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“Crucifixio”
Aioria x Shaka
One Shot
Sus manos tomaban temblorosas aquél crucifijo mientras elevaba una plegaria hacia el cielo; sus ojos se encontraban ajenos a la visión de aquella imagen de Dios, esperando que en verdad fuera escuchada…
Unos pasos resonaban en aquél templo, poniendo en alerta a aquél padre, pero sin inmutarse ante aquél sonido que parecía detenerse detrás de él, así que siguió orando por las almas que no habían encontrado el descanso eterno.
-Padre Shaka —la voz llegó hasta su subconsciente, por lo que se giró con lentitud, clavando sus ojos azules en aquellas esmeraldas que recibieron gustosas aquella visión—. ¿Sabe qué día es hoy?
Negó con suavidad aunque su mirada se elevaba hacia el techo de la Iglesia, tratando de no tener que soportar aquél infierno. Su brazo fue tomado con fuerza: discretamente estaba siendo guiado hacia la parte más profunda del recinto.
El silencio le quemaba las entrañas, el asco de tener que volver a su lado le destruía la poca alma que le quedaba, aunque alguna vez le dijeron que no podía negarle nada a algún cardenal, no había pensado que hubiera sido eso.
Llegaron a una habitación en penumbras, las velas que había iluminaban tenuemente. Unas manos se colaron en su sotana, estremeciéndole por aquello.
-No esperes que te busque —parte de sus vestimentas bajaron sintiendo una mordida en su espalda, siendo parte del castigo. Era sólo que no quería verle, no pretendía sentirse sucio—. ¿Entiendes?
-Sí, Cardenal —susurró mientras sentía su cuerpo desnudo, siendo devorado con aquella mirada impura. Abrió sus ojos del mismo color que el cielo para observar a aquél hombre en las mismas condiciones y pegar su pecho con el suyo— Aioria.
Lo silenció con un par de dedos sobre sus labios, acariciando con el dorso de su mano aquella mejilla, sintiendo el temblor en aquél ser. Comenzó a empujarlo con lentitud para dejarlo caer sobre la sencilla cama, muda testigo de aquellos actos carnales prohibidos ante la religión que profesaban.
-No llores —susurró al colocarse entre sus piernas, lamiendo con lentitud aquellas perlas saladas que surcaban por sus ojos, comenzando a entrar en aquél interior que lo enloquecía—. Tú… eres el mayor pecado que me ha gustado cometer.
La cama se movía al compás de aquellos movimientos, entrando y saliendo de aquel calido interior, mancillándolo por sus más bajos instintos, disfrutando del dolor que podía llegar a causarle, gozando del placer que su cuerpo desbordaba al llegar al orgasmo, obligando al ser que quedaba debajo suyo a hacerlo entre ambos.
Shaka, de alguna manera, tenía su mirada fija en la nada, sintiéndose libre al solo percibir aquella esencia recorrer sus partes íntimas, suspirando, tratando de no perder la poca cordura que le quedaba.
Esos encuentros eran silenciados bajo la amenaza de ser expulsado, ser marcado como un pecador ante los ojos de todos los creyentes, por lo que así seguía día tras día, bajo el yugo de la conciencia y del pecado mortal que cometía… ¿cometía? Él no buscaba eso, él había venido en busca de paz, del amor del Señor, pero... ¿qué encontró? A un hombre que oraba por la humanidad, aunque a su vez destrozaba la vida de un ser humano.
Momentos después caminaba por el largo de unos pasillos; el dolor del último encuentro estaba presente, por lo que cuando era necesario, se sentaba en alguna banca, mirando hacia la imagen del señor Jesucristo. Sus ojos se humedecían tratando de tener una razón para no tomar una daga y clavársela en su yugular, para ir a un infierno que mereciera y no uno que padecía al estar con vida.
Se levantó pesadamente al querer ir a sus habitaciones y descansar las pocas horas que les eran permitidas. Al tomar la perilla, entró lentamente para apoyarse en aquella puerta y deslizarse hacia el suelo sin poder contener las lágrimas, porque, por primera vez, sentía rabia al ver su vida hecha pedazos por sólo un servidor de Dios, que no le parecía más que un siervo de Satanás.
Levantó su vista para encontrar una pequeña caja dorada. Había sido un regalo del Padre Camus, aquél hombre francés que fue su salvación durante un mes al llevarlo lejos, aunque, por alguna razón, falleció siendo victima de una extraña enfermedad.
Se acercó para abrirla con, observando sin expresión una sencilla daga dorada con un rubí incrustado en el centro del mango de aquél objeto cortante. La tomó en su mano derecha, sintiéndola muy ligera para poder usarla.
Si Dios no escuchaba sus suplicas, tal vez era el momento de tomar la justicia del hombre en sus propias manos, sería la única manera de poder quitarse aquél sufrimiento. Sin embargo, su fe en Dios perduraba, pues aún no había optado por suicidarse.
Se recostó con lentitud en la cama y cerró sus ojos. Una de sus manos colocó en uno de sus bolsillos aquél objeto, antes de dejarse llevar por un sueño pesado. Al pasar las horas no se dio cuenta de que unos ojos esmeraldas estaban observándolo desde la puerta, por aquella ventanilla, esperando que fuese de mañana para hacerlo suyo.
El día llegó haciendo que unos rayos de sol acariciaran sus parpados. Se removió algo cansado, pero, sin más, prefirió alistarse para ir hacia el templo de nuevo.
Sus manos tocaban aquél cuerpo, removiéndose con pánico, sintiendo la yema de sus dedos deslizarse sin más sobre aquella dermis.
Aquella boca clamaba la suya sin importarle los empujones, ni las mordidas en sus labios; lo deseaba y lo tendría.
Sus dientes comenzaban a dejar marcas rojizas que tomarían un tono morado en diversas partes del cuerpo de Shaka.. Era invadido por tres dedos a la vez, sintiendo sus piernas temblar por el dolor y el asco que sentía en ese momento.
-Shaka.
Susurró su nombre invadiendo su boca con aquella lengua que deseaba probar cada rincón, sustituyendo sus dedos por su palpitante miembro que encontró la gloria en aquél interior cálido.
Se movió frenéticamente, entrando y saliendo sin atender sus suplicas. Su impotencia era algo doloroso para el rubio, quien se encontraba debajo suyo.
Al recordar ese momento, donde inició su infierno, tomó con más fuerza aquella daga, mientras oraba a su señor que le tuviese piedad. Él no podría soportar otro día… No, no podía.
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-Todo sucedió tan deprisa —Explicaba con cierto pánico al verse rodeado en el Vaticano, era acusado por lo que hizo—. Sentí miedo al verlo tomarme, tanto, que no me di cuenta que le clavaba la daga una y otra vez en su cuerpo, hasta que lo vi sin movimiento y decidí marcharme.
-¡Sabe que es muy grave! —gritó un hombre de edad avanzada de cabellos verdosos que alzó la voz, para ser captado por todas las miradas del recinto, aun así, todo permaneció sereno—. Usted no sólo asesinó a un cardenal, sino que ahora quiere dejar la Iglesia
-En este momento hay una crisis entre la gente —se atrevió a alzar un poco la voz; ¡suficiente había sufrido como para ser juzgado por alguien de la misma calaña! Aunque sabía que no debía juzgar, ya lo había hecho—. Si se enteran de que un Padre asesinó a otro, y más, si fue por violación, ¿qué creen que pasará?
-Debemos pensar en eso —susurró uno de los hombres presentes levantándose para caminar alrededor de aquél lugar—. Si esto sale a la luz, sería desastroso; la religión católica se vería manchada de nuevo
-Sólo nos queda no darle la renuncia —se dirigió aquel hombre mayor hacia el rubio mientras se sentaba de nuevo. Todos los allí presentes murmuraban entre sí—. Y se quedará celebrando las misas normalmente: nada pasó aquí, señores.
Ahora podía verlo: a ellos no les interesaba como se sentía, sino mantener la divinidad de dicha religión. Sabía que había buenos sacerdotes, pero, parecía que la maldad se había colado entre lo servidores de Dios.
Su vida simplemente fue ocultada, era como si nada hubiese pasado; sin embargo, si analizaba todo lo sucedido, diría que fue algo muy extraño: acabó muy deprisa, o él lo terminó de golpe.
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-Este es mi cuerpo que será entregado por vosotros —sostenía la ostia con la yema de sus dedos delante de los feligreses que lo miraba atento, algunos orando de rodillas, otros de pie; pero, a fin de cuentas, rezando por algo—. Hacedlo en conmemoración mía. Y ahora, rezaremos como el señor no enseño —elevó sus manos siendo el pastor que guiaría a aquellas personas, tal vez se perdió así mismo hace tiempo, pero no dejaría que aquél cardenal muerto por sus manos destruyera lo poco o mucho que le quedaba—. Padre nuestro, que estás en los cielos…
Su mirada se perdió en el misal mientras oraba junto a muchas personas. Nunca olvidaría a Aioria, porque no podría. Fue parte de su vida, para bien o para mal.
-Santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino —levantó su mirada y pudría jurar que imaginó ver aquellas esmeraldas invadir su mente al terminar la oración con una súplica—, no nos dejes caer en la tentación, líbranos el mal. Amén. Ahora, les pido por el eterno descanso de nuestro Cardenal Aioria, quién falleció de manera repentina —cerró sus ojos y comenzó a rezar—. Dios te salve María, llena eres de gracia. El señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres…
Ese sería el suplicio que sufriría en silencio, una mirada que llevaría consigo hasta el final de sus días, una cruz que jamás podría dejar de cargar…
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
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