Aquella tarde se ciñeron sobre mí las agüeras sombras de la muerte. Sus garras me asieron con la fortaleza de lo inevitable, prestas a darme traslado a lo intemporal, a lo intangible, a la ingravidez absoluta, a lo no existencia.
Todo mi ser se contrajo cual resorte, dispuesto a exhalar el último hálito, aflorando en mí lo primitivo, ganando terreno lo irracional, comportándome como la la bestia que no se resigna a su funesto destino. Balbuceaba, deliraba, un sudor frio corría por mi tez macilenta, indicador inequivoco del fín de mi tiempo, mi efímero vagar era concluso.
Las sombras ganaban terreno, mi vista no discernía ya, en rededor un corro de viejas me velaban, gimiendo y sollozando, como antaño lo hicieran sus madres. Los vecinos golpeaban con las consabidas frases lapidarias a los familiares que se hallaban.
La rabia iba dejando paso a la sobridad, al sosiego, a una especie de sopor que apacentaba mi espiritu resignado, harto del ardor guerrero.
Mi mente divagaba excitada, con febril fugacidad, inconexamente yendo a la deriva, tan pronto estaba en el regazo materno mecido sin que la intemperie pudiera acecharme, como me hallaba en los sinsabores de los amores de pubertad. Allí me observaba en un campo primaveral rodeado de la natura, acullá me veía en la ingente masa de hormigón soliviantado al tropezar con el gentío azorado con el vaivén de la ciudad.