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Llama las cosas por su nombre.
No bien había llegado a su departamento cuando Kanon lo había acorralado contra la pared con una lujuriosa sesión de besos que pronosticaba un desenlace explosivo y orgásmico sobre la mesa, en el mueble o la alfombra de la pequeña sala. Y ciertamente accedería, si no tuviera que entregar su tesis el día de mañana.
—Kanon, no…—le pidió, tratando de apartarlos con sus manos aunque sus labios tenían sentido común propio, persiguiendo los griegos casi con la misma desesperación.
—Quiero tu bicho—le susurró el mayor acariciando la entrepierna del joven sobre su jeans. El rubio gimió.
—Tengo, tengo trabajo que hacer…
—Será rápido—ya conocía el rápido de Kanon. Era ponerlo a punto de ebullición en variadas ocasiones, al punto de maldecirlo con su lengua madre para luego tenerlo en un constante trabajo de perforación hasta que aquel se cansara. No le convenía en nada.
—Déjame terminar el trabajo…—y paso su mano sugerentemente por la entrepierna del otro, cubierta con un mínimo short y notando que sí, estaba preparado para unas cuantas rondas. La apretó entre sus dedos y le mordió el labio inferior—. En la noche te prometo un coso para este bicho.
Contento con la promesa, el griego le dio el espacio que necesitaba.
Horas después, Shaka necesitaba respaldar la información de su tesis en su memoria portátil, un aparato de tan solo un centímetro color negro y que podría perderse en cualquier parte. Buscó por el escritorio de su computador, por el librero e incluso por el cuarto donde Kanon jugaba muy entretenido videojuegos, moviendo todo de un lado a otro, topándose con lubricantes y condones por doquier.
—Kanon, ¿no has visto mi memoria portátil?—el griego estaba perdido en su mundo. Terminó tirándole un cojín para que le prestara atención.
—Mierda, Shaka, ¿qué quieres?
—Necesito mi memoria portátil, ¿la viste?
—El bicho ese lo vi en la cosa de los libros.
—Ya vi en el librero y no está.
—Claro que sí, lo vi hace rato, estaba al lado del bicho de medicina, con el coso de los fósforos—el rubio frunció su ceño, confundido.
—No entiendo Kanon, al lado del libro de medicina, ¿con qué cosa de los fósforos? ¿El cenicero? ¡No tenemos cenicero!
—¡Por allí anda! ¡Busca!—y el rubio siguió buscando, cerca de los libros de medicina, de historia, biología, por los retratos y detrás de un peluche de perro que Kanon tenía como su alma gemela. Nada.
—No está.
—¡En el bicho de los fósforos!
—¡Cual maldito bicho de los fósforos!—exclamó histérico el rubio—. ¡No tenemos ningún bicho de los fósforos!—y el griego se levantó rápidamente, tomando un pequeño muñeco de cerámica que representaba a un africano con una cesta en brazos, donde, irían las cajas de los fósforos, solo que en el departamento no usaban los fósforos. En dicho compartimiento se deslizo el aparatico. El griego se lo puso en la mano con la molestia tatuada en la frente, cosa que no mitigaba la del rubio—. ¿Qué te costaba decir adorno de cerámica? El africano, el muñeco negro, ¡cualquier cosa a coso de los fósforos!—refunfuñaba el rubio camino al computador.
—Te dije que el coso de los fósforos. ¡Ese es un coso de los fósforos!
—Llama las cosas por su nombre, ¡por el amor de Athena!—gritó el rubio sentándose en su asiento y conectando el dispositivo. El griego no pensaba quedarse quieto. ¿Lo trataba como ignorante acaso? ¡Sería medio lento pero no ignorante!
Una idea maliciosa se le atravesó en la cabeza y se dispuso a ejecutarla al instante. Se acercó por detrás del rubio, colgándose de los hombros y buscando su oído, le susurró:
—Pues, tengo ganas de lamerte el ano hasta que se dilate y así meter mi enorme pene, empezando desde el glande, hasta que esté completamente dentro y mis testículos choquen contra tus glúteos. Te penetraría tantas veces hasta conseguir el ángulo idóneo y acariciar tu próstata con mi pene, mientras que con mis dedos te acaricio los testículos y la sensible zona del perineo, excitando tu escroto; luego subiría desde la base a tu glande para irme mojando con tu líquido pre seminal hasta que eyacules en mi mano ¿quieres?
Para cuando terminó su explicación el rostro de Shaka reflejado por el computador estaba en tono carmín, asombrado y excitado demás. Le dejó un sonoro beso en el oído para después levantarse con una sonrisa en labios.
—¿Mejor así, Shaka?
¡Maldito griego! Pensó Shaka para sus adentros, había olvidado que si había una materia favorita de Kanon era la anatomía.
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