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En ese territorio de Castilla la Vieja encontraron las gentes castellanas su hogar histórico en el que se creó una peculiar organización socio-política por la que sus habitantes convivieron «a su albedrío», esto es, con un grado de libertad personal inusual en aquel tiempo, una libertad siempre relativa a dicha época y a causa de la debilidad del sistema feudal en aquella comunidad, al menos durante la etapa condal. Aquella organización socio-política peculiar contribuiría destacadamente a colocar a los castellanos en la vanguardia de los territorios hispano-cristianos del norte peninsular, habilitándoles para desarrollar su decisivo proyecto histórico.
Pero ¿quiénes formaban este populus castellano? Nos encontramos ante todo con el hecho de la formación de un nuevo pueblo, una nueva etnia conformada a la luz de la historia medieval, de manera que podemos descifrar el proceso de su constitución como una verdadera etnogénesis relativamente reciente. Estamos, pues, ante la constitución de una nueva etnia a partir de la combinación o mezcla de los rasgos propios de distintos grupos étnicos en un territorio común más o menos aislado. La etnogénesis resultante supone la fusión o incluso desaparición de determinados caracteres étnicos antiguos (etnolisis) así como la aparición de caracteres nuevos. Entonces, la nueva estructura socio-cultural propia de la etnia emergente en el ámbito de este proceso de combinación a la vez genético y cultural, quedará constituida a partir de los caracteres antiguos ciertamente modificados o transformados y de los caracteres nuevos fruto de aquella combinación sistémica. Podemos destacar, entonces, los distintos pero ciertamente afines elementos étnicos en la génesis del pueblo castellano como nacionalidad medieval.
En primer lugar hay que mencionar a los cántabros junto a los descendientes de una serie de tribus céltico-cantábricas con ellos emparentados como son los várdulos y los autrigones. Estas gentes habitaban originalmente los territorios situados en los valles cantábricos entre los ríos Deva y Nervión, así como los valles del alto Ebro. Debemos recordar que Castilla nace unida a Cantabria cuando el conde Rodrigo, por orden del rey Ordoño I, puebla la tierra de Amaya en 860. El aporte Cántabros, genéricamente considerado, es, sin lugar a duda, el principal elemento conformador de la naciente etnia castellana en cuanto el territorio originario de Castilla se identifica con el de la antigua Cantabria. Hubo también un aporte vascón, aunque sin duda menor de lo que afirman algunos autores. El establecimiento de vascones o de gentes vasconizadas en cuanto pequeños grupos procedentes de Vizcaya y Álava en las tierras de aquella Castilla primigenia está corroborado por una serie de topónimos que aluden a semejante origen de los pobladores (Báscones, Basconcillos, Villabáscones...). No tan casualmente éstos son los únicos topónimos que se refieren al origen étnico de los pobladores en la más vieja Castilla, entre el Duero y el Cantábrico, seguramente porque los vascones, un pueblo preindoeuropeo instalado desde antiguo en ambas vertientes del Pirineo más occidental, poseían una lengua diferente a la de los otros pobladores que se expresaban en lengua romance, hecho éste que influiría decisivamente a la hora de constituir una pequeña población o aldea diferenciada de las otras creadas por pobladores de expresión neolatina. Pronto estos colonos de origen vascón abandonarían su lengua eusquérica mezclados ya con los otros colonos de lengua romance inmensamente mayoritarios.
El segundo elemento básico conformador de la etnia castellana lo constituyen los hispano-godos, entendiendo por tales gentes de origen principalmente visigodo ya de expresión romance, procedentes todos ellos de territorios ocupados por los musulmanes, en su gran mayoría de la cuenca del Duero. El grupo étnico visigodo -un pueblo germánico originario del sur de la Península Escandinava y asentado durante siglos en la costa báltica en torno a la desembocadura del río Vístula- penetró en Hispania durante el siglo V. A fines de este siglo y a comienzos del siguiente se produjo la colonización visigoda de la Península al abandonar las tierras del sur de Francia donde se instalaron preferentemente y trasladarse al otro lado de los Pirineos como consecuencia de la batalla de Vouillé (507) en la que una coalición de francos y burgundios derrotó al ejército visigodo. La inmigración popular gótica tuvo su asiento principal en las tierras de la Meseta norte, principalmente en su mitad oriental, justamente el que iba a ser territorio castellano.
Existen numerosos datos arqueológicos que demuestran un denso poblamiento visigodo de «Amaya hasta Toledo», en lo que son las actuales provincias de Segovia, Burgos, Soria, Valladolid, Palencia y Ávila, además de las de Madrid, Guadalajara y Toledo, estas últimas ya al otro lado de las montañas que componen el Sistema Central.
Estos colonos godos, dedicados a labores agrícolas, convivían con la población hispano-romana de origen celtibérico de estos territorios, en muchas comarcas en la proporción de dos a uno.' De hecho una extensa comarca de la Meseta del Duero se denomina aún «Campos Góticos», denominación que confirma la existencia de una importante presencia goda en las tierras que serían castellanas. La Crónica de Alfonso III nos informa de que el rey Alfonso 1 de Asturias a mediados del siglo VIII decide despoblar amplias zonas de la cuenca del Duero creando así un espacio semidesértico, muy poco poblado, sobre todo al norte del gran río, como frontera ecológica con el Islam, con lo que trasladó a miles de pobladores cristianos hispano-godos de aquel territorio hacia el otro lado de las montañas, hacia los valles cantábricos libres del dominio musulmán. Estos pobladores cristianos constituían en esencia las «densas multitudes de guerreros y labradores germanos» en palabras del historiador Pérez de Úrbel,' masas procedentes de aquellos «Campos Góticos» del norte de la Meseta, gentes godas de peculiar expresión latina que protagonizarán la vida del condado como elemento rector, determinante en el desarrollo del mismo.
Así pues, en aquellos valles norteños protegidos por la Cordillera Cantábrica entre el río Deva y el Nervión, esto es, en las Asturias de Santillana, en la Trasmiera, en Soba, Ruesga, Sopuerta y Carranza, se estaba gestando un nuevo pueblo que no tardaría en protagonizar el proceso de la Reconquista y las sucesivas repoblaciones primero de las tierras del Duero y, posteriormente, en su avance hacia el sur, las tierras de la Meseta sur, de Murcia y de Andalucía hasta alcanzar, de este modo, las costas meridionales de la Península dando por concluido el proceso de restauración de la Hispania invadida por los guerreros árabe-bereberes a comienzos del siglo VIII. Sobre ese pueblo reconquistador y repoblador que irrumpe en la Historia, el pueblo castellano, Pérez de Úrbel afirma que «el caudal más importante de aquel aluvión humano se forma y se acrece con los que llegan de Vasconia y sobre todo de Cantabria, que trae la sangre fundida de godos y primitivos habitantes del país. La raza gótica, mezclada ya con la de cántabros, várdulos y autrigones, ocupa los puestos de responsabilidad. A ella pertenecen los principales caudillos de la Repoblación».' No cabe duda, entonces, que el empuje hacia el sur desde los valles cantábricos, ahora tan densamente poblados, está protagonizado por los descendientes de aquellos godos hispánicos originarios de la Meseta pues son precisamente ellos, como conjunto de nobles, clérigos y también de labriegos, los que poseen y desarrollan el ideario de la Re-conquista, de la recuperación de un territorio al sur de la Cordillera Cantábrica del que fueron desposeídos y al que se refieren con el nombre de Hispania o Spania pues ellos son los que tienen plena conciencia de ese espacio por restaurar en cuanto al dominio del mismo.
Así pues, gentes célticas y celtizadas (cántabros, várdulos y autrigones, en el ámbito cantábrico, y los escasos pobladores de origen celtibérico de las tierras altas de Soria, Segovia y Ávila que pronto se incorporarán al condado consolidado entre el Duero y el Cantábrico) y germánicas de habla neolatina (los godos establecidos en la Meseta y refugiados tras las montañas cantábricas) conforman, esencialmente, el sustrato étnico del pueblo castellano. Este conjunto de gentes de común estirpe indoeuropea y de común expresión romance, un latín ya profundamente transformado, no encontrarían excesivas dificultades a la hora de fusionarse, partiendo todos ellos de unas concepciones sociales, jurídicas y espirituales semejantes, lo cual contribuyó seguramente a la mejor integración de la naciente etnia castellana. Gentes en general no muy romanizadas, belicosas, amantes de la libertad y del vivir independientes, de carácter rudo y enérgico, gentes que dejarían su impronta indeleble en la Castilla que generaron ante la Historia, novedosa y dinámica nacionalidad que pronto mostraría aquellos caracteres que la afirmarían en la delicada encrucijada histórica que tuvo que protagonizar.
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