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Movimiento Neo Surrealista.
*El Surrealismo una forma mas de Crear y Vivir El Arte*
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Obra original de Julia de La Rúa. El Sueño.<< IMAGEN >> Registrese en el foro o acceda para poder ver la imagen
Los habitantes de Alibat
A mi hija Ana Regina
Aún en febrero, el frío reinaba en la mañana del pueblo milenario. Las calles vestían las nieves tardías y los riscos y recovecos de las piedras de las casas dejaban ver el musgo y algunas hierbas con pequeñas flores. Como cada día, las tiendas se abrían tarde y sin prisas, tan solo las pequeñas churrerías y panaderías habían abierto sus puertas casi al amanecer. Allí cobijados al calor del fuego y los hornos, se calentaban, - también con un fuerte aguardiente - los primeros habitantes del pueblo, que se dirigían más tarde hacia sus trabajos caminando lentamente y con un cuidadoso respeto a las nieves. La plaza del pueblo insólita en su quietud, acogía a los cuervos y grandes pájaros posados en lo alto de la gran torre campanario. Debajo de sus sopórtales, las pequeñas tiendas dejaban ver entre sus escaparates las luces que sus dueños comenzaban a encender. En la esquina cercana a la puerta principal del Ayuntamiento, un escaparate cubierto de nieve, parecía más iluminado que los demás. Desde hacia ya mas de un año se trabajaba en su interior sin que los habitantes del pueblo pudieran conocer en que ocupaban su tiempo los extraños moradores de lo que parecía un nuevo comercio. Aquella mañana la puerta principal estaba semiabierta y se escuchaban ruidos de pasos apresurados.
- Quizá se abrirá por fin. Pensaron los vecinos de las viviendas cercanas que desde sus ventanas miraban adormilados.
La familia que habitaba la parte alta de la tienda había llegado al pueblo hacia casi dos años. Desde el primer momento su aspecto y sus actitudes provocaron una gran expectación. El señor Heliotropo - nombre del enigmático cabeza de familia- era en exceso alto. Posiblemente sobrepasara los dos metros. La señora Lala, - su mujer- muy pocos centímetros menos que él, y Al, su "pequeño" hijo de ocho años, con creces el metro sesenta. A pesar de su desproporcionada estatura con respecto a los habitantes del pueblo, sus portes y semblantes eran armoniosos y de una gran sutileza. Caminaban como si sus cuerpos fueran en exceso liviano, y, a la vez, con una gran agilidad. Sus pasos hacían recordar a los saltos de las gacelas, y sus largos cuellos a los cimbreantes cuellos de las jirafas. Los labios y ojos siempre sonreían, y sin apenas hablar, habían sabido comunicarse desde el primer instante con los vecinos de Alibat.
A sí cómo sus físicos habían causado un gran impacto, lo hicieron también sus actitudes y forma de vida. Sorprendían lo poco que compraban en los comercios y la escasa comida que consumían. Sin embargo, siempre aparecían bien vestidos y sanos, cosa que no solía ocurrir con la mayoría de los habitantes de Alibat.
El segundo día de su llegada, la familia había recorrió el pueblo palmo a palmo. Visitaron a cada vecino y con todos ellos intercambiaron sus sonrisas. Al igual fueron a recorrer los valles y los prados donde pastaban las ovejas, cabras, bacas... y se acercaron también donde los caballos salvajes galopaban con gran libertad. Después, lo habitual era verles salir de su casa siempre al alba, y verles regresar unas horas después. Llegaban cargados de ramas de árboles, piedras, plantas, flores, garrafas llenas de agua de los arroyos y largas mechas de crin de los potros. Se encerraban en su vivienda, en la que trabajaban… echando los postigos de las ventanas para a sí escapar de las miradas ajenas. Nadie se explicaba como pasaban el tiempo y como podían sobrevivir en lo que imaginaban, tan monótona vida.
Esta maña de Febrero, Lala salió cubierta con un abrigo de lana bien blanca, y dirigiéndose al escaparate cubierto de nieve, comenzó a retirarla. Aún con sus manos protegidas por unos guantes rojos, fue limpiando los cristales que una hora más tarde relucían ya con los primeros rayos del sol y con el pulimento que ella les había aplicado. El señor Heliotropo, mientras tanto, había limpiado con una gran pala los alrededores de la entrada de la tienda, retirando la gran cantidad de nieve que allí solía acumularse, y disponiéndola para que fuera visitada por los primeros compradores.
El primero en descubrir su actividad fue el señor alcalde que siempre era el primero en abrir las puertas del Ayuntamiento. Un poco atónito y paralizado, les observaba desde la ventana del consistorio. Sin poder evitarlo y dándose cuenta que algo único podría ocurrir, fue a llamar a los vecinos que habitaban la Plaza Mayor. Poco a poco se fue corriendo la voz y todos y cada uno de los habitantes de Alibat se dieron cita en la puerta de la nueva tienda. Nadie, ni siquiera los muy niños y ancianos se habían quedado en sus casas.
Al, parecía nervioso ante tanta algarabía, y tiraba de la manga del abrigo de lana bien blanca de su madre Lala. Ella sonreía y no parecía molestarse en absoluto con la visita de sus vecinos. El señor Heliotropo aún parecía más grácil y tranquilo, y, así, alrededor del medio día parecía que los preparativos habían llegado a su fin. Los vecinos intranquilos por curiosear el escaparate de La casa del Alma, - nombre que se podía leer en el letrero que Al había colgado de la puerta principal- sonreían nerviosos y se amontonaban cada vez mas cerca de la puerta.
Una vez todo preparado el señor Heliotropo, Lala y Al se cogieron de las manos y se colocaron sobre el quicio de entrada, y, con sus sonrisas habituales, incitaban a entrar a sus vecinos que se limitaron a mirar el escaparate sin importarles su presencia.
Casi todos no pudieron evitar reír a carcajadas al descubrir lo que allí trataban de vender. Jamas hubieran imaginado que el escaparte estuviera repleto de objetos que más bien parecían objetos de adorno, que útiles mercancías.
Los estantes de madera ricamente tallados, estaban cubiertos, con finos manteles de bordado lino. Las estanterías se encontraban repletas de pequeñísimos objetos. Lo que parecían miniaturas de: violines, pianos, arpas, instrumentos de viento, y hasta los más complejos instrumentos de música orientales. En otros estantes, aparecían también diminutas teteras, tazas, platos, cestas repletas de frutas que más bien parecían de mazapán, y búcaros de flores silvestres. En otras estanterías se alineaban libros con sus tapas de piel recamadas, llenos de color, y cuya dimensión no sobrepasaba los cinco centímetros, que era el tamaño de todos lo objetos allí expuestos. También diminutos frascos de cristal tallado en formas insólitas que mostraban aves exóticas y en cuyo interior contenían perfumes y esencias, ocupaban parte de los estantes. Piezas de tela finísima y de colores brillantes y únicos recodaron de inmediato a los vecinos, las telas con las que iban vestidos el señor Heliotropo y su familia. Y sobre todo lo que sorprendía más era una pequeña vela que iluminaba todo el escaparate con una luz insólita.
Los primeros vecinos que se habían acercado, fueron retirándose decepcionados, ya que a pesar de la gran belleza que mostraban los objetos, difícilmente tenían un valor para ellos habitantes rudos, de un pueblo de montaña. Así se fue desalojando la Plaza Mayor en escasos minutos, dejando desolados al señor Heliotropo, Lala y especialmente a Al que lloraba desconsolado ya qué ninguno de los vecinos les dio la oportunidad de poder mostrarles sus mercancías en el interior de la tienda.
Tristes permanecieron junto a la entrada hasta la llegada de la noche, agarrados de la mano, inmóviles, sin decir nada, quizá esperando que todo fuera una broma, que volverían al menos para preguntarles. Para qué servia su obra, su maravillosa obra de arte.
La oscuridad se fue adueñando de la Plaza Mayor y como si fuera la más cruda de las noches de invierno, la nieve comenzó a caer amontonándose en el escaparate hasta cubrirlo completamente. Todo había acabado, y cansados, volvieron al interior. La puerta fue cerrada con todos sus cerrojos y la nieve siguió cayendo durante el resto de la noche, hasta cubrir por completo toda la fachada.
Por la mañana, el primero en regresar a la plaza, fue como siempre el Sr. Alcalde. Le llamo la atención la gran cantidad de nieve acumulada en La casa del Alma. Sin darle demasiada importancia acudió a sus quehaceres. También, los habitantes de Alibat curiosos de saber algo más de la nueva tienda, acudían riéndose, hasta la Plaza Mayor , pero al ver tal cantidad de nieve que había cubierto toda la fachada, volvían a sus casas, como si jamas hubiera existido la familia que allí se encontraba. Sólo pasado los días y ante la persistencia de la nieve acumulada en el escaparate, algunos niños se acercaron para curiosear. Con sus pequeñas manos apartaban la nieve del cristal formando pequeños círculos desde los que divisaban el interior. Observaban la pequeña luz al fondo de la estancia... y ningún ruido ni asomo de actividad se escuchaba. Los objetos seguían en los estantes reluciendo, como el primer día en que fueron expuestos.
Mientras tanto en el piso de arriba, Lala, sentada en la cocina, tomaba café que servia con la pequeña tetera en la también pequeña taza, que en realidad sólo parecía contener una pequeña gota que ella saboreaba con gran placer. El señor Heliotropo se afanaba en el taller trabajando quizá en un nuevo proyecto. Al jugueteaba con los diminutos juguetes que sus padres habían, construido para él... así continuaron sus vidas preguntándose por qué sus vecinos les ignoraban como si jamas hubieran existido.
A pesar de su tristeza, siguieron saliendo al amanecer sigilosamente; horas más tarde volvían cargados esta vez con ramas de árbol, más grandes… y las flores ya no eran silvestres.
El final del invierno parecía cercano, pronto la nieve se derretiría y ellos deberían salir de su encierro. Una mañana el señor Heliotropo dijo a su familia
- ¡Basta! Ellos no se merecen nuestra presencia aquí. Ni siquiera saben si estamos vivos o muertos. Nos marcharemos, pero deben de conocer lo que queríamos disfrutar con ellos.
La primavera había ocupado todo el pueblo de Alibat y Lala volvió a salir una mañana al alba, con su gran abrigo de lana bien blanca y los guantes rojos, a limpiar los cristales del escaparte, hasta que quedo reluciente y sin ningún atisbo de la nieve que obstinada había permanecido a pesar de los primeros calores, en realidad era ya el único lugar de todo el pueblo que aun quedaba cubierto de nieve. El señor Heliotropo y Al, se afanaron al igual que el primer día, en dejar toda la plaza limpia como si allí se fuera a representar una gran obra de teatro. El alcalde les observaba, pensando que harían el ridículo si trataban de convencer a los habitantes del pueblo para que compraran su extraña mercancía. Avisó a los vecinos que acudieron riendo, y algunos, maleducadamente, se atrevieron a arrojar piedras al escaparate. Sin embargo con gran paciencia y con sus sonrisas habituales, terminaron su limpieza. Después fueron a adentrarse sin decir nada hasta el interior de La casa del Alma. Tras ellos la puerta fue cerrada con todos lo cerrojos y sólo desde el escaparte podían divisar su contenido.
Las estridentes risas de los pueblerinos, fueron poblando la plaza, y, esta vez, los insultos y el enfado llegaron hasta el interior de la tienda, ya que la actitud de la familia les había provocado en gran medida, ya que todo estaba igual que el primer día y para empeorarlo la puerta permanecía bien cerrada.
Nadie llamo al aldabón en forma de mano, nadie intento comprar nada, nadie quiso tener él más mínimo interés por lo que allí se vendía...
A media noche... un levísimo pero extraño viento, despertó a la gran mayoría de los habitantes de Alibat. A la vez, los compases de un piano y un violín se extendieron por todo el pueblo. La más bella de las melodías fue introduciéndose en todos los hogares. El sueño desapareció de todos y como autómatas salieron a las calles sin saber de donde provenían los armoniosos compases. Algunos bailaban, otros se abrazaban un poco asustados como si pensasen que el mundo tocaba a su fin. Tal era la belleza de la música, que les hizo pensar que después nada tendría sentido. Apresuradamente fueron buscando en el teatro, en los cines, en otras casas, hasta que se fueron concentrando en la Plaza Mayor. Al fin se dieron cuenta que el sonido salía de La casa del Alma. Se asomaron al escaparate y atónitos descubrieron como Lala tocaba un diminuto piano. Con un pequeño palillo acariciaba las teclas a la vez que una belleza deslumbrante aparecía en su rostro. El señor Heliotropo con un diminuto arco de violín, rasgaba sus cuerdas... los ojos cerrados y el movimiento de su largo cuello hicieron que los antes incrédulos espectadores permanecieran durante horas con la boca abierta.
Nadie osó acudir a sus casas. Algunos aporreaban la puerta, otros pensaban en lo que podían costar aquellos instrumentos y que por la mañana si quizá abrían la tienda, comprarían costara lo que costara todo lo que pudieran
El amanecer fue apoderándose de ellos, hasta que sin más la música dejo de sonar. La luz de La casa del Alma se apago y los maravillosos músicos se fueron hacia las habitaciones interiores. Los demás en el exterior se quedaron desamparados. Algunos lloraban pensando lo injusto que habían sido con la familia, en el pasado; otros seguían aporreando la puerta, dando voces y ofreciendo grandes cantidades de dinero por poseer alguno de aquellos instrumentos. Hasta que el silencio absoluto, les hizo volver a sus casas.
Así la siguiente noche llegó de nuevo oscura y silenciosa, hasta que en la madrugada volvió a escucharse casi en toda la comarca la más bella de las músicas, esta vez aún más armoniosa y sublime que la noche anterior. Todos corrieron para disfrutarla y contemplarles desde el escaparte. Aquella vez, Al tocaba un bellísimo instrumento oriental acompañado de un diminuto palillito tallado... junto a sus padres, que soplaban lo que parecían flautas ricamente talladas.
Así las melodías fueron una y otra noche invadiendo la vida de todos los habitantes de Alibat que ansioso esperaban que algún día las puertas fueran abiertas ante sus continuas suplicas. Sin embargo el tiempo pasaba hasta que un día el sonido de la música desapareció y fue sustituido por él más extraordinario de los olores. Esto había sucedido una mañana en la que casi mareados por el insospechado olor, acudieron a asomarse al escaparte y vieron a Lala con uno de los pequeños frascos de perfume ponerse una diminuta gota en su cuello. Estaba maravillosa, traslúcida, y llena de paz. EL señor Heliotropo la besaba extasiado y todos los que allí se encontraban comenzaron ha hacer lo mismo con sus parejas. El sutil perfume les volvía sensuales, y con un gran atractivo. Lala cogió a la vez una de las cestas de fruta y delicadamente, fue tomando las diminutas cerezas, los plátanos, las manzanas y dándoselas a Al y a su marido disfrutaban del lo que parecía un exquisito mangar. De repente ríos de saliva fueron naciendo de las bocas de los que les observaban, y que sufrían una gran angustia ya que todos querían comer y saborear aquello tan diminuto. Golpeaban la puerta, obstinadamente cerrada, la cual era imposible derribar. Sus habitantes parecían ajenos a lo que ocurría en el exterior a pesar del intenso ruido
Las horas y los días pasaban. Al, leía ante los vecinos que seguían al exterior, lo que parecían maravillosos cuentos. Terminaba uno y dejaba abierta sus páginas ante los atónitos ojos de los curiosos que devoraban las palabras allí escritas. Bellísimas historias a las que Al no les permitía terminar de leer cerrando los libros y provocando una tristeza infinita a los que querían saber el final. Todo se fue mostrando ante la curiosidad creciente y desmedida. A sí sucedió durante toda la primavera, el verano, el otoño... para el desespero de las gentes de Alibat
La conducta de los habitantes de Alibat había cambiado, parecían más afectivos los unos con los otros. Habían sido deleitados con los mayores placeres, pero a ningunos se les había permitió ser poseedores de aquellos instrumentos y mangares únicos y grandiosos. El invierno volvió a aparecer... y todos se preguntaban cuando se acabaría su castigo...
Una noche una gran nevada asoló al pueblo. La nieve volvió a cubrir el escaparate de La casa del Alma, la puerta fue también cubierta y con ello la desolación llegó, al pueblo. La música, los olores... no volvieron. Muchos se empañaban en hacer desaparecer la nieve del escaparate pero volvía a nevar y se cubría de nuevo, hasta que en una mañana ya casi en la primavera, Lala volvió a salir con su abrigo de lana bien blanca y sus guantes rojos. Al, y, el señor Heliotropo, también salieron y volvieron a quedar la Plaza reluciente y maravillosa.
Trabajaron hasta el atardecer. Todo el pueblo se encontraba reunido en la gran Plaza. Ahora parecía que la tienda se abriría que por fin. Muchos pensaron que la familia les había perdonado su gran indiferencia y así sucedió, de la puerta principal, fue colgado un cartel que se podía leer: ABIERTO.
Antes de que nadie tuviera la oportunidad de entra al interior, vieron como el señor Heliotropo, Lala y Al, salían agarrados de sus manos. Portaban unas pequeñas maletas y sin decir nada y dejando la puerta de La casa del alma abierta se dirigieron caminando lentamente, hasta la salida del pueblo. Todos sin excepción, permanecieron impávidos. Nadie dijo nada hasta que les perdieron en el horizonte y vieron como sus gigantescos cuerpos se fueron haciendo diminutos, y, desaparecían.
Entonces, contentos por su marcha, fueron agolpándose en la Plaza Mayor. En su mente egoísta sólo pensaban en lo rara que era la familia que le había abandonado y que tanto les incomodaba. Se alegraron por lo que encontrarían en la abandonada tienda. Habían visto limpiarla, adornarla y abrir su puerta... seguro que todas las maravillas estarían allí, esperándoles. Imaginaron que el señor Heliotropo les regalaba sus preciados tesoros por todo lo que les había hecho sufrir...
Agolpándose avariciosos, penetraron hasta el interior. Bellísimos objetos les esperaban, las mejores frutas, los mejores perfumes, los manteles bordados, las estanterías repletas de libros que parecían maravillosos... pero algo había cambiado... todo lo que allí se encontraba, era de tamaño real, de absurdo tamaño real, de banal tamaño real...
Los pianos fueron tocados, pero su desafino y la burda manera de ser tocados era tan grande, que sonaban horriblemente. Las cuerdas de los violines se rompían ante lo tosco de las manos de los habitantes de Alibat; la comida a pesar de su exquisito aspecto carecía sabor, y, los perfumes olían a lo que parecía el excremento del ganado que ellos mismos cuidaban. Los libros sólo contenían palabras escritas en idiomas que nadie conocía, y los manteles ricamente bordados se deshacían al primer contacto con los sucios dedos de las personas que histéricas se los disputaban... en fin, Al, Lala y el señor. Heliotropo le regalaban aquello que parecía gustarles... Quizá si les hubieran impedido salir del pueblo y mostrarles que realmente a quien apreciaban era a ellos, todos se hubieran beneficiado de sus tesoros y de su compañía, pero los habitantes de Alibat habían vuelto a caer en su vanidad creyendo que sólo ellos eran Importantes y únicos.
La casa del Alma fue abandonada. Todo fue cubierto por el polvo y la humedad de los tiempos. Nadie en el pueblo fue capaz de reconstruiría. Tenían miedo de acercarse ya que en un pequeño rincón, encendida, una pequeña vela que tintineaba con el viento, les impedía traspasar la puerta que siempre permanecía abierta.
Los nuevos días llegaron y con ellos Alibat y sus habitantes volvieron a sus vulgares y rutinarias vidas, y jamas dada su ignorancia, pudieron extinguir la llama multicolor que bailaba sin cesar en el pequeño rincón de La casa del Alma.
Julia. De la Rúa .