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El Resurgir De Perséfone (varias - cap. 3) 27/10/ El Resurgir De Perséfone (varias - cap. 3) 27/10/ (0.397 s)

El Resurgir De Perséfone (varias - cap. 3) 27/10/

FECHA El 05/07/10 a las 08:07:34 IP GUARDADA
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El 01/08/07 a las 06:08:02
El Resurgir De Perséfone (varias - cap. 3) 27/10/

 

Título: El resurgir de Perséfone Autor: Ghylainne Razón: puro placer ^^   Personajes Principales: Ikki, Saori, Perséfone… Secundarios: Caballeros varios Originales: Perséfone Pareja principal: Varias Parejas secundarias: -- Tipo: Batalla - Drama Clasificación: NC17 Advertencias: por ahora, sólo maldades varias ^^   Estado: En progreso -- Cap. 3 Última actualización: 27 – octubre – 2011   Resumen: Perséfone ha regresado, empeñada en vengar la derrota de su marido Hades y, si es posible, regresarlo a la vida.

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RESPUESTAS AL MENSAJE - Respuesta/-s
FECHA El 05/07/10 a las 09:07:38 IP GUARDADA Enviar Privado Añadir Amigo · Enviar Privado Enviar Privado · Buscar Mensajes Posteados Buscar Mensajes Posteados
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El 01/08/07 a las 06:08:02

Capítulo 1 - La Joven De Negro

 

Ciudad de Enna, Sicilia   Más de media ciudad parecía estar reunida aquella noche en la colina. Los diarios y boletines informativos llevaban días anunciando el eclipse de luna más importante de la década, y aquel resultaba ser un lugar verdaderamente privilegiado para poder contemplarlo a su antojo. No parecía que pudiese haber nada capaz de distraer a la gente de la luna perdiéndose en el cielo, ni siquiera el polvo que había comenzado a salir de una cueva cercana. Lo que sí lo hizo fue el ligero temblor que fue aumentando de intensidad hasta convertirse en un auténtico terremoto. En medio de la confusión y el miedo de gente que buscaba a sus familiares o amigos y corría en busca de un lugar donde refugiarse, nadie notó el carro negro tirado por cuatro caballos fantasmales que salió de la cueva y se perdió en la oscuridad.             Sentada ante su escritorio de la mansión, Saori repasaba una y otra vez los datos de la Fundación Kido. Eran bastantes notas y no quería cometer ningún error. Llevaba demasiado tiempo desatendiendo sus obligaciones fuera del Santuario. Era lo que tenía ejercer como diosa protectora de la humanidad, pensó con una sonrisa. Terminó de revisar los últimos papeles y los amontonó con cuidado sobre la mesa. Por fin podía tomarse un pequeño descanso. Un baño caliente y un libro, para empezar. Luego, tal vez planease unos días lejos de todo. Julián Solo llevaba mucho tiempo insistiendo en que lo acompañase a ver su último proyecto: una especie de parque de atracciones pensado para enseñar a los niños la antigua cultura griega, y estaba verdaderamente tentada de dejar que se lo enseñara. Lo anotó en su agenda, tenía que llamarlo sin falta por la mañana, ya era un poco tarde y no quería molestarlo.   Se levantó y estaba a punto de irse a su dormitorio cuando oyó el timbre y los pasos de Tatsumi que iba a abrir la puerta. Su despacho estaba cerca de la entrada, y se asomó a la ventana, curiosa por saber quién sería a aquellas horas, pero no pudo ver a nadie. Se sentó de nuevo en su silla cuando sintió que se acercaban, y esperó a que la puerta se abriese y Tatsumi anunciase a su visitante.   —Disculpe señorita, pero dice que se trata de algo urgente.   —Gracias Tatsumi.   Se hizo a un lado y una joven apareció en la puerta. Saori no recordaba haberla visto nunca. Alta y de pelo oscuro, sus ojos de un color castaño rojizo se clavaban en ella de forma inquietante. Hizo un gesto mecánico para invitarla a sentarse, mientras una sensación de desasosiego la invadía.   —Siento mucho molestarla —dijo con voz suave y envolvente—, pero no estaré mucho tiempo en la ciudad y quería verla para hablar de un negocio.   —No es ninguna molestia —respondió sin imaginarse de qué se podría tratar—-, señorita…   —Puede llamarme Coré. Verá, creo que tiene usted algo en lo que estoy sumamente interesada. Un terreno en Grecia, en los alrededores de Atenas si no estoy equivocada.   A Saori el corazón le empezó a latir con fuerza, pero se forzó a fingir indiferencia. No sabía cómo se había enterado de la existencia del Santuario, que tanto se esforzaban por mantener en secreto, pero desde luego que no le iba a contar una sola palabra más.   —Creo que la han informado mal —replicó manteniendo la calma—. A pesar de que la Fundación de mi difunto abuelo tiene instalaciones por distintas partes del mundo, Atenas no es una de ellas.   —Sin duda es una lástima, a mi marido le hubiera encantado. Gracias de todas formas —dijo a modo de despedida.   —Ha sido un placer.   Saori se quedó allí de pie mientras su misteriosa visitante se marchaba sin más. Le preocupaba que conociese la localización del Santuario, aunque no creía que supusiese un peligro. Tenía que aprender a relajarse.   —¿Quién era esa?   La joven dio un respingo al oír la voz de Ikki. No le había oído llegar, y casi había olvidado que estaba en Japón como parte de su escolta.   —No tengo la menor idea.   —Pues no me gusta.   —A mí tampoco.   —Por cierto, ha llegado una carta de Shion —dijo alargándole el sobre.   Se tranquilizó un poco. Después de la batalla contra Apolo y Artemis, Saori se había indignado como nunca lo había estado antes. Se había plantado en el Olimpo y había pedido, rogado, suplicado, incluso amenazado, con tal de que, a sus Caballeros, se les concediese el perdón. No había sido fácil, pero finalmente lo había conseguido, aunque con una condición: que tardarían algún tiempo en recuperar el antiguo poder de sus cosmos. Saori había aceptado inmediatamente y se había marchado antes de que a Zeus le diese tiempo de cambiar de opinión. Sabía que sería un proceso lento, pero no le importaba, y Shion le mandaba los avances todas las semanas desde que estaba en Japón con los asuntos de la Fundación Kido.   Después de cenar, se sentó con Ikki en el salón a leer un libro, mientras el joven veía las noticias. El terremoto de Italia pasó desapercibido entre robos, incendios y elecciones, y pronto la visitante pasó a ser calificada como una más de los que acudían a ella con las más variopintas peticiones.             Muy lejos de Japón, un barquero infernal guiaba a una figura embozada de negro hacia la otra orilla. Ella no pagaba, por supuesto. Jamás se hubiera atrevido a pedirle algo semejante. Llegaron y tendió una mano para ayudarla a bajar, algo completamente inusual en él.   —Gracias —respondió una voz femenina que no tenía nada de dulce.   Echó su capucha hacia atrás y abrió los pliegues de su capa, que ondeaban detrás de ella, mientras caminaba con paso firme entre el desagradable paisaje de las almas cumpliendo sus castigos. Una simple mirada era suficiente para espantar a los pocos que se atrevían a suplicarle clemencia. Siguió su camino sin hacer caso, deseaba llegar a la Giudesca cuanto antes, aunque una vez allí, la encontró desierta. Al parecer los Caballeros de Atenea no habían dejado a nadie con vida.   Gruñó mientras se iba adentrando en el edificio. Necesitaba un ejército, tenía que conseguir uno como fuese, y era evidente que no podía recurrir a los Espectros. Pero si mal no recordaba, allí había algo que podía resultarle útil. Había pasado demasiado tiempo durmiendo en las profundidades de su cueva, pero había sentido a su marido llamándola, despertándola de su letargo para llevar a cabo su venganza.   Tardó un poco en orientarse, no en vano llevaba siglos alejada de aquel palacio, pero finalmente encontró la habitación que buscaba. En realidad, más que habitación era una mazmorra. Un par de mesas de madera alargadas y llenas de extraños objetos de brujería y una gran estantería llena de viejos volúmenes era todo el mobiliario. Encendió las antorchas e hizo una mueca de disgusto al comprobar que todo estaba cubierto por una gruesa capa de polvo. Entre todo aquello, recuerdo de las lecciones de Hécate, debería haber un libro y un par de frascos con agua del Éstige, que era justo lo que necesitaba.   —¡Caronte! —llamó, con la esperanza de que el único Espectro superviviente se encontrase cerca.   —¿Mi señora? —respondió inclinándose ante ella.   —Reúne lo que quede de las sapuris de Hades y llévalas al salón del trono.   —Como deseéis.   Llevó el libro y los frascos con ella. En circunstancias normales, el agua del Éstige era venenosa, pero ella conocía otro uso que le iba a resultar mucho más útil. se sentó en el trono de Hades, dejó los frascos en una mesita y se puso a hojear el volumen mientras Caronte iba colocando cuidadosamente las sapuris delante de ella. Encontró lo que buscaba y esperó a que Caronte hubiese terminado. Se levantó con el libro abierto en una mano y los frascos en la otra. Se paseó entre las destrozadas armaduras leyendo con voz pausada los versos del hechizo, y finalmente lanzó las botellitas a las armaduras oscuras, que empezaron a recuperarse de los daños que habían sufrido. Poco a poco, una especie de vapor negro empezó a levantarse del líquido que mojaba el suelo, filtrándose entre las junturas de las sapuris, desarmándolas y volviéndolas a ensamblar alrededor de unos cuerpos que se habían desprendido del mismo vapor. Todos a la vez se inclinaron ante la joven, que reía sin parar pensando en lo que sería capaz de hacer a partir de ese momento.   —Señores, Hades nos espera.     Continuará...
FECHA El 06/07/10 a las 09:07:01 IP GUARDADA Enviar Privado Añadir Amigo · Enviar Privado Enviar Privado · Buscar Mensajes Posteados Buscar Mensajes Posteados
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Marina de Poseidon



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El 16/06/10 a las 06:06:21

haaaalo!!!!!!! haaaalo!!!!!!!

heey hola hola hola  primera en postear!!!!! (creo ) jejejjeje

se ve muy interesante tu fic!!! me gusta mucho cuando aparece persefone, se me hace un personaje muy intresante y al que se le puede sacar mucho provecho!

y los dorados!! q alegria q esten de regreso con nosotros!!!! lastima q sus cosmos no estan del todo repuestos pero ia espero saber q les depara el futuro a nuestros santos favoritos!!!!

un saludo y espero q continues con tu fic!!!

atte.

estrella blanca

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FECHA El 25/03/11 a las 06:03:32 IP GUARDADA Enviar Privado Añadir Amigo · Enviar Privado Enviar Privado · Buscar Mensajes Posteados Buscar Mensajes Posteados
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El 01/08/07 a las 06:08:02

Capítulo 2.- Dioses Del Inframundo

 

Ikki le daba vueltas a la tarjeta de visita que había dejado la joven de unos días antes. Era una tarjeta normal y corriente, con el nombre de lo que debía ser una empresa de alguna clase, las iniciales “C. P.” seguidas de un apellido griego y el número de un teléfono móvil. Saori recibía montones de tarjetas como aquella todas las semanas, pero él no lograba quitarse a la visitante de la cabeza. Le había insistido tanto a Saori que ésta había terminado por llamar al Santuario. Según Shion, todo parecía estar en orden, pero a Ikki eso no le convencía. Las cosas siempre parecían estar en orden hasta que pasaba algo.

 

Decidido a averiguar algo más, se sentó delante del ordenador y tecleó los nombres de la tarjeta en el buscador de Internet. Tuvo suerte con el de la empresa, y leyó con curiosidad la información de su web. Al parecer, se dedicaba al sector turístico, sobre todo en Grecia e Italia, organizando viajes en autobús, cruceros y cosas por el estilo. Buscó la dirección de la sede, en algún lugar de Atenas, demasiado lejos para una visita rápida.

 

Por un momento se preguntó si se estaría volviendo un paranoico. Que alguien llegara preguntando por el Santuario lo inquietaba, pero tenía que reconocer que el Torneo Galáctico organizado por Saori había dado pie a multitud de rumores. Desechó la idea con la cabeza, anotó la dirección y descolgó el auricular del teléfono, marcando el número de su hermano.

 

 

 

 

Sentada en el trono de Hades, Perséfone tamborileaba con los dedos en el reposabrazos. Llevaba un rato dándole vueltas a lo que iba a hacer. Había ido hasta Japón para ver en persona a Atenea y hacerse una idea de cómo la iba a poder sacar de allí sin tener que enfrentarse a ella en una lucha en la que no dispondría de la ventaja de una armadura y un cetro, como sería el caso de su rival. Nunca había tenido armadura, y no encontraba su lanza por ninguna parte.

 

¾¡Caronte! ¾llamó poniéndose en pie y bajando los escalones que llevaban al trono.

 

¾Mi señora ¾dijo el Espectro arrodillándose ante ella.

 

¾¿Dónde está mi lanza?

 

¾La señora Pandora debe tenerla ¾respondió, haciendo un esfuerzo por recordar.

 

¾¿Pandora? ¾dijo frunciendo el ceño. La única que recordaba era la de los tiempos mitológicos.

 

Caronte trató de hacer un breve resumen. Explicó que había sido escogida por el mismo Hades para ser la hermana de su espíritu, mientras que el cuerpo había resultado ser el de uno de los Caballeros de Atenea. Ella había usado la lanza durante la Guerra Santa, así que le parecía probable que todavía estuviese en su poder. Perséfone no pudo evitar la sorpresa por la ironía. ¡Hades reencarnado en un Caballero de Atenea! Sin embargo, anotó mentalmente la información, podría llegar a serle útil. Pero antes tenía que solucionar algunos.

 

—¿Dónde puedo encontrar a esa Pandora?

 

—En su castillo alemán, señora —respondió con rapidez—. Consiguió sobrevivir al ataque del señor Tanathos.

 

Eso no le gustó nada. La gente no debía sobrevivir al dios de la muerte. O se había confiado o se trataba de un fallo bastante embarazoso. Pero eso también tendría que esperar.

 

—Encuentra los cuerpos de Hypnos y Tanathos ordenó—. Y deprisa, no podemos perder el tiempo.

 

 

 

 

El coche avanzaba lentamente por la abarrotada carretera camino de Atenas. Parecía como si todo el tráfico se hubiera conjurado para aparecer allí en el momento en el que tenían que pasar ellos. En el asiento del copiloto, Kanon bufaba tamborileando sobre el mapa abierto en su regazo. De vez en cuando, miraba con desesperación la hilera de coches delante del suyo y protestaba por estar allí encerrado. Shaina lo miró de reojo y contuvo las ganas de decir que había sido él quien se había empeñado en acompañarlos. En lugar de eso, miró por el retrovisor y se puso a hablar con Shun.

 

—¿Ikki sigue en Japón? —le preguntó.

 

—Sí, Seiya y Shiryu no irán hasta la semana que viene. Creo que Saori todavía tiene que quedarse algún tiempo más.

 

—Ajá —asintió mientras tomaba el desvío hacia la entrada de la ciudad.

 

—La próxima a la derecha —indicó Kanon, cambiando el mapa por un callejero más detallado.

En cuanto pudo, Shaina siguió el camino que le indicaban, y enseguida el tráfico disminuyó.

 

—Gracias por traerme —dijo el chico, observando la sonrisa de la joven por el retrovisor. Sólo por aquel día, tenía permiso para ir sin máscara, que habría llamado demasiado la atención.

 

—De nada —respondió con sencillez, mientras maniobraba buscando la dirección que les había dado Ikki.

 

Ninguno sabía muy bien lo que estaban buscando, ya que el Fénix no les había dado muchos detalles. Sólo había insistido en que se trataba de algo importante, y el apremio que su hermano había notado en su voz había sido suficiente para salir en busca de aquella misteriosa dirección.

 

—Aquí es —dijo Shaina, aparcando delante de las vallas de una obra.

 

Bajaron del coche entre decepcionados y confusos. Allí donde esperaban encontrar un edificio sólo había un solar en el que se anunciaba la próxima construcción de unos apartamentos. Shun sacó un papel del bolsillo y comprobó que realmente estuviesen donde debían, pero no lugar a error, allí no había nada. Iba a decir algo, pero Kanon ya buscaba el número de Ikki en el móvil, mientras Shaina miraba las obras apoyada en el coche. Ninguno entendía nada.

 

—Ikki, ¿qué demonios significa esto? —gruñó el griego tan pronto oyó un “¿diga?” al otro lado del teléfono—. Aquí no hay absolutamente nada.

 

—¿Eh? —respondió desconcertado. Tardó un momento en darse cuenta de que Kanon debía estar con Shun.

 

—La dirección no existe. ¿Vas a decirnos lo que pasa?

 

—Ella dijo que trabajaba allí —murmuró más para sí que para el confuso gemelo.

 

—¿Ella? —repitió mirando a sus compañeros, que aguardaban expectantes la respuesta de Ikki.

 

—La mujer que vino a ver a Saori preguntando por el Santuario —explicó—, Coré o algo así, le dio una tarjeta...

 

—Repite eso —lo interrumpió el gemelo, que de repente había empezado a sudar frío. Tenía un mal presentimiento—. Repite el nombre.

 

—Dijo que se llamaba Coré —respondió, sin entender el interés de Kanon.

 

—Ikki, Coré era uno de los nombres de Perséfone.

 

Ikki colgó sin decir una palabra. Se había contagiado del miedo de Kanon y se reprochó mentalmente el haber sido tan confiado. Salió de la habitación casi a la carrera, gritando el nombre de Saori, y cruzando los dedos para que estuviese equivocado. No se paró a escuchar las protestas de Tatsumi cuando casi lo atropelló en el pasillo y fue directo al salón donde había dejado a la diosa unos minutos antes. La joven no estaba allí, pero la puerta que daba a la terraza estaba abierta, y las cortinas ondeaban por el viento. Se acercó sabiendo que no le iba a gustar nada lo que iba a ver. En el jardín había un carruaje negro tirado por cuatro caballos, y montado en él estaba Hypnos, sujetando con un brazo a la inconsciente Saori. Antes de que pudiera intentar rescatarla, cuatro figuras aparecieron entre el carro y él. Aunque no representaban ninguna amenaza seria para alguien de su experiencia, para cuando se hubo deshecho de sus atacantes, los caballos ya se habían elevado en el aire y se llevaban su valiosa presa.

 

—¡Saori! —gritó, consciente de que era completamente inútil, y llevado de la impotencia se dejó caer al suelo y golpeó con furia una de las armaduras que habían quedado desparramadas por el césped.

 

No sabía cuánto tiempo se había quedado allí, maldiciendo en silencio no haber sido más rápido, más desconfiado, más protector, pero cuando se levantó comenzaba a anochecer. Volvió a mirar las armaduras. Le resultaban vagamente familiares, aunque no sabía decir el por qué. Recogió el casco que había golpeado y se lo llevó al interior, mientras se preparaba mentalmente para confesarle a Shion su fracaso y que habían secuestrado a Atenea.

 

 

Continuará...


FECHA El 26/03/11 a las 04:03:02 IP GUARDADA Enviar Privado Añadir Amigo · Enviar Privado Enviar Privado · Buscar Mensajes Posteados Buscar Mensajes Posteados
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El 28/01/11 a las 10:01:17

Me ha atrapado tu fic n.n*

En verdad que es bastante interesante la historia y la manera en que la vas narrando y máximo donde la has dejado (lo dejaste en un momento muy emocionante por cierto, eso no se hace ^ ^)

Solo espero que no vayan a recriminarle nada al poshito de fuego O.O* el estaba cumpliendo muy bien con su deber -__-

Quiero saber que va a pasar....Espero lo continues pronto!!!  

Saludos =)


FECHA El 28/10/11 a las 12:10:31 IP GUARDADA Enviar Privado Añadir Amigo · Enviar Privado Enviar Privado · Buscar Mensajes Posteados Buscar Mensajes Posteados
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El 01/08/07 a las 06:08:02

Capítulo 3.- Los Campos De Eleusis

Colgó el teléfono con una mueca de dolor, más mental que físico, aunque el corazón le latía a mil por hora. Ikki nunca se había creído más merecedor de una regañina como la que Shion se había esforzado por no darle. Ni siquiera el argumento de que no habría sido rival para un dios lo consolaba. A ese dios en particular ya lo habían derrotado, y se había llevado a Saori delante de sus narices. Su orgullo no podía perdonarlo. El Patriarca había puesto a todo el Santuario en alerta, y los Caballeros de Bronce habían sido movilizados, pero él no quería estar allí cuando llegasen. Había sido su fallo, y sería él quien lo resolviese.

Subió las escaleras de dos en dos y fue directo a su cuarto. Una vez que se había decidido quería salir lo más rápido posible. En su mente la relación entre Perséfone y el Inframundo lo había llevado a considerar la posibilidad de que estuviese en el palacio de Hades en la Giudesca. En realidad, no tenía ninguna prueba de que fuese así, pero era lo mejor que se le había ocurrido. Y la única entrada que conocía estaba en la mansión de Pandora.

Se puso su armadura, y dudó un momento entre dejar una nota para avisar a donde iba, pero desistió, ya se lo imaginarían ellos solos. No estaba de humor para dar explicaciones ni justificarse. Salió al jardín y se marchó sin despedirse.

 

 

 

 

Saori se despertó bastante confusa, sin poder recordar lo que había pasado. Intentó moverse, pero tenía las muñecas sujetas a algo. Miró a su alrededor, buscando algo que le sirviese de referencia para saber a dónde la habían llevado. El lugar parecía un templo, rodeado de columnas (entre las que estaba atada con unas argollas de oro) por las que trepaban narcisos, y con antorchas que ardían vivamente. No le sirvió de mucho, porque no fue capaz de reconocer dónde estaba. Pero eso no le preocupaba tanto como la sensación de que no podía usar su cosmos.

En ese momento alguien apareció detrás de una columna. Saori reconoció a la joven que la había visitado en Japón, sólo que había cambiado su traje por una túnica negra y llevaba en el pelo una de las flores que adornaban las columnas.

—Bienvenida a mis dominios —saludó con ironía, mientras se detenía frente a ella.

—¿Dónde estoy? —preguntó, todavía un poco aturdida.

—En mi templo de Eleusis. Como el tuyo de Atenas —añadió—. Aunque yo no tengo guardianes, para eso estaban los Espectros del Inframundo.

Saori hizo un ligero gesto de incomprensión. Aquello debería decirle algo, le sonaba ligeramente, pero se sentía como si hubiera estado durmiendo años, y en aquellos momentos no podía pensar con claridad.

—¿No me recuerdas? Perséfone —se presentó, y Saori abrió los ojos de la sorpresa, aquello no se lo esperaba—, la esposa de Hades, a quien tú —añadió con furia, apoyando un dedo en su pecho— derrotaste.

—Perséfone... —susurró—. ¿Qué quieres de mí?

—Tu vida —casi escupió las palabras—. Se llama venganza. Ah, no te molestes en intentar huir, no podrás —dijo señalando las argollas—. Son las mismas con las que Zeus apresó a Hera en el Olimpo —añadió antes de darle la espalda y salir de allí.

Saori dejó caer la cabeza. Nunca se había sentido tan desprotegida como en ese momento. Si era cierto que eran las argollas de Hera, entonces no podría escapar, después de todo, a la diosa no se lo habían permitido. Además, su armadura y su cetro estaban en Atenas, al cuidado de Shion, y no veía cómo podía dar a conocer a sus Caballeros que estaba prisionera con su cosmos inutilizado. Apretó los labios tratando de contener el llanto de pura impotencia, pero no lo consiguió, y las lágrimas se deslizaron silenciosas por sus mejillas.

 

 

 

 

Sentada junto a la ventana de su dormitorio, Pandora pasaba las hojas de una libreta. Allí había anotado todo lo que planeaba hacer para la restauración del castillo. Durante la batalla con Hades había quedado destrozado, y, a pesar de todo, le tenía demasiado cariño para dejarlo en aquellas condiciones. Tachó una de las notas con una sonrisa.

—Una cosa menos —susurró.

Dejó la libreta a un lado y salió al balcón, inspirando profundamente. No le llegó el perfume de los rosales recién plantados, pero estaba segura de que pronto lo haría. Miró hacia el jardín y dio un grito de terror. En vez de encontrar a los jardineros, vio una figura vestida con una túnica que la miraba fijamente. Retrocedió espantada, perfectamente consciente de que no podría escapar de Thanatos una segunda vez. La primera, en el Inframundo, se había salvado por muy poco, y los médicos no habían dado grandes esperanzas a Ikki mientras la velaba. Pero se había salvado. Ahora no lo conseguiría. Trastabilló y estuvo a punto de caerse, pero algo la sostuvo. Se giró y vio al Wyvern junto a ella.

—Rada...

Se detuvo al instante. Allí no estaba el Juez. Aquella armadura tenía algo extraño, aunque no sabría decir el qué. Volvió a mirar al frente, a Thanatos, que tampoco parecía el mismo, con una mirada extraña, como perdida, que no supo interpretar. Pero el dios no parecía interesado en ella, y pasó de largo, ignorándola por completo. Intentó soltarse, pero estaba bien sujeta. Pensó en suplicar que la dejasen libre, aunque algo le dijo que no funcionaría. Estaba asustada y no le importaba admitirlo. Entonces oyó una voz que venía del piso de abajo y se vio arrojada al suelo por el Wyvern, y lo siguió mientras salía de la habitación. No sabía dónde se había metido Thanatos.

Se asomó a la barandilla a tiempo de ver a Ikki en el rellano, mirando fijamente la siniestra figura de la sapuri. Un golpe y la armadura salió volando, las piezas desparramadas por la entrada. Pandora gimió y se dejó caer al suelo, una mano todavía apoyada en la baranda de las escaleras. Ver volatilizarse así a Radamantis resultaba espantoso. Ikki la vio y subió las escaleras de dos en dos. Se arrodilló a su lado y la abrazó.

—No era él, sólo una armadura vacía —dijo para tranquilizarla.

—Thanatos —susurró, recordando que el dios todavía debía estar por alguna parte—. Él también vino.

Aquello no le gustó nada. Una cosa era deshacerse de una armadura y otra muy distinta enfrentarse a un dios. Estaba a punto de decir algo cuando Pandora lanzó un gritito al verlo aparecer al otro lado del pasillo con su lanza y desaparecer por una de las puertas. Ikki salió corriendo detrás de él, pero para cuando llegó a la habitación, el dios ya se alejaba en el mismo carro que se había llevado a Atenea. Dio la vuelta maldiciendo por lo bajo, las cosas estaban yendo de mal en peor, y no tenía ni idea de cómo iba a salir del embrollo en el que se estaba metiendo.

—¿Siempre te tienes que quedar con toda la diversión? —dijo una voz desde el piso de abajo.

Se acercó a Pandora y la cogió de la mano mientras bajaban las escaleras al encuentro de Kanon y Shaina. Los dos llevaban sus armaduras, el gemelo la suya del Dragón Marino, y jugueteaba con el casco del Wyvern en la mano.

—¿Qué hacéis vosotros aquí?

—Yo también me alegro de verte —respondió con sarcasmo el griego—. Agradéceselo a mi hermano, fue él quien convenció a Shion de que el Santuario no estaría bien protegido por unos Caballeros debiluchos y blandengues, o algo por el estilo —añadió con una sonrisa.

Ikki reconoció el estilo de Kanon en la respuesta.

—¿Y tú?

—Técnicamente no soy un Caballero de Oro —explicó encogiéndose de hombros—, así que Shion no puede obligarme a permanecer en Géminis.

Ikki no dijo nada, incluso un Kanon “blandengue y debilucho” sería un buen aliado, aunque no le hubiera importado que los refuerzos fuesen más numerosos. Shaina debió de entender la mirada dubitativa que les lanzó con disimulo, porque se apresuró a dar una explicación.

—Marin hubiera querido venir, pero no está en condiciones, y si necesitamos refuerzos, no tenemos más que enviar a Kiki a buscar a los demás —dijo señalando hacia la puerta, donde Kiki estaba sentado en la caja de la armadura de Libra.

—Por si acaso —dijo el pequeño.

A Ikki no le quedó más remedio que asentir. Aquella armadura los había sacado de problemas en más de una ocasión. Y en cuanto a Marin, le hubiera gustado que estuviese allí también, pero embarazada de su primer hijo con Aioria, era mejor que se quedase a salvo en el Santuario.

—De acuerdo —accedió—, vamos allá. Será mejor que nos esperes aquí —añadió mirando a Pandora, que asintió con la cabeza mientras los demás se alejaban camino de la Giudesca.

 

 

 

 

Saori se había recuperado lo suficiente para darse cuenta de que se había comportado como una cría. Dejarse llevar por el pánico no le iba a ser de ninguna ayuda. Tenía que confiar en sus Caballeros, ellos la encontrarían, nunca le habían fallado y estaba segura de que esta vez tampoco lo harían. Sí, sería fuerte, sería digna de su título de diosa.

La entrada de Perséfone la sacó de su ensimismamiento. La joven sonreía y llevaba en la mano una lanza que Saori reconoció como la que usaba Pandora. Detrás de ella, Hypnos y Thanatos llevaban el cuerpo de Hades, que depositaron con cuidado en una especie de altar al otro lado del recinto, luego desaparecieron disolviéndose como si hubieran sido sólo una ilusión. Saori no entendía lo que estaba pasando, pero sabía que no era nada bueno.

—Lo mismo que hizo Hades con tus Caballeros —explicó Perséfone, refiriéndose a los dos dioses—, no puedo darles más que una vida limitada.

—¿Es eso lo que vas a hacer con él? —preguntó señalando con la cabeza el cuerpo tendido en el altar, provocando la risa de su rival.

—No querida, para mi marido tengo pensado algo mucho mejor. Tu vida por la suya. El ritual comenzará de inmediato y, a medianoche, tú estarás en el reino de los muertos.

 

 

 

 

Ikki estaba entre decepcionado y molesto. En la Giudesca no habían encontrado nada ni a nadie, si no contaba el patético intento de detenerlos de Caronte, al que no le habían quedado ganas de decirles nada más después de probar las Garras del Trueno de Shaina. Pero Ikki estaba inquieto. Allí debería haber estado Saori, en alguna parte, como en el enfrentamiento con Hades, pero tampoco se la habían llevado a los Campos Elíseos, se había asegurado de no dejar un sólo rincón por registrar.

Kanon y Shaina tampoco parecían muy contentos. Tal vez habían dado por hecho que todo iba a ser coser y cantar, y no había sido así. Ya estaban dando la vuelta cuando algo en el suelo llamó la atención del Dragón Marino. Era una hoja vieja, pintarrajeada con tinta descolorida por el paso de los años. Los tres se apiñaron para poder leer las desvaídas letras.

—Parece que describe alguna clase de templo —leyó Kanon, acercando el papel hasta su nariz—, en algún sitio de Eleusis.

Y entonces la realidad se abrió paso en sus mentes a la velocidad de la luz: habían estado buscando en el lugar equivocado.

—¡Pues claro! —Exclamó el griego—. Los Misterios de Eleusis no eran sólo en honor de Deméter, sino también de Perséfone.

—Será mejor que nos demos prisa —advirtió Ikki—, ya hemos perdido demasiado tiempo.

Asintieron y salieron directamente hacia su nuevo destino, casi sin pasar por el castillo de Heinstein. Ikki no estaba muy seguro de que a Pandora le fuese a gustar que se marcharan sin despedirse, arrastrando a Kiki, pero no tenían tiempo para eso; la vida de Atenea estaba en sus manos.

 

 

Continuará... 


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