El viejo saxofonista entró en escena siendo apuntado por el cañón de luz que lo empujaba hacía el suelo; encorvado y con andar pesaroso llevó casi a rastras el saxofón hasta un punto indeterminado del escenario. Allí echó una mirada tras sus gafas de sol al respetable haciendo un escrutinio rutinario, para después dándose vuelta hacía la banda chascar los dedos marcando notas imaginarias, y ésta como siguiendo reglas no escritas entró al unísono con armonía que pareciera desacompasada como cualquier gran banda de jazz que se precie. El anciano aferrándose al saxo como el naufrago a un madero, y acercándoselo a la boca emitió sonidos elegantes, naturales como si la vida estuviera construida de ellos, aterciopelados, cálidos como el abrigo en invierno, únicos y diferentes de cualquier otro conocido, reconocibles a leguas de distancia. Observándolo se diría que emanaba de él una fuerza apaciguada por el transcurso de los años, convertida en sabiduría y temple, en autenticidad austera del que se sabe perdedormuchas noches, pero a la espera de que aquella vez le toque ganar, en busca de su última gran noche.
Con voz ronca y casi ilegible se dirigió a la concurrencia, mentando viejos tiempos, quizá más verdaderos que los que se vivían en la actualidad, para posteriormente lanzarse en un solo camicace sin barreras conocidas, con tan solo la imaginación y la improvisación como cortapisas a partes iguales.
Después de dos horas de concierto abandonó el acto con la grandeza del que nada espera porque todo lo dio, sin pedir nada a cambio, braceando y así despidiéndose como si de su mujer se tratase a la hora de partir hacía el trabajo.