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Capítulo 3.- Los Campos De Eleusis
Colgó el teléfono con una mueca de dolor, más mental que físico, aunque el corazón le latía a mil por hora. Ikki nunca se había creído más merecedor de una regañina como la que Shion se había esforzado por no darle. Ni siquiera el argumento de que no habría sido rival para un dios lo consolaba. A ese dios en particular ya lo habían derrotado, y se había llevado a Saori delante de sus narices. Su orgullo no podía perdonarlo. El Patriarca había puesto a todo el Santuario en alerta, y los Caballeros de Bronce habían sido movilizados, pero él no quería estar allí cuando llegasen. Había sido su fallo, y sería él quien lo resolviese.
Subió las escaleras de dos en dos y fue directo a su cuarto. Una vez que se había decidido quería salir lo más rápido posible. En su mente la relación entre Perséfone y el Inframundo lo había llevado a considerar la posibilidad de que estuviese en el palacio de Hades en la Giudesca. En realidad, no tenía ninguna prueba de que fuese así, pero era lo mejor que se le había ocurrido. Y la única entrada que conocía estaba en la mansión de Pandora.
Se puso su armadura, y dudó un momento entre dejar una nota para avisar a donde iba, pero desistió, ya se lo imaginarían ellos solos. No estaba de humor para dar explicaciones ni justificarse. Salió al jardín y se marchó sin despedirse.
Saori se despertó bastante confusa, sin poder recordar lo que había pasado. Intentó moverse, pero tenía las muñecas sujetas a algo. Miró a su alrededor, buscando algo que le sirviese de referencia para saber a dónde la habían llevado. El lugar parecía un templo, rodeado de columnas (entre las que estaba atada con unas argollas de oro) por las que trepaban narcisos, y con antorchas que ardían vivamente. No le sirvió de mucho, porque no fue capaz de reconocer dónde estaba. Pero eso no le preocupaba tanto como la sensación de que no podía usar su cosmos.
En ese momento alguien apareció detrás de una columna. Saori reconoció a la joven que la había visitado en Japón, sólo que había cambiado su traje por una túnica negra y llevaba en el pelo una de las flores que adornaban las columnas.
—Bienvenida a mis dominios —saludó con ironía, mientras se detenía frente a ella.
—¿Dónde estoy? —preguntó, todavía un poco aturdida.
—En mi templo de Eleusis. Como el tuyo de Atenas —añadió—. Aunque yo no tengo guardianes, para eso estaban los Espectros del Inframundo.
Saori hizo un ligero gesto de incomprensión. Aquello debería decirle algo, le sonaba ligeramente, pero se sentía como si hubiera estado durmiendo años, y en aquellos momentos no podía pensar con claridad.
—¿No me recuerdas? Perséfone —se presentó, y Saori abrió los ojos de la sorpresa, aquello no se lo esperaba—, la esposa de Hades, a quien tú —añadió con furia, apoyando un dedo en su pecho— derrotaste.
—Perséfone... —susurró—. ¿Qué quieres de mí?
—Tu vida —casi escupió las palabras—. Se llama venganza. Ah, no te molestes en intentar huir, no podrás —dijo señalando las argollas—. Son las mismas con las que Zeus apresó a Hera en el Olimpo —añadió antes de darle la espalda y salir de allí.
Saori dejó caer la cabeza. Nunca se había sentido tan desprotegida como en ese momento. Si era cierto que eran las argollas de Hera, entonces no podría escapar, después de todo, a la diosa no se lo habían permitido. Además, su armadura y su cetro estaban en Atenas, al cuidado de Shion, y no veía cómo podía dar a conocer a sus Caballeros que estaba prisionera con su cosmos inutilizado. Apretó los labios tratando de contener el llanto de pura impotencia, pero no lo consiguió, y las lágrimas se deslizaron silenciosas por sus mejillas.
Sentada junto a la ventana de su dormitorio, Pandora pasaba las hojas de una libreta. Allí había anotado todo lo que planeaba hacer para la restauración del castillo. Durante la batalla con Hades había quedado destrozado, y, a pesar de todo, le tenía demasiado cariño para dejarlo en aquellas condiciones. Tachó una de las notas con una sonrisa.
—Una cosa menos —susurró.
Dejó la libreta a un lado y salió al balcón, inspirando profundamente. No le llegó el perfume de los rosales recién plantados, pero estaba segura de que pronto lo haría. Miró hacia el jardín y dio un grito de terror. En vez de encontrar a los jardineros, vio una figura vestida con una túnica que la miraba fijamente. Retrocedió espantada, perfectamente consciente de que no podría escapar de Thanatos una segunda vez. La primera, en el Inframundo, se había salvado por muy poco, y los médicos no habían dado grandes esperanzas a Ikki mientras la velaba. Pero se había salvado. Ahora no lo conseguiría. Trastabilló y estuvo a punto de caerse, pero algo la sostuvo. Se giró y vio al Wyvern junto a ella.
—Rada...
Se detuvo al instante. Allí no estaba el Juez. Aquella armadura tenía algo extraño, aunque no sabría decir el qué. Volvió a mirar al frente, a Thanatos, que tampoco parecía el mismo, con una mirada extraña, como perdida, que no supo interpretar. Pero el dios no parecía interesado en ella, y pasó de largo, ignorándola por completo. Intentó soltarse, pero estaba bien sujeta. Pensó en suplicar que la dejasen libre, aunque algo le dijo que no funcionaría. Estaba asustada y no le importaba admitirlo. Entonces oyó una voz que venía del piso de abajo y se vio arrojada al suelo por el Wyvern, y lo siguió mientras salía de la habitación. No sabía dónde se había metido Thanatos.
Se asomó a la barandilla a tiempo de ver a Ikki en el rellano, mirando fijamente la siniestra figura de la sapuri. Un golpe y la armadura salió volando, las piezas desparramadas por la entrada. Pandora gimió y se dejó caer al suelo, una mano todavía apoyada en la baranda de las escaleras. Ver volatilizarse así a Radamantis resultaba espantoso. Ikki la vio y subió las escaleras de dos en dos. Se arrodilló a su lado y la abrazó.
—No era él, sólo una armadura vacía —dijo para tranquilizarla.
—Thanatos —susurró, recordando que el dios todavía debía estar por alguna parte—. Él también vino.
Aquello no le gustó nada. Una cosa era deshacerse de una armadura y otra muy distinta enfrentarse a un dios. Estaba a punto de decir algo cuando Pandora lanzó un gritito al verlo aparecer al otro lado del pasillo con su lanza y desaparecer por una de las puertas. Ikki salió corriendo detrás de él, pero para cuando llegó a la habitación, el dios ya se alejaba en el mismo carro que se había llevado a Atenea. Dio la vuelta maldiciendo por lo bajo, las cosas estaban yendo de mal en peor, y no tenía ni idea de cómo iba a salir del embrollo en el que se estaba metiendo.
—¿Siempre te tienes que quedar con toda la diversión? —dijo una voz desde el piso de abajo.
Se acercó a Pandora y la cogió de la mano mientras bajaban las escaleras al encuentro de Kanon y Shaina. Los dos llevaban sus armaduras, el gemelo la suya del Dragón Marino, y jugueteaba con el casco del Wyvern en la mano.
—¿Qué hacéis vosotros aquí?
—Yo también me alegro de verte —respondió con sarcasmo el griego—. Agradéceselo a mi hermano, fue él quien convenció a Shion de que el Santuario no estaría bien protegido por unos Caballeros debiluchos y blandengues, o algo por el estilo —añadió con una sonrisa.
Ikki reconoció el estilo de Kanon en la respuesta.
—¿Y tú?
—Técnicamente no soy un Caballero de Oro —explicó encogiéndose de hombros—, así que Shion no puede obligarme a permanecer en Géminis.
Ikki no dijo nada, incluso un Kanon “blandengue y debilucho” sería un buen aliado, aunque no le hubiera importado que los refuerzos fuesen más numerosos. Shaina debió de entender la mirada dubitativa que les lanzó con disimulo, porque se apresuró a dar una explicación.
—Marin hubiera querido venir, pero no está en condiciones, y si necesitamos refuerzos, no tenemos más que enviar a Kiki a buscar a los demás —dijo señalando hacia la puerta, donde Kiki estaba sentado en la caja de la armadura de Libra.
—Por si acaso —dijo el pequeño.
A Ikki no le quedó más remedio que asentir. Aquella armadura los había sacado de problemas en más de una ocasión. Y en cuanto a Marin, le hubiera gustado que estuviese allí también, pero embarazada de su primer hijo con Aioria, era mejor que se quedase a salvo en el Santuario.
—De acuerdo —accedió—, vamos allá. Será mejor que nos esperes aquí —añadió mirando a Pandora, que asintió con la cabeza mientras los demás se alejaban camino de la Giudesca.
Saori se había recuperado lo suficiente para darse cuenta de que se había comportado como una cría. Dejarse llevar por el pánico no le iba a ser de ninguna ayuda. Tenía que confiar en sus Caballeros, ellos la encontrarían, nunca le habían fallado y estaba segura de que esta vez tampoco lo harían. Sí, sería fuerte, sería digna de su título de diosa.
La entrada de Perséfone la sacó de su ensimismamiento. La joven sonreía y llevaba en la mano una lanza que Saori reconoció como la que usaba Pandora. Detrás de ella, Hypnos y Thanatos llevaban el cuerpo de Hades, que depositaron con cuidado en una especie de altar al otro lado del recinto, luego desaparecieron disolviéndose como si hubieran sido sólo una ilusión. Saori no entendía lo que estaba pasando, pero sabía que no era nada bueno.
—Lo mismo que hizo Hades con tus Caballeros —explicó Perséfone, refiriéndose a los dos dioses—, no puedo darles más que una vida limitada.
—¿Es eso lo que vas a hacer con él? —preguntó señalando con la cabeza el cuerpo tendido en el altar, provocando la risa de su rival.
—No querida, para mi marido tengo pensado algo mucho mejor. Tu vida por la suya. El ritual comenzará de inmediato y, a medianoche, tú estarás en el reino de los muertos.
Ikki estaba entre decepcionado y molesto. En la Giudesca no habían encontrado nada ni a nadie, si no contaba el patético intento de detenerlos de Caronte, al que no le habían quedado ganas de decirles nada más después de probar las Garras del Trueno de Shaina. Pero Ikki estaba inquieto. Allí debería haber estado Saori, en alguna parte, como en el enfrentamiento con Hades, pero tampoco se la habían llevado a los Campos Elíseos, se había asegurado de no dejar un sólo rincón por registrar.
Kanon y Shaina tampoco parecían muy contentos. Tal vez habían dado por hecho que todo iba a ser coser y cantar, y no había sido así. Ya estaban dando la vuelta cuando algo en el suelo llamó la atención del Dragón Marino. Era una hoja vieja, pintarrajeada con tinta descolorida por el paso de los años. Los tres se apiñaron para poder leer las desvaídas letras.
—Parece que describe alguna clase de templo —leyó Kanon, acercando el papel hasta su nariz—, en algún sitio de Eleusis.
Y entonces la realidad se abrió paso en sus mentes a la velocidad de la luz: habían estado buscando en el lugar equivocado.
—¡Pues claro! —Exclamó el griego—. Los Misterios de Eleusis no eran sólo en honor de Deméter, sino también de Perséfone.
—Será mejor que nos demos prisa —advirtió Ikki—, ya hemos perdido demasiado tiempo.
Asintieron y salieron directamente hacia su nuevo destino, casi sin pasar por el castillo de Heinstein. Ikki no estaba muy seguro de que a Pandora le fuese a gustar que se marcharan sin despedirse, arrastrando a Kiki, pero no tenían tiempo para eso; la vida de Atenea estaba en sus manos.
Continuará...
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