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Batallón de honor
Lóbrego, oscuro, umbrío, así esta mi alma, mi cuerpo… mi todo. La propia noche siente envidia de las perennes tinieblas que me embargan, oscuridad nacida del dolor de la perdida infinita del tiempo efímero, que travieso se escapa de entre mis dedos, entre los pliegues de mi voz, que deseosa intenta darte alcance en tu frenética carrera aquella que te lleva lejos de mi.
Tus pasos presurosos, uno delante del otro, prestos a recorrer maratónicas distancias, te llevan fuera de mi alcance. Acompañado tu cuerpo por los cientos de figuras erguidas, ajenas a la mía, todas instruidas en el arte del combate, al igual que tú, igual a mí en un tiempo pretérito, casi olvidado.
Mis puños se cierran con fuerza sobre la vaporosa tela de mis prendas, esas que cubren mis piernas, las mismas que ahora se niegan a obedecer los mandatos de mi voluntad, y todo mientas tú te vas, alejándote segundo a segundo. Perdiéndote en aquellos caminos que a tu lado jamás podré recorrer.
A veces maldigo el día en que conocí tu mirada ambarina, en aquellos tiempos en que tu cuerpo se presentaba con arrojo, captando para siempre mi atención, destacando entre los novatos soldados. Entre aquellos jóvenes que ahora van junto a ti, a defender el honor de la corona, esa por la cual casi perdí mi vida t no conforme con ello ahora me arrebata tus besos, el fuerte pecho sobre el cual mi rostro reposé, negándome el poder sentir tus brazos entorno a mi; dejando solo el recuerdo de las perpetuas y siempre escasas noches en que nuestras vidas y cuerpos se fundían en uno solo al amparo de desbocadas danzas de amor y pasión.
Te vas lejos, a la batalla, mi joven aprendiz, mientras yo me quedo aquí, postrado, solo, deseoso de hacer todo, posibilitado para nada.
- ¡Si solo se movieran estas malditas piernas! –exclamo al viento, mientras estos agitan mis cabellos índigos.}
Pero no lo hacen, ni lo volverán a hacer; se quedaran sobre esta silla, muertas, inútiles, carentes de vida… al igual que yo, mientras tú te vas.
Fin.
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