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Guantes de Satén
Miro a través del deslucido ventanal de esta pequeña habitación de hotel, desde la cual puedo ver en todo su esplendor las farolas multicolores que inundan las calles, y que tiñen cuanto a su alrededor hay, con la exótica tonalidad que cada una emana.
Todo parece bello y alegre ¿no lo crees así? Todo mi entorno esta embellecido con esta fatídica y vacua sensación de alegría, emoción que por más que intento, no puedo hacer mía.
Vuelvo a deambular por los entramados caminos que mentalmente he diseñado en esta estancia que durante un tiempo he llamado mi hogar, a pesar de que nada mío aquí hay, ningún objeto que pueda llamar familiar, o conocido al menos; pero en fin, nada puedo hacer para remediarlo, o quizá si… como sea todavía siento que quedan cosas por vivir en estas aceras bañadas de sonrisas y festejos.
Me encamino al baño y observo la imagen que me devuelve el espejo de esta habitación: un rostro níveo, una expresión apática, quizá algo cansado.
Cojo el peine y lo deslizo con parsimonia por las hebras platinadas que nacen desde mi cabeza, para finalmente recogerlas con un suave trozo de seda negra.
Vuelvo sobre mis pasos y recojo el antifaz negro que mi piel ha de cubrir, dejando solo al descubierto la parte baja de mi semblante.
Enfundo mis manos en los guantes de satén y deslizo por sobre mis hombros la capa que mi espalda ha de proteger… estoy listo, mi apariencia es perfecta, el carnaval me espera… pero mi interior no es capaz de bañarse de la alegría que esta fiesta le debería dar… y todo a causa tuya… de tu ausencia… de mi añoranza.
Te fuiste para siempre Aiacos… te fuiste para jamás volver. Y nada me dice lo contrario, nada dejaste para poder consolarme, nada que pudiera perdurar la integridad de mi alma, que día a día en silencio llora tu partida.
Pero una vez más mi interior no interesa… y salgo raudo a refugiarme en la nada, dejando que la música, la juerga y el baile inunden mis sentidos intoxicándome y embelezando con su narcótica alegría.
Fin.
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