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ASI VESTIAN LOS VISIGODOS
Texto un tanto largo, pero interesante para toda la gente que quiera intentar recrear el modo de vida de los pueblos godos / visigodos / Ostrogodos
Vestuario Masculino
Hacer una recreación fiel del aspecto de las gentes que vivieron en una época determinada de nuestro pasado no consiste exclusivamente en equiparse con una serie de réplicas, más o menos fieles, de elementos que utilizaron en su vestimenta. Implica además que exista una coherencia entre toda esa indumentaria, para evitar ver un guerrero visigodo con una armadura laminar bizantina vistiendo una túnica raída y armado con un cuchillo roto. Jamás veremos a una persona del siglo XXI andar descalzo por la calle con un rolex de oro en la muñeca. Es preciso tener en cuenta que ciertos elementos de la indumentaria constituían rasgos definitorios de una determinada clase social. Además, gran parte del armamento aquí expuesto (cascos, lorigas, espadas...), tan sólo era accesible a un reducido grupo de personas, miembros de una elite militar aristocrática. Por ello, además de ser conscientes de que vistiendo ese tipo de equipo no se es representativo del “ciudadano de a pié”, debemos buscar una coherencia en nuestro vestuario, lo cual, además, contribuirá a la credibilidad de la recreación.
Un ejemplo podría ser que, en todas las culturas, a lo largo de varios milenios, la primera protección que se procuraba todo guerrero era aquella destinada a proteger la cabeza. Posteriormente, si podía, adquiría algún elemento para cubrir su torso o sus miembros. Por ello, jamás se encontrará una representación de un guerrero en combate con cota de mallas pero sin casco. Hacer lo contrario, vulnerando una serie de normas elementales de este tipo, reviste una extremada falta de rigor que traerá consigo una imagen totalmente desvirtuada de la que era real, por muy documentados y correctos que sean individualmente todos los elementos de esa indumentaria. Para evitar este tipo de sinsentidos se han ideado estas tablas, en las que se ha dividido en tres niveles a los recreacionistas. Como se verá, estas normas no implican la imposición de llevar un equipo especialmente costoso, tan sólo que, si alguien decide vestir como un pobre e ir descalzo, todos los demás elementos de su indumentaria deberán de ser coherentes con ello y no llevar encima, por ejemplo, un collar de ambar.
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Hombre libre
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Guerrero
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Noble
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Hebilla decorada*
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Opcional
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Obligatorio
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Obligatorio
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Collar ambar o vidrio*
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Prohibido
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Opcional
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Obligatorio
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Fibula*
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Opcional
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Opcional
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Obligatorio
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Túnica decorada
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Prohibido
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Opcional
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Obligatorio
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Colores vestimenta
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Sin teñir, marrón, negro, gris, verde y ocres
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Excepto púrpura, sin limitación
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Preferentemente, rojo, azul o púrpura.
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Casco
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Prohibido
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Obligatorio
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Obligatorio
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Cota de mallas
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Prohibido
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Opcional *
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Obligatorio
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Armadura laminar
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Prohibido
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Prohibido
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Opcional
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Gambeson
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Prohibido
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Opcional
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No se aplica
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Espada*
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Prohibido
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Opcional con hacha y scram largo
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Obligatorio
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Hacha
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Opcional con scram largo
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Opcional con espada y scram largo
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Opcional
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Scram
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Opcional
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Obligatorio
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Opcional con scram largo
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Scram largo
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Opcional con hacha
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Opcional con espada y hacha
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Opcional con scram
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Escudo
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Obligatorio (excepto arqueros y honderos)
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Obligatorio
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Obligatorio
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Lanza
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Opcional
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Opcional
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Opcional
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*De acuerdo con el status adoptado
Guía de equipamiento
A continuación, pasamos a describir las prendas características de la indumentaria masculina, así como las armas, tanto ofensivas como defensivas, empleadas en Europa occidental durante los siglos VII-XI. Todo esto pretende ser una guía de cara a facilitar el desarrollo de la vestimenta de cualquier persona que quiera participar en las reuniones visigodas. Debido a las características de nuestra asociación, como se verá nos hemos centrado especialmente en el ámbito godo y escandinavo.
Túnica
La túnica fue la más importante prenda de vestir masculina desde la Edad del Hierro hasta el siglo XI. En época romana tardía se imponen los modelos de manga larga, llamada manicleata, algunos de los cuales disponen de dos clavii o franjas verticales de otro color, llamándose por este motivo biclavii. Hacia el siglo VII, Isidoro de Sevilla nos habla de la existencia en Hispania de la túnica laculata o cuadriculada, prenda que contaba con zonas rectangulares u oblongas situadas en los hombros o en su parte inferior, con dibujos tejidos o bordados, muy frecuente en las representaciones bizantinas de la época, como en los frescos de la Basílica de San Vitale en Rávena, existiendo incluso varios ejemplos arqueológicos conservados. También era empleada la armilausa, túnica abierta y abotonada por delante como la que aparece en uno de los capiteles de la iglesia zamorana de San Pedro de la Nave y en varios relieves del prerrománico asturiano. Todas estas prendas podían contar con orlas llamadas fasciolae, “cosidas por fuera a la parte externa del vestido”, seguramente tejidas en pequeños telares de tablillas.
A lo largo de la Tardoantigüedad se impone el uso de dos túnicas, siendo la interior generalmente de lino, de color claro y con unas mangas bastante largas, pues este tipo de tejido tendía a arrugarse, lo que reducía su longitud, mientras que al exterior solía ser de lana y teñida en colores brillantes. En el ámbito hispano castellano godo, a esta primera prenda se le conoce como camisa y al sobrevestido saya, mientras que los escandinavos de la Era Vikinga los llamaban skyrta y kyrtill, respectivamente. Si eran holgadas, podía estar formadas por dos rectángulos de tela, con un cuello en llave, cuadrado o circular, al que se le añadían las mangas. Pero si eran ceñidas, o bien eran más cortas, o se le cosían dos nesgas o triángulos de tela en su parte inferior, para que tuvieran algo de vuelo y de esta forma facilitar el movimiento de las piernas.
El mundo nórdico nos aporta algunos ejemplos arqueológicos de túnicas de lino, como las de Viborg (Dinamarca), mientras que los restos de sobretúnicas de lana son mucho más raros, sin duda debido a la costumbre de enterrar a los difuntos sólo con las prendas de lino (skyrta y pantalones), lo que se correspondería con nuestra concepción de “ropa interior”, empleada cuando se encontraba en casa o relazando alguna clase de trabajo físico. Respecto a las túnicas abiertas, fueron muy populares en el ámbito eslavo y en el rus, existiendo un ejemplo arqueológico de seda de origen alano, hallado en Moschervaya Balka, en el Caúcaso.
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Comenzando por la izquierda, la túnica y pantalón de Thorsbjerg, Alemania, de época romana. A la derecha, saya normanda del siglo XI.
Pantalones
Inicialmente los romanos no usaban pantalones y, de hecho, al igual que con la barba, se consideraba algo incivilizado, propio de bárbaros. Anteriormente, en la Hispania prerromana estuvieron ya en uso las bracae, unos calzones ajustados, largos hasta la rodilla, mientras que Estrabón y Diodoro de Sicilia nos hablan de una especie de polainas que protegían las pantorrillas. Los romanos adoptaron inicialmente las bracae y más tarde los pantalones largos. Ya en época visigoda, Isidoro cita dos tipos de prendas para las piernas: las femoralia, idénticas a las bracae, y los tubrici, que llegan hasta los tobillos.
Se puede decir que los pantalones se emplearon en toda Europa occidental en el período que abarcamos (siglos VII-XI), siendo sustituidos a lo largo del XI por las calzas, dos perneras altas e independientes a modo de medias, que se sujetaban a la cintura con unas tiras de tela. En la Era Visigoda, los pantalones eran de lino y se les llamaba brækr. Aunque existen ejemplos arqueológicos que cubrían los pies a modo de leotardos (lo cual les convertía en una mezcla entre un pantalón y unas calzas), como los de época romana hallados en Thorsbjerg (Alemania), de algunas representaciones artísticas deducimos que en el ámbito germánico durante la Alta Edad Media estaban en uso los pantalones tal y como hoy los conocemos.
Manto
Durante la Tardoantigüedad, a modo de manto se hacía uso del clámide, una capa rectangular sujeta mediante una fíbula o broche en el hombro derecho, de forma que cubría el costado izquierdo. Se trata de otra prenda con amplia tradición, que tendría su origen en el sagum prerromano, evolucionando más tarde en Hispania hacia un modelo con flecos que aparece representado en los mosaicos del Bajo Imperio. Isidoro de Sevilla cita al circumtextum, que era redondo, estando los mantos circulares asimismo muy difundidos dentro del mundo carolingio.
Isidoro también nos habla de una capa hispana que llega “hasta las manos”, frecuente en las representaciones de los posteriores Beatos, y no faltan los modelos con capucha, llamada casulla.
Desde muy antiguo, las capas de lana rectangulares fijadas en el hombro derecho mediante una fíbula habían sido un elemento característico de la indumentaria germánica, siendo esto destacado por el historiador romano Tácito, ya en el siglo I d.C. Este tipo de capas permanecen en uso hasta el final del periodo al que nos ceñimos y su nombre en antiguo nórdico era feldr.
Tipos de tejido
Se puede decir que las prendas estaban fabricadas principalmente de lana y lino, mientras que la seda era extremadamente cara y sólo accesible a las clases más privilegiadas. En el siglo VI se había introducido en Constantinopla la cría del gusano de seda y a partir de entonces se cultivan en Grecia la morera y el gusano, con lo que se independiza la industria sedera europea y ya no es necesario importar las telas de China, aunque aun así seguía siendo un tejido extremadamente caro. También había prendas tejidas mediante la combinación de lino y lana, lino y seda y lino con pelos de animal.
Colores
Desde época romana, los tintes vegetales más empleados eran Isatis tinctoria e Indigofera tinctoria (color azul), Reseda luteola (amarillo, aunque puede virarse al verde con la adicción de cobre o sales de hierro), Lichen roccella (liquen marino, empleado para teñir de rojo) y Rubia Tinctorium (color rojo).
Asimismo, se podían obtener otros colores mediante el uso de plantas más comunes, como el morado gracias a los arándanos (Vaccinium myrtillis) o el amarillo empleando ortigas o cebolla, además de las hojas de diversos árboles, como el fresno o el abedul. También se recurría a otros tintes de origen animal, como la cochinilla y el kermes para obtener un rojo escarlata muy intenso. Sin embargo, hasta la llegada de diversas especies vegetales procedentes de América, el color negro era difícil de obtener, empleándose para ello diversas sales de hierro o sucesivos teñidos (marrón mas azul), con lo que en realidad se obtenía un marrón muy oscuro.
En general, se puede decir que el lino no es un buen soporte para estos tintes, por lo que no agarra bien los colores, lo que hace que las prendas de este tipo de tejido no adquieran colores muy intensos, por lo que se prefería blanquearlas hasta adquirir un blanco lo más claro posible. La lana, por el contrario, puede adquirir unos colores más brillantes, lo cuales en general eran los preferidos por la gente de la época y eran símbolo de riqueza y ostentación.
Calzado
Durante la Alta Edad Media se documentan fundamentalmente dos tipos de calzado en Europa, aportándonos el mundo nórdico una importante cantidad de hallazgos arqueológicos de este tipo. Lo cual, a grandes rasgos, coincide con lo que sabemos del ámbito hispano godo.
Por un lado, un tipo consistente en una especie de mocasines que llegan hasta el tobillo, que Isidoro llama socci. Se han encontrado modelos similares en turberas del norte de Europa, desde la Edad del Hierro hasta la época vikinga, mientras que todo el calzado representado en los Beatos parece ser una especie de botín que llega a la altura del tobillo. Sólo algunos casos excepcionales, tanto arqueológicos como en representaciones de época, cuentan con una altura ligeramente mayor. Se trata normalmente de un calzado “vuelto”, es decir, cosido a la suela a media carne y girado sobre sí mismo, que comienza a difundirse especialmente a partir del siglo VII.
En segundo lugar, está el calzado abierto, es decir, construido como una especie de bolsa que envuelve el pie, que es atada en su parte superior, existiendo infinidad de variantes y que es llamado obstrigilli por Isidoro de Sevilla en su Hispaia Gothorum.
Fíbulas, broches y hebillas
En toda la Tardoantigüedad europea, se encontraban en uso las hebillas en forma de D, que generalmente contaban con una placa decorada. Progresivamente esta placa ornamental se hace cada vez más sencilla, hasta que finalmente desaparece, salvo casos excepcionales.
En Hispania se pasa de unos modelos típicos del ámbito danubiano, traídos por los visigodos a la península y posteriormente imitados por la población local, que cuentan con una placa rectangular con decoración incisa y gemas semipreciosas, hasta que a finales del siglo VI se difunden las placas de cinturón de tipo “rígido”, de origen itálico, formadas de una sola pieza plana que ocasionalmente posee dibujos calados o cincelados. Más tarde, a principios del VII, se impone el uso de las hebillas de tipo liriforme, cuyos diseños son ya de un claro origen bizantino. El cingulum es, junto con el scrama o cuchillo, los elementos del ajuar metálico que más frecuentemente aparecen en las tumbas visigodas, constituyendo ambos probablemente un símbolo de estatus social.
Respecto a las fíbulas, los modelos más comunes son las de arco, que tienden a desaparecer hacia el siglo VIII, y las de tipo anular, que sobreviven hasta la plena Edad Media. En Hispania, del siglo V hasta principios del VII se documentan las del primer tipo, modelo típicamente germánico que cuentan con una especie de imperdible en su parte posterior, junto con las fíbulas en omega, una variedad peninsular de las anulares cuyo origen se remonta a la Edad del Hierro, muy utilizadas en época romana. No obstante, ya a partir de principios del siglo VII, las fíbulas dejan de documentarse arqueológicamente en nuestra península.
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Fíbula o broque de tipo anular, de procedencia escandinava.
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En la columna de la izquierda, se encuentran dos fíbulas visigodas del siglo VI, bajo las cuales hay una más decorada, de origen itálico. En la de la derecha, hay varias hebillas visigodas, la primera de principios del siglo VI, la segunda es un modelo de “placa rígida” de finales del VI y, por último, una hebilla liriforme del siglo VII.
Yelmo
El modelo de yelmo más difundido en el mundo germánico europeo entre los siglos V-VII era el tipo spangenhelm, construido a partir de cuatro secciones de hierro, remachadas a un armazón de bronce. Poseían dos carrilleras sujetas al casco mediante bisagras, con el objeto de proteger el rostro y un pequeño tubo en su cúspide, para poder llevar una cimera o penacho. En el Cantar de Valtario se dice que ésta era de color rojo. Este es el tipo de casco que aparece representado en la Corona de Agigulfo y en el plato de Isola Rizza, ambos del norte de Italia datados en el siglo VII.
Más tarde, en algún momento entre el siglo VIII y el IX, el spangenhelm pierde las carrileras y pasa a estar formado por unas cuatro secciones, contando con una protección nasal, con un aspecto similar a los ejemplos del tapiz de Bayeux. Por último, ya en el siglo XI, pasa a fabricarse de una sola pieza, como los cascos de Olmütz y San Wenceslas. Es frecuente que estos cascos aparezcan con forma cónica, pero también es normal que sean semiesféricos, desde muy temprano.
Otro modelo de yelmo, de mediados del siglo VIII, es el Coppergate, una evolución de modelos tardorromanos como el Burgh Castle, Concesti o Berkasovo encontrada en Inglaterra. Este casco fabricado por secciones, con carrilleras y protector nasal, junto con otros hallazgos como el de Northamptonshire (Inglaterra, siglo VII) o el Vendel XIV (Suecia, siglo VII) evidencian la pervivencia de algunos modelos romano-bizantinos entre los pueblos germánicos en la Europa nórdica y Hispania visigoda
Por último, la Cultura Vendel escandinava de los siglos VI-VIII, nos ha proporcionado bastantes yelmos con protecciones en forma de antifaz, cuyo ejemplo más tardío, ya de época vikinga, es el de Gjermundbu del siglo X. Posiblemente para la siguiente centuria se trate ya de un modelo anticuado.
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El yelmo de Gjermundbu (Noruega), siglo X, es el ejemplo más tardío con protecciones en forma de antifaz.
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El casco de Vendel (Suecia, siglo VII) es una adaptación germánica de diversos modelos tardorromanos.
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Yelmo de San Wenceslao, siglos X-XI. A causa de la decoración de su nasal, se ha especulado con que éste sea anterior, de época carolingia.
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A la izquierda, un ejemplo clásico visigodo de spangenhelm del siglo VI. A la derecha, el yelmo de Coppergate, mediados del siglo VIII.
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Yelmo cónico con nasal, hallado en Ostrow Lednicki (Polonia), siglo X-XI.
Loriga
La armadura o loriga podría ser de dos tipos. Por un lado, las cotas de mallas y las armaduras laminares o de escamas.
Las cotas de mallas eran jubones compuestos por anillas de hierro entrelazadas. En general existe una relación de proporcionalidad entre el diámetro del alambre y el de la anilla, de forma que cuanto más grueso es el primero, tanto mayor es esta última, aunque no faltan ejemplares de malla extremadamente densos, junto con otros que lo son muy poco. El diámetro de anilla suele variar entre los 6.4mm y 15mm, siendo el promedio de 7.4mm a 8.7mm, mientras que el de alambre suele encontrarse entre 1 y 2 mm.
La longitud de la loriga debía de ser hasta medio muslo o, en todo caso, jamás llegaría más abajo de las rodillas, prolongándose las mangas hasta los codos. Ya a mediados del siglo XI, la cota se hace más larga, llegando sus mangas hasta las muñecas, al mismo tiempo que se desarrollan el almofar y las brafoneras que constituían, respectivamente, una especie de pasamontañas y unas perneras, generalmente de cota de malla, sirviendo de protección para la cabeza, cuello y piernas.
Por su parte, las armaduras laminares se pueden catalogar a su vez en dos grupos, las laminares propiamente dichas, formadas por láminas más o menos rectangulares que cuentan con un sistema de agujeros que permiten el cosido entre sí, y las de escamas. Muchas veces la diferencia entre una y otra no está muy clara, porque las láminas pueden ser redondeadas y las escamas rectangulares. En todo caso, las de escamas tienen la particularidad de que funcionan como las tejas de una techumbre, de forma que una hilera se superpone sobre la anterior, cubriendo el cosido entre ellas.
En Europa occidental, las armaduras de escamas se difunden durante la conquista romana y sólo en épocas más tardías, en el bajo imperio, comienzan a ser más habituales las laminares propiamente dichas, seguramente por influencia oriental, pues su origen se encuentra en Asia. Existen ejemplos dentro del mundo germánico occidental, pero durante la Tardoantiguedad son mucho más habituales en el Imperio Bizantino, donde se les llama clibanion, término derivado del latín clibanus, que significa "horno". De este tipo, con las escamas de hierro o bronce a un lienzo de tela recia, es la conservada en la Armería de Álava, de cronología incierta, pero que podría cuadrar entre los siglos VII-XIII: básicamente consiste en un peto de escamas semicirculares sin mangas, es similar a representaciones artísticas del románico y en las Cantigas (finales del siglo XIII) aparecen varios lorigones, con mangas y más largos, generalmente siendo usados por artilleros y los operarios de las máquinas de asedio.
Por su parte, ejemplos de armaduras laminares francas se han encontrado en Niederstotzinger y Kerefeld-Gellep, fechadas a finales del siglo VI, y apareciendo representadas en la Corona de Agigulfo y en el plato de Isola Rizza, longobarbos del VII. En Escandinavia aparecen varios ejemplares de láminas, pero son mucho más normales en la zona eslava y, sobre todo, en Oriente Medio. Posiblemente, los ejemplos conservados, como el de Birka, sean de origen rus. Para el siglo XI su utilización ya es rara en Europa Occidental, y los posibles casos se consideran influencia bizantina o musulmana. El ejemplo más tardío para este ámbito es el ejemplar de Visby, en Gotland, que apareció junto a varias brigandinas y se considera parte de una armadura muy fuera de moda para el siglo XIV.
Este tipo de corazas, son citadas por Isidoro de Sevilla en sus Etimologías y debieron de ser, después de la cota de mallas, las más habituales para este período en la Hispania de influencia visigoda
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La arqueta de San Millán (siglo XI).
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Ejemplo de cota de mallas del Staatliches Historisches Museum de Moscú, con un grosor de alambre de 1,5 mm y un diámetro de anilla de 7-8 mm.
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Varios ejemplos arqueológicos de láminas de armadura, junto a su sistema de cosido.
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Esta armadura de origen mongol del siglo XVIII, puede no obstante servirnos de ejemplo para las lorigas laminares de la Alta Edad Media europea.
Gambesson
Las armaduras acolchadas han sido empleadas desde la Antigüedad, aunque objetivamente hablando, su posible existencia en Europa Occidental entre los siglos VI-XI depende de meras interpretaciones a las poco realistas representaciones artísticas de esta época, en las que es frecuente que las armaduras o túnicas cuenten con líneas cruzadas formando rombos o cuadros. No obstante, parece claro que dentro del mundo bizantino durante la Tardoantigüedad sí que se emplearon estas protecciones. Su uso ya está plenamente documentado en el resto del continente para principios del XII, al menos bajo la loriga, y lo más común en los ejemplos conservados es que cuenten con unas costuras de líneas verticales.
Escudo
En las postrimerías del Bajo Imperio, posiblemente debido a influencia germánica, los escudos circulares acabarán sustituyendo a los clásicos modelos oblongos tardorromanos como los de Dura Europos (Siria, siglo III). Con la caída del Imperio, se impone definitivamente el escudo germánico, circular, convexo y con un umbo central cónico, manteniéndose hasta época carolingia sólo con ligeras modificaciones. Así, hacia el siglo VI, el umbo adopta una forma semiesférica con un disco en su cúspide, que finalmente desaparece dos siglos después, al mismo tiempo que la superficie de madera pierde su convexidad, por lo que los ejemplos arqueológicos como los de Gokstad (Noruega) y Tirskom Bog (Letonia), ya del siglo IX, son completamente planos.
El carácter funcional de los escudos del enterramiento de Gokstad, seguramente destinados a adornar los costados de la embarcación homónima, ha sido muy discutido y eventualmente ha servido, junto con la Saga de Cormac, para sustentar la existencia de los llamados “escudos de usar y tirar”. Lo cierto es que su madera está pintada de amarillo y negro, no contando por tanto con ninguna clase de recubrimiento, lo que les haría muy frágiles. Por nuestra parte, creemos probable que dichos ejemplos arqueológicos sean efectivamente elementos votivos u ornamentales, al mismo tiempo que consideramos al famoso pasaje del duelo una hipérbole literaria, cuya escasa utilidad a la hora de estudiar la robustez de los escudos altomedievales queda de manifiesto gracias a infinidad de otros textos de época que describen a algunos escudos como bienes preciados, guardados durante años por sus propietarios y que eventualmente pasan de un dueño a otro. En todo caso, por motivos de seguridad, descartamos el posible empleo de ese tipo de escudos “de usar y tirar”.
Sin embargo, los dos modelos de Tirskom Bog (Letonia), datados en el siglo IX, pueden servirnos como una buena referencia de cara comprender los detalles constructivos de los escudos circulares de esta época. El primero de ellos tiene un diámetro de 85 cm. y un grosor de 6 mm. Sus dos caras están cubiertas de cuero, con hierba prensada entre éste y la madera, para hacer las veces de acolchado. El segundo escudo ha sido hallado incompleto, pero tendría un diámetro estimado de unos 73 cm. y un grosor de 14 mm. Ambos fueron fabricados en madera de conífera. Otras evidencias de escudos de madera recubierta de cuero han sido hallados en Birka. El ejemplo arqueológico escandinavo de Rike es del siglo XIII, pero circular (medio metro de diámetro) y cuenta con cuatro bandas metálicas de refuerzo cruciformes, además de otras cuatro trilobuladas, todas ellas claveteadas a la madera.
En el siglo XI hace aparición el escudo tipo cometa o de lágrima. Aparentemente, el borde inferior del escudo circular desarrolla una especie de vértice con objeto de cubrir la pierna izquierda, aunque también es cierto que en los siglos anteriores el mundo carolingio nos aporta miniaturas que muestran escudos oblongos o con forma almendrada, por lo que bien pudiera tratarse de una evolución de éstos últimos. En todo caso, este nuevo escudo presenta una gran innovación, la existencia de unas correas con el objeto de sujetarlo al antebrazo, además de un tiracol para poder colgarlo en bandolera. En el Tapiz de Bayeux queda de manifiesto las posibles variaciones de este sistema, ya sea en dos correas paralelas con sus extremos remachados, cuatro formando los lados de un cuadrado o una pareja en forma de X. Esto posibilita dos modos de sujetar el escudo: o bien con el puño izquierdo apuntando hacia arriba, de forma que el antebrazo se encuentra situado en el eje longitudinal del arma, o con el antebrazo en horizontal, por lo que se encuentra perpendicular a dicho eje. En algunos casos, este escudo aún mantiene el umbo de forma residual y, puesto que éste ya no tiene como objeto cubrir la mano izquierda, eventualmente se hace más pequeño, hasta que finalmente desaparece ya en el siglo XII.
Durante esa centuria, es recortada su curvatura superior hasta adoptar la clásica forma triangular que se mantendrá con diversas variantes hasta principios del siglo XV. Pese a que no existen ejemplos conservados de escudo cometa, contamos con el de la familia von Brienze del museo de Zurich de mediados del XIII y los dos ejemplares de San Salvador de Oña (Burgos), que son del XII y XIII, todos ellos ya de forma vagamente triangular.
En definitiva, para los siglos VII-XI contamos con cuatro posibles tipos de escudo. Un primer modelo circular y convexo, de tablillas de madera forrada de tela encolada o cuero, con umbo central semiesférico con disco, empleado aproximadamente entre los siglos VII al IX, que más tarde evolucionará hacia el clásico circular plano de entre 80 y 90 cm. de diámetro y 6-10 mm como media de grosor, cuyo umbo carece de disco, en uso entre los siglos IX al XI. En esta última centuria aparece el escudo de cometa, que en nuestra península convive con las adargas circulares de cuero.
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Escudo de Gokstad (Sandar, Noruega), de finales del siglo IX.
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Fragmentos del Tapiz normando de Bayeux, fabricado en la década de 1070, donde se ven varios sistemas de sujeción del escudo cometa.
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Escudo de von Brienze, probablemente construido a finales del siglo XII, aunque posteriormente fue recortada su parte superior para adaptarlo a una nueva moda. Tal vez sea el único ejemplo conservado de escudo cometa.
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Ejemplo de guerreros en el Beato del monasterio de las Huelgas, Burgos. Siglo XII.
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Pintura del siglo XII procedente de la ermita de San Baudelio de Berlanga (Soria), en la que se ve un guerrero con adarga.
Hacha
Tras la caída del Imperio Romano de Occidente, las hachas se difunden en Europa por influencia germánica. Como arma era más barata que una espada y, por tanto, se encontraría mucho más extendida.
El hacha llamada francisca era típicamente franca, pero no faltan ejemplos en la península ibérica o en las Islas Británicas. Los francos la utilizaban como arma arrojadiza, lanzándola poco antes de entrar en el combate cuerpo a cuerpo, con el objeto de romper las formaciones enemigas. Su alcance efectivo era de unos 12 metros. En Aldaieta (Álava) han aparecido más de una veintena de hachas de este tipo. Otro modelo característico es el hacha barbada, que cuenta con una prolongación en la parte inferior de su hoja que está cortado, otorgándole una forma característica. En general, las hachas de guerra son modelos más estilizados y menos robustos que aquellas destinadas a la carpintería y el talado de árboles.
Funcionalmente hablando, todas estas armas son similares, sólo destacando el hacha danesa por sus considerables dimensiones, con hoja en forma de media luna y un mango de una altura que alcanzaba el pecho de su portador, si éste la dejaba apoyada en el suelo. Empleada a dos manos, era un arma característica de élites militares nórdicas como los Huscarls anglosajones o la Guardia Varangiana bizantina. Su difusión se reduce al ámbito escandinavo durante la Era Vikinga (siglos IX-XI), Islas Británicas incluidas.
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De izquierda a derecha, un ejemplo con damasquinado en plata procedente de Mammen (Dinamarca), una barbada, y un hacha francisca.
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Representación románica de San Olav, patrón de Noruega, portando un hacha danesa.
Seax
También llamado scramaseax, se trata de un cuchillo de origen germánico, de un solo filo, hoja de sección triangular y empuñadura de madera, hueso o asta de ciervo. La longitud de su hoja varía de entre los 10 y los 75 cm, lo que los convierte prácticamente en una especie de sable.
Tras la caída del Imperio romano de Occidente, se encuentra en uso en toda Europa occidental desde el siglo V hasta el XI. En algunas representaciones de ámbito nórdico aparece colgado en la cintura horizontalmente, sin embargo en el Cantar de Valtario se dice que éste lo llevaba en el lado derecho, algo tal vez debido a su longitud.
En Hispania, tras las hebillas de cinturón, los cuchillos de este tipo son el arma más abundante en los ajuares funerarios de época visigoda, estando presente en aproximadamente un 10% de las sepulturas. Aparecen indistintamente en tumbas masculinas y femeninas, e incluso en la de niños, lo que ha hecho dudar de su uso bélico. Se supone que reflejaban un status social, vinculado a las antiguas tradiciones germánicas que definen a todo hombre libre como poseedor de armas. Sin embargo, podría tratarse tanto de un objeto de vestimenta y/o uso doméstico, aunque el gran tamaño de alguno de ellos los identifica inequívocamente como instrumentos de guerra.
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Hoja de un seax
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Relieve nórdico que muestra la forma de llevar colgado el seax.
Espada
Pese a que en batalla no era más que una segunda arma a la que sólo se recurría en caso de quebrarse las de asta, la espada constituía un auténtico símbolo definidor de estatus social. Según la clasificación tipológica de Ewart Oakeshott, las espadas utilizadas en toda Europa entre los siglos VII-XI son las llamadas del tipo X.
Inicialmente, su pomo y guarda estaban formados por una especie de “sándwich” de dos placas de bronce entre las que se encuentra una pieza de madera, estando todo el conjunto remachado. Su robusta hoja presenta una acanaladura central bastante ancha. Se trata, en definitiva, de una evolución de la spatha tardorromana en la que la empuñadura de madera o hueso va incorporando progresivamente unos refuerzos metálicos hasta que finalmente, en el siglo VIII, toda ella se fabricará en este material.
Para el siglo VIII, las empuñaduras sustituyen las partes de madera por metal, la guarda se hace completamente de hierro, al mismo tiempo que el pomo se convierte en sólidas piezas metálicas, generalmente en forma triangular o bien vagamente semiesférica, con dos líneas que tienden a definir tres lóbulos. Los pomos triangulares desaparecen a mediados del siglo X, al mismo tiempo que aparecen espadas con los lóbulos claramente marcados, ya sea tres o cinco. Para finales de esta centuria, se van imponiendo los pomos semiesféricos, que serán los más habituales en el XI, al mismo tiempo que la guarda se hace más amplia. Finalmente se difundirán los pomos en forma de nuez de brasil (aparentemente desconocido en Hispania) y de disco. Respecto a las hojas, hacia la transición del X-XII, van ganando progresivamente en longitud de los 80 a casi 90 cmtrs de media, al mismo tiempo que se estilizan y una punta aguzada, lo que hacía que fueran más útiles para la estocada.
En la península ibérica se han hallado varios ejemplos de espadas de época visigoda y vandala, aunque tan sólo aparece evidencia de empuñadura en un ejemplar de Beja (Portugal) datada en el siglo V, pero que ya presenta piezas metálicas decoradas con granates, similar a la espada del rey franco Childerico III. Otro ejemplo, más próximo al período que nos ocupa, es la espada de Guereñu (Álava) del siglo VII o las de Castiltierra (Segovia). Entre el siglo VIII hasta el XII apenas existen espadas completas conservadas: un ejemplar de la Armería de Álava, fechado entre el XI-XIII, un par de ejemplos musulmanes hallados en Gibraltar datados en el XII, una empuñadura conservada en el Museo del ejército y otra hallada en Sevilla. En general, a partir de estos ejemplos y lo aparece representado en el arte germanico, se puede deducir que las espadas godas hispanicas de este período no son muy distintas de las del resto de Europa, exceptuando las del ámbito musulmán.
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Espadas carolingias, siglos VIII-IX.
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Espadas tipo Oakeshott X, del siglo IX.
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Espada de Bildsø (Dinamarca), datada hacia el año 700 de nuestra era.
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Varias espadas altomedievales. La de la izquierda, del siglo IX, la de la derecha, de comienzos del XI.
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Empuñadura de espada ibérica del siglo XI, de procedencia desconocida.
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