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He rodeado sus extremidades, me he perdido en sus inmensas fronteras y cien paisajes han lavado mi espíritu inquieto, y sus aromas y ciertos oficios tan hermosos como mi amada han quedado hinchados, atrapados en el pecho; arquitectos casi extinguidos, de rostro y voz, de manos portentosas hechas para crear bahías, formas. Arcilla en piedra custodian sus palacetes; conquistadores de ideas púrpura de ungüentos obscuros en sus defensas chorreados, entre murallas y cañones calados hasta la quilla de héroes domadores de guerras cortadas a trineo en necios enemigos de hambre en hambre, de tesoros inventados entre cerebros carcomidos por opio.
Entran y salen arlequines a los huertos, a las posadas, a los patios; se asoman al sur, descalzan el norte; lavan la isla, la tienden a sotavento en costumbres, trifurcas, herencias itinerantes, pecados atractivos, y cortinas de conchas coronan las ventanas de sus gentes.
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