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STRIGOI
La bruma, dibujó difuminadas las figuras de los edificios a lo lejos, mientras unas antorchas alocadas se desplazaban suspendidas por los aires, y en lo alto, el alo de la luna se extendía opacando la lúgubre belleza de las estrellas, sofocando el desenfrenado clamor por amor de las almas ocultas entre las sombras, ahogando los espeluznantes alaridos de pavor de los hombres y mujeres que alborotados circulaban por las calles.
Una mujer pasó junto a mí, en su rostro se dibujaba claramente el miedo: con ojos desmesuradamente abiertos, pupilas dilatadas en extremo y su blanca y lustrosa piel refulgente de carmín; a paso raudo y titubeante se perdió entre las calles mientras su voz, que en un comienzo se me hizo ininteligible, por lo arcaico del lenguaje empleado, poco a poco cobró significado en mi mente aristócrata: “vrykolakas” gritaba y junto a su disonante clamor se escuchaba a la distancia otra voz, esta vez masculina, diciendo: “strigoi” y de más allá de lo que mis ojos fueron capaces de captar se dejaba oír la palabra “pricolici”. Todas poseedoras de un mismo significado, todas inmersas en la misma y espeluznante trama de sangrientas historias, producto de la mente pagana e ingenua de la gente transilvana, todas palabras arraigadas en la conciencia de las personas, que no abandonaban la creencia de que sus muertos volvían a la vida pasado un tiempo, o que sus niños, por un u otro motivo estaban condenados a tal maldición.
Cada una de estas palabras es tan antigua como cualquiera otra de igual significado, y todas están envueltas en el más absoluto y pérfido tabú, bañadas en el sudor expelido por el terror, impregnadas del dolor de la perdida y la muerte, disecadas del influjo vital por las historias a base de ellas relatadas. Pero para mí, nada significaban, solo eran parte del folclor de un tiempo remoto, ajeno a mi conciencia y educación, sin ningún asidero, sin base, pues a esas alturas del siglo XVIII ¿quien podía aún pensar en la existencia de vampiros?
Seguí mi camino impávido, rodeado de mi estúpida racionalidad, ignorante de los ojos que en mi cuerpo se posaron y seguí, hasta detenerme frente a la puerta de la casa de hospedaje, al plantarme en el umbral de entrada capté un fuerte olor a ajo, y en lo alto, sobre el dintel se exhibía un imponente cruz de bronce, abrí la puerta riendo para mis adentros de la ingenuidad de la gente que vivía alejada de la ciudad, al entrar se desplegó ante mi un sofocante calor, que bañó mi cuerpo de sudor, humedeciendo mis prendas y dando un aspecto descuidado y grotesco, similar a la apariencia de la que hacían gala los hombres del sector.
Ante mi se materializo una mujer de avanzada edad, de cabellos desgreñados, ropajes sencillos y descoloridos por el paso del tiempo, sus manos curtidas por el trabajo y una tez tan blanca como la misma luna, en su rostro se hacían mella todas las décadas de su existencia, surgiendo de cada pliegue de su faz una nueva arruga acentuada por la expresión cansada de su cara; pero sus ojos, irradiaban vida, luz, dicha, refulgían como estrellas en lo alto de un noche sin luna, a ratos se me antojaban rojizos, luego pardos, más tarde castaños, eran todos esos colores y ninguno a la vez, su mirada me hechizo, me embelezo, y elevó en lo alto de mi ensoñación, de la cual bruscamente fui arrebatado, cuando sus labios se mecieron, emitiendo el más grotesco tono de voz por labios de mujer conocido.
Me dio las llaves de mi habitación, tras lo cual me condujo por un entramado de pasillos oscuros, de colores difuminados, con puertas aparentemente desvencijadas y pequeños candelabros chorreados del esperma de las velas, que antaño iluminaran ese corredor.
Cuando giré el pomo de mi habitación la mujer se perdió nuevamente entre aquellos pasillos, abrí lentamente la puerta, exaltándome con el suave crujir de la madera bajo mis pies, y el penetrante olor a humedad que impregnaba cada rincón de la alcoba.
Cerré la puerta tras de mi, dejando caer mi peso sobre ella; el sudor corría por mis mejillas sonrojadas por el calor, en mi pecho sentía el peso del universo, al tiempo que en mi mente se trazaban los rasgos de quien nunca antes había visto, un rostro fino, de largos cabellos dorados como el sol de medio día, con la piel tan blanca como el alabastro, lo veía de pie a unos pasos de mi, con su llamativa figura espigada, enmarcada en su cabellera, su cuerpo se encontraba tan quieto que parecía una estatua de sólido granito; de pronto en sus labios se curvaron en una media sonrisa, en la que logré ver su perfectamente delineada dentadura y capté en el aire una voz suave y delicada, pero con la mayor decisión que jamás percibí en otra persona. “Vas a ser mío” dijo, tras lo cual desapareció.
Me desperté tendido en el suelo, con el pulso y la respiración acelerados, mientras en mi mente seguían esas palabras danzando como si de un pensamiento propio se tratase. Mi cuerpo no respondía a mis deseos, mis movimientos se tornaron torpes, como si de un bebe que aprende a caminar se tratase. Poco a poco, la calma volvió a mis cansadas extremidades, logrando ponerme de pie luego de un rato.
Mi camisa y traje ya se encontraban totalmente empapados con el sudor de mi cuerpo y el nudo de mi corbata era un lío. Dejé mi equipaje sobre la desvencijada cama, en la cual no había reparado desde que entrara en la habitación. Me quité las ropas con parcimonia dejándolas junto a la maleta.
Quedé desnudo junto a la cama, con una toalla atada a mi cintura y volví a ver a aquel hombre, esta vez junto a mí, entrelazando sus hábiles brazos con mi cuerpo, inhibiendo mi voluntad y recorriendo con sus falanges frías como la nieve cada pliegue de mi pecho, cada poro de piel acanelada. Me sentí utilizado y tan vulnerable como jamás me había sentido, era como arcilla en manos del alfarero y nuevamente desapareció, como si de una ilusión creada por mis sentidos se tratara. Me sentía débil, mis miembros temblaban, el cansancio del viaje me impedía pensar con detenimiento en lo extraño de mi situación.
Con esfuerzo logré llegar hasta el baño. Al entrara me lleve un nuevo sobresalto, solo una tenue luz iluminaba la habitación, entre sombras logré distinguir lo que aparentaba ser un lavabo cubierto de una suave capa de polvo, un espejo resquebrajado y la tina, que para mi sorpresa estaba llena de agua, cristalina, pura y fría.
Me quité la toalla y me sumergí en el agua, sintiendo como si mil agujas en mi piel se clavaran, viendo mi cuerpo erizarse por el gélido líquido que lo cubría, mis sentidos se agudizaron, estaba despierto, tan lucido como jamás lo había estado. Mi cabeza parecía querer explotar, punzadas de dolor revoloteaban por mis músculos, mientras el agua lentamente robaba el calor de mi cuerpo apesadumbrado, fatigado y cansado.
Me dormí, no supe en que momento, solo sé que soñé…
…Era yo el hombre que había vislumbrado en mis visiones, que con sus suaves manos de marfil tocó mi cuerpo como si del suyo se tratase.
Corría, o más bien huía, abriéndome paso entre las rocas de una agreste montaña, me desplazaba con dificultad, las ropas que cubrían mi cuerpo estaban echas jirones, sus manos, mis manos estaban heridas, sangrantes, destrozadas, cada nuevo paso insuflaba una nueva punzada de dolor en mi, mis cabellos dorados se pegaban a mi silueta, sentía mi espalda arder, como si me hubiesen azotado.
Corría hacia el amanecer, en mi interior guardaba la esperanza de la salvación, que con cada nuevo destello del sol crecía, a mis espaldas escuchaba los pasos de la criatura que me daba caza, en mi mente sentía su voz decir que no escapara, que de una u otra forma yo le pertenecería. Me negaba a creerle, me resistía a su poder, a su convicción, a la profunda atracción que sentía por él.
Los rayos del astro rey golpearon mi rostro con violencia, inundando mi cuerpo de paz de un vano sentimiento de seguridad, que se desvaneció cuando entorno a mi, sentí el firme tacto de unos brazos tan resistentes como el acero, sus labios se posaron en los míos con fervorosa pasión, arrancando un alarido de mi garganta al sentir el metálico sabor de la sangre… mí sangre.
El sol es un mito querido mió –dijo apegando su boca a mi oído- solo el fuego en nuestra piel tiene la suficiente fuerza para extinguir la llama de la vida alimentada con la sangre de los inocentes.
Luego, solo sentí como la piel de mi cuello era lentamente rasgada y como el calor abandonaba mi cuerpo.
El peso de su brazo en torno a mi me asfixiaba, era como si de pronto un tonelada se dejara caer sobre mi pecho, mi aliento me abandonaba, cada vez me costaba más trabajo poder recuperar el aire que perdía y cedí, ya no tenia fuerzas para continuar, entregue mi voluntad y con ella mi conciencia.
Desperté cuando el sol despuntaba, me sentía provisto de una nueva vitalidad, ante mis ojos se desplegaba un mundo que jamás había percibido: los colores me parecían exquisitos, refulgentes de un destello especial, como si de vida propia estuvieran dotados, las voces provenientes del exterior eran un idílico canto, que hipnotizaba mis sentidos, el tacto de los materiales a mi alcance era sublime, tan suaves como la seda y tan delicados como el cristal, sentía mi cuerpo refulgir de una nueva y poderosa energía… era yo un neófito que comenzaba a descubrir el mundo que lo rodeaba.
Lentamente comencé a despertar…
Los destellos de la luna rozaron débilmente mi rostro adormilado, mientras con tedio salía del agua, notando que a mi paso se quedaban adheridos pequeños pétalos de rosa, que extasiaban mis sentidos con su narcótico aroma. El sueño me impidió sorprenderme, la extraña sensación de cansancio, pese al tiempo que había dormido, mantenía mi mente por completo distraída.
Me tendí en la cama, y me volví a refugiar en los brazos de Morfeo, dejándome llevar por sus dulces palabras, extasiándome por su tacto, sus besos, su desmedido amor. De pronto lo comprendí: no dormía, no soñaba, una vez más me encontraba entre aquellos brazos de alabastro, mientras mi cuerpo era acariciado con lascivia…
Me resistí, luché, perdí.
Sus labios rozaron los míos y desapareció, se fue, se esfumó de la misma forma en que lo había hecho ya: haciéndose uno con la nada.
Lloré, grité, arroje todo, destroce todo, arañé mis brazos, me entregué a la desesperación.
No sabía que sucedía conmigo, no entendía nada. Tal vez era un sueño, una ilusión producto de mi cansancio y, ¿si el cansancio nada tenia que ver con las visiones?, ¿si solo eran producto de mi mente trastocada?… ¿si nacían de la perdida de mi cordura?, ¿podría ser eso, me estaba volviendo loco?, en ese entonces no lo sabia, mi mente estaba turbada. Pero lo peor, era que lo deseaba, necesitaba sentir el agarre de sus brazos entorno a mí, codiciaba su aliento, su cuerpo, todo… sin que lo pidiese, yo ya le pertenecía, pero eso no evitaba que me atemorizara.
Me dormí y esa vez no soñé, o tal vez lo hice y no lo recuerdo, pero en definitiva da igual, hay cosas más importantes que debo narrar.
Cuando desperté, a eso de las diez de la mañana, todo estaba como si nada: mis pertenencias estaban meticulosamente organizadas en el armario, las piezas decorativas rotas habían sido reemplazadas por otras de un valor artístico infinitamente mayor, sobre el lecho estaban esparcidos nuevos pétalos, que bañaban cada rincón de la habitación con su dulce aroma.
Mi cuerpo esta perfumado y los arañazos por mis manos proporcionados estaban curados, mi piel estaba tan suave y tersa como antes, como si nunca me hubiese herido. Ojala pudiera decir lo mismo de mi cordura, que a cada momento mermaba en ella la férrea resistencia de la que antaño hacia gala.
Salí de mi habitación vestido como el perfecto caballero que era. No estaba dispuesto a dejarme ver derrotado, incluso ante esta gente que no me conocían y por ende nada me importaban y quienes me importaban, estaba lejos. No lejos desde el punto de vista físico, sino lejos emocionalmente, distanciados por un abismo construido por ellos mismos, un abismo fortalecido con mi conducta, un hondo precipicio que no dudaron en construir mis padres, con el afán de hacerme entender que no todo estaba al alcance de mi mano. Me pregunto ¿se habrán imaginado a lo que me estaban exponiendo? ¿Habrá pasado por sus mentes que si algún día volvía ya no sería como ellos? Tal vez pude haberles pedido ayuda, pero no lo hice, pues la furia, soberbia y altanería siempre fueron y siguen siendo mis peores, pero más fieles consejeras…
Recorrí nuevamente los lúgubres pasillos de la posada, hasta llegar a la recepción, si es que así se le podía llamar a aquella habitación atestada de trenzas de ajo y crucifijos.
Bună joven Dómine –me hablo madame Petrescu (la dama de los bellos ojos, como me gustaba llamarle)- tiene usted una carta, la acaban de traer.
(Bună: hola)
Mulţumesc –le respondí, recibiendo la carta horrorizado, nadie sabia aún donde me encontraba, era imposible que alguien me hubiese escrito- que nadie me moleste vă rog –le dije depositando unas monedas en sus manos, a lo que respondió asintiendo fuertemente con la cabeza. Ahora que lo pienso no sé que esperaba lograr con eso, tal vez un poco de vacua seguridad.
(Mulţumesc: gracias)
(vă rog: por favor)
Volví a mi habitación con el alma en un hilo, me sentía asustado y desprotegido- Tal vez era esto lo que mi padre quería que aprendiera… el verdadero terror de sentirme solo en un lugar desconocido- me dije, sintiendo el peso de aquella hoja de papel entre mis manos.
Me permití admirar el sello que mantenía encerrado el contenido que amedrentaba mi ser. Era un águila, con la cabeza viendo a la derecha y las alas extendidas. Lo despegué con cuidado y desdoble el papel dejando al descubierto una pulcra caligrafía.
Mi querido joven Dómine
Mi querido Aioria (espero me permitas llamarte así), espero no te amedrente el que sepa tu nombre, ni mucho menos que te preocupes por la forma en que lo supe, con el tiempo comprenderás que conozco muchas cosas, tanto de ti como de la mujer de la recepción, Helga, que mató a su marido hace unas noches, o de tu padre, el distinguido conde Dómine, que espera mantenerte alejado el tiempo suficiente para que lord Florit cese su deseo de matarte por seducir a su esposa. Ah mi querido muchacho, es increíble cuan lejos has llegado en tus estúpidas jugarretas.
Espero que disfrutaras los objetos que deje hoy en tu habitación y me perdones si es que herré en ordenar tus prendas en el armario.
Ahora me despido, pero por lo pronto le daré un aliciente a tu mente apesadumbrada: lo de anoche no fue una alucinación, soy tan real como cualquier persona en el mundo.
Nos vemos pronto.
Shaka d’Liens
Estaba aterrado, él me conocía, sabía quien era, el por qué estaba allí.
No lo estaba imaginando, había estado realmente en mi alcoba. Y un sin fin de preguntas atiborraron mi mente… ¿Quién era? ¿Qué esperaba obtener de mí? ¿Cómo conocía mi nombre? ¿Cómo supo el por qué de mi presencia en esa zona tan alejada de la civilización?
Y en mi mente escuché una voz, la misma suave y serena voz de la noche anterior, pero esta vez no provenía de ningún cuerpo aparentemente esculpido ante mí, esta vez provenía de mí, estaba dentro de mi cabeza, como si él y yo fuésemos uno…
La pregunta más adecuada no es quien soy querido mió, sino ¿QUE SOY?... y el resto de tus preguntas, tarde o temprano conocerás las respuestas, nos volveremos a ver, lo prometo.
Huí… salí corriendo, dejando todo tirado a mi paso, nunca me había sentido tan profundamente atemorizado en toda mi vida. Me sentía violado, cada parte de mi ser parecía haber sido ultrajada de la forma más vil. Sé que suena exagerado, pero ¿qué podía sentir si ese ser, había ultrajado tanto mi cuerpo con sus insidiosas manos gélidas como la noche y mi mente, con su voz suave que acrecentaba aún más mi desconcierto?
Salí del pueblo, corriendo sin detenerme, ahora… volvía a ser yo ese chico que escapaba, abriéndose paso entre las rocas de una alta montaña, era yo quien corría a abrazar los rayos del sol naciente… era yo el ingenuo que creía poder escapar.
La gente se volteo a ver mi frenética carrera, pero no les preste atención y no me detuve hasta que atuve lo suficientemente alejado del pueblo… ahora que lo pienso, ese momento fue verdaderamente el comienzo de mi caída, de mi derrota.
Querido mío, si te mostré mi pasado, fue para que no cometieras el mismo error que yo –dijo esto volviendo a usurpar mi conciencia, tomando nuevamente atribuciones sobre mí mente trastornada por el desconcierto.
¡BASTA! DEJA DE HABLAR… por favor –me desplome sobre el agreste terreno, mi resistencia estaba destrozada y mi cordura perdida, me eche a llorar desquiciadamente, mi cuerpo era presa de espasmos, azotaba el suelo con mis manos desnudas, desgarrando mi piel, todo mi ser se contorsionaba en un desesperado intento por alejar esa voz de mi, de olvidarme de todo, de perderme en los desolados parajes transilvanos… deseaba más que nunca morir, como jamás lo había deseado.
De pronto vislumbre una silueta distorsionada a través de las lágrimas que cubrían mis ojos. Era un hombre de apariencia aterradora: su cabeza, cubierta por un turbante y en el centro de este una gema color turquesa, la piel de su rostro estaba profundamente desfigurada, sus prendas arábigas desgarradas, como si hubiera estado luchando con mil hombres y al cinto llevaba una cimitarra, con profundas marcas de batalla, desgastada, con apariencia grotesca. Sus brazos estaban bañados en cicatrices y heridas recientes, sus labios, crispados en una mueca de satisfacción, de regocijo. En sus ojos refulgía la sed de sangre, el ardiente deseo de matar y fue cuando la vi, en su tosca mano amoratada: un athame con empuñadura de ónice, con hoja encorvada, poblada por diminutos caracteres de significados perdidos en el tiempo.
(Athame: daga ceremonial)
Conforme se acercaba a mi, pasaba su lengua bífida por sobre sus labios, mientras yo me arrastraba de espalda, tratando de huir, buscando la oportunidad para incorporarme y echarme a correr.
Se abalanzo sobre mí, tomando el athame con ambas manos dirigiéndolo directamente a mí pecho, forcejeamos, luche con todas mis fuerzas tratando de defenderme (en esos momentos lo que menos quería era ser un sacrificio ceremonial). Y de pronto se desplomo, cayó encima mío, desprovisto de vida.
Cerré los ojos, no tenía las fuerzas suficientes para desembarazarme del cuerpo de aquel hombre.
¿Se encuentra usted bien joven Dómine? – era él, él ser que me atormentaba, quien lo preguntaba, pero mi cuerpo estaba demasiado extenuado para responder. No recuerdo mucho más de ese momento dado que perdí el conocimiento una vez me tomó en sus brazos, mientras sentía el suave vaivén de su andar parsimonioso y era acariciado tiernamente por los rayos del sol o… ¿tal vez eran sus cabellos? Nunca lo supe.
Desperté varias horas más tarde, en mi alcoba, recostado en la cama.
Cuando me incorpore, vi sobre la mesa de noche unos folios, abiertos sobre ella, dejando al descubierto la misma caligrafía, que otrora me amedrentara.
Mi querido joven Dómine
Primero que todo, quisiera responder a un pregunta que sé debe estar planteándose ahora y la respuesta es si, fui yo quien mató al hombre que le ataco hoy por la tarde, ¿la forma? Digamos que es un truco que se aprende con los años una vez que dejamos de atarnos a las leyes mortales.
Por otro lado, creo que ya no es adecuado que se siga preguntando que soy, ya que lo tiene por sabido desde hace mucho tiempo, específicamente desde el día que piso por primera vez este pueblo, cuando pasó junto a usted aquella mujer gritando, escucho usted perfectamente uno de los tantos nombres que nos dan, pero para mantenerlo bajo un alo de parisina sofisticación digamos que: “je, suis un vampire” como dirían en su lengua materna.
(je, suis un vampire: yo, soy un vampiro)
Creo que es justo que sepa algo de mí, ya que todo cuanto requiero saber de usted ya lo sé, y solo para que deje de pregustarse el como lo sé, le diré que lo conozco tan bien como usted mismo se conoce, sé todo cuanto usted sabe, conozco todos y cada uno de los recuerdos que celosamente guarda en su mente.
Bien, mi nombre como ya ha de haber adivinado es Shaka d’Liens, nací en el siglo XV, en la ciudad de Dresden, en ese lugar al igual que en gran parte de la Europa oriental, esta profundamente arraigado el mito de “les vampires”, y en ese entonces se creía en una parte del mito que se ha perdido con el tiempo: el nacer con la maldición. Se decía que, al nacer un niño con la placenta, este estaba condenado a convertirse en un strigoi, en tal caso, la partera tenia el deber de, primeramente rasgar la placenta para que el niño no pudiera engullirla, luego de esto deberá cogerlo, y salir con el envuelto en mantas hasta alcanzar el punto más alto de la casa en que naciera y sosteniendo al infante en sus brazos debía gritar: “Escuchad todos, un lobo ha nacido sobre la tierra. No se trata de un lobo que devorará a las personas, sino de un lobo que trabajará y nos traerá fortuna". Pero en mi caso esto no funcionó, pues yo estaba doblemente maldito, ya que era el séptimo hijo varón de mis padres.
El tiempo pasó y todos me creyeron a salvo de la maldición, pero mi racha de buena suerte terminó cuando un strigoi antiguo percibió el rastro de la maldición en mí y me convirtió. El como, tú ya lo sabes, fui perseguido y en el momento en que me creía a salvo sus brazos tomaron mi cuerpo extenuado por la huída.
Esa es parte de mi historia y mi forma de compensarte por el terror otorgado a tu alma.
Tuyo en el constante devenir del tiempo, Shaka d’Liens
Estaba atemorizado, pero más que nada desconcertado.
Me calcé las botas, tome el arma que mi padre me había hecho llevar conmigo y salí de la habitación.
La luna se apoderaba de su trono en lo alto del cielo, eclipsando la belleza de sus hijas las estrellas. Las calles estaban vacías, en las casas solo se percibía la soledad, observe a mí alrededor, sin ver más que tinieblas, salvo en un distante punto perdido en el horizonte donde se distinguía un pequeño destello de luminosidad, hacia el cual encaminé mis pasos.
Conforme me acercaba, la intriga se iba apoderando de mí, pues primero estaba el hecho de que el pueblo estaba deshabitado, luego esta extraña luminosidad en medio de la nada a la que me estaba acercando. Y por último estaban esos folios, ¿por qué ahora después de atormentarme a tal extremo, esa criatura se mostraba complaciente y virtuosa? Mi mente era un caos, mis ideas se diseminaban por toda mi cabeza generando una enmarañada red que dificultaba aún más el poder comprender lo complejo de esta situación y de pronto, escuche un lastimero quejido, envuelto en la sórdida oscuridad de la noche.
¿Quién está ahí? –grité, no negaré que escuchar ese sonido me atemorizó, pero esa voz pedí ayuda.
aa…yuda vă…vă rog–me deje guiar por el sonido de la voz y los quejidos de los que esa iba acompañada.
Avance a tientas, aturdido y algo conmocionado hasta que entre las sombras logré distinguir un bulto que aparentaba poseer forma humana. Acelere el paso hasta estar junto a lo que ahora reconocía como el cuerpo de una mujer. Era madame Petrescu, me arrodille junto a ella, sobresaltándome por el patético aspecto que lucia. Su cabello estaba alborotado, sus manos destrozadas, brazos y piernas bañados en la sangre de los cortes que los cubrían, de su abdomen manaban numerosos hilillos de sangre, provenientes de las estocadas a este propinadas, pero lo más horrible de este espectáculo eran sus ojos, o más bien la ausencia de sus bellos y refulgentes ojos. En el lugar en que deberían haber estado solo se veía las cuencas vacías y en ellas pequeños pozos de sangre que comenzaba a coagularse.
Me arrodille junto a ella y la rodee con mis brazos.
¿Quién es usted? –pregunto la anciana sobresaltada, luchando por desembarazarse de mi abrazo.
Soy yo madame Petrescu, Aioria Dómine –la vieja apretó su cabeza contra mi pecho, echándose a llorar, corriendo por sus pómulos amoratados las tibias lágrimas producto de su dolor, lágrimas teñidas del carmín de su sangre.
Ayúdeme, vă rog se lo suplico –dijo sin dejar de sollozar.
Îmi pare rău –le dije cubriendo mi rostro de vergüenza e impotencia- pero no puedo hacer nada para ayudarle, estamos demasiado lejos del pueblo y usted no esta en condiciones de moverse, además ahí no hay nadie –la voz me temblaba, me sentía vacío, y desalmado por no poder hacer nada por ella.
(Îmi pare rău: lo siento)
Entonces, no me abandone, quédese aquí conmigo… se… se lo suplico – dijo esto con tal serenidad y resignación, que me quede impresionado.
No dijimos una sola palabra más, dejamos que el silencio se apoderara de nuestras almas, mientras manteníamos nuestro abrazo. Parecíamos una pareja de amantes, ocultos del mundo, cobijándose bajo la tenue luz de la luna. Se desangró lentamente, y al cabo de media hora falleció, ahí en mis brazos.
Me quité la cruz que cargaba en mi pecho y la envolví en sus manos.
Cuando iba a incorporarme escuché la voz de aquel ser. Pero no provenía de mi cabeza, ni de su cuerpo, sino que del exánime cuerpo de Helga Petrescu.
Una escena muy conmovedora Aioria, fue muy humano de tu parte quedarte con la vieja hasta que espirara –dijo con un tono de sorna en la voz, mientras yo retrocedía lentamente producto del miedo- pero también fue tu peor error – yo seguía retrocediendo hasta que choque con alguien, me volví hacia él y me quedé horrorizado al descubrir el rostro del hombre que me atacó en la tarde- ahora venga hacía mi, a no ser que prefiera que le obliguen –esta vez la voz provenía del hombre del athame.
Caminamos por un rato, mientras yo no salía de mi asombro ¿Cómo era posible que estas dos personas que yo había visto morir caminaran ahora junto a mí? Estaba horrorizado.
Llegamos a un sitio iluminado por una veintena de antorchas clavadas en la tierra formando un amplio círculo de luz. En el centro se encontraba él, rodeado de unas treinta personas, un grupo formado por hombres, mujeres, niños y ancianos. Reconocía muchas de esas personas como habitantes del pueblo, entre ellas estaba la mujer que paso junto a mí gritando cuando llegue, otras mujeres de mediana edad que trabajaban en la posada, unos hombres que vislumbre en mi frenética carrera de hoy por la tarde y así muchos más.
Él habló.
Bienvenido mi querido Aioria Dómine –dijo esbozando una sonrisa que dejaba ver perfectamente su prominentes colmillos. Mostraba una apariencia exquisita, con el cabello cuidadosamente peinado hacía atrás, sus brazos cruzados ante su pecho y el resto de su cuerpo en una armoniosa y relajada pose- te presento a mis lacayos –junto con esas palabras extendió su mano derecha mostrando a toda la asamblea reunida a su espalda, las sombras proyectadas desde su cuerpo por las antorchas, le hacían parecer un ser supremo, de infinito poder y un atractivo inigualable- veo turbación en tu mente, desconcierto, sobre todo por la presencia de las personas a tu espalda –sabía a quienes se refería y tenía razón, madame Petrescu y el otro hombre me aterraban- y sobre ello te daré una explicación, como dije en mi carta, con el tiempo vamos adquiriendo poder, tanto para matar, desplazarnos, leer las mentes y mucho más y entre esos dones esta el poder reanimar los cuerpos de los difuntos –su rostro reflejaba paz y serenidad, junto a una paciencia siniestra, esperando desbordarse, había algo en su rostro que no me agradaba, algo que seguía asustándome- por ejemplo te presento a los Ionescu –dijo acercándose a un grupo de personas- la última de ellos falleció en mil seiscientos noventa –dijo dándole un beso en al mejilla a una pequeña niña de cabellera rizada color ébano- pero basta de explicaciones –poso su mirada celeste en mis ojos- es hora de que comience la fiesta –dicho esto se materializó junto a mí.
Me tomó fuertemente entre sus brazos, dejándome indefenso e incapaz de moverme. Sentí la ardiente pasión de su beso en mis labios, mientras su lengua se abría paso hacia mi boca, de pronto saboreé la sangre, la sangre de sus labios, de su lengua, nuestras bocas llenas del vital fluido, y la saboreé la deguste con pasión, su sangre insuflo nueva vida en mi, nuevas fuerzas. Se separo de mí, dejándome recuperar el aliento, mientras de la comisura de mis labios corría un dulce hilillo de sangre, que fue sorbido con maestría en un delicado beso. Mis ojos estaban dilatados, mi pulso y respiración agitados… estaba plenamente excitado.
Sus manos corrieron por mi espalda, rasgando las fibras de mi vestimenta, dejándome sentir el idílico tacto de sus falanges en mi piel. Sentí su lengua en el punto donde se unen las clavículas y desde ahí recorrió mi cuerpo hasta mi boca, proporcionándome un nuevo beso de sangre. Con el poder de su mente destrozo mis atavíos, dejando mi pecho desnudo al contacto del suave terciopelo de su levita. Una punzada de dolor recorrió mi cuerpo, cuando la uña de su dedo atravesó mi pecho hasta llegar a mi corazón. Poso sus labios en la herida y bebió, me sentía desfallecer, mi cuerpo volvía a ser arcilla entre sus dedos.
Dejo de beber, mi cuerpo estaba laxo, y solo me mantenía en pie por el fuerte agarre que sus brazos hacían en mi cintura. “Ahora querido es momento de acabar con nuestra danza” dijo en un calido susurro a mi mente. Con su diestra me tomó por la nuca y me acerco a sus labios, su cabeza lentamente se inclino, negándome la vista de sus cielos y fue cuando sentí sus colmillos atravesar mi piel hasta llegar a mis arterias.
No sentí dolor alguno, y tuve la visión más hermosa que se puede imaginar…
Era yo un niño, y me encontraba en los brazos de mi madre. Ella me veía a través de las esmeraldas que compartimos, en sus ojos veía paz, amor, un infinito amor por mí. Su rostro se mostraba joven, terso lleno de vida, a la vez que esbozaba esa sonrisa que solo hacía para mí, que solo yo conocía.
El viento y las mariposas jugaban con su cabello, me sostuvo en sus brazos haciéndome girar mientras reíamos estruendosamente, en realidad la risa estruendosa era la mía, pues la suya solo era un delicado canto de sirena, dedicado a su único Ulises… yo.
Paseábamos por un jardín, tomados de la mano, mientras el sol acariciaba dulcemente sus rizos castaños, al tiempo que su piel refulgía con luz propia.
A mi oído susurro un “te amo” para más tarde darme un tierno beso en la frente y desvanecerse lentamente.
Volví a ver sus mejillas arreboladas con la sangre, su lustrosa cabellera dorada y las aguamarinas que tenia por ojos, todo en el me parecía exquisito, y al igual que en mi sueño, descubría mi entorno con mis nuevos ojos, deslumbrándome con la belleza del mundo que me rodeaba.
Soltó mi cuerpo y cubrió mi dorso con su levita, extasiándome por el delicioso tacto de la tela, perdiéndome en su entramado de hilos y encajes.
Estuve un rato extasiado por mis nuevas sensaciones, hasta que mi mente fue dominada por la de él, condujo mis pasos, movió mis manos, con su poderosa voluntad se apodero de mi conciencia. Era como un espectador de una obra teatral, observando en el más absoluto silencio como los actores llevan a cabo su representación, emocionándome con cada palabra por ellos entonada dejándome llevar por su magia.
Su voz le dijo a mi mente que no me resistiera, que así debía ser, y vi en su rostro el dolor más grande que jamás había visto, sus facciones angelicales retrataban una tristeza sin par, un desasosiego que me turbaba, el era mi protagonista, al estrella de mi función… por el yo fui participe de esta obra.
Mi maestro me dijo que jamás me enamorara de mi neófito, que por ello acabaría por destruirme –seguía hablándole solo a mi mente mientras los demás solo se mantenían estáticos a nuestro alrededor- y tenía razón, nunca pensé que me fuese a doler tanto este momento, pero así debe ser. Con el nacimiento de un neófito, un antiguo debe morir –sus palabras me aterraron, y fue cuando lo comprendí, yo debía destruirlo y para asegurarse de que lo hiciera, estaba gobernando mi cuerpo.
Atónito vi como mis manos tomaban el arma que había traído conmigo, para luego cortar mi muñeca de un solo rápido y certero golpe, vertí un poco de sangre por el cañón del arma y apunte directo a su corazón, de sus ojos manaban lágrimas de carmín mientras en sus labios se esbozaba una sonrisa serena.
Disparé, lloré, murió… y con el todas las personas que nos rodeaban.
Le tome en mis brazos y le bese en la boca y un momento más tarde su cuerpo se hizo cenizas desperdigadas por el viento.
En ese entonces era yo un neófito, que había cumplido su deber… había destruido al antiguo que le dio la vida.
FIN
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