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Hoy es sábado 12 de Julio de 2008. Formo parte de las generaciones de seres humanos que vivirán en dos siglos y además tan rápidos, intensos y convulsos en su evolución que probablemente los que vivimos nuestros tiempos pasaremos a la historia como el ejemplo por excelencia para ilustrar la capacidad de adaptación de la especie humana. Esta evolución no está exenta de sufrimiento y desorientación. Ese futuro dorado que algunos escritores y la ciencia ficción norteamericana de los años 50 nos habían prometido se ha quedado en nada. Nuestro presente en el siglo XXI se parece más al decadente vacío, caos y desesperanza reflejado en la obra “cyperpunk” de William Gibson, donde ya no hay gobiernos ni religiones sino el poder de las multinacionales. Cualquier entendido o amante de la historia podrá afirmar que la humanidad puede avanzar y retroceder de igual manera. Que salvando el entorno espacio temporal y las circunstancias parece ser que tendemos a “caer siempre en la misma piedra”. A veces pienso que está en la naturaleza humana y sus pasiones cometer los mismos errores una y otra vez. Pero también creo que las fuerzas de causa efecto y el devenir de la historia podrían ser más fuertes que nuestra voluntad. Esta última afirmación nos llevaría al determinismo, a manifestar que ciertos acontecimientos y consecuencias son inevitables.
Oswald Spengler publicó “La decadencia de Occidente” en julio de 1918.
(1) “Se puede afirmar que entre los historiadores, ''La Decadencia de Occidente'' es un libro condenado; se ha acusado a su autor de ''dilettante'' (periodista metido a filósofo de la historia), de determinismo (cuando este concepto ha sido manejado como positivo en el caso del materialismo histórico), de eurocentrismo, y, peor aún, de tener una óptica teutona en la línea que daría lugar poco después al nazismo. Cuando el libro se editó por vez primera en español, traducido por García Morente y con prólogo de Ortega, poco después de su aparición en alemán, la valoración fue bastante distinta: se trataba de un esfuerzo enorme para explicar la historia reciente de Europa, tan trágica y absurda al parecer dentro de un esquema totalizador de la historia humana y aun de ésta dentro de la condición humana. El libro fue acogido con seriedad y respeto, no en vano se apoyaba en autoridades del pensamiento tan prestigiosas como Goethe, Nietzsche o Schopenhauer; y el pesimismo que destilaba la obra concordaba muy bien con la perspectiva que muchos intelectuales europeos tenían. ¿Qué es lo que Spengler dice y sabíamos que decía? Pues que la Historia Universal no es la Historia de la Humanidad, sino la historia de una serie de unidades culturales que, aun entrando en relación entre ellas (relación de espacialidad, interactiva, y relación de temporalidad, de sucesión) tienen su propia dinámica a partir de un elemento configurador, que hace a cada cultura específica y distinta; es una suerte de alma o de mentalidad; así, caracteriza a la cultura grecorromana (Antigua, dice él) como desprovista del sentido temporal, ahistórica, cosificadora, temerosa de la infinitud; a la cultura que llama árabe (tardorromana, del Próximo Oriente, semítica) le ve un sentido mágico, religioso trascendente, donde lo político y lo teológico se fusionan (como se ve en el Islam y en el cristianismo oriental). A la nuestra, la Occidental, la concibe como fáustica, entendiendo por tal la perspectiva temporal, la comprensión del infinito, la descosificación del espacio, la fuerza, el dinamismo creador como elementos determinantes. Habla también de otras culturas (egipcia antigua, china, india, egea, amerindia), con afinidades y discrepancias parciales entre sí y con las anteriores.
Lo que verdaderamente resulta original es la afirmación de que toda cultura (gran cultura, no cultura primitiva o culturilla) tiene una trayectoria ''vital'', como los seres humanos; en esa trayectoria llama ''civilización'' a la fase final, de madurez y decadencia, pero al mismo tiempo de realización plena de su destino. Así, pasa revista a las distintas culturas para observar ese punto final, a veces largísimo (en la cultura grecorromana sería el Imperio romano desde Augusto) y ello le permite situar nuestro tiempo, dentro de la cultura occidental, en el umbral de esa etapa de civilización; después de una fase (que Toynbee llama de ''tiempos revueltos'' y Spengler no define exactamente), que es de lucha, de ruptura de formas, de voluntad personal de líderes (aquí está en parte la prueba de su ''maldad'', ser agorero del despotismo demagógico), se llegará a una ''pax romana'' que será el fin de la evolución particular de esa cultura devenida civilización. Para Spengler, el fin de la Primera Guerra Mundial, que coincide con el momento en que termina de escribir su libro, abre un período de inestabilidad que se cerrará a finales de siglo o principios del XXI con la aparición de esa civilización occidental que puede durar luego centenares de años, pero que ya no se revitalizará. De ahí el título del libro, tan equívoco sin embargo. No significa que otras culturas que ha empezado otra fase en nuestra historia, la historia de Occidente, la superen ahora a la nuestra, y la decadencia no es de poder, sino de voluntad.
No podríamos entender el estado actual de las cosas sin analizar las profundas consecuencias que el sistema económico liberal ha impuesto sobre la humanidad. La era del capital no supera los 300 años, una insignificancia si consideramos la duración de otros sistemas económicos de antaño. Aun así nos han hecho creer que es el mejor y el único sistema posible. Parece ser que nuestra mortalidad nos predispone a una total falta de previsión y proyección en el futuro. El actual entramado económico y financiero es un ente depredador. Es pan para hoy y hambre para mañana. Una riqueza que no este basada en el trabajo sino en mera especulación y arbitrariedad no puede ser real y constructiva. Que ocurrirá cuando todos los países en vías de desarrollo alcancen todo su potencial industrial. Donde iremos a explotar para alimentar al monstruo. Y lo que es peor para los vampiros liberales quienes serán sus consumidores cuando hayan arrasado con todo y con todos. La globalización ha sido la peor consecuencia sin lugar a dudas. Para un sistema económico global la uniformidad social es el mejor de los escenarios. Conseguir un perfil global de consumidor hace que los costes de control, promoción, marketing y atontamiento sobre las masas sean más bajos y sencillos. La diversidad étnica y cultural multiplicaría sus necesidades de análisis y sometimiento sobre los pueblos. Sin embargo sus niveles de cinismo e hipocresía no tienen límite. Personalmente encuentro nauseabundo y vergonzante ver anuncios publicitarios de multinacionales de telecomunicaciones y energía donde propugnan “estupendos valores” de hermandad universal, ecología y buena onda. Eso sí, todos lo lunes por la mañana se ocupan de presionar y amenazar a los gobiernos de todo el mundo para que no se les ocurra permitir a sus ciudadanos usar más energía alternativa que la que a ellos les venga en gana. Para muestra un botón: una reciente ley de vivienda obliga a instalar paneles solares en todos los edificios nuevos pero también estipula que, aunque vivas en el desierto de Almería, sólo puedes usarla para cubrir el 30 % de tu consumo. Nuestros gobiernos son marionetas en manos de esta gente. La democracia es una obra de teatro. El mayor espectáculo del mundo. El pueblo ya no tiene ningún poder en cuanto a que ha sido reducido a una masa consumidora. La perdida de valores que el sistema ha provocado ha generado unas cotas de infelicidad y vacío emocional sin precedentes. La identidad de los pueblos, el arraigo cultural, la tradición y la autoestima son pilares fundamentales para una buena salud general de los individuos y las sociedades. Pero un estorbo para el control absoluto de los entes globalizadores. Ser diferente está mal visto. Y la trampa está también diseñada que estamos sucumbiendo al “soma” proporcionado por estos elementos destructores a través de los medios de comunicación y los entresijos de la economía global. Estas fuerzas son muy poderosas y altamente manipuladoras. Personalmente reflexionando sobre la inmigración he llegado a la conclusión de que es altamente negativa tanto para el pueblo nativo como para los sujetos inmigrantes. Desde la prensa y telediarios nos dicen que el país necesita inmigración, que es positiva y necesaria. Sin embargo son obvias las consecuencias que la inmigración conlleva: choque cultural, desestabilización, retroceso, falta de arraigo en los inmigrantes y sus consecuentes problemas psicológicos e identitarios que evolucionan a comportamientos antisociales, violencia. Como ejemplo podría sugerir la adopción de valores latinoamericanos altamente retrógrados por parte de los adolescentes españoles que se agarran a algo que llega de fuera porque ni siquiera saben ni conocen las bases de su propia cultura. Y eso es porque el sistema ha considerado a este grupo cultural un nuevo nicho de consumidores y está alentando y marketizando los elementos mas nocivos de su cultura. Los medios no mienten. En efecto la inmigración es positiva para el país, pero no para la gente. Es positiva para el capital y el PIB. No hacen falta más trabajadores, lo que quieren es disponer de trabajadores que trabajen por mucha menos retribución y así alimentar a los vampiros mientras el pueblo sufre a nivel de calle, cultural y psicológicamente las consecuencias. Particularmente pienso que los estados tienen poder para frenar cualquier entrada de ciudadanos extranjeros si así les conviniese pero en el fondo para el capital la inmigración supone una sabrosa inyección de esclavos frescos. El empobrecimiento cultural y la uniformidad que el mestizaje conllevará a los pueblos será la caída final y absoluta de la voluntad individual e identitaria. Hacen falta unos valores muy fuertes y arraigados para hacer frente al inmenso poder del sistema liberal. Actualmente los valores del nacional socialismo podrían ser muy útiles para frenar esta tendencia y de hecho Europa está girando hacia ideologías de corte ultraderechista. Pero hay que ser realistas. Mientras en el mundo queden pueblos y países que no tengan su propia estructura, riqueza y dignidad y no puedan implantarla en sus propios territorios, seguirán viniendo y todos saldremos perdiendo. Personalmente me pregunto si esa decadencia de la voluntad de la que habla Spengler es irrevocable y no nos queda más remedio que dejarnos llevar por lo inevitable. Sin embargo no me resigno a tirar la toalla y creo que el nacional socialismo es la respuesta ideológica que podría ser uno de los pilares de la transición en el tiempo del sistema actualmente decadente hacia otro orden que sin duda surgirá en el futuro. Aún así nos aguardan tiempos complicados. Es imposible en un corto periodo de tiempo acabar con el liberalismo global, aunque su caída es fundamental para el resurgimiento de una época más digna para el ser humano. Los países más afortunados podríamos blindarnos en fortalezas e instaurar nuestras propias reglas pero a la larga no sería tan sencillo ni realista. Por lo tanto, lo primero es la concienciación y restauración de los valores naturales en las personas. Esto parece casi imposible pero siempre, en todas las épocas ha habido personas que se han cuestionado lo establecido y han plantado las semillas para el cambio. No es fácil vivir contracorriente pero es necesario, el mundo nunca habría avanzado sin ese tipo de personas. Lo único importante es tener el valor y la fe de luchar por algo que quizá no vivas para ver. Pero todo es empezar.
Lux
Referencias:
(1) Ensayo consultado en la red:
http://personales.ya.com/rpmg/cga/libcomhis/node6.html
“La decadencia de Occidente”
Oswald Spengler
“Un futuro incierto: Orden público, seguridad nacional y cambio climático”
Chris Abbott, Oxford Research Group
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