellas seguían su rutina, y Shaka no podía permitirse llorar allí… Shaka necesitaba encerrarse y estar lejos de todo para llorar. Para permitirse esa debilidad muy lejos.

Por eso ese caminar, por eso esa desesperación por llegar a un refugio para descargar lo que contenía dentro de su pecho.

Ese era él… esa era su forma de vivir.

—Ven…—accedió, y Shaka levantó su mirada un poco sin comprender las palabras de su acompañante. Saga había soltado su rostro y desabrochó con rapidez los botones de su grueso abrigo para abrirlo, como si con ese gesto le aperturara un escondite solamente para él. El rubio volvió a subir la mirada hacía él, apenas pudiendo contener el aliento—. Aquí nadie te verá.

Y como si esas fueran las palabras claves, Shaka sintió que todo bajo sus pies se estaba moviendo, que una fuerza descomunal amenazaba con partirle en dos el pecho y como sus ojos, ya enrojecidos, empezaron a arder mucho más mientras se humedecían. Él mismo creía imposible que tal acción fuera capaz de hacerle sentir de ese modo, pero lo sentía, sentía su alma gritándole que aceptara esa oferta, sentía su corazón a punto de cansarse de tanto latir, tan fuertemente, tan implacable. Sentía su mente convirtiéndose en un nudo de respuesta, sus ojos buscando algún punto de sostén lejos de aquella puerta abierta, sus manos queriendo tocarle…

Su ser queriendo sentirle.

Para Shaka, ese solo paso fue determinante. Un paso lleno de titubeos, de evasivas, de un temblor de manos mientras se acercaban a aquel pecho, de alarmas… de alertas.

Desde que se había ido de su casa, solo a Dohko le había llorado.

Y apenas sintió los brazos de Saga rodeándole, el abrigó ocultando su rostro contra el cuello del griego, la loción de ese hombre mareándole el alma.

Shaka lloró.

Pero no era el único…

En la mansión de los Wimbert, nadie podía dormir luego de lo que había ocurrido. Después de aquella algarabía, pocos eran los que estaban en los pasillos en espera de que pudiera ocurrir, muchos ahora cuchicheaban en la cocina mientras la ama de llave subía una taza de té caliente a la señora y el señor de la casa se había encerrado de nuevo en la oficina.

Pandora, con poco éxito, había logrado calmar a sus hijos luego que los gritos de Radamanthys y el llanto de Fler golpearon contra cada pared de la mansión. Su pequeña niña estaba asustada y era comprensible, la voz del inglés cuando se levantaba resonaba como un rayo golpeando en tierra y dejando un estruendo a su paso. Y el llanto, el llanto de la mujer era tal que conmovía con solo verlo aún sin saber la razón de su querella. Pero la alemana lo sabía, y en silencio había intentado mantenerse al margen luego de haber presenciado un encuentro que jamás pensó podría ocurrir entre ellos, conociéndolos como la pareja que era.

Las razones eran comprensibles, la mujer también lo sabía. La posición de Fler era más que aceptable luego de lo que había ocurrido en aquella reunión y se vio obligada a forzar una sonrisa cuando su corazón de madre había sido golpeado hondo y seco. Y eso que ella no sabía, no conocía toda la verdad.

De haber sido así, realmente temía hasta donde pudo haber llegado las consecuencias.

Suspiró un poco más calmada al ver que con sus caricias en el cabello, su hija se había quedado dormida. Ya su hijo mayor también había descansado, ahora le tocaba a ella hacerlo; sin embargo, eran otros los planes que tenía en mente. Pandora se levantó de la cama con aire apesumbrado mientras recogía un mechón de su cabello negro detrás de la oreja. Pausadamente se integró hasta el tocador de la habitación y sacando sus cremas, comenzó a realizar su rutina, quitando el ya desgastante maquillaje de su rostro para ver como pocas veces veía su piel blanca y sencilla, con marcas de edad. Por cada pase de la mota húmeda que pasaba por su piel, fue inevitable para ella no recordar esos años en el que Simmons, Radamanthys, y ellas dos estaban juntos, eran un grupo, eran lo más cercano a una familia.

Pero él lo tuvo que arruinar, no solo su propio matrimonio, sino destruir a su hijastro, destrozar la familia de su mejor amigo. Simmons había destruido todo en el momento mismo que fijo los ojos en el pequeño joven que fue seducido por la experiencia.

Por eso ella no podía odiarlo, conocía a su marido, sabía con quien se había casado. Ella también había sido víctima de ese embrujo.

Ahora, lo que ocurría en la casa eran solo parte de las aún secuelas de aquel movimiento. La mujer, mirando el reflejo tras el espejo veía necesario que los autores de aquella historia estuvieran todos en el mismo sitio. Es por ello que lo hizo, que buscó su móvil y viendo la imagen de su hijo, abrió la mensajería y escribió un mensaje de texto explicito a su marido.

“Si algo no pudiste decir hace seis años a Radamtnhys, este es el momento. Shaka estuvo en aquí”

Cerrando el aparato entre sus manos, ella acomodó su cabello hacía atrás y salió de la habitación notando el pasillo sombrío. Sus pasos resonaron con lentitud en la estancia y le asombró el momento en que otra luz llenó el pasillo y vio el cuerpo de la ama de llave saliendo de lo que era antes la habitación de Shaka. Era visible en su rostro la enorme carga y cansancio que soportaba en ese momento.

—Nana Eli… ¿cómo se encuentra?

—Por fin durmió…—fue el primer suspiró que soltó la mujer mientras sostenía la bandeja con la taza vacía contra su estomago—. Señora Pandora, no la había visto llorar así desde que el joven se fue de la casa.

—Debe estar usted muy agotada—la anciana solo renegó como no dándole importancia aquello.

—¿Es verdad lo que dijo la señora? Que… que el señor—parecía que aquello costara salir—. ¿El señor… quiere adoptar a un… heredero?

—Es… es lo que dijo—respondió la mujer observando con tristeza la lágrima que descendió de aquel rostro anciano.

—¡Por Dios…!—exclamó su voz turbada—. El joven… mi niño… estuve aquí—mordió sus labios cerrando sus parpados agotados. Otra lágrima cayó del lado izquierdo—, él vino… vino hasta acá. Me dijo… que hablaría primero con su padre…

—Nana Eli…—una mano compañera en su hombro y la mujer apoyó su rostro hacía ella, en busca de consuelo.

—No pude decirle a la señora esto… No pude decirle que él estuvo aquí. Estoy segura, que de haberlo sabido, hubiera corrido a la calle a buscarlo aunque no supiera donde está…

—Hizo lo correcto—musitó Pandora intento calmarla con una voz apacible.

—Estoy… destrozada… Escucharle decir que no quería otro niño… que quería a su hijo…

Imposible era olvidar las palabras que en gritos Fler vociferó en la habitación de su pareja. La forma en la que ella se quitó el anillo y lo arrojó, como tumbó las lámparas, desató las cortinas, gritaba que no se había cambiado una sola pieza de la casa por su hijo, gritaba que ella había tenido un hijo.

“¡Es mi único hijo, Radamanthys!”—ella le gritó con apenas voz entendible—“. No pude tener más, ¡solo lo pude tener a él!  ¡Es mi único hijo!”—y la voz de Radamanthys no sonaba, callado, totalmente mudo mientras su mujer desesperada lloraba como si de nuevo le hubieran arrancado la matriz—“. Mi único hijo, él único fruto de mi vientre, ¡él que te di a ti! ¡¿Cómo pretendes sustituirlo?!”

Y forcejearon… y cayeron retratos matrimoniales y adornos, perfumes y bolsos. Hubieron reclamos… él le recordaba que antes de que Shaka se fuera, ella le había comentado de la posibilidad de adoptar y él no quiso, porque para él solo existía un Wimbert, solo su hijo Shaka. Su esposa en contraataque le decía que por eso no iba a aceptarlo, sabía lo que significaba, lo conocía. Que si entraba otro Wimbert en casa sin saber de Shaka, ella se divorciaría y se iría.

Eso fue el detonante… Radamanthys perdió el control, gritó. Reclamó diciendo el porqué tenía que abandonarlo a él si le había entregado su vida, si no le había fallado, si jamás le había mentido. Fler ahogada de dolor le gritó que despreciar a su hijo era despreciar lo más hermoso que ella le había entregado en su matrimonio, lo único en el mundo que atestiguaba que ella había sido mujer aunque jamás pudiera dar de nuevo vida. Las cosas se acaloraron, ella amenazaba con irse, había tomado una maleta para salir de esa habitación y dormir, por primera vez en casi treinta años de casados, lejos de su esposo. El inglés entonces reaccionó; quiso atentar contra la habitación que aún guardaba de su hijo. Dijo que la iba a eliminar, que iba a quemar todo lo que Shaka había dejado, iba a acabar con aquel santuario y ella, desesperada, corrió tras él.

Para ese punto nadie estaba seguro de que sucedería. Radamanthys había salido como un animal descarrilado, con la camisa afuera, la corbata colgando, su cabello siempre arreglado estaba desaliñado por la cantidad de veces que pasó sus manos por la cabeza. Iba decidido, sus pasos estaban ya programados para aquella habitación y su mujer lo seguía totalmente angustiada con las lágrimas ya lavando su rostro. Y él abrió la puerta y toda esa furia se contuvo. Siquiera pudo entrar a la habitación…

Fler fue quien entró echándolo un lado para caer sobre la cama llorando y clamando que no lo hiciera, no tocara el cuarto de su hijo, no destruyera lo único que le quedaba de él. Pero aquel clamor ya no era necesario, cualquier intención de Radamanthys habían quedado hechos añicos en cuanto la presencia de Shaka aún gobernando ese lugar como un ente fantasmal golpeó sus sentidos.

—El señor Radamanthys—continuó la joven mujer luego de ese silencio donde ambas recordaron lo ocurrido hacía poco más de una hora—, ¿Donde está él?

—Entró al despacho y luego solo se escucho objetos caer… he de suponer que todo eso debe estar destrozado también. De allí… nadie se ha atrevido a entrar.

—Lo entiendo—un respiro ahogado por parte de la alemana—. Voy a verlo, por favor prepara también te y una vasija con agua tibia y un paño.

—Sí, señora…

Dejando a la anciana atrás, Pandora decidió seguir su camino hasta el despacho de la casa.

Tal como esperaba, la sensación que había frente al despacho era la del vacío, como si allí se detuviera el tiempo. Un espacio totalmente turbio y lleno de nada que ahogaba y apresaba cualquier rastro de luz. No había lámpara encendida, tampoco se escuchaba el sonido de cualquier objeto moverse además del reloj. Aquello le había preocupado, porque sabía y ya conocía a Radamanthys lo suficiente como para saber que ese silencio tan palpable no era un buen indicio.

Con sigilo, Pandora esperó en el lugar hasta que la anciana llegara con la bandeja y los utensilios pedidos, mientras verificaba el fluir de las acciones conforme el tiempo. Solo había silencio, por lo que la espera se le hizo agobiante. ¿Hasta qué punto serían las heridas que cargaba Radamanthys tras lo sucedido? No lo sabía… tan herida estaba ella, que jamás fue a ver cómo estaban aquella familia que había quedado mutilada a causa de su esposo y ahora que había decidido regresar y ayudar en algo se había encontrado con heridas llenas de pus, infectada por el tiempo, las palabras no dichas y las hipótesis fundadas en esperanzas quebradas.

La casa era tan solo una muestra de ello…

Con un largo y profundo suspiro, la mujer tomó la bandeja con su izquierda y tocó la manilla con su derecha, una manilla de bronce labrado en figuras antiguas. La jaló hacía abajo, escuchando el característico sonido del seguro al abrirse y esperando, en silencio, alguna reacción dentro. No hubo ninguna y aquello no supo si tomarlo como bueno o malo, así que se armó de valor y abrió la puerta, dejando a la ama de llave afuera y penetrando en la oscuridad de la habitación. La señora Eli solo vio cuando la puerta se cerró frente a ella.

Y ciertamente, el panorama no era tranquilizador. Dos de los seis libreros apoyados firmemente a la pared yacían en el piso, arrancados como si hubiera sido la fuerza de una bestia y con los libros, antiguas colecciones de quién había sido su tío, en el suelo. También sobre la alfombra de corte hindú se hallaban la pequeña mesa de madera caoba labrada como un juego de Martini en el suelo, junto a las dos sillas del mismo diseño victoriano. Y para completar, los rastros de vidrio, mucho vidrio y bebidas que provenían, si subía un poco la mirada, del bar de la oficina totalmente destruido y las botellas que, aún colgando, dejaban goteando el líquido que se mantenía en los retazos de su forma.

Además, no era solo oscuridad lo que había dentro de aquella oficina. Al final se podía ver la intensa luz de luna y del farol del jardín iluminando la habitación con luz tenue. Era visible que también había arrancado la gruesa y elaborada cortina de satén al suelo y que había más vidrio, vidrio que no era proveniente de la ventana, al menos. Pandora lo que podía ver al final de todo el desastre armado, era la figura de un hombre cabizbajo sentado frente al escritorio, a contra luz, con su vista puesta en algo sobre la madera mientras el silencio parecía ser lo único que lo confortaba.

Viendo que ese hombre, Radamanthys, no había dicho nada ante su presencia en el lugar, se acercó a él hasta dejar la bandeja de plata sobre el escritorio desordenado y observar que todo cercano a este había sido destrozado.

Libros en el suelo, un juego de bebida de cristal partido en la alfombra, papeles, uno de los libreros destrozado aunque aún estaba contra la pared debido los tornillos que lo mantenían de pie…. Todo; excepto una repisa a su derecha, justo a la dirección donde siempre reposaba la pantalla de su computador, una repisa que al verla Pandora sintió un nudo en la garganta.

Allí estaba, inmóvil, implacable, imperturbable. Allí estaba lo que para ese hombre era más importante que su fortuna, que su dinero, que las acciones y negocios, que sus triunfos económicos y la solvencia de capital, que el flujo de divisas, que sus estrategias de inversión… su familia.

Sobre la repisa, un cuadro con el retrato de su matrimonio con Fler, ella vestida en ese sencillo traje blanco que cubría su cuerpo, con un tocado hermoso en su cabello que dejaba caer mechones dorados por sus hombros y espaldas. Y él, detrás de ella, abrazándola sobreprotectoramente, sin sonreír… porqué no podía, porque le costaba, porque la vida le había borrado una sonrisa desde muy niño, porque solo a ella podía sonreírle y no a las cámaras; aún no había aprendido a hacerlo.

En la repisa… los premios que Shaka, su hijo, había ganado en el futbol durante su infancia y adolescencia. Fotografías de él en el futbol, sus medallas, sus trofeos, sus balones de plata y bronce, su orgullo.

Cerca del escritorio, incluso la pantalla del computador yacía destruida en el suelo, pero esa repisa y ese cuadro no recibieron rasguño alguno.

—Qué haces aquí…—había ausencia de emoción en su voz, pero Pandora pudo leer en ella la leve interrogante. Dejó de ver a aquella repisa que había conmovido su alma y se acercó a él, posando una mano en su tenso y rudo hombro.

—Estoy preocupada por ti—le confesó la mujer con voz fraternal, dirigiendo su vista a lo que yacía debajo de los brazos del inglés, justo sobre el escritorio.

Aquello… aquello había sido suficiente para obligarla a soltar el aire de sus pulmones de forma dolorosa. Era visiblemente la hoja de vida de Shaka Spica, su fotografía luego de 6 años sin haberlo visto, un currículo laboral con dos gotas de sangre manchando su pulcra imagen. Levantó un poco sus ojos claros para ver el puño cerrado del inglés y como la sangre se agolpaba hasta formar una espesa gota que acompañó a las demás, como si estas fueran lagrimas, verdaderas lagrimas, esas que Radamanthys no era capaz de dejar brotar, porque simplemente no salían. Era como piedras en su garganta.

—Radamanthys…—murmuró con voz quebrada, mirando aquella fotografía al lado del puño derecho del hombre, cerrado con frustración—, suelta eso… suelta lo que tienes en mano.

En silencio el hombre obedeció, abriendo lentamente su puño para mostrar una gruesa y filosa porción de vidrio que había estado lastimando su mano, hiriendo su palma y haciéndola sangrar. Por la profundidad de las heridas Pandora comprendió la forma en que apretaba aquello aunque para él ese dolor, fuera más bien un tranquilizante. La pieza de vidrio cayó sobre la madera, pero la vista de Radamanthys no se había movido de su sitio.

De nuevo, ambos se quedaron callados, ella con su mano sobre su hombro, él con la vista en la fotografía de su hijo.

¿Cuánto tiempo era necesario para hablar? Pandora se encontraba sin palabras ante la visión que le era presentada, ante la realidad de esa familia que para ella representó el debe ser. Conocía a Radamanthys desde muy joven, conocía su historia y por ello, ver como había logrado formar una bella familia la había llenado de admiración. Ella quiso lograr algo así con Simmons, esa era su utopía. Pese a ser una mujer independiente y capaz, aquello no quitaba sus deseos de tener una familia fuerte como la que no pudo disfrutar, como había ocurrido con Radamanthys en su niñez.

Ser el padre que no tuvo… Radamanthys siempre le dijo eso y ella creía, fielmente, que lo había logrado.

—Todo lo que logró…—musitó él, y ella metida en sus pensamientos apenas lo vio de reojo, notando el perfil de ese hombre contorsionado por la agonía interna—, todo lo que hizo… sin mí.

—¿Querías estar con él?—preguntó ella, extendiendo su mano hacía la bandeja de plata para acercarla a ellos y curar su mano herida.

No respondió, solo dio un quejido de dolor cuando ella llevó su mano hacía el tazón de agua tibia para limpiar el rastro de sangre. Pandora hizo caso omiso de aquella queja y paso suavemente aquel paño húmedo para verificar la amplitud de la herida. Por momentos, solo se escuchó el agua caer en algunas gotas en todo el lugar.

—Siempre que algo te dolía al punto de querer llorar, primero golpeabas muchas cosas y luego, herías tus manos con los pedazos de madera o vidrio que quedaban—comentó la mujer alemana, pasando el paño con suavidad—. Si terminabas llorando, lo justificabas con el dolor de las heridas para sentirte menos débil.

—¿Simmons te pegó el psicoanálisis?—replicó él, sin mover su mirada. Ella sonrió con melancolía.

—Solo repito lo que él me decía en ese tiempo. En todo caso, no estaba equivocado, ¿cierto?—él prefirió no contestar, mordiendo sus labios con la vista fija en la fotografía de su primogénito—. Es decorador…—ella lo miró buscando alguna expresión—. Acaso… ¿es vergonzoso para ti eso?

—Pudo haber sido un psicólogo…

—¿Quieres a tu hijo el psicólogo?—Radamanthys tragó grueso, moviéndose su nuez de Adán en el proceso—. Por favor… sé sincero contigo…

— Quiero al hijo que me veía como padre.

Las palabras de Radamanthys decían más de lo que él quería confesar.

Pandora bajó la mirada, enfocándose en la labor de limpiar la herida de aquella palma mientras pensaba en esas últimas palabras. También recordaba lo que había sido para Radamanthys su niñez, su padre, que no tuvo cariño de ningún tipo por parte de él, y que solo fue usado para ser parte de la guerra que mantenía con la esposa, quien terminó siendo su madrastra. Conocía lo estricto que había sido con Radamanthys en todo, el rechazo que recibió él por parte de aquella mujer y los hijos que eran sus medios hermanos. También, los rumores de lo que ocurrió para que su madre verdadera lo dejara. Él ciertamente no había tenido una infancia y juventud sencilla, pero era un hombre fuerte, de principios firmes y aún así respetuoso.

—Vino a mí, de esa manera—el hombre de repente cortó el silencio, prosiguiendo con su mirada al vacío—, mostrándome sus logros… con esa altanería. Queriéndome mostrar que estuve equivocado y que no me necesitó… pero sí aceptó la ayuda de otros… de otro.

—¿Querías que volviera a ti?—preguntó sin verlo, solo dándole tiempo.

Y en ese momento, el hombre arrojó un puño con su derecha contra el escritorio, asustándola. Un puño contra aquella fotografía… labios mordidos y parpados cerrados con fuerza, el cuerpo temblando, la severidad quebrándose.

—Él quería ser un psicólogo…—su voz, por primera vez quebrada—, un psicólogo… Le compré los libros, le escuchaba sus conclusiones cuando los leía. Lo vi fascinado buscando entender la mente humana…—volvió a golpear, con menos fuerzas—. Él no es esto…  no es esto…

—Pero también le gustaba el arte, desde pequeño. También pintaba, le gustaba la música, los colores…

—¡No se trata de eso! ¡NO SE TRATA DE ESO!—se levantó de su asiento, dio una vuelta sobre su mismo eje llevándose ambas manos a su cabeza, como si no pudiera soportarla sobre su cuello.

—¡¿Entonces de qué se trata?!—se puso de pie la mujer queriendo entenderlo, comprender el nudo de toda la frustración que Radamanthys guardaba—. ¿De qué se trata Radamanthys?

—No me importaba… si él quería ser médico o bailarín, eso no me importaba.

—Entonces…

—Pero él no quería ser eso… él no quería ser eso.

—Estoy segura que si él decidió estudiar esto, ser esto, es porque lo apasiona tanto como le apasionaba la psicología—puso su mano en el pecho, viéndolo cabizbajo—. Tú conoces a tu hijo, Radamanthys. Sabes que él no es de hacer algo que no le apasione, que no lo viva. Así como vivía cada vez que entraba en los campos de futbol—el hombre contraía su rostro, temblaban sus mandíbulas—, así como se apasionaba al pintar sin importar ensuciar sus camisas, así, de la misma forma en la que te hablaba de las teorías del psicoanálisis. Así mismo… así mismo de seguro.

Pero Radamanthys solo renegaba, movía su rostro en señal negativa, sentía que tenía una implosión envolverle por dentro con solo ver aquella fotografía, aquel papel, aquella muestra de lo que era su hijo en ese momento. El padre no podía expresar con palabras lo que tanto le dolía, le ardía por dentro. No podía expresar lo que más le lastimaba de todo lo ocurrido. Y Pandora podía verlo, podía comprender que había más dentro de él.

—No es su inclinación, no es su carrera… ¿qué es Radamanthys?—pasó su mano por la mandíbula gruesa del inglés, acunando su rostro, obligándolo a subirlo un poco para ella verlo mejor—. Lo amas… amas a tu hijo Radamanthys mira cómo estás, ¿para qué negártelo? No pudiste siquiera tocar su habitación, tampoco sus trofeos aquí. No puedes contra su recuerdo, ¡lo extrañas!—apretó más sus mandíbulas. La voz de ella se quebraba al paso de sus palabras y de la indignación intentando hacerle ver a su primo lo que era obvio para sus ojos—. Radamanthys… lo amas. Tu, esta casa, tu vida entera se ha estacionado por él. Necesitas verlo…

—No quiero verlo—voz ronca, temblorosa. Sus labios apenas se abrieron para dejarla salir mientras sus parpados se abrieron—. No quiero verlo así…

—Radamanthys…

—No quiero verlo… no quiero que vuelva a restregarme lo que logró e hizo sin mí. No quiero verlo cumplir eso…

No era su inclinación… no eran sus gustos, no eran sus aficiones, no era su carrera… Pandora veía a Radamanthys con verdadera preocupación, insistiéndole con la mirada, acariciando suavemente los pómulos de ese hombre que se veía golpeado por la vida, por sus propias heridas sangrantes.

—Entonces…

—No quiero saberlo…—“Porque yo no estuve allí…”—, lo que hizo estos años, no quiero saberlo—“Porque no me necesito…”—. No es él…

“No reconozco su mirada…”

El hombre no pudiendo hablar más, solo tomo suavemente el dorso de la mano derecha de su prima y destino un beso seco a ella, indicándole la separación. Dejándola de pie y frente a la ventana, el hombre caminó hacia su derecha, evadiendo la pantalla en el suelo y los rastros de vidrio, acercándose hacía la repisa. Su mirada dorada se quedó clavada en los recuerdos, con sus manos metidas en sus bolsillos, la camisa abierta hasta la mitad de su abdomen, despeinado… golpeado, visiblemente afectado.

—Su título universitario…—musitó Pandora tomando aquella hoja olvidada en el escritorio—, sus logros, eso también podría estar allí.

—No…—el rostro de la mujer se contrajo apretando aquella hoja contra su pecho—, por qué él ya no me ve como un padre.

Y lo comprendió… Ella lo comprendió.

—Desde antes de irse…—una lágrima que rodó a su derecha, la única de la noche—. Fracasé como padre…

“El dejó de verme a mí, y no me di cuenta a tiempo…”

En el taxi, entre tanto, Londres corría a velocidad en el espejo mientras Saga observaba la negrura de la noche. Shaka estaba apegado a su pecho, dormido, luego de haber estado alrededor de cuarenta minutos abrazado a él y llorando en el metro, diciendo: “ya no soy su hijo, dejé de ser su hijo”. Suspiró, descansando su cabeza en el espesor del asiento por un momento mientras seguía acariciando los lacios cabello rubio que caían en sus manos. Había visto esa publicación, Shaka se la había enseñado. Había observado el dolor que le había creado a Shaka ver que habría una adopción en la familia mientras su padre no lo había aceptado.

¿Por qué? ¿Realmente su padre lo odiaba? ¿No existía ningún sentimiento para él? No lo entendía, no podía comprenderlo.

Volvió su vista al rostro rubio inflamado de llorar, aún había rastros leves de rubor en  la zona de sus ojos. Shaka así lucía vulnerable, así mostraba su verdadera naturaleza; pero estaba seguro que al día siguiente, en la mañana, Shaka estaría de nuevo de pie, ayudando a su abuelo o coordinando para marcharse, fuerte e impenetrable…

Suspiro. Aquello le gustaba y preocupaba al mismo tiempo de él. Hacía ver para el mundo que no necesitaba de nadie cuando en realidad era totalmente distinto. Si los necesitaba, a todos, a cada una de esas personas; solo que no sabía expresarlo sin sentir lastimado su orgullo.

—Te cuesta comunicarte sinceramente con las personas, supongo que porque así te criaron—sacó de su grueso abrigo la pequeña bolsita de terciopelo que contenía aquella cadena de oro que le había comprado, semanas atrás. La sacó y con cuidado buscando no despertarlo la pasó por su cuello para luego asegurarla en su pecho—. Te es más fácil escuchar a los demás que hablar de ti mismo, pero aún así, no dejas de ser tu con todas tus matices—vio la S de su dije—. Me gusta eso de ti…

El sonido del mensaje en su móvil lo distrajo por un momento, sacándolo del abrigo para ver la notificación de un nuevo correo. Venía de parte de Marin.

“Tu madre acaba de llamarme para avisarme que todo salió bien con tu hermano. Al parecer, tu padre también quiere verlo. Cuando puedas, comunícate con ellos. Disfruta tu viaje”

Sonrió. Suspiró. Volvió a verlo.

—Kanon puede ser libre por fin del silencio de quince años que se impusieron entre ellos, espero que tú puedas estar libre algún día de todas tus culpas, Shaka. Espero estar yo contigo para celebrarlo—acarició con suavidad su mejilla sonriendo al verlo acomodarse mejor con la cadena en su cuello—. Te quiero y corro el peligro de amarte Shaka, pero ese es un peligro justificable.

Aunque vinieran más piedras, aunque el río trajera más lodo… si aquel río que era Shaka era demasiado imponente e indomable, él sería un mar de tanta amplitud que no podría con él… encontraría reposo en él, en su vaivén, luego de una vida en constante carrera hacía el futuro.

Él quería que fuera así y lucharía por ello…



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El 19/11/09 a las 03:11:03

 

La confrontación a Radamanthys ha dejado puertas abiertas, y Shaka ha terminado de comprender que quizás no hay lugar para él en Londrés. ¿Cuál es el camino que tomará cada personaje luego de aquella noche?

Capitulo 51: Desenlaces

Sonrisas, miradas cómplices, manos que se entrelazaban y jugaban entre ellas. Miradas de enamorados, voces suaves y tenues contando secretos ya conocidos, solo entre ellos, en su idioma. Hacer el amor…

Besos, muchos. A veces no se encuentran palabras suficientes para decir cuánto se ama y se agradece. En algunas oportunidades una sonrisa no logra el cometido, al igual que unas lágrimas.  Para ellos ese era uno de esos momentos. Unos de esos instantes donde un gesto no era suficiente para expresarlo todo. Que necesitaban todo su cuerpo entregado al de aquel para poder expresar una mínima parte de la magnitud de sus sentimientos y emociones: en forma de caricias, de besos furtivos, de sabores, aromas y roces que enloquecían, que arrancaba gemidos y suspiros, mientras sus ojos dibujaban el de aquel, mientras entre besos una sonrisa se dibujaba en compañía al del otro, donde dedos apartaban cabello, afilaba mandíbula, reafirmaba el contacto buscando otro contacto boca a boca que robara y devolviera el aliento.

Y así, convirtieron la cama en una pista de baile, donde las sábanas cubren y estorban, donde el colchón sostiene y se graba, donde las almohadas daban espacio para que las manos tomaran piel y sostuvieran músculos mientras los huesos se estiraban rumbo al éxtasis de los nervios.

Mientras hacían el amor, con todas las letras.

Mu sentía el fuego del griego quemar sus neuronas mientras palpitaba en su interior. En ese momento ya no eran dos cuerpo sino uno. Uno mismo clavando sus uñas en brazos que le pertenecían, uno mismo gimiendo con frenesí en medio del vaivén. Los cabellos lacios del menor se movían y bailaban en aquella pista rozando con sabanas y dedos, llenos de sudor, mientras su voz varonil se desgranaba en silabas cada vez más difíciles de entender. Estaba encantado y enamorado de todo ese movimiento y ritmo que Kanon llevaba sobre él. Estaba entusiasmado y al borde de lágrimas al sentirlo tan entregado. En ese momento no eran dos, eran uno y Mu lo comprendía. Porqué la algarabía, el éxtasis y la felicidad que sentía en su pareja la sentía tan suya que el pecho se inflaba del ardor y del gozo en conjunto.

Celebraban, haciendo el amor, por algo que jamás habían pensado que llegaría de esa forma.

¿Cómo expresar en palabras la dicha de haber sido aceptado? ¿Cómo decir un gracias que no nacía por una acción, sino por todas, por muchas, por tantas a su vez que era difícil recordarlas? ¿Cómo decirle “estoy feliz por ti” y que con eso se entendiera que era también su felicidad? Mu se tomó del cabello de su compañero, apretándolos en la nuca en el momento mismo en que su columna hizo un arco y su cuerpo fue evaporado por el orgasmo, dejando que su mente fuera lanzada a lo más profundo del espacio, sintiendo exactamente esa sensación de gravedad cero, como si sus neuronas flotaran en alguna masa amorfa y placentera, apagándose poco a poco hasta dejar la más profunda y clara oscuridad, junto a una caliente calma que se agolpaba dentro de su cuerpo: la calma de él, el grito de él, el orgasmo de él

Todo junto.

Pronto donde hubo la algarabía quedó el silencio.

Habían pasado dos días desde lo sucedido, desde aquel miércoles que había trastocado toda esperanza del decorador pero que a su vez le había dado a su hermano una esperanza. En la cabina telefónica apoyaba el peso de su cuerpo en su mano izquierda sobre el teléfono, mientras la gente pasaba a su alrededor ausente de cualquier distracción que tuviera que ver con él. El abrigo grueso cubría medianamente sus rasgos griegos, ocultando la mitad de su rostro mientras sentía su cabello desordenado caer rasposamente sobre su rostro. De nuevo soltó la superficie metálica y pasó a su mano sobre su cabeza, echándolo su cabello hacía atrás y sintiendo la suavidad de su ondas caer exactamente en el mismo lugar, ocultando un poco la amplitud de su sonrisa mientras escuchaba a su hermano evidentemente emocionado tras la línea.

—¿Entonces mañana te vas a Tebas?

—Así es. Mañana iré a Tebas, pasaré el fin de semana allá con ellos. Ya hablé con Mu, aunque me gustaría llevarlo conmigo.

—Ve con paciencia. Quizás más adelante—sonrió viendo de reojo al rubio en el parque South Park, con el anciano y la joven familia. El pequeño estaba en sus brazos y jalaba de nuevo un mechón de su cabello rubio, y la mano del decorador apartaba los pequeños dedos de sí mismo, acto que era interrumpido de nuevo por el infante, quien ahora se tomaba fuertemente de su nariz provocando que frunciera graciosamente su ceño.

—Jajaja, eso espero aunque ando nervioso, no sé qué le diré cuando vea a papá.

—Seguro lo sabrás cuando lo veas, solo ve tranquilo. ¿Quieres verlo no? Y parece que él también, eso es lo único importante ahora—sonrió de medio lado, prendándose de aquella imagen.

—¿Y tú? ¿Cuando vuelves?

—Para el Lunes estaremos de regreso, por ahora hemos decidido aprovechar el estar aquí para disfrutar, puedo decir que hoy realmente empezaron mis vacaciones—su hermano lanzó una carcajada tras la línea y él solo sonrió, viendo a Shaka compartir su helado con el pequeño.

Pese a que escuchaba su hermano hablar y preguntar sobre cómo había sido su encuentro, preguntando detalles íntimos, el griego en Londrés no podía siquiera darle un espacio a los recuerdos de aquella caótica experiencia en los baños del estadio, no cuando tenía fresca la mañana anterior. Una sonrisa más amplia empezó a formarse en su rostro mientras lo miraba pasar el bebe a su madre, otra vez peleando por que su cabello era jalado por las pequeñas manos.

Justamente cuando Shaka lo había ido a buscar en la sala esa mañana, él estaba peleando para que el niño dejara de jalar el mechón derecho con tanta vehemencia. Moises balbuceó la “a” varias veces y al voltear, Shaka con una sencilla franelilla y una bermuda aparecía frente a él. Por su semblante, podía jurar que se había presentado tal cual había salido de la cama, con su cabello ligeramente desordenado, aunque no enredado, el lacio de su melena apenas se cruzaba un poco por su frente, sus ojos lucían aún un tanto inflamados, quizás por la forma en la que había llorado la noche anterior, pero esos mismo lo observaban como si le preguntara todos los misterios del mundo, esperando que estos fueran respondidos por él. Saga estaba seguro que de no haber estado en esa casa ajena, o al menos, seguro de que nadie los interrumpiría y que no tenía al niño en sus brazos, él se hubiera levantado, tomado a Shaka de su cintura y hubiera besado los labios pálidos dándole de esa manera los buenos días. Pero aquello solo se quedó en su cabeza.

El rubio dio un paso más, mirándolo tan fijamente que por un momento realmente deseó estar en otro lugar, uno más privado e íntimo para poderse llevar por sus deseos. En cambio, parecía que Shaka no tenía intenciones como esas o al menos las descartó en cuanto el niño levantó sus brazos pidiendo ser recibido por él nuevo integrante en la sala. Allí, el decorador bajó su mirada hacía el niño, pestañeó un par de veces y finalmente se acercó tomándolo en sus brazos. Lo siguiente que hizo fue sentarse a su lado, con el niño en sus piernas, sosteniéndole su estomago mientras lo balanceaba suavemente.

—¿Te vienes levantando? Es difícil verte tan… al natural—Shaka volteó ante sus palabras, mirándolo con una expresión incierta.

—Logré recordar que me quité la ropa cuando llegué y me tiré con esta franelilla en la cama con ganas de no saber nada más del mundo pero… no recuerdo esta cadena ni cómo llegó a mi cuello. Y odio las lagunas mentales—para ese punto supo que por eso había salido del cuarto de ese modo, quizás al haber notado el collar en su cuello no podía quedarse tranquilo sin tener una explicación lógica.

—Te lo puse mientras dormías en el taxi—explicó con tranquilidad peinando un mechón dorado de su rostro. Shaka solo estrujó levemente sus cejas, mirándolo aún más fijamente.

—¿Por qué?—el griego continuó mirándolo con una pequeña sonrisa, ahora dejando sus manos cómodamente tomadas en su regazo—. No puedo aceptar esto, Saga.

—¿Por qué? Es tu regalo de cumpleaños.

Tuvo que disculparse con su hermano cuando el grito amenazó por destruirle el tímpano derecho. Kanon se había cansado de llamarlo por las buenas, y decidió hacerlo por las malas, con una combinación pintoresca de malas palabras que seguro a Saga jamás se le olvidaría. Dejó brotar una larga carcajada respondiendo con otro par de insultos y luego de un intercambio fluido de palabras anti sonantes en griego, se rieron, olvidándose del monto que se iba acumulando en la llamada.

—¿Mira tarado de mierda, deja de irte a la nube mientras me hablas eh?—reclamó detrás de la línea con una carajada de fondo.

—Ok, ¡ok!—se frotó la frente—, ni loco te daré detalles y menos por teléfono, Kanon, solo te diré que al menos me siento más tranquilo, que estoy con él, y quizás cuando las cosas bajen un poco en su vida personal pueda iniciarse algo.

—¿No son algo aún?—el griego que lo escuchaba desde la cabina telefónica renegó como si su hermano pudiera verle en Grecia, luego negó con su voz, escuchando un largo suspiro—. ¿Al menos se besan?

—Nos tomamos la mano—aludió con una corta sonrisa mientras volteaba su vista hasta Shaka, sentado en la banca cómodamente mientras la familia iba por unos globos que antojaron al pequeño—. Desde que hablamos mejor de porque vine, no nos hemos besado, pero si nos hemos tomado las manos. Aunque… se puso un momento celoso y me robó un beso.

—¿Y…?—sonrió un poco más.

—Yo intenté besarlo después y se me escurrió—un largo y sonoro abucheo sonó tras la línea y Saga soltó una carcajada renegando mientras veía al rubio distraído observando la copa de los árboles—. Pero no me quejo, lo dejé sin boca con que besar el martes—y ahora una exclamación de victoria animada por la carcajada—. ¡Estás demente, Kanon!

Después de una corta conversación sobre trivialidades y ya Kanon convencido de que Saga no le adelantaría más, la llamada fue cortada y el griego se quedó mirando la pantalla intermitente que mostraba el monto y el aviso del final del servicio. Inevitable volvió su memoria al momento luego que de haberle explicado la razón de su regalo, Shaka lo mirara con cierto recelo. Recordó que le sonrió de medio lado, subiendo su pierna derecha sobre la rodilla izquierda y dejando caer su nuca contra el espaldar, provocando que algunos mechones cayeran por su frente y ocultara sus gruesas cejas. Observó entonces que Shaka levantó una ceja expectante.

—Te lo compré sabiendo que se acercaba tu cumpleaños, supongo que no hace falta saber el cómo—rió entre dientes y el rubio arrugó su frente con mirada indulgente—. Aunque, Aphrodite me dijo que no los celebrabas. ¿Por qué no lo haces?

Shaka se quedó en un silencio prudencial acunando al bebe en sus brazos, mientras este se frotaba sus ojos con algo de desgano. Los ojos de Saga viajaron al rostro del bebe que metía su pulgar a su boca y se tomaba fuertemente de la tela que cubría el torso del rubio hasta los ojos del decorador, deteniéndose un momento donde la cadena aún permanecía colgada. Aquellas pupilas azules que Shaka poseía, aún medio somnolienta eran brillantes y apacibles, unas extrañas gemas que podría observar por mucho tiempo y sin cansarse.

—Supongo que no me dirás—el rubio bajó la mirada luciendo nervioso para acomodar al bebe mejor sobre su hombro, permitiéndole la comodidad para descansar—. Eso que haces es egoísta.

—¿…Egoísta?—rezongó el decorador alzando una ceja con desaprobación.

—Así es, no nos permites a las personas que te hemos conocido el celebrar que naciste. Les estás negando la oportunidad de hacerte sentir lo importante que ha sido conocerte y lo bien que les hace recordarlo el día de tu nacimiento.

—No hace falta si me lo recuerdan el resto del año.

—El hombre está lleno de fechas y recordatorios. Esta hecho de memorias, Shaka—levantó su mirada hacía él, con una mirada inquisitiva, pendiente de sus palabras pero sin demostrarlo abiertamente—. ¿Qué querías negarte con eso? ¿O que querías enterrar? ¿El hecho de que naciste? Tendrías que borrar los recuerdos de todos los que te han visto, aunque sea de lejos, como el anciano que viste en el centro comercial.  ¿El hecho de que ese día tuviste un padre y una madre que te recibieron? No solo estaban ellos, había amigos de tus padres, y aunque no lo quieras creer, los que te conocemos ahora desde cada sitio, aún sin saberlo, esperábamos por encontrar a alguien como tú. De no ser así, ¿porque te querríamos en nuestra vida?—bajo el rubio la mirada hacía sus pies, sin decir nada, sin detenerlo, pero con gesto de atención—. ¿Lo ves?—prosiguió más cercano—. Lo único que haces es dejarnos a nosotros sin la opción de festejar, como si hubiéramos estado en el quirófano donde nacías, tu llegada a la vida.

Durante al menos unos minutos dejó que el silencio se posicionara entre ellos acompasado con la respiración tranquila de Moises, quien ajeno a todo ahora dormía. Pensando que sus palabras no tendrían respuesta, Saga elevó su mirada al techo blanco de la sala mientras escuchaba en bajo volumen el televisor encendido con algún programa en chino. Sus pensamientos fluían sin ningún tema en especifico, sinceramente no esperaba que la conversación continuara bajo el mismo tópico. Suspiró un poco al bajar la pierna y estaba por estirarse antes de que Shaka continuara.

—¿Qué hay de importante en la fecha? ¿Por qué es tan importante para ti el celebrarla? Es solo un día más, para mí lo es, y quisiera que al menos pudieran entender eso. Quizás suene egoísta, pero así me siento cómodo. Cada quien tiene derecho de recordar una fecha como lo sienta más cómodo consigo mismo.

—¿Tanto te pesa tu cumpleaños?—eludió, mirándolo fijamente.

—El 19 de Septiembre es un día más, Saga.

El 19 de Septiembre no era un día más, era el día en que él había nacido. Estaba convencido que si Shaka lo estaba bloqueando era para descartar quizás parte de su historia, que ese niño había nacido con sus padres esperándolo, que tenía ya para él un hogar. Era evidente que Shaka no iba a dar su brazo a torcer —no necesitaba conocerlo de toda la vida, con lo poco ya sabía que esa era su personalidad—, pero él tampoco dejaría torcer el suyo. ¿El problema era el día? ¿Era la fecha? Entonces tomarían otra.

Ladeó su sonrisa y se sentó de lado, hacía él, subiendo una pierna flexionada al mueble y llamando así la atención del rubio quien lo observó con rostro dubitativo. Esperaba o al menos eso intuía con sus palabras que con aquella respuesta Saga dejara de insistir al respecto. Sin embargo, el griego solo le miró con tal seguridad que Shaka supo de inmediato que algo pasaba por la cabeza del abogado Leda.

—Entonces celebrémoslo mañana—el rubio levantó una ceja sin comprender—. Si el problema es el día entonces lo celebraremos en otro—el griego se levantó triunfante mirando el rostro de desconcierto del decorador—. Les diré a tu familia, te aseguro que te divertirás.

—Saga…—quiso replicar pero la palma del abogado se plantó sobre su rostro, interrumpiendo todo lo que pudiera decir. El rubio frunció llamativamente su ceño mirándolo con firmeza. Saga sonrió.

—No aceptaré un no por respuesta y sobre el regalo, no te lo aceptaré de vuelta. Haz lo que quieras con él: te lo quedas, lo regalas, lo vendes… pero ya no es mío.

Con aquel último recuerdo Saga salió de la cabina telefónica con sus manos en los bolsillos del abrigo. Shaka se había levantado de la banca y hablaba algo con Shiryu mientras el niño veía con grandes ojos el globo con forma de una cabeza de panda, pasando sus manitos sobre el dibujo mientras estaba en brazos de Shunrey y el viejo Dohko estaba de pie con una tierna sonrisa en labios. Precisamente ese día habían decidido pasar en South Park para celebrar el cumpleaños de Shaka entre una caminata, fotos familiares y sonrisas, logrando hasta el momento una agradable tarde. Habían comido en un restaurant cerca mientras veían a la gente pasar y comentaban trivialidades, luego se quedaron por al menos una hora sentados en frente a la baranda hacía el Río Támesis escuchando la historia de cómo el viejo Dohko y su esposa emigraron hasta Londres y empezaron su travesía por ser reconocidos también como ciudadanos ingleses. Había sido ameno, había sido incluso esperanzador y Saga reconocía que había tenido mucho tiempo sin pasar un tiempo de relajación y compartir como ese, con el flujo del tiempo intercalado: el pasado anciano, el joven presentes y el infantil futuro.

Al llegar hasta ellos Saga extendió su mano y rozó la del rubio para llamar su atención, recibiendo de respuesta una corta sonrisa de aprobación. Sus dedos y manos se intercalaron hasta formar una sola unidad, manos tomadas por fuera del abrigo y a la vista de todos, sin importar si era o no apropiada su relación, si era natural o no amar a otro hombre. La familia entonces siguió con el recorrido entre risas cortas, hablando de querer estar frente a Eye The London mientras la pareja —porque aunque no habían hablado al respecto, lo eran— se dirigía con ellos sintiendo el calor de sus manos tomadas en la tibieza de la brisa vespertina.

Valentine, sin embargo, no sentía ni tibieza, ni calor ni emoción alguna. Las últimas dos horas en su oficina las había pasado con su vista a la puerta de madera, como si esperara que alguien viniera por alguna razón que no podría dilucidar; el mismo no sabía porque ni para qué esperaba una visita cuando ya era Viernes, cuando ya faltaba poco para acabar el horario y sobretodo, cuando era su último día en la empresa. Al mediodía, todo el personal le había realizado un agasajo de despedida, convidándolo a uno de los restauranes más exclusivos de la zona. Durante el almuerzo, solo podía tratar de sonreír ante las bromas de quienes fueron sus compañeros de trabajo, por lo general personas con mayor edad y experiencia que la de él pero frente a quien había conseguido un grado de respeto. Y todo esto ocurría mientras la mirada fija y pulsante del jefe de los Wimbert permaneció sobre él como si fuera un hacha que esperaba el mínimo movimiento para cortar su voluntad, una fina hebra que cada vez se hacía más débil frente al brillo de sus ojos ámbar.

Tamborileó sus dedos sobre la madera con inquietud, bufando al ver que ya era media hora antes de la salida. Sus pertenencias ya habían sido embaladas y guardadas en la cazuela de su automóvil, la oficina ahora lucía apagada y tranquila, vacía, con solo el inmobiliario y el computador. Todo estaba listo y cuadrado para ser tomado por el siguiente en el puesto, los archivos organizados, las carpetas ordenadas, los pendientes catalogados en orden de prioridad. El trabajo que había estado ejerciendo desde hacía siete años, ahora quedaría en manos de otro.

Otro tomaría su lugar en la derecha de la junta, al lado de él.

Otro lo acompañaría a las actividades fuera de la empresa, a él.

Otro le apoyaría en sus decisiones.

Otro le tendería la mano…

Otro podría estar a su lado sin sentir que quiere absorberlo. Otro podría estar a su lado sin sentir que abandona una parte de sí. Otro, más apto que él.

Se levantó, con el pensamiento atascado entre sus sienes. Solo un minuto había pasado desde la última vez que vio el reloj, pero la sensación de ahogo era insoportable. Despedirse de él no era siquiera una opción viable, sabía que si se quedaba a solas de nuevo con él en aquella oficina cualquier cosa podría ocurrir, lo veía. Los ojos de Radamanthys, dolidos e impenetrables, aludían que estaba dispuesto a lo que sea para no perder a nadie más. Sabía que la situación con su esposa estaba en un punto difícil luego de aquella reunión, sabía la herida que tenía en su mano, solo una muestra sutil de la que cargaba dentro de él. Y si él, en ese estado, le pedía que no se fuera… Valentine dudaba de tener la voluntad de decirle que no podría complacerlo.

Se recostó contra el escritorio y buscó su móvil, enviando un mensaje al único que podría contenerlo de hacer aquella despedida que podría convertirse en una trampa para no salir más.

El mensaje llegó, fue leído, pero no respondido.

En el parque, ya cuando el sol se escondía en las faldas del río Támesis, la familia decidió despedirse. El abuelo Dohko ya estaba cansado de caminar, el pequeño Moise estaba inquieto por el sueño y el agotamiento luego de reír, saltar en brazos y ver tantas cosas a la vez. Shaka pensaba que era hora de regresar todos, pero ellos insistieron que podía quedarse por un tiempo más, que lo disfrutara. Saga lo convenció de caminar un poco más para luego cenar juntos antes de volver.

Luego de despedirse, la pareja tomadas de manos comenzaron a caminar entre los arboles decorados. El mes de Octubre sobre ello se presentaba tibio y húmedo, afortunadamente ese día no auguraba lluvia, por lo cual podían caminar con tranquilidad sin el temor que el clima de Londres los empapara.

Las luces de los faroles se encendieron. A la vista, el número de familias se fueron disminuyendo en comparación al número de parejas que caminaban por el sitio, de diferentes edades. Ajeno a todo ello, Saga simplemente se dedicó a hablar de todo, de lo que había vivido en su juventud, de cuando ya se imaginaba en un estrado y de cómo las chicas le decían que tenía el porte de un abogado cuando era un adolescente en el colegio. Hablaba mirando al frente, sujetando sus manos junto las de él con suavidad, mientras el enorme ojo de Londres se presentaba imponente con colores fluorescente en su estructura, aún lo suficiente lejos, pero hermoso a la vista de aquellos arboles que iban dejando caer sus hojas secas. Y mientras hablaban, mientras le escuchaba, Shaka le observaba de reojo, con su mente perdida en pensamientos muchos más profundos y determinantes.

La brisa de la noche agitó sus gruesos abrigos, sus cabellos sueltos, las hojas en el suelo.

Valentine salió de la empresa dando un último adiós, evadiendo en lo posible el encontrarse con Radamanthys. Revisó su móvil de nuevo, observando que el mensaje había sido leído pero no tenía respuesta y sólo suspiró, inseguro de que hacer en ese momento. Sabía que debía irse, que debía sacar su auto del estacionamiento y alejarse de allí antes que sus pies le traicionaran. Ya no había vuelta atrás.

No la había, Minos lo sabía y se lo repetía mientras veía el reloj, los mensajes que había recibido, la notificación de aquella investigación que había ordenado iniciar. Y sin embargo, como si no fuera suficiente la aparición de cadáveres en su vida, el hombre con sangre Noruega veía que había aún más recuerdos que tenían el descaro de aparecer. Que primero apareciera el nombre de Shaka Wimbert y luego apareciera Pandora detrás de él, había sido suficiente para agitarle todas sus bases. Y si además a eso le agregaba la experiencia que estaba significando ver a Valentine huyendo de lo que sentía por Radamanthys, la motivación que le impulsaba a ayudarlo a salir de ese círculo más esa repulsiva —porque lo era— sensación de pertenencia que se incrementaba cuando se trataba de él; Minos se sentía golpeado por cada lado y no dueño de sus propias decisiones.

Y que ahora viniera él…

Molesto, viendo la hora, se levantó de su sillón reclinable en la oficina del estado, caminó toscamente hacía su abrigo de piel y se lo puso con movimiento rápido. Se despidió de su secretaria y tomó un paso decidido y rápido hacía la salida, escuchando el mensaje nuevo que entró, pero ignorándolo.

—¿En qué piensas?—escuchó su voz en el oído y Shaka quitó la vista de la enorme noria para mirarle a él.

La noche caía sobre ellos, empezaba a hacer frío y habían llegado por fin a donde la enorme estructura se alzaba orgullosa en la costa del río Támesis. Abrazándose a sí mismo, observaba el armazón de acero coloreado con luces que se intercalaban en un espectáculo lleno de color y de vida, antes de que el cuerpo griego lo abrazara por detrás y llamara su atención. Ese abrazo había sido suficiente para calmar el halito frío que le rodeaba por la noche.

—¿No me dirás?—insistió el abogado y Shaka solo exhaló, dejando caer su cabeza hacia atrás, apoyándola así a su hombro.

—Gracias…—murmuró con voz suave y tuvo un leve temblor al sentir los labios del griego sobre su cuello, deteniéndose con suavidad y soltando su aliento caliente contra la erizada piel.

—¿Por qué?—pasó su nariz lentamente por el cuello, viendo el brillo de la cadena bajo la camisa verde esmeralda y la bufanda que Shaka tenía amarrada.

—Por quedarte, pese a no ser el que era cuando me conociste—detuvo su movimiento, no esperando semejante respuesta.

—No hay nada que agradecer, tú sigues siendo eso que vi desde que te conocí—Shaka sonrió.

Y mientras ellos hablaban, Valentine se dirigía en su auto hasta el edificio de Minos.

—¿Ah si? ¿Y que soy según tu? ¿Que viste?

—Colores…

Minos en cambio, iba hacia el otro lado de la ciudad con la vista fija en la carretera iluminada y su mano tomada fuertemente del volante.

—¿Colores?—inevitablemente aquello lo había asombrado y tomado por sorpresa, mientras sentía que el agarre de Saga se afianzaba más, pegando su espalda contra su pecho y pasando su nariz por su cabello suelto.

—Una explosión de ellos. Tantos que no puedo saber con cual me encontraré si me acerco. Tantos que golpearon mis retinas el día que te vi por primera vez.

El auto se detuvo frente al edificio. La puerta se abrió y Valentine salió de su automóvil con la vista en la infraestructura. Volvió a enviarle otro mensaje y viendo que ya era el tercero pensó si algo estaba mal. Si acaso él no podría atenderlo. Pero tomó valor y penetró la puerta del vestíbulo.

—¿En el restaurant?—preguntó el decorador desviando su vista de nuevo a la Noria, encontrándose para su asombro, muy nervioso.

—En el café donde Marin nos citó para hacer el primer negocio—aturdido el rubio buscó alejarse un poco del abrazo para imponer un poco de distancia, volviendo sus ojos a los del abogado para constatar las palabras que decía—. Si… desde ese día Shaka, desde ese día no podía dejar de pensar en tus colores.

—Estabas casado…

—No me malinterpretes—se acercó más a él tomándolo de un lado mientras Shaka desviaba su mirada sintiéndose incomodo—. Es cierto que ese día me dejaste impresionado, pero no fue que me enamoré de ti. Lo que vi ese día era un hombre que no escondía su identidad y vivía su vida bajo sus propias reglas y yo, yo estaba atado Shaka. No pude dejar de pensar en eso, no pude dejar de pensar en la imagen que vi en ti, de comparar lo que vivía yo, de sentir que quería salir al mundo y decir orgullosamente, como lo hacías tu: este soy yo. Sin enmiendas, ni mascaras—lo abrazó, lo acercó pasando su nariz por su mejilla—. Ni siquiera podía dejar de pensar: quiero eso, quiero eso que él tiene. Me inspiraste Shaka…

Valentine tocó por tercera vez la puerta luego de haber presionado el timbre dos veces, pero aún no conseguía una respuesta. Allí, frente al apartamento de Minos, el hombre aún con su traje ejecutivo dejó caer su espalda contra la pared tratando de entender porqué no había contestado sus mensajes. ¿Acaso estaría con Radamanthys? Quizás… más ese pensamiento salió de su cabeza cuando su móvil repicó y al ver la pantalla era el mismísimo Radamanthys quien lo llamaba, con su nombre titilando, tanto como golpeaba con fuerza en su cabeza.

—… y sigo viendo al mismo hombre…—Saga respiró sobre su rostro, lentamente—. El mismo que no deja de ser él, de levantarse y soportar al mundo hasta hacerlo ceder—el rubio tragó grueso, sintiendo su piel erizarse con el contacto, analizando y digiriendo sus palabras.

—¿Entonces fue así, Saga, como empezó?—envió su mirada escudriñándole, como si buscara la verdad tras esas palabras que de alguna manera le llegaba hondamente—. ¿Admiración?—Saga sonrió y en respuesta se alejó, soltándole y caminando algunos pasos frente a él, dándole la espalda. Se detuvo luego con sus manos en los bolsillos y la vista en la Noira, sintiendo en su espalda la mirada fuerte y encendida de Shaka, esa mirada que podía sentir quemándole los tuétanos y la sangre.

—Cuando te busqué, inconscientemente, quería aprender cómo hacerlo—volteó de perfil, observándole desde la distancia de cinco pasos—. Ni siquiera pensaba estar preparado para iniciar una relación en pareja, me sentía… perdido. Pero cuando vi la casa recién comprada y vacía, abandonada, descuidada, solo pensé en el decorador que dos años atrás se había mostrado tan seguro de sí mismo que lucía una camisa blanca con colores como morado, verde y rosa…—sonrío— . Soy un completo neófito en los colores—y el rubio esta vez dibujó una corta sonrisa—, pero era algo así. Yo quería eso… eso que tenía Shaka Spica y me hizo replantear si estaba bien el estilo de vida que estaba viviendo.

—¿Qué tenía Shaka Spica?—preguntó con su mirada fija en él y el viento suave meciendo los abrigos pesados, moviéndolos apenas cortos centímetros.

Y Radamanthys, luego de la tercera llamada ignorada, dejo caer su celular en la madera, sujetado por su mano herida aún. La oficina estaba oscura, solo se veía el monitor con la animación de suspensión de actividades, dándole color a su rostro, con gélidos blancos y grises. Se frotó su frente, mordiendo sus labios. Estaba perdiéndolo todo…

—¿Qué tenía? Era casi perfecto…—el rubio frunció su ceño, escuchando al abogado sin dejar de mirarle—. Era colores pero tras de ellos, había algo más. Era lo que le daba sentido y vida a cada uno de ellos. Y sigo viendo más, más vida, y conforme veo más vida entiendo más todo lo que muestras al mundo—la mirada de Saga se hizo aún más intensa, si era posible aquello—. Yo solo quería un poco de ello, del color y de la vida. Un poco de ti, Shaka.

—¿Aunque sea casi perfecto?—Saga sonrió de medio lado, extendiendo su mano al frente como señal de invitación a acercarse.

—Ahora eres perfecto: eres un hombre, con debilidades y fortalezas, pero enteramente un hombre. Y ahora no me conformo con un poco…

Si existiesen las palabras correctas, pensó Shaka, Saga debía tener un manual de ellas. Y si existiese un hombre perfecto, tenía que ser él, uno perfecto para sí mismo, para su río, para su orgullo, para su forma de ser, su forma de actuar y de ver la vida. Porque ver a Saga no era ver una meta, no era ver un destino; era ver un horizonte plagado de cosas desconocidas e inciertas, un cielo extenso e infinito de visiones realizables y posibles, un mar ancho y largo y profundo. Y era imposible evadirlo.

Evadir lo mucho que le llenaba, lo bien que le hacía, lo tanto que le provocaba sentir.

Incluso soñar…

Shaka se acercó, convencido, por primera vez en seis años con los ojos ciegos y el corazón abierto, libre de los prejuicios, de los temores y de los “y si” que habían servido de escudo y mascara. Simplemente él y su pecho bombeando con fuerza, sus ojos brillando y su sonrisa dibujándose, ampliándose, acrecentándose, formándose sin conocer límites.

Le tomó la mano.

Mientras Minos caminaba por el enorme pasillo del aeropuerto.

Le apretó los dedos, mirándole a los ojos.

Ajeno a los sonidos y voces de aquel concurrido lugar. Totalmente desconectado de las carteleras de vuelo. Alejado de todo lo que pudiera desconcentrarlo.

Le rodeó el cuello, inclinando su rostro, buscando el ángulo que su pecho dictaba.

Sin saber que un hombre esperaba en el aeropuerto la llegada de Minos.

Le besó…

—No te conformes… quédate con todo.

Se entregó… al amor y al mar se entregó, dejándose extender, como las aguas dulces al pasar el delta, quedando flotando y armando ramas sobre la superficie del mar, hasta que al final, se hiciese sola una, dejando sedimentos, tierra, escombros… atrás y en las profundidades.

Para ahora bailar, con la vida, al ritmo de ella. Un repentino, travieso e inconstante oleaje.



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