Farsante.
- Farsante –le soltó con sorna, al tiempo que cerraba con violencia el antiguo manuscrito que momentos antes leía con detención-, no eres más que eso Megrez, un vil farsante.
El calificativo, que sobre él fue lanzado, pululo en su cabeza, yendo de un retorcido paraje de su conciencia a otro, cobrando fuerza en cada rincón visitado.
- Al fin usas el cargo que ostentas… -inició, cargando sus palabras con la ponzoña que solo él, en todo Asgard, era capaz de usar-, para algo más que besar el suelo que Hilda pisa –le sonrío desvergonzado-, pero sé bien que no es lo único que piensas de mí… Siegfried –susurro su nombre, como si con cada sílaba del nombre de Alfa, pudiera saborear la victoria… y al mismo dueño de este.
Era verdad, los altivos orbes celestes del guerrero frente a él, veían algo más que solo a quien buscó manipularlos a todos. Veían al hombre, que en ocasiones, con sus malas formas, despertaba su lascivia. Volviéndolo indómito, salvaje, haciéndole olvidar con vertiginosa habilidad todo cuanto su conciencia retenía, inclusive a la valkiria.
Cuando el vacío se reflejó en los rasgos del ungido con la sangre de Fafnir, Delta amplió su sonrisa, sabiéndose ganador de una contienda, llevada a cabo en las sombras de la insinuación, y oculta en las penumbras del deseo.
Una vez más lograba lo que deseaba.
Por instinto, el de mirada verdusca dio un paso atrás, apegando su espalda al muro que desde ese instante sostendría su peso, mientras Doubhe se acercaba a él, acorralándolo, cerrando segundo a segundo la distancia que les separaba.
- Desgraciado –susurró el rubio, acariciando el cuello de Megrez con su aliento, caliente, húmedo.
- Si, yo soy un desgraciado –respondió a las insinuaciones de Alfa-, pero tú eres un juguete –le dijo, mientras mordía delicadamente el lóbulo de la oreja derecha de su acompañante-, mío, de Hilda, los dioses, de todos Siegfried… -un instante de silencio se hizo entre ellos, que Delta aprovecho para saborear la piel del otro-, pero en esta ocasión, no me apetece jugar contigo.
Sus manos le apartaron, al tiempo que le proporcionaba un ínfimo beso en los labios al otro, para después marcharse por donde había venido, dejando a Doubhe solo, envuelto en el desconcierto y el deseo no acallado.
Fin.
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