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Vicente A. Vásquez B.
Soledad y Pablo ingresan al restaurante El Tiburón Sholco, buscan un
lugar apartado y ordenan un par de copas con el licor más apetecible
del lugar: Ron
Zacapa Centenario,
acompañadas de camarones empanizados.
—Pablo, como tú sabes, Lesbia me ha invitado a acompañarla durante tres días en un viaje de descanso y placer a lo largo de la costa del
Pacífico.
—Sí, lo sé. No olvides que yo las presenté.
Cómo lo voy a olvidar —se dice Soledad—, si sé perfectamente que el tal viajecito fue idea tuya y no es más que un anzuelo de Lesbia
para que vivamos una aventura inédita. ¿Inédita? Sí, por lo menos
para mí, porque todo el mundo sabe que ella ha recorrido mil veces
ese fangoso y despreciado terreno del homosexualismo.
—No lo he olvidado, Pablo, y tampoco que fuiste tú quien me animó a enrolarme en esa aventura.
Espero que ahora no se haga para atrás —piensa Pablo—. Me haría quedar mal, ya Lesbia está muy ilusionada. Y con razón, pues es un culito
de antología. Con gusto se la escamotearía a esa hueca de
porquería.
—Recuerda que tuvimos largas conversaciones sobre el amor libre y sus diferentes manifestaciones. Y en principio, con valentía,
manifestaste estar de acuerdo.
Siempre pensé —reflexiona Soledad— que nunca tendría el valor para acostarme con una mina,
como dicen los argentinos. ¿Por qué le dirán mina
a las mujeres? Será porque los paisanos del Che Guevara presumen de
trabajar dentro de ellas y extraer de sus profundidades el oro del
placer. ¡Sepa dios o el diablo!
—Sí, pero del dicho al hecho hay un gran trecho.
—Vamos, chica. No es hora para amilanarse, el yate está por soltar amarras y ella te espera.
Pero a pesar de todo —cavila la chica—, estoy aquí, con la tentación acariciando las partes íntimas de mi ser. Sí, lo reconozco, me
llama la atención experimentar, saber a qué sabe el sexo con
alguien que no me va a dejar como bandera a media asta o sea a medio
palo,
que cuando apenas estoy empezando a calentar motores ya el
incompetente minero
se consumió en su propia combustión.
—Pablo, amigo mío, es privilegio de la mujer cambiar de opinión y lo estoy considerando.
Tengo que insistir —se preocupa Pablo—, pues a Lesbia le debo que muchas patojas hayan pasado por mi petate.
—Sí Soledad, reconozco y acepto el veleidoso carácter de las mujeres, pero por favor mantén tu palabra. Todos los gastos están hechos.
Ambos personajes, entre pensamientos y palabras, continúan jugando al pimpón interno, recorriendo los diferentes escenarios de su
particular arquitectura interior.
Y luego —medita Soledad—, éste, qué ira a pensar de mí, después de que acepte ir a la cama con ese marimacho? ¿Se burlará? Bueno.
¡Qué me importa! En cuestiones de amor qué importa el género, si
disfrutas del sagrado placer del sexo. Pero…
—Déjame pensar. No me presiones.
—Mira, los seres humanos deben disfrutar de las excelencias del hedonismo, qué como tú sabes, no es más que la doctrina
que proclama que el placer es el fin supremo de nuestras vidas.
—Sí, disfruto del placer pero… —se queda pensativa.
La veo ahí, tan seria, tan circunspecta —piensa Pablo con aprehensión—, como quien no mata una mosca y sin embargo, la
percibo dispuesta a cruzar esa línea. La línea del lesbianismo. Y
precisamente con Lesbia, ¡Qué ironía! ¡Que son tiempos modernos!
¡Que el sexo ha alcanzado la mayoría de edad y que puede volar
hasta la estratosfera! ¡Huevos! Para mí sigue siendo sagrado,
cuando se trata de mi futura esposa y no pierdo la esperanza de qué
lo sea. No me importa lo que hagan las otras mujeres. Qué hagan lo
que quieran y mejor si lo hacen conmigo. Y como dijo un profundo
pensador anónimo y filósofo callejero: cada quién puede hacer de
su culo un candelero. ¡Que lo hagan! Pero sin perjudicarme.
—Soledad, la decisión es tuya. ¡Decídete!
Lo noto muy pensativo —observa, Soledad— o quizás preocupado. ¿Será que se arrepiente de haberme predicado sobre el evangelio del amor
libre y ahora que ya he levantado la mano para aceptar ese credo, se
arrepiente. Porque teme que si llego a descubrir un nuevo placer, no
retornaré a él. O serán simples celos de macho herido.
—Pero dime, Pablo, ¿acaso sientes celos?
Yo soy el que debería llevarla en el barco —medita Pablo— y al mismo tiempo remontarla hasta las estrellas en la nave del orgasmo.
Suena bonito, pero me conformo con algo más terrenal. Es cierto que
he hecho el amor meciéndome en una cama colgante y en el suave
zarandeo de los colchones de agua, pero me falta la experiencia de
coger
al vaivén de las olas o al rítmico movimiento de un tren. Darle una
nueva dimensión al simple y prosaico polvo.
De eso se trata, de experimentar una nueva sensación.
—Si. Pero te doy la oportunidad de escoger.
Bueno, de él depende —razona Soledad— que me sumerja en la aventura de ese doble embarque o me quede pisando el sólido terreno de la
heterosexualidad. ¡Decídete cabrón y señálame el camino!
—Aconséjame, tú eres el experto.
Le puedo pedir que se quede —vacila el hombre—, que huya de esa indeseable invitación. Para mí sería lo anhelado, pero temo que no
me escuche. Además, ¡maldición!, me roe la curiosidad por conocer
su libre decisión.
—Sabes, confío en tu buen juicio.
¿Cuál será la intención de este puñetero de mierda? ¿Me estará probando? ¿Acaso quiere ver hasta dónde soy capaz de llegar antes
de declararme su amor? O no me ama y sólo pretende dibujar una nueva
marca en su libro de récord. La vulgar equis que señala una
conquista más y con el agregado de haberme inducido a un
adiestramiento previo para su insaciable satisfacción. ¿O será un
simple hijo de puta disfrazado con el barniz de la educación
superior? Y yo la victima propiciatoria que ofrenda al dios de la
carnalidad.
—Bueno, saldré de aquí y tomaré mi decisión sin tu ayuda.
Ésta ya se está encabronando, se me va a escapar y quién sabe hasta dónde sea capaz de llegar. Tengo que hacer algo, pero al chilazo.
—Espera, analicemos los pro y los contra.
Ah cabrón, ya empezaste a vacilar, pronto pondrás las cartas sobre la mesa. Caerás en mis manos y sabré si me amas o no. Si sólo soy una
aventura más o pretendes llevarme al tálamo nupcial con todas las
de ley. De eso dependerá mi decisión final, porque ahora ya me
piqué y para mí las opciones siguen abiertas.
Mírame a los ojos. ¡Cabrón, mírame a los ojos! Quiero verme en la profundidad de los tuyos. En el fondo de ese pozo que refleja a tu
alma. Necesito ver que hay allí. ¿El deseo o el amor? Porque a la
postre, el acto será el mismo, pero la motivación diferente.
Pienso, luego existo. ¿Qué digo? ¡Pienso, luego me excito! Es que no te das cuenta que mis hormonas están en ebullición. ¡Arden! ¡Necesito
apagarme! Extinguir ese fuego que me consume.
Contigo, macho.
O con Lesbia.
O haciendo honor a mi nombre, en mordaz soledad.
¡Pero ya! ««
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Escritor Vicente Antonio Vasquez Bonilla
Etiquetas: Cuentos
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CRISIS DEL CAMBIO CLIMATICO
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