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La guerra de las fogosas La guerra de las fogosas (0.017 s)

La guerra de las fogosas

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El 15/12/07 a las 02:12:45

La guerra de las fogosas

En Marzo del 2007 tres fogosas querían irse a vivir juntas.

Tanto Lucía como Marta como Sabrina estaban hartas de sus respectivos hogares.

Lucía, cansada de las quejas de su madre, decidió que ya tenía edad y ovarios como para irse a vivir sola. A partir de ahora iba a comer cuando le diera la gana, iba a pegarse tres días de fiesta si quería, y se iba a llevar al novio a casa si le salía del mismísimo.

Marta, que vivía con el novio, tuvo una discusión con él acerca de unas fotos de ella en tanga que circulaban en Internet; así que también se marchó del hogar conyugal para darse un descansito.

Sabrina no tenía problemas serios, pero estaba harta de coches estrechos y hostales baratos, quería hartarse de chingar en una buena cama.

Tardaron unas semanas hasta que encontraron un pisito guay para vivir. Éste estaba situado en una zona residencial, disponía de cuatro amplias habitaciones, aire acondicionado, una cocina con lavaplatos y una terraza muy grande.

Instalaron el Internet y pronto llegó la sorpresa de las facturas: los baños de media hora de cada una de las tres, el ordenador echando chispas todo el día, la comunidad que al final no iba incluida en el precio; en fin, que las facturas hicieron estragos en los bolsillos de las nenas.

Aprovechando que quedaba una habitación libre, decidieron poner un anuncio en el periódico para encontrar una compañera más y así aligerar gastos.

Se busca persona responsable para compartir piso con tres chicas. Amplias habitaciones individuales, Internet, lavavajillas, aire acondicionado.

Llamen al 617--------

El cartelito lo diseñó Marta y en cuanto Lucía lo vio se puso furiosa:

—¡Pero niña! ¡¿Es que no te das cuenta de que ahora se nos van a colar aquí un montón de salidos a pillar cacho?! Tendrías que haber especificado: «Se busca chica».

Marta puso cara de circunstancias. Lucía siguió abroncando:

—Y encima cuando lleguen y vean cómo somos las tres, seguro que nos van a dar el coñazo para quedarse.

Sabrina opinaba lo mismo:

—Yo paso de compartir piso con un tío por dos cosas: Primero porque voy todo el día en bragas. Y segundo porque quiero traerme a todos los buenorros del mundo sin que nadie se entere. O mejor dicho: sin que luego algún idiota lo vaya pregonando por ahí.

Marta se excusó buscando un poquito de comprensión:

—Yo lo hice pensando en alquilar el piso lo antes posible. Siempre podemos rechazarlos o mandarlos a la mierda...

Ese mismo día por la tarde llamó una chica y fue a visitarlas. Era rubia, muy mona y parecía muy modosita y responsable. Vio el piso y le encantó. Se despidió diciendo que quería pensarlo porque tenía un par de pisos más en mente. Ellas con amplias sonrisas le expresaron que estarían encantadas de tenerla allí, y que se decidiera lo antes posible.

Casi llegando la noche, Marta estaba dándose una ducha en plan erótico, con la manita bien abajo y pensando en sus asuntos personales. Sonaba el móvil. Ella con prisas cerró el grifo, se enrolló la toalla para no manchar el suelo, y fue a cogerlo; estaba allí mismo, encima del bidé.

—¿Sí, dígame...?

Una voz masculina muy sensual resonó a través del aparato:

—Buenas noches. Llamaba para preguntar por la habitación que tienen en alquiler.

—Muy bien. ¿Cuándo quiere venir a verla?

—Cuando usted prefiera.

Ese «cuando usted prefiera» sonó a voz de locutor de radio erótica o a las voces que doblan a los actores porno y te mojas del tirón sólo con oírlas. Marta pensó en que a las amigas no le iba a gustar nada que un tío se colara por allí, pero ella estaba todavía caliente, y la voz de ese hombre era tan morbosa… que siguió hablando con voz coqueta a la vez que se enredaba los rizos en los dedos.

—Sí, mire, somos tres chicas... —pasó la lengua cálidamente por el labio inferior—… vivimos aquí solitas... y estamos buscando a alguien educado...

Le faltó decir que estaban cachondas y que buscaban un tío con un buen pollón.

—¿No les importa que yo sea varón, verdad?

—Claro que no —respondió dejando caer la toalla.

—Me gustaría saber la dirección, si es tan amable.

—Sí, apúntela, es: Avenida…

—Mañana a las diez me pasaré a ver el piso. Si a usted le parece bien. Yo me llamo Javier.

Se pellizcó el pezón, y con voz de cachondona dejó salir:

—Me parece estupendo. Yo soy Marta

—De acuerdo, allí estaré. Mañana nos vemos.

Marta suspiró rebasada y dejó el móvil sobre el lavamanos. Volvió a la ducha caminando con una mano en el pecho y los ojos entrecerrados. Allí terminó la faena recordando las palabras:

«Cuando usted prefiera…»

«Si es tan amable…»

«Yo me llamo Javier…»

«Allí estaré…»

MMmmmnnnoooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooh!!

 

Lunes 12, Marzo

Al día siguiente a las diez del mediodía llamaron al timbre y Marta fue a abrir. Llevaba puesta una bata enorme de algodón y estaba despeinada, por supuesto sin maquillar. Abrió la puerta:

—Buenos días, soy Javier. ¿Tú eres Marta?

Un tío de 1.85 con sonrisa de anuncio de dentífrico deslumbró las ojeras de Marta. Su pelo era negro. Lo tenía de punta y despeinado como Ricky Martin en su época más guapa. Llevaba unas gafas de diseño plateadas cubriendo parcialmente un rostro típico de modelo de Armani, muy anguloso y de mentón fuerte. Como era más alto que ella, los ojos de Marta bajaron por la gravedad y por más cosas a mirar sus tremendos pectorales. Éstos sobresalían abombados a través de una camiseta fina de algodón gris. Sus fuertes bíceps iban atravesados de lado a lado por un par de venas hinchadas. Estaban así por culpa de la camiseta, que, a pesar de ser de dos tallas por encima de un hombre de su altura, le apretaba por todos lados.

Marta lo primero que pensó fue que era un stripper, seguro que las amigas le habían contratado para reírse de ella, incluso hizo memoria a ver si era ya su cumpleaños.

Pero broma o no, le invitó a pasar. Al hacerlo, Marta, por puro instinto animal, le pegó un vistazo abusivo a su culo. Recordó haber oído que Antonio Banderas se lo había operado. Si no hubiese sido porque éste estaba en armonía con los demás músculos, ella lo hubiera sospechado. «Mmmfff, ¡qué culito! Tanta carne y yo sin desayunar...»

Sabrina salió de la cocina con una taza de chocolate en la mano. Por poco no se le cae al suelo cuando ve a aquel pedazo de tío. Él iba caminando supersexy, quitándose las gafas con la mano izquierda y estudiando el estado del piso con mirada de chico de anuncio. Sabrina estaba sin maquillar, llevaba coleta y un pijama de franela ancho; seguro que comodísimo, pero llevando eso puesto ni Pamela Anderson pillaba cacho.

Se acercó a él y al darle dos besos le puso la mano sin querer en el brazo. Pensó en quedarse colgada de él como un loro, seguro que él ni lo notaba.

Le enseñaron la cocina y el salón. Él lo observó todo con sus ojos claritos color miel, y a las chicas les encantaba la miel…

Lucía estaba en el baño con la puerta abierta y secándose el pelo. Llevaba una toalla enorme reliada por todo el cuerpo. Vio pasar por allí a aquel fenómeno de la naturaleza y apagó del susto el secador. Él sonrió y saludó con la mano. Ella se quedó sonriendo mientras los otros caminaron por el pasillo. Cuando abrieron la puerta de la habitación libre y pasaron dentro, Lucía todavía seguía sonriendo.

En cuanto Javier se marchó, las chicas se sentaron al sofá a comentar la jugada, quizá restándole un poco de importancia para no dejar claras sus intenciones y que no se declarase abierta le temporada de caza mayor.

—El chico no está mal, es mono. Parece simpático —comentó Lucía.

—No sé, se veía muy serio —insertó Marta.

—A mí no me entusiasma demasiado la idea, pero bueno, si vosotras queréis que se quede… yo no voy a ser la que lo fastidie —remató Sabrina.

Sonó el móvil de Marta.

Tirorirooo tiroriroriiiiiii

—¿Diga?

—Hola, Marta, soy Azucena, la chica que quiere irse a vivir a vuestro piso. Creo que sí, que voy a decidirme. Me gustaría hacer la mudanza esta tarde, ¿es posible?

¡Clic!

Marta colgó y volvió a poner el móvil sobre la mesa.

—¿Quién era? —preguntó Lucía.

—Algún pesado gastando una broma.

A los cuatro días llamó Javier preguntando si todavía estaba libre la habitación. Marta contestó un SÍ a velocidad del sonido mientras agitaba las manos como si le hubiera tocado un viaje a Jamaica.

—Me pasaré mañana a las diez, si te parece bien.

—Me parece perfecto —contestó Marta parando de dar saltitos.

Colgó, suspiró profundamente, se fue serenando, y se acercó a las amigas.

—Chicas, que el tío ese que vino el otro día quiere venirse al piso. Le he dicho que esta tarde venía una chica a quedarse y que si no… que a lo mejor le llamaba. ¿Qué hacemos?

—No sé, lo que tú veas…

—Por mí vale —dijo Sabrina.

—Venga, ahora lo llamo y le digo que mañana se venga a eso de las diez.

Ese mismo día por la noche, las chicas en sus camas estuvieron pensando en él un buen ratito. Les dio tiempo a imaginárselo de mil maneras y en mil posturas. Se les ocurrieron infinidad de ideas para llevar a cabo con su nuevo compañerito. Las veréis a continuación... Se durmieron la mar de tranquilitas.

Viernes 16, Marzo

A las diez apareció por allí Javier en plan chico Pepsi-light, pero con un mochilón de cuero. Marta abrió la puerta mejor maquillada que las del anuncio de Lancôme. No tenía pensamiento de salir y tampoco lo hizo en todo el día, pero ¿por qué no?, los satélites de Saturno estaban alineados... Esta vez llevaba una bata de seda semitransparente color turquesa, la llevaba cerrada con el pico a la altura del ombligo y le tapaba la entrepierna a lo justo. Por supuesto no llevaba nada debajo. Al abrirse la puerta, Javi estaba agachado cogiendo el asa de la mochila. Un golpe de aire y de luz dieron el aviso. Fue levantando la mirada hasta la cara de Marta, vislumbrando por el camino su rayita brasileña y el peaje rosado de sus puntiagudos pezones. Saludó embobado, a la cara, y pasó adentro con su maletón al hombro. De camino a su cuarto vio a Sabrina en la cocina. Ella llevaba un camisón corto de raso blanco, unas sandalias de tacón alto, y el pelo como recién salida de la peluquería. Estaba colocada por delante de una lámpara halógena, transparentando al trasluz el trazo de sus estimuladas curvas (Sabrina lo vio en una peli y se moría por hacerlo). Lo saludó con la mano y una amplia sonrisa, él se la devolvió.

Recorrió el pasillo caminando hacia su habitación. La puerta del baño estaba abierta. Dentro estaba Lucía secándose el pelo con una toalla enrollada en la cintura. Sus grandes tetas se secaban al aire y el pelo parecía llevar seco media hora. Lucía lo vio pasar…

—Uy, perdón —dijo tapándose poco y tarde con la mano libre. Qué despistadilla…

Javier llegó a la habitación con Marta siguiéndole por detrás, y pasó dentro. Ella se quedó mirándolo desde el marco de la puerta. Empezó a hablar con él del viaje... del calor que hacía... una tontería detrás de otra.

De repente Marta, como dando un respingo, se dio cuenta de que sobraba y se despidió: —Estamos aquí para lo que necesites. Lo que quieras nos lo pides, ¿vale, guapo?

—Muchísimas gracias —dijo Javi sin poder creerse dónde se había metido.

El chico, sofocado de calor, deshizo la maleta sobre la cama. Llevaba poco tiempo en la ciudad y apenas tenía trastos, sólo ropa y poco más.

Las chicas se reunieron en la cocina y Marta les informó:

—Bueno, chicas, estarse tranquilas que me ha dicho que tiene novia, así que no va a haber problemas.

A la media hora, Javier plegó el periódico que estaba leyendo y salió de su habitación. Llevaba puesta una camiseta blanca y unos pantalones azules estrechitos. Se acercó a la habitación de Marta, la puerta estaba abierta y allí estaba ella chateando por el ordenador.

—¿Tenéis Internet? Qué bien. Yo voy a comprarme un portátil en cuanto pueda.

—Si quieres puedes usar el ordenador de mi cuarto.

—¿De verdad?

—Por supuesto, las chicas lo usan también… Bueno, excepto Sabrina que no le dejamos tocarlo porque metió un virus. Le tenemos puesta una contraseña. Te la voy a decir pero no se la digas a ella: es Sexsexsex.

—Muy bien, muchas gracias.

Más tarde comieron todos juntos hablando de temas triviales, y a Javier apenas le hicieron preguntas personales; pero por la tarde, después de ordenar su cuarto, salió un rato al salón y las chicas se empezaron a interesar:

—¿Tú de qué trabajas, Javi?

—Soy modelo de pasarela y de publicidad. He sido imagen del catalogo de Springfield, Jag, Punto blanco, Speedo…

—Oh, qué maravilla… —dijo Marta con los ojos haciéndole chiribitas y deseando ver las fotos de los dos últimos.

Sabrina interrumpió:

—Pues si me das tu dirección de correo electrónico puedo hacer que te manden propuestas de trabajo. Mi amiga Graciela tiene un novio que dirige una agencia.

—Claro, venga. El mío es Javi_fogoso25@hotmail.com.

—Oye, ¿y lo de fogoso por qué es? —preguntó indiscreta Lucía. Él se encogía de hombros.

—¡Esas cosas no se preguntan, Lucía! —regañó Sabrina.

Él, más tarde, volvió a su cuarto para leer El socio de John Grisham. Una hora después, cuando Eva rememoraba su romance con Danilo, Sabrina se asomó por su puerta:

—Javi, amor, he hecho una tarta de chocolate. Como las chicas están a régimen me preguntaba si querías un poquito.

—¿Chocolate? ¡Es mi pasión! Qué buena eres… ¿Qué puedo darte yo a cambio?

—Ummm, mejor que no te lo diga... pero ya te enterarás... —decía picarona volviéndose.

Se levantó animado y fue a la cocina a ver la pinta que tenía la tarta. Allí estaba Marta fumándose un cigarro por la ventana. Javier miró la pila de platos que había en el fregadero.

—Vaya, perdón, se me ha olvidado fregar —dijo él dando un par de pasos adelante.

—No, no. No hace falta —dijo Marta poniendo las manos sobre sus antebrazos y mirándole a los ojos— Si tenemos lavaplatos. —Le puso voz de ninfómana—: Tú preocúpate de no romper nada... "material". Siempre que tú acabes, nosotras lo limpiaremos todo después.

Javier tenía un nudo en la garganta y las manos sudorosas.

—De acuerdo. Vaya. No estoy acostumbrado a tanta comodidad.

Él se fue muy contento al salón y puso la tele. Llegó Sabrina y se sentó con él.

Se abrió la puerta de la casa y apareció Lucía con un par de boletos en la mano. Se acercó al sofá donde estaba Javi.

—Javi. Tengo dos entradas para ir a ver a Madonna en el Camp Nou, ¿te apuntas?

—"Venga ya", ¿lo dices en serio?

Sabrina interrumpió:

—¿No ibas a llevarme a mí, Lucía?

—¿Pero a ti te gusta Madonna?

—Claro que sí, me encanta.

—No mientas Sabri que tú no sabes ni quién es Madonna.

—¿Cómo que no? La de Muuuusic. La que sale en un video de una limusina blanca con un sombrero.

Llegó Marta, se acercó al sofá y se tiró de un salto encima de Sabrina.

—¿Qué estáis viendo los cotilleos? ¡Qué porquería! Si echan fútbol ahora a las 20.30. ¡Anda cambia de canal...!

Lucía, que ya estaba calentita, tuvo que joder la marrana.

—¿A ti desde cuándo te gusta el fútbol, Marta?

—Desde que vi el anuncio del culo de Romario.

 

Sábado 17, Marzo.

El sábado el chico estuvo toda la mañana de ajetreo dejando fotos suyas y currículums por las agencias, comió fuera, y luego se coló por el piso a eso de las cuatro de la tarde.

Hacía un calor asfixiante. Abrió la puerta de la casa y al asomarse encontró a Lucía durmiendo la siesta en el sofá. Cerró sin hacer ruido, se quitó los zapatos, y fue caminando en silencio por el pasillo.

La puerta de Marta estaba entreabierta. Como iba caminando despacio, pudo verla por el hueco. Ella estaba sentada en la cama, desnuda de cintura para abajo, y repasándose las ingles con una cuchilla estrecha. La respiración de Javier se paró, sus piernas también, sus ojos mucho más. Se quedó unos segundos allí con los ojos saltones y las piernas temblando. La chica tenía un chocho precioso, muy abierto y perfectamente depilado. Por arriba llevaba una camisetita cortada justo por debajo de los senos. Los pezones asomaban transparentando su dureza. La cremita fría por abajo a veces tiene esos efectos...

Con el corazón todavía corriendo a toda máquina, se fue a su cuarto tratando de tranquilizarse. Una vez dentro, resopló varias veces, cogió aire inspirando profundamente, y se cambió de ropa. Se puso una camiseta de tirantes y unas calzonas sin calzoncillos debajo. «Estas guarras van a flipar con mi cuerpo.»

Salió de la habitación y fue caminando con sigilo hasta el salón. No pudo mirar a Marta porque tenía que girarse por completo y hubiese sido muy descarado. Llegó al sofá y vio que la cortina del balcón estaba corrida. Parecía que había alguien fuera.

Se acercó hasta la puerta de cristal y vio a Sabrina en la terraza. Estaba tumbada bocabajo tomando el sol desnuda. Su cara estaba ladeada y coloradita. Tenía las piernas abiertas y un culo muy duro y bronceado. Su chocho depilado brillaba quizás del sudor, quizás no.

Él se puso con la tensión a doscientos, la boca se le secó. Se quedó mirando unos segundos con la polla creciéndole a máxima potencia. Hubiera dado cualquier cosa por salir a la terraza y follársela a lo bestia. Lo que él no sabía es que ella estaba allí precisamente por lo mismo. Se recolocó el paquete, y con las calzonas como una tienda de campaña se fue a sentarse al sofá. El corazón se le iba a salir del pecho. Un documental de animales salvajes de la dos sonaba a poco volumen.

En el otro sofá estaba tumbada bocabajo Lucía, con una camiseta larga/túnica corta que le llegaba justo por debajo de culo.

Ella, repentinamente, flexionó la pierna izquierda, dejando a la vista sus glúteos y el diminuto tanga blanco que los separaba. Javier dio un breve vistazo hacia atrás para comprobar que Marta seguía en su habitación, y giró la cara adelante para volver a mirarle el culo. Lo miró fijamente y en cinco segundos volvió a ponérsele el tranco en hiperextensión. Pero lo peor estaba por llegar...

Lucía empezó a gemir suavito, estaba hablando entre sueños:

—MMmmmsiiiií

… Siiiiiií

Javier se alarmó y volvió a mirar hacia la habitación de Marta, no venía.

—Siiiiiiií, Javier, uff, cómo estássss... —murmuraba Lucía.

Javi abrió los ojos asombrado.

—… La tienes enorme, Javi

…Qué bien te mueevess...

No aguantó más y se llevó la mano al paquete. Ella seguía gimiendo:

—oooooooh

…mmmmmmmmmm

…mmmm qué bieeen

…A cuatro patas, Javi, por detrás...

Javier comenzó a tocarse por encima de la tela con la boca abierta, y mirando de vez en cuando hacia detrás.

—Oohh, no me cabe, Javi, no....

Las bragas de Lucía cada vez estaban más húmedas. Ya se transparentaba perfectamente los dos labios hinchados y la raja que los dividía.

Javier tenía la cara descompuesta y una gota de semen cayéndole por el capullo.

Lucía empezó a contraer suavemente los glúteos.

—… Por ahí, siiiiií, por ahí...

…Dame, dame fuerte…

El culito de Lucía se movía de lado a lado en pequeños movimientos. El flujo le resbalaba por el muslo brillando.

Javier con la polla a punto de explotar se levantó y con la mano en el paquete salió apresurado al cuarto de baño.

Al escuchar el pestillo del baño, Lucía abrió los ojos y sonrió maliciosa.

Javier se metió dentro, se quitó la camiseta y se hizo la paja más brutal de su vida. Salieron chorros hasta casi el techo. Se quedó un ratito con los ojos en blanco, recuperando sus constantes vitales. Luego encendió la ducha para no levantar sospechas y se hizo otra paja. Ésta duró cinco minutos y culminó en otro orgasmo de campeonato. Se limpió por todo el torso, por la entrepierna y hasta por la cara. Se levantó con los ánimos un poco más templados, se echó un poco de agua por la cabeza y se fue de nuevo al salón, allí estaba Lucía tumbada en el sofá con los ojos abiertos.

—Hola, Javi. No te he oído entrar, estaba aquí tirada. Con el aire acondicionado y el dichoso documental, me he quedado dormida como un tronco.

—¿Ah, sí? Pues no te he visto. Me estaba duchando. He tenido un día de ajetreado....

—Cuenta, cuenta…

Lo estuvo contando y Marta pasó por el salón y se marchó a la calle despidiéndose con la mano. En cuanto Javi terminó de contarlo, Lucía se levantó con prisas para ir al cuarto de Marta y ponerse con el ordenador.

—Vuelvo en un segundo, Javi —eso le dijo, pero tardó media hora.

Y justo a la media hora, entró en casa Marta. Sabrina se cubrió con una bata y salió de la terraza empapada de sudor. Marta habló con Javier:

—Javi, a eso de las siete voy a volver a salir. Te dejo el cuarto abierto. Ponte con el ordenador si quieres.

—De acuerdo. Muchas gracias. Lo haré.

Lucía llegó por detrás del sofá con un dvd en la mano.

—Toma, éste es el dvd con las películas que me he descargado.

—Vaya, muchísimas gracias. ¡Qué rapidez!

Siguieron hablando un rato mientras Marta se fumaba un cigarro.

Luego, Javier se tiró un rato en la cama a leer y dieron las siete de la tarde. Se escuchó la puerta de la casa abriéndose despacio y cerrándose de golpe. Javier creyó que era Marta marchándose. Salió de su habitación, se asomó a la de Marta y no había nadie. Decidió meterse un rato a chatear.

Caminó hasta la mesa, se sentó en una silla y encendió el ordenador. Marta no era la que se había ido, se había ido Sabrina. Marta estaba escondida dentro del armario de su habitación. El armario tenía unas rejillas blancas transversales que estaban inclinadas hacia abajo, y que desde dentro se veía perfectamente lo que había fuera.

Allí estaba Marta de pie espiándole, le tenía preparada una sorpresita.

Apareció el escritorio del Windows. Además de los iconos típicos habían un par de carpetas más.

Primero Javi metió en el lector de dvds el dvd de Lucía con las pelis. Lo abrió y vio a ver cuales le había grabado: Todas contra él, Lucía y el sexo, y Desde que amanece apetece... Además había una carpeta que ponía «D 34».

Javi con curiosidad la intentó abrir pero estaba codificada (tenía una contraseña). Probó suerte y tecleó «lucia». Se abrió la carpeta. «Anda que no es tonta.»

Dentro de la carpeta había muchos apuntes, enlaces a páginas, y un archivo de texto que ponía «Diario 34». Lo abrió y empezó a leer:

Día 17/3 (semana 34)

Esta semana ha venido un chico a vivir con nosotras al piso. Está bastante bueno. A las otras chicas no les mola, pero a mi me pone mucho y me mojo bastante cuando le veo. Hoy he tenido un sueño en el que él me follaba en plan salvaje. Me he despertado con las bragas empapadas, creo que hasta me he corrido de gusto. Cuánto me gustaría volver a vivir aquel sueño. Chupársela... que luego me atara y me la metiera hasta darme un superorgasmo y yo a él, y después otro... y después otro....

A este chico sí que le dejaría desvirgarme el culito. Me encantaría que él me atacara por detrás sin que yo me lo esperase. Cada vez que me ducho pienso sin querer en él. Me imagino que él entra y me pilla masturbándome y luego me ayuda y acabamos follando debajo del chorrito. MMMMMMMMMMM. Cuántas veces me habré masturbado ya con lo mismo...

Estoy muy preocupada por Marta. Los resultados de la pruebas se los dan dentro de quince días. Desde que se folló aquel viejo está en un sin vivir. Ella se nota picores raros por abajo. Piensa que como poco son ladillas.

Hoy Sabrina me ha contado lo alucinada que está con su amante secreto. Es negro y está casado. Por lo visto tiene un tranco de treinta centímetros y brutal de gordo. Ella dice que después de eso no va a conformarse con menos. Incluso comenta que no va a poder evitar reírse en la cara del que no la tenga así. Menos mal que a ella le da asco chupar, y él lo respeta, si no es que no le cabría en la boca...



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El 15/12/07 a las 02:12:45

Las chicas empezaron a arreglarse a las 21:00, y a eso de las 23:00 acabaron y se reunieron en el salón. Sacaron unos vasos y hielo, y se bebieron unos tragos de una botella de Ron Brugal que estaba por la mitad (sobró un día de juerga).

Marta llevaba un traje largo de gasa color granate, con una raja en el lateral de la pierna y la espalda descubierta.

Sabrina su nuevo vestido blanco ceñido al cuerpo. Sin nada debajo.

Lucía un top amarillo y unos pantalones pirata de color negro con un taconazo de diez centímetros.

Apareció por allí Javier avasallando: Llevaba una camiseta negra cortada por el hombro que dejaba sus musculosos brazos a la vista. Estaba tan bueno que incluso se le marcaban los abdominales a través del algodón. Por abajo llevaba puesto un pantalón de pinzas blanco. Esa tela y ese color realzaban aún más su impresionante paquete. Invadió el salón de un olor a... un olor a.... No sé, a tío cañón de discoteca. Llevaba el pelo engominadito de punta.

Las chicas lo miraron de arriba a abajo alucinadas aguantándose la baba con el labio. Comprendieron en silencio que aquello iba a ser una lucha a muerte por llevarse a esa bestia sexual a la cama.

—Menos mal que vamos con un hombre fuerte, sino los tíos con estos vestiditos nos comen —dijo Sabrina radiante.

—Desde luego, parecéis chicas de revista, qué morenas estáis y qué guapas.

—Cuando quieras nos vamos.

—Sí, yo estoy listo.

Primero fueron a un pub cercano muy pequeño. Allí la camarera devoraba con los ojos a Javier. Sabrina se dio cuenta y al levantar la mano Javier, ella se interpuso y pidió las copas:

—Martini con limón, Brugal con limón y Malibú con piña.

……Ay, ¿y tú qué quieres, Javi?

—No, yo de momento nada.

La camarera miraba a Javi con dulzura al preparar las bebidas. Esa dulzura era directamente proporcional a la agresividad que las otras empleaban en sus amenazantes miradas. «Ésta invito yo», dijo la pava sonriendo. "Qué generosidad."

Las tres recogieron sus copas. Javier como era el chico Pepsi-light no bebía alcohol, y todas le felicitaron por ello con su copa bien sujeta a la mano.

—Chicas, ¿me acompañáis al baño? —soltó Sabrina.

—Venga, Sabri, yo voy contigo. Marta, vente —impuso Lucía.

—No, yo me quedo. Paso de dejar a Javier solo... Iros, iros vosotras —lo decía sin mirarlas y agitando la mano para que se piraran.

Las dos pusieron cara de arpías y se retiraron. Marta sonrió y se lanzó al ataque:

—¿Qué te parece vivir con nosotras?

—Pues está muy bien. La casa es fenomenal... me tratáis muy bien… Ojalá todo siga así.

—Nosotras pensamos lo mismo de ti. Bueno, no todas. No se lo cuentes a las chicas, pero según ellas lo único que puede estropearlo es que una de nosotras se líe contigo. Claro que para ellas es muy fácil, como Sabrina está con uno y Lucía está enamorada de otro...

—No lo entiendo, ¿y eso por qué?

—Cada una tiene su opinión. Ellas piensan de esa manera, pero yo pienso lo contrario. Yo desde luego si llegara a darse el caso y nos gustamos, pues no lo dudaría, el amor es lo primero.

Él asintió con la cabeza.

—Imagínate que una noche loca por lo que sea acabáramos enrollados y acos-tándonos juntos. Yo por lo menos por mi parte no lo tomaría como algo serio. Si luego tú quisieras continuar la relación, pues ya se vería; pero de entrada no te metería en ningún compromiso.

—Veo perfecto lo que dices. Yo pienso igual.

Batalla ganada para Marta.

En ese momento llegaron las chicas; que apenas mearon y se retocaron y llegaron de vuelta en dos minutos. Nunca habían tardado tan poco.

Siguieron bebiéndose las copas y escuchando musiquita hasta que Marta propuso cambiar de aires.

—¿Por qué no nos vamos al Metrópolis? A esta hora se pone muy bien.

—Claro, buena idea.

Salieron del local, llamaron un taxi porque el coche de Marta estaba en el taller, y en cinco minutos llegaron a Metrópolis. Por fuera no había nadie y por dentro estaba abarrotado de gente. No era una discoteca de música electrónica ni moderna, solo ponían salsa, merengue y todos esos bailes latinos. Había unas mesitas blancas de plástico con banquitos y ellos se sentaron en una. Llegó un camarero muy guapo y preguntó qué querían. Pidieron lo mismo que en el otro local.

El camarero se marchó y Sabrina comentó en voz alta:

—Anda, Marta… que te has quedado pasmada con el camarero.

—¿Qué dices?, si estaba muy delgado. A mí me gustan más fuertotes.

—La que te quedas pasmada eres tú y tus gogós —añadió replicando Lucía.

—¿Cómo te va con tu rollete, Sabrina? —atacó Marta.

—Yo paso de él, de momento estoy soltera. Si algún tío bueno se me pone a tiro es que ni me lo pienso.

A los dos minutos trajeron las copas. Ellas seguían conversando, esta vez sobre las tiendas de ropa:

—Bershka esta muy bien... pero yo prefiero Stradivarius. Y en las tiendas surferas y en las hippies también hay unas camisas y unas faldas muy guapas.

—¿Qué dices? Zara es mucho más elegante, y desde luego la ropa más guapa está Mango.

—Qué pija eres. Tú vete a Massimo Dutti.

—¿Tú qué piensas, Javi? —preguntó Sabrina. Seguidamente le dio un trago a su Martini.

—Yo....

—Javi no va a Bershka a comprarse faldas —interrumpió Lucía.

—Sí, pero a lo mejor su novia sí.

—No, yo no tengo novia —cortó sorprendiendo Javi. Sabrina y Lucía miraron a Marta.

—Marta, ¿tú no decías que tenía novia?

—Pero si él lo dijo el primer día que llegó.... ¿O no fuiste tú?

—Yo no recuerdo haber dicho eso.

—....¡Ah, no, calla! que fue la chavala esa rubia. Yo sabía que alguien estaba ennoviado.

—Menos mal que me hicisteis caso y elegimos a Javi en vez de a esa petarda —soltó Sabrina.

La conversación derivó en una discusión entre Sabrina y Lucía sobre cuál de las dos había dicho que Javi tenía cara de serio. Marta aprovechó su supuesta desvinculación, para fijarse en Javier. Y mirando y mirando como no podía ser de otra manera se acaloró. Desde el otro lado de la mesa, empezó a deleitarse con sus fuertes brazos y sus llamativos hombros. Se puso tonta y subió la vista parándose en los ojos y bajando a sus sensuales labios. Él con el rabillo del ojo se dio cuenta y se quedó mirándola. Ella se llevó el cubata a la boca, le guiñó el ojo, y luego dio un trago muy largo.

Por debajo de la mesa, Lucía se había descalzado y estaba rozándole con el pie el tobillo a Javier. Él disimulaba pero no lo apartaba, incluso empezaron a cruzarse miradas cómplices y traviesas. Siguió acariciándole. Le metió el pie por el pantalón y lo deslizó de arriba a abajo insinuantemente. A él se le estaba poniendo morcillona.

Batalla ganada de Lucía.

Marta se percató del roceteo y pretendió cortarlo.

—Bueno, Javi —llamó Marta con coquetería—. ¿Hay alguna chica en estos momentos que te guste?

Lucía saltó:

—¿Por qué no le preguntas si estudia o trabaja, Marta?, quedaría más original.

—Porque ya sé de qué trabaja. ¡Estúpida!

La mano de Sabrina dio un salto espontáneo y se agarró del tremendo bíceps de Javi.

—Qué fuerte estás… Seguro que puedes aguantarme en tus brazos más de una hora.

Marta saltó cortando el manoseo a discreción de Sabri:

—¿Qué animado está el ambiente, no? —dijo poniéndose en pie— Vente a bailar, Javi. ¿Bailas bien?

—Algo sé.

—Da igual, yo te enseño —repuso Marta. Todos se levantaron.

—Venga sí, vamos a enseñarte a bailar —dijo cruzándose Lucía.

—No le atosiguéis —intermediaba Sabrina caminando por detrás.

Marta iba agarrada de su mano llevándolo a la pista con las chicas persiguiéndolos.

Se pusieron en un huequecito por el medio. Las niñatas guarronas se daban codazos y comentaban en voz alta lo bueno que estaba el tío de negro.

—Que sí. Que ése es el del catalogo de Punto Blanco —le decía una a la amiga.

"Anda que con la de modelos que hay en el mundo como para acordarse de uno". La de dedos que no se haría esa chavala con las fotos.

Con miedo al ataque de las lobas forasteras, las chicas lo rodearon. Marta empezó a darle al "body" como sólo ella sabe hacerlo. Con su habitual sonrisa se dio la vuelta y meneó el culo bien provocativo ante los ojos de Javier.

Sabrina aprovechó la errónea estrategia de Marta, para meterse en medio y ponerse pegada a él. Lo agarró de la espalda y le metió las piernas entre las suyas. Una vez que lo tenía agarrado, ni con agua hirviendo la iban a separar. Comenzó a frotarle el muslo por el paquete. Ella se reía victoriosa y lo acariciaba con el dedo entre los pectorales. Estuvieron un ratito muy arrimados compartiendo un tema de Eddy Herrera. Las tetas de Sabri se aplastaban continuamente contra el torso de Javi. Con esa chica tan guapa pegándose no pudo evitar ponerse caliente. Ella lo notó y fue a por más:

—Estás guapísimo esta noche.

—Tú también. Ese traje blanco te queda fabuloso.

—MMmmm. Gracias……

Batalla ganada de Sabri.

Lucía se picó y le tiró un pellizco en el culo a Javier. Él por curiosidad giró la cabeza y ella lo cogió de la camiseta. Lo arrastró hacia ella y lo rodeó con sus brazos.

Sabrina se quedó mirando a Lucía con cara de: «ya te cogeré, sé dónde vives».

Sus caras estaban casi juntas. Lucía lo miraba ardientemente. Él no ponía freno al ataque de las fieras, todas estaban hambrientas y con las zarpas bien afiladas.

Lucía movía el tronco en plan Shakira haciendo que las tetas le bailaran de arriba a abajo. Él por cercanía y por imperativo deseo tuvo que mirar.

Marta y Sabrina empezaron a bailar juntas a su lado. Estaban magreándose los culos entre ellas y besándose por el cuello inmersas en su rollo bollo. Javier quería verlo, y al despistarse perdió de vista los labios de Lucía. Éstos estaban ya humedecidos y listos para abalanzarse sobre los suyos.

Sabrina estaba de espaldas a Marta con las manos en sus muslos. Ella las tenía en su cintura y besaba a Sabrina por el hombro.

Lucía, al comprobar que a Javi eso le llamaba la atención, decidió unirse y demostrar que allí la más caliente era ella. Se pusieron una por delante de Sabrina y la otra por detrás; a mover bien el culo y a refregarse bien delante del chico guapo. Estaban guarreándose entre las tres, y una pelirroja muy guapa se fue a por Javi y se le presentó. A veces por ser muy putilla pasan esas cosas.

Los dos tortolitos comenzaron a hablar en medio de la pista. Las niñas dejaron de bailar como zorras y ahora parecían moverse al son de la inocente canción de los pitufos. Sólo observaban con cara de asco a la intrusa que les estaba robando el polvazo.

Pasó un minuto y las chicas se desesperaron. Marta y Lucía fueron a por a Javi y se lo llevaron con brusquedad a la barra. Él se tuvo que despedir de la pelirroja casi de lado.

—Vente, Javi. Vamos a pedir algo.

—Pero si yo no bebo —dijo él.

—Nunca es tarde para empezar —insistió Marta.

—Qué mal gusto tienes, Javi. Con lo fea que era esa tía..... —opinó Lucía.

Se fueron a la barra y pidieron más copas. Allí estuvieron hablando entre ellos con mas calma y sin tanto machete.

—Bailáis muy bien —soltó Javi engatusando.

—Yo llevo muchos años bailando en una academia —comentó apresta Marta.

—Y aun así bailas de pena, sólo sabes mover el culo —cortó Lucía—. La que baila es Susana.

Al cabo de media hora volvieron a la pista a bailar, esta vez respetando un poco más y dando menos la nota. Un par de horas después estaban cansados y decidieron marcharse.

—¿Te lo has pasado bien? —le preguntó Lucía al salir.

—En grande, de verdad, una noche genial.

Cuando salieron de la puerta de la discoteca, iban caminando todos juntos. De repente Marta se atrevió a cogerle de la mano y sujetarlo, dejando que las otras dos se adelantaran un par de pasos.

—Con tanto baile estoy destrozada. ¿Cuando lleguemos a casa vas a darme un buen masaje?

—Sí..., claro —dijo con voz perturbada sin tiempo a pensarse la respuesta.

Sabrina levantó la mano y paró un taxi. Se montaron y fueron para casa.

Iba Marta montada delante, y las demás atrás con Javi en medio. Por el camino, Lucía empezó a acariciar el muslo de Javi y a arrimarse como si estuviera en celo. Sabrina interrumpió:

—Niña, no molestes a Javi, seguro que está muy cansado ahora como para ponerse a hacer manitas.

—¿Tú qué estás: borracha? ¿Por qué no sacas la cabeza por la ventana y tomas un poquito el aire?

Una vez llegaron a casa, se sentaron en los sofás y encendieron la tele. A esa hora no había pelis, así que Lucía buscó un dvd para ponerlo.

Alguien sacó los culitos de un par de botellas y echó unos improvisados cubatas de limón Bacardi-Brugal.

Se acomodaron, pulsaron al play en el aparato del dvd, y empezó la peli.

Los títulos de crédito en color magenta citaban «Sandyxx», «Rocco Pitrocco», la musiquita jazz sonaba de fondo... No había que acudir al curso de videncia de la bruja Lola: Era una peli porno.

—¡Qué guarra eres, Lucía! ¿Qué va a pensar Javi de nosotras?

—De verdad que no lo sabía. Eso es que muchas veces cuando te descargas una peli del Emule te meten una porno. Un fake se llama.

—¿Un fake se llama? Yo lo llamo una tía guarra —dijo tajante Marta.

—Sí, tú la llamas guarra. Pero tú bien que sigues mirando —dijo Sabrina.

—¡No voy a taparme los ojos! Si no hay otra cosa....

En la peli un tío muy bueno caminaba por una playa nudista con el bañador puesto.

—¡¿Dónde está esa playa?! —gritó Marta

—¡Cállate, deja que veamos la peli! —quejó Sabrina.

—Lo ves, la guarra eres tú —dijo Lucía.

—Sshhhhhhhhh.

El tío vio a dos chicas desnudas sentadas en la toalla y se acercó a ellas. Las saludó, se puso delante y se bajó el bañador a lo sexyboy.

Las chicas de la peli empezaron a mojarse, las que estaban en el sofá también.

—¡¿Dónde está ese tío?! —exclamó nerviosa Marta.

—Sshhhhhhhhhh ¡Calla!

Las actrices se empitonaron y comenzaron a follarse al guaperas nudista sobre la arena…



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