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¡La fiesta sorpresa, no tan sorpresa!
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Importándole muy poco a su escaza sensibilidad la opinión de sus demás compañeros, el cuarto guardián presentó su queja ante Shión — henchido de coraje y dispuesto a cumplir su voluntad — por el simple capricho de que detestaba las fiestas de cumpleaños. El patriarca desarmó al negar con la cabeza el tema a debatir, sin despegar de su angular rostro el menudo espanto que le provocó el procaz ladrido que su súbdito lanzó apenas atravesó la puerta, tan repentino para que de un solo tirón de neuronas pudiera asimilar.
—Tu petición no será autorizada — Shión sentenció — No la creo conveniente. Será mejor que te vayas.
Máscara Mortal no daba por buen recibido la decisión que Shión, por ejemplificar la imagen de la prudencia dictó sin meditar. Enfundado en su papel de pesimista se aferró a explicarle en múltiples razones de por qué en el Santuario las celebraciones de cumpleaños debían quedar obsoletas, fuera de los márgenes del calendario. Aún con toda su saña venenosa, disparada al estruendo de más de un pretexto, el italiano no logró corromper la firme postura del Patriarca, salió cabizbajo del Templo Mayor con la doliente decepción jorobándole la espalda y con el fracaso estampado en la apretada contracción de su ceño.
—¡Maldita sea! — Masculló, dando zancada tras zancada hasta que llegó a internarse en las oscuras entrañas de su Templo.
El profuso disentir proyectado en malos gestos hacia los festejos, la música a alto volumen, las palabras arrastradas por el abuso del alcohol y las serpentinas de variado color rodar desbaratadas por el suelo, se debía por la vanidad de Afrodita de Piscis y no en menor tamaño, por sus excesivas persuasiones. El exagerado esmero del sueco por armar la fiesta perfecta cada que uno de sus compañeros en la sucesión de los meses celebraba en altos saltos de alegría un aniversario más de vida, mermaba la paciencia de Máscara Mortal. Afrodita siempre lo empujaba a regañadientes a participar en las decoraciones del salón de entretenimiento, aun teniendo por mala experiencia la falta de su competitividad para elaborar magníficamente, de par en par en los bordes de las columnas, una hilera de globos.
Para malos tratos de la vida, y la desalineada posición de los astros en su absoluta contra, el cumpleaños de Camus estaba a unos cuantos respiros de distancia por consumarse. Siete de Febrero. La reunión, por obviedad, se concentraría en el undécimo Templo. Máscara Mortal sabía que la pretendida fiesta sorpresa que el afeminado de Piscis preparaba desde el asomar del alba con una presteza certera, sin destantear en vaciles y acentuada por los arreglos florales de sus rosas, se llevaría a cabo a las ocho de la noche. Por retener hasta la más insignificante información de los acontecimientos diarios, Cáncer ya daba por consciente que el francés, acarreado contra su gusto a las orillas del pueblo bajo la insoluble fuerza de Milo de Escorpión, ignoraba las circunstancias próximas a realizarse.
—¡No hay mejor desquite que agriar el merengue del pastel contándole a Camus la existencia de su pronta fiesta! — Los pútridos rostros colgados en las paredes de su templo en un unísono cantar le escupían en la cara la catastrófica idea.
Él, complacido, esbozó una mordaz sonrisa.
Máscara Mortal no titubeó de tal maléfico plan y elevando los pies por los aires se lanzó a correr apresurado e impaciente por los parajes de Rodorio. El sucio ardid que estimulaba el ritmo cardiaco de su corazón y el bombeó de la sangre, amortiguaba el cansancio de sus piernas y el jadeo que, por falta de respiración, alteraba la labor de sus pulmones. Más de un camino agreste recorrió el italiano empapado de sudor y cubierto de polvo hasta llegar a detenerse, estrepitosamente, en una vieja taberna cuando presenció cerca de sus narices el potente cosmos de Camus consumirse en ligeros tragos de vino.
—¡Por fin! — Cáncer lanzó un bufido al apreciarse extenuado, y por su reconocido acento familiar, inconfundible, Acuario detuvo uno de los sorbos a su bebida para dignarse a voltear a verlo.
—¿Qué te trae por aquí? — Camus preguntó con notable asombro, mientras que con gentil gesto le señalaba un lugar donde sentarse — ¿Has venido a buscarme?
—Algo mejor que eso — Respondió sincero — Tengo algo por contarte, ¿Quieres saber de qué se trata?
—De verdad que no me interesa — El francés exhibió con orgullo su cruda indiferencia — Pero para no dejarte con la palabra en la boca si está en ti arruinar la sorpresa, puedes desahogar tu despecho.
Máscara Mortal no pudo reprimirse la sensación de aquél ligero escalofrió que le hizo abrir los ojos desmesuradamente y arrugar la nariz ante la súbita estupefacción.
—¿Q-qué? — Se le trababa la lengua. — ¿Ya lo sabes?
—¿Saber qué? —Fingió desentendimiento — ¿Te refieres a la fiesta sorpresa? — Cáncer asintió, con medrosa voluntad.
Camus de Acuario, el indolente y de apática convivencia social, arrastrando su frivolidad por los suelos y pretendiendo dar por olvidado el tieso carácter que lo aleja de bondades para sus congéneres, rió con tremendas ganas. Una risa ingenua y pertinaz que Cáncer se consideró afortunado de presenciar y poder oír para la envidia de muchos. Luego, cobrando la compostura, el galo agregó entre ligeros tragos de vino:
—Por favor, ¿Quién no habría de saberlo? Ya es costumbre del Santuario que a cada uno de nosotros le enciendan las velas en el pastel en compañía de la melosa canción que te empaña los oídos de buenos deseos. — Suspiró con forzada pesadez — Debería proponerse como una tradición para las futuras generaciones.
Otra decepción se le había presentado a Máscara Mortal, más aguda que la primera pero no por ello menos doliente. Ese amargo sentir que le secaba la boca y le punzaba el hígado no se comparaba con la espinosa duda que le partía el cerebro en múltiples pedazos. No concebía por qué Camus, consciente de la fiesta que tan pronto el sol desapareciera en el horizonte se realizaría, estaba dispuesto a fingir sobre un evento que no le retentaba ni por milagro de Zeus una pizca de espasmo y admiración.
—¿Cómo le haces? — Se atrevió a cuestionar apenas recuperó el aliento perdido.
—¿Hacer qué? — Dijo Camus añorando el silencio que segundos antes se había puesto entre ambos.
—Para que durante la fiesta sostengas esa incredulidad de un suceso que ya dabas por enterado. Yo no podría aparentar.
—No lo sé — Torció la boca— Puede ser que me hace feliz el hecho de que todos estemos reunidos en un día especifico cuando de no haber cumpleaños, al proteger al Santuario de intrusos, no cruzaríamos por la distancias de nuestros templos una sola palabra.
El francés simuló una sonrisa en el medio curvear de sus labios.
Cáncer se dejó impregnar de esa calidez humana que sólo Camus sin ser consciente, supo brindarle con ese pequeño sermón que, a pesar de ser escueto y conciso, se plagaba de un valioso significado. Después de todo, sus voraces intentos por destruir la felicidad de sus hermanos guerreros se hundieron en el profundo hueco del olvido al recapacitar sereno y en silencio del desviado cursor de su accionar. Tal vez en el instante no le manifestó a Camus su retentada sensibilidad, pero de no perderlo de vista tan pronto se sumergió liado de arrepentimientos en sus frágiles meditaciones, le hubiera aliviado el alma poderle decir:
—Feliz cumpleaños, compañero.
Máscara Mortal retornó al Santuario y, aunque nadie se percató de su estadía en la fiesta de Camus por estar alejado en un recoveco rincón del Templo de Acuario, pudo observar cómo entre abrazos, regalos y trilladas felicitaciones el francés fingía ese verosímil asombro…
Fin
"Deje de usar vestidos para aprender a usar pantalones"
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