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Etiopía es unos de los países más antiguos del mundo y el único de África jamás colonizado, habiendo permanecido como una ciudadela fortificada. Sorprendente por sus tradiciones vivas, con la Iglesia Ortodoxa más antigua de África (mantenida cuando todos los países vecinos se pasaron al Islam en el siglo VII), sus iglesias coptas de Lalibela, una de las ocho maravillas del mundo, y si no lo es debería de serlo, los volcanes y lagos del Rift etiope, el Nilo Azul con sus cataratas de Tis Issat, las distintas etnias del valle del río Omo: hammer, karo, banna, erbore, mursi
Contrastes y sorpresas cada día.
Cuando preparaba el viaje, se agolpaban en mi mente las imágenes de una tierra reseca y resquebrajada, causante de hambrunas crónicas. El tópico pareció confirmarse cuando nos adentramos en el país por su noreste, donde la falla del Gran Rift forma un triángulo que remite al infierno de Dante, con negras tierras volcánicas que se contraponen con blancos y estériles lagos de sal. Más al sur queda el desierto del Ogadén, frontera con Somalia. Sin embargo, es una sensación efímera: a medida que se avanza hacia el sur, el desierto se transforma en sabana en cuanto aparece la valiosa hierba, el tesoro de los pastores nómadas. Su verdor dulcifica el paisaje, mientras que los lagos se alinean a lo largo de la falla hasta alcanzar la frontera con Kenia. Es la entrada a un paraíso, con una tierra fértil, agua abundante, montañas majestuosas y verdes intensos y con los pájaros más bonitos que he visto: de azul eléctrico, de alas violetas y otros de cabeza amarilla. Pronto se ven los primeros cultivos que intensifican el color del paisaje, mientras los pueblos Gurage, Sidamo o Konso alegran los caminos con sus festivos vestidos. Los hombres se dirigen a los campos con hoces y machetes y una manta al hombro. Las mujeres llevan el pelo cubierto por un pañuelo y cargan cestas sobre sus cabezas. Las mayores se encaminan al mercado y las más jóvenes van al río a lavar ropa. Algunas trajinan cántaros en busca de agua, mientras que otras acarrean leña con la espalda doblada hasta más allá de lo posible. Y de forma constante rebaños de vacas y cabras van salpicando caminos, llanos y laderas.
En el Norte, el paisaje es diferente. Altiplanos idóneos para el cereal, con mosaico de verdes y amarillos, cultivando el teff para preparar la comida nacional por excelencia, la injera, una especie de torta a modo de crepe rústico y nutritivo. Desniveles de vértigo con gargantas profundas, acantilados verticales, y recortadas sobre el horizonte aparecen las montañas Simien de más de 4.000 metros de altura. Gigantescas, se nos presentan magníficas a la luz del sol y, a pesar de ello, no recuerdan en absoluto a los nevados Alpes, Andes o al Himalaya. Son unas montañas bellísimas, de piedra erosionada por el viento, que pocas veces conocen la nieve. Todo alrededor se sume en silencio, pero basta detenerse al borde del camino y mirar alrededor para observar míseras chozas y cabañas de barro con techo de paja sin agua ni luz, y aguzar el oído. Allá a lo lejos se oyen voces agudas y monótonas, son voces de niños que, desparramados por las lomas circundantes, vigilan rebaños, siegan hierba para el ganado y corren a toda prisa cada vez que ven a un faranji , es decir a un extranjero de raza blanca para pedir un birr (moneda etiope), caramelo, botellas de plástico o un bolígrafo.
Mis mejores fotos se quedan en mi retina y en la piel llevo la mirada de esa raza a la que el sol les ha sonreído y tostado la piel. Y en estas estamos cuando llegó el 8 de Septiembre, nochevieja en Etiopía según el calendario juliano que divide al año en 13 meses y daba la entrada a un año nuevo 1999 (encima aquí me quitan años). Mientras tomaba una taza de un delicioso café etiope, cerré los ojos y escuché las notas del pasodoble Islas Canarias, que resonaban en la plaza de mi pueblo y entonces dije ¡Viva la Virgen de Esparias¡ ah, pero si es 8 de septiembre, pues ¡Viva también Extremadura! Todavía era de noche, pero se aproximaba el momento más maravilloso de África: el alba.
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