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Sentidos Opuestos
Era un martes. Uno frio y con el aire seco. Respirar en el santuario era como meter la cabeza en la nieve. El santo de Aries lo sabía, porque había estado todo el día fuera, visitando las tumbas de sus antiguos camaradas.
Suspiró y miró al cielo. Un crepúsculo umbroso. Con escasas estrellas titilando a lo lejos. Silencioso, como si todos durmiesen en un sueño profundo y acogedor. Entrecerró los ojos y en medio de la penumbra de brisas gélidas; dejó escapar de entre sus labios una oración rogando protección a los Dioses. Un poco de clemencia para sus amigos aún vivos, y abrigo en los avernos para sus camaradas ya caídos.
Los caballeros de bronce hacia poco habían partido a Asgard, a luchar con fervor para proteger la tierra y a la diosa. Por ellos también pedía.
Pasos huecos y presurosos acercándose desde el fondo del pasillo le pusieron alerta. No giró para encarar al recién llegado, pero, a su favor, oteó receloso por el costado derecho; luego simplemente volvió a mirar el cielo.
Contempló las parcas estrellas desde el alfeizar, la mirada esmeralda y ensombrecida se atenuó aún más bajo el yugo del nebuloso firmamento. Todavía no era capaz de asimilar que había estado feliz de la sentencia que el propio Saga se había impuesto ante Athena tiempo atrás. Uno inesperado, uno con el que el verdadero géminis no debía extinguirse, porque solo había sido la figurilla de un dios loco sediento de sacrificios, y el blanco de dolor que Kanon necesitaba para saberse vivo.
Un destino peor que la muerte y que ya no importaba. Que a nadie le importaba, porque demasiado se había llevado consigo.
Ahora el antiguo guardián de géminis yacía enterrado bajo paladas y más paladas de tierra impregnada de sangre, dolor, de fantasmas. Y sinceramente no sabía si reír o arrancarse el corazón con la mano.
El odio se enconaba en el pecho, el odio mataba, el odio convertía el pasto en fango y el cuerpo en ceniza; una brasa que carcomía poco a poco todo a su paso con una demencial lentitud. Porque era la profundidad oscura de un corazón. La risa nerviosa que protegía el alma del dolor.
No había más opción, a final de todo solo existían dos senderos claros tras su puerta, uno más miserable que el otro: era la sed de venganza o el llanto incontenible. Sin embargo, en la vida de un santo el llanto no era nunca una opción de orgullo.
—Mü.
Se dio vuelta, pasmado. Una mirada tan afilada como la hoja de un árbol. Paradójicamente al reconocer a dicho intruso su expresión se calmó, incluso permitió translucir lo abatido que estaba.
Observó cauteloso la figura de Kanon. No se esperaba que después de todo lo sucedido en el santuario, con ellos, con sus amigos, con Athena. Este le buscaría tan rápido. Menos él, el traidor, el que en su tiempo había movido los hilos en toda esa macabra obra.
—Kanon…—La voz vibró de hostilidad—. ¿Qué hace la estrella maligna de géminis en el santuario? ¿Visitas a tú hermano?
Giró la cabeza hacia las cortinas que remolineaban en el ventanal abierto, filtrando por la seda los escasos destellos plata de la luna. No deseaba verlo.
Kanon se puso una mano en el pecho y cerró los parpados. Inclinando la cabeza, permitiendo que las hebras de cabello zarco electrizante cayeran sobre la húmeda armadura que le recubría. La sal revistiendo el brillo, corroyendo la poca luz que la oscuridad de la tarde le otorgaba.
—Mü…—Caminó hacia él.
— ¿Sí?
—Perdóname.
— ¿Perdóname?—repitió de pronto—. No hay nada que perdonar, deberías saber que somos libres de brindar opiniones y que solo quienes las llevan a cabo son culpables de sus actos.
—Yo incité la oscuridad en Saga.
Kanon titubeó, ligeramente, acortando la distancia que se interponía entre su cuerpo y el del santo.
—Sabía desde un principio todo lo que acaecía en la mente de mi hermano, si había alguien que conocía a la perfección el descontrol que le dominaba, la oscuridad que luchaba por mantener a raya. Ese era yo.
— ¿Y? ¿Quieres decir algo que te ayude limpiar tu imagen, acaso? Porque si es así no lo estas logrando. Solo escúchate, Kanon.
—Lo hago. Y no me arrepiento de nada, tú no lo sabes, Mu, no sabes ni sabrás jamás lo que es ser la otra cara de géminis. ¡No tienes ni la menor idea de lo desgraciado que te puede hacer! ¿Para qué existir, entonces? ¿Para vivir en la espalda de mí hermano? ¿Para barrer las hojas en su paso mientras él se vestía de gloria? Mientras niños con mucho menos valor de guerreros se convertían en santos y yo seguía siendo nada. ¡Por unas malditas leyes basadas en creencias absurdas!
— ¡Escúchate! por Athena, tu odio no tiene límites. ¿Acaso ahora eres feliz, Kanon? Ahora que Saga está muerto, que mi maestro está muerto, que muchos de los que fueron nuestros camaradas lo están.
Un espasmo calcinador se esparció por todas sus extremidades. No le había mirado a los ojos, porque entonces la culpa terminaría por desvariarlo. Tantas lunas, tantos sucesos; y era el recuerdo de esos ojos esmeraldas el que enterraba su alma cada día más profundamente en un averno en vida.
Mü se dio la vuelta, lo miró, quitó toda distancia que pudiese interponerse entre las siluetas de ambos y refregó las yemas su mano derecha contra la piel bronceada de la mejilla del mayor, trazada de durezas, líneas que se extendía desde el borde del mentón hasta el contorno de los pómulos enjutos. Depositó una ligera caricia sobre el vello oscuro que cubría el contorno del hueso.
Kanon observó que los ojos verdes estaban fijos nada más que en el espacio vacío de la habitación. Las pupilas observaban melancólicamente. Arrugó el entrecejo Una caricia diestra le acarició el pecho sobre la armadura, tacto suave, excitante, las uñas se clavaron ensañadas sobre el metal de uno de sus pectorales, tan enajenadas que su agarre violento le obligó a separarse y abrir los ojos que en algún momento, sin darse por enterado, había cerrado.
Se encontró de lleno con la expresión de furia que Mü no había logrado replegar.
—Yo amaba al Kanon que conocí antes de que todo se volviera un caos. Al Kanon que a pesar de todo se había mantenido férreo. Optimista, a ese cuyo destino aún no marcaba sus actos. ¡Al amable y orgulloso! Pero ese ya no existe. — Kanon mantuvo la cabeza pegada al pecho. Lagrimas pugnaban por abandonar las pupilas de Mu—. Ahora si me disculpas, debo regresar a mis labores y te pediré que abandones Aries en este instante, porque si lo has olvidado, eres un traidor. Y créeme, las ganas de enviarte con tu gemelo no me faltan.
Antes de que lograra terminar de enderezarse, las manos húmedas del general marino se habían aferrado a su antebrazo. Se quedó estático. Aguardando por la voz neutral del gemelo menor. De aquel hombre que se había robado su corazón hace ya tantos años.
—Nunca serás capaz de perdonarme ¿verdad? — Le permitió al lemuriano observar una de sus sonrisas, ya casi extintas, pero era nada más que un gesto muerto, lleno de flaqueza y piedad
Negó sutilmente. Cuya acción hizo que sus largos cabellos lacios danzaran frescamente por el espacio vacío. Kanon entornó ligeramente los ojos ante la negativa de su antiguo condiscípulo. Los dos ovalados y armoniosos puntos rojos que coronaban la frente de Mu se tocaron entre sí por breves instantes.
—No vallas, cuando sea el momento de que Athena se enfrente a Poseidón.
—Lárgate, Kanon.
— ¡Mü! Te lo pido, solo no hagas nada. Solo no intervengas, porque entonces tendré que matarte. Júramelo.
— ¿Qué quieres que haga? Sentarme en una silla a observar el panorama, hacer oídos sordos y vista ciega, cuando vea que un sinfín de gargantas, yacen cortadas y esparcidas alrededor de nuestros camaradas.
—Sí.
—Vete.
Los ojos esmeraldas del general marino brillaron con bravura. Abrió la boca lentamente. Se volvió furioso hacia Aries. Oprimió los dientes, tensando la mandíbula, queriendo escuchar el sonido del hueso al romperse. Pues su rencor y martirio era demasiado. Y no, no permitiría tal trato, pero tampoco acariciaba la idea de mitigar sus frustraciones con el hombre que tenía cerca. Suficiente daño ya le había causado al desafortunado.
— ¡Júralo! —bramó, ya angustiado —. No te atrevas a enfrentarme, porque te matare, lo sabes, será mí deber, se convertirá en parte de mi plan y lo llevare a cabo aunque mi propia alma se valla contigo— farfulló, no queriendo oír una negación más por parte de Aries.
El lemuriano sintió que la sangre se congelaba en sus venas por el movimiento de esas facciones rígidas. El rostro inclemente de Kanon denotaba todo el disgusto que sentía en aquellos momentos hacia sí mismo, pues había jurado eterna fidelidad a un dios ajeno en un momento de debilidad, porque la batalla que se avecinaba en el horizonte no era nada más que el resultado de sus ambiciones. El precio justo que debía pagar. Porque todo lo que se hace tiene consecuencias.
—Solo vete. Armaste tu futuro, Kanon, déjame a mí armar el mío ahora que lo he perdido todo, que me lo quitaste todo. Perdí a mi maestro, amigos, a quien me amaba y quien me ama puede estar vivo, pero para mí está igual de muerto que el resto.
Tragó dificultosamente. Retrocediendo instintivamente unos cuantos pasos. Desvió la mirada saboreando la bilis que rugía en su estomago y palpaba su lengua. Solo bastó el movimiento de sus brazos dibujando el aire y desapareció del templo rumbo a la soledad de las aguas, a continuar alimentando el odio.
Mü observó los pies abrigados de oro abandonar su habitación en un centelleo, fue entonces, que cayó al suelo y hundió un puño contra el milenario piso de piedra marga.
Ausencia. Mu odiaba las ausencias, porque todo lo que había amado y querido ya no estaba. Prefería llamarles de esa manera y no muertes, porque entonces el dolor se enredaba con mas ahincó y la carga en su pecho triplicaba su peso.
Recuerdos, anhelos pasados que de vez en vez regresaban a la superficie de su alma para atormentar los minutos.
"Gimió, lo hizo una y otra vez ¡considerables veces!
La caricia de una lengua humedeciendo la línea media de su pecho le hizo traer de vuelta la cabeza. Unos labios besando con arrebato la firmeza de su abdomen le robaron más jadeos. De pronto, volvió a sumirse en las imágenes de su mente, en esos ojos únicos tras los parpados fuertemente cerrados por la violencia del placer. En la luz amarillenta cruzando las nubes en pleno atardecer. Peces en medio de una noche nubosa y azul. Una luna plata. El aroma…sí, el aroma del mar fresco sobre la arena. Nada tenía sentido, pero era así.
Un gemido más fuerte huyó lejos de su garganta ante la saliva que humectaba el centro de su cuerpo. El cosquilleo intimo sobre el ombligo, el movimiento elíptico de la punta porosa que se presionaba hondamente contra ese enigmático agujero en su vientre. Le gustaba mantener los ojos cerrados, sellados. Pues el negro que veía sin ver, era la mescla de todo, el negro lo era todo. El blanco era el inicio. Y aún no tenia completamente claro el todo de lo que sucedía en ese preciso instante.
El gemido ronco de su compañero lo excitó aún más. El ruido de un botón luchando por abrirse tortuosamente. Las sabanas blancas friccionándose acaloradas, húmedas; como si le hubiesen arrojado una cubeta repleta de agua. Apretó la tela bajo sus manos sudadas. Se mordió los labios con tanto ímpetu, que un hilillo rojo se perdió por una de las comisuras, recorriendo el mentón, surcando el cuello y tinturando los mechones lilas desparramados bajo su espalda.
Las caricias masculinas y recias sobre las ingles le regalaron una tormenta de temblores incontenibles. Las mejillas ardiendo por la lujuria. Sus piernas se abrieron bajo las manos enormes y rasposas de quien le besaba. Exhaló el aire hirviendo de los pulmones cuando la punzada eléctrica recorrió toda la extensión de su espina dorsal, provocada nada más que por el miembro bronceado que se enterraba en la palidez de sus glúteos una y otra vez."
Había notado el aroma que se desprendía de Kanon con la cercanía de hace unos minutos. De hecho, lo había notado muchos años atrás, la primera vez que se dieron la mano. Porque simplemente era la esencia que le pertenecía al menor de los géminis. Olía a mar, gustaba a mar, reflejaba al mar.
Era algo impredecible y que en un descuido fácilmente podía arrastrarte a la muerte.
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