En la adolescencia, nos guste o no, el alcohol es parte integrante de nuestra vida. No es sólo un elemento cultural más, si no que se erige como una poderosa herramienta a la hora de estableces relaciones interpersonales.
No voy a hablar aquí del lado nocivo de esta droga tan social pues todos la conocemos ya ampliamente y sabemos que cualquier cosa puede ser dañina si no se le da un uso adecuado.
He detectado un problema muy curioso a la hora de consumir alcohol en las noches de fiesta. Y es que resulta que cuanto más bebes, más guay eres y a la inversa.
Por otro lado, es patente que las mujeres tienden poco a poco a superar a los hombres en prácticamente todos los aspectos de la vida, desde el académico, hasta el artístico o el sexual.
Pues bien, si juntamos estas dos realidades descubriremos que a menudo las chicas también intentan superar a los hombres en cuanto a excesos, y dentro de estos, en consumo de alcohol.
Y claro, normalmente esa acción deviene en fracaso total. Físicamente la mujer no es igual que el hombre y por tanto las condiciones no pueden ser iguales en ambos. A la hora de beber, influye la constitución corporal, el peso, el índice de masa o la musculatura. Por supuesto también el hábito, la costumbre y la tolerancia al alcohol.
Pero claro, lo más importante es ser guay, como decía antes. No se puede permitir que alguien pueda pensar que se es inmadura o reprimida (tono irónico).
Esta historia comienza en una noche de fiesta, como cualquier otra. Habíamos quedado para hacer un botellón conjunto con otro grupito de chicas en un conocido parque de la ciudad.
En ese grupo estaba Verónica, una chiquita con la que había empezado una relación hacía dos semanas.
Verónica no era guapa. Pero tampoco fea. Más bien del montón. Tenía una nariz con personalidad y se veía algo grande al perfil. Sus labios eran finos y los ojos pequeños pero muy redondos; las cejas perfectamente depiladas y unos pómulos prominentes que casaban muy bien con su carita redonda.
El pelo negro, solía llevarlo moldeado con espuma y largo, dando una apariencia muy moderna y fresca.
Pero todo esto no tiene la más mínima importancia, ya que el atractivo de Verónica estaba en su cuerpo. Tenía unos hombros muy estrechos, pero debajo de ellos colgaban dos pechos preciosos. Grandes, pero no exagerados, erguidos y con esa típica forma de misil que tanto nos pone a los chicos. La cintura era finita, pero en seguida se ensanchaba para dar paso a unas caderas generosas y un culito respingón que me hacía soñar con ponerla a cuatro patas. Las piernas no eran muy finas, pero lo suficientemente bien formadas para no desentonar del conjunto.
La forma en que conocí a Verónica y cómo nos enrrollamos después es completamente irrelevante y no tiene nada de especial que deba contar, así que la omitiré.
Lo que sí es importante para seguir bien la historia es el hecho de que Verónica no era una chica ligera de cascos, alegre ni fogosa en cuanto al sexo se refiere. De hecho en esas dos semanas no me había dejado ni acercarme a ella con motivos sexuales. No había conseguido ni tocarla. En cuanto bajaba mi mano a su culo, enseguida se apartaba o la retiraba de su sitio. Muy cariñosamente, eso sí, pero me tenía a dos velas.
Yo no entendía como un cuerpo así podía estar sin un buen meneo de vez en cuando, pero al parecer, era una chica chapada a la antigua y no iba a permitir que le hiciera nada sin un compromiso más formal.
No hace falta decir que yo no era nada partidario de esperar y en cuanto tenía ocasión insistía e intentaba convencerla de mil formas diferentes.
Pues bien, ese día quedamos para hacer el botellón, acordando que seríamos nosotros los chicos los que llevaríamos la bebida y ellas los hielos. Así lo hicimos y la noche resultó bastante divertida. Hablamos, reímos, contamos chistes… pero la cosa se empezó a desmadrar.
Por aquel entonces en mi grupo bebíamos mucho y bien. Teníamos mucho control y a menudo imprimíamos un ritmo bastante grande.
Entre risas y bromas van cayendo los cubatas y Verónica insiste servirse una y otra vez de los licores más alcohólicos.
Al cabo de dos horas y media o tres ya estamos todos completamente tomados. Casi sin darnos cuenta se van formando grupitos más pequeños de personas que hablan a voces. Yo como me estoy divirtiendo no hago mucho caso a Verónica, y me entretengo contando batallitas con un par de amigos y dos chicas que nos escuchan atentas, siempre con un baso en la mano, al que sigo dando pequeños sorbos.
El problema viene al poco rato y en plena borrachera. Una de las amigas de Verónica me llama y me advierte que ella está un poco mal. Resulta que se ha pasado bebiendo y está tan mareada que no puede levantarse de donde se encuentra sentada. A pesar de eso todavía habla coherentemente.
¡Vaya hombre! Exclamo cuando la veo. Y es que no hay peor cosa que te pueda pasar una noche que tener que ocuparte de alguien que ha bebido demasiado. Porque significa que la fiesta ha terminado tanto para ella como para el que la cuida.
Además, por mi experiencia sé que durante la próxima hora, los efectos del alcohol se van a ir intensificando aún más.
Por supuesto intentamos darle agua, mojarle el cogote, pero nada funciona. Ella repite una y otra vez que está bien pero su imposibilidad de dar dos pasos rectos la delata en seguida. El problema es que ninguno de los demás presentes estamos en disposición de poner un poco de cordura a la situación.
Así que la dejamos descansar un rato mientras decidimos qué hacer. En el fondo todos sabemos lo que hay que hacer y es ni más ni menos que llevarla a su casa y continuar nosotros con la juerga. Pero la cosa no es tan sencilla: Verónica vive a las afueras de la ciudad, a muchísima distancia de donde nos encontrábamos. Eso significa que con una persona borracha que no puede andar nos llevaría más de una hora la ida y otra la vuelta; o sea, la noche perdida.
En ese momento pienso que no es justo que yo me tenga que perder una buena fiesta de sábado noche por culpa de una chica inmadura que no ha sabido beber. Pero más injusto es que se la tengan que perder mis amigos. Al fin y al cabo estoy saliendo con Verónica y en cierto modo yo soy el responsable de ella.
Así que con enorme resignación invito a mis amigos y a las demás a que sigan disfrutando de la noche que yo me encargaría de llevarme a Verónica a su casa sana y salva. Alguno se ofrece a ayudarme y acompañarme en ese calvario, pero desisto con humildad y no insisten más.
Enseguida tomamos caminos distintos, mis compañeros y amigas se marchan a la zona de discotecas y yo cargo torpemente con Verónica en dirección a su barrio.
Menos mal que no hace falta que la lleve en brazos sino que apoyada en mí es capaz de ir dando pasos lo suficientemente normales como para avanzar.
El camino es largo y pasado. A menudo tengo que parar para descansar un poco. Según nos alejamos del centro de la ciudad cada vez nos encontramos menos gente. Hasta que nos vemos caminando completamente solos por las calles.
De vez en cuando intento entablar alguna conversación con Verónica que anda apoyada en mí y mirando el suelo. Por desgracia según pasaba el tiempo Vero estaba peor, como yo predije. Y para colmo empezaba a hacer frío.
Ya veo su barrio a lo lejos pero me encuentro muy cansado. Vero cada vez pesa más y hace menos por andar. Así que decido sentarnos en el banco de un parquecito que nos pillaba de paso.
Para matar un poco el tiempo mientras descanso, comienzo a reprochar a Vero su comportamiento.
¿A quién se le ocurre hacer la bestialidad que has hecho?, ¿Qué pretendías demostrar?
Ella está en silencio y con los ojos cerrados.
Porque vamos, salir de fiesta es para pasarlo bien, no para estar jodida toda la noche y parte de mañana.
Vero murmura algo que no entiendo. Yo sigo con mi monólogo.
Ahora mismo, todas tus amigas y mis amigos están en la disco, bailando y pasándoselo genial. Seguro que incluso algunos se han enrollado… y nosotros aquí, pasando frío y con un bajón de la leche.
Según voy hablando siento cada vez más fresco en los brazos. Supongo que es sobre todo porque los efectos del alcohol han bajado con el largo paseo y están dejando la típica mini-depresión posterior.
Me voy sintiendo más hundido y enfadado por momentos.
Y que sepas que yo nunca cargo con borrachos. La gente ya es lo suficientemente mayorcita como para saber lo que tiene que beber y cómo.
Lo que pasa es que, claro, como estamos juntos, pues me toca hacer de lazarillo.
Bueno, estar juntos, es un decir, porque lo que me has dado hasta ahora es más bien nada. Yo las relaciones de celibato no las llevo muy bien. No soy una piedra, tengo necesidades…
Mientras le echo el sermón, Verónica sigue murmurando e intenta construir frases enteras, aunque no lo consigue.
Espero que después de esto que estoy haciendo por ti me des un premio o me lo agradezcas de alguna manera, ya sabes a qué me refiero…
Justo después de terminar esta frase un destello ilumina mi pensamiento. Sin darme cuenta mi mente maquiavélica se ha puesto en marcha. Giro mi cabeza y miro a Vero que estaba a mi izquierda.
Se encontraba sentadita, con las manos unidas encima de sus piernas y con la cabeza puesta sobre mi hombro. Sus ojos estaban cerrados y su estado era de semi consciencia alternando ratos de duerme vela.
De repente ya no la veo como una carga; sino como una chica de cuerpo atractivo que aun no me había dejado tocarlo.
Sus pechos siguen tan bien puestos como siempre y en su entrepierna los pantalones se ajustan como una segunda piel.
"Bueno; siendo como soy su novio, creo que no pasaría nada por toquetearla un poco ahora que no me puede rechazar; yo cuido de ella, la llevo a su casa… qué menos que disfrutar un poco de mi chica. De todas formas, mañana no se acordará de nada. Todos salimos beneficiados", me convenzo a mí mismo. Aunque no hacía falta, pues la idea de aprovecharme de ella ya se ha instalado en mi cabeza y no hay forma de borrarla de mi mente.
Acaricio su cabeza con ternura mientras la susurro que duerma tranquila, que no pasa nada. Paso mi brazo por detrás de ella para acomodarla mejor sobre mí y coloco la mano en su hombro.
Tengo que reconocer que estaba nervioso y emocionado. Por fin la noche tenía algo de sentido para mí.
No tengo claro hasta qué punto se da cuenta de las cosas, pero tengo que arriesgarme. Hago una prueba, bajo la mano poco a poco, la paso por debajo de su brazo derecho y la coloco muy suavemente sobre su seno. No me atrevo a apretar por si acaso se despierta, así que la mantengo ahí un ratito, sin moverla.
"Cómo me está poniendo…"pienso, por fin tenía la mano sobre ese pecho que tanto había deseado. Mi aparato ya llevaba despierto un rato y va creciendo por momentos. Me empieza a apretar más y más en los pantalones, pero ahora estoy en otras cosas. Necesito estrujarle esa teta tan hermosa. Voy a arriesgarme.
Empiezo a estrujar su pecho con mucho cuidado. Primero muy poquito… aprieto y suelto, aprieto y suelto, casi imperceptiblemente. Ella no reacciona así que cada vez lo amaso más fuertemente. Al rato ya me encuentro sobando su teta tal y como a mí me gusta. La agarro con toda la mano y la muevo en todas direcciones. La amaso, la estrujo todo a la vez. Todo esto lo hago muy suavemente, claro, no quiero que se sobresalte.
En un momento dado Verónica se mueve, dice un par de palabras ininteligibles y quita su cabeza de mi hombro para dejarla colgando hacia atrás del respaldo del banco. Por este movimiento he tenido que quitar el brazo de detrás de ella y además ha cruzado los brazos sobre sus pechos, como si se hubiera dado cuenta de algo. Y así se queda, dormitando de nuevo.
Bueno, no importa, me digo. Esto todavía no ha terminado. "Hay más sitios de los que disfrutar". Mi mano se posa esta vez en su muslo izquierdo y sin tardar mucho comienza a subir por él palpando todo lo que puede. Ya he llegado a las arrugas que el pantalón hace en la ingle, y con la misma técnica delicada voy introduciendo la mano muy poquito a poco entre sus piernas. Introduzco un poco, espero, observo a Vero y vuelvo a introducir otro poco…
Al poquito ya tengo media mano posada en su coño por encima del pantalón. Pero me cuesta seguir porque tiene las piernas muy cerradas. Ni corto ni perezoso cojo sus piernas de las rodillas y las separo lo suficiente para acceder a su encantadora zona. Ella, como acto reflejo las vuelve a cerrar, pero ya es demasiado tarde y mi mano se ha apropiado por completo de su conejito. "Que tacto más encantador y como me excita tocar ese lugar tan prohibido por ella".
Empiezo a mover mi mano con maestría entre sus piernas a la vez que observo su cara inexpresiva y ausente en busca de alguna posible reacción. Lentamente uno de sus brazos que tenía cruzados en el pecho baja hasta su pierna y pone su mano en la mía, intentando sacarla del lugar en el que se encuentra. No lo consigue. No tiene nada de fuerzas y no logra coordinar los movimientos. Está plenamente a mi merced.
Mi sobeteo de su almejita es cada vez más acentuado. Vero se intenta mover y farfulla sin parar pero yo no me detengo por nada. Estoy muy excitado con mi abuso y no quiero perderme ni un detalle de lo que está ocurriendo.
De repente me detengo y alzo la mirada. Hasta ahora no había pensado en que hay una farola cercana que arroja la luz suficiente sobre nosotros, como para que nos puedan observar desde cualquier ventana de los bloques de viviendas que tenemos enfrente. Eso es un problema. El exhibicionismo también me gusta, pero no quiero que nadie sea testigo de mi depravada acción. Necesito un rincón más íntimo para disfrutar plenamente.
Así que, cojo en brazos a Vero y le comento que la voy a llevar a un sitio más cómodo para su descanso. Unos metros más allá está el césped del parque y hay muchos matorrales. Nos colocamos detrás de uno de ellos que da a una pared. El sitio es bastante bueno. Tiene hierba, luego es cómodo y la luz apenas llega al suelo. Prácticamente nadie podría descubrirnos allí.
Coloco a Verónica tumbada boca arriba, todo lo larga que es. Ella no se queja, puesto que la posición es óptima para que siga durmiendo. Me quedo un rato de rodillas a su lado, como mirando un menú. Pero estoy demasiado caliente como para esperar más. Ya no tengo frío y solo quiero pasear mi polla por toda su piel.
Me pongo encima de su estómago, con las rodillas a ambos lados de su cuerpo y sin más espera agarro sus deliciosos pechos. Esta vez ya no tengo cuidado y los aprieto con lujuria. Quiero sentir toda su ropa interior a través el jersey; y lo hago. Buscar sus pezones se convierte en un juego para mí mientras no paro de masajear y estrujar esos enormes melones.
Vero mueve su cabeza de un lado a otro. Parece como si se diera cuenta de lo que pasa, pero no pudiera hacer nada para impedirlo.
Con un gesto rabioso levanto el jersey por encima de sus pechos y también su camisa. Lo que me encuentro me gusta mucho. Su sujetador es negro, con trasparencias y encajes por todos lados. Es de aro, claro y mantiene a los dos misiles de Vero alejados el uno del otro. "Qué bonita forma tienen sus pechos, me muero por verlos y saborearlos al natural".
Por ahora me conformo con seguir toqueteándolos por encima del sujetador. Me gusta el tacto de la ropa interior femenina, tanto para los dedos como para la boca. Así que chupo un poco la copa del sujetador mientras mis manos dibujan las forma de esas extraordinarias peras.
A todo esto, Verónica recibía mis caricias y por lo general no hacía nada. Seguía en su trance tan feliz. Alguna vez daba una voz más alta que otra sin abrir los ojos, pero nada más.
Cada vez estoy más y más excitado; tengo que desabrochar un poco mi pantalón para dar un respiro a mi ya dolorida y apretada polla. Ahueco un poco el cuerpo de Vero para desabrochar el sujetador y enseguida está suelto.
Pero no lo quito de golpe. Lo voy echando hacia arriba poco a poco, con calma; quiero ver como llegado un punto, los pechos de Vero se liberan y se muestran ante mí. Ese punto llega y caen un poquito hacia abajo con un elástico movimiento. "Qué bonitos son. Parecen mucho más anchos ahora que cuando estaban bajo la ropa, quizás sea por la postura", comento para mis adentros, sin dejar de mirar esas dos maravillas de la naturaleza.
Sin más dilación me lanzo a devorarlos. Huelen a perfume y están deliciosos. No quiero dejar ni un solo centímetro sin lamer. Sus aureolas, como sus pezones, son pequeñitos en comparación al resto del pecho. Eso no impide que los capture con mis labios y los mame con frenesí.
Estoy plenamente centrado en esa zona de su cuerpo. Mis manos tienen bien sujetos los melones de Vero para que mi boca y lengua puedan recorrerlos y chupetearlos sin ningún problema. Mi compañera de abuso mueve un poco sus brazos sin rumbo fijo, como dando manotazos al aire que no impiden en absoluto que siga dando chupetones a sus ya húmedas tetas.
Vuelvo a mamar de sus pezones con avidez, voy de uno al otro alternativamente y cada vez que los chupo suena un sonoro chuup, chuuup.
No con pena, decido que ya es hora de pasar a otras zonas del cuerpo de Verónica. "No importa, siempre hay tiempo de volver a sus pechos". "No os vayáis, luego vuelvo otro rato con vosotros", les digo como si pudieran oírme.
Me echo a un lado del cuerpo de Verónica para poder desabrochar sus pantalones. Cuando bajo su cremallera me encuentro unas braguitas negras a juego con su sujetador. Cuando empiezo a bajar los pantalones por sus muslos, Vero intenta torpemente impedirlo y lo consigue. Como no quiero forzarla más de la cuenta, subo de nuevo hasta su carita y le susurro al oído: "shussssssss, tranquila cariño, sigue durmiendo que no pasa nada. Yo cuidaré de ti…"
Dicho esto vuelvo para abajo y rápidamente bajo los pantalones y braguitas hasta los tobillos. Lo he hecho así de deprisa para no dar tiempo a Vero de que intente impedirlo de nuevo.
Ante mí tengo un precioso chochito. Está depilado por los lados, y en el centro del pubis hay un reguerito de vello cuidadosamente recortado. Coloco sus piernas flexionadas.
No pierdo el tiempo. Mi mano traviesa se apresura a abrir sus labios menores y contemplo un coñazo de primera. Es muy rosadito y sobre todo grande. Sus labios no sobresalen demasiado, pero una vez abierto la cosa cambia. Como está un poco sequito, me chupo los dedos que voy a utilizar y comienzo a acariciar delicadamente todos sus pliegues. Como si estuviera examinándolo poco a poco. Acaricio los labios de un lado, de arriba abajo y luego los del otro. Uno de mis dedos va abriéndose paso hacia su interior, pero todavía no quiero penetrarla con él. Antes de eso necesito encontrar el clítoris.
Según el tipo de coñito, puede ser difícil encontrar el clítoris si no está excitado. Por eso me lleva un poco de tiempo, pero enseguida lo identifico. Una vez que lo tengo, dedico una de mis manos solo para él. Con mis dedos jugueteo, lo sujeto, lo froto, lo acaricio sin parar. Necesito excitarla para que se humedezca.
Cada vez voy más deprisa y torturo su botoncito sin cesar. Ignoro completamente las cosas que Vero intenta decirme y sus pequeños movimientos de cadera. Tengo las dos manos completamente ocupadas con su rajita. Si no estuviera borracha a buen seguro ya estaría a punto de tener su primer orgasmo, pero la cosa ahora no es tan sencilla. Al cabo de un tiempo, mis esfuerzos tienen su fruto. Su coño se está humedeciendo, así que no voy a parar ahora.
En esta ocasión ya no sólo acaricio, sino que meto dos dedos en su vagina ya lubricada. Y sigo con mi técnica. No puedo evitar sentir la curiosidad de probar sus flujos. Me llevo los dedos manchados por sus líquidos a mi boca y los saboreo. "Hummmm, no está mal… creo que voy a comerle el coño un ratito." Y así lo hago.
En pocos segundos estoy entre sus piernas y ya tengo mi boca pegada a su concha como una ventosa. Quiero recibir todos sus jugos en mi boca mientras mi lengua no para quieta en su interior. Todos los rincones son visitados por ella y al rato comienza a follarla. La lengua entra y sale de su agujero una y otra vez. Vero en su duerme-vela mueve las piernas e intenta cerrarlas, pero yo estoy dentro de ellas y no pienso dejar de saborearla.
¡Qué bien sabes! Estaría comiéndotelo toda la noche.
Comunico a Vero en voz alta. Ella contesta preguntando cosas raras como ¿Qué haces? Pero apenas se la entiende.
¡qué coñazo más rico!
Repito antes de volver a hundir mi cara en él.

La imaginación al poder |