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Déjame decir que te Amo (Defteros x Shaka)
Su vida era el blanco de muchos; su cuerpo, el que era observado por cámaras y por el lento visor de las armas. Era un dios entre hombres, era también considerado el mayor enemigo. En una época como aquella, donde Rusia se batía entre los aires de guerra, y el viento olía al humo nocivo de los aviones que sólo amenazan con caer sobre ella, el rubio era uno de los pocos que se levantaban por la paz.
Era blanco de muchos, era idolatrado por otros más. Y él, su sombra, le veía y seguía convencido de poner su amplio cuerpo frente al menudo del joven que pese a su edad y estatus aristocrático no había tenido ningún tipo de inconveniente para alzar la voz y denunciar, lo que había que denunciar. Pedir justicia, donde había que ser aplicada… era un dios de los justos, era un buscador de verdades.
Era su adoración.
—Señor Shaka—dijo con voz ronca, ardiente.
Su piel moreno se camuflaba perfectamente al traje negro que cubría su cuerpo, ocultándolo en las sombras con impensable facilidad. En cambio, el joven con un traje blanco de un sólo corte, lucía como si fuese el mismo ángel quien había bajado a la tierra a implorar por la paz.
—Ha sido un día agotador—se quitó el abrigo de pieles grisáceo y se empotró en uno de los muebles mullidos cerca de la fogata. Alargó su mano para tomar el rosario en la mesita de caoba a su lado y pasarla por sus delgados dedos, contándolas, con su mirada fija en cada cuenca—. Parece que la crisis es irremediable.
Extendió los blancos falanges en su sien, la acarició con pesar, viendo el fuego arder y quemar las piezas de madera. Él sólo lo veía, sólo lo acompañaba, lo seguía… en el silencio y tras su figura de blanco, confinado en la sombra como su más celoso guardián
Déjame decir que te amo
no como lo dicen tantos
no por presumir de poeta
consciente estoy que no soy tu meta
solo quiero que sepas que te amo.
Las palabras de nuevo se quedaron atascadas en su garganta, viéndolo solamente, deseándolo solamente, y en silencio, el mudo acuerdo en el que él seguía a su lado, venerándolo, añorándolo, viendo resbalar de sus manos ves tras vez. La voz de él era un afrodisiaco que penetraba por sus oídos y encendía su corazón. Los ojos de él eran un espejo de azules proporciones que le golpeaba más fuerte que el mismo acero. Sus labios, duraznos remojados en miel que quisiera saborear, saborear, saborear…
Arrancar. Morder, lamer, succionar y…
—Es hora de descansar…—la voz de nuevo lo regresó de golpe a la realidad, como si hubiera caído de bruces a la aspereza del suelo. Asintió, siguiéndolo de cerca, viéndolo de nuevo de espalda con el hermoso rozar del cabello dorado en las telas.
Entraron a la habitación, amplia, cerrada. La luz de una pequeña lámpara resplandecía en una de las esquinas al fondo. Una cama extensa, sabanas de satén y damasco, la madera de cedro que sostenía todo el inmobiliario. La camisa entonces fue desatada de sus botones, los zapatos dejados de lado, junto a las medias, permitiendo la hermosa visión de eso pies blanco surcando por la alfombra rasposa de color vino. La camisa cedió su espacio, dejando una finísima franelilla que también cantó derrota, para luego desatarse el cabello y dejar que este se rociara en la espalda.
El hombre tragó grueso, observando cómo silente testigo la forma en que aquel se desvestía, en confianza, delante de él, sin saber siquiera lo que le generaba.
—Hoy sentí una mirada penetrante sobre mí—comentó el rubio, desatando el cinturón de su pantalón. El moreno carraspeó y desvió la mirada.
—Le estaban apuntando. Logré verlos, avisé a tiempo.
—Otro ataque frustrado…—resopló el rubio dejando caer la última prenda antes de pasear desnudo hasta la bata de baño zafiro que lo esperaba a la puerta de su vestier—. No lo entiendo, sólo quiero que cesen los conflictos.
—Pero ellos quieren guerra.
Sintió los pasos acercarse. Se mantuvo inconmovible. La mano blanca se posó en su antebrazo y delineó una línea recta desde el codo hasta la muñeca, lo miró, con esos ojos cielos, buscando y provocando así que el moreno le mirara.
Y cayera seducido de nuevo.
—Eres el único que permanece a mi lado para protegerme—hubiera querido develar sus motivaciones pero…—. Gracias.
Se quedó en silencio.
Déjame decir que te amo
es mi corazón quien te habla
no estoy inventando un cuento
ni te ofrezco todo el firmamento
Mientras su amo se duchaba, el moreno se permitió entonces cambiar de atuendo. Deshizo rápidamente las vestiduras gruesas que lo ahogaban, por el calor que le había provocado el solo ritual al que ya debería estar acostumbrado.
Era inútil, jamás lo estaría. La piel de mármol le seducía a límites indecibles y su aterciopelada voz le llamaba, aún cerrando los ojos, aún detrás de los parpados, aún en sueños.
Desde un intento frustrado de secuestro, él dormía en la misma habitación que aquel, en un amplio sofá cerca de la chimenea de la habitación, que calentaba todo el lugar.
La noche llegó y ya el rubio dormía, luego de haberse detenido por unos momentos en la lectura de un buen libro y saborear una taza de té. Acurrucado entre las pieles, los cabellos dorados se desperdigaban y brillaban ante el danzar del fuego que consumía la leña. Defteros no podía dormir, su cuerpo no se lo permitía. Estaba allí a sólo tres o cuatro metros de él, disponible ante sus manos, sus fauces, su colmillo que bien podría erizar esa piel de nácar, saboreando, saboreando.
Solo quiero que sepas que te amo.
El cuerpo de aquel hombre se le presentaba como una atracción prohibida. Las manos morenas dibujaron su silueta hasta anclarse tras sus caderas, su nariz delineó el desliz de su cuello al hombro izquierdo, para luego su colmillo saborear la textura de la piel de mármol. Lo sintió estremecerse, morder sus labios, gemir,
Desmembró de esa forma sus argumentos, le escuchó jadear su nombre. Las manos blancas le apretaron la espalda y el quemaba con su lengua su pecho, devorándolo en indecentes caricias, desbordándolo, amándolo con la locura que pensaba mantener retenida para siempre. Le abrió las piernas y el pecado le supo a gloria. Le cantó sobre su miembro estrofas de humedad, de labios, de lengua, de palabras, de garganta. Aquel apretaba su cabello con fuerza, el sudor corría en gotas gruesas y sus olores se camuflaban en un sólo aroma viril: dos hombres amándose entre los límites de guerra y paz, justicia y crueldad.
Bebió de él, asfixiado ante el calor de su propia excitación. Se levantó para besarlo y seguir el ritual que él le reclamaba, con un tómame entre labios, tómame entre dientes, despójame entre besos, devórame entre succiones. Lo tuvo, lo penetró, ronroneó al paso de sus uñas, aplastó, comió y…
Despertó… empapado con su propio sudor, bañado en su propia esencia y sólo con la compañía de una chimenea a su lado.
Déjame creer por un instante
que yo soy tu dueño,
aunque sufriré cuando despierte
y todo sea un sueño.
La mañana llegó, de nuevo las reuniones. Con presteza el rubio se había alistado y estaba preparado para comenzar de nuevo su jornada. La gente con la que se reunía le levantaba la voz, lo insultaba, algunos manoteaban y golpeaban la madera de sus asientos. El frio golpeaba, su ira también. Defteros cerraba puños impotentes mientras el rubio se enfrentaba a la horda de hienas que querían guerra, guerra, guerra. Él buscaba una forma de entablar la unión.
Para el mediodía lo seguía por las escaleras en pasillos solitarios. Veía su espalda, le vigilaba, y deseaba acercarse y confortarle cuando vio en su rostro, tan conocido y ya fácil de leer para él, la frustración. Era demasiado joven, su edad no le permitía tener algo de autoridad en su voz, más que el estatus social y sus contactos, nada más podía hacer valer su opinión ante ellos. Sabía cómo le afectaba. Quería confortarle.
Cuando salieron del edificio, la nevada golpeó de lleno sus rostros. Él le cubrió con su brazo por el hombro, sacándolo de la multitud que esperaba afuera entre los que pedían noticias, información, algo. Lo cubría de ellos, del frio, lo cubría en sus brazos.
Déjame, acortar la distancia,
desahogar mis ansias.
Llegaron al auto y por un momento el rostro del rubio lo miró. Defteros sintió un retumbar en el pecho. Defteros se sintió desfallecer. Mordió sus labios, contuvo.
Déjame, ser algo valiente,
y besarte de repente.
Entró con él en el auto. El chofer los esperaba. Se dirigieron de nuevo al otro edificio donde Shaka seguiría con sus negociaciones. Lo miraba aturdido, le ansiaba devorar los labios pálidos por el frio. Vio como tuvo un temblor debido a las heladas temperatura y deseó, darle ese calor.
Déjame, gritar lo que siento,
te lo juro no miento.
—Está haciendo frío—murmuró el menor, mirando por la ventana la fuerte nevada que caía sobre ellos.
De inmediato, el moreno se acercó, lo rodeó con su brazo, le cubrió. Ninguno dijo nada.
Déjame, darle vida a mi sueño,
aunque no sea tu dueño.
Ninguno dijo nada…
Déjame...
No lo soportaba. Eran meses, meses en las mismas, meses con el deseo, meses con los sueños, meses con los anhelos. No podía con ello, no podía soportarlo, mucho menos esa noche donde veía de nuevo el ritual, los cabellos de oro golpeando la espalda, las telas cayendo, su piel resplandeciendo en el brillo de las llamas.
—Shaka…—un gemido que no pudo contener, no más, ya no más.
El rubio volteó, tranquilo, como si no se hubiera dado cuenta de lo que sentía, de cómo lo tenía..
Al ver sus ojos fue que comprendió.
Déjame decir que te amo
ahora que ya estamos solos
—No Defteros…
Sólo fue un murmullo antes de sentirse apresado entre los ladrillos de la chimenea y los brazos del moreno, que lo veían desesperado, angustiado, contrariado, superado.
Y el mayor lo detecto, detecto lo que había detrás de esas pupilas, detrás de ese temblor, detrás de esos labios entre abiertos.
No era deseo… era temor.
Quita esa cara de miedo
soy capaz de controlar mi fuego
solo quiero que sepas que te amo.
—No puedo con esto…—pronunció por fin, bajando su mirada rápidamente a toda la humanidad antes de dar un paso atrás, pasar su cabello hacía la espalda, con su mano tenebrosa marcando el camino. El sudor frío le embargaba, la excitación, la ansiedad—. Me vuelves loco, te deseo, te deseo y no hallo ya…
Miró el rostro petrificado, la señal de su mayor temor desvelado. Lo sabía, lo comprendía.
Déjame decir que te amo
Intentó acercarse, intentó darse a comprender.
—No te acerques…—recibió la mirada con asco.
Escúchame…
—Es asqueroso, asqueroso… ¡No me veas!—se cubrió, indignado, molesto, burlado.
—No es asqueroso, te he protegido todo este maldito tiempo no sólo de aquellos sino de mi mismo. ¡No tienes ideas de cuantas noches me he masturbado pensando en tu cuerpo, Shaka!—el rostro mostrando la mayor repulsión, el horror—. No haré nada… juró que no haré nada que no quieras.
—Dime que no es cierto…
—Te amo.
—Maldita sea, ¡niégalo, Defteros!
—¡TE AMO!
Después yo podré marcharme
no quiero comprometerte
sé muy bien que no puedo tenerte
solo quiero que entiendas que te amo.
El silencio siguió, por muy poco tiempo. El rubio asustado buscó salir de la habitación pero antes fue apresado por aquel gran cuerpo. Intentó gritar, y su mano fue acallada por la enorme mano. Tembló de pavor, al sentir el aliento ardiente de ese hombre en su oído.
—No voy a hacerte daño… no voy a hacerte daño—forcejaba, guerreaba—. Te amo, amo tu voz, amo tu sonrisa, la elegancia que imprimes a cada gesto, tu fortaleza, tu fuerza. ¡Oh Dioses! Cuánto he deseado escuchar tu voz pronunciando tu nombre en gemidos, de placer, de sexo, ¡de carne!—se detuvo… temblaba—. Déjame al menos quedarme así, unos segundos. Después… me iré, si quieres… me iré…
—Aléjate… ¡aléjate me das asco!
—No me trates así… te he protegido maldita sea, ¡te he protegido! ¿Crees que ha sido fácil?
—Enfermo, ¡eres un enfermo!
—No lo digas Shaka…
—No te creo, no puedes amarme, ¡un hombre no puede amar a otro igual! Es ridículo, ¡blasfema! Enfermo, ¡estás loco!
—No, no digas eso… ¡CALLATE Y ESCUCHAME!
Y el forcejeo… detonante.
Déjame creer por un instante
que yo soy tu dueño,
aunque sufriré cuando despierte
y todo sea un sueño.
No pudo, no pudo reprimirlo, tomo con fuerza estrujando las mejillas blancas y clavando sus colmillos en esos labios. Aplastó entre la pared a pesar que el rubio buscaba liberarse, le hizo sentir su cuerpo, desgarró sus labios y saboreó la dulzura de aquella sangre que corría caliente por la adrenalina liberada a través del miedo y al turbación. Sintió los golpes en la espalda clamando liberación y no le importo. Ya no, ya no… ya no…
Déjame, acortar la distancia,
desahogar mis ansias.
Lo tiró al mueble donde él solía dormir, lo atrapó entre sus brazos sin oportunidad de defenderse. Tomó entre sus manos la hombría aún cubierta en diminuta prenda intima así como le paseaba, noche a noche, confiado, pues se suponía sólo eran dos hombres ¿Cómo saber que el otro lo deseaba? ¿Cómo imaginar que estaba alimentando una bestia? Los labios eran mordidos con el hambre de unas ansías acumuladas, los besos se alargaban... en momentos que intentando gritar, abría sus labios, dedos gruesos de canela irrumpían a su boca tocando hasta el paladar, mientras se entretenía en el cuello y con su otra mano manipulaba.
Déjame, ser algo valiente,
y besarte de repente.
Sometió, sometió, sometió. Cuando liberó por fin la hombría del rubio se deleitó de inmediato con la visión, y enfermo la devoró, la tomó entre sus labios, la vistió de su candor, provocó un gemido que le supo a la mayor gloria antes de la muerte. Las manos intentaba quitarlo de su cuerpo, intentaban apartarlo jalando su cabello, pero aquello solamente lo llenaba de una gula aún más insaciables, una sensación de dominio que cercenaba toda cordura, y lo hacía seguir, hasta que derrumbara así todo.
Pronto siquiera los golpes o arañazos fueron rítmicos, pronto lo que tomó un tempo fueron gemidos cansados y ya desbocados del rubio; quien buscaba callarse, huir del momento, del placer, de esa lengua, de esos dientes, de la forma en que sus manos acariciaban los testículos y jugaban con el ano, como aquella boca se desvivía saboreando la amargura de su sexo.
Déjame, gritar lo que siento,
te lo juro no miento.
Sin fuerza lo dejó por el potente orgasmo. Sin fuerza lo vio caer en el mueble, derrotado por el placer. Deslizó su lengua luego de haber saboreado el líquido caliente, ascendió con ella desde la base por el ombligo, cruzó su pecho, hasta coronar con una mordida en su mentón. Temblaba él, ansiaba él. Tomó entonces a su propio sexo entre sus manos y besándole, besándole los hombros, el cuello, las mejillas, no a los labios porque estos se le escurrían. Se masturbó… Le gimió en su oído, le dijo que lo amaba, y él joven, inmóvil, sólo escuchaba.
Déjame, darle vida a mi sueño,
aunque no sea tu dueño.
Acabó, con un rugido sensual proclamando su nombre. Buscó sus ojos y encontró la más férrea aversión.
—Te amo…
Susurró al dejarlo, al partir.
Déjame...
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