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Senderos de sumisión

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El 15/12/07 a las 05:12:17

Senderos de sumisión

La senadora Helen C. Taylor estaba sentada en su despacho, en el parlamento estatal, revisando uno de los múltiples documentos que se amontonaban sobre su mesa de trabajo. A sus 45 años, la senadora Taylor era aún una mujer hermosa y su belleza era sin duda resaltada por su exquisita elegancia. Su cabello rubio, que llevaba cortado a la altura de los hombros y con las puntas hacia dentro, enmarcaba una cara madura pero atractiva. Tenía los ojos verdes y grandes y los labios carnosos, que ese día llevaba cuidadosamente pintados de rosa pálido. Su cuerpo era envidiable, a pesar de algunos kilitos de más que se acumulaban en la barriguita y en las nalgas. Y por supuesto en sus generosos pechos, que tallaban una 105D. La senadora Taylor había elegido para ese día un conjunto de chaqueta y falda color beige, con blusa blanca y medias de seda blancas, sujetas por un liguero del mismo color. Unas sandalias negras, de tiras y tacón alto completaban su elegante atuendo.

Biiiiip, biiiiip, sonó el interfono. Era Lisa, su secretaria.

Dime Lisa –respondió.

Senadora Taylor, aquí hay una joven que dice conocer a su hija Susan. Desea hablar con usted.

Estoy muy ocupada. Preguntale que qué quiere.

Se oyeron voces al otro lado de la línea.

Senadora Taylor. La joven dice que es importante y que únicamente hablará con usted.

Helen C. Taylor suspiró resignada. En fin, recibiría a la chica e intentaría librarse de ella cuanto antes.

Bien, dile que pase.

A los pocos segundos la senadora escuchó un golpe de nudillos contra la puerta de su oficina.

Adelante –dijo con autoridad.

La puerta se abrió y dejo paso a una joven alta, de cabello negro y cuerpo atlético. Llevaba un top negro ajustado que resaltaba unos pechos de tamaño mediano y un pantalón negro de cuero bien ceñido. El clip clop de sus sandalias de tacón de aguja, también negras, resonó en la habitación hasta que la joven se detuvo frente al escritorio de la senadora.

Buenos días, Helen –dijo la chica

La senadora se sorprendió al verse aludida por su nombre de pila.

¿Nos conocemos? Dices que eres amiga de mi hija, pero no creo haberte visto antes. ¿Cómo te llamas?

No he dicho que sea amiga de tu hija. He dicho que la conocía. En cuanto a mi nombre, te dirigirás a mi como "Mistress o Mistress Patrizia".

Helen C. Taylor no podía creer lo que sus oidos acababan de oir. ¿Sería posible?. ¿Quién se creía esta niñata que era?.

Haz el favor de salir ahora mismo de aquí o llamo a Seguridad –dijo con un tono frío y autoritario, que no disimulaba su enfado.

La joven, sin embargo no hizo ademán de salir, sino que acercando su cara a la de la senadora dijo lentamente, como si quisiera que Helen C. Taylor absorbiera cada palabra:

Escuchame bien, zorra. Hemos secuestrado a tu hija. Si quieres volver a verla con vida más vale que cambies ese tono de voz y muestres otra actitud.

A la senadora le dio un vuelco al corazón...pero no, no podía ser. Susan estaba de vacaciones en una isla caribeña y había hablado con ella esa misma mañana.

No te creo. He hablado con ella hace menos de tres horas y estaba bien –dijo recobrando parte de su aplomo.

La joven sacó un móvil y marcó un número de teléfono. La respuesta tardó sólo unos segundos

Hola, cómo va todo –dijo una voz al otro lado del teléfono.

Según lo previsto. Ponle al teléfono.

La mujer pasó entonces el móvil a una aturdida Helen C. Taylor.

Mama, mama, ¿eres tu?

Susan, hija. ¿Cómo estás? ¿Qué te han hecho?

Mamá, me han secuestrado. Me tienen atada...y desnuda. No puedo moverme. Rachel estaba conmigo. También la tienen. ¡Mamá, ayudame!

Susan comenzó a llorar.

Sí, hija, sí. Te sacaré de allí. Como sea.....

La comunicación se cortó al otro lado. El cuerpo de la senadora temblaba y las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Su pequeña Susan...Dios Santo, sólo tenía 18 años. Helen C. Taylor miró asustada a la mujer que con los brazos cruzados sobre el pecho la observaba con cierta complacencia.

Por favor, no le hagais daño. Es sólo una cría –suplicó.

Todo depende de ti, Helen. Tu colaboras, tu hija vive. No lo haces, entonces...

La joven se pasó un dedo por el cuello en un gesto explícito y la senadora no pudo evitar un grito ahogado.

Haré lo que me pidas. Dime, ¿cuánto dinero quereis?

Ya habrá tiempo de hablar de dinero. Ahora levantate y ven aquí. Te quiero en el centro de la habitación.

La senadora Taylor se incorporó de su asiento y se dirigió hacia el lugar que le había indicado su visitante. La joven estuvo un rato observandola, sin decir nada. La senadora comenzó a impacientarse. ¿Qué pretendía aquella mujer? Tuvo que esperar unos minutos más para que finalmente la joven volviese a hablar.

Tienes un cuerpo muy bonito, Helen –dijo.

Gracias –respondió, casi automáticamente la senadora.

Gracias, Mistress –corrigió la joven – Muestrame el respeto debido o lo lamentarás.

Helen C. Taylor tuvo que tragarse todo su orgullo y toda su rabia para responder.

Sí, Mistress. Lo siento, Mistress.

Muy bien, no vuelvas a olvidarlo o tendré que castigarte. Ahora quitate la chaqueta y la blusa. Quiero ver mejor ese par de tetas.

La senadora enrojeció intensamente.

Perdón, Mistress. No creo que eso sea apropiado. Podría entrar alguien y ...

Helen, ¿en alguna ocasión entra alguien en tu oficina sin tu permiso?

No, Mistress, pero...

Entonces no me cuestiones y obedece.

Sí, Mistress.

La senadora Taylor se sacó la chaqueta color beige y la dejó delicadamente sobre el suelo. Después, con dedos nerviosos desabrochó uno a uno los botones de su blusa y se la quitó. Llevaba un bonito sostén blanco de encaje, que transparentaba sus rosados pezones. Helen C. Taylor era muy consciente de ello y un rubor intenso encendió sus mejillas. Mistress Patrizia se acercó a ella y tomo ambos pechos con sus manos. La senadora no se atrevió a protestar.

Tienes unas tetas grandes y firmes. Y sin operar. ¿Qué talla usas? ¿una D?

Sí, Mistress. Una 105D.

Estoy segura de que este par de tetas te han sido muy útiles en tu carrera política.

No, Mistress. Yo no soy de esas.

Mientras hablaban, la joven restregaba sus pulgares sobre los pezones de la senadora, que muy a su pesar se estaban poniendo duros como piedras.

Tienes unos pezones sensibles, Helen. Mira qué duros están y apenas los he tocado.

Por favor, Mistress. No me haga esto. Le daré el dinero que me pida, pero no me humille de esta forma.

¿Te sientes humillada, Helen? ¿Te humilla que otra mujer vea cómo tus pezoncitos se ponen duros?

Y con esas palabras Mistress Patrizia agarró el borde superior de las copas del sostén y tiro de ellas hacia abajo dejando las dos hermosas tetas de Helen C. Taylor al aire.

¡Ooooh! –exclamó la senadora, cubriendose con las manos.

¡Aparta las manos! – ordenó la joven

No, por favor Mistress.

Te recuerdo que me basta con hacer una llamada y tu hija será ejectutada. ¿Es eso lo que quieres? ¿Son más importantes tus tetas que tu hija?

Con lágrimas en los ojos y diciendose a sí misma que no tenía otra opción, la senadora Taylor dejó caer sus brazos a los costados y sus impresionantes tetas, con los pezones erectos quedaron expuestas ante los ojos de su joven Mistress.

Ummmm, deliciosos –dijo ésta con una sonrisa triunfal en los labios.

Y acto seguido se inclinó y paseó su rugosa lengua por los hinchados pezones de la senadora. Helen C. Taylor cerró los ojos y dejó que aquella joven, a la que apenas conocía tomase posesión de sus sensibles pechos. Lentamente, sin prisas, la desconocida comenzó a lamer sus pezones y areolas, besándolos delicadamente. Lo hacía muy bien, muy sensualmente, sin la premura y urgencia con la que lo hacía su esposo. Muy a su pesar, la senadora se dio cuenta de que su vagina se estaba humedeciendo.

No, por favor. Dios mio, no dejes que me pase esto –suplicó para sí.

Pero a medida que su joven Mistress ensalibaba expertamente sus endurecidos pezones, la indefensa senadora se iba excitando más y más. Su respiración era cada vez más agitada, su vagina estaba cada vez más húmeda y sus braguitas cada vez más mojadas. La joven succionó entonces uno de los pezones de la senadora dentro de su boca, rozandolo suavemente entre sus dientes. Helen C Taylor no pudo evitar un gemido de placer. La joven sonrió para sus adentros y comenzó a succionar lenta pero intensamente los pezones de la senadora. Helen cerró sus puños con crispación intentando resistirse al placer que se adueñaba de su cuerpo. Su raja estaba ardiendo y se moría por tocarla. Pero no podía, no podía dejar que aquella desconocida supiese lo excitada que estaba. ¡Qué ingenua!. Mistress Patrizia sabía perfectamente en qué estado se encontraba la senadora. En su tremenda excitación, Helen C Taylor no se daba cuenta de que sus jadeos eran perfectamente audibles y de que desde hacía varios minutos se estaba restregando los muslos entre sí. A pesar de tener tan solo 22 años, Mistress Patrizia conocía perfectamente el fenotipo de "mujer de pechos sensibles" y sabía que si seguía un poco más, la senadora acabaría corriendose en las bragas. Pero no era eso lo que pretendía. Quería mantenerla con un alto grado de excitación. Sabía que en ese estado cualquier persona era mucho más sumisa y maleable. Cuando la joven dejó de chupar sus pezones, Helen abrió los ojos. Una mezcla de alivio y contrariedad se dibujó en su cara, roja y sudorosa por la excitación. Mistress Patrizia no le dio mucha opción a pensar.

La falda –dijo- quitatela.

Sí, Mistress

La senadora Taylor bajó la cremallera de la falda color beige y dejo que se deslizase hasta sus tobillos. Después dio un paso atrás, se agachó a recogerla y la dobló sobre la chaqueta. Mistress Patrizia observó con deleite el cuerpo de aquella mujer: su liguero blanco, su incipiente barriguita, sus tetas colgando fuera del sujetador. No pudo evitar sonreir al ver cómo sus bragas blancas de encaje, a juego con el sostén, mostraban un parche de humedad por encima de su raja. La joven se acercó a la senadora y tomando el elástico frontal de sus braguitas lo separó del pubis. Helen enrojeció avergonzada al ver cómo aquella joven a la que doblaba en edad examinaba su vagina. Mistress Patrizia pudo ver un coñito con abundante bello rubio, sin arreglar y con los labios hinchados y humedecidos por la excitación.

Vaya, vaya, esto no es propio de una senadora republicana que se opone al matrimonio gay, Helen. ¿Sabes a qué me refiero, verdad?

La senadora enrojeció más si cabe.

No, Mistress.

No me mientas o lo pagarás caro. ¿Lo sabes, verdad?

Sí, Mistress –dijo Helen C. Taylor mirando al suelo.

Bien, a qué esperas. Dimelo.

La senadora tragó saliva.

Mi...mi vagina...está húmeda.

Tu ¿qué?. No, cariño, esto no es una vagina. ¿Qué es?

Helen sabía qué era lo que Mistress Patrizia quería oir.

Un coño –dijo en un susurro apenas audible

No te oigo. Habla más alto.

Un coño –dijo esta vez la senadora en un tono más elevado.

¿Y cómo esta ese coño?

Mi coño está mojado, Mistress.

¿Y por qué esta mojado, Helen?

...porque... porque estoy excitada, Mistress –dijo la senadora totalmente humillada.

¿Excitada de que otra mujer te coma las tetas?

Helen tardó unos segundos en contestar, como si las palabras no quisieran salir de su boca. Finalmente dijo:

Sí, Mistress.

Pero Helen, eso sólo les pasa a las putas y a las lesbianas. ¿Eres lesbiana, Helen?

No, Mistress.

Entonces sólo nos queda una opción. ¿qué es lo que eres Helen?

En sus 45 años, la senadora nunca había estado ni la mitad de cachonda de lo que estaba en ese momento. Su coño no sólo estaba húmedo, estaba literalmente chorreando.

Soy...soy una puta, Mistress.

Senadora Helen C. Taylor, puta. Suena bien –rió Mistress Patrizia.

Entonces se dirigió hacia el escritorio, acompañada por el clip clop de sus sandalias de tacón de aguja. Tomó un rotulador rojo de punta gruesa y volvió hacia la indefensa senadora. Sin más preámbulos quitó el tapón del rotulador y escribió cuidadosamente sobre el abdomen de Helen la palabra "PUTA", en letras mayúsculas.

Ahora ya está claro, ¿no crees?

Sí, Mistress –dijo la senadora sin protestar.

En ese momento, Mistress Patrizia supo que la resistencia de aquella arrogante mujer estaba ya rota. Ahora debía actuar con pericia para someterla totalmente. Sintió su coño humedecerse. No había nada que le produjese más placer que dominar a una mujer madura y poderosa.

Muy bien, ya va siendo hora de que me muestres el resto de tus encantos. Quitate las bragas.

Sí, Mistress

La senadora soltó los broches del liguero blanco de encaje e introduciendo los pulgares en el elástico de las bragas las bajó hasta los tobillos y se las quitó.

Metetelas en la boca –ordenó la joven

Meterlas en la boca. ¡Oh, no! pensó Helen. Estaban empapadas.

Por favor, Mistress. Están muy mojadas.

Metetelas en la boca – volvió a repetir Mistress Patrizia con los brazos en jarras y una pose amenazadora.

Sí, Mistrees

La senadora se metió lentamente las bragas en la boca y por primera vez supo a qué sabía su coño. No era tan desagradable como había creído. Mistress Patrizia se movió hasta el escritorio donde había dejado su bolso y volvió con una cinta de medir, de las que usan los sastres. Midió la cintura de Helen, y varias otras distancias en su área púbica que anotó en una pequeña libreta. ¿Qué estará haciendo?, se preguntó la senadora. Después volvió hacia el escritorio mientras ordenaba a Helen:

Separate los labios del coño y muestramelo.

La senadora tomó sus labios mayores entre el pulgar y el índice de cada mano y los separó generosamente dejando a la vista un interior rosado y totalmente cubierto de humedad y flujo viscoso. Mistress Patrizia se dio la vuelta con una cámara digital en la mano y rápidamente tomó una foto de la senadora en esa pose. Helen abrió la boca y dejó caer las bragas al suelo, al tiempo que decía:

Por favor, Mistress. No me haga fotos.

Pero no intentó cubrirse. Es más, sus manos seguian manteniendo expuesto su chocho. Sin prestar atención a sus protestas, la joven siguió tomando fotos durante varios segundos hasta que ordenó:

Ponte arqueada sobre el escritorio, quiero sacar varias fotos de tu culo.

Por favor, Mistress. No.

Patrizia se dirigió con determinación hacia la senadora y le soltó dos sopapos en las mejillas y varios en las tetas.

Obedece, puta.

Con lágrimas en los ojos pero sorprendentemente excitada, Helen se dirigió al escritorio y se arqueó sobre él dejando su culo en pompa. Mistress Patrizia tomo varias fotos.

Separa las piernas.

Sí, Mistress.

FLASH, FLASH.

Separate bien las nalgas.

Sí, Mistress.

FLASH, FLASH. !Qué humillante!. La senadora sabía que probablemente estaba exhibiendo su ano. Sin embargo no osó desobedecer. Efectivamente el pequeño y virgen ojete de Helen, el pelito rubio que recorría la raja de su culo y también su abierto y peludo coño, visible entre sus muslos estaban siendo inmortalizados por la cámara de la joven Mistress. Es el momento de darle el golpe de gracia, pensó Mistress Patrizia, de someterla totalmente.

Helen, ponte de rodillas.

Sí, Mistress –dijo la senadora sin comprender muy bien.

Helen C. Taylor se arrodilló ante la joven y la miró confundida. Mistress Patrizia se sentó en uno de los sillones.

¿Te gustan mis sandalias, Helen?

Sí, Mistress. Son muy bonitas.

Besalas.

La senadora Taylor miró a Mistress Patrizia. Los ojos de la joven aguantaron los suyos, seguros, autoritarios. Helen C. Taylor gateó hasta los pies de la joven y arqueó su cuerpo hasta que sus labios alcanzaron las bonitas sandalias de piel negra. Entonces, comenzó a besarlas. Y las besó durante varios minutos hasta que Patrizia le ordenó besar los deditos de sus pies. La senadora obedeció sin rechistar, al igual que cuando de los besos pasaron a las caricias con la lengua y finalmente a la succión de los dedos. Mistress Patrizia sabía que Helen haría casi cualquier cosa que le pidiese en ese momento. Estaba totalmente sometida.

Helen, cielo, sácame las sandalias y masajeame la planta de los pies con tu lengua.

La senadora desabrochó lentamente los zapatos de la joven y alzando alternativamente sus pies lamió una y otra vez las plantas.

FLASH. FLASH. Mistress Patrizia sacó varias fotos.

Helen C. Taylor estaba volviendose loca. No entendía por qué cuanto más humillada más cachonda se ponía. ¿Por qué se excitaba obedeciendo a aquella joven?. Dios Mio, pensó, en qué clase de ser depravado me estoy convirtiendo. Mistress Patrizia dejó que la senadora lamiese sus pies durante más de diez minutos.

Para ya, perra –dijo entonces- se me está haciendo tarde. Vuelve a ponerme las sandalias.

Helen C. Taylor se detuvo e hizo como había sido ordenada. Mistress Patrizia se incorporó, tomó su bolso y avanzó hacia la puerta.

No quiero que digas nada sobre el rapto de tu hija, ¿entendido?. A nadie. Ni siquiera a tu marido. ¿Esta claro?

Sí, Mistress.

Como me entere de que alguien sabe algo Susan será eliminada.

No diré nada, Mistress. Pero quizá los padres de Rachel lo hagan. También la habeis raptado ¿verdad?

Tu cuidate de mantener tu boca cerrada

De acuerdo, Mistress. ¿Y mi Susan? ¿Cuándo la vais a soltar?

Pronto. Me pondré en contacto contigo.

Con estas palabras Mistress Patrizia abandonó la oficina de la senadora. Esta seguía en el suelo, desnuda a excepción de sus medias y liguero blancos, sus sandalias negras y su sostén sobre el cual colgaban sus grandes tetas. Tan pronto como se cerró la puerta, Helen C. Taylor se llevó la mano a la entrepierna y comenzó a masturbarse vigorosamente. Con su mano libre alcanzó sus sucias bragas y se las metió de nuevo en la boca. Sabía que el orgasmo iba a ser brutal y no quería que nadie la oyera. Casi de seguido comenzó a correrse. Su cuerpo temblaba sobre el parquet. Una mano masajeaba el clítoris, mientras la otra pellizcaba sus pezones con fuerza y su coño soltaba líquido en verdaderas eyaculaciones. La senadora no podía creerse el placer tan intenso que estaba experimentando. Aquel orgasmo parecía no tener fin.

Biiip, Biiip. El maldito interfono.

Helen no podía parar de tocarse el coño.

Biiip, Biiip.

Aaaaarg, otro orgasmo.

Toc, toc, toc, golpes en la puerta

Senadora Taylor, ¿está usted bien? –era Lisa

Helen se sacó las bragas de la boca.

Un...un...mo..momento Lisa. No entres, por favor.

La senadora se incorporó y colocó sus pechos dentro del sostén. Después se puso el resto de la ropa, a excepción de las mojadas bragas que guardó en un cajón de su escritorio. Entonces se sentó en su sillón.

Puedes pasar, Lisa.

Lisa abrió la puerta un tanto sorprendida. Era una joven de 25 años, rubita de ojos azules y tez clara. No era muy alta pero al ser delgada su cuerpo estaba bien proporcionado. Sus pechos eran pequeños, una 80B y su culo carnoso y redondito. La senadora Taylor dejó que la secretaria llegara ante su mesa.

¿Qué deseas? –preguntó, recobrando su autoridad

Sólo quería recordarle que en media hora tiene su cita con el Alcalde. No respondía al interfono, por eso...

Sí, sí, perdona. Estaba ocupada con algo.

"Me estaba corriendo como una loca", pensó para sí y ese pensamiento hizo que volviese a excitarse.

¿Alguna cosa más, Lisa?

No, senadora. Bueno, sí...creo que debería abrir un poco la ventana.

Helen C. Taylor enrojeció hasta las orejas. Ella no podía percibirlo pero sospechaba que el olor a sexo impregnaba la habitación.

Gracias por el consejo, Lisa

No hay de qué. –respondió la secretaria dando media vuelta y abandonando la habitación.



La imaginación al poder

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Mistress Patrizia se dirigió hacia su vehículo con una sonrisa de satisfacción. Todo estaba saliendo tal y como estaba planeado. Abrió la puerta trasera del Mercedes negro y entró en el coche. En el asiento del conductor, su chofer, una joven atractiva de pelo negro esperaba pacientemente.

Ve a esta dirección –dijo alargandole un trozo de papel con unas señas escritas.

Como usted ordene, Mistress –respondió la joven. Y puso en marcha el vehículo.

Mistress Patrizia tomó la cámara digital, la conectó a un ordenador portatil que descansaba sobre una pequeña mesa auxiliar y descargó las fotos que había tomado. Habían quedado estupendas, claras y nítidas. Con ellas la senadora Helen C. Taylor había puesto toda su brillante carrera profesional en sus manos. Patrizia saboreó durante unos segundos la sensación de poder. Desde los catorce años, en que por primera vez había dominado a una compañera de colegio, la joven disfrutaba intensamente del dominio que ejercía sobre otras personas. Después de ocho años, múltiples experiencias y convertida en una dominatrix profesional, Mistress Patrizia seguía gozando como aquella primera vez.

La joven grabó varios CDs con copias de las fotos que había tomado a la senadora y guardó todos, menos uno en un compartimento secreto oculto bajo el asiento. El coche se dirigió hacia el barrio más selecto y elegante de la ciudad y finalmente se detuvo ante una verja tras la cual se veía un impresionante chalet.

Espera aquí hasta que regrese–ordenó Mistress Patrizia a su chofer.

Sí, Mistress.

La joven salió del vehículo llevando con ella el CD con las fotos, y abriendo el maletero cogió una bolsa grande de deporte que se ciñó al hombro. Entonces se dirigió hacia la verja y pulsó el portero automático.

¿Sí? –dijo una voz femenina a través del aparatito.

Deseo ver a la señora Bianca Redgrave. Mi nombre es Patrizia. Me está esperando.

Un momento, por favor –dijo la voz al otro lado.

Pasaron unos segundos.

Pase, por favor –dijo la misma voz.

Se oyó un click sordo y la verja se abrió. La joven pasó al otro lado y la cerró tras de sí. Cuando llegó a la vivienda la puerta estaba abierta y una joven criada la esperaba.

Buenas tardes, señorita. Pase, por favor. La señora Redgrave la espera en su despacho privado. La llevaré hasta allí.

Gracias

La criada vestía una bata azul celeste de una pieza que le llegaba ligeramente por encima de las rodillas y unas sandalias blancas planas con dos tiras transversales. Era una joven rubita, bastante atractiva. Mistress Patrizia la siguió, lamentando que la señora Redgrave no hiciese vestir a su criada con el atuendo reglamentario. Llegaron ante una puerta de madera y la joven sirvienta golpeó con los nudillos.

Adelante –dijó una voz.

La chica abrió la puerta y se apartó a un lado para dejar pasar a la dominatrix. Después volvió a cerrar. La señora Redgrave dejó que los pasos de la criada se alejaran y entonces casi se avalanzó hacia la joven Mistress.

¿Cómo ha ido? Estoy tan nerviosa que habría corrido yo a abrirte, pero tengo que guardar las formas. ¿Ha funcionado?

Mistress Patrizia miró detenidamente a Bianca Redgrave. Era la segunda vez que se veían. A sus 42 años, Bianca era una mujer atractiva y elegante. Derrochaba clase y estilo. Llevaba su cabello rubio recogido en una coleta, que resaltaba sus grandes ojos azules y sus gruesos labios con implantes de silicona. Sus pechos también habían visitado el quirófano para pasar a tallar una 100D. Vestía una camisa blanca, falda corta negra y medias negras que resaltaban su perfecto cuerpo. Unos zapatos de tacón bajo, también negros, completaban su atuendo.

Tu amiga la senadora se ha roto como una niña de colegio –respondió la dominatrix.

¡Bien! –gritó Bianca con júbilo- ¿Tienes fotos?

La joven le alargó el CD. Bianca Redgrave casi corrió hasta su ordenador e insertó el disco. Segundos después las imágenes se plasmaban en la pantalla.

¡Oh, Dios mio! ¿Cómo conseguiste que se dejase escribir "PUTA" en la barriga? Cielos, se le ve todo el ojete... los pies, le hiciste chuparte los pies. Patrizia, eres fantástica –dijo la señora Redgrave. Estaba eufórica.

La joven dominatrix la miraba en silencio. Sabía que con esas fotos Bianca Redgrave podría cumplir su sueño: controlar y humillar a su amiga y rival, la senadora Helen C. Taylor. Ambas eran amigas desde niñas, pero mientras Helen había conseguido llegar a senadora estatal, Bianca había abandonado sus estudios universitarios al casarse con Jack Redgrave. Jack era un acaudalado empresario y la fortuna de los Redgrave era mayor que la de los Taylor, sin embargo Bianca envidiaba el poder y la admiración que despertaba su amiga. Pero aquellas fotos lo cambiarían todo, pensaba Bianca Redgrave mientras abría un cajón del escritorio y sacaba varios fajos de billetes.

Cien mil dólares, tal y como habíamos acordado –dijo extendiendo el dinero hacía Mistress Patrizia

La joven Mistress tomó los fajos, uno a uno y los fue guardando en su bolsa de deporte.

¿Cuándo vais a liberar a las niñas? No me hace demasiada ilusión que mi Rachel haya tenido que pasar por esto. Sé que era necesario para no levantar sospechas y evitar que ella diese la voz de alarma a las autoridades, pero es la parte que menos me ha gustado del plan –apuntó la señora Redgrave.

No tenemos intención de liberarlas de momento –dijo Mistress Patrizia con tranquilidad – No hasta que hayan sido cuidadosamente adiestradas.

Bianca Redgrave se levantó como un resorte.

¿¿Cómo?? Espero que lo que acabas de decir no sea más que una broma–dijo en tono serio.

No, querida Bianca, no lo es. Tu has hecho tus planes y yo los mios. Y ahora es cuando empieza MI juego.

No puedo creer lo que dices. ¿Intentas traicionarme?.

Cómo puedes hablar tu de traición, teniendo en cuenta lo que has planeado hacerle a tu amiga.

Pero...pero...está bien. ¿Cuánto quieres por liberar a mi hija? –preguntó Bianca Redgrave sintiendose arrinconada y sin argumentos.

De momento, puedes empezar por quitarte la ropa.

¡Oh, No! Eso no, por favor, Patrizia. Cualquier cosa menos eso.

Bianca, no es una sugerencia. Es una orden. Y a partir de ahora soy Mistress Patrizia para ti. ¿entendido?.

No, no puedo dejar que me trates como a Helen. No lo permitiré

La joven Mistress sonrió enigmáticamente.

Está bien, me voy –dijo cogiendo su bolsa de deporte y dirigiendose hacia la puerta – no volverás a verme. Ni a tu hija tampoco.

¡No, espera! –exclamó Bianca- tiene que haber otra forma de arreglar todo esto.

Mistress Patrizia puso su mano en el pomo de la puerta y comenzó a abrirla.

Por favor, Patrizia, por favor, no puedo hacer lo que me pides.

La puerta estaba ya abierta y la joven con medio cuerpo fuera de ella.

¡Espera, por favor! Dejame pensarlo un poco.

Patrizia cerró la puerta tras de sí y se dirigió hacia la salida. Cuando estaba ya cerca de la verja, oyó cómo la joven criada le llamaba a gritos y corría hacia ella. La dominatrix se detuvo y dejó que la chica le alcanzara.

Señorita, por favor, espere un minuto. La señora Redgrave me ha pedido que le diga que vuelva, que se ha olvidado de algo.

Mistress Patrizia sonrió. Sabía que Bianca Redgrave acabaría sometiendose. Acompañada por la sirvienta volvió hasta la casa y ya en la puerta del despacho la despidió. Cuando se encontró a solas, abrió la puerta y entró. Bianca Redgrave la esperaba en el centro del despacho, totalmente desnuda y cubriendose los pechos y el pubis con ambas manos. Su ropa descansaba sobre una silla.

Por favor, Patrizia –empezó sin convicción- estoy segura de que podemos arreglar esto de otra forma...

La dominatrix se había acercado hasta colocarse frente a ella.

Regla 1: No hables a menos que seas preguntada. Regla 2: Te dirigirás a mi como Mistress Patrizia. ¿está claro? –dijo ignorando el último intento de Bianca de oponerse a lo que se le venía encima.

Al perder la ropa, la señora Redgrave había perdido buena parte de su coraje. Resignada respondió:

Sí, Mistress.

Patrizia abrió su bolsa de deporte y extrajo una pieza de cuero.

Pon las manos tras la espalda –ordenó.

Bianca Redgrave se mostró reticente a descubrirse. La joven Mistress sonrió.

Vamos, Bianca, no es la primera vez que veo unas tetas y un coño.

Lentamente, mirando al suelo, la señora Redgrave comenzó a mover sus brazos hacia la espalda. Sus blancas tetas, coronadas por dos rosados pezones y su coñito rubio, cuidadosamente arreglado quedarón ante los ojos de la joven. Mistress Patrizia se situó tras la mujer y comenzó a introducir sus brazos en la pieza de cuero que no era más que dos guantes unidos que llegaban hasta los codos y los forzaban hacia atrás dejando sus pechos obscenamente expuestos.

¿Qué...qué me haces? –acertó a decir la señora Redgrave.

Sus palabras fueron seguidas por un fuerte azote en su nalga derecha.

¡Ooooh! –exclamo Bianca pillada por sorpresa.

La próxima vez que hables sin permiso será más que un azote.

La señora Redgrave guardó silencio. Mistress Patrizia terminó de colocarle los guantes y sacó de su bolsa unas esposas de cuero conectadas por una barra extensible que ajustó alrededor de los tobillos de la mujer. La barra estaba recogida, lo que permitía a Bianca seguir manteniendo sus piernas razonablemente juntas. Después, la joven tomó un collar de cuero negro, con argollas y lo ajustó alrededor del cuello de una asustada Bianca Redgrave.

Una vez asegurada su presa, Patrizia comenzó a desnudarse. Bianca observó cómo la bella joven se quitaba las sandalias y deslizaba los pantalones de cuero por sus piernas. Llevaba un diminuto tanga negro del que se deshizo a continuación dejando a la vista un coñito totalmente depilado, abierto y húmedo. Está excitada, pensó Bianca y sin poderlo controlar sintió un hormigueo en su estómago. Mistress Patrizia se quitó el top y sus pechos quedarón al aire. Tallaba sólo una 85C, pero tenía unos pezones obscenamente largos y morenos. La señora Redgrave los mirada embobada mientras la joven removía dentro de su bolsa y extraía un arnés con un gran falo negro. Bianca abrió los ojos como platos al ver la descomunal polla. No pensará meterme ese monstruo, pensó y a pesar de su aprehensión sintió cómo su conejito se humedecía. La verdad era que la señora Redgrave estaba a falta de sexo. Jack y ella lo hacían cada vez menos y era un acto rápido y funcional, claramente insuficiente para Bianca cuyo deseo sexual había ido in crescendo con los años. Mistress Patrizia se colocó cuidadosamente el arnés. Un pequeño apéndice se introducía dentro de su propia vagina, rozándo su clítoris y haciendo que ella también gozase durante la penetración. Finalmente, la joven Mistress se puso un antifaz de cuero negro con prolongaciones laterales que ocultaba sus facciones.

Patrizia se dirigió entonces hacia la señora Redgrave y le colocó otro antifaz, pero éste, a diferencia del suyo no permitía ver absolutamente nada. La joven no quería que aquella mujer viese cómo instalaba dos videocámaras sobre sendos trípodes en ambos extremos de la habitación.

Es hora de empezar -dijo la dominatrix al tiempo que pulsaba el "record" de las cámaras – Dime tu nombre completo.

Bianca Cassandra Redgrave, Mistress

Y tienes 42 años, ¿verdad?

Sí, Mistress.

Tu marido, Jack ¿qué edad tiene?

50 años, Mistress

¿Te trata bien, Bianca? Ya me entiendes. ¿Te trabaja bien tu linda cosita o te tiene descuidada? –preguntó la joven pasando lentamente un dedo entre los labios vaginales de la mujer.

El cuerpo de la señora Redgrave se extremeció.

Me...me trata bien –mintió.

Algo me dice que no debo creerte –aventuró Patrizia- y mentir a tu Mistress no está bien, nada bien.

Mistress Patrizia masajeó entre sus dedos el pezón derecho de la indefensa Bianca hasta que en contra de su voluntad se puso duró como una roca.

Quizá esto te sirva como recordatorio para no volver a hacerlo.

Y tomando una pequeña pinza con dientes de cocodrilo la cerró sobre el hinchado pezón.

¡Aaaaaauuuu! –gritó la mujer, el dolor registrandose instantaneamente en su cerebro- por favor, Mistress, quiteme eso, no puedo aguantarlo.

La dominatrix observó con una sonrisa cómo la señora Redgrave bamboleaba sus tetas intentando aliviar el dolor. Se oyeron unos golpes en la puerta. Era la criada.

¿Señora Redgrave? He oido un grito. ¿va todo bien?

Bianca se compuso como pudo, pero su pezón dolía terriblemente.

No pasa nada, Pamela. No te preocupes y vuelve a tus tareas.

Sí, señora Redgrave.

Mistress Patrizia esperó a que los pasos se alejaran.

Sigamos con lo nuestro –dijo- Bien, me decias que tu marido te trataba bien ¿no es cierto?

La joven acarició el pezón izquierdo de Bianca con otra pinza metálica. La mujer no necesitó más estímulo. El dolor en su pezón derecho era ya suficiente.

No, Mistress, no es cierto. Me tiene muy descuidada.

Así que este chochito pasa hambre ¿mucho hambre? –pregunto la joven recorriendo una y otra vez la raja de la señora Redgrave y notando cómo se humedecía

Sí, Mistress –respondió Bianca enrojeciendo intensamente.

Pero estoy segura que una mujer bella como tu tendrá muchos admiradores, ¿amantes quizá?

La mujer no dudó ni un instante.

No, Mistress. Siempre he sido fiel a mi esposo.

Así que eres de las que se masturban para compensar la falta de sexo conyugal.

La señora Redgrave enrojeció.

Sí, Mistress.

Y ahora, tras controlar a la senadora Taylor, quizá pretendías sustituir tus deditos por su lengua...

No, Mistress, no

¿Estas segura?

Sí, Mistress. No me gustan las mujeres.

¿Cómo lo sabes? ¿Has estado con alguna?

No, Mistress. Nunca se me pasaría por la cabeza estar con una mujer.

Pero ahora estás conmigo y tu coño está muy, muy mojadito. ¿Estas excitada?

Un poco, Mistress

¿Un poco? –preguntó la joven rozando el pezón de la mujer con la pinza metálica.

Mucho, Mistress. Estoy muy excitada, muy cachonda.

Quizá sea porque yo soy una mujer especial, Bianca. Tengo una enorme polla negra. ¿Te gustan las pollas, Bianca?

Sí, Mistress.

Arrodillate, Bianca

La señora Redgrave se arrodilló con dificultad, mientras Mistress Patrizia le sujetaba por la coleta equilibrándola. La joven tomó su falo con una mano y lo llevó hacia la boca de la mujer, hasta que tocó sus labios.

Besame la polla, Bianca.

El cuerpo de la señora Redgrave se extremeció presa de la excitación al tiempo que sus labios comenzaban a besar el enorme falo negro. Estaba liso y suave y de forma inconsciente comenzó a pasar la lengua por su superficie. Mistress Patrizia agarraba su coleta y dirigía sus movimientos. Bianca jamás se habría imaginado en esa situación, pero la cruda realidad es que se encontraba tremendamente excitada. Por eso, cuando la dominatrix presionó la punta del falo contra sus labios, la mujer abrió la boca y engulló con ansia el negro pollón.

Eso es nena, demuestrame lo zorra y lo mamona que eres.

Aquel trato excitó más si cabe a una caliente señora Redgrave, que comenzó a mamar la polla de Patrizia, todo lo bien que podía habida cuenta de su posición. La joven contemplaba con deleite cómo Bianca se iba rompiendo ante sus ojos. Veía cómo sus labios se tragaban todo lo que podían de su negro falo y sabía que pronto estaría haciendo cualquier cosa que le ordenase. Tenía grandes planes para las dos amigas, y para sus hijas, y quién sabe, quizá también para sus maridos. Mistress Patrizia agarró con firmeza la coleta de la mujer y poniendo la otra mano tras su nuca comenzó a embestirla con fuerza. Bianca aceptaba como podía aquella polla que se estaba follando su cara y amenazaba con pasar a su garganta. Su boca estaba abierta al límite por el grueso falo y por las comisuras de sus labios se escapaba abundante babilla.

Eso es zorra, tragate mi polla. Quiero ver tu boca de millonaria llena de rabo.

Mmmmmpff, mmmmmpff –es todo lo que salía de la boca de la señora Redgrave.

Las embestidas de Mistress Patrizia eran cada vez más potentes. Bianca Redgrave era una marioneta en sus manos.

Quiero mi polla en tu garganta, perra. ¡Tragala!

NO PODÍA. Bianca jamás había tenido un falo en su garganta. No sabía cómo hacerlo.

Mmmmmmpf, mmmmmmpffff

Mistress Patrizia empujaba, pero una tensa y asustada Bianca no permitía que su garganta se relajase lo suficiente. "Esta zorra es una puta novata", se dijo la joven "va a ser un placer romperla".

Escuchame bien, nena –dijo la dominatrix- o relajas la garganta o te meto los veinticinco centimetros de polla en el culo.

Mmmmmmppfffffff, mmmmmmpfffff

Bianca estaba histérica y asustada. En el culo, NO. Tenía que abrir la garganta, tenía que tragarse aquel falo. La pobre lo intentaba pero no conseguía relajarse. Patrizia luchaba por no reir. Veía cómo la señora Redgrave hacía todo lo posible por tragarse el consolador, sin conseguirlo. Dejó que lo intentara durante varios segundos y entonces extrajo el falo de su boca.

Bueno –dijo- veo que prefieres que te rompa el culo.

No, por favor, Mistress –la pobre Bianca estaba llorando – se lo suplico, se lo suplico. Me va a desgarrar el ano. Nunca lo he hecho por ahí.

¡Estupendo, una virgen! No hay nada que me guste más que romperle el culo a una virgen.

La señora Redgrave lloraba y gimoteaba asustada.

Por favor, Mistress. Se lo suplico. Haré lo que sea pero no me meta ese pollón por el culo.

¿Y qué harás, Bianca?

Lo que quiera, lo que quiera –respondió rauda la mujer, buscando una salida que le permitiese salvar su apretado ojete

Muy bien, preparate para una buena comida de coño.

La idea le produjo una total repulsión. Comerle la raja a otra mujer...no quería, pero sabía que poniendo pegas solo conseguiría que la dominatrix le rompiese el culo

Sí, Mistress.

Patrizia sonrió satisfecha. Sabía que podría haber obligado a las señora Redgrave a comerle el coño, pero con esta estratagema conseguía que lo hiciese voluntariamente y se sintiese más humillada. La joven Mistress se quitó el arnés y movió uno de los sillones hasta que quedó frente a la mujer, que permanecía arrodillada en silencio. Entonces, se sentó en él y colocó sus piernas sobre los brazos de forma que su depilada raja quedaba totalmente expuesta.

Muy bien, Bianca. Hora de comer –dijo la dominatrix, agarrando la coleta de la mujer y dejando su cara a escasos centímetros de su almeja.

La señora Redgrave sacó la lengua de forma tentativa y comenzó a lamer la raja de la joven Mistress.

Eso es, perrita, lamemelo bien. Quiero sentir tu lengua de millonaria lamiendome el coño. ¿Para qué te sirve ahora todo tu dinero, zorra? No eres más que una vulgar comecoños.

Sin saber por qué, Bianca comenzó a lamer con vigor la raja de la joven. Para su sorpresa, el sabor no era desagradable y de alguna forma se sentía excitada con el trato que le daba Patrizia. Tras varios minutos lamiendo la vulva y el clítoris de la joven, la señora Redgrave se dio cuenta de que estaba disfrutando con aquello y poseída por una lujuria que no podía explicar se aventuró a hundir la lengua en la almeja de Patrizia.

Ooooooooh, siiiiiiii. Qué gusto. Ummmm, cómo me gusta tener tu cara enterrada en mi coño. Oooooooh. Creo que voy a ....uuuuuhhhh....usar tu lengua muy a....aaaaaaaaahh menudo.

Bianca movía la lengua dentro del coño de su excitada Mistress, lamiendo el abundante flujo que ésta estaba produciendo. La dominatrix estaba bastante cachonda después de los eventos del día y no tardó en alcanzar un potente orgasmo que baño de jugo toda la cara de la señora Redgrave, incluido el antifaz que cubría sus ojos.

Ooooooohhh, qué rico – exclamó Mistress Patrizia una vez que el intenso orgasmo comenzó a dejarle hablar- lameme perrilla. Dejame limpita con tu lengua.

La joven agarraba la coleta y dirigía la boca de Bianca por toda su raja haciendole lamer y limpiar todo. Con una sonrisa perversa, Patrizia levantó un poco sus caderas y la lengua de la mujer se encontró lamiendo la zona entre la vagina y el ano. La señora Redgrave no protestó, así que Mistress Patrizia arqueó más su espalda ofreciendo a Bianca su joven ano. La mujer se quedó atónita cuando en su siguiente lengüetazo sintió lo que indudablemente era el esfinter de Patrizia. Dios santo, se dijo, acabo de lamer su culo. Su cara ardía de vergüenza.

¿Qué pasa? ¿por qué paras? ¿te he dicho que pares? –preguntó la dominatrix

No, Mistress.

Entonces sigue lamiendome el culo

Sí, Mistress –respondió Bianca sin atreverse a protestar

La mujer se forzó de nuevo a lamer, enslivando y acariciando una y otra vez el ojete de Mistress Patrizia con su lengua. Aquello era tan perverso...una mujer respetable como ella...forzada a lamer el culo a una joven que podría ser su hija. Y lo desconcertante es que su coño estaba chorreando. Tras muchos minutos trabajando el esfínter de Patrizia, Bianca comenzó a sentir calambres en la lengua y deteniendose, se lo comunicó a su Mistress.

Está bien, puedes dejar de lamer mi culo, pero quiero que hagas un poco más de esfuerzo y me lamas el coño hasta que me vuelva a correr en tu boca

Sí, Mistress

En segundos, la señora Redgrave ponía todo su empeño en llevar a la joven a un nuevo orgasmo. Alternaba como podía el trabajo de su cansada lengua con las succiones de sus carnosos labios. Patrizia estaba en el cielo. A pesar de su recelo inicial, Bianca le estaba comiendo el potorro como si del manjar más exquisito se tratase. Succionaba y lamía su clítoris, su hinchada vulva, le penetraba con su lengua..."Joder con la millonaria que nunca ha comido un coño", pensó la dominatrix, al borde del extasis, que no tardó en llegar.

Meee, meee cooooorrooooo –gritó Patrizia cuando sintió que su orgasmo no tenía marcha atrás.

Bianca lamió el clítoris de la joven con todo el vigor que le permitía su dolorida lengua y entonces, sin saber muy bien por qué abrió los labios al máximo y dejó que los flujos que desprendía el coño de su Mistress bañasen su boca.

Ooooh sí, joder qué puta eres –gritó la dominatrix apretando con fuerza la cara de la mujer contra su almeja y dejándola sin respiración –comete todo mi juguito, guarra.

El orgasmo fue húmedo y delicioso y Patrizia tardó varios minutos en recuperarse. La cara de Bianca brillaba con el flujo de la joven. Ésta llevó su pie derecho entre las piernas de la señora Redgrave, que estaban ligeramente abiertas y deslizó los deditos por su raja. La mujer suspiró con pasión.

Saca la lengua –ordenó la joven

Bianca obedeció y Patrizia limpió sus mojados dedos con la lengua de la mujer, sin que ésta protestase. Repitió este proceso otras dos veces más con el mismo resultado. La señora Redgrave estaba sometida. La dominatrix la ayudó a incorporarse y acto seguido le retiró el antifaz. Tras acostumbrarse de nuevo a la claridad, la mujer no tardó en notar las cámaras.

¡Has estado grabando todo! –exclamó alarmada.

Sí –respondió Mistress Patrizia mirandole con fuerza a los ojos- ¿algún problema?

La señora Redgrave hacía bastantes minutos que había capitulado ante la dominante joven.

No, Mistress –dijo humillando la cabeza.

No mires al suelo. Mira a esa cámara y di lo puta que eres y lo que disfrutas siendo mi esclava.

La mujer enrojeció, pero miró a la cámara y dijo:

Soy una puta y disfruto siendo la esclava de Mistress Patrizia.

Esa afirmación era cierta en gran medida. La señora Redgrave estaba sintiendo una serie de sensaciones que no sabía explicar, pero que tenían su cuerpo en un estado de permanente excitación. La dominatrix la condujo hacia el escritorio y tirando todo lo que había encima la forzó a inclinarse sobre él. Sus tetas quedaron aplastadas contra la madera y su culo expuesto. La pinza de su pezón, a la que se había acostumbrado comenzó a doler horrores. Mistress Patrizia abrió la barra extensora y sus pies fueron separándose hasta quedar separados un metro. Su encharcado coñito quedaba totalmente expuesto, al igual que su pequeño y cerrado esfínter. Bianca se sentía expuesta y humillada, pero a la vez excitada sabiendo que aquella joven podía ver sus agujeros más íntimos. Mistress Patrizia se volvió a ajustar el arnés y acercó su polla negra al chocho de la indefensa mujer, dejando que el glande rozase sus hinchados labios.

Oh, sí, follame Mistress

La señora Redgrave estaba tan caliente y con tantos deseos de correrse, que al sentir la suave verga rozando su sexo, no pudo aguantar más.

¡PLAFFF! Un sonoro cachetazo se estrelló en sus nalgas.

¡Ayyyyyy! –gimió

No vuelvas a hablar sin permiso.

Perdón, Mistress

Si quieres que te folle tendrás que suplicarlo.

Era humillante. No debía hacerlo. Pero estaba tan cachonda. Necesitaba correrse. Quería sentir aquel pollón taladrándole el coño.

Por favor, Mistress. Le suplico que me folle con su gran polla negra –pidió comiendose su orgullo

¿Vas a ser mi putita, Bianca?

Sí, Mistress

Te voy a adiestrar para ser una buena esclava, ¿es eso lo que quieres?

Sí, Mistress

Patrizia empujó y hundió lentamente el enorme falo en el coño de la señora Redgrave. A pesar de que era mucho más largo y grueso que el de su marido, la mujer estaba tan mojada que entró con facilidad distendiendo las paredes de su vagina.

Oooooooh, siiiiiiii. Qué bueno – gimió Bianca, extasiada.

Mistress Patrizia sacó la polla lentamente y volvió a meterla esta vez con más fuerza.

Oooooooooooh –volvió a gemir la mujer.

La dominatrix volvió a repetir este procesó penetrándola cada vez con más vigor. La señora Redgrave se estaba derritiendo de placer ante sus ojos. Chofff, chofff Las violentas embestidas de aquel falo, chapoteaban en el encharcado coño de Bianca, que estaba en el paraíso.

Oooh, Siii, siiii, Mistress. No pare. Folleme. Folleme. Ooooh, Dios Santo. Qué gustooooo. Folle a su esclava. Folle a la puta. Grrrrrrrrmmmm, oooohhhh. – la señora Redgrave corría desbocada hacía su orgasmo.

El intenso placer que estaba sintiendo le hacía olvidarse de cualquier otra cosa que no fuese conseguir el clímax, incluido el tono de sus gemidos, gritos y gruñidos que cada vez eran más audibles, entrecortados por jadeos y suspiros. La propia Patrizia estaba bastante cachonda, el consolador también estimulaba su clítoris y psicológicamente le estaba poniendo a cien el ver a la madura señora Redgrave sometida a su dominio y gozando como una perra. A pesar de eso pudo oir cómo la puerta del despacho se abría con un suave "click". Estaba de espaldas a ella así que no podía ver quién la había abierto, pero tenía pocas dudas; sólo podía ser Pamela, la criada. Los gritos de placer de la señora Redgrave eran claramente audibles desde el pasillo y la joven empleada doméstica no había podido resistir la curiosidad de entornar la puerta y cotillear. Al instante sus ojos se abrieron como platos sin poderse creer la escena que se desarrollaba ante sus ojos. Aquella joven esbelta y atractiva parecía estarse follando a su señora. No pudo evitar que un grito ahogado de sorpresa escapara su garganta, marcando casualmente el inició del orgasmo más intenso de la vida de la señora Redgrave.

¡Aaaaaaaaarrrrrggggggg! ¡Aaaaaaaaaaaaaahhhhh! ¡Meeeeecoooooooooorrrrrrooo! ¡Meeeeee cooooooooorrrrrroooooo!¡Puuuutaaaaaaaa, puuuuuuutttttttaaaaaaaaaaa! ¡Aaaaaaaaaaaaaaaa!

Mistress Patrizia se follaba con tremenda violencia el jugoso coño de Bianca que se estaba derritiendo de placer, ajena a la mirada atónita de su criada que miraba todo aquello como si de un sueño se tratase. El cuerpo de la señora Redgrave estaba temblando y parecía extremecerse en oleadas, como si estuviese recibiendo corrientes eléctricas.

Oooooooooooh, Ooooooooooh –volvió a gemir Bianca Redgrave, encadenando otro clímax

Eso es zorra, correte y goza como jamas lo has hecho con tu marido.

Aaaaaaaahhh, aaaaaaah, siiiiiiiiiii Miiistresssss, graaaaaaa...cias Mistresssssss, oooooooh, ooooooohh.

Y tu, ven aquí –ordenó la dominatrix dirigiendose a Pamela sin girar la cabeza.

La joven criada estaba paralizada viendo la escena de sexo que se desarrollaba entre las dos mujeres y no se dio cuenta de que Mistress Patrizia se dirigía a ella hasta que ésta giró su cuello y sus ojos se clavaron en los de la sirvienta.

¡No me has oido! He dicho que te acerques aquí.

Un escalofrío recorrió el cuerpo de la criada al saberse descubierta, pero acostumbrada a obedecer órdenes se dirigió hacia donde estaba la dominatrix, que en ese momento extraía el falo negro del satisfecho coño de Bianca. La señora Redgrave, aún gozando de los remanentes de su potente orgasmo, giró la cabeza y sus ojos registraron la figura de su joven sirvienta dirigiendose hacia ellas.

¡Pamela! –exclamó, sintiendose totalmente humillada y avergonzada de que su criada la viese en aquella situación tan impúdica.

Yo...lo siento, señora...oí los....gritos desde el pasillo y.....

A callar las dos. Aquí la única que habla soy yo –ordenó Patrizia

Sí, Mistress. Perdón, Mistress –dijo rauda Bianca Redgrave.

Sí, señora –respondió Pamela fascinada por la sumisión de su señora ante aquella joven que no tendría muchos más años que ella.

La criada no podía quitarle ojo al tremendo falo negro, cubierto de flujos que colgaba entre las piernas de Mistress Patrizia.

Muy bien, Pamela. ¿Ese es tu nombre, verdad? Pamela ¿qué?

Connors, señora. Pamela Connors.

Muy bien, señorita Connors. Dejeme hacerle una pregunta. Una buena sirvienta no escucha tras las puertas, ni las abre sin permiso para ver lo que ocurre dentro ¿verdad?

Señora, yo no...los gritos...

¡Conteste a mi pregunta! –ordenó Mistress Patrizia enérgicamente.

No, señora. Una buena sirvienta no escucha tras las puertas, ni las abre sin permiso –respondió la joven un poco asustada y de forma balbuceante.

Por lo cual, deduzco que un castigo es pertinente para ayudarle a enderezar esa conducta. Recibirá diez golpes de fusta en las nalgas.

Pero, señora, no creo...

Quince

Por favor, señora Redgrave –la joven criada intentó que su señora intercediese por ella, pero Bianca permaneció en silencio.

Veinte

No voy a dejar que me azote. Eso no es legal –respondió la chica con poca convicción en la voz.

Con la rapidez de un rayo, la dominatrix soltó un temible bofetón a la cara de la criada, que la dejó tambaleandose. Sin tiempo a reponerse le dio otro en la mejilla opuesta y agarrando su pelo con fuerza, puso su cara a excasos centímetros de la de Pamela. La joven lloraba desconsoladamente, la cara le ardía y su cuerpo temblaba de miedo.

Cincuenta azotes, los cuentas y me das las gracias por cada uno de ellos. ¿Esta claro?

Sí, señora – respondió Pamela atemorizada.

Agarrate los tobillos con las manos –ordenó Mistress Patrizia soltando el pelo de la joven.

La criada separó ligeramente las piernas para ganar estabilidad y dobló su cintura hasta sujetar los tobillos. Seguía llorando. En esa posición, la bata azul subía lo suficiente para dejar al descubierto la mitad de sus nalgas y el trozo de braga que cubría su entrepierna. Llevaba unas braguitas de algodón rosa, un tanto infantiles. Mistress Patrizia se acercó a su bolsa de deporte y tomó una fusta negra, que acababa en una pieza plana rectangular. Después volvió hasta la joven y levantó su bata por encima de la cintura, dejando a la vista todo su trasero. Era un culo carnoso, proporcionado, con dos nalgas mullidas, cubiertas aún por las braguitas rosas. La dominatrix introdujo sus pulgares en el elástico y las bajó lentamente, hasta que quedaron retenidas a la altura de las rodillas de Pamela. El coñito de la criada, poblado por abundante pelo castaño y rizado se hizo visible entre sus muslos. Los gimoteos de la joven se hicieron más acusados. La señora Redgrave seguía con el torso apoyado sobre el escritorió, pero se había ladeado un poquito y podía ver a la pobre sirvienta preparada para el castigo. Se sentía mal por ella, pero no se atrevía a decir algo que pudiese enojar a Mistress Patrizia. Pamela no debería haber abierto la puerta, se dijo, ha sido una estúpida irresponsable y quizá se merezca los azotes.

Ssssshhhh, ¡Plafff!

Aaaayyyyyy

Mistress Patrizia no había puesto mucha fuerza, pero la pobre criada no pudo evitar un grito de dolor cuando la fusta se estrelló contra sus nalgas. Y se olvidó de contar y de agradecerlo.

Este no cuenta –afirmó la dominatrix- y no lo hará ninguno hasta que obedezcas.

La joven no entendía y no se dio cuenta de lo que pasaba hasta que otros dos latigazos la habían hecho extremecer de dolor. Entonces recordó lo que debía hacer.

Ssssshhhh, ¡Plafff!

¡Auuuuu! Uno, gracias Mistress Patrizia

Ssssshhhh, ¡Plafff!

¡Ayyyyyy! Dos, gracias Mistress Patrizia.

La intensidad de los latigazos iba in crescendo y para el décimo la pobre Pamela era un manojo de lágrimas. Sus nalgas ardían y sus gritos de dolor inundaban la habitación.

Ssssshhhh, ¡Plafff!

¡Aaayyyyyyyyy! Once, gracias Mistress Patrizia.

La dominatrix sabía que la joven no aguantaría los cincuenta golpes y en ningún momento había planeado darselos, sólo quería que ella pensase que sí iba a hacerlo para así obligarla a negociar otros actos de sumisión. Así, en el decimoquinto latigazo, cuando vio que las piernas de la criada empezaban a flaquear, Patrizia movió la fusta con habilidad y estrelló con fuerza el rectángulo plano contra los labios vaginales de la joven.

¡Aaaaaaaaaaaaah! ¡Aaaaaaaaaaaaah!

Pamela se retorcía de dolor y sin poder evitarlo se incorporó y comenzó a restregarse el coño para aplacar la quemazón al tiempo que no paraba de moverse por la habitación. Sus bragas rosas se deslizaron hasta el suelo y la bata sobre su culo, pero el roce era tan molesto que al poco la joven sólo usaba una mano en su raja y la otra sujetaba la bata para dejar el rojo trasero al aire. Cuando el dolor de la joven se aplacó un poco, Mistress Patrizia dijo:

Señorita Connors, vuelva a asumir la posición.

La joven criada estaba deshecha.

Por favor, Mistress Patrizia. No creo que pueda aguantar el resto del castigo.

¿el resto? No, querida. Olvidaste contar. Empezamos de nuevo desde el principio.

Nooooo – Pamela lloraba desconsoladamente. Cayó de rodillas a los pies de la dominatrix – por favor, Mistress. Por favor, haré lo que quiera, pero no me azote más, por favor.

Está bien –respondió Patrizia- voy a darte una oportunidad, pero sólo una. En cuanto vea una desobediencia o una duda en hacer lo que te ordene, recibirás los cincuenta golpes de fusta.

Gracias, señora, gracias – dijo la joven agradecida de verse liberada del doloroso castigo. Su ojos brillaban de alegría – haré todo lo que me diga.

Empieza por desnudarte por completo

Sí, Mistress.

Pamela se desabrochó los botones de la bata azul y sacándola por sus brazos la tiró al suelo. Después se deshizo del anodino sostén blanco, que acompañó a la bata. Estaba totalmente en cueros, a excepción de las sandalias blancas de tiras. Sus tetas eran pequeñas, una 80B, pero se curbaban eróticamente hacia arriba y acababan en unos largos pezones rosados, rodeados por una pequeña areola del mismo color. El cuerpo de la joven era blanco como la nieve, a excepción por supuesto de su castigado culo que mostraba tiras de color rojo intenso.

Tienes un bonito cuerpo, Pamela –dijo la dominatrix.

Gracias, Mistress –respondió la joven, enrojeciendo. Nunca le había piropeado otra mujer.

¿Cuántos años tienes?

Diecinueve, Mistress

¿novio?

Sí, Mistress. Se llama Frank, trabaja para el señor Redgrave.

¿Te folla?

La joven enrojeció, pero no osó eludir la respuesta

Sí, Mistress

¿Con qué frecuencia?

Cuando podemos. En mis días libres. Yo vivo aquí, en la habítación del servicio y aquí no estaría bien.

¿Te masturbas?

Pamela dudó unos segundos, barajando una mentira pero finalmente se decidió por la verdad.

A veces, Mistress

Bien, muestrame cómo lo haces.

¿Aquí? –preguntó sorprendida

Sí, aquí y ahora.

Sí, Mistress –aceptó la joven sabiendo que no tenía otra opción.

Avergonzada, llevó las manos a sus tetas y comenzó a acariciar tímidamente sus pezones.

Sin moverse, el torso apoyado sobre el escritorio y la pinza de dientes de cocodrilo torturando su pezón, la señora Redgrave no perdía detalle de lo que su criada estaba haciendo. Había observado atentamente cómo Mistress Patrizia la sometía, al igual que poco antes lo había hecho con ella. La dominatrix le había engañado, se había quedado con su dinero y ahora la tenía en sus manos. No se atrevía a pensar qué estaría ocurriendo con su hija, su pobre Rachel. Pero no había nada que ella pudiera hacer, Mistress Patrizia tenía todos los triunfos. Bianca Redgrave siempre se había creído una mujer lista, calculadora y con experiencia, pero en ese preciso momento se sentía como una niña de colegio subyugada y rendida a la tremenda superioridad y dominio de Mistress Patrizia. Ella sí que era una mujer inteligente y poderosa. Con qué facilidad había conseguido someter a la pobre Pamela y obligarla a masturbarse ante ellas. Podía adivinar la humillación que aquello representaba para la criada, pero para ella la escena era asombrosamente erótica y sintió cómo su coñito rebosaba de excitación.

Pamela, mientras tanto había deslizado una mano hasta su rajita y se acariciaba el clítoris delicadamente mientras su otra mano seguía pellizcando y magreando sus pezones, que estaban ya tiesos y supersensibles. Poco a poco el placer fue dejando a un lado sus inhibiciones y comenzó a gemir, al tiempo que sus caderas comenzaban a seguir el ritmo de los dedos que frotaban su chochito. Se estaba masturbando de pie, delante de su señora y de una completa desconocida que le había azotado el culo hasta dejarselo al rojo vivo. Pamela era consciente de ello, se sentía un animal en exhibición, pero aquello curiosamente le estaba excitando. Con los suyos cerrados imaginaba los ojos de las dos mujeres sobre su cuerpo, mirando cómo pellizcaba sus pezones, cómo se hundía los dedos en el coño. Se imaginaba los ojos de Bianca Redgrave fijos en ella, pensando lo guarra y lo puta que era su sirvienta y esos pensamientos hacían que su chochito chorrease de excitación. Jamás se había sentido tan caliente y tan mojada como en ese momento. Se iba a correr sin remedio y aquellas dos mujeres lo iban a presenciar, iban a ver cómo orgasmaba como una perra en celo. Sí, sí, iba a mostrarles lo puta que era, iba a mostrar a su señora la zorrita que tenía en casa. Sus dedos se movían vigorosamente sobre su clítoris...sí, sí, sí.

Entonces la mano de Mistress Patrizia le agarró el antebrazo y retiró su mano de la entrepierna, deteniendo el inminente orgasmo.

¡Noooooooo! –exclamó frustrada la joven.

No, qué –interpeló la dominatrix

Yo...estaba a punto de correrme, Mistress.

Lo sé, y por eso te he hecho parar. No es el momento aún. Ven conmigo.

La sirvienta siguió a Mistress Patrizia hasta situarse detrás de la señora Redgrave. Sin nungún preámbulo la dominatrix ordenó:

Comele el coño a tu señora.

Un escalofrío de excitación recorrió el cuerpo de Pamela. En ocasiones, mientras se masturbaba, había fantaseado con otras mujeres, pero nunca había pensado que esas fantasías pudiesen hacerse realidad o si le gustaría que se hiciesen. Ahora veía ante ella el coño abierto y humedo de su señora y se moría de ganas por saborearlo. Todo su ser vibraba de deseo.

Sí, Mistress –dijo con premura.

A la joven criada no le pasó desapercibido cómo Bianca Redgrave acentuaba la elevación de su trasero para darle mayor acceso. Dios Santo, me lo está facilitando, quiere que me lo coma, pensó. Era cierto, la señora Redgrave estaba muy caliente y aunque inconsciente, aquel gesto le delataba. Pamela no se lo pensó dos veces, apoyó las manos en las nalgas de su señora y arqueandose, lamió lentamente toda la longitud de su raja.

Ooooooooooh –suspiró Bianca.

Delicioso, pensó Pamela, el néctar de su señora era delicioso. Mucho más rico que el semen de su novio, que había probado una vez y se había negado a probar más. Como una loba hambrienta, la joven criada se lanzó a devorar el delicioso conejito de Bianca.

Mistress Patrizia contemplaba divertida y excitada el ansia de coño de la sirvienta y cómo ésta estaba haciendo retorcer de placer a la señora Redgrave.

Oooooh, Dios Santo, Pamela, Pamela, qué me haces. Me estás volviendo loca. Sigue así, así, ooooooh, uuuuuuh

La joven se había arrodillado y apoyada sobre las palmas de sus manos, succionaba con vigor la almeja de su señora, lamía sus flujos, su vulva, su clítoris, penetraba su agujero, hundía la cara en aquel chorreante chocho,...estaba gozando de aquel acto tanto o más que la cachonda Bianca, que no daba crédito a la maravillosa comida con que le estaba obsequiando su joven sirvienta.

De pronto, Pamela sintió cómo algo se apoyaba a la entrada de su vagina y en seguida supo que Mistress Patrizia se la iba a follar en ese mismo instante. No podía desearlo más. Separó las piernas todo lo que pudo y notó cómo el falo comenzaba a entrar lentamente. Aquella polla de silicona era con diferencia más larga y gruesa que la de su novio Frank, y la criada podía sentir cómo distendía las paredes de su vagina llenándola por completo y llegando a lugares donde nadie había llegado antes. Mistress Patrizia se movía lentamente, dejando que el rabo se lubricase con el abundante flujo de la joven. Sus movimientos eran largos, dejando que el falo saliese casi por completo para volver de nuevo a introducirlo despacio, abriendo y cerrando el coño de la joven a la que este juego estaba derritiendo de gusto. Poco a poco, la dominatrix fue incrementando el ritmo de penetración, hasta que el grueso cipote de silicona entraba y salía como un pistón del lubricado coño de la criada.

Ooooooh, siiiiiiiiii. Cielo Santo, que bien te mueves. No pares, no pares. ¡Oooooooohh! ¡Aaaaaaaaaaahhhh! ¡Oooooooooh! –la joven gemía de placer.

Pamela, Pamela, no pares, no pares, por favor –pedía también la señora Redgrave.

En su éxtasis, la sirvienta estaba gimiendo y retorciendose como una loca y había dejado de lado el cunnilingus que le estaba haciendo a su señora. La imagen de Bianca Redgrave suplicando que le siguiera comiendo el coño valía su peso en oro. Nadie que la conociese lo habría creído. Pero Pamela Connors estaba a lo suyo. Al diablo con todo. Aquella joven se la estaba jodiendo como los ángeles. La criada jamás había sentido nada igual, ni remotamente parecido. Parecía como si todas las terminaciones nerviosas de su cuerpo estuviesen sobre-excitadas. Mistress Patrizia le tenía agarrada por la cintura y le clavaba la polla con vigor, mientras le gritaba:

Venga, pequeña perra. Correte para tu Mistress.

Ooooooooh, síiiiiiii, siiiiiiiii.

Vas a ser mi exclava, como tu señora. Voy a hacer contigo lo que quiera.

Oooooooh, aaaaaaaaah, ssiiiiiiii, siiiiiiiiii, siiiiiiii, SIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII.

Un intenso orgasmo sacudió el cuerpo de Pamela, que gritaba y gemia mientras la dominatrix follaba su coño como una posesa, acercandose también a su propio clímax.

¡Voy a correrme, zorra, menea esas nalgas! –gritó con fuerza Mistress Patrizia azotando con fuerza el culo de la criada.

La joven sirvienta era incapaz de hablar, sólo gritos y gemidos guturales eran capaz de salir de su boca, pero a la orden de la dominatrix comenzó a mover su trasero con vigor, empalandose hasta el gollete. Mistress Patrizia no tardó en gritar su orgasmo.

Oooooooh, Oooooooooh, Me cooooorrrrrro, siiiiiiiiiiiiiii.

En su frustración, Bianca Redgrave era testigo de los gritos de placer de las dos jóvenes, lo que acrecentaba dolorosamente su calentura. La dominatrix siguió penetrando a la joven Pamela mientras ésta encadenaba, por primera vez en su vida, varios orgasmos que se prolongaron durante varios minutos. Después extrajo el falo de su vagina y se incorporó. La criada se derrumbó sobre el suelo exhausta. Patrizia dejo que se recuperase mientras comenzaba a recogerlo todo. Primero detuvo la grabación y guardó las cámaras. Entonces, se dirigió al ordenador y extrajo el CD con las fotos de la senadora Taylor. No tenía intención de dejarle una copia a la señora Redgrave, aunque ésta se la había pagado con creces. A continuación liberó a Bianca de las esposas, los guantes, el collar y la pinza del pezón. La mujer dio un grito de dolor cuando la sangre volvió a entrar en el entumecido apéndice. Finalmente se quitó el arnes y se vistió.

Muy bien, poneos en pie, mirando al frente y las manos en los costados.

La señora Redgrave obedeció al instante, su criada se levantó lentamente y asumió la posición. Mistress Patrizia contempló con deleite los cuerpos desnudos de ambas hembras, uno junto al otro, ambos bellos aunque distintos.

Bianca –preguntó la dominatrix- ¿Hay mas personal que trabaje en la casa?

Sí, Mistress. La señora Higgins y su hija Linda. Mary Jane se encarga de la cocina y la chica ayuda a Pamela con el resto de las tareas. Hoy les he dado el día libre.

Bien, escuchame atentamente. A partir de mañana Pamela y las otras dos deberán vestir con traje de criada francesa, con falda a medio muslo, medias negras, delantal y cofia blancos y zapatos negros de medio tacon. ¿Entendido?

Sí, Mistress.

Consiguete otro para ti. Pronto tendrás que ponertelo también.

Sí, Mistress.

Ah, y vuestros coñitos los quiero totalmente depilados la próxima vez que venga. También la raja del culo y el ojete. ¿está claro?

Sí, Mistress –respondieron las dos sumisas al unísono.

A continuación la dominatrix midió el perímetro de sus cinturas y otras distancias en su zona púbica, al igual que había hecho anteriormente con la senadora Taylor.

Bianca, para mi próxima visita quiero llaves de todos los accesos y los códigos de seguridad de la alarma antirrobo. Respecto a tu hija, volverá dentro de una semana, el mismo día que estaba previsto que concluyeran sus vacaciones así que no hay necesidad de que digas nada a tu marido, ni a nadie, ¿de acuerdo?

Sí, Mistress.

Con estas palabras, Patrizia se colgó la bolsa de deporte al hombro y abandonó la habitación. Señora y sirvienta, se quedaron más de un minuto quietas, desnudas, en silencio, sin saber que hacer e intentando asimilar lo que acababa de ocurrir. Fue Pamela Connors quien habló en primer lugar:

Señora, creo que deberíamos vestirnos

Sí, si, tienes razón –empezó Bianca Redgrave- Oye, Pamela, no sé cómo decirte esto, quiero decir...me gustó mucho como...antes....bueno, ya sabes...

A mi también me gusto mucho. Nunca lo había hecho antes.

Yo tampoco y nunca imaginé que pudiese disfrutar con otra mujer, pero lo que me hiciste fue muy erótico y excitante...aunque no lleguase al final.

Lo siento mucho, es que Mistress Patrizia comenzó a... bueno, ya sabes a penetrarme con su pene...

No, no, no sigas. No hace falta que te disculpes. A fin de cuentas tampoco lo hacías por propia voluntad...

No, claro que no.

Pamela, quizá no me creas pero es la primera vez que me hacen algo así.

La criada se quedó desconcertada.

¿Quiere decir que nunca le han hecho un cunnilingus?

No, nunca. Jack es muy escrupuloso y bueno, yo también creí que lo era. Pero lo que me has hecho antes... lo que he sentido...bueno, no sé... quizá....si a ti también te ha gustado....podríamos....alguna vez...

Señora Redgrave, ¿Le gustaría que acabara lo que dejé antes a medias?

¿Lo dices en serio? ¿No te importa?

Tumbese sobre el escritorio y separe las piernas. Le voy a hacer la mejor comida de coño de su vida.

Chorreando de deseo, la señora Redgrave hizo lo que le indicaba su sirvienta y en br

La imaginación al poder
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El 15/12/07 a las 05:12:17

Rachel Redgrave abrió los ojos lentamente. Tenía un leve dolor de cabeza, pero sobre todo estaba aturdida. La postura era incómoda, las muñecas atadas a los tobillos... y estaba totalmente desnuda. Un intenso sentimiento de angustia se apoderó de ella. No sabía dónde estaba ni qué había pasado. Intentó recordar. Las últimas imágenes que tenía en la cabeza eran que estaba en el hotel, en su habitación, con Susan. Una sirvienta les había subido el desayuno. No era lo habitual. Un detalle del encargado para las jóvenes norteamericanas, había dicho. Recordaba haber comido algo, y después...sí, había sentido sueño. De pronto la idea le vino a la cabeza: nos han drogado, pensó. Miró a su alrededor. Susan estaba cerca de ella, también atada y desnuda. Seguía inconsciente. Rachel la llamó. Su voz no escondía el terror que sentía. Qué iban a hacerles, qué querían de ellas. Lloró. Y mientras lloraba repetía el nombre de su amiga. Susan comenzó a moverse. Primero lentamente, luego más rápido. Abrió los ojos, los cerró y volvió a abrirlos. Repitió este proceso varias veces, hasta que se acostumbró a la luz mortecina. Rachel no dejaba de llamarla, angustiada. Susan fijó la mirada en su amiga, desnuda, inmovilizada, intentando procesar lo que veía sin comprenderlo.

Rachel, qué ha pasado, dónde estamos –preguntó finalmente, con una voz que se ahogaba en su garganta.

Nos drogaron Susan, nos han secuestrado –lloró la joven en su desesperación.

Durante varios minutos lloraron aterradas, hablando de forma entrecortada por el llanto. El miedo las paralizaba. Aquella habitación parecía una cámara de los horrores. Había grilletes en las paredes y colgados del techo, y otros artilujios de aspecto tenebroso.

Rachel, no quiero morir...-la voz de Susan se quebró y rompió de nuevo a llorar.

Su asustada amiga se sintió en la obligación de tranquilizarla.

No te preocupes, Susan. Seguro que quieren dinero. Una vez que lo consigan nos dejarán en libertad –dijo con más esperanza que convicción.

¿Tu crees? –lloriqueó la otra joven

Seguro que sí –mintió Rachel Redgrave.

***********************

Lord Drako observaba a las dos jóvenes desde una enorme pantalla de televisión que recibía la señal de varias cámaras instaladas en el calabozo. Tenía 34 años y era delgado, de estatura media. Su pelo era negro, corto, los ojos verdes y los labios gruesos. Un hombre atractivo, sin duda. De personalidad fuerte y dominante, Drako había conocido a Patrizia en ambientes BDSM y ambos habían sintonizado al instante. Desde entonces, tres años atrás, estaban juntos y trabajaban de forma profesional en el mundo de la dominación. Poseían tres esclavas: Carla, Andrea y Christine y en contra de lo que pudiera parecer, tenían mucho trabajo y ganaban dinero, lo suficiente para llevar una vida acomodada. Sin embargo, el encuentro con Bianca Redgrave había abierto las puertas a un cambio cualitativo. La señora Redgrave quería fotos comprometidas para controlar a una de sus "amigas". Pero la amiga en cuestión no era una cualquiera, era nada menos que la senadora Helen C. Taylor. La primera reacción de Patrizia había sido rehusar el encargo, pero él la había detenido. Drako había visto en seguida las posibilidades. Aquella era la gran baza que el destino ponía a su paso y había que jugarla. En privado, Patrizia le previno de los riesgos, pero Drako estaba decidido y la joven Mistress no estaba dispuesta a quedarse fuera. El plan "A" fue trazado en presencia de Bianca Redgrave. Drako se dio cuenta rápidamente de que la forma más sencilla de poder manipular a la senadora era a través de su hija Susan, una joven de 18 años que acababa de graduarse en un selecto colegio privado. La idea del rapto surgió casi de inmediato en su cabeza y así se lo expuso a la señora Redgrave. Ésta estuvo de acuerdo, pero les pidió que no causasen daño a la joven. Entonces comentó que en breve, Susan viajaría con su propia hija, Rachel a una isla caribeña para celebrar su graduación. Lejos de las autoridades norteamericanas, era la ocasión idónea para raptarla y poder extorsionar a su madre. Sin embargo, Drako fue claro con su clienta en relación a Rachel: no podían dejarla al margen o podría dar al traste con todo el plan. Bianca Redgrave aceptó de mala gana la idea, aunque sabía que Drako tenía razón. Lo que no sabía era que Patrizia y él maquinarían un plan "B" mucho más perverso....

***********************

La puerta del calabozo se abrió y un escalofrio de terror recorrió el cuerpo de las dos jovencitas, que giraron el cuello como un resorte hacia la entrada. Un hombre delgado, moreno, de estatura media se dirigía hacia ellas flanqueado por dos hermosas mujeres. Parecían tres ejecutivos. El llevaba traje y corbata, ellas chaqueta y falda a medio muslo en tonos oscuros, con medias y zapatos de tacón alto. Lord Drako se acercó a las asustadas jóvenes, mientras las dos mujeres se quedaban un poco atrás.

Por favor –empezó a hablar Rachel- no nos hagan daño. Nuestras familias pagarán lo que les pidan...

¡Silencio! –ordenó Lord Drako- No vuelvas a hablar a no ser que seas preguntada, ¿está claro?

Sí, Señor....pero yo sólo...

El hombre levantó una fusta que llevaba en la mano y la dejó caer con fuerza sobre los muslos de la joven.

¡Aaaaaaiiiiiiiii! –gritó Rachel, retorciendose de dolor.

¿Está claro? –repitió Drako

Sí, Señor

En ese momento, el teléfono móvil de Lord Drako comenzó a sonar. Era Patrizia. Estaba en el despacho de la Senadora Taylor. El hombre puso el móvil junto a la oreja de Susan que al oir a su madre, rompió en súplicas de ayuda y en lágrimas. Lord Drako dejó que madre e hija hablasen durante un minuto; entonces cortó la comunicación. Susan había transmitido perfectamente a su madre el miedo y la angustia que sentía. Estaba seguro de que Patrizia sabría aprovecharlo para poner a la honorable Helen C. Taylor a sus pies. Por su parte, él estaba ansioso por divertirse un poco con las jovencitas.

Muy bien, señoritas –dijo- mi nombre es Lord Drako y os dirigireis a mi como Amo o Señor. Espero que me obedezcais en todo momento. Cualquier desobediencia o conato de rebeldía será adecuadamente castigado. Vais a pasar aquí el resto de vuestras vacaciones en esta isla y durante este tiempo sereis adiestradas para convertiros en esclavas. Después volvereis a los Estados Unidos, donde se completará vuestro aprendizaje y pasareis a formar parte de mi cuadra, dedicando el resto de vuestras vidas a mi servicio.

Las jóvenes no podían creer lo que oían. ¿Esclavas? ¿Toda su vida?. No podía ser, aquel hombre estaba loco. Sus familias no lo permitirían. Aún así, estaban asustadas. Susan gimoteaba, no había dejado de hacerlo desde que había hablado con su madre. Rachel, más entera, se arriesgó a hablar.

Señor, debe haber un error. Nuestras familias pagarán lo que sea necesario por nosotras.

Lord Drako sonrió.

Señorita Redgrave –dijo- veo que tiene usted la mala costumbre de hablar sin ser preguntada. Eso es algo que una buena esclava debe corregir y vamos a comenzar ahora mismo.

El hombre se volvió hacia sus dos acompañantes.

Christine, Andrea, preparadla para el castigo –ordenó.

Sí, Amo –respondieron las dos mujeres.

Rápidamente, se dirigieron hacia el cuerpo tendido de Rachel y liberaron las ataduras que mantenían unidas sus muñecas a los tobillos. La joven intentó forcejear, pero estaba débil y en minoría. Christine le soltó dos bofetones que le dejaron la cara ardiendo y le quitaron las ganas de seguir luchando. Con lágrimas en los ojos, fue ayudada a incorporarse y conducida ante un tablón de madera, con tres depresiones semicirculares forradas de neopreno. Las dos mujeres le obligaron a colocar el cuello en el valle central y cada muñeca en los laterales. Después acoplaron una pieza simétrica sobre la primera y unieron ambas a través de varios cierres, convirtiendo los semicírculos abiertos en círculos cerrados alrededor del cuello y las muñecas de la joven. Rachel quedó atrapada, su cuerpo doblado en un ángulo de 90 grados. Tenía movilidad en el cuello, pero no espacio para pasar la cabeza por el agujero. Lo mismo le ocurria con las muñecas. Entonces la joven sintió cómo colocaban algo bajo su estomago. Parecía de cuero, suave y estaba un poco más alto que el artilujio que apresaba su cuello, haciendo que sus pies quedasen de puntillas y su culo obscenamente expuesto.

Lord Drako observaba a Rachel Redgrave con satisfacción. Era una joven muy bella. Larga melena rubia, ojos azules, labios gruesos y un cuerpazo de modelo, con tetas pequeñas, culo prieto y respingón y dos piernas largas, perfectas. El Amo no pudo evitar una sonrisa malévola al contemplar su culito en pompa, la pelusilla rubia recorriendo su raja, sus blancos cachetes, su cuerpo extremeciendose, expectante ante lo desconocido.

Drako se acercó a una vitrina y tomó una vara de bambú.

Muy bien, joven Redgrave. Espero que diez golpes en las nalgas te enseñen a refrenar tu lengua.

Rachel vió la vara y sus ojos se abrieron como platos, reflejando el terror que sentía.

Por favor, Señor. Lo siento mucho. No volveré a hablar sin su permiso. Por favor, no me zurza.

Querida Rachel, me alegra constatar tu arrepentimento. Sin embargo, has de comprender que no puedo suspender el castigo. Aprenderías erróneamente que las suplicas de una esclava pueden modificar las decisiones de su Amo y eso no es así. Recibirás los diez golpes estipulados.

La joven lloraba desconsolada e impotente mientras Lord Drako se preparaba para impartir el castigo. Sus gimoteos le impidieron oir el silbido de la vara al surcar el aire, pero... ¡ZASSSS! ....sintió en toda su intensidad el latigazo que sacudió su trasero.

¡Aaiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii! ¡Aaaiiiiiiiiiiiiiiiiii! ¡Oh Dios! ¡Mi culo, mi culo! ¡Uf, Uf, Uf, Uf, Uf! – la joven chillaba y pataleaba como una cria enrabietada.

Susan cerró los ojos y se habría tapado los oidos de poder hacerlo, para evitar escuchar los gritos de dolor de su amiga. Drako tuvo que aguantar una sonrisa al ver el pataleo de aquella joven mimada y consentida, que sin duda recibía la primera paliza de su vida.

¡ZASSS!, cayó el segundo.

¡Aaiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii! ¡Arrrrrrrrrrggggggg! Por Dios, Señor, pare, pare, mi culo, me arde, no lo aguanto.

Pero Lord Drako no paró. Los varazos caían uno tras otro en el trasero de la bella joven, que no tardó en surcarse de feas marcas rojas. Sus gritos, aullidos y súplicas inundaban la habitación y su cuerpo se estremecía de dolor. Cuando Drako administró el último varazo, Rachel era una mujer derrotada, bañada en lágrimas y terriblemente asustada. Su culo ardía horrores y a pesar de que los golpes habían cesado, la joven, semiinconsciente por el dolor, seguía gimiendo y quejandose con voz queda. El hombre se dirigió entonces hacia Susan. Físicamente, la joven Taylor se parecía mucho a su amiga, también rubia, con ojos azules, aunque algo más delgada y con las tetas bastante más grandes.

Espero que esto te haya servido a ti también de lección – dijo.

Sí, Señor – respondió la aterrada joven.

Susan estaba pálida. Desde su posición podía ver el estado en el que había quedado el trasero de Rachel y los gemidos quejumbrosos que emitía su amiga no dejaban lugar a dudas sobre el calvario que estaba sufriendo. El cuerpo de Susan temblaba de miedo. Christine y Andrea se acercaron a ella, la desataron y la ayudaron a incorporarse. Tenía el cuerpo entumecido. Lord Drako la permitió estirarse. Después, las dos mujeres la condujeron hasta unos grilletes que colgaban del techo, conectados a unas poleas. Aunque asustada, Susan dejó dócilmente que levantasen sus brazos y esposasen sus muñecas. Lord Drako ajustó las poleas de forma que la joven se vió forzada a permanecer casi de puntillas. Era una posición incómoda, pero Susan no tuvo que aguantarla durante mucho tiempo. Christine y Andrea agarraron sus piernas y las flexionaron hacia atrás, hasta pasarlas por otros grilletes que también colgaban del techo. Después movieron las poleas hasta que el cuerpo de la joven quedó suspendido en el aire, horizontal, boca abajo a unos 80 cm del suelo, con los brazos y las piernas abiertas. Lord Drako se acercó a ella y sin más dilación le agarró por los pezones y comenzó a bambolear sus colgantes tetas. Susan cerró los ojos y lloró humillada. El hombre observó durante unos instantes el movimiento pendular de aquellos dos melones y entonces, sin poder aguantar la risa pidió voluntarias para ordeñar a su nueva vaca lechera.

Yo, Amo –pidieron Christine y Andrea al unísono. Susan estaba roja de vergüenza.

Riendo, Lord Drako asignó una teta a cada una y en cuestión de segundos las dos mujeres estaban de rodillas succiónando con avidez los rosados pezones de la joven. Susan lloraba de impotencia, sin atreverse a protestar. Con toda su fe suplicaba en silencio a Dios que acabara con aquello. Pero las bocas de Christine y Andrea se aplicaban con pericia y estaban logrando que los pezones de la chica se pusiesen duros como piedras. En ese estado eran muchísimo más sensibles y a pesar de la resistencia moral de la joven, las dos mujeres no tardaron en tenerla suspirando excitada. Lord Drako, situado entre sus piernas observaba el tierno coñito de Susan, sus labios como pétalos abiertos, el triángulo de pelo rubio que coronaba su raja, cuidadosamente recortado. Sin prisas, se quitó toda la ropa mientras disfrutaba de los gemidos de placer de la joven. Estaba delgado, aunque bien proporcionado, con los glúteos musculosos y un tremendo falo circuncidado de veintitrés centímetros de largo y cuatro de diámetro, que se erguía eniesto en su rasurada entrepierna. Lord Drako lo dirigió hacia la tierna rajita de la indefensa muchacha y lo apoyó entre sus labios.

Susan lo notó al instante. Dios mio, me va a follar, se dijo. La joven era aún virgen. Llevaba casi dos años saliendo con Thomas, el hijo de una colaboradora de su madre, pero aún no se había sentido preparada para entregarle su precioso virgo. Y ahora aquel extraño, aquel desconocido cruel, se lo iba a arrebatar. Sentió el glande de Lord Drako recorriendo su raja, acariciandola, llegando hasta su clítoris, acariciandolo, dandolo suaves golpecitos, una y otra vez. Se sorprendió. Pensaba que iba a violarla de forma salvaje pero aquello que le hacía le gustaba, era suave y delicado. Lord Drako apoyó una mano sobre su trasero y comenzó a acariciar sus nalgas. Christine y Andrea seguían mimando sus pezones. La respiración de Susan se hizo más agitada, un intenso escozor se extendía por su raja y se prolongaba hacia el interior de su vagina. El paso de la polla de Lord Drako calmaba ese ardor en la superficie, pero no en el interior y se sorprendió deseando que le metiese la verga, al tiempo que en silencio se llamaba a sí misma puta por tener tales deseos. El hombre acariciaba una y otra vez con su glande la raja de la chica, notando satisfecho cómo aquel joven chochito se iba encharcando de líquidos. El clítoris que lo coronaba hacía tiempo que había salido de su capuchón y se mostraba hinchado, sensible y desafiante, haciendo que Susan se extremeciese a cada caricia. Lord Drako decidió que era el momento de dar el siguiente paso y sin pevio aviso hundió suavemente el ápex de su polla en la vagina de la chica, hasta chocar con su himen.

¡Oooh! – suspiró la joven, obsequiándolo con una abundante descarga de flujos.

El Amo comenzó a follarla lentamente, sin forzar su virgo, sorprendido y maravillado de que aquella belleza de dieciocho años fuese aún virgen. Susan estaba en el cielo, aquello que le estaban haciendo era lo mejor que había probado nunca. Las sensaciones que estaba experimentando eran increibles y la pobrecilla estaba cachonda perdida.

¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!

La joven ya no se preocupaba por guardar la compostura y gemía abiertamente. A cada embestida, Susan suplicaba para que en esa ocasión Lord Drako no se detuviese y rompiendo su himen, le clavase la polla hasta el gollete. Estaba ardiendo y necesitaba sentirla hasta el fondo de su hambriento coño, pero su moral aún le impedía hacer esa concesión en voz alta. El Amo no tenía prisa, adivinaba lo que pasaba por la cabeza de la joven y sabía que cuanto más lo desease, más se hiría sometiendo a él. Así que siguió jugando con ella. Susan se estaba volviendo loca; por si aquella deliciosa follada no fuese suficiente, los masajes bucales en sus tetas tenían todo su cuerpo electrizado. Lord Drako se dio cuenta de que la joven estaba a punto de correrse y le sacó la verga.

Oh, no –suspiró Susan contrariada.

El Amo esperó unos segundos y volvió a introducir su falo hasta chocar contra su himen.

¡Oooooooh! ¡siiiiii! –gimió la chica, esta vez de placer.

Lord Drako repitió este juego varias veces, haciendola desear su polla como a una perra en celo. Cada vez que se la sacaba se deleitaba en la contemplación del coño de la joven, los labios abiertos, el interior rosado y brillante de flujo, invitandole a seguir con la penetración. Pero Drako tenía otros planes. Dio varios pasos hasta situarse ante la chica y agarrandola por el pelo le ofreció su verga.

¡Oh, Dios! –exclamó la joven al encontrarse aquel trozo de carne ante sus ojos.

Era largo y grueso y brillaba empapado en sus propios líquidos.

Chupala –ordenó Lord Drako.

La joven le miró a los ojos, sin acabarse de decidir. Era una mirada de súplica.

Tal vez prefieras diez golpes con la vara de bambú – amenazó él.

No lo he hecho nunca –se justificó la chica

El hombre suspiró resignado.

Ven aquí, Andrea –ordenó.

Sí, Amo

Andrea tenía 35 años. Bajita, rubia, con melena rizada, ojos verdes y un cuerpo lleno de peligrosas curvas. A la orden de Drako, la mujer dejó de lamer el hinchado pezón derecho de Susan y gateó hasta situarse frente al Amo, sentandose sobre sus piernas con el cuerpo ergido y el pecho ligeramente sacado hacia fuera. A pesar del traje de ejecutiva era obvio que tenía unos buenos melones.

Andrea, creo que esta joven virgen necesita aprender cómo chupar una polla.

Sí, Amo.

Andrea tomó la verga con sus manos y empezó a besarla y lamerla, al tiempo que la masturbaba suavemente. Después de unos minutos, abrió la boca y la engulló lentamente hasta que toda la longitud de la polla desapareció entre sus labios. Susan observaba hipnotizada las evoluciones de la mujer, sin entender cómo podía tragarse semejante falo. Lo mamaba golosa, como una perrilla disfrutando de un delicioso hueso. A lo mejor no es tan desagradable, se dijo la joven. Como si hubiese leido su mente, Andrea tomó el rabo y lo puso ante la boca de Susan. Esta vez, la joven abrió los labios ligeramente y succionó el glande. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Lord Drako puso una mano tras la nuca de la muchacha y comenzó a balancearla suavemente, entrando y saliendo de su boca.

Ves como no era tan díficil –comentó el hombre – Estoy seguro de que muy pronto serás capaz de tragartela hasta los cojones.

La joven no escuchaba. Sentía aquella polla follandole la boca y un cúmulo de sensaciones inundaban su mente. Eres una puta, Susan, se decía, cómo puedes estarlo disfrutando. Era verdad, estaba excitada. Su coño estaba en ebullición y sus pezones ardían bajo los labios de Christine. Aquel hombre le estaba haciendo sentir cosas extrañas, cosas que no había sentido antes.

Mira, Andrea, mira la pequeña puta cómo la chupa. Le queda mucho que aprender, pero parece que le gusta.

Slurp, slurp, slurp. Susan mamaba sin descanso.

Levantate, Andrea y quitate la ropa–ordenó Lord Drako.

Sí, Amo –respondió la esclava, incorporándose.

Andrea se quitó todo, a excepción de las medias y los zapatos. Ropa interior, no llevaba. Tenía el coño depilado, con una anilla en el clítoris y un tatuaje en el pubis que decía "Propiedad de" y un círculo con una D y una P dentro, la marca de Lord Drako y Mistress Patrizia. El mismo anagrama había sido grabado a fuego en su nalga izquierda. Sus pezones también habían sido anillados y conectados por una cadena. Lord Drako le sobó las tetas con una mano, mientras con la otra le dirigía a Susan el ritmo de la mamada. Andrea gemía excitada cada vez que su Amo estiraba los arillos de sus pezones. Estaba muy cachonda.

Amo –dijo- solicito su permiso para tocarme el coño.

Con qué fin, esclava

Su obediente esclava desearía correrse, si el Amo lo permite.

No tienes permiso para tocarte, esclava. Pero sí para hacer uso de la boca de la joven Redgrave. La hemos dejado un poco olvidada.

Gracias, Amo –respondió la mujer con satisfacción

Andrea se dirigió apresuradamente hasta donde seguía arqueada la otra joven. Rachel estaba de espaldas a la acción y no había visto lo que le habían hecho a Susan, aunque por los retazos de conversación y los sonidos que escuchaba era consciente de que su amiga estaba siendo obligada a mamarle la polla a aquel hombre. Oh, Dios, se dijo, espero que esta pesadilla acabe lo antes posible. Entonces oyó las palabras de Lord Drako. No podía ser, le estaba diciendo a la rubia del pelo rizado que usase su boca. No pretenderá que yo...no, no, no puede ser. Eso no. Me niego. Pero Andrea estaba ya ante ella.

Muy bien, niña pija –dijo- a ver qué tal se te da comer coño.

Rachel cerró sus labios con toda la fuerza de la que era capaz, al tiempo que sus ojos se fijaban en el tatuaje y en el piercing clitoriano de Andrea.

Así que me lo vas a poner difícil ¿eh? –constató la mujer con una sonrisa – No te lo aconsejo.

Andrea se movió hasta tener acceso al trasero de la chica y entonces le clavó las uñas en sus castigadas nalgas, arañandolas sin piedad.

¡Aaaaaiiiiiiiiiii! ¡Aaaaiiiiiiiiiiii! – gritó Rachel retorciendose de dolor – ¡Para, por favor, para!

La mujer se detuvo y volvió ante la joven Redgrave dejando que su entrepierna rozase los labios de la muchacha. Ésta seguía con ellos sellados, sin acabar de decidirse a cometer un acto tan perverso. Andrea esperó unos segundos y de nuevo se encaminó hacía los cuartos traseros de la joven. Antes de llegar, y ante la perspectiva de nuevas torturas para su culo, Rachel claudicó.

Espera, espera –dijo apresuradamente- lo haré.

Andrea volvió junto a su cara, deleitándose.

¿Y qué es lo que vas a hacer, princesa?

Pues...ya sabes, lo que me has pedido

Quiero oirtelo decir.

Rachel no podía creerselo, quién se creía aquella zorra que era, no era más que una esclava como ella. No, un momento, ella no era una esclava, ella era Rachel Redgrave, una rica y bella heredera.

Voy a comerte el coño –se oyó decir, enrojeciendo, como si aquellas palabras no pudiesen salir de su boca.

¿Lo has hecho alguna vez? –preguntó Andrea

No, nunca –reconoció la joven- No me gusta. Nunca me han atraído las mujeres.

Te gustará –dijo la mujer- ¡vaya si te gustará! Yo tampoco lo había hecho antes y ahora...pero, basta ya de palabrería. Tengo el coño chorreando.

Andrea situó el pubis ante la boca de la muchacha que la abrió resignada, sacó la lengua y con cierto asco comenzó a degustar su primer chumino.

Lord Drako seguía follandose la cara de Susan, que cada vez iba acomodando más y más rabo dentro de su boca. Slurp, slurp, slurp, los sonidos eran perfectamente audibles. De vez en cuando giraba la cabeza para ver cómo Andrea hacía uso de la joven Redgrave. A juzgar por sus gemidos de placer, estaba gozando intensamente del cunnilingus. Era cierto, la mujer estaba al borde del orgasmo y restregaba vigorosamente su potorro en la cara de Rachel, bañandola con sus líquidos. La joven no tenía más remedio que dejarse usar. Finalmente, Andrea le agarró del pelo y con un chillido de pasión comenzó a derramarse en su boca. Lord Drako aceleró su ritmo y casi simultáneamente su leche inundó a borbotones la boquita de Susan, que hacía lo que podía por tragársela.

Eso es, pequeña zorra, eso es, alimentate de la leche de tu Amo –le aleccionaba Lord Drako.

La joven siguió mamando la verga hasta que quedó totalmente limpia. Christine seguía lamiendo sus pezones, alternando entre ambas tetas. Lord Drako le ordenó detenerse e incorporarse. Ella obedeció rauda. Era una joven alta y atractiva, delgada, con el pelo negro, largo y liso. Tenía 27 años.

Libera sus tobillos –pidió el Amo.

Christine abrió los grilletes que apresaban los tobillos de Susan y le ayudó a apoyar los pies en el suelo. Lord Drako tiró de las poleas que sujetaban sus brazos y volvió a ponerla erguida. Entonces se dirigió hacia Rachel que aún seguía con la cara hundida entre la raja de Andrea, y dirigiendose a ésta última dijo:

Ya es suficiente, ¿no crees?. Vistete y ve junto a Christine.

Sí, Amo –respondió la esclava, sumisa.

Lord Drako liberó a Rachel y la condujo hasta donde estaba su amiga. La joven se dejó llevar dócilmente. Tenía la cara brillante de líquidos y los pezones hinchados. Al final había conseguido excitarse comiendole el coño a Andrea y eso la tenía confusa e intranquila. Lord Drako situó a Rachel frente a Susan, tan cerca que los pezones de sus tetas se tocaban. Ambas jóvenes se miraron y apartaron la mirada con sonrojo. El Amo tomó las muñecas de Rachel y las esposó a dos grilletes que tensó con sus correspondientes poleas hasta que la joven quedó erguida junto a su amiga. Entonces, Lord Drako se retiró y Christine y Andrea, esta última vestida ya, se situaron tras cada una de las jovenes. Las dos esclavas llevaban látigos de tiras de cuero y a una indicación del Amo comenzaron a fustigar los traseros, muslos y espaldas de las jóvenes.

¡Auuuuuuu!!Auuuuuuuu! –gemían las chicas, retorciendose y haciendo que sus cuerpos desnudos se restregasen entre sí.

El dolor era especialmente intenso para Rachel cada vez que el látigo zurcía su ya dolorido trasero.

Por favor, Señor –suplicaba al Amo- digale que pare. ¡Aaauuuuuuu! Haré lo que quiera.

Morreate con tu amiga –ordenó Lord Drako

¿Queeee?

El Amo no repitió la orden. El culo de Rachel ardía, aunque la joven intentaba aguantar. No podía obedecer. Uno tras otro los golpes del látigo seguían cayendo sobre su trasero, mientras sus gritos se iban haciendo agónicos. Poco a poco, también la retaguardia de Susan empezó a acusar el castigo y sus gritos de dolor comenzaron a competir con los de su amiga. Finalmente, como si las dos estuviesen pensando lo mismo, se miraron intensamente a los ojos, llenos de lágrimas y sin mediar palabra juntaron sus bocas y empezaron a besarse. Los latigazos cesaron al instante.

Eso es –dijo Lord Drako- seguid así y no pareis hasta que yo os lo ordene.

Las chicas se estaban besando dulcemente, entrelazando sus lenguas con delicadeza, acariciando sus labios con suavidad. La sensación era sorprendentemente grata para ambas.

Me gusta lo que me haces – susurró Susan rompiendo el beso tras varios minutos.

A mi también –reconoció Rachel.

Y ambas reanudaron el beso. En breve, las dos jovencitas se estaban devorando con pasión, restregando sus pezones entre sí y gimiendo excitadas.

Eso es, zorritas –intervino Lord Drako- y ahora mostradme cómo zorrostrais vuestros coños hasta correos.

Las cachondas jóvenes obedecieron al instante y los labios de sus mojadas vaginas comenzaron a besarse entre sí. La sensación para ambas era increíble, inimaginable. Susan empezó a correrse casi al instante, temblando su cuerpo y boqueando como un pez. Rachel no paraba de besarla mientras ambas movían sus caderas con avidez.

¡ooooooohhh! ¡ooooooh! ¡Siiiiii! ¡Siiiiiiii! –la joven jamás se había corrido de aquella forma.

El orgasmo de Susan acabó por disparar el de su amiga. Rachel sintió como un escalofrio recorria su cuerpo y cerró los ojos mientras explotaba en un clímax que bañaba el coño de su amiga con sus líquidos y le retorcía de placer. Las dos chicas se restregaban y se besaban con pasión disfrutando y apurando al máximo aquel momento de placer. Tardaron varios minutos en recuperarse. Entonces se dieron cuenta de que estaban solas. El Amo y las dos esclavas habían abandonado la habitación. Las chicas se miraron y apartaron los ojos. Pasada la pasión empezaba a hacer acto de presencia la vergüenza. Y la culpa. Ninguna de las dos supo que decir y permanecieron calladas, cada una sumida en sus propios pensamientos.



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La senadora Helen C. Taylor miraba distraída los jardines que se extendían bajo su despacho oficial. Hacía tan solo unos minutos que el alcalde McCullan había abandonado la estancia. La reunión había supuesto una dura prueba para Helen. Su mente no había dejado de dar vueltas al secuestro de su hija y a las vejaciones a las que le había sometido Mistress Patrizia, y el alcalde la había pillado despistada en varias ocasiones.

Helen, ¿se puede saber qué te pasa? Parece como si tu cabeza estuviese en otro lugar.

Perdoname, John. No es nada. Por favor, sigamos.

La senadora tuvo que poner en juego toda su fuerza de voluntad para lograr concentrarse en las palabras del alcalde y utilizar toda su pericia para que la reunión no se prolongase eternamente. Finalmente, tras dos horas y media, el alcalde McCullan abandonó su despacho. Helen se levantó del sillón y contempló los jardines. Pensó en Mistress Patrizia. ¿Quién sería en realidad? ¿Dónde estaría en esos momentos?. Debería haberla hecho seguir, pensó. No, quizá no, estaba en juego la vida de su hija. No podía correr riesgos. Entonces pensó en las fotos. No recordaba todas las que le había sacado, pero sabía que eran suficientes y muy comprometidas. ¿Por qué no se lo había impedido? ¿Qué clase de locura se había adueñado de ella? ¡Dios, si hasta había colaborado!, pensó recordando cómo se había separado ella misma las nalgas para permitir que Mistress Patrizia fotografiase su ojete. Helen prefería creer que todo lo había hecho por proteger a su hija, pero en el fondo sabía que esa era sólo una verdad a medias. Quizá en un principio sí habia sido ese el motivo, pero luego...luego no, luego había obedecido porque le había excitado obedecer a aquella joven, le había excitado que la tratase de la forma en que lo había hecho. La senadora Taylor se desabrochó los botones de la blusa y abriendola miró la palabra "PUTA" escrita en su abdomen. ¿Es eso lo que soy? ¿Soy tu puta, Mistress Patrizia?, se preguntó. Sintió cómo su coño se humedecía, así que pasó una mano bajo la falda y dejó que sus dedos acariciasen levemente su clítoris. Suspiró. Recorrió la rajita con sus yemas. Estaba muy mojada. Sintió una necesidad imperiosa de masturbarse. No esta bien, se dijo, debo intentar controlarme. Pero en vez de eso, deslizó una de sus manos bajo el sujetador y comenzó a masajearse las tetas, estirando los pezones.

¡Ooooooh! –suspiró.

Se sentó de nuevo en el sillón, y desprendiéndose de las sandalias alzó las piernas y las dobló hasta apoyar las plantas de sus pies en el filo del escritorio. La falda se le subió hasta la cintura, dejando su coño totalmente expuesto. Sus labios vaginales estaban hinchados y cubiertos de flujo. Tenía la mano derecha sobre el pubis, manoseandose la raja con todos los dedos. El pulgar jugueteaba sobre su clítoris.

¡Uummmmmm! ¡mmmmmmmm! –gemía

Su cuerpo se retorcía sobre el sillón. Tengo que parar, razonaba, pero sus dedos se movían cada vez más rápido y su respiración era agitada y urgente. Arqueó el dedo más largo, el corazón, y lo introdujo dentro de la vagina. Todo, hasta la última falange. A los pocos segundos, se estaba follando vigorosamente con él. Entonces se dio cuenta de que no iba detenerse, de que iba a correrse como una perra cachonda. Su mente dejó de luchar, de resistirse. Las imágenes de Mistress Patrizia vejandola, humillandola, sobando sus tetas, obligandola a lamerle los pies, a enseñarle el ojete, pasaron por su cabeza.

¡Ooh! ¡Ooh! ¡Ooh!

Me corro, síiiiii, me corro. Lo sentía llegar. Era fuerte, potente. Se iba a vaciar. El corazón le latía tan rápido que parecía salirsele del pecho. La primera oleada de placer hizo que un chorro de flujo abandonase su vagina y se derramase sobre la palma de su mano. Usandolo como lubricante la senadora introdujo dos dedos más en su coño. Segundos después, su cuerpo se retorcía sobre el sillón y su almeja eyaculaba líquidos, mientras Helen C. Taylor se follaba vigorosamente con tres dedos, masajeaba su clítoris con el pulgar y se tiraba con fuerza de los pezones.

¡Oooooooh! ¡Diossss mio! ¡Joderrrrrrrr, qué gusto!

La senadora estaba acostumbrada a masturbarse. A pesar de sus ideas conservadoras, la necesidad le había obligado. El sexo con su marido era escaso y por qué no reconocerlo, poco gratificante. A pesar de ello, jamás había sido infiel. Eso sí, se masturbaba con frecuencia y ahí, en sus fantasías, sí se entregaba a otros hombres. Los orgasmos que se producía eran más intensos que los que le proporcionaba el sexo con su esposo, en las raras ocasiones en las que conseguía llegar al clímax con él. Sin embargo, el placer que se estaba proporcionando hoy estaba a otro nivel que le era desconocido hasta el momento. Todo su cuerpo vibraba por la excitación, y su coño parecía un surtidor, eyaculando grandes cantidades de flujo que resbalaban por sus muslos y mojaban la piel del sillón. Pero a Helen aquello le traía sin cuidado en esos momentos. Lo único que deseaba es que aquel placer no acabase jamás. Con los ojos cerrados, se estimulaba con pasión sin dejar de pensar en Mistress Patrizia. Era como si se estuviese masturbando para ella. Y por alguna razón, aquello le ponía a cien.

¡Oh, sí! ¡Oooooohh, sí! Me corro otra vez, siiiiiiiiiiiiii –gimió la senadora encadenando un nuevo orgasmo.

Durante varios minutos su cuerpo se retorció y se extremeció sobre el sillón de su despacho, luego, poco a poco se fue relajando hasta quedar exhausto. Helen abrió los ojos y la realidad le golpeó con crudeza. Se había corrido pensando en Mistress Patrizia. ¿Cómo había podido caer tan bajo?. Era obvio que aquella mujer o lo que le había hecho le excitaban, pero debía contenerse. Tener esos sentimientos era peligroso. Debía controlarlos. Se levantó contrariada. Entonces vio la enorme mancha húmeda en el sillón. ¡Dios Santo! Tomó un pañuelo de papel e intentó absorberla, sin conseguirlo. Cogió otro y se limpió los muslos, que aún estaban húmedos, el coño y la raja del culo. Entonces abrió el cajón inferior de su escritorio y extrajo sus bragas. Ya estaban secas, así que se las puso. Había decidido irse a casa. Necesitaba abandonar el despacho.

 

El coche traspasó la verja y avanzó hasta detenerse ante el umbral de la mansión. La senadora Taylor esperó a que uno de sus guardaespaldas le abriese la puerta y entonces bajó del vehículo. Su secretaria bajó tras ella y ambas se encaminaron hacia la vivienda.

Buenas tardes, senadora Taylor. Buenas tardes, señorita Johnson –saludó un mayordomo canoso y de porte aristocrático

Buenas tardes, George – saludaron las dos mujeres al unísono.

Senadora Taylor, su esposo está dandose un baño en la piscina.

Gracias, George – respondió Helen, atravesando por delante de Lisa el umbral de la puerta.

Ah, por cierto, senadora. Hace cosa de media hora una mujer ha traido un sobre para usted. Los chicos ya han descartado que contenga algo peligroso. Está sobre el escritorio de su despacho.

La senadora se revolvió inquieta.

¿Una mujer, dices? ¿qué aspecto tenía? ¿dejó algún nombre?

Era una joven, senadora. Morena, atractiva y elegante. Dijo que era amiga de su hija, aunque estoy seguro de que no la había visto antes por aquí. Lo recordaría. Me dio su nombre: M. Patrizia, dijo.

El cuerpo de Helen se extremeció. Mistress Patrizia había estado allí, en su casa. La mujer compuso el gesto como pudo y dijo:

Gracias, George. Sí, es amiga de Susan.

Y siguió hacia delante seguida por su secretaria a la que no se le había pasado por alto la turbación de su jefa. Cuando llegaron al rellano de la escalera Helen se despidió de Lisa y se dirigió a su despacho. La joven secretaria subió a su habitación reflexionando sobre el extraño comportamiento de la senadora. ¿Quién sería esa tal M. Patrizia? ¿Quizá la joven de la mañana? La descripción coincidía. ¿Por qué tenía tal efecto en su jefa? ¿Por qué el despacho de su jefa olía a sexo? Lisa estaba confundida.

La senadora cerró la puerta del despacho tras de sí y se dirigió apresuradamente hacia el escritorio. Allí estaba, sobre la mesa. Un sobre color beige, grande. Lo rasgó nerviosa y volteandolo vació su contenido sobre la mesa. Las fotos fueron lo primero que vio.

¡Dios Santo! –exclamó, pasando una tras otra las pruebas visuales de su sometimiento a Mistress Patrizia.

No faltaba nada y la calidad era excelente. Las piernas le temblaban y tuvo que apoyarse firmemente sobre la mesa. Entonces reparó en el resto de los objetos: un antifaz, una tarjeta de cartón con una "S" mayúscula dibujada en caracteres góticos y una carta. Tomó ésta última y comenzó a leer:

"Querida Helen,

Espero que hayas disfrutado de las fotos. Han salido muy bien, ¿verdad?. ¿Qué te parece si quedamos esta noche para celebrarlo? Hay un pequeño restaurante en la esquina de Jefferson con la treinta y dos, se llama "el lazo negro". Te presentarás allí a las siete. Una vez dentro, muestra la tarjeta de cartón al encargado, él te llevará hasta un reservado donde te estará esperando alguien de mi confianza. Ordena a tus guardaespaldas que vigilen fuera y que no te interrumpan bajo ninguna circunstancia. No olvides el antifaz, ni barajes la opción de no presentarte. Recuerda que aún tengo a tu hija y un puñado de fotos que no desearías se hiciesen públicas. ¡Ah! Una última cosa. Quiero que lleves el pubis rasurado y también la raja del culo y alrededor del ano. Esta mañana pude obsevar que tienes mucho vello y personalmente me gusta que mis putas lleven los genitales depilados. No me decepciones".

La senadora tiró con furia la carta sobre la mesa y apretó los puños con rabia. Esa zorra, pensó, qué se ha creído. Soy una senadora, tengo una agenda apretada, no puede pretender dirigir mi vida a su antojo. Por supuesto, sabía que no tenía otra opción que acudir a la cita. Enrabietada, recogió todos los contenidos del sobre y los guardó bajo llave en un cajón del escritorio. Entonces, subió a su habitación y tras desprenderse de la ropa se metió en la bañera. El agua tibia mojaba su cuerpo, mientras su mirada se deslizaba hasta el abundante vello rubio que cubría sus genitales. Jamás se lo había rasurado, aunque su marido se lo había pedido en más de una ocasión. Ironías del destino, ahora iba a hacerlo por una extraña. Una ola de excitación le recorrió el cuerpo. Oh, no, no puede ser, se dijo, estás enferma Helen. Intentó no pensar en ello mientras se enjabonaba el cuerpo, pero las caricias de sus manos sobre sus pechos, sus muslos y sus nalgas se prolongaron más de lo necesario. Cuando cerró el grifo, su estado de excitación era evidente. Salió de la bañera y se secó el cuerpo. Después, se sentó sobre el bidet y tomando una tijera de manicura comenzó a recortar cuidadosamente sus pelitos vaginales hasta que juzgó que los había dejado suficientemente cortos. Tomó entonces la espuma de afeitar de su esposo y con la ayuda de su mano derecha la aplicó sobre el pubis. La sensación de la espuma sobre su vulva le hizo extremecer, pero haciendo gala de una gran fuerza de voluntad cogió la maquinilla de su marido y comenzó a afeitarse con extremo cuidado. Una y otra vez pasaba la cuchilla sobre la piel retirando la espuma mezclada con abundantes pelitos rubios, hasta que unos minutos después no quedaba ni espuma, ni pelos. Entonces, Helen se levantó, se limpió con una toalla, se aplicó una loción y se miró al espejo. Su coño pelón quedó expuesto ante sus ojos, los labios abiertos, la raja rosada y húmeda. Así deben llevarlo las putas, pensó mientras se acariciaba la vulva y luchaba por no masturbarse de nuevo. Su mano derecha recorrió entonces la raja de su trasero. Allí también había vello y Mistress Patrizia quería que se lo quitase. No veía forma de hacerlo ella sola, sin ayuda. Pero a quién podía pedirselo. ¿A su marido? No, podía sospechar que tenía algo que ver con la cena de esta noche. ¿A Lisa? Por qué no. A fin de cuentas su secretaria ya sospechaba algo. Decidida, se puso un albornoz y saliendo del baño abandonó la habitación en dirección a la de su secretaria. Justo cuando estaba a punto de golpear su puerta con los nudillos se dio cuenta de un detalle importante. Aunque se había frotado vigorosamente con jabón, la palabra PUTA aún era claramente discernible en su barriga. Lisa no podía ver aquello. Dio media vuelta y se dirigió de nuevo a su cuarto. Ire sin depilar, se dijo, a fin de cuentas me he rasurado el pubis. Eso debe ser suficiente para satisfacer a Mistress Patrizia. Miró la hora. Eran casi las seis, tenía que darse prisa. Se arregló el pelo y se maquilló. Después fue hasta la cómoda y seleccionó unas braguitas negras de encaje, que acompañó con medias de seda y liguero del mismo color. El sujetador iba a juego con las bragas. Tuvo ciertas dudas para elegir el resto de su atuendo, pero al final se decidió por una blusa rosa y una falda negra ligeramente por encima de la rodilla. De calzado, unas sandalias negras de tacón alto.

Bajó a la planta baja y avisó a sus guardaespaladas de que iba a salir en seguida. Entonces se dirigió a la piscina. Richard leía en una hamaca.

Hola, cariño – saludó.

El hombre levantó los ojos del libro y sonrió a su esposa.

Hola, cielo. ¿ya has vuelto? –preguntó incorporandose y dandole un suave beso en los labios- Estás estupenda.

En realidad, me vuelvo a ir. Tengo una cena de negocios esta noche.

Vaya, no sabía nada –dijo contrariado.

Bueno, ha surgido de improviso. No pude avisarte. Lo siento.

¿Y con quién es? –se interesó Richard.

Con una empresaria local, no muy conocida, pero nunca se sabe... – mintió Helen. Era lo primero que se le había ocurrido.

Diviertete.

Gracias, cariño –respondió la senadora al tiempo que daba un beso de despedida a su esposo.

Se apresuró hacia su despacho y cogió la tarjeta de cartón con la "S" y el antifaz, que guardó en su bolso. Después se dirigió a la salida de la casa. Dos guardaespaldas la esperaban en el umbral. La acompañaron hasta el coche y montaron los tres.

Jefferson con la treinta y dos –dijo en dirección al chófer.

Sí, señora.

El vehículo atravesó la verja y enfiló la carretera. Quince minutos después aparcaban frente a "el lazo negro". Un guardaespaldas abrió la puerta y la senadora se apeó. Acompañada por los dos guaruras, Helen avanzó hacia el interior del restaurante mientras el chófer aparcaba el vehículo. Un hombre joven pulcramente vestido les salió al paso.

Buenas tardes, soy el encargado, en qué puedo ayudarles –preguntó, sin aparentemente reconocer a la senadora.

Buenas tardes –respondió ésta- tengo una cita a las siete.

Y sacando la tarjeta de cartón se la entregó al hombre. Este la miró detenidamente y tras unos segundos dijo:

Acompañenme, por favor.

Pasaron a través de una estancia elegantemente decorada y llena de mesas, algunas de ellas ocupadas por comensales. Al final del restaurante, una fila de escaleras daba acceso a un reservado.

Sus guardaespaldas pueden quedarse aquí –dijo el joven, señalando una mesa al pie de las escaleras.

Nos gustaría echar un vistazo ahí arriba –dijo el más viejo

Bueno, no sé, señora –respondió el hombre mirando a la senadora- ya hay alguien en el reservado y quizá le incomode la presencia de estos caballeros.

Señora, nuestro deber es protegerla –insistió el guardaespaldas dirigiendose a la senadora.

Por favor, podría preguntar a la persona que me espera si tiene algún inconveniente en que los muchachos echen un vistazo –preguntó Helen al encargado.

Un momento, señora –respondió y acto seguido subió las escaleras.

Volvió a los pocos segundos.

Esta bien –dijo- suban.

El reservado era pequeño, con una mesa ovalada y varias sillas. Estaba decorado con gusto, pero sin ostentación. Una mujer joven y atractiva, de cabello negro largo estaba sentada a la cabecera de la mesa. Tenía los ojos oscuros y los labios rojos y gruesos. Su piel morena no dejaba lugar a dudas sobre su ascendencia latina. Cuando entró la comitiva, se levantó y dirigiendose a Helen dijo:

 

Buenas tardes, senadora. Mi nombre es Carla y estoy al servicio de Mistress Patrizia.

Buenas tardes – respondió Helen cortesmente, estrechando su mano – mis guardaespaldas se han empeñado en echar un vistazo.

No hay problema, adelante.

Los dos hombres entraron y durante varios minutos escrutinaron cuidadosamente el reservado mientras las mujeres se mantenían en silencio. Después, aparentemente satisfechos se dispusieron a abandonar la habitación.

Señores, les rogamos que no vuelvan a interrumpirnos – dijo Carla – su señora estará bien y bajará cuando hayamos acabado la velada.

Los dos guaruras miraron a la senadora, esperando su confirmación.

Sí, si, esperad abajo y no nos interrumpais – dijo Helen C. Taylor

Como usted diga, senadora –respondieron.

Una vez a solas, Carla se levantó y se dirigió hacia una de las paredes. Vestía un top negro, ajustado que marcaba sus exhuberantes tetas y unos pantalones de licra, también negros que resaltaban su esbelta figura. La mujer giró una palanca oculta y Helen observó atónita cómo dos de los paneles de la pared se deslizaban silenciosamente y dejaban a la vista un pasillo iluminado.

Sigame, senadora –dijo la joven.

¿Dónde vamos? –preguntó Helen, insegura.

No haga preguntas y obedezca –respondió la mujer con seriedad.

Helen siguió a la joven por el pasillo y en breve llegaron a una habitación amplia. En las paredes de la misma la senadora pudo ver baldas marcadas con números, y en algunas de ellas ropa apilada. Carla se dirigió hacia la número 16 y se detuvo ante ella.

Desnudese y ponga la ropa en esta balda

Helen abrió los ojos como platos, incrédula.

No puede decirlo en serio –dijo.

Muy en serio, senadora

No pienso desnudarme.

En ese caso puede marcharse. Mistress Patrizia tomará las medidas oportunas.

Qué medidas

Usted lo sabe perfectamente.

La senadora suspiró. Sabía que no tenía otra opción.

Está bien, lo haré –dijo resignada.

La joven no hizo ningún comentario. Helen se quitó los zapatos y los puso sobre la balda. Después se desabrochó la blusa y se la sacó. La dobló con cuidado y la dejó sobre las sandalias.

Bonito sostén – comentó la mujer.

Gracias.

Quiteselo.

La senadora llevó las manos a la espalda, encontró el cierre y lo abrió. Después se deslizó las tiras del sujetador por los brazos y lo dejó sobre la balda. Sus tetas quedaron expuestas ante los ojos de la joven. Helen no podía creerlo. Sus pezones estaban hinchados y apuntaban obscenamente hacia arriba.

Ahora la falda – dijo la joven.

Helen llevó la mano derecha al lateral de la falda y bajó la cremallera. Entonces, contorneó las caderas y tiró de la prenda hasta que ésta cayó a sus tobillos. Se agachó a por ella y la dejó junto al resto de la ropa.

Su ropa interior es preciosa, senadora –dijo Carla admirando las braguitas y el liguero de Helen – lástima que las órdenes de Mistress Patrizia sean tan precisas. Por favor, quiteselos.

La honorable Helen C. Taylor liberó las medias del liguero y lentamente se las deslizó, primero por una y luego por la otra pierna. Después, se desprendió del liguero y finalmente, con cierto sonrojo se bajó las braguitas negras y se quedó totalmente en cueros ante aquella desconocida. Hubiese pagado por que fuese de otro modo, pero lo cierto es que su cuerpo temblaba de excitación. Sí, allí desnuda, su cuerpo expuesto ante una bella joven totalmente vestida, la senadora Helen C. Taylor estaba excitada.

Muy bien, senadora. Ahora entrelace sus manos tras la cabeza y separe las piernas.

Helen obedeció. La joven se acercó a ella y pasó la palma de su mano por el abdomen de la mujer. La senadora se extremeció.

Se le ha borrado un poco –dijo Carla, y sacando un rotulador de su bolso volvió a marcar la palabra "PUTA" en su barriga – así está mejor

Entonces los ojos de la joven se posaron sobre el pubis de la senadora. Extendió su mano y lo acarició.

Veo que ha cumplido las órdenes del Ama –dijo ante la ausencia de vello vaginal, y acto seguido comenzó a manosear el coño de Helen sin miramientos, sobando su mojada vulva y acariciando su sensible clítoris.

La senadora no osó detenerla. Se dejó tocar e intentó disfrutar con ello. A fin de cuentas, qué otra cosa podía hacer, se dijo. Pero Carla se detuvo en seguida.

Es una lastima que no pueda jugar un poquito más con usted, pero Mistress Patrizia le está esperando. Junte las piernas y agachese sin doblarlas hasta agarrar los tobillos.

Helen no entendía qué era lo que la joven pretendía pero obedeció. No estaba muy en forma y tuvo que doblar levemente las rodillas para alcanzar la posición. Sintió cómo Carla se situaba tras ella y cómo sus manos se posaban sobre sus nalgas y las abrían.

Su ano y su raja del culo están sin depilar –reprochó

No podía hacerlo yo sola.

Al Ama no le valen esas excusas. Cuando ordena algo lo quiere hecho. Es tu problema el cómo lo haces.

Pero....

Las explicaciones guardelas para el Ama. Las necesitará. Ahora levantesé. Es hora de ir a reunirnos con ella.

La senadora obedeció. Carla abrió su bolso y extrajo un collar negro de cuero, con el número 16 grabado, que ajustó alrededor del cuello de Helen. Era ancho, con aros alrededor. La joven pasó un cordel por uno de los aros delanteros y tiró de su cuello.

Vamos – dijo- Mistress Patrizia nos espera.

Helen C. Taylor avanzó guiada por Carla. Se sentía como una esclava a punto de ser vendida. Carla miró hacia atrás y contempló a la mujer que le seguia sumisamente. Tenía los pezones erectos y el coño abierto y húmedo. Su admiración por el Ama se hizó más intensa. Carla había visto a la senadora Taylor en televisión. Era una mujer segura de sí, decidida, con carácter. El Ama estaba consiguiendo convertirla en una puta. ¿Estaría en sus planes esclavizarla?, se preguntó.

Pongase el antifaz –dijo

Lo dejé en el bolso, sobre la balda

Carla fue a por él y se lo colocó sobre los ojos. Ahora nadie podría reconocerla. La joven tiró del collar y llevó a Helen hasta el extemo opuesto de la habitación, donde esperaba una puerta cerrada. Carla la abrió y guió a la senadora a través de ella.



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La senadora Helen C. Taylor se quedó paralizada. Su boca se movía como la de un pez sin acertar a pronunciar palabras. No podía creerlo. Carla había abierto aquella puerta y tirado de ella hacia dentro. Sin casi tiempo para pensar a dónde iban, la senadora se encontró de súbito en una habitación llena de gente. Algunas personas se volvieron a mirarla y Helen sintió cómo todo su cuerpo ardía de vergüenza. ¡Se sentía tan humillada! Y el pubis rasurado le hacía sentirse aún más desnuda.

¡Oh!, por Dios, Carla, sacame de aquí –consiguió decir, finalmente.

Relajate –se límitó a decir ésta- te acabarás acostumbrando.

¡Acostumbrarse! ¿A eso? Jamás. La senadora se cubrió el pubis y los pechos con las manos. Al menos taparía lo que pudiese. Sintió un tirón en el cuello.

Vamos, Mistress Patrizia nos espera.

Aquel lugar era un restaurante. Pequeño. Habría unas diez o doce mesas. Todas ocupadas. Helen se dio cuenta en seguida de que ella no era la única que estaba en cueros. En todas las mesas había mujeres desnudas comiendo con gente vestida. Divisó a Mistress Patrizia sentada en una mesa al fondo, sola. Carla la llevaba hacia allí. En el trayecto a través de las mesas, varias manos le sobaron el culo y una se animó incluso a darle un azote que le hizo soltar un gritito, más de sorpresa que de dolor. Estaba tan humillada que ni siquiera se atrevió a girarse y se limitó a seguir a Carla sin rechistar. Se sentía como una puta expuesta a la clientela. Ella, la honorable senadora Helen C. Taylor exhibida como una vulgar prostituta. Si aquellas personas supiesen quién era en realidad...

Finalmente, Carla se detuvo ante la mesa que ocupaba Mistress Patrizia.

Ama, aquí le traigo a la sumisa, tal y como ordenó – dijo, al tiempo de desenganchaba la correa del collar de cuero.

Hola, Helen – saludó la dominatrix, sin molestarse en responder a Carla.

Hola, Mistress – respondió la senadora, ajustandose con demasiada facilidad al tratamiento que Patrizia le había requerido por la mañana – Por favor, Mistress vayamonos de aquí. Alguien podría reconocerme.

Nadie te reconocerá – dijo el Ama con seguridad – Ahora, deja de comportarte como una chiquilla y pon los brazos tras la espalda.

Por favor, Mistress... –suplicó la senadora.

Espero no tener que repetirlo – el tono severo era evidente en la voz de la dominatrix.

Fue suficiente. Helen C. Taylor llevó sus manos a la espalda dejando de nuevo todo su cuerpo a la vista.

¡Ummm! Veo que has obedecido la primera parte de mis órdenes – dijo Mistress Patrizia mirando fijamente el coño rasurado de la senadora – ahora date la vuelta, arqueate y separa las nalgas. Veamos si has sido una niña buena.

Mistress, yo...quería hacerlo pero...yo sola....no podía –balbuceó la mujer.

¿Pretendes insinuar que no te has depilado como te ordené?

La senadora se puso roja ante la escrutadora mirada de la dominatrix.

Yo...no, Mistress. Quería hacerlo, de verdad, quería hacerlo – dijo asustada– pero no podía yo sola y no me atrevía a pedirselo a nadie.

Mistress Patrizia se puso seria.

Helen, Helen, has sido una niña mala – dijo en tono aleccionador- ¿Sabes lo que se les hace a las niñas que son malas?

Mistress, yo no...

¿Qué se les hace a las niñas que son malas, Helen? –insistió la dominatrix.

La senadora tragó saliva. La respuesta que Mistress Patrizia esperaba era obvia y no por ello menos humillante. Helen miró al suelo, rendida y dijo:

Se las castiga, Mistress.

La boca del Ama dibujó una sonrisa de satisfacción.

Así es, querida. Ahora, mira allí –dijo señalando un lugar en la sala.

La senadora siguió el dedo de Mistress Patrizia hasta lo que parecía una pizarra en la pared. En la parte superior ponía "CASTIGOS"; debajo, una tabla dejaba espacio para tres entradas: "esclavo", "amo" y "castigo". Sólo había una anotación: Esclava, Martha; Amo, Master Craig; Castigo, 20 azotes. Antes de que pudiese reaccionar, Mistress Patrizia volvió a hablar.

Apuntate. 30 azotes será tu castigo por desobedecer mis órdenes.

La senadora no podía creer lo que estaba oyendo. ¿La iban a azotar? ¿30 azotes? Aquello era demasiado. No pudo evitar responder.

Mistress Patrizia –dijo- ¿por qué me hace esto? ¿qué le he hecho yo a usted?

La dominatrix la miró fijamente durante varios segundos. Después, preguntó a su vez:

¿por qué lo haces tu, Helen?

Porque tiene a mi hija –respondió Helen como un rayo- porque fui lo bastante estúpida como para dejar que me sacara las fotos que me sacó.

Ven, acercate –ordenó la dominatrix.

La senadora dio unos pasos y se colocó junto a la silla que la joven ocupaba. Antes de que pudiese reaccionar, Mistress Patrizia introdujo un dedo en su coño, hasta la última falange, y lo sacó enseguida alzándolo ante ella. Estaba chorreando de flujo.

Para hacerlo a la fuerza se diría que lo disfrutas demasiado –dijo.

Helen, roja como un tomate, miraba al suelo sin atreverse a levantar la vista

Anda, ve a apuntar tu castigo

Sin rechistar, muerta de vergüenza y humillación, la senadora caminó hasta la pizarra y tomando la tiza escribió: Esclava, Helen; Ama, Mistress Patrizia; Castigo, 30 azotes. Después, sin dejar de mirar al suelo volvió junto a su Ama, que estaba ojeando la carta. Carla se había ido.

Sientate –ordenó la dominatrix

La senadora obedeció. El tacto del cuero negro de la silla sobre sus nalgas desnudas la hizo extremecer. Mistress Patrizia hizo un gesto a uno de los camareros y éste se acercó raudo.

Digame, señora – preguntó

Tomaré pato a la naranja con profiteroles y vino tinto. Ya sabes, el rioja que tanto me gusta.

Sí, señora.

¿Puedo ver la carta? –pidió Helen.

El camarero la miró con sorpresa y después miró a Mistress Patrizia.

Es la primera vez que viene, Johnny –dijo ésta a modo de excusa.

El camarero, un muchacho joven, rubio y musculoso, asintió. Entonces, dirigiendose a la senadora dijo:

Lo siento, sólo nos está permitido servir a los Amos y Amas.

Helen C. Taylor no daba crédito a sus oidos. Llevaba sin comer desde las doce. Estaba famélica.

Por favor, Mistress. Me muero de hambre –dijo.

Si quieres comer, tendrás que ganartelo.

La senadora miró a Patrizia sin comprender, mientras ésta se dirigía al joven camarero:

Johnny, ¿qué te parecen las tetas de Helen? ¿Te gustan?

Son fantásticas, Mistress Patrizia. –respondió el joven- ¿qué talla usa?

Helen, nuestro amigo quiere saber tu talla. Sé cortés y disela.

Uso una 105D –dijo la senadora sonrojandose.

¡Guau! –exclamó Johnny.

Helen, creo que le has impresionado. Por qué no le invitas a acariciartelas. Eso bien podría valer una cena.

La senadora miró al camarero. Era joven y guapo. Miro sus manos, grandes, varoniles. Se las imaginó sobre sus pechos, sobándolos. Un escalofrío de excitación recorrió su cuerpo. Muchas veces había fantaseado con jóvenes mientras se masturbaba. Tengo el antifaz, se dijo, nadie puede reconocerme.

Si...si... quieres puedes tocarlas– dijo finalmente, roja como un tomate.

Será un placer –respondió el muchacho con una sonrisa.

Alargó sus manos y comenzó a acariciar los melones de Helen, amasandolos con suavidad y estimulando con especial atención los inflados pezones. La senadora estaba tan cachonda que comenzó a gemir al instante. Johnny no parecía tener prisa, una y otra vez estrujaba aquellas tetorras entre sus manos, sentía el calor que desprendían y disfrutaba de los endurecidos pezones, pellizcandolos y estirandolos con maestría. El coñito de Helen estaba chorreando. La senadora podía notar la humedad debajo de sus nalgas y de sus muslos.

Oooooh, uuuuuuh, mmmmmmm –gemía sin parar.

Helen se mordía el labio inferior, conteniendo la respiracion, su cara sudorosa y roja por la congestión. Sus ojos, entrecerrados por la pasión se posaron en la pareja que ocupaba la mesa contigua. Un negrazo, grande, calvo y atractivo y una mujer blanca, rubia, y por supuesto, desnuda. Ambos la observaban. El con una sonrisa enigmática, ella humedeciendose los labios con la lengua. Movida por su excitación, Helen repitió aquel mismo gesto. Estaba excitadísima, fuera de sí. Vio cómo el negro le decía algo a la mujer y cómo ésta se levantaba y se dirigía hacia ella. ¡Dios! ¡Dios! ¡Qué va a pasar!, se dijo. La rubia tendría aproximadamente su misma edad y mientras se acercaba Helen no pudo evitar clavar los ojos en sus dos pezones perforados por anillas. No hubo ningún tipo de presentación. Tampoco hacía falta. La senadora estaba gimiendo, con sus pezones estirados por las hábiles manos de Johnny, cuando la rubia agarró su pelo y sin más le hundió la lengua hasta el gaznate morreandola con una pasión desconocida para ella. Helen no respondió al principio, un tanto aturdida, pero poco a poco su lengua comenzó a entrelazarse con la de la mujer. No sintió asco, todo lo contrario, estaba a punto de correrse del morbazo que le estaba dando la situación. Sintió la mano de la rubia deslizandose por su abdomen, llegando a su pubis y finalmente acariciando su clítoris. Lo sintió gordo, hinchado, sensible. Se iba a correr sin remedio. La otra mujer debió sentirlo porque detuvo sus caricias y rompiendo el pasional beso, le susurró al oido:

¿Tienes permiso para correrte?

¿Qué haces? Pensó la senadora, no pares, sigue, sigue

No, no lo tiene –se oyó la voz de Mistress Patrizia

La rubia se incorporó y mirando a Helen dijo:

Lo siento

La senadora estaba loca de excitación, cachonda perdida, necesitaba acabar. Johnny también había dejado de sobar sus tetas y esperaba paciente junto a la mesa. Desesperada, Helen no dudo en humillarse y suplicar.

Por favor, Mistress, por favor. No puede dejarme así.

Una buena esclava debe aprender a controlar sus orgasmos y a correrse sólo cuando su Ama se lo autoriza.

Yo no soy una esclava, Mistress –respondió indignada

¿De veras?

La senadora miró alternativamente a la dominatrix, a Johnny y a la mujer rubia. Sus gestos eran impasibles. La consideraban una esclava. Excitada aún, pero tremendamente humillada, Helen comenzó a llorar.

Johnny – dijo Mistress Patrizia – creo que la esclava se ha ganado su cena. Traele algo ligero. Una ensalada de pollo. Tiene que bajar algo de peso. Una botella de agua, también.

Sí, señora –dijo el joven, alejandose hacia la cocina.

Y tu, Martha, vuelve con tu Amo –le dijo a la rubia.

Sí, Mistress

La cena no tardó en llegar. Helen lloró y gimoteó durante un largo rato, pero finalmente consiguió calmarse. Mistress Patrizia la observó en silencio. Había vivido con frecuencia ese momento. Todas reaccionaban igual cuando interiorizaban su condición, pero después todo era más fácil. Lo asumían y eran más fáciles de manejar.

Tu hija está bien –dijo la dominatrix a mitad de la cena- volverá al final de sus vacaciones. Tal y como estaba previsto.

Helen dejó de masticar y levantó la vista del plato

¿Está libre? –preguntó.

No, aún no. Lo estará pronto –mintió Patrizia.

Entonces, ¿qué pasará conmigo? –preguntó la senadora temerosa de la respuesta.

La dominatrix guardó silencio durante unos segundos, entonces dijo muy despacio:

Tu, Helen, seguirás siendo mi esclava.

El coño de la senadora se llenó de líquido, su vulva ardía. ¡Dios Santo! ¿Por qué le pasaba aquello? Aquella mujer acababa de decirle que iba a ser su esclava, Dios sabe hasta cuándo. ¿Cómo podía excitarle aquello? ¿Qué clase de pervertida era? Ella era una honorable senadora. No quería ser esclava de nadie ¿Era la calentura que tenía la que le hacía reaccionar así? Sintió el pie desnudo de Mistress Patrizia acariciando su pantorrilla, subiendo hasta su rodilla, avanzando por su muslo. Abrió las piernas. ¿Por qué abría las piernas?

Veo que no te disgusta la idea –dijo la dominatrix apoyando los deditos de su pie sobre la vulva de la senadora y sintiendo lo húmeda que estaba.

¡Ooooooooooh! –fue lo único que salió de la boca de Helen.

¿Quieres que siga?

Oh, sí. Por favor, Mistress.

¿Te vas a portar como una buena esclava?

Sí, Mistress, sí. Haré todo lo que me pida.

Pellizcate los pezones, perra.

Helen se llevó las manos a las tetas y comenzó a estirarse los pezones con una pasión desbocada. El Ama le estaba masturbando con los dedos del pie. Era tan erótico...ummm, estaba chorreando.

¡Ooooh! Mistress ¡Aaaaah! no puedo más. ¿Puedo correrme?

¡Ajá! Vas aprendiendo, zorrita, pensó la dominatrix.

Aún no, aguanta un poco –dijo-

¡Ooooh! ¡siiiiiiii! ¡Qué bueno! –gemía la pobre Helen- No....puedo...aaaaah guantar más.

Sí puedes. Te lo ordena tu Ama

La senadora intentaba con toda su voluntad no correrse, pero esa contención la estaba volviendo loca de deseo. Su cuerpo se retorcía sobre la silla y sus gemidos estaban llamando la atención del resto de los comensales que la miraban divertidos.

¡Oooh, Mistress! ¡Oooh, Mistress! Por favor

Te permitiré correrte cuando grites que eres la esclava de Mistress Patrizia

¡Soy la esclava de Mistress Patrizia! –dijo en alto, sin dudarlo.

Oh, vamos, he dicho gritar.

Helen no podía aguantar más.

¡SOY LA ESCLAVA DE MISTRESS PATRIZIA! ¡SOY LA ESCLAVA DE MISTRESS PATRIZIA! –gritó entregada.

¡Correte, perra!

¡Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii! ¡Aaaaaaaaaaaaaaah! ¡Aaaaaaaaaaaaaah!

La senadora Helen C. Taylor comenzó a eyacular, bañando el pie de su Ama con su abundante néctar y deshaciendose en un expectacular orgasmo. Durante todo el tiempo que su cuerpo estuvo temblando y botando sobre la silla, su boca no dejaba de decir ¡Oh, Ama! ¡Oh, Ama!

Mistress Patrizia observó satisfecha el clímax de la senadora y se sintió embriagada por una tremenda sensación de poder. Iba a someter a aquella perra hasta convertirla en la más obediente y abnegada de las esclavas.

Poco a poco, Helen se fue relajando tras el orgasmo, aunque aún se sentía sexualmente excitada. Era algo que nunca antes le había pasado, aunque ya no podía extrañarle. ¡Se acababa de correr como una zorra en una habitación llena de gente! Sentía las miradas de todos sobre ella, pero no se atrevió a levantar la vista del suelo. Mistress Patrizia se levantó y doblando una de sus piernas apoyó el pie sobre la mesa, frente a ella. La otra pierna quedó estirada, larga, perfecta. El Ama tiene unas piernas preciosas, se dijo Helen. Mistress Patrizia llevaba un vestido de cuero rojo, ajustado, con medias de redecilla del mismo color y zapatos de aguja negros.

Limpiame el pie de tu jugo de guarra –ordenó

Sí, Mistress –respondió sumisa y humillada, sabiendo que todos estaban pendientes de ella

Helen C. Taylor lamió el pie de su joven Ama con entrega y admiración, mientras ésta acariciaba su pelo con suavidad.

Eso es, cariño, lameme el pie como una buena perrita. Demuestra a tu Ama el respeto que sientes por ella.

La senadora no se limitó a lamer, también succionó los deditos del Ama, y cubrió su tobillo de besitos. Y se dio cuenta que adorar el pie de Mistress Patrizia le había conseguido poner de nuevo tremendamente cachonda. La joven dominatrix no tenía ninguna prisa, le estaba gustando el trabajito que le estaba haciendo Helen y la habría dejado seguir un rato más si Master Kevin no hubiese anunciado el inició de los castigos.

Vamos, mi perrita –dijo- es la hora de la disciplina para las niñas que han sido desobedientes.

Sí, Ama –respondió la senadora sumisamente.

La orgullosa Helen C. Taylor, a sus 45 años había doblegado su voluntad a la de aquella dominante joven de 23. Con la cabeza gacha, mirando al suelo, dejó que Mistress Patrizia enganchase la correa al collar de cuero que rodeaba su cuello y la guiase a través de una de las puertas que se abrían a la estancia. Cuando la atravesaron se encontraron en una sala más pequeña, con sillones y una especie de escenario. Los Amos y Amas ocupaban los sillones y las esclavas permanecían arrodilladas a su lado, sentadas sobre sus piernas. Mistress Patrizia ocupó uno de los asientos y ordenó a Helen que se arrodillara junto a ella. Un hombre alto, con barba y mucho músculo subió al escenario en el que únicamente había una silla.

Queridos amigos –dijo- como todos sabeis es el momento de castigar a aquellas esclavas que no se han comportado correctamente. En primer lugar, Master Craig impondrá el castigo a su esclava Martha. Por favor, Craig, puedes subir.

Helen observó cómo el negro calvo y atractivo que había sido su vecino de mesa ascendía al escenario seguido por la mujer rubia. La senadora no sabía qué iba a pasar pero era presa de una gran excitación. Master Craig se sentó en la silla y se palmeó los muslos. Inmediatamente, Martha se tendió sobre ellos, boca abajo y con el trasero expuesto.

Esclava, ¿cuál fue tu falta? –pregunto el Amo en voz alta

Me corrí sin su permiso, Señor

Recibirás veinte azotes como castigo. La próxima vez serán cincuenta.

Lo que usted ordene, Amo.

Y sin más preámbulo una lluvia de azotes comenzó a caer sobre las nalgas de la mujer. Eran fuertes y certeros, sin ninguna compasión. Debían doler horrores y, sin embargo Helen se admiró del empaque con el que Martha los aceptaba. Sólo algunos gruñidos y pequeños chillidos. Finalmente, Master Craig se detuvo.

De espaldas a la pared. Brazos tras la cabeza –ordenó.

Martha se incorporó y fue hasta una de las esquinas del escenario. Una vez allí, puso las manos tras la cabeza y se quedó mirando a la pared, dando la espalda al público. La senadora contempló sus cachetes enrojecidos por el castigo y por alguna razón se sintió tremendamente excitada. Master Craig abandonó el escenario y el hombre barbudo volvió a tomar la palabra.

En segundo lugar, y para acabar, Mistress Patrizia va a castigar a su esclava Helen. Por favor, Patrizia, puedes subir.

La joven dominatrix se levantó y se dirigió hacia el escenario. La senadora se incorporó y siguió a su Ama. Podía sentir todos los ojos sobre ella. Se sentía humillada y avergonzada pero al mismo tiempo estaba caliente como una burra en celo. Mistress Patrizia se sentó en la silla. Antes de que pudiese proceder con el castigo, el hombre barbudo habló:

Mistress Patrizia, ¿esta esclava es nueva, verdad?

En efecto, Master Kevin. Sometida esta misma mañana.

Te felicito. Muy buena elección. Tiene unas tetas estupendas y sobre todo un espléndido culo. ¿Puedes decirnos algo más de ella?

Tiene 45 años, está casada y tiene una hija. Clase alta, acostumbrada a la buena vida.

Gracias, Patrizia. Te felicito de nuevo. Por favor, continúa con el castigo.

¡Esclava! –gritó la dominatrix- Informanos de tu falta.

He venido sin depilarme los pelitos del ano, desobedeciendo sus órdenes, Mistress.

Recibirás treinta azotes por ello. Tumbate sobre mi regazo.

Sí, Mistress.

A pesar de lo que estaba a punto de ocurrir, Helen nunca había estado tan cachonda. Una joven que podía ser su hija iba a azotarla ante una veintena de personas como si fuese una colegiala traviesa. No podía creer que aquello fuese a pasar. Estaba segura de que todo era un sueño. Pero entonces los azotes comenzaron a caer con virulencia sobre sus nalgas. La senadora intentaba mantener el tipo como minutos antes había hecho la esclava Martha, pero tan solo aguantó seis envites. Entonces comenzó primero a gemir, luego a gritar, y finalmente a chillar con desesperación y a patalear. Pero los golpes seguían cayendo y cada vez eran más dolorosos. A los catorce cachetazos, la senadora intentó levantarse y escapar, pero unas manos le agarraron por los tobillos y otras por el pelo, manteniendola en posición mientras la palma de Mistress Patrizia caía sin compasión. Helen estaba recibiendo la paliza de su vida. La dominatrix sonreía. Esta perra se lo va a pensar bien antes de volver a desobedecer, pensó mientras descargaba el último azote sobre el trasero de la senadora. La pobre siguió allí tendida, sin moverse, totalmente vencida y humillada. Ni siquiera parecían quedarle fuerzas para llorar o quejarse. Sus nalgas se habían tornado de un color rojo intenso. Mistress Patrizia posó su mano sobre ellas y las acarició suavemente sintiendo cómo el cuerpo de la senadora se extremecía. El pubis de Helen se apretaba contra el muslo derecho de la dominatrix y ésta había podido comprobar cómo a pesar del dolor, el coño de la mujer no había dejado de estar mojado en ningún momento. Mistress Patrizia estaba satisfecha con las reacciones de la senadora. Iba camino de convertirse en una buena esclava. Los expectadores comenzaron a levantarse y a abandonar la sala. La joven dejó que Helen se recuperase unos minutos más sobre sus piernas y luego la ayudó a incorporarse. Martha seguía en el rincón y Master Craig, sentado en uno de los sillones observaba la recuperación de Helen. Mistress Patrizia tomó la correa de cuero y guió a su esclava fuera de la sala y en dirección a la habitación donde había dejado la ropa. La senadora no emitió ni una sola palabra durante el trayecto y se limitó a seguir a la dominatrix con la cabeza gacha, mirando al suelo. En la habitación, algunas esclavas estaban terminando de vestirse. Mistress Patrizia retiró la correa y el collar de Helen y le dio permiso para vestirse. Mientras se ponía sus braguitas negras, la senadora levantó la mirada y pidió perdón por su comportamiento durante el castigo. Aquel gesto de sumisión satisfizo a la joven Mistress, que sin embargo se cuidó mucho de demostrarlo. Al contrario, le dio pie para dar otra vuelta de tuerca en el sometimiento de la senadora.

Tu comportamiento ha sido decepcionante –dijo-

Perdón, Mistress. Yo...no estoy acostumbrada a que me castiguen.

Tu coño estaba mojado. Qué tienes que decir.

Helen enrojeció.

Es verdad, Mistress. Estaba excitada. Llevo toda la noche excitada.

Yo también lo estoy

La senadora se mordió el labio. Su respiración se hizo agitada, con anticipación. Temblando, dijo:

¿Hay algo que yo pueda hacer, Mistress?

Ven aquí, arrodillate ante mi –ordenó la dominatrix

Helen C. Taylor obedeció. Sabía lo que iba a pasar y sentía un cosquilleo extraño en el estómago. Mistress Patrizia se levantó el vestido y dejó a la vista un diminuto tanga rojo que a duras penas cubría su raja.

Quitamelo – dijo

Con dedos temblorosos, la senadora deslizó el tanga por las piernas de la joven hasta que descansó sobre el suelo. Su coñito depilado quedó ante los ojos de Helen que, presa de una gran excitación, no paraba de humedecerse los labios, que se le secaban a cada instante. Jamás se había sentido atraída por otra mujer, pero Mistress Patrizia le hacía sentir cosas extrañas. Nunca había sentido ese deseo de obedecer, de complacer a alguien.

Adora el coño de tu Ama –ordenó la joven

Lo estaba deseando. Su boca se lanzó rauda a besar aquel precioso tesoro. Sus labios recorrieron toda la rajita. Estaba húmeda. Sacó la lengua y se inhundó de su jugo. Su sabor la embriagó. Estaba tan excitada que sintía la urgencia de tocarse su propio conejito, pero sabía que su Ama no lo permitiría. Lamió su clítoris y lo succionó entre sus labios. Mistress Patrizia estaba gimiendo. La estoy dando placer, se dijo orgullosa. Poco a poco, el deseo que intoxicaba la mente de la senadora iba haciendo que sus caricias lentas y dulces se fuesen tornando en impetuosos lengüetazos y vehementes penetraciones. Estaban solas en la sala y Mistress Patrizia gemía abiertamente gozando de la sumisión de la mujer arrodillada a sus pies y acercándose a un poderoso orgasmo. Finalmente, con un grito, la joven agarró los pelos de la mujer y presionó su cara contra su pubis corriendose sobre ella y empapandola de su néctar. Helen se dejó usar hasta que Mistress Patrizia le ordenó levantarse. El Ama pudo ver el deseo en sus ojos. Aquella mujer estaba desesperada por correrse. Sin embargo, no pensaba darle esa satisfacción.

Termina de vestirte –ordenó.

Sí, Ama –respondió la senadora

Se sintió frustrada. Esperaba que Mistress Patrizia le diese la oportunidad de correrse, pero no cuestionó sus órdenes. Se puso las medias, el liguero y el sujetador y después la falda, la blusa y los zapatos. Una vez vestida, el Ama la acompañó por el pasadizo hasta el reservado del restaurante público. Allí sentada esperaba Carla que la miró de forma extraña.

Toma –dijo Mistress Patrizia, entregandole una tarjeta – Es la dirección de un salón de belleza de mi confianza. El jueves te presentarás allí al mediodía. Te quiero sin un solo pelo.

Sí, Mistress –respondió la senadora.

La joven dominatrix dio media vuelta y desapareció por el pasadizo, seguida por Carla. Helen se quedó sola en el reservado. No lo dudó ni un segundo. Se subió la falda, se reclinó en el sofá y apartando la telilla húmeda de sus bragas se masajeó el clítoris. El orgasmo fue inmediato, potente e intenso y tuvo que morderse el labio para no gritar. Tras varios minutos de espasmos, su cuerpo se relajó sobre el sofá. Estaba satisfecha, pero poco a poco un sentimiento de culpabilidad se comenzó a apoderar de ella. Sabía que tenía una gran responsabilidad como senadora, como madre y como esposa, pero algo dentro de ella, algo que no conseguía controlar le hacía someterse a aquella joven de 23 años que podría ser su hija. Sólo esperaba que Mistress Patrizia no le hiciese elegir entre sus responsabilidades y ella porque sinceramente, en esos momentos no sabría qué hacer. ¿O sí lo sabía y se negaba a aceptarlo? Sintió cómo un escalofrío recorría su cuerpo.



La imaginación al poder
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El 15/12/07 a las 05:12:17

Susan Taylor y Rachel Redgrave permanecieron mucho rato en silencio. Sus cabezas intentaban procesar los acontecimientos de las últimas horas, pero se negaban a entenderlos. El trasero de la joven Redgrave aún ardía debido a los varazos que le había propinado Lord Drako, pero más humillante había sido el tener que practicar el cunnilingus a una de sus esclavas. La hija de la senadora Taylor, por su parte, había sido suspendida del techo y sometida a varias humillaciones para acabar haciendo la primera mamada de su vida. Finalmente, ambas habían sido atadas cara a cara y obligadas a base de latigazos a besarse y zorrostrar sus cuerpos y sus vaginas hasta correrse violentamente.

¿Cómo está tu trasero, Rachel? –preguntó finalmente Susan

Me arde como el fuego –respondió su amiga- ¿y el tuyo?

Me escuece un poco, pero lo mío no es nada comparado con lo tuyo. No podía aguantar el verte chillar de esa forma.

Los ojos de Rachel se llenaron de lágrimas

Era horrible. Cada vez que esa vara caía sobre mis nalgas me sentía morir. Habría dado lo que fuese por detener el castigo.

Rachel, me siento confusa –dijo Susan de repente.

¿Confusa?

Sí. Sé que no debería, que todo esto es perverso, pero algunas de las cosas que han pasado no me han desagradado como debieran.

Rachel se quedó en silencio. Sabía lo que su amiga quería decir.

Cuando ese hombre comenzó a meterme su pene –siguió- te juro que no lo deseaba, pero al poco rato sentía un placer tan intenso que rezaba para que acabase con mi virginidad y me penetrase hasta el fondo.

¿Entonces, no te ha desvirgado?

No. Me metía sólo un trocito y me lo sacaba. Por cierto, ¿Has visto qué pene tan tremendo?

Rachel asintió.

Es muy grande –dijo- nunca he visto uno igual.

¿Y el de Curtis? –preguntó Susan

El chico era el ex-novio de Rachel que según ella estaba muy bien dotado.

No, no. Era más corto y mucho menos grueso.

Me ha obligado a mamarselo –soltó Susan

Lo sé

Y a tragarme su semen

Rachel Redgrave no dijo nada.

No me ha dado tanto asco ¿sabes? –prosiguió Susan- en realidad, me ha dado mucho morbo y no lo entiendo. Y también me ha excitado lo que nos han obligado a hacer, y me he corrido como nunca. Y tampoco lo entiendo, Rachel ¿qué me está pasando? ¿Es esta situación? ¿es verdad que vamos a ser sus esclavas? No sé qué pensar.

Susan Taylor rompió en sollozos.

Susan, no te preocupes. Nuestras familias nos sacarán de aquí, seguro –intentó tranquilizarla Rachel.

La joven, sin embargo, seguía llorando

Yo también estoy confusa, Susan –prosiguió Rachel- la mujer rubía me ha obligado a comerle el coño y ... y me ha gustado. Bueno, al principio no, pero poco a poco me he ido poniendo cachonda. Y también me ha excitado lo que hemos hecho nosotras.

Susan dejó de gimotear y miró a su amiga con los ojos como platos:

¿Te has excitado comiendole el coño? –preguntó incrédula

Rachel bajó la cabeza avergonzada y balbuceó un tímido "Sí". Quizá no debería haberle dicho nada a su amiga, pero ahora ya era demasiado tarde.

Pero tu no eres lesbiana ¿no? –insistió Susan

Claro que no. A mi me gustan los hombres. Es sólo este sitio, que te hace sentir cosas raras.

En ese instante se abrió la puerta del calabozo y Christine y Andrea se dirigieron hacia las jóvenes, que guardaron silencio, expectantes. Christine sacó un delgado collar de cuero rojo y lo ajustó alrededor del cuello de Rachel Redgrave. Después, enganchó a él una correa. Mientras tanto, Andrea liberó las manos de la joven de los grilletes y las esposó a su espalda.

Vamos –dijo- Lord Drako desea verte.

Rachel lanzó una mirada angustiada a Susan y siguió a las dos mujeres fuera del calabozo. Estaba terriblemente asustada. Andrea y Christine la guiaron por varios corredores hasta el despacho de Lord Drako. Cuando entraron, el hombre estaba sentado tras su escritorio, escribiendo en un ordenador portátil. Sin levantar la vista dijo:

Dejadla en el centro de la sala y marchaos. Ya sabeis lo que teneis que hacer.

Sí, Amo –respondieron las dos esclavas al unísono.

Rachel fue dejada allí como una vulgar mercancía, mientras Lord Drako seguía pendiente de la pantalla del ordenador. Acobardada, la chica permaneció en silencio. Quince minutos después, el hombre levantó los ojos y la miró durante unos segundos.

Esa no es la postura correcta para una esclava –dijo- tu cabeza debe estar inclinada, mirando al suelo en señal de sumisión, el pecho expuesto y las piernas ligeramente abiertas para darme acceso a tu coño. Los brazos tras la espalda, con las manos cruzadas detrás de la nuca, excepto cuando estés esposada como ahora. ¿Está claro?

Sí, Señor –dijo la joven, asumiendo la posición requerida.

¿Tu nombre es Rachel Redgrave, verdad?

Sí, Señor.

Y tienes dieciocho años

Sí, Señor.

¿Eres virgen, Rachel?

La joven se puso roja y no respondió.

Veamos –dijo Lord Drako- no pienso repetirte esto más veces, así que espero que tomes buena nota. Voy a hacerte una serie de preguntas y espero respuestas rápidas y francas. Si vuelves a quedarte callada o sospecho que me has mentido, recibiras el castigo de antes multiplicado por tres. Así que te pregunto de nuevo, ¿eres virgen?

No, Señor –respondió la chica con premura.

Vaya, vaya. Cuentame. ¿cuándo fue y con quién?

Fue con mi ex-novio, Curtis. Me desvirgó en el asiento de atrás de su coche hace cosa de un año.

¿Disfrutaste?

No mucho, Señor. Me hizo daño y aunque se puso preservativo yo estaba nerviosa por si se rompía y me quedaba embarazada.

¿Volvisteis a hacerlo?

Sí, Señor. Con bastante frecuencia hasta que lo dejamos.

¿Disfrutaste más en esas ocasiones?

Sí, Señor. Ya estaba más tranquila y me gustó más.

¿Llegaste al orgasmo?

Oh, no, Señor. Curtis acababa muy rápido.

¿Con qué frecuencia te masturbas, Rachel?

La joven se quedó callada. Ella no había reconocido que se masturbase. Pensó en mentir, pero en el último segundo sintió miedo.

Lo hago de vez en cuando, Señor. Bueno, en realidad, casi todos los días.

¿Y llegas al orgasmo?

Sí, Señor

¿Y en qué piensas cuando te masturbas, Rachel?

Aquella pregunta le pilló por sorpresa

Bueno, yo...no sé...depende del día.

¿Fantaseas con ser dominada, Rachel, usada a la fuerza?

Tenía que mentir, debía mentir...

No –balbuceó sin convicción. Y el Amo lo notó.

¿Estás segura? –insistió Lord Drako mientras colocaba una vara de bambú sobre el escritorio.

La joven sintió un escalofrío recorriendo su cuerpo de la cabeza a los pies.

Bueno, a veces sí –rectificó rápidamente.

A veces – repitió el Amo, acariciando la vara.

El pánico se apoderó de la chica.

No, Señor. En realidad, casi siempre. Casi siempre que me masturbo cierro los ojos y fantaseo con ser dominada.

Entiendo que entonces me has mentido.

Perdón, Señor. Le ruego que me perdone. Me daba vergüenza reconocerlo. Se lo suplico, no me castigue –la pobre Rachel estaba aterrada. Las lágrimas caían por sus mejillas, temiendo los temibles varazos.

Lord Drako simuló reflexionar.

La falta es grave –dijo al fin- pero estoy dispuesto a pasar por alto el castigo si a cambio me ofreces tu virginidad.

Pero, Señor...ya le he dicho que no soy virgen.

Me refería a tu OTRA virginidad.

Los ojos de la joven se abrieron como platos.

¿El....a...ano? –balbuceó

Supongo que aún eres virgen por el culo ¿verdad?

Sí, Señor –respondió vencida.

¿Y bien?

Rachel Redgrave no quería pensar qué sería peor, los treinta varazos o el ser penetrada por el ano. Pero sus nalgas aún dolían horrores y no podía imaginar cómo encajar treinte golpes más. Temblando y llorando de miedo, la joven claudicó

Señor, le... le... ofrezco mi...ano....

Muy bien –dijo el Amo sin denotar la más mínima emoción- avanza hacia el escritorio y doblate hasta apoyar la cabeza y los pechos sobre la madera.

La joven Redgrave obedeció como una marioneta. Con una sonrisa en los labios, Lord Drako se levantó y se situó tras ella. Tenía unas fabulosas nalgas, ahora cruzadas por varias tiras rojas. Debajo de éstas y entre los muslos se asomaban los labios de su joven chochito. Rachel lo llevaba depilado, a excepción de una fina tira de pelo rubio sobre su clítoris. Lord Drako separó un poco más las piernas de la joven y con sus dedos comenzó a jugar delicadamente con el coño de la chica. Rachel se esperaba un trato más brusco y se sorprendió por la suavidad con la que el Amo acariciaba su intimidad. Para su sorpresa, comenzó a relajarse y a lubricar. Sin prisas, Lord Drako acariciaba su vulva, jugaba con su clítoris o la penetraba con sus dedos. La joven no tardó en empezar a jadear. Entonces, el Amo se detuvo y se desnudó. Rachel se sorprendió deseando que volviese otra vez a tocarla. Estaba cachonda. Cuando los dedos volvieron otra vez a tomar posesión de su chochito la joven los recibió con una abundante descarga de flujo. Rachel gemía ahora abiertamente, dando su aprobación tácita a las expertas manipulaciones del Amo. Lord Drako aprovechó para extender el flujo de la chica por la raja de su culo. La recorría con sus dedos húmedos y acariciaba suavemente el tierno y virginal ojete. En un principio, a pesar de su excitación, Rachel se ponía tensa cuando los dedos del Amo tocaban el rosado agujero, pero poco a poco se fue relajando y disfrutando del tacto de las yemas sobre su esfínter. Fue entonces, en una de esas caricias cuando el dedo de Lord Drako se hundió en su ano. Rachel dio un chillido y su músculo se contrajo al instante, pero ya era demasiado tarde. El dedo estaba dentro y avanzó hasta el final, para después retroceder y comenzar a follarse el apretado ojete.

Relajate y te gustará –le aconsejó el hombre- ¿quieres que continúe tocandote el coño?

Sí, por favor, Señor –pidió la chica

Mientras con una mano follaba su culo, con la otra comenzó a manipular de nuevo su encharcado conejito. Eso hizo que poco a poco Rachel se fuese olvidando del dedo en su trasero y se concentrase en el placer que recibía su coño. Pero Lord Drako no se olvidaba. Su dígito entró y salió una y otra vez hasta que el recto de la chica se comenzó a lubricar. Entonces, hundió un segundo dedo. Al borde del orgasmo, Rachel no protestó y aceptó la nueva intrusión. Lo único que le importaba en ese momento era que el Amo la terminara. Pero antes de que pudiera correrse un tercer dedo invadió su estrecho recto. La joven lanzó un agudo grito de dolor y se extremeció sobre la mesa, pero inmutable Lord Drako siguió follandola con los tres dígitos. Rachel podía sentir el dolor en su culo y el placer en su coño. Era una sensación extraña pero intensa. Cuando empezaba a acostumbrarse a ella, los dedos de su trasero desaparecieron y en seguida sintió algo empujando contra su esfínter. Giró la cabeza y...plop...el enorme glande de Lord Drako se había alojado en su culo. El chillido de la pobre muchacha se debió oir en toda la casa.

Tranquila, tranquila. Intenta relajarte. Concentrate en el placer de tu coño –le pidió el Amo

La chica lloraba y gritaba, hiperventilando agitadamente. Era incapaz de articular palabra. Aquella tranca estaba abriendola el culo en dos. Intentó focalizarse en los dedos que masajeaban su clítoris. Aún podía sentir el placer que le producían.

Lo estás haciendo muy bien –le animó Lord Drako- piensa en tu coño, te gusta que te lo toque ¿verdad?

Sí, Señor

¿Te lo toco bien?

Sí, Señor. Me lo hace muy bien.

¿Te gustaría correrte?

Sí, Señor....pero con...bueno, ya sabe....eso en el ano.

Mira Rachel, mientras estamos hablando te he metido casi la mitad de mi polla en el culo. ¿A que no te duele tanto como al principio?

No tanto, Señor. Pero aún siento que me va a partir en dos.

No te voy a partir en dos. Te voy a dar el mejor orgasmo de tu vida, pero tienes que ayudarme.

¿Cómo, Señor?

Deseandolo. Cuando te masturbas, ¿fantaseas que te dominan, verdad?

Sí, Señor

Y fantaseas que te dan por el culo, ¿verdad?

Sí, Señor

Y eso te excita, ¿verdad?

Sí, Señor

Rachel Redgrave estaba empezando a jadear y Lord Drako podía sentir cómo ahora su recto se lubricaba a marchas forzadas.

Te encanta que te sodomicen como una vulgar puta. ¿verdad?

¡Oooh, sí! Amo, me encanta.

La niña de papa, la pijita rica follada por el culo como una puta. Eso es lo que te gusta ¿verdad?

¡Ooooh, Dios Santo! ¡Siiiiiii!

Pues suplicalo, puta, suplica que te joda el culo.

¡Oooooh, Sí! Amo. Jodame el culo.

Rachel babeaba cachonda. Era el momento y Lord Drako no lo dudó. De un golpe se la clavó hasta el fondo. La joven lanzó un chillido de dolor.

¿Duele, niña pija?

¡Oooh, sí! Amo. Duele mucho.

La tienes clavada hasta el fondo.

Sí, Amo. Me siento llena a reventar.

Ahora voy a follarte el culo mientras te masajeo el coño.

Sí, Amo. Lo que usted diga. Intentaré aguantar.

Lord Drako comenzó a mover su polla dentro del recto de la joven, primero despacio, dejando que se acostumbrara a la distensión, después, a medida que lubricaba, más y más deprisa. Al mismo tiempo, una de sus manos masturbaba con ritmo y habilidad el conejito de la chica. Rachel, a pesar del dolor, gemía excitada. Estaba cumpliendo su fantasía de ser dominada, y eso, junto con el placer de su coño era suficiente para mantenerla cachonda. Pero lo que no esperaba la joven era que poco a poco la sensación de dolor se fuera diluyendo y comenzase a confundirse con una sensación de placer. Un placer extraño, que emanaba de su ano y era diferente al que brotaba de su clítoris. Pero era un placer que crecía con fuerza y que la joven sintió, la iba a barrer sin remedio.

¿Me voy a correr? – preguntó incrédula

Lord Drako notó cómo el rectó de la chica se lubricaba y sus musculos comenzaban a contraerse con espasmos alrededor de su miembro, ordeñandolo. Sabía lo que eso significaba: Rachel Redgrave estaba a las puertas de un potente orgasmo.

No te corras, aún –pidió el hombre- disfruta un poco más del sexo anal

¡Oooh, sí! Amo, ahora no duele, me encanta, me encanta.

Eso es pequeña, eso es. Siente mi polla llenando tu culo.

¡Ooooh, siiiiiii! ¡Dios, que gusto! Esto es alucinante

Lord Drako dejó de masturbarla y la tomó por las caderas, marcandola el ritmo de la follada. Ella gemía y se meneaba viciosa. ¡Vaya una putita!

¿Puedo correrme ya, Amo? No aguanto más

Aún no, perra. Quiero que sientas mi leche llenandote el culo.

¡Oh, Dios Santo! Amo, no puedo más.

Entonces suplicame que te llene el culo de leche

Oh, sí, Amo. Llene de leche el culo de su esclava. Quiero sentir su leche dentro de mi culo.

¡Correte ya, perra! –gritó Lord Drako, descargando un chorretón de semen en las entrañas de la joven.

Rachel sintió la leche bañando su culo y sin poder retener más el orgasmo, explotó en un clímax aterrador. Los chillidos inundaron la habitación, pero esta vez no eran de dolor.

¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaauuuuuuh! ¡OOOOooooooooooooooooh!

Lord Drako pasó una mano entre sus piernas y la masajeó el clítoris con vigor. El cuerpo de la joven se quedó rígido y su coño comenzó a eyacular a borbotones.

¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ...

Rachel ya no controlaba su cuerpo que se retorcía espasmo tras espasmo hasta que finalmente la chica se desmayó sobre el escritorio. Satisfecho, Lord Drako le sacó la polla y contempló excitado lo abierto que se quedaba su ojete. Tomó raudo su cámara digital y le sacó varias fotos. Le encantaba contemplar un esfínter bien dilatado después de una buena enculada. Después se acercó a un arcón que reposaba sobre una pared y extrajo un "plug" anal, que introdujo en el ano de Rachel. Había que seguir trabajando en su distensión pues planeaba usarlo muy a menudo.

La joven se despertó unos minutos después. Lord Drako la había tendido sobre el sofa y la contemplaba sentado en una silla. Tardó unos segundos en hacerse cargo de la situación.

¿Me he desmayado, Amo?

Sí. Imagino que has experimentado más placer del que eras capaz de soportar.

Oh, Amo. Ha sido fantástico. Jamás he sentido algo así. Gracias, Amo.

Bien, es hora de volver al calabozo. Levantate y adopta la posición.

Rachel obedeció. Con las manos aún esposadas, le costó incorporarse, pero finalmente lo consiguió. Fue entonces cuando se dio cuenta de que tenía algo dentro del ano.

Amo...-empezó a decir.

Es un "plug" anal –le cortó Lord Drako- Quiero que tu culo se vaya distendiendo.

La joven permaneció en silencio. Era incómodo, pero sabía que no podía oponerse. Como tampoco se opuso cuando Lord Drako le pidió que abriese la boca para introducirle un "gag" en forma de pene, corto y grueso que ajustó tras su nuca. Ahora no podía hablar. El Amo tomó la correa y la llevó como a un perro hasta el calabozo. No había ni rastro de Susan. Mientras se preguntaba dónde estaría su amiga, Rachel fue introducida en una jaula y encerrada. Era una especie de cubo con barrotes. Con tristeza y aprehensión, contempló impotente cómo el Amo abandonaba la estancia y la dejaba completamente sola. Entonces se dio cuenta de que no había comido y de que tenía un hambre atroz.

No habían pasado ni cinco minutos cuando la puerta del calabozo volvió a abrirse y Christine y Andrea entraron seguidas de Susan. Le habían puesto un collar como el suyo, pero en blanco y la guiaban tirando de una correa. También llevaba las manos esposadas a la espalda y como Rachel, tenía el mismo "gag" metido en la boca impidiendole hablar. La joven Redgrave se dio cuenta en seguida de la ausencia del vello púbico de su amiga. El triángulo de pelo rubio que a Susan le gustaba lucir había sido totalmente rasurado. Pero lo que dejó atónita a Rachel fue ver los labios vaginales de su amiga abiertos como pétalos de rosa, dejando a la vista un coño rosado y encharcado de líquidos y un clítoris hinchado y eniesto. Era evidente que Susan estaba super excitada. ¿Qué le habrán hecho?, pensó Rachel.

Tan pronto como Christine y Andrea habían dejado a la joven Redgrave con Lord Drako, habían vuelto a por Susan. Las órdenes del Amo eran claras: Adiestrar su boca. Y eso es lo que habían hecho. Habían empezado por los consoladores, haciendola chupar varios y de distintos tamaños. Por fortuna no le había costado mucho superar el reflejo del vómito y habían conseguido meterle los dos más pequeños en la garganta, aunque aún tenía mucho que aprender. Después, las dos mujeres habían rasurado por completo el pubis de Susan y la habían utilizado para su propio placer, sin desobedecer la orden del Amo de adiestrar su boca. La joven Taylor había rendido pleitesía a los cuerpos de ambas hembras lamiendo y chupando sus tetas, sus coños, sus pies e incluso sus anos. La pobre Susan había intentado resistirse a casi todo, pero Christine y Andrea no habían dudado en abofetear severamente su cara, sus tetas, sus nalgas y sus muslos hasta que la joven había acabado por acceder a sus perversas demandas. Al final la habían roto y la inocente muchacha había terminado convertida en una marioneta en sus manos. Sólo así se explica por qué Susan había obedecido las últimas órdenes sin oponer resistencia, aun cuando eran las más perversas, como por ejemplo lamer los ojetes de las dos mujeres o follarselos con su lengua. Pero sobre todo, sólo así puede explicarse cómo después de semejantes vejaciones la joven Taylor había terminado cachonda y mojada como una perra en celo y suplicando que le permitieran correrse. No lo habían hecho y era una muy excitada Susan la que fue introducida en una jaula similar y muy cercana a la de Rachel. Después, Christine y Andrea habían abandonado el calabozo dejando solas a las dos amigas.

Sin posibilidad de hablar, las dos chicas se habían mirado a los ojos intentando leer en la mirada de la otra lo que sus bocas no podían contar. Rachel vió deseo y sumisión en los ojos de su amiga, y al mismo tiempo una cierta turbación y vergüenza en la manera en la que apartó la mirada. Susan no acertó a interpretar la mirada de Rachel. ¿Resignación? ¿Aceptación? ¿Había aceptado su amiga el destino que les había impuesto aquel hombre?

Esperaba que no. Al menos no para toda la vida. Quizá durante las vacaciones podrían transigir y ser sus esclavas. Jamás había pensado que ser usada y vejada por dos mujeres pudiese ponerle tan cachonda. Quizá debiesen vivir esto como una experiencia para descubrir sus deseos más ocultos y disfrutarla al máximo. Estaba dispuesta a ser su esclava durante estos días, pero una vez en los Estados Unidos tendría que dejarlas en libertad para que pudiesen seguir con sus estudios y sus vidas. Tengo una plaza esperándome en la facultad de Derecho de Yale, pensó. No sabía que los pensamientos que su amiga Rachel estaba teniendo en esos momentos eran muy parecidos a los suyos. Tampoco sabía que ninguna de las dos acabaría yendo a la Universidad.



La imaginación al poder
FECHA El 15/09/09 a las 05:09:52 IP GUARDADA Buscar Mensajes Posteados Buscar Mensajes Posteados
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El 15/12/07 a las 05:12:17

Susan Taylor no conseguía conciliar el sueño. Miraba a su amiga Rachel que dormitaba en la celda de al lado y envidiaba su capacidad para dormir en esas condiciones. Hacía tiempo que se había dado cuenta, con asombro, del "plug" anal que llevaba la joven Redgrave. ¡Dios Santo! ¿Qué te han hecho, Rachel?, se preguntaba. Y una vez más su mente volvió a recalar en lo que le habían hecho a ella.

Christine y Andrea habían vuelto poco después de llevarse a su amiga. Christine llevaba unas botas negras de tacon de aguja que le llegaban hasta los muslos, unas bragas de cuero negro ajustadas y con una cremallera sobre la raja del coño, y un sostén también de cuero del mismo color. En su mano derecha sujetaba un collar fino de cuero blanco unido a una correa que ajustó alrededor del cuello de Susan. Andrea llevaba un corsé rojo y negro que dejaba sus tetas al aire y estilizaba su cintura y unas braguitas tanga rojas. Calzaba unos zapatos de tacón de aguja de color rojo y en sus manos sujetaba una fusta y un par de esposas.

Muy bien, putita –soltó Christine- ya es hora de que juguemos un poco contigo.

Y esperamos ver una buena actitud, porque si no nos veremos forzadas a corregirla –añadió Andrea, golpeando la fusta contra la palma de su mano.

Susan no dijo nada. Miraba a las dos mujeres, expectante y asustada.

Desde este momento y hasta que te devolvamos a este calabozo te dirigirás a nosotras como Amas y tu nombre será "niña pija". ¿Está claro? – ordenó Christine.

Susan no contestó y Andrea le soltó un terrible fustazo sobre sus desnudas tetas, pillando de lleno los pezones.

¡Aaaaaaaiiiiiiiiiiiiiiiii! –chilló la joven.

No empiezas muy bien, zorra. ¡Responde a mi compañera! –ordenó Andrea al tiempo que lanzaba otro fuerte golpe de fusta contra el abdomen de Susan.

¡Aaaaaiiiiiiiiii! Sí, Ama, está claro –se apresuro a responder la chica.

Muy bien, ¿cuál es tu nombre, entonces?

Mi nombre es "niña pija", Ama.

Las dos mujeres sonrieron satisfechas. Andrea se acercó a la joven Taylor y liberó sus muñecas de los grilletes que colgaban del techo, para después esposarlas tras la espalda. Entonces Christine le dio un azote en las nalgas y le apremió a que se moviera. Guiada por la correa, Susan siguió a las dos mujeres fuera del calabozo y hasta una estancia amplia, con dos grandes ventanales. El suelo estaba enmoquetado y el mobiliario era escaso: Un sofá, dos sillones a ambos lados del mismo y una mesa, en un rincón. Sobre ésta descansaba un amplio surtido de consoladores de distintos tamaños, colores y formas. Christine y Andrea condujeron a la joven hasta el centro de la sala.

¡De rodillas, perra! –ordenó Christine

Susan obedeció.

Las rodillas separadas, la espalda recta, el pecho hacia fuera y los ojos mirando al suelo –siguió Christine.

La chica hizo lo que le mandaban.

Muy bien, niña pija. El Amo nos ha ordenado que adiestremos tu boca y eso es lo que vamos a hacer. En primer lugar te vamos a enseñar a comer una buena polla. ¿Habías comido rabo antes de hoy?

No, Ama.

¿Tienes novio?

Sí, Ama.

¿Y no le comes la polla?

No, Ama.

¿Por qué?

Susan pensó durante unos segundos.

No...no creí que fuese correcto y...creí que me iba a dar asco.

¿Te dio asco con el Amo? –preguntó Andrea, aunque sabía la respuesta.

No, Ama

Te gusto, verdad. No había más que ver cómo lo disfrutabas. Parecias una perra hambrienta.

La cara de la chica había enrojecido y sus ojos se estaban humedeciendo. Sí, había disfrutado con aquella mamada y no se sentía orgullosa por ello, pero no podía hacer nada para cambiarlo. Tenía la secreta esperanza de que no se le hubiese notado, pero ahora se daba cuenta de que su excitación había sido demasiado obvia. Lentamente, asintió.

¡Responde! –ordenó Andrea.

Sí, Ama. Me gustó.

¿Te gustó, qué? –insistió la mujer

Oh, por Dios, por qué la tenían que humillar de esa forma. ¿No tenían ya suficiente?

Me gustó comerle la polla al Amo, Ama.

Sintió como su conejito se humedecía al decir aquellas palabras. ¡Oh, no! ¿qué me pasa?

¿Qué habría pensado tu novio si hubiese estado aquí viendo cómo su recatada niña pija se tragaba con deleite la deliciosa tranca del Amo?

Por más que quiso, Susan Taylor no pudo evitar imaginarse la situación. Thomas, su querido Thomas allí, viendo cómo le hacía la primera mamada de su vida a un hombre que no era él. Se sorprendió al sentir una oleada de excitación recorriendo su cuerpo.

No lo sé, Ama –respondió sin pensar.

Oh, vamos niña pija, un poco de imaginación –exigió Andrea

Supongo...supongo que se hubiese sorprendido y enfadado bastante, Ama.

Quizá se hubiese excitado, no crees.

Oh, no Ama. ¿Cómo se va a excitar viendome comerle la polla a otro hombre? – soltó la joven Taylor con vehemencia.

A muchos hombres les pone cachondos ver cómo sus mujeres son usadas por hombres más poderosos y mejor dotados que ellos. Supongo que tu novio está menos dotado que el Amo.

Sí, Ama –reconoció la joven.

¿Un poco menos dotado o bastante menos dotado?

Susan enrojeció de nuevo.

Bastante menos dotado, Ama –reconoció

¿Es por eso por lo que no le dejas que te folle? –terció Christine

Oh, no Ama. Es que aún no me sentía preparada.

¿Cuánto tiempo llevais saliendo?

Casi dos años, Ama.

¿Y ha aguantado todo ese tiempo sin follarte?

Sí, Ama. Thomas es un chico muy resp...

Un débil. Una nenaza. Muchos de esos niños pijos lo son. Van tan seguros respaldados por el dinero de papa y de mama, pero son unos débiles – cortó Andrea.

Susan no se atrevió a decir nada.

Bueno, basta ya de palabrería y pasemos a la acción –dijó Christine.

Tomó uno de los consoladores, el de mayor tamaño y lo puso ante la boca de la joven.

Lamelo y ensalivalo bien –ordenó.

Sí, Ama.

Susan paso una y otra vez la lengua por el rugoso falo, mojándolo con su saliva. Era de color rosa, con varias venas marcadas a lo largo del tronco. El solo hecho de lamer el descomunal consolador tenía el coñito de la joven en ebullición. ¿Qué pasa conmigo?, se preguntó, ¿de verdad me gusta esto?

Eso es puta, eso es – animó Christine- ahora abre bien la boca.

Pero, Ama –protestó la muchacha- es enorme. No me cabe en la... ¡Aaaaaaaaaayyyyy!

Andrea había agarrado sus pezones y los estrujaba sin clemencia.

¡Abre esa boca de zorra! –gritó en un tono que hizo temblar a Susan.

La joven obedeció sin dudar y Christine comenzó a forzar el tremendo dildo entre sus labios. Ni siquiera el glande entraba con facilidad y cuando por fin, con tiempo y paciencia, lo tuvo alojado dentro de la boca, la pobre Susan no podía creer lo dilatada que estaba. Sus labios quedaron sellados alrededor del tronco mientras abundante babilla escurría por las comisuras de sus labios. Christine le agarró por el pelo y forzó su cara sobre el consolador. Parecía increíble, pero aquel falo siguió avanzando hasta llegar a su garganta. La cara de Susan estaba deformada, hinchada. No era extraño, su boca estaba rellena de polla y sus mejillas protruían hacia fuera. Su mandíbula dolia.

Mira la niña pija –exclamó Andrea entusiasmada- parece una pepona.

Ambas mujeres se rieron con ganas, disfrutando de la vejación a la que estaban sometiendo a la joven. Andrea se permitió darle varios cachetazos en las tetas hasta que consiguió que se bamboleasen de un lado a otro. A pesar del dolor, Susan no podía ni quejarse. Christine comenzó a follarse la cara de la chica con el consolador. Lo sacaba casi por completo y volvia a introducirlo hasta la entrada de la garganta haciendo que los pómulos se inflaran y desinflaran en cada mete-saca. La humillación de la joven era total y absoluta. Andrea, además, no paraba de jugar con su cuerpo, pellizcando sus pezones, dandole azotes en las nalgas o tirando de los labios de su vagina hasta abrirsela obscenamente. Y para mayor vergüenza de Susan, no se podía negar que estaba terriblemente cachonda. No podía creerlo.

Después de muchos minutos de mete-saca, Andrea se dirigió a la mesa y volvió con un consolador mucho más pequeño, de color carne.

Muy bien, niña pija –dijo- después de mamar ese enorme pollón ahora no deberías tener problemas con éste.

Christine extrajo el super-dildo y Andrea puso ante los labios de Susan el nuevo falo. Agradecida por el cambio, la joven lo engulló con facilidad hasta que llegó a la entrada de su garganta. A excepción de cinco centímetros, el consolador estaba todo dentro de la boca de la muchacha.

Bueno, ahora llega lo difícil –anunció Andrea- quiero que intentes tragartelo entero.

Susan la miró asustada.

Venga, nena. No es tan difícil. Ya viste cómo lo hice yo con la polla del Amo que es mucho más grande que esta pilililla.

La joven intentó forzar el consolador en su garganta pero le produjo arcadas.

Eso es, eso es, tranquila. Poco a poco –le animó la mujer.

Aunque en un primer momento le pareció imposible, con los consejos de Andrea, Susan consiguió finalmente tragarse toda la longitud del falo. A pesar de las circunstancias, la joven no pudo reprimir una sensación de orgullo.

Eso es, niña pija –exclamó Andrea- ves cómo no era tan difícil. Si eres capaz de tragarte este rabo, sin duda serás capaz de tragarte el de tu novio –aventuró la mujer.

Susan se dio cuenta de que en verdad el pene erecto de Thomas no era probablemente mucho más grande que el que mamaba en esos momentos.

Aunque mucho me temo que no tendrás oportunidad de intentarlo –añadíó Andrea, riendose de forma maliciosa.

¿Qué quería decir? ¿Por qué no iba a poder hacerle una mamada a Thomas? Lo de ser esclavas de por vida era sin duda una bravuconada. Ni por un segundo dejaría su madre que eso ocurriese. Por supuesto que volvería con Thomas.

En ese momento, Andrea sacó el consolador de su boca al tiempo que Christine le ofrecía otro un poco más largo y grueso. Esta vez no le costó tanto y al quinto intento el falo se movía con cierta holgura dentro de su garganta.

El secreto es estar relajada y controlar la respiración, se dijo la joven, orgullosa.

Bueno, ya está bien por hoy –anunció Andrea- vamos a pasar a otras cosas más divertidas. En pie, perra.

Con las manos esposadas tras la espalda, Susan se incorporó con dificultad. Andrea tiró de la correa unida a su collar y la guió hasta la mesa sobre la que descansaban los consoladores. Los retiró y ayudó a la joven a sentarse sobre la mesa para después recostarla boca arriba.

Tienes un conejito muy hermoso, pero al Amo le gustan sus esclavas totalmente rasuradas así que me temo que ese triangulito de pelo negro debe ir fuera –dijo Andrea.

Susan nunca se había atrevido a rasurarse por completo, le hacía sentir indefensa como una niña. Aquel triángulo invertido perfectamente arreglado le daba seguridad.

Por favor, Ama. No lo rasure. Dejeme convencer al Amo.

¡PLAFF! La fusta de Andrea cayó con precisión sobre los abiertos labios vaginales de la joven. Susan emitió un grito agudo y se retorció sobre la mesa frotando los muslos. El dolor era excruciante.

¿Qué es lo que quieres que haga con los pelos de tu coño? –preguntó Andrea.

Por favor, Ama, si me dejase explicarle al Amo...-respondió la joven intentando aún recuperarse.

Abre las piernas –ordenó Andrea.

Por favor, Ama, no...

¡Abrelas inmediatamente! –gritó la mujer.

Asustada, Susan separó los muslos exponiendo su sexo a la irritada Andrea. Con una sonrisa malévola, ésta levantó la fusta en el aire y ante la aterrada mirada de la joven la estrelló con fuerza sobre su dolorido coño. Esta vez el grito de Susan debió oirse en toda la casa. El dolor era insoportable y el cuerpo de la muchacha se extremecía sobre la mesa. Tardó varios minutos en calmarse. Andrea esperó pacientemente y volvió a preguntarle.

¿Qué es lo que quieres que haga con los pelos de tu coño?

Por favor, Ama, rasurelos –respondió rápidamente la joven- rasure todos los pelos de mi coño.

Si tanto lo deseas –rió la mujer- así sea. Abre las piernas.

Vencida, Susan obedeció. Christine estaba al lado de Andrea con todo lo necesario para afeitar el joven conejito. Extendió la espuma sobre el cuidado triangulito y en menos de un minuto el pubis de la muchacha estaba sin un solo pelo. Se lo enseñaron con un espejo. Parecía el de una niña y la joven se sintió tan pequeña e indefensa...

Christine la ayudó a incorporarse de la mesa y volvió a guiarla hasta el centro de la habitación. Andrea se había sentado en uno de los sillones.

¡Arrodillate! –ordenó la primera.

Susan obedeció. Christine entonces le quitó las esposas.

Ha llegado el momento de que demuestres el debido respeto hacia tus Amas.

La joven la miraba, desconcertada.

Gatea hasta Andrea –siguió Christine- y adora sus pies.

Susan se quedó helada, sin palabras.

Pero, pero...

Nada de peros –dijo Christine con autoridad- obedece o te juro que yo misma te estrellaré la fusta en el coño hasta que no lo sientas.

Asustada y cabizbaja, la joven gateó hasta el sillón donde se encontraba Andrea, hasta que los pies de la mujer entraron en su campo de visión. Entonces, se detuvo y se quedó quieta, en silencio, observando los hermosos zapatos rojos de aguja.

Besa mis zapatos, niña pija –ordenó Andrea- Besalos y lamelos con tu lengua de pija rica.

Totalmente humillada, Susan alzó una suplicante mirada a Andrea, pero se encontró con una sonrisa diabólica y unos ojos duros y decididos.

¡Hazlo! –ordenó.

Susan, su cuerpo temblando y las lágrimas asomando en los balcones de sus ojos, agachó la cabeza hasta que sus labios tocaron la piel roja de los caros zapatos. Y los besó. Y tentativamente los lamió. Y siguió adorando aquellos zapatos muchos minutos, hasta que desde el otro sillón, Christine la llamó para que también rindiese pleitesía a sus impresionantes botas de cuero negro. La joven gateó hasta su otra Ama y besó y lamió sus botas, ensalivando toda la superficie, desde la puntera hasta los muslos, enroscando su lengua alrededor del fino y afilado tacón. Entonces fue requerida de nuevo por Andrea que descalza y con las piernas cruzadas balanceaba uno de sus pies de forma sensual. Susan gateó hasta ella y la mujer le indicó con un gesto que adorara su pie. La joven lo miró, estaba perfectamente cuidado, las uñas cuidadosamente cortadas y pintadas en rojo y un anillo de plata insertado en uno de los deditos. Susan lo besó con delicadeza y siguió besándolo durante varios minutos hasta que finalmente Andrea le ordenó succionar su pulgar. A pesar de la humillación, el coño de la muchacha estaba chorreando. Desde su posición, Christine podía ver la abierta y empapada almeja de Susan y los jugos de la joven deslizándose y mojando sus muslos. La tenemos casi rota, se dijo. Entonces, se incorporó y colocandose detrás de la aplicada muchacha apoyó la suela de su bota derecha sobre su elevado trasero haciendo que el tacón quedase entre los abiertos y húmedos labios de su conejito; y con suaves movimientos, comenzó a rozar la raja de la joven lubricando la aguja con sus flujos. Susan estaba tan cachonda que no pudo evitar un gemido de placer cuando sintió las caricias que la bota de Christine proporcionaba a su excitado coño. Sus labios empezaron a succionar con más avidez el dedo de Andrea, como si estuviera hambrienta y deseosa de él. Sabía que a pesar de todo lo que la estaban haciendo, a pesar de todas las humillaciones, se iba a correr. Pero cuando creía que el orgasmo era inminente, Christine separó el tacón de su rajita y Andrea aprovechó el gemido de frustración de la joven para ofrecerle la planta de su pie. Dominada por las intensas sensaciones que estaba sintiendo, Susan lamió una y otra vez, sin percatarse que Christine tomaba uno de los zapatos de Andrea y apoyaba la punta del tacón en su virginal ojete. El chillido de la joven, más de sorpresa que de dolor, inundó la habitación cuando Christine empujó el zapato y hundió los siete centimetros de tacón dentro del culo de la muchacha. Susan podía sentir los músculos de su recto cerrandose sobre la pieza y cómo aquellas contracciones se trasladaban en forma de espasmos a su saturada vagina. Tengo que protestar, tengo que protestar, se decía, no puedo dejar que me hagan esto. Pero las nuevas sensaciones eran extrañamente excitantes. Y además estaba el miedo al castigo que aquellas mujeres le iban a propinar si se revelaba. Así que durante muchos minutos Susan lamió y besó una y otra vez los pies de Andrea sin emitir protesta alguna mientras, guiado por Christine, el tacón de uno de sus zapatos se follaba delicada pero insistentemente su culo y volvía a llevarla al borde del orgasmo. Un climax que de nuevo, le era negado, dejandola en un estado de total excitación. Christine extrajo el zapato de su ano y lo puso a escasos centímetros de su boca.

¡Limpialo! –gritó la mujer.

¡Por Dios, NO! No podía creerlo. Aquella zorra pretendía que lamiese el tacón que había estado en su culo.

Por favor, no –suplicó- me estoy intentando portar bien. No me pidais que haga eso...

No tengo intención de ponerme estos zapatos sin limpiar después de que han estado dentro de tu sucio culo –dijo esta vez Andrea – así que más vale que te apliques en la limpieza.

Por favor...

Christine no estaba dispuesta a oir más protestas, así que alargando su mano libre clavó sus largas uñas en el hinchado pezón derecho de Susan. La joven lanzó un grito desgarrador e intentó separar las mano de Christine con las suyas propias, pero entonces Andrea le agarró del pelo y comenzó a abofetear su cara con fuerza. El dolor era insoportable y tras varios segundos, la muchacha claudicó entre lágrimas:

¡Parad, parad! –gritó- haré lo que querais.

Las dos mujeres se detuvieron al unísono y observaron con deleite cómo Susan lamía y limpiaba con asco el tacón que minutos antes había estado enterrado en su ojete. Lo dejó reluciente.

Eso es, niña pija –sentenció Christine- aprende dónde está tu lugar.

Susan enrojeció mientras Andrea, que se había incorporado, la tomaba por los pelos y la obligaba a levantarse.

Me has dejado los pies y los zapatos bien limpios –dijo- veamos que tal se te da comerme las tetas.

Al menos aquello no era tan denigrante como lo que se había visto obligada a hacer hasta ese momento, se dijo Susan, mientras miraba fijamente los grandes melones de Andrea. Tenía las areolas oscuras y amplias, al igual que los pezones, que estaban duros y apuntaban hacia arriba.

Sí, Ama –aceptó la joven.

Entonces, agachó la cabeza y dejó que sus labios succionasen uno de los pezones de la mujer. Lo sintió duro y terso e instintivamente su lengua jugueteó con él, arrancando gemidos de placer de la boca de Andrea.

Eso es, putilla. Comeme bien las tetas. Demuestra a tu Ama lo mucho que te gusta comer sus pezones.

Andrea acariciaba los cabellos de la joven, mientras ésta alternaba entre sus dos ubres, lamiendo y chupando sus pezones. Susan se sorprendió disfrutando de aquel trato. Su almejita volvía a chorrear de nuevo y no había perdido ni un ápice de la excitación que le había embargado casi desde el principio. No entendía por qué todo aquello, al tiempo que le escandalizaba, le excitaba tanto.

Se dejó guíar, sumisa, por las manos de Andrea y se arrodilló cuando ésta ejerció presión sobre su cabeza. Casi en trance, se encontró mirando las braguitas rojas de la mujer, que mostraban signos evidentes de humedad y vio cómo la mano derecha de Andrea movía la telilla hacia un lado y dejaba al descubierto su depilado coñito, sus labios abiertos, su interior húmedo, rosado. Susan sabía lo que se esperaba de ella y todo su cuerpo vibraba de miedo, de asco y de excitación. No hicieron falta amenazas, ni castigos. La joven sabía lo que le esperaba si no obedecía, así que sumisamente acercó su boca a aquella cueva y sacando la lengua lamió lentamente su primer coño.

Es es niña pija –gimió Andrea- aplicate y llevame al orgasmo.

El sabor no era especialmente agradable, pero Susan estaba rota, sometida. Su lengua, sus labios, toda su boca se aplicaron en comer aquel jugoso chumino que su Ama le presentaba y se sorprendió excitándose con los gemidos de placer que se escapaban de la garganta de Andrea. Voy a hacer que se corra, se dijo incrédula, al tiempo que sentía las dos manos de la mujer sujetándola firmemente contra su entrepierna. El clímax de Andrea fue húmedo y vocal y la pobre Susan se vio forzada a recibirlo todo en su boca antes de que su Ama se derrumbase exhausta en el sillón. Pero no hubo descanso para la joven; Christine la llamó desde el sillón opuesto y Susan acudió rauda, gateando, aún aturdida por el cunnilinguus que acababa de practicar. Christine estaba espatarrada sobre el sillón, las piernas abiertas sobre los brazos del mismo. Se había bajado la cremallera de su braga de cuero y mostraba su abierto coño ante los ojos de la muchacha. Era evidente que el de Andrea no era el único chumino que Susan iba a probar aquel día. Quebrada su voluntad, la joven lamió sin protestar la vulva de Christine, saboreando su néctar y deleitándose en los placenteros jadeos de su Ama. Su coño era más pequeño y más cerradito que el de Andrea y su jugo, más dulce, menos desagradable y Susan se sorprendió comiéndoselo con fruicción. ¡Estaba tan cachonda!. Cerró sus labios sobre el hinchado clítoris de la mujer y lo succionó con fuerza. Sintió cómo una abundante cantidad de líquido le mojaba la cara y por los gritos de Christine supo que la había hecho correrse. Aún así, la mujer la mantuvo chupando hasta que su coño quedó limpio y todo su jugo recogido en la boca de la muchacha.

Susan esperaba que sus Amas estuviesen satisfechas y la permitiesen correrse. Su almejita chorreaba y su cuerpo parecía una bomba a punto de estallar. Incapaz de resistir el deseo, la joven no tuvo más remedio que humillarse:

Por favor, Amas –suplicó- estoy tan cachonda...por favor, necesito correrme.

Fue Andrea la que habló:

¿Quieres decir que te has excitado con todo esto? –preguntó con una diabólica sonrisa.

Roja como un tomate, Susan asintió.

No te oigo –insistió la mujer.

Sí, Ama. Me he excitado –reconoció la humillada joven.

¿Te ha excitado lamerme los pies?

Sí, Ama

¿Y lamerme las tetas?

Sí, Ama

¿Y lamer mi jugoso conejo?

Sí, Ama

¿Y te excitaría lamer mi estrecho culo?

Susan guardó silenció. Su cara roja de humillación.

Bueno, veo que en realidad no tienes tantas ganas de correrte –sentenció Andrea.

Sí, Ama, sí – Susan estaba desbocada.

Si, ¿qué?

Que me excitaría lamer su culo.

Muy bien, veamoslo.

Andrea se bajó el tanga rojo y se arrodilló en el suelo dando la espalda a Susan. Entonces se agarró las nalgas y las separó dejando a la vista un ojete tostado y ligeramente abierto. Sin pensarlo dos veces, Susan gateó hasta ella y lamió el estrecho agujero, una y otra vez.

No seas tímida y mete la lengua dentro –ordenó Andrea.

Segundos después la mujer sintía cómo el apéndice de la joven taladraba su ojete. Todas estas niñas pijas son iguales, puritanas y mojigatas hasta que se les enseña dónde está su lugar, pensó.

Susan no podía entender cómo a pesar de lo que estaba haciendo podía estar tan caliente. Tenía la lengua enterrada en el recto de su Ama y lejos de asquearla sólo podía pensar en el intenso escozor que experimentaba su saturado chumino.

Christine observaba la escena excitada y no tardó en bajarse las bragas y arrodillarse al lado de Andrea, separando sus nalgas y exponiendo un ojete rosado y depilado.

Ahora me toca a mi, perra -ordenó.

Sin protestar, la joven cambió de culo y lamió y penetró el rosado orificio hasta que Andrea volvió a requerir sus servicios. Las dos Amas se estaban masturbando mientras Susan servía sus agujeros y la tuvieron cambiando de uno a otro hasta que ambas se corrieron con gusto. Entonces se incorporaron y se volvieron a poner las bragas. La joven sumisa las miraba arrodillada en el suelo en espera de su gratificación, pero ésta nunca llegó. Christine volvió a colocarle las esposas y la ayudó a levantarse.

Por favor, Amas –suplicó la joven- permitanme correrme. No puedo aguantar más.

Pues tendrás que hacerlo, perra –rió Andrea- así aprenderás cuáles son los únicos orgasmos que importan.

Y no son los tuyos –sentenció Christine, riendo con malicia.

Llorando de impotencia, frustrada y humillada, y presa de una terrible excitación Susan fue conducida de vuelta al calabozo e introducida en una jaula. Rachel ya estaba allí. ¿Qué le habrían hecho? ¿Estaría tan frustrada como ella?

Susan no había dejado de estar excitada en toda la noche y recordando todos los sucesos de las horas previas su cuerpo volvía a bullir de deseo. Entonces se le ocurrió algo. Quizá si... abrió las piernas, las puso a ambos lados de uno de los barrotes de la celda y comenzó a moverse lentamente arriba y abajo. ¡Siiiiiiiii! El barrote se metía entre sus labios y acariciaba su clítoris. Subió y bajó, subió y bajó... ¡Qué placer!, lo sentía llegar... ¡Qué placer!. De repente su cuerpo se quedó rígido, como golpeado por una descarga eléctrica y se desplomó en el suelo experimentando violentas sacudidas. Ruidos guturales, de hembra satisfecha escaparon de la boca de la joven, al tiempo que los espasmos de su vagina ocasionaban eyaculaciones pulsantes. Susan jamás había experimentado un placer semejante y cuando por fin, después de varios minutos su cuerpo se relajó, su mente se preguntaba si realmente sería tan malo ser la esclava de aquellos desconocidos.

Rachel se había despertado con los gemidos de Susan y había presenciado la mayor parte de su masturbación. Había sido tremenda. Mientras observaba el cuerpo tendido, inerte, sin fuerzas de su amiga, el consolador de su culo le hizo recordar la enorme polla del Amo y su ser se extremeció de deseo. ¡Dios mio!, se dijo, en qué nos estamos convirtiendo.



La imaginación al poder
FECHA El 15/09/09 a las 05:09:34 IP GUARDADA Buscar Mensajes Posteados Buscar Mensajes Posteados
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El 15/12/07 a las 05:12:17

Toc, toc, toc. Bianca Redgrave se despertó sobresaltada. Miró el reloj de su mesilla de noche. Las nueve y media de la mañana. Se había dormido. Jack, por supuesto, no estaba a su lado. Hacía tiempo que se había ido a trabajar. Toc, toc, toc. Volvieron a sonar los golpes en la puerta. Sabía que serían Pamela o Linda con el desayuno. La señora Redgrave había pasado una noche terrible. Su cabeza había estado dando vueltas una y otra vez a lo que había pasado con Mistress Patrizia. No podía creerlo y al mismo tiempo no podía negar que había sido la experiencia más erótica y más gratificante que había tenido en su vida. Los recuerdos le habían excitado tanto que se había masturbado dos veces allí mismo, tendida al lado de su marido que dormía plácidamente. También había pensado en Rachel. Pobre niña. Y todo había sido por su culpa. Por su envidia. Se sentía tan mal que no dudaba en pensar que se merecía lo que le estaba pasando. Toc, toc, toc. Los golpes en la puerta se repitieron insistentes.

Adelante –autorizó la señora Redgrave.

Pamela abrió la puerta y entró en la habitación arrastrando un carro con el desayuno, que empujó junto a la cama de Bianca.

Buenos días, señora.

Buenos dias, Pamela.

¿Estaba usted dormida aún?

Me temo que sí. Me costó bastante conciliar el sueño.

Puedo hacerme una idea

Bianca Redgrave enrojeció hasta las cejas.

Bueno, Señora, aquí le dejo el desayuno. Me voy a seguir con el resto de las faenas...a no ser que usted requiera algún otro servicio –dijo Pamela con una mirada pícara y llena de intención

La señora Redgrave miró a la sirvienta con un aplomo que no sentía.

Pamela, lo que ocurrió ayer entre nosotras fue un tremendo error.

Creí que le había gustado

Bueno, quizá me gustase –reconoció sonrojandose- Pero no está bien y no debe volver a ocurrir.

Como usted diga, señora.

¿Han llegado ya Sue Ellen y Linda?

Sí, señora. A las nueve.

¿Y los uniformes de criada que encargué ayer?

Aún no, señora.

Bueno, supongo que estarán a punto de llegar. Me aseguraron que estarían a primera hora de la mañana. Avisame en cuanto lleguen.

Sí, señora

¿Pamela?

¿Sí?

Hay una cosa más que nos ordenó Mistress Patrizia

Lo sé, señora.

¿Alguna...alguna vez te lo has rasurado?

No, señora. Nunca.

Yo, tampoco.

Frank dice que sólo las putas se quitan los pelos del coño. No quiere ni que me los recorte.

Y qué le vas a decir cuando te vea sin un solo pelo –preguntó Bianca.

No sé si voy a volver a acostarme con Frank

¿Le vas a dejar?

No es eso, señora. ¿Usted ha leido alguna vez algo sobre las relaciones de dominación y sumisión?

Por supuesto que no. ¿Tu sí?

Algo –se sonrojó Pamela- Los Amos y Amas prohiben a sus esclavos que tengan relaciones sexuales con cualquiera que ellos no autoricen. Normalmente esto incluye las relaciones conyugales o de pareja.

¿Y tu crees que Mistress Patrizia me va a prohibir que tenga relaciones con Jack?

Es muy probable, señora

Bianca sintió un intenso escozor en la entrepierna. ¿Le excitaba que el Ama le ordenase no tener relaciones con su marido? Por supuesto, Mistress Patrizia no podría enterarse de si la obedecía o no, ¿o sí?.

Entre nosotras dos, Pamela. La verdad es que Jack y yo lo hacemos más bien poco.

La joven sirvienta se quedó callada.

En cambio tu... seguro que Frank y tu no perdeis el tiempo.

Bueno...la verdad es que no. Pero...

¿Sí?

Bueno, lo de ayer con Mistress Patrizia... fue algo increíble, ¿verdad?

Bianca se sonrojó y bajó la mirada

Sí, lo fue –balbuceó

Nunca he gozado con Frank ni la cuarta parte de lo que gocé ayer.

Ni yo con Jack –reconoció la señora Redgrave

Señora...

¿Sí?

Mentiría si le dijera que no me gustaría volver a probarlo

Bianca no dijo nada, pero a veces el silencio es tremendamente revelador y a Pamela no le cupo duda de que su señora estaba tan deseosa como ella. El silencio se adueño de la habitación durante unos segundos hasta que finalmente Bianca Redgrave lo rompió y pidió a la joven que trajese del baño unas tijeras, la maquinilla y la espuma de afeitar de su marido y varias toallas. Pamela fue a por todo y cuando volvió se encontró con su señora espatarrada mostrandole su coño rubito y bien arreglado. Las bragas de la joven se mojaron al instante. Durante la noche le había dado muchas vueltas a la cabeza y había llegado a la conclusión de que era bisexual. El deseo que sentía viendo a Bianca Redgrave abierta ante ella no dejaba lugar a dudas. Sin pensarselo dos veces y desobedeciendo a su señora, dejó todo lo que traía a los pies de la cama y antes de que la mujer se percatase la boca de la chica estaba ya devorando su jugosa almeja.

¡Por Dios, Pamela! ¡NO! ¡Ya te he dicho que no! –exclamó Bianca, más sorprendida que decepcionada.

Pero la joven siguió saboreando su suculento chochito sin hacerle el menor caso. Fue toda la oposición que opuso la señora Redgrave. Después se dejó caer de espaldas y abrió aún más las piernas en lo que sin duda era una invitación a Pamela para que siguiera. Y la muchacha siguió y siguió, disfrutando con pasión de aquella comida de coño que le estaba haciendo a su señora. Bianca gemía de placer y se retorcía sobre las sábanas, mientras su respiración se agitaba y sus pechos subían y bajaban con rapidez.

¡Oh Dios, Pamela! ¡Qué gusto me estás dando! ¡No pares, por favor!

La joven había introducido dos dedos en la almejita de Bianca y al tiempo que lamía sus labios, la penetraba lentamente. Pamela sabía que en cuanto le rozase el clítoris se iba a correr, por eso intentaba evitarlo. Quería disfrutar de aquel delicioso conejito un poco más. Pero su señora, al borde del orgasmo, se llevó los dedos al clítoris y lo masajeó con violencia bañando la cara de la joven con una abundante corrida. Bianca se retorcía, gimiendo de placer, mientras la lengua de Pamela lamía el líquido que se escapaba de su agujerito. Finalmente, tras varios minutos, la respiración de la señora Redgrave se fue sosegando. Entonces, la sirvienta se incorporó.

Siento haberla desobedecido, señora. No he podido evitarlo –dijo.

Bianca Redgrave la miró sin decir nada. ¿Qué podía decirle? Que le había encantado la comida de coño, que esperaba que no fuese la última...

Esta bien. Olvidalo. Vamos a hacer lo que tenemos que hacer –respondió

Bianca separó de nuevo las piernas. Con una sonrisa pícara, Pamela tomó una de las toallas que había humedecido en agua tibia y la pasó por el pubis de su señora. Esta se extremeció. A continuación extendió la espuma y con mucho cuidado comenzó a rasurarla. No tardó mucho y cuando acabó y limpió los restos de espuma con la toalla, el coño de Bianca Redgrave parecía el de una niña preadolescente. Pamela fue a por un espejo y se lo mostró a su señora. Esta lo miró en silencio durante unos instantes.

Traeme el "after shave" de mi marido –pidió.

La criada obedeció y la señora Redgrave se aplicó la loción sobre el área recien rasurada. Después se giró a cuatro patas y agarrandose las nalgas se separó los cachetes para que Pamela pudiese rasurarle la raja del culo. La joven sentía como sus bragas chorreaban al ver a su señora en aquella posición y tuvo que hacer verdaderos esfuerzos por no sucumbir una vez más a la lujuria. Finalmente, consiguió controlarse y finalizar el trabajo.

Ahora es tu turno –dijo Bianca- ve desnudandote.

Pamela se desprendió de las sandalias y a continuación se quitó la bata azul celeste. Llevaba un sostén fucsia y unas braguitas del mismo color que mostraban un enorme parche de humedad, que no pasó desapercibido a su señora.

¿Estás muy excitada, verdad?

Mucho, señora.

Termina de desnudarte y tiendete en la cama.

La joven se quitó el sostén y las bragas e hizo lo que Bianca le había pedido. El coño de Pamela estaba cubierto por abundante pelo rizado y la señora Redgrave tuvo que rebajarlo con unas tijeras antes de aplicar la espuma y rasurarlo. Después repitió el proceso con la raja de su culo y el vello alrededor de su ano.

Te acabo de dejar inservible para Frank, con todo el conejito y el culo rasurado –rió Bianca Redgrave, pasando la palma de su mano por la suave vagina de Pamela que aún estaba a cuatro patas separandose las nalgas.

Sí, señora. Así no puedo desnudarme ante él.

A mi, sin embargo me gusta más así. Suavecito y sin pelos. Me estan entrando ganas de comertelo – dijo Bianca picarona, pues había tomado la decisión de hacerlo desde que había visto lo mojadas que estaban las bragas de su criada.

¡Oh! –exclamó Pamela sorprendida, su chochito bañando de jugos la mano de su señora- Por favor...

Antes de que pudiese seguir hablando, la lengua de Bianca Redgrave se coló entre sus labios vaginales y sin poder remediarlo la joven sirvienta se corrió.

¡Noooooooo! ¡Noooooooo! –gritó envuelta en un intenso placer, pero contrariada por no haber podido aguantar más el orgasmo.

La corrida de la joven fue copiosa y además de bañar la boca de su señora mojó las sábanas que ésta compartia con su esposo. Bianca, por su parte, encontró el sabor del coño de la sirvienta más fuerte que el de Mistress Patrizia, pero no desagradable y no paró de lamerlo hasta que la muchacha bajó del limbo. Entonces se incorporó.

¡Oh, señora! Muchas gracias –dijo- ¡Dios Santo, cómo he dejado las sábanas! Ahora mismo las cambio.

Tranquila –dijo Bianca Redgrave- vistete y termina las faenas. Avisame en cuanto lleguen los uniformes.

Sí, señora.

Pamela volvió a ponerse sus bragas húmedas, sus sostén, la bata y las sandalias y salió presurosa y satisfecha de la habitación.

¡Dios Santo, en qué nos estamos convirtiendo!, pensó Bianca Redgrave, mientras se sentaba ante la bandeja con su desayuno.



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