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– ¡Hey, tranquilo! –le detuvo Saga.
–Tengo que hablar con él –le dijo Kanon en tono suplicante.
–Nuestro anfitrión se enfadará.
Kanon no dijo nada, miró fijamente a Saga esperando que lo entendiera y soltara su brazo por las buenas. Si no era así sería por las malas.
–En fin –dijo Saga con resignación deshaciendo el agarre –Siempre la Navidad es época de amor y paz. Un poco de violencia no nos vendría mal.
Kanon le sonrió y le agradeció sin palabras. Corrió y bajó los escalones alejándose de la fiesta. Sorrento caminaba rumbo a la orilla del mar con pasos lentos, volátiles. Kanon lo llamó y Sorrento detuvo sus pasos más no se giró hacia él, esta acción animó a Kanon quien se aproximó más pero antes de llegar a tocar su hombro Sorrento encogió.
–Quédate ahí y no te acerques más.
–Sorrento, tengo que…
–Julian nos observa desde el mirador –le explicó.
No fue necesario voltear para comprobarlo, cuando Sorrento lo dijo Kanon sintió la mirada de Julian clavaba en su espalda. Ambos se quedaron un momento en silencio sintiendo la brea cálida.
– ¿Por qué hasta ahora? –preguntó Sorrento ladeando un poco el cuerpo hasta alcanzar a mirarlo con el rabillo del ojo.
–Yo no…
–Y me mentiste.
–Sí –respondió Kanon sabiendo que no tenía caso negarlo. –No quise hacerlo pero así fue. Huí del Santuario, engañé a todos para obtener mi venganza.
–Liberaste a Poseidón, utilizaste a Julian.
–Fue Poseidón quien lo eligió a él, no yo.
–Pudo haber muerto. Nuestros compañeros, todos ellos… su sangre. Eo, Bian y los demás ¡todos nosotros confiamos en ti! Tú provocaste esa maldita guerra sin sentido, ¡sus muertes!
– ¡Sorrento, escúchame! –pidió Kanon extendiendo su mano hasta rozar su hombro.
Sorrento se giró enfurecido y le clavó su mirada humedecida en lágrimas.
– ¡Todo fue provocado por ti!
– ¡Así fue y lo siento! –exclamó Kanon sujetándolo –. ¡Perdóname Sorrento! Sé que fui un imbécil y una disculpa no va a remediar nada pero debes entender que todos tomamos decisiones en la vida, todos nos hemos equivocado y debemos seguir adelante tomando responsabilidad de nuestra acciones.
– ¡¿Y cómo fue que te responsabilizaste en todo esto?, ¿huyendo?, ¿abandonándome?
–Perdóname.
– ¡Te fuiste sin decirme nada!, ¡te fuiste sin mí!
Kanon no tuvo más palabras ni argumentos para aquel reproche, de hecho él sabía que no había excusa alguna. Sabía que había fallado pero se sorprendió de saber que a Sorrento le había afectado de esa forma su partida. Su cuerpo temblaba, su mirada estaba furiosa y el calor apareció en su rostro. Kanon se dio cuenta que no estaba enfadado, estaba herido.
–Creí que ya no significaba nada para ti. Entonces todo este tiempo…
Kanon estaba consternado. Se dio cuenta que no había sido el único que había sufrido por su ausencia. También Sorrento lo había echado de menos.
–En el balcón, ese día…
–Sí, toqué para ti. Cada día lo he hecho, toco para ti la misma melodía pero tú no apareces –contestó Sorrento envuelto en un mar de lágrimas –. Cuando sobreviví y emergí de los mares creí que volvería a verte. Te necesitaba tanto, ¡yo te hubiera perdonado! Pero en cambio, solo estaba él…
–Sorrento, perdóname, yo no sabía, ¡no podía volver contigo después de lo que hice! ¿Me crees, no es cierto? –preguntó Kanon secando sus lágrimas pero el otro no dijo nada.
Sorrento lo miró diciendo tanto a pesar de que a través de sus labios temblorosos no fue capaz de decir nada. Kanon se acercó más y extendió sus brazos para consolarlo, sintió que el cuerpo del joven se movía aún en contra de su voluntad buscando el reconfortante abrazo…
–Aléjate de él.
Ambos giraron su rostro en dirección a aquella voz y delante de ellos apareció Julian Solo. Sorrento quiso decir algo, más Kanon se interpuso entre ambos.
–No puedo alejarme tan pronto, estamos en medio de una conversación impotante.
–Él no quiere hablar contigo –contestó Julian con enojo.
– ¿Acaso lees su pensamiento? Ubícate, Julian Solo. Ya no eres su dueño. Él es libre.
–Eres tú quien no comprende, Kanon. ¡Él decidió quedarse conmigo!
– ¡Por lástima! –refutó Kanon alzando la voz.
Sorrento dio un paso hacia atrás. Quería huir de aquella situación. Si bien era cierto que todavía no había olvidado a Kanon también era verdad que Julian esos tres años le había dado su compañía y lo había hecho feliz. Estaba consciente que algún día volvería a ver a Kanon, no estaba seguro de la situación, sin embargo estaba seguro de que así sería pero jamás se preparó para tomar esa decisión. Mientras él seguí pasmado los otros dos se hicieron de palabras, la discusión se tornó en gritos y cuando Julian soltó el primer golpe, los caballeros de Athena no demoraron en llegar al lugar.
– ¡Basta, Kanon! –exclamó Saori Kiddo evitando que su caballero contestara la agresión.
Kanon se detuvo pero el encuentro de miradas entre él y Julian permaneció. Saori se disculpó con su anfitrión y le pidió a los demás retirarse. Kanon se negó, se giró hacia Sorrento con toda la intención de aferrarse a él pero sus compañeros lo evitaron y lo levaron a rastras.
– ¡Sorrento, ven conmigo! –exclamó Kanon alargando su mano, la cual se quedó a unos centímetros de él, pero Sorrento no la tomó. – ¡Te lo suplico, ven conmigo! –le gritó con lágrimas en los ojos.
Julian se acercó a Sorrento y rodeó sus hombros, se dio cuenta del acelerado palpitar del joven quien permanecía con la mirada fija en Kanon.
– ¡Te amo, te amo, no he dejado de amarte!, ¡perdóname!, ¡vuelve conmigo, no puedo seguir sin ti!, ¡no puedo, no puedo!
Ante esa súplica el palpitar de Sorrento se aceleró más. Aún así, no se movió.
–Es un traidor, Sorrento. Tú lo sabes bien. Nos engañó a todos… pero sé que no volverás a caer en su juego –le susurró Julian abrazándolo con cariño.
Sorrento se giró hacia él y se escondió en sus brazos. No quería seguir escuchando a Kanon. Quería olvidarse de él y de todo lo que representaba. Mientras tanto fue necesaria la fuerza de casi 5 compañeros para sacar a Kanon de la fiesta. Saga lo enfrentó a golpes cuando su agresión aumentó, hasta que finalmente fue desprovisto de su fuerza por si misma diosa quedando inconsciente el resto de la noche.
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Se acordaba de aquel evento como si hubiera sido un mal sueño. Un año había pasado desde entonces. Kanon había vuelto al Santuario en Grecia. Todos habían partido a diferentes destinos para la celebración de la Noche Buena, él había sido el único que se había quedado a custodiar el Santuario de su diosa. Esa noche, como ninguna otra, el recuerdo de Sorrento de Siren volvió a él y lo hizo llorar. Salió del Templo de Géminis y bajó hacia el puerto. Se sentó en el muelle y se quedó observando el atardecer hasta que se asomaron las primeras estrellas en el cielo.
En su soledad volvió a recordar los días junto a Sorrento, su amor inagotable y por ende, el dolor que lo acompañaría cada día de su vida. ¿Dónde estaría en este momento? Eso no podía saberlo. Y, como cosa del destino, recordó de un segundo a otro la melodía que Sorrento siempre tocaba par él, lo misma que había tocado desde el balcón. Cerró sus ojos y, siendo acariciado por el viento salado, comenzó a murmurar aquella música. Era un consuelo único que no había experimentado sino hasta ahora. Se apoyó en una de las maderas del muelle y siguió tarareando la música. Comenzó a perderse en esa sensación hasta que, a lo lejos, escuchó…
Abrió sus ojos y se puso de pie enseguida. ¿Era su imaginación? Caminó hacia la playa y, como en aquella ocasión en el Santuario Marino, aceleró sus pasos. No podía ser el eco de la melodía que había entonado, mucho menos una fantasía, pero ¿quién más podía conocer esa música? Nadie más que Kanon y…
–Sorrento.
Lo nombró para asegurarse que su mente no le estuviera jugando una broma. Kanon se detuvo cuando a lo lejos observó la figura de un joven esbelto, de cabellos largos que cobraban vida con la caricia del viento. De ojos celestes y sonrisa humilde. Le daba vida a su flauta con sus exhalaciones y jugaba con ella con la delicadeza de sus dedos para dar las últimas notas de aquella melodía. Aún después de terminar Kanon se sentía tan extasiado que podía escuchar el eco de aquellas notas resonar en su pecho. Cuando bajó su flauta le sonrió y comenzó a caminar hacia él con pasos tan elegantes y ligeros que parecía que sus pies no tocaban la arena. Aquel ser no podía ser un hombre, parecía un ángel. Siempre había sido su ángel marino.
Kanon sonrió y Sorrento le sonrió también. Kanon extendió los brazos y Sorrento hizo lo mismo. Sin detenerse llegó hasta sus brazos y ambos compartieron un abrazo que había esperado más de tres años. Lloraron y rieron y se acariciaron los cabellos y el rostro antes de mirarse con ese amor que siempre había existido entre ellos. Y cuando Kanon quiso decir algo, Sorrento interpuso su dedo índice en sus labios.
–Todo queda perdonado… y lo demás ya lo sabes.
Kanon asintió, por supuesto que lo sabía. Sorrento tampoco podía seguir sin él. Había abandonado a Julian porque nunca lo había dejado de amar y había vuelto para compartir sus vidas. De nuevo Kanon saboreaba el perdón y la fe y la esperanza. Y ya estando todo aclarado se acercó, tomó sus labios y ambos se perdieron en uno de tantos besos que, al mismo tiempo, les supo único.
Fin
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