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: Un cordial saludo para Arte William y el Grupo Nuevo Surrealismo. Quiero presentarles el primer capítulo de mi novela Festín. Espero que se diviertan. Serán bienvenidos los comentarios. Podéis leerlo aquí o bajar la versión PDF del primer capítulo
Abrazos a todos
Gabriel Pulecio
Festín
Gabriel Pulecio Mariño
Capitulo 1
DAR FIESTAS NO ES MONTAR FESTIVALES, ni prestarse a conciertos, ni organizar concursos. Es cosa mayor y más pausada, de corte regio y archiepiscopal convido, no un dámela-que-te-la-doy, ni un tenga-para-que-aprenda. Las fiestas de Julio Newton no son carnavales, ni dispépticas maratones, ni juntas administrativas. Requieren audacia y sinrazón, combinatoria de comedia y drama, disparcialidad parcializada, y que todos lo pasen bien y mueran de placer.
Agrestes, algunos llegan al Palacete Newton como adanes–y–evas bajo sus ropas. Escarpados, otros traen la anatomía forrada y precintada, haciendo así más excitante el camino hacia la nada y llevando futuro y calma a los premiosos que quieren la flor y el fruto, sazón y florescencia, primavera de pret–a–porter. Bombeada y abombada, apretada o suelta de cadera, unas traen la ropa superpuesta y arrancada al propio cuerpo, o abierta a las carnes y cerrando tras de sí el entorno. Otras, las que se forran, piden larga guerra y exigen víctima y victoria. Las que van sueltas valen el momento y corren en pos del tiempo, precipitándose solazadas en el todo-y-nada. Cúmulo de pechos, elocuencia grandilocuente, roces y promontorios. Plazca y pesque. Momentos y músicas vuelven y se van. Trasgos de aromas conjuntas en recodos y fisuras, puntas, protuberancias, prominencias y límites. La pasión contra el placer. Invisibles espectros silbantes se hacen guiños y dan vueltas en el aire. Muerdas o mordisquees, la carne resbala licenciosa, la piel se hace ligera, larga, una y eterna, inextinguible, circular, infinita. Se funde el ánimo al sentido ardiente que va y viene, vuelve, recala y acaricia. Tiene suerte quien se encuentra allí placiendo. Cortos o largos, los gestos explotan el momento, ruido a destajo, abierto a un nuevo ámbito.
Espigados de moda y vanos de palabra acuden al Palacete los cantores de la madrugada. Curtidos sobre sus propios cuerpos llevan el rumor y la conseja, pestilencias acres de marcas comerciales, loción eterna y simple, paso a nivel de los sentidos y que la vista busque y el olfato encuentre.
Carteristas avezados bajo el disfraz de acuciosos camareros recorren los salones del Palacete palpando a los invitados ver qué se llevan entre los bolsillos, bajo las ropas o entre los bolsos. Y hay castigo y escarnio para los invitados infieles porque los esculcadores van más allá del simple rescate. A Cornelia Facilupa los esculcadores le detectaron bajo el chal la Empelota Prima y se la cambiaron por la jícara del chocolate de Bairon, el loro que anima con sus chácharas multidireccionales el patio de atrás del Palacete Newton. En la puerta se le escurrió la jícara y rebotó en la escalinata como rijo contenido y puesto en burla. Tuvieron que llevarse a Cornelia en ambulancia de lo mal que se encontraba. –Y Julio se ríe. –¿Qué otra cosa va a hacer? Dista Carcajón del Pero, campeona de esgrima, escondió bajo su corpiño las mancornas de jade del anfitrión y los esculcadores se las sacaron con pinzas y depositaron a cambio un sapo dorado que pronto saltó sobre la fuente de mayonesa donde intentaba chapotear ante la mirada de los espantados comensales. Ni un sólo grito sobrevoló la escena. Dista Carcajón estuvo pródiga en la majestad del gesto. Sin pronunciar palabra, retiró la mano de sus abundosos pechos, a donde la había llevado cuando sintió el frío latir entre sus carnes prietas. Bartolo Manga de Breter, pizpireto casadero, repintado y pinturero, quiso sacar del Palacete una miniatura cambiándola por una copia, pero por obra de los esculcadores salió con su propia chapuza y sin advertirlo fue a venderla y se la compraron. Cuando los estafados descubrieron la patraña le rompieron los incisivos a bastonazos. Florencio Lepis, reasegurador del Estado, débil ante su deliquio coleccionístico, se guardó un estuche que contenía un pelo del pecho del general Canco de Roda, antepasado apócrifo de Julio Newton. Localizado el estuche en las intimidades profundas de Lepis, fue necesaria una dracúncula, experta cacovenusina, que dejara en su lugar un pelo anónimo. Las sustituciones suelen hacerse con rigor y sin prisa. Si los esculcadores no logran durante la fiesta su objetivo, recurren al escalo o la fractura con tal recuperar la pieza perdida. Los invitados infieles ven con espanto cómo su botín ha sido a su vez robado y sinembargo, no cesan en sus intentos; por el contrario, afianzan su tendencia recalcitrando el hábito. Marcelino Ducá, creyendo reírse de los esculcadores, logró sacarse un Sévres y venderlo a un anticuario. Esa misma noche los esculcadores entraron al local y cambiaron la pieza por la copia Newton. El anticuario, creyendo que se trataba de una filfa de Ducá, lo invitó a cenar al día siguiente y después de emborracharlo, sus esbirros lo desnudaron, lo emplumaron y lo condujeron a un lupanar de ancianas y deformes donde despertó rodeado de fláccidas vaginas dalinianas y de jetas desdentadas que se reían de su figura pajaresca. Delirante salió Ducá a las calles dejando plumas a su paso hasta que lo cazaron los radiopatrullas y lo guardaron en chirona a donde fue su madre a recogerlo con la gabardina del abuelo para cubrir las pudicias del calavera requintado. –Tiene copia de todo ése Julio. –Dicen que hasta de sí mismo.
Micos llaman en el Palacete a los invitados que llegan caminando a-la-pata-la-llana como si de repartir trompadas se tratara, o endilgar el paxtecum fuera de ágape. Dando y dispensando, haciendo bises y trices, van de bote en bote, atiborrados de prendas, atuendos, subatuendos y protoatuendos, hiperrizados al llegar, aterciopelados al salir, más lamiendo que mordiendo, a ver quién pica porque han de picar, deben picar y deben de picar. Culebras, insectos, gallináceas o cumbreras, como la Condoresa, señora de capa y espada, dada al lujo verbal, jocoseria del ven-a-ver y del tómalo-con-calma-no-sea-que-luego-tengas-prisas, de buen ver y mejor-que-mejor pasar, cabalgadora del alado, jinetera de otrora y otrosí amazona en celo, hoy de diurno, mañana hodienocturna, hebdómada sin perendengues. ¡La Condoresa! Vuelo alto y lento, magistral, majestuoso. Llegan los combos, las piaras, los rebaños, suben y bajan, entran unos detrás de los otros, multiplicándose como si los comberos se desdoblaran en otros tantos combos, cola articulada del que pone la cara. Caras de combo y combos de cuatro caras, entran diciendo: –Éste viene conmigo–. Y luego van por los salones limpiándose los zapatos con las cortinas. Llegan combos de ida y vuelta, y ponen los tacones sobre las sillas. Julio las tiene aseguradas. Las cortinas, los muebles, todo está nominalmente asegurado. Los comberos no saludan, rondan a quienes se encuentran en el salón, y luego van tres o cuatro comberos, cogen a un invitado y le dicen: –Viejito maricón. Y él les responde: –Sesudos capitanes. –Sin combo no hay festín– dicen quienes ven en ellos esperanza de palpo a carne fresca. Carno Manganilla, llamado el Gran Jurisconsulto, hizo que lo invitaran a un festín de combos. –Quiero un culito bien redondito con su florecita bien rojita y bien apretadita– decía Carno, fruyéndose lúbrico. Los comberos de aquella noche resultaron estridentes. Momo Dilabante, dos jayanes atiplados y las primas Carreruela, adolescentes vestidas de cheyenes, bailaron un danzón que puso a todos en trotes desiguales. El jurisconsulto Manganilla, al ver que los jayanes eran pura decoración emasculada y que su esposa Cuca Formero estaba entretenida en el no–digás, sofaldó a una de las cheyenes, y ambos rodaron tras un mueble y la cheyene no soltó hasta que descargó al vejete. Famoso el combo de Patroclo Asecas, pirata errollflynnesco, tuerto y barbilindo, con sus chicas de goma, oficialas del puticachondeo en plan fino-fino, que hacen las lubricias de los embajadores cuando el combo se mece entre ellos dando coba a su virtud. Todo un espectáculo. Llega el combo del pintor Cabuyales, –combo lánguido, de efebos serpentados, afrocantados y afrobaildos– y se les van los ojos a los presentes; y cuando entran en hervores, ya todos esperan ansiosos lo que venga. O llega combo de azotadores. Lenio Carcasón le dio con su látigo a Fosca Foyo un beso de fuego entre los pechos, dejándola toda albura hasta la cintura y un cardenal entre los pechos. –La cosa terminó en motel. –Dándose azotes. Génito Sedeño, el mayamero de combo y bombo, llegó a entrar con veinte, entre negros, mestizos y mulatos, a hacer un vale-que-lo-digás; pero no le dieron tiempo al número porque detectaron entre ellos pinchos, porras y sellos de políticos en ciernes; a cambio, los pusieron a bailar en el jardín, donde los afrocomberos, atrapados en la superficie de césped plástico, se desgañitaban sin que nadie los escuchara, porque dentro del Palacete todos libaban y gozaban del pudín episcopal, y se relamían las conciencias por lo pronto y tranquilo que se debate el tiempo en la memoria. Entretanto, a los comberos les lanzaron desde la azotea pollos fritos en paracaídas para que se los comieran en el prado con jolgorio de cerveza. Finalmente, a orden de timbal, sentados los prolijos en sesión, desde los balcones del Palacete, vieron danzar al combo de Génito Sedeño. Después, el mismo Julio los condujo hasta el portal, despidiéndolos con un gesto que parecía decir: –Damos puestos pero no banderas.
Gabriel Pulecio Mariño
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