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Islas Cicladas

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Islas Cicladas

La fascinante civilización Cicladica

En mitad del Egeo, entre las Espóradas y Creta, entre la península Helénica y Anatolia, se halla el archipiélago de las Cicladas. Un lugar que esconde aún el secreto de una antiquísima civilización que apenas empezó a salir de las tinieblas de la Prehistoria a finales del siglo pasado. Estas islas deben el nombre a su disposición aproximadamente circular (kyklos en griego significa círculo) en torno a Delos, la isla sagrada que vio nacer a Apolo. Son Mikonos, Paros (afamada por su mármol); Milos o Milo: celebre por la estatua de Afrodita allí encontrada y por su obsidiana, Sifnos, Amorgós, Tinos, Sérifos o Serfanto y Santorín: la antigua Thera dominada en otro tiempo por un volcán que entre el 1500 y el 1450 a. C. estalló sumergiendo media isla cuyas olas arrojaron la flota de Creta contra los cantiles y las propias montañas. En estos islotes calcinados por el sol abrasador del Egeo floreció una civilización anterior en casi dos milenios a la griega, cuyo testimonio más característico son los ídolos.

La civilización de las Cicladas comenzó a revelar sus rasgos más originales en el siglo XIX. En aquella época estaba ya casi completamente trazado en sus líneas esenciales el cuadro histórico de la civilización egipcia, no así en el ámbito egeo: para este los arqueólogos disponían tan solo de unos pocos testimonios materiales, fruto de hallazgos fortuitos. A través de aquellos objetos, en un tiempo impreciso, los habitantes de las Islas habían expresado su mundo.

El historiador griego Tucídides escribió en el siglo V a. C. “Minos […] dominó las Cicladas y fue colonizador de gran parte de ellas, después de haber expulsado a los carios”  Estas palabras fueron las que veintitrés siglos después, llamaron la atención del arqueólogo Ludwig Ross que aventuró la hipótesis de que en las sepulturas prehistóricas visitadas por él en Paros, Naxos, Amorgós y Thera, donde se habían encontrado ídolos y vasos de mármol, estaba la confirmación de la presencia de los carios en el archipiélago: Un pueblo de piratas originario de la región costera de Asia Menor entre las antiguas Lidia, Licia y Frigia. Ahora bien: ¿era cierta esa hipótesis, o se trataba de una mera suposición basaba en la lectura de los clásicos? Hoy se sabe que, por su posición geográfica que las sitúa como una especie de puente entre Europa y Asia, por la riqueza del subsuelo y por la relativa suavidad de su clima, las Cicladas fueron cuna de una notable civilización. También hay constancia de que en el Bronce antiguo (aproximadamente entre el 3000 y el 2000 a. C), aquella civilización logró expresarse con notable originalidad; y ello a pesar de que la facilidad de comunicación con las otras zonas ribereñas del Mediterráneo  ofrecía a los habitantes de estas islas la posibilidad de absorber toda suerte de influjos culturales foráneos. Pudiendo aseverar que la civilización Cicladica, parcialmente modificada (faltan, por ejemplo, los famosos ídolos) se mantuvo durante varios siglos después del 2000 a. C., si bien bajo la cada vez más predominante influencia política y artística de Creta y, más tarde, del continente griego.

Pero la historia de las Cicladas hunde sus raíces en tiempos todavía más remotos: quizá en el VII milenio a. C. Prueba de ello es la difusión de la obsidiana de Milo: De esta isla provienen numerosos objetos cortantes de obsidiana encontrados en diferentes asentamientos prehistóricos del Mediterráneo oriental, especialmente en la costa turca y en Tesalia (Grecia). Bien es cierto que esto solo demuestra una frecuentación de la zona, que no supone necesariamente la existencia en ella de una base bien definida de civilización. De hecho los primeros indicios de comunidades organizadas en las Cicládas no van más allá de los comienzos del V milenio a. C., y todavía a finales del Neolítico, es decir, en la segunda mitad del IV milenio, el grado de desarrollo de estas comunidades cicládicas parece limitado, sobre todo si lo comparamos con el de los centros del oriente más inmediato (Anatolia, Siria, Palestina), se trataría, pues, de pequeñas aldeas de pescadores o de agricultores muy pobres.

Es un hecho, pues, que los habitantes de las Cicladas llegaron a su civilización —la que, siguiendo al arqueólogo griego Christos Tsountas— en torno al año 3000 a. C., justo al iniciarse la Edad del Bronce. Gentes llegadas de Anatolia se integraron a las antiguas comunidades y aportaron su habilidad para la metalurgia del cobre, del oro, de la plata… y luego el bronce, aleando cobre y estaño.

Surgió así en el marco del Egeo, una cultura marinera y comercial que se caracterizó por la notable homogeneidad de sus rasgos. Sus símbolos más llamativos son los ídolos de mármol, grandes y pequeños, cuyo geometrismo no es óbice para destacar por la delicadeza y luminosidad de su plástica. Tal vez no es casual que entre las obras maestras de este arte figuren las estatuillas de un interprete de lira y un flautista con su flauta doble, descubiertas en Karos, un islote situado en las proximidades de la isla de Amorgós: aparte de sus valores formales, son la prueba tangible de que, en la consideración de los isleños, la música y el canto iban parejas con una organización social evolucionada de de alto nivel de vida.

En este arte Cicladico es posible vislumbrar ya un presagio de la civilización minoica, que Creta expresará posteriormente, y asimismo una primera toma de distancia respecto de otras culturas: tanto de los mundos más complejos y oscuros de las culturas orientales, como del formalismo rígido y repetitivo de los egipcios.

Al comenzar la Edad del Bronce todo empieza a cobrar relieve en las Cicladas. El desarrollote las actividades marineras y el cultivo de la vid son el resorte que dispara la transformación de las estructuras económicas, sociales y culturales de los isleños. Sus productos llegan a Grecia y a diversas regiones del Mediterráneo oriental. Y todo esto en paz, pues los asentamientos, situados mayoritariamente  en las costas, no están fortificados; lo serán más tarde, cuando las Cicladas caigan en la orbita de Creta, más poderosa y organizada. Lo que ocurrió hacia el Bronce Antiguo, es decir, en torno al 2000 a. C.

Con su aproximación a Creta  las Cicladas obtendrán ventajas en todos los terrenos: económico, agrícola, comercial, arquitectónico… Pero tendrán que renunciar en parte a la originalidad que, durante un milenio, fue el aspecto más sobresaliente de su cultura.

Después de Creta fue la grande y luminosa civilización griega la que revitalizo el pequeño archipiélago  de las Cicladas, pero al hacerlo sumergió todavía más profundamente los vestigios de su cultura originaria. Como no podía ser menos los griegos se dejaron cautivar por la intensa fascinación que emana de estas islas y en su mitología eligieron una de ellas, Delos, como patria de Apolo, el dios de las formas perfectas, el dios del equilibrio y la plasticidad, de la armonía y de la proporción.

A Delos, en efecto —poco mas que un islote, pero enclavada  precisamente en el corazón de las Cicladas— fue a refugiarse Leto, la diosa amada por Zeus, encinta de Apolo y Artemis, rechazada de todas partes por el temor que inspiraba aquel alumbramiento presentido como fatal.

Las primeras excavaciones:

A principios de segundo cuarto del siglo XIX Ludwig Ross con los textos de Tucídides en la mano, atribuía a los carios las tumbas de la civilización Cicládica en Filacopí, en la isla de Milo, aparecían nuevas tumbas intactas colmadas de cerámicas que luego se dispersaron por los distintos museos de Europa. Veinte años después , es decir, en torno a 1850/60, el arqueólogo Papadopoulos, exploró la necrópolis de Chalandriani en la isla de Siros y lanzó la hipótesis de que aquellas tumbas eran de época romana y guardaban los restos de los condenados por delitos políticos, a quienes Roma expatriaba y confinaba en los islotes de aquel archipiélago.

————

Pero ¿Cuál fue el origen de los primeros habitantes de las Cicladas? Hasta los años 50 del siglo XX la ausencia de huellas de asentamientos neolíticos en las islas daba pie  a suponer que éstas no estaban habitadas en aquel periodo; consiguientemente su doblamiento se situaba en torno al año 2600 a. C. Pero a esto le sucedía la pregunta de ¿de donde procedieron los primeros habitantes? Coincidiendo todos  los investigadores en afirmar  que se trataba de grupos heterogéneos llegados de Anatolia  en el curso de migraciones sucesivas, y muchos señalaban que uno de los centros de procedencia entre el 2800 y el 2300 a. C. fue Troya.

En cualquier caso parecía cierto que, en el momento de llegar a las islas, aquellos grupos poseían  ya una civilización propia y definida, que después evolucionó de manera autónoma.

Pero las excavaciones efectuadas durante los años setenta suministraron nuevos elementos que echaron por tierra gran parte de las hipótesis precedentes. Fue posible determinar que las Cicladas estaban ya habitadas, por lo menos, en los últimos tiempos del Neolítico Medio y durante todo el Neolítico Tardío; es decir, hacia el 5000 a. C.  Así lo demostraban los hallazgos habidos en Saliagos —un islote entre las islas de Paros y Antíparos—  entre el 1964 y 1965, así como las excavaciones que en 1963  se llevaron a cabo en Cefala, en la isla de Cea.

Los descubrimientos de Saliagos fueron extraordinariamente interesantes. Eran restos de habitaciones de planta rectangular, sobre fundamentos de piedra, cerradas por un muro perimetral. En ellas aparecieron cerámicas de formas geométricas, cuya superficie oscura estaba decorada con motivos en blancos opacos, rectilíneos o curvos. Estos elementos configuraban la que, a partir de entonces, se llamó cultura  de Saliagos, que englobó otros hallazgos de las mismas características producidos en Vuoni (isla de Antíparos), Agrilia (Milo) y Mavrispila (Míkonos).

Las casas y las ciudades

Las excavaciones de 1898, por ejemplo, sacaron a la luz casas de planta rectangular divididas en dos habitaciones comunicadas y la más interior rematada en ábside; en cima de estas, dos vanos. El detalle del ábside parece sugerir un recuerdo de la cabaña redonda que, en el Neolítico, se difundió por gran parte del área mediterránea.

También en ese aspecto son singularmente generosos los datos ofrecidos por Filacopí. Las murallas de la primera ciudad están construidas con piedras y argamasa de greda; se cimentan en la roca y tienen un revestimiento terroso. En Cuanto a Filacopí II —posterior al 2000 a. C. y por lo tanto bajo la influencia cretense—  han salido a la luz algunas manzanas de casas separadas por callejuelas  de un metro y medio de anchura. Las casas son pequeñas y están muy cerca unas de otras. Tienen planta prácticamente rectangular, con dos habitaciones comunicadas y la anterior precedida por un patio. Esta disposición parece corresponder a la del megaron, es decir, a la vivienda rectangular con vestíbulo abierto que es típica de la arquitectura egea desde tiempos prehistóricos. Los muros están hechos de pequeñas piedras ligadas con arcilla y tienen un revoque policromo; a menudo se ornamentan con esplendidos frescos del mejor estilo minoico naturalista.

Al igual que en Paros, las casas de Filacopí II tenían una planta superior. La cubierta podía ser plana (terraza) o en pendiente, pero  en ambos casos se apoyaba sobre un pilar central. No ha sido posible determinar si en las casas más ricas había un pequeño patio interior ni si las de una planta disponían, como las de Creta, de una claraboya para proporcionarles luz y ventilación, ya que las fachadas estaban desprovistas de ventanas. No parece que las casas tuvieran hogares fijos, pues probablemente se utilizaban braseros móviles. En cambio si se advierten obras de desagüe, de clara influencia cretense, pues los cretenses eran verdaderos maestros en el planteamiento y ejecución de complejos sistemas de drenaje.

Filacopí III, dejando aparte el mal estado de conservación de sus restos, no ofrece ninguna innovación desde el punto de vista arquitectónico. Pero, en cuanto a disposición urbanística, es de gran interés el trazado perpendicular de sus calles. Su edificio más característico es un palacio situado en el sector noroccidental  de la ciudad: tiene la planta básica del megaron continental, precedido por un pórtico y abierto a un pequeño patio; A cada lado discurre un pasillo y el que da al este separa el cuerpo central de una serie de habitaciones que, probablemente, servirían de almacenes; sobre estas se hallarían las destinadas a alojamiento de los miembros de la familia.

También Thera y Thirasia han proporcionado datos útiles sobre las casas de las Cicladas. El geólogo Fouqué estudio las situadas sobre la escollera septentrional de Thirasia: Son de planta rectangular, con muros de piedras de lava, irregulares, unidas por una argamasa terrosa a la que se mezclaron sustancias vegetales. Pero se han encontrado otros muros que presumiblemente se consolidaron mediante un armazón de madera: Un sistema de construcción que estuvo muy extendido en casi todas las poblaciones del Egeo.

Sigue siendo difícil ordenar estos tipos de habitación en un cuadro que documente su evolución arquitectónica. Tsountas —que lo intentó— pensaba que las casas de Pyrgos (Paros) y Chalandriani (Siros) eran muy semejantes a las de Troya II, pero esta indicación no es suficiente para fijar una cronología absoluta: En Filacopí, por ejemplo, hay una casa decorada con frescos de peces voladores; este detalle permite datarla en los inicios del Minoico tardío (en torno al 1550 a. C.) y Asimismo responde plenamente al tipo de las encontradas en Troya II; pero entre Troya II y la citada fecha hay un intervalo de ochocientos años. Lo cual demuestra que nos hallamos ante un tipo de construcción que se mantuvo inalterado durante mucho tiempo, y consiguientemente no ofrece un dato válido para precisar fechas.

Solo las casas de Filacopí II, Thera y Thirasia consienten una datación aproximada. Se observa en ellas el empleo de nuevas técnicas: sus muros angulares, por ejemplo, se componen de sillares perfectamente tallados y casi siempre de grandes dimensiones, superpuestos en hiladas horizontales; tanto esta técnica constructiva, como la disposición de vanos, muestran su estrecha relación con las construcciones del Minoico tardío cretense y, por lo mismo, su contemporaneidad.

 Medios de defensa

Otro aspecto interesante de la civilización Cicladica es el que hace relación a las murallas fortificadas encontradas en Chalandriani (Siros), Panormos (Naxos), Agios Andreas (Signos) y Filacopí. Son fortificaciones que se remontan a la influencia cretense y que parecen confirmar lo que escribió Tucídides acerca de su construcción después de que la armada de Minos expulsara de las islas a los piratas carios.

Es notable la técnica empleada. El Filacopí II hay una doble muralla: los muros que la forman están a una distancia de tres metros la una de la otra. La parte baja de la muralla inferior es una masa de tierra y piedras pequeñas, sobre la que se apoyan grandes bloques ciclópeos. La exterior, mucho más débil, es de tierra y piedras pequeñas, bien que reforzada con algunas filas de piedras. A intervalos más o menos regulares las dos murallas se unieron mediante pequeños muros transversales, y los espacios vacíos se rellenaron luego con grava. El conjunto es de una solidez impresionante, con un espesor de aproximadamente seis metros. El sector más curioso de la fortificación es aquel en que se practicó en la puerta secreta, defendida por un muro; de esta forma los eventuales sitiadores se veían forzados a recorrer un largo trecho junto a los bastiones y, por lo mismo, a ponerse a tiro de los que defendían la ciudad.

Una solución análoga se encuentra en Chalandriani, en la isla de Siros. Allí hay una acrópolis propiamente tal —la parte alta y fortificada de las ciudades antiguas—, tres de cuyos lados están defendidos por un precipicio. Bastando, por ello, fortificar el cuarto lado mediante una muralla doble, semielíptica, de cerca de setenta metros. Del muro externo —el más débil—, como en Filacopí quedan un par de hileras de piedras; en su centro se abre una puerta oblicuamente respecto del muro. La muralla interior, de sillares pequeños, está reforzada por cinco torres. Los accesos eran dos, situados junto a la segunda torre y entre las tercera y cuarta, y obligaban también a los agresores a un largo recorrido al descubierto. Agios Andreas, en Signos, presenta asombrosas analogías con Chalandriani, con una técnica de construcción perfeccionada.

Necrópolis

A excepción de las de la isla de Siros, las tumbas cicladicas son de cista: se excavan a poca profundidad en las pendientes de las colinas —a veces hasta la orilla del mar— y tienen forma trapezoidal, con los lados revestidos de piedras planas; la cobertura es asimismo  de losas sin tallar, en tanto que el piso es de piedra, guijarros o sencillamente tierra apisonada. Sus dimensiones son reducidas; no más de un metro veinte de longitud. Otra característica es que abundan las tumbas múltiples, probablemente de miembros de una misma familia, en las que se superponen las sepulturas.

Las tumbas de Siros son muy diferentes: Se trata de pequeñas tumbas de cámara, con grandes piedras en seco cuyas hiladas van aproximándose hacia el interior hasta formar una falsa bóveda, que en su parte superior se cierra con una gran lastra cuyo peso da solidez al conjunto. Como detalle curioso hay que observar que estas tumbas tienen una abertura que comunica con el exterior y cuya función no es posible imaginar: sus dimensiones no permiten el paso de un cuerpo. Posiblemente, pues, se destinaba a ciertos ritos funerarios.

A propósito de tales ritos cabe recordar que en las tumbas en cista el cuerpo del difunto —o los cuerpos, cuando eran varios— se disponía recostando sobre el lado derecho, las rodillas dobladas hacia el pecho y el antebrazo llevado hacia la cabeza; de ahí las reducidas dimensiones del enterramiento. Cierto que cabría pensar en un deseo de ahorrar espacio, pero es mucho más probable que se trate de una costumbre ligada a simbologías mágico-religiosas. La posición fetal del difunto —característica primitiva de muchas sepulturas primitivas—  puede corresponder a la voluntad de introducir la vida biológica del hombre en el circuito de las fuerzas cósmicas: puede, en definitiva, ser el símbolo de una nueva vida en los ciclos de la naturaleza.

El arte Cicladico

De las tumbas provienen asimismo los testimonios más abundantes de la actividad artística de esta civilización.

Se trata de un arte que está naciendo, pero que teniendo en cuenta las dificultades técnicas afrontadas por los autores, parece perfectamente definido en sus propósitos. Cerámicas, ídolos y vasos de mármol constituyen su mejor expresión y a la vez son elementos fundamentales para el conocimiento de la civilización Cicladica.

Las relaciones cronológicas y formales entre la cerámica y los vasos de mármol no están del todo claras: no se sabe si el mármol es anterior o posterior a la cerámica. A comienzos del siglo XX, los arqueólogos Tsountas y Edgar pensaban en una prioridad de la cerámica, en tanto que Kahrstedt y Dussaud afirmaban precisamente lo contrario pues veían en la apariencia maciza de ciertas cerámicas y en algunos otros detalles una derivación de las formas en mármol. En la actualidad los hallazgos de la cultura de las Saliagos, así como los de Cefala, documentan la existencia de una cerámica  pintada e incisa en época remota, mientras que no han aparecido allí vasos de mármol. Tal vez cabria deducir de esto que la cerámica es anterior, pero también debe tenerse en cuenta que el mármol es, de suyo, más raro por cuanto se trabaja más difícilmente.

En la producción cerámica del bronce antiguo, que es la más original, la más variada y la que testimonia un alto desarrollo tecnológico, conviven diversos estilos: Cerámica con decoración incisa sobre la pasta aún fresca —es la más antigua—  o bien con motivos estampados, como en la más reciente y original de Siros, que se caracteriza por sus espirales. Cerámicas pintadas, bien con motivos oscuros sobre fondo claro o viceversa, e incluso sin decoración, con una superficie oscura brillante.

Dado que por aquella época no se había perfeccionado aún la cochura de las piezas al horno, resultaba prácticamente imposible la aplicación de verdaderas asas: los vasos tienen simples asideros en forma de orejuela, a menudo agujereados para poder pasar por ellos una cuerda.

El modelado tampoco se sabe a ciencia cierta si fue realizado a mano o mediante un mecanismo similar al torno clásico aunque menos veloz; lo cierto es que no se advierten huellas de la presión de los dedos. En cuanto a la tipología de los objetos, hay un poco de todo, ánforas, copones, tinajas, tazas, copas con pie, el típico vaso llamado « de ánade » (una especie de candil para aceite que se asemeja remotamente a un pájaro), el kernos (vaso múltiple para libaciones y vasos zoomorfos.

Por la elegancia de sus formas, la calidad de su cochura, la uniformidad y delgadez de las paredes y la riqueza de su decoración, la mejor producción es la encontrada en la isla de Siros. Entre sus objetos más característicos  están las denominas « sartenes »  de forma lenticular, con un breve mango de dos apéndices y un pequeño borde realzado, lisas por dentro y muy decoradas por el exterior. Tsountas pensaba que, llenadas de agua, tal vez se utilizaron como espejos; pero parece más probable  que fueran copas para libaciones  o platos para ofrendas y que tuvieran un carácter sagrado: quizá en relación con el culto a la Diosa Madre, pues se distingue en muchas el triangulo de la feminidad.

La decoración ya sea incisa o pintada, consiste en sencillos motivos geométricos, al principio exclusivamente rectilíneos y luego también curvos. Con el tiempo estos motivos se organizan en una agradable sintaxis de zigzags, ángulos, triángulos, rombos, estrellas, semicírculos, círculos concéntricos, etc. No faltan elementos decorativos como naves, peces, pájaros y flores. Solo al final aparece la figura humana: desde una fuerte estilización, evoluciona bajo la influencia del Bronce Medio cretense, en el esfuerzo de reproducir la anatomía de un modo cada vez más naturalista.

Los misteriosos ídolos

No hay duda de que el aspecto más sobresaliente  del arte Cicladico es el que constituyen  sus singulares ídolos de mármol. Difícilmente podrá encontrarse  un estudioso del mundo antiguo egeo que se haya abstenido de formular su propia hipótesis acerca de la significación y utilidad de esas figuras. Pese a lo cual son todavía un fascinante misterio, un conjunto de interrogantes que tal vez estén destinados a quedar sin respuesta.

…

Después de la fase específicamente Cicladica Thera vivió bajo la influencia de Creta un segundo y esplendido florecimiento cultural conocido principalmente por las excavaciones De Akrotiri. Este complejo ofrece un ejemplo anticipado de la fase minoica Neopalacial, que se desarrollo en la isla de Thera con marcados caracteres indígenas.





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La fascinante civilización Cicladica

 

 

 

En mitad del Egeo, entre las Espóradas y Creta, entre la península Helénica y Anatolia, se halla el archipiélago de las Cicladas. Un lugar que esconde aún el secreto de una antiquísima civilización que apenas empezó a salir de las tinieblas de la Prehistoria a finales del siglo pasado. Estas islas deben el nombre a su disposición aproximadamente circular (kyklos en griego significa círculo) en torno a Delos, la isla sagrada que vio nacer a Apolo. Son Mikonos, Paros (afamada por su mármol); Milos o Milo: celebre por la estatua de Afrodita allí encontrada y por su obsidiana, Sifnos, Amorgós, Tinos, Sérifos o Serfanto y Santorín: la antigua Thera dominada en otro tiempo por un volcán que entre el 1500 y el 1450 a. C. estalló sumergiendo media isla cuyas olas arrojaron la flota de Creta contra los cantiles y las propias montañas. En estos islotes calcinados por el sol abrasador del Egeo floreció una civilización anterior en casi dos milenios a la griega, cuyo testimonio más característico son los ídolos.

 

 

 

La civilización de las Cicladas comenzó a revelar sus rasgos más originales en el siglo XIX. En aquella época estaba ya casi completamente trazado en sus líneas esenciales el cuadro histórico de la civilización egipcia, no así en el ámbito egeo: para este los arqueólogos disponían tan solo de unos pocos testimonios materiales, fruto de hallazgos fortuitos. A través de aquellos objetos, en un tiempo impreciso, los habitantes de las Islas habían expresado su mundo.

 

 

 

El historiador griego Tucídides escribió en el siglo V a. C. “Minos […> dominó las Cicladas y fue colonizador de gran parte de ellas, después de haber expulsado a los carios”  Estas palabras fueron las que veintitrés siglos después, llamaron la atención del arqueólogo Ludwig Ross que aventuró la hipótesis de que en las sepulturas prehistóricas visitadas por él en Paros, Naxos, Amorgós y Thera, donde se habían encontrado ídolos y vasos de mármol, estaba la confirmación de la presencia de los carios en el archipiélago: Un pueblo de piratas originario de la región costera de Asia Menor entre las antiguas Lidia, Licia y Frigia. Ahora bien: ¿era cierta esa hipótesis, o se trataba de una mera suposición basaba en la lectura de los clásicos? Hoy se sabe que, por su posición geográfica que las sitúa como una especie de puente entre Europa y Asia, por la riqueza del subsuelo y por la relativa suavidad de su clima, las Cicladas fueron cuna de una notable civilización. También hay constancia de que en el Bronce antiguo (aproximadamente entre el 3000 y el 2000 a. C), aquella civilización logró expresarse con notable originalidad; y ello a pesar de que la facilidad de comunicación con las otras zonas ribereñas del Mediterráneo  ofrecía a los habitantes de estas islas la posibilidad de absorber toda suerte de influjos culturales foráneos. Pudiendo aseverar que la civilización Cicladica, parcialmente modificada (faltan, por ejemplo, los famosos ídolos) se mantuvo durante varios siglos después del 2000 a. C., si bien bajo la cada vez más predominante influencia política y artística de Creta y, más tarde, del continente griego.

 

 

 

Pero la historia de las Cicladas hunde sus raíces en tiempos todavía más remotos: quizá en el VII milenio a. C. Prueba de ello es la difusión de la obsidiana de Milo: De esta isla provienen numerosos objetos cortantes de obsidiana encontrados en diferentes asentamientos prehistóricos del Mediterráneo oriental, especialmente en la costa turca y en Tesalia (Grecia). Bien es cierto que esto solo demuestra una frecuentación de la zona, que no supone necesariamente la existencia en ella de una base bien definida de civilización. De hecho los primeros indicios de comunidades organizadas en las Cicládas no van más allá de los comienzos del V milenio a. C., y todavía a finales del Neolítico, es decir, en la segunda mitad del IV milenio, el grado de desarrollo de estas comunidades cicládicas parece limitado, sobre todo si lo comparamos con el de los centros del oriente más inmediato (Anatolia, Siria, Palestina), se trataría, pues, de pequeñas aldeas de pescadores o de agricultores muy pobres.

 

 

 

 

 

Es un hecho, pues, que los habitantes de las Cicladas llegaron a su civilización —la que, siguiendo al arqueólogo griego Christos Tsountas— en torno al año 3000 a. C., justo al iniciarse la Edad del Bronce. Gentes llegadas de Anatolia se integraron a las antiguas comunidades y aportaron su habilidad para la metalurgia del cobre, del oro, de la plata… y luego el bronce, aleando cobre y estaño.

 

Surgió así en el marco del Egeo, una cultura marinera y comercial que se caracterizó por la notable homogeneidad de sus rasgos. Sus símbolos más llamativos son los ídolos de mármol, grandes y pequeños, cuyo geometrismo no es óbice para destacar por la delicadeza y luminosidad de su plástica. Tal vez no es casual que entre las obras maestras de este arte figuren las estatuillas de un interprete de lira y un flautista con su flauta doble, descubiertas en Karos, un islote situado en las proximidades de la isla de Amorgós: aparte de sus valores formales, son la prueba tangible de que, en la consideración de los isleños, la música y el canto iban parejas con una organización social evolucionada de de alto nivel de vida.

 

En este arte Cicladico es posible vislumbrar ya un presagio de la civilización minoica, que Creta expresará posteriormente, y asimismo una primera toma de distancia respecto de otras culturas: tanto de los mundos más complejos y oscuros de las culturas orientales, como del formalismo rígido y repetitivo de los egipcios.

 

 

 

Al comenzar la Edad del Bronce todo empieza a cobrar relieve en las Cicladas. El desarrollote las actividades marineras y el cultivo de la vid son el resorte que dispara la transformación de las estructuras económicas, sociales y culturales de los isleños. Sus productos llegan a Grecia y a diversas regiones del Mediterráneo oriental. Y todo esto en paz, pues los asentamientos, situados mayoritariamente  en las costas, no están fortificados; lo serán más tarde, cuando las Cicladas caigan en la orbita de Creta, más poderosa y organizada. Lo que ocurrió hacia el Bronce Antiguo, es decir, en torno al 2000 a. C.

 

Con su aproximación a Creta  las Cicladas obtendrán ventajas en todos los terrenos: económico, agrícola, comercial, arquitectónico… Pero tendrán que renunciar en parte a la originalidad que, durante un milenio, fue el aspecto más sobresaliente de su cultura.

 

Después de Creta fue la grande y luminosa civilización griega la que revitalizo el pequeño archipiélago  de las Cicladas, pero al hacerlo sumergió todavía más profundamente los vestigios de su cultura originaria. Como no podía ser menos los griegos se dejaron cautivar por la intensa fascinación que emana de estas islas y en su mitología eligieron una de ellas, Delos, como patria de Apolo, el dios de las formas perfectas, el dios del equilibrio y la plasticidad, de la armonía y de la proporción.

 

A Delos, en efecto —poco mas que un islote, pero enclavada  precisamente en el corazón de las Cicladas— fue a refugiarse Leto, la diosa amada por Zeus, encinta de Apolo y Artemis, rechazada de todas partes por el temor que inspiraba aquel alumbramiento presentido como fatal.

 

 

 

Las primeras excavaciones:

 

 

 

A principios de segundo cuarto del siglo XIX Ludwig Ross con los textos de Tucídides en la mano, atribuía a los carios las tumbas de la civilización Cicládica en Filacopí, en la isla de Milo, aparecían nuevas tumbas intactas colmadas de cerámicas que luego se dispersaron por los distintos museos de Europa. Veinte años después , es decir, en torno a 1850/60, el arqueólogo Papadopoulos, exploró la necrópolis de Chalandriani en la isla de Siros y lanzó la hipótesis de que aquellas tumbas eran de época romana y guardaban los restos de los condenados por delitos políticos, a quienes Roma expatriaba y confinaba en los islotes de aquel archipiélago.

 

 

 

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Pero ¿Cuál fue el origen de los primeros habitantes de las Cicladas? Hasta los años 50 del siglo XX la ausencia de huellas de asentamientos neolíticos en las islas daba pie  a suponer que éstas no estaban habitadas en aquel periodo; consiguientemente su doblamiento se situaba en torno al año 2600 a. C. Pero a esto le sucedía la pregunta de ¿de donde procedieron los primeros habitantes? Coincidiendo todos  los investigadores en afirmar  que se trataba de grupos heterogéneos llegados de Anatolia  en el curso de migraciones sucesivas, y muchos señalaban que uno de los centros de procedencia entre el 2800 y el 2300 a. C. fue Troya.

 

En cualquier caso parecía cierto que, en el momento de llegar a las islas, aquellos grupos poseían  ya una civilización propia y definida, que después evolucionó de manera autónoma.

 

Pero las excavaciones efectuadas durante los años setenta suministraron nuevos elementos que echaron por tierra gran parte de las hipótesis precedentes. Fue posible determinar que las Cicladas estaban ya habitadas, por lo menos, en los últimos tiempos del Neolítico Medio y durante todo el Neolítico Tardío; es decir, hacia el 5000 a. C.  Así lo demostraban los hallazgos habidos en Saliagos —un islote entre las islas de Paros y Antíparos—  entre el 1964 y 1965, así como las excavaciones que en 1963  se llevaron a cabo en Cefala, en la isla de Cea.

 

Los descubrimientos de Saliagos fueron extraordinariamente interesantes. Eran restos de habitaciones de planta rectangular, sobre fundamentos de piedra, cerradas por un muro perimetral. En ellas aparecieron cerámicas de formas geométricas, cuya superficie oscura estaba decorada con motivos en blancos opacos, rectilíneos o curvos. Estos elementos configuraban la que, a partir de entonces, se llamó cultura  de Saliagos, que englobó otros hallazgos de las mismas características producidos en Vuoni (isla de Antíparos), Agrilia (Milo) y Mavrispila (Míkonos).

 

 

 

Las casas y las ciudades

 

 

 

Las excavaciones de 1898, por ejemplo, sacaron a la luz casas de planta rectangular divididas en dos habitaciones comunicadas y la más interior rematada en ábside; en cima de estas, dos vanos. El detalle del ábside parece sugerir un recuerdo de la cabaña redonda que, en el Neolítico, se difundió por gran parte del área mediterránea.

 

También en ese aspecto son singularmente generosos los datos ofrecidos por Filacopí. Las murallas de la primera ciudad están construidas con piedras y argamasa de greda; se cimentan en la roca y tienen un revestimiento terroso. En Cuanto a Filacopí II —posterior al 2000 a. C. y por lo tanto bajo la influencia cretense—  han salido a la luz algunas manzanas de casas separadas por callejuelas  de un metro y medio de anchura. Las casas son pequeñas y están muy cerca unas de otras. Tienen planta prácticamente rectangular, con dos habitaciones comunicadas y la anterior precedida por un patio. Esta disposición parece corresponder a la del megaron, es decir, a la vivienda rectangular con vestíbulo abierto que es típica de la arquitectura egea desde tiempos prehistóricos. Los muros están hechos de pequeñas piedras ligadas con arcilla y tienen un revoque policromo; a menudo se ornamentan con esplendidos frescos del mejor estilo minoico naturalista.

 

Al igual que en Paros, las casas de Filacopí II tenían una planta superior. La cubierta podía ser plana (terraza) o en pendiente, pero  en ambos casos se apoyaba sobre un pilar central. No ha sido posible determinar si en las casas más ricas había un pequeño patio interior ni si las de una planta disponían, como las de Creta, de una claraboya para proporcionarles luz y ventilación, ya que las fachadas estaban desprovistas de ventanas. No parece que las casas tuvieran hogares fijos, pues probablemente se utilizaban braseros móviles. En cambio si se advierten obras de desagüe, de clara influencia cretense, pues los cretenses eran verdaderos maestros en el planteamiento y ejecución de complejos sistemas de drenaje.

 

Filacopí III, dejando aparte el mal estado de conservación de sus restos, no ofrece ninguna innovación desde el punto de vista arquitectónico. Pero, en cuanto a disposición urbanística, es de gran interés el trazado perpendicular de sus calles. Su edificio más característico es un palacio situado en el sector noroccidental  de la ciudad: tiene la planta básica del megaron continental, precedido por un pórtico y abierto a un pequeño patio; A cada lado discurre un pasillo y el que da al este separa el cuerpo central de una serie de habitaciones que, probablemente, servirían de almacenes; sobre estas se hallarían las destinadas a alojamiento de los miembros de la familia.

 

También Thera y Thirasia han proporcionado datos útiles sobre las casas de las Cicladas. El geólogo Fouqué estudio las situadas sobre la escollera septentrional de Thirasia: Son de planta rectangular, con muros de piedras de lava, irregulares, unidas por una argamasa terrosa a la que se mezclaron sustancias vegetales. Pero se han encontrado otros muros que presumiblemente se consolidaron mediante un armazón de madera: Un sistema de construcción que estuvo muy extendido en casi todas las poblaciones del Egeo.

 

Sigue siendo difícil ordenar estos tipos de habitación en un cuadro que documente su evolución arquitectónica. Tsountas —que lo intentó— pensaba que las casas de Pyrgos (Paros) y Chalandriani (Siros) eran muy semejantes a las de Troya II, pero esta indicación no es suficiente para fijar una cronología absoluta: En Filacopí, por ejemplo, hay una casa decorada con frescos de peces voladores; este detalle permite datarla en los inicios del Minoico tardío (en torno al 1550 a. C.) y Asimismo responde plenamente al tipo de las encontradas en Troya II; pero entre Troya II y la citada fecha hay un intervalo de ochocientos años. Lo cual demuestra que nos hallamos ante un tipo de construcción que se mantuvo inalterado durante mucho tiempo, y consiguientemente no ofrece un dato válido para precisar fechas.

 

Solo las casas de Filacopí II, Thera y Thirasia consienten una datación aproximada. Se observa en ellas el empleo de nuevas técnicas: sus muros angulares, por ejemplo, se componen de sillares perfectamente tallados y casi siempre de grandes dimensiones, superpuestos en hiladas horizontales; tanto esta técnica constructiva, como la disposición de vanos, muestran su estrecha relación con las construcciones del Minoico tardío cretense y, por lo mismo, su contemporaneidad.

 

 

 

 

 Medios de defensa

 

 

 

Otro aspecto interesante de la civilización Cicladica es el que hace relación a las murallas fortificadas encontradas en Chalandriani (Siros), Panormos (Naxos), Agios Andreas (Signos) y Filacopí. Son fortificaciones que se remontan a la influencia cretense y que parecen confirmar lo que escribió Tucídides acerca de su construcción después de que la armada de Minos expulsara de las islas a los piratas carios.

 

Es notable la técnica empleada. El Filacopí II hay una doble muralla: los muros que la forman están a una distancia de tres metros la una de la otra. La parte baja de la muralla inferior es una masa de tierra y piedras pequeñas, sobre la que se apoyan grandes bloques ciclópeos. La exterior, mucho más débil, es de tierra y piedras pequeñas, bien que reforzada con algunas filas de piedras. A intervalos más o menos regulares las dos murallas se unieron mediante pequeños muros transversales, y los espacios vacíos se rellenaron luego con grava. El conjunto es de una solidez impresionante, con un espesor de aproximadamente seis metros. El sector más curioso de la fortificación es aquel en que se practicó en la puerta secreta, defendida por un muro; de esta forma los eventuales sitiadores se veían forzados a recorrer un largo trecho junto a los bastiones y, por lo mismo, a ponerse a tiro de los que defendían la ciudad.

 

Una solución análoga se encuentra en Chalandriani, en la isla de Siros. Allí hay una acrópolis propiamente tal —la parte alta y fortificada de las ciudades antiguas—, tres de cuyos lados están defendidos por un precipicio. Bastando, por ello, fortificar el cuarto lado mediante una muralla doble, semielíptica, de cerca de setenta metros. Del muro externo —el más débil—, como en Filacopí quedan un par de hileras de piedras; en su centro se abre una puerta oblicuamente respecto del muro. La muralla interior, de sillares pequeños, está reforzada por cinco torres. Los accesos eran dos, situados junto a la segunda torre y entre las tercera y cuarta, y obligaban también a los agresores a un largo recorrido al descubierto. Agios Andreas, en Signos, presenta asombrosas analogías con Chalandriani, con una técnica de construcción perfeccionada.

 

Necrópolis

 

 

 

A excepción de las de la isla de Siros, las tumbas cicladicas son de cista: se excavan a poca profundidad en las pendientes de las colinas —a veces hasta la orilla del mar— y tienen forma trapezoidal, con los lados revestidos de piedras planas; la cobertura es asimismo  de losas sin tallar, en tanto que el piso es de piedra, guijarros o sencillamente tierra apisonada. Sus dimensiones son reducidas; no más de un metro veinte de longitud. Otra característica es que abundan las tumbas múltiples, probablemente de miembros de una misma familia, en las que se superponen las sepulturas.

 

Las tumbas de Siros son muy diferentes: Se trata de pequeñas tumbas de cámara, con grandes piedras en seco cuyas hiladas van aproximándose hacia el interior hasta formar una falsa bóveda, que en su parte superior se cierra con una gran lastra cuyo peso da solidez al conjunto. Como detalle curioso hay que observar que estas tumbas tienen una abertura que comunica con el exterior y cuya función no es posible imaginar: sus dimensiones no permiten el paso de un cuerpo. Posiblemente, pues, se destinaba a ciertos ritos funerarios.

 

A propósito de tales ritos cabe recordar que en las tumbas en cista el cuerpo del difunto —o los cuerpos, cuando eran varios— se disponía recostando sobre el lado derecho, las rodillas dobladas hacia el pecho y el antebrazo llevado hacia la cabeza; de ahí las reducidas dimensiones del enterramiento. Cierto que cabría pensar en un deseo de ahorrar espacio, pero es mucho más probable que se trate de una costumbre ligada a simbologías mágico-religiosas. La posición fetal del difunto —característica primitiva de muchas sepulturas primitivas—  puede corresponder a la voluntad de introducir la vida biológica del hombre en el circuito de las fuerzas cósmicas: puede, en definitiva, ser el símbolo de una nueva vida en los ciclos de la naturaleza.

 

 

 

El arte Cicladico

 

 

 

De las tumbas provienen asimismo los testimonios más abundantes de la actividad artística de esta civilización.

 

Se trata de un arte que está naciendo, pero que teniendo en cuenta las dificultades técnicas afrontadas por los autores, parece perfectamente definido en sus propósitos. Cerámicas, ídolos y vasos de mármol constituyen su mejor expresión y a la vez son elementos fundamentales para el conocimiento de la civilización Cicladica.

 

Las relaciones cronológicas y formales entre la cerámica y los vasos de mármol no están del todo claras: no se sabe si el mármol es anterior o posterior a la cerámica. A comienzos del siglo XX, los arqueólogos Tsountas y Edgar pensaban en una prioridad de la cerámica, en tanto que Kahrstedt y Dussaud afirmaban precisamente lo contrario pues veían en la apariencia maciza de ciertas cerámicas y en algunos otros detalles una derivación de las formas en mármol. En la actualidad los hallazgos de la cultura de las Saliagos, así como los de Cefala, documentan la existencia de una cerámica  pintada e incisa en época remota, mientras que no han aparecido allí vasos de mármol. Tal vez cabria deducir de esto que la cerámica es anterior, pero también debe tenerse en cuenta que el mármol es, de suyo, más raro por cuanto se trabaja más difícilmente.

 

En la producción cerámica del bronce antiguo, que es la más original, la más variada y la que testimonia un alto desarrollo tecnológico, conviven diversos estilos: Cerámica con decoración incisa sobre la pasta aún fresca —es la más antigua—  o bien con motivos estampados, como en la más reciente y original de Siros, que se caracteriza por sus espirales. Cerámicas pintadas, bien con motivos oscuros sobre fondo claro o viceversa, e incluso sin decoración, con una superficie oscura brillante.

 

Dado que por aquella época no se había perfeccionado aún la cochura de las piezas al horno, resultaba prácticamente imposible la aplicación de verdaderas asas: los vasos tienen simples asideros en forma de orejuela, a menudo agujereados para poder pasar por ellos una cuerda.

 

El modelado tampoco se sabe a ciencia cierta si fue realizado a mano o mediante un mecanismo similar al torno clásico aunque menos veloz; lo cierto es que no se advierten huellas de la presión de los dedos. En cuanto a la tipología de los objetos, hay un poco de todo, ánforas, copones, tinajas, tazas, copas con pie, el típico vaso llamado « de ánade » (una especie de candil para aceite que se asemeja remotamente a un pájaro), el kernos (vaso múltiple para libaciones y vasos zoomorfos.

 

Por la elegancia de sus formas, la calidad de su cochura, la uniformidad y delgadez de las paredes y la riqueza de su decoración, la mejor producción es la encontrada en la isla de Siros. Entre sus objetos más característicos  están las denominas « sartenes »  de forma lenticular, con un breve mango de dos apéndices y un pequeño borde realzado, lisas por dentro y muy decoradas por el exterior. Tsountas pensaba que, llenadas de agua, tal vez se utilizaron como espejos; pero parece más probable  que fueran copas para libaciones  o platos para ofrendas y que tuvieran un carácter sagrado: quizá en relación con el culto a la Diosa Madre, pues se distingue en muchas el triangulo de la feminidad.

 

La decoración ya sea incisa o pintada, consiste en sencillos motivos geométricos, al principio exclusivamente rectilíneos y luego también curvos. Con el tiempo estos motivos se organizan en una agradable sintaxis de zigzags, ángulos, triángulos, rombos, estrellas, semicírculos, círculos concéntricos, etc. No faltan elementos decorativos como naves, peces, pájaros y flores. Solo al final aparece la figura humana: desde una fuerte estilización, evoluciona bajo la influencia del Bronce Medio cretense, en el esfuerzo de reproducir la anatomía de un modo cada vez más naturalista.

 

 

 

Los misteriosos ídolos

 

 

 

No hay duda de que el aspecto más sobresaliente  del arte Cicladico es el que constituyen  sus singulares ídolos de mármol. Difícilmente podrá encontrarse  un estudioso del mundo antiguo egeo que se haya abstenido de formular su propia hipótesis acerca de la significación y utilidad de esas figuras. Pese a lo cual son todavía un fascinante misterio, un conjunto de interrogantes que tal vez estén destinados a quedar sin respuesta.

 

 

 

 

Después de la fase específicamente Cicladica Thera vivió bajo la influencia de Creta un segundo y esplendido florecimiento cultural conocido principalmente por las excavaciones De Akrotiri. Este complejo ofrece un ejemplo anticipado de la fase minoica Neopalacial, que se desarrollo en la isla de Thera con marcados caracteres indígenas.






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