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Errante ando por calles langüidas con aspecto fantasmagórico. A veces el ladrido de un perro me saca un momento de mi soliloquio mental, haciendo que pierda el hilo argumental de mi desvario, sacándome de la zozobra noctámbula en la que me hayaba zambullido. Miro alrededor observo sombras macilentas que insinuando formas no acaban de concretarse, borrachos trasnochados a los que sólo acompaña su embriaguez, gatos escurridizos con miradas inquietantes, moradores de las tinieblas con ojos que todo lo ven, magreadores insaciables, drogadictos con vocación de beatas, princesas con aires de prostitutas, señores de alcurnia desposeidos de los galones por el alcohol, viejos pedigüeños con aire de idos como si su vida no perteneciera a este mundo y gitanos dueños del secreto del tiempo. Me siento en un umbral postergado por el peso de la vida, con mi cabeza apoyada en mis manos viendo pasar a los últimos montaraces de la noche, los recuerdos me golpean la sien agitados por el vino rancio de la última tasca, mis sentimientos se amontonan queriéndome salir por la boca a borbotones. Me levanto recojo mis pertrechos existenciales y parto para el hogar con la sarcástica sonrisa de los perdedores eternos.
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