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Lienzo de Guerra (Cap 27) 21-Jul Lienzo de Guerra (Cap 27) 21-Jul (0.396 s)

Lienzo de Guerra (Cap 27) 21-Jul

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Online AkiraHilar
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Lienzo de Guerra (Cap 27) 21-Jul

Resumen: El reino Alhenas ha invadido al reino de Auva, donde Asmita de 20 años y Shaka de 5 años son príncipes. Defteros como príncipe de Alhenas ha conquistado el lugar, matando a los reyes y los príncipes en la huida fueron atrapados por el general Aldebaran del reino de Alhenas. Como esclavos de guerra son enviados hasta la capital de Alhenas, donde Aspros, el rey, toma a Asmita como esclavo real y viendo el estilo de vida que debía soportar, ayuda a sacar a Shaka del lugar. Veinte años más tarde, luego de 5 años de una revuelta que destronó a los verdaderos reyes y donde Youma de Mefis se hizo cargo del reino, después de ser invadido por el Rey Aioros del Rukbat; Shaka ahora lidera una revolución en busca de devolverle el trono al verdadero heredero, Saga, hijo de Aspros, de quien se desconoce su paradero desde la revuelta. Por ello el pueblo lo aclama, diciendo que Asmita ha regresado para devolverle la paz al pueblo de Alhenas. ¿Qué sucedió en esos veinte años? ¿Por qué Shaka esta peleando por restaurar el reino que destruyó el propio? ¿Y que fue de la vida de Asmita como esclavo real? Partes: La Venganza de Asmita (Cap 01 al 25, Gaiden 01, 02 y 03) La Justicia de Asmita (Cap 26 a ??) Gaidens: LGD (Gaiden 01- DefterosxKardia): Esta es el POV de Kardia. ¿Cómo llegó al ejercito? ¿Qué es lo que lo ata al príncipe Defteros? LGD (Gaiden 02 - DMxShaka): Esta es el POV de DM. ¿cómo conoció a Shaka? ¿Qué es lo que lo ata a la revuelta y al antiguo príncipe de Auva? ¿Cuál es el lazo de su relación? LDG: Gaiden 03 (Kardia x Shaka): POV de Kardia. ¿cómo fue que logró despertar el odio de Shaka? ¿De qué forma despertó asi el fuego de venganza de Auva?

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Principales:  Asmita, Defteros, Aspros, Saga, Kanon, Mu, Shaka, DeathMask, Afrodita, Kardia, Degel, Milo, Dohko, Shion, Camus, Manigoldo      
Pareja principal: Sorpresas  Parejas secundarias: Defteros x Asmita, Saga x Asmita, Aspros x Asmita, Deathmask x Shaka, Saga x Shaka, Camus x Milo, Manigoldo x Shion, Aioria x Shaka, Kanon x Mu, Degel x Kardia, Dohko x Shion, Sisyphus x Regulus
Tipo:  Yaoi, Romance, Angst, Violencia, Guerra, Tragedia, Suspenso, Intriga, Universo Alterno. Clasificación: NC-17  Advertencias: Incluye lemon, violencia, muerte de personaje y rape
Estado: En proceso   Ultima Actualización: 21 / 07 / 11   Autor: Akira Hilar 
Razon: Me provoco xd Dedicatoria: Karin, Stardust, athena_Arianna y Alechan. ¡Gracias por su apoyo chicas! Comentarios adicionales: Este es mi nueva propuesta de un Universo Alterno. Espero que les guste y me dejen sus reviews.

Ligo personajes The Lost Canvas y Saint Seiya. No es un crosorver porque pertenecen al mismo universo, pero los personajes The Lost Canvas tendrán más edad que los de Saint Seiya original.
  Los nombres de las ciudades y paises estan basados en las estrellas de las constelaciones de los reyes. En este caso el reino de Asmita y Shaka en estrellas de virgo y el de Aspros y Defterso en estrellas de Géminis.

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Online AkiraHilar
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Lienzo de Guerra

~La Venganza de Asmita~

Capitulo 1: La base del Odio

Cabellos de oro, ojos de cielo, con el brillo de dos zafiros incrustados en piel de marfil. La belleza que engalanaba a los reyes y príncipes del reino de Auva sólo era comparable a la riqueza y prosperidad de su pequeño reino. Ominando las colinas verdes y hermosos lagos azules, entre los sembradíos de trigo, musgo y maíz, especias varias y criaderos de diversas aves, el reino azul de Auva se erigía como una de las más maravillosas potencias ecológicas y naturales del continente. Hermosas edificaciones hechas de barro blanco para los ciudadanos y mármol para la corona, se levantaban en ciudades amuralladas que a pesar de ser reservas militares, estaban diseñadas con una belleza extraordinaria que daba culto a la luna, su máximo dios. En las noches de luna llena donde se vestía de oro, se realizaban festejos donde todos compartían lo recolectado de sus siembras y los reyes entregaban obsequios a los más necesitados. Una nación pacífica, que vivía de la siembra y la caza, comerciaba especias y adoraba a dioses. Una nación pequeña, santa, pura, tal cual como los herederos de la corona… Una nación que como virgen fue vejada…

El rechinar de los caballos y el sonido de los galopes lo tenían asustado, sujetándose con fuerza del manto zafiro que cubría el cuerpo de su hermano mayor. Sus expresivos ojos azules eran resguardados con fuerza por sus parpados, enmarcados con espesas pestañas hermosas. Su cabello dorado estaba sujeto por una trenza gruesa que daba vuelta sobre su cráneo, sostenida por un bastón de oro adornado de zafiros. Su pequeña cabeza se apegaba al pecho del mayor, con sus manitas blancas más pálidas ante la presión que ejercía a la gruesa tela buscando resguardo. Sólo cinco años… sólo tenía cinco años y no entendía que estaba ocurriendo, ni porque razón… mucho menos que sucedería con ellos sino obedecían a sus padres.

El cuerpo temblaba. Un vacío en el estomago era indicio de que ya tenía más de nueve horas sin comer. La sequedad de su garganta por sed y por temor le obligaba a abrir la boca y buscar inútilmente enjugar sus finos labios rosados con la lengua, para tratar de tener algo de alivio. Su cuerpecito de tan sólo un metro de alto estaba convertido en un ovillo de miedos y dudas, abrazado por fuertes brazos blancos, sujetado con toda la fuerza posible junto con la calidez de ese cuerpo que se le antojaba seguro. Ese era su refugio. Estaba seguro que de ninguna manera podrían hacerle daño mientras él estuviera allí. Esa era la seguridad del pequeño príncipe Shaka, quien veía en su hermano mayor y próximo rey, Asmita, su salvador, su protección, su resguardo. Siempre había sido así… siempre Asmita lo protegía de todos… siempre él lo cuidaba.

El paso de una decena de caballos acercándose lo alarmó y como respuesta se apegó más a ese manto azul, sintiendo como los brazos lo apretaban aún más a su cuerpo, el cuerpo grande, fuerte y caliente de su hermano mayor. El tintineo de la campana al final cedió y gritos voraces adornaron la escena. Escuchó golpes de hierro entre ellos, rechinar de caballos, pasos veloces y aquella carroza que era conducida con mayor rapidez. Las piedras hacían que esta saltara y de temor, Shaka se aferró con aún más fuerza, no queriendo abrir sus ojos, obedeciendo la orden de su hermano de mantenerlos cerrados. Alaridos de dolor y gritos de guerras fueron la coral que los rodeaba y en un momento dado, sintió, que aquellos brazos que lo aprisionaban con fuerza, empezaron a jalarlo para soltarlo. Se desesperó, negándose a salir de ese lugar de protección que gozaba, llorando y gritando, asustado… terriblemente asustado.

−Shion, toma a Shaka y corre apenas te dé la señal−la voz decidida de su hermano junto con un fuerte empujón que lo obligó a soltar ese manto fue suficiente para hacerle entender, en su infantil edad, lo que estaba a punto de ocurrir.

−No, no…−pataleó y fue sujetado por otros brazos blancos, cubierto por el manto amatista con fuerza para no dejarlo ir−. No… −lloró, intentando despegarse de ese agarre que no lo dejó volver a aquellos brazos fraternales. Escuchó el sonido de dos espadas curvas salir de sus fundas y sintió el filo de la muerte−. ¡NO!¡NO!¡NO! ¡Asmita!… –gritó y una mano logró cubrir sus labios, moviéndose rápidamente, abriendo la puerta del carruaje dispuesto a saltar−. ¡ASMITA!

−¡CIERRA LOS OJOS, SHAKA!

−¡AAASMITAAAAA!

Sus ojos azules se abrieron para ver a su hermano lanzarse contra uno de los jinetes, antes de que la caída los obligara a cerrarse de nuevo y dar varias vueltas en esa colina hasta separarse lo suficiente. El calor se sentía fuertemente y al abrir de nuevo sus ojitos, desobedeciendo una vez más la orden de su hermano, vio el fuego que consumía su alrededor. Sus ojos se proyectaron en todo su alrededor, mientras el viento golpeaba su rostro con frenesí en una carrera por la vida y el humo del fuego consumidor cubría los cielos negros de un anochecer de luna llena. Todo se estaba quemando… a lo lejos el castillo caía presa de las piedras catapultadas en la guerra y su hermano… su hermano…

−¡ASMITAAAA! –gritó, con todas las fuerzas que un niño de su edad podía entregarle a su garganta.

El príncipe y heredero al trono sólo podía ver de reojo a su fiel sirviente correr por su vida con su hermano en brazos. De él, de él quedaba la responsabilidad de darles tiempo de huir. De él… del mayor… del futuro rey… Y fue así, que sus espadas curvas y delgadas, en un movimiento circular destajó las patas de los cuadrúpedos, provocando la caída de los jinetes al piso para luego sentenciarlos a la muerte. Peleaba, peleaba por la vida de su hermano, con sus ojos azules detallando el escenario de muerte y viendo al paso del filo plateado la tinta roja llena de vida que se consumía por los pastizales. Más caballos, más jinetes… el príncipe usaba sus mayores habilidades para cortarles el paso, dejando miembros descuartizados en su paso, machando con sangre y sudor su manto zafiro que cubría su esbelto cuerpo de veinte años y permitiendo que la trenza de su cabello cayera y bailara con él, sucumbiendo a la danza mortífera de sus movimientos bélicos.

−¡ASMITAAA! –el gritó de su pequeño sólo le motivó a pelear, con más fervor, con más fiereza.

La sangre en sus venas estaba en punto de ebullición, sintiendo su corazón latir a mil, mientras podía oír cada sonido de sus músculos, tendones y huesos moverse para cumplir la orden de su cerebro y clavar ese filo en aquel montículo de carne animal y humana, hasta separarlos. Sus ojos centellaban con furia, inyectados de sangre y su voz, melodiosa y dulce emitían un desgarrador grito que presagiaba la muerte de sus enemigos, tensando los músculos de su cuello, mostrando sus venas palpitando. Su piel blanca, cubierta de sudor y caliente por la exaltación, sentía y recibía con gozo las gotas de sangre de los bastardos que estaban ultrajando su tierra… su santa tierra.

Sin embargo, pronto vio más caballos, más jinetes, más enemigos… Él solo no podía con ellos. Intento correr, tratar de alcanzar a aquellos que rodaron por la colina para alcanzar al menor de los príncipes, destajando patas de caballos a su paso, dispuesto a salvar a su pequeño hermano de las garras de los barbaros de Alhenas que los invadían.

−¡Es muy rápido, Señor! –escuchó el gritó en lengua extranjera que perfectamente pudo entender y volteó, al alcanzar cierta distancia, para volver a convertirse en la pared humana de su hermano.

−¡No los maten! –escuchó la voz del general.

Otro movimiento de espada. Otro miembro separado del cuerpo. Los caballos caían a su alrededor levantando una nube de polvo y cenizas mientras el joven heredero peleaba por proteger la vida de su hermano. Hasta que, de un hombre gigantesco, cubierto con hierro y cuero como armadura y con el cabello morado largo sujeto en una cola, salió un polvillo blanco que golpeó directamente a su rostro. El dolor… insano… devastador… inhumano…

−¡AAAAAAARGGGHHHHHHHHHHH!

El siervo siguió corriendo, con lágrimas que corrían de sus ojos color almendras, con su cabello dorado moviéndose en esa carrera infernal. Escuchó el horrible alarido del heredero y no pudo voltear, sólo sosteniendo con fuerza el cuerpecito de su príncipe que clamaba por regresar. Sintió los caballos acercarse pero no… no podía rendirse… debía correr… con todas sus fuerzas, con su alma… aunque sus piernas empezaron a desfallecer y su corazón estuvo a punto de explotar por tantos latidos acumulados… Debía correr.

Pronto los alcanzaron. El joven guerrero con armadura igual, lo habían sujetado por sus dorados cabellos hasta hacerlo caer y rodar en tierra, aún sujetando al infante entre sus brazos, sin dejarlo subir su cabeza. Los rodearon, amarrando sus manos y capturando sus tobillos en grilletes de acero para luego llevarlos a una carreta cercana donde tomaban a los próximos esclavos de guerra. Alzó su vista para ver, con horror, dibujando en esos dos puntitos carmín un leve alargamiento para denotar su sorpresa; a su príncipe siendo golpeado hasta cansarse por su vientre, mientras de sus ojos… de sus ojos salían lágrimas de sangre. Levantaron el cuerpo del heredero por su cabello y lo llevaron a rastra hasta la carroza, donde lo arrojaron, mal herido.

Ya eran esclavos… ya eran bienes y menesteres de una guerra sin sentido que estalló sin siquiera comprender porque… Ya no eran seres vivos…

Desde allí comenzaría su infierno…

______________Acto uno: El mensajero

−Escuchadme, ciudadanos de Alhena−la dulce voz varonil se alzaba, entre los tumultos de pueblerinos que se acercaron a escucharlo−. Recordad los banquetes que podíamos saborear con nuestros hijos. Las delicias, la carne y hortalizas, en paz, con tributos accesibles y libertades. Recordad a la antigua Alhenas que se alzaba como potencia entre los reinos. Aquella que Asmita, príncipe de Auva, protegió con su propia vida. Aquella donde se celebraban los logros del príncipe Defteros ante los reinos, donde éramos símbolos de terror, de fuerza y de poder− voz apasionada, de un joven que soñaba en algo utópico. No había forma de regresar a esos años…−. Recordad, que éramos los hijos de reyes de guerra. Hijos protegidos por el Dios Ares. ¿Hasta cuándo callaremos ante aquellos que osan esclavizarnos? ¿Hasta cuánto permitiremos que se roben el alimento de nuestros hijos? –un dulce muchacho ahora que lo vio, con un manto blanco cubriendo su cuerpo, vestido por dentro con un pantalón beige de sembrador, visiblemente mugriento−. Hemos sido sometidos por años por un traidor a la corona real, por un pueblo indigno que falló al tratado de paz. ¿Y hemos de quedarnos de brazos cruzados? ¡Solo Ares sabe las veces que en silencio hemos clamado por la salvación y la libertad! ¡Llorando por ver de nuevo la luz que nos acobijaba! Y de seguro, señores de Alhenas, que por ello habló con el mismo Hades, para traer de vuelta la esperanza−cabellos lilas que se movieron al son de sus movimientos apasionados. Quizás veinte años, joven, hermoso, con dos puntos que servían de cejas en su inmaculado rostro. Incrédulo−. ¡Ha regresado de Seol al símbolo de la igualdad, Asmita príncipe de Auva, consorte del Rey de Alhenas!

Con esas palabras, un murmullo entre los presentes se hizo protagonista, conversando uno sobre otros, discutiendo esas palabras, algunos con incredulidad, otros con esperanzas. Yo los observé desde el callejón oscuro cerca de la plazoleta, donde en una tarima simulada con cajas de maderas de los vendedores de especias y hortalizas, el muchacho hablaba con una pasión demoledora que podría, fácilmente, atraer a los incautos. Más no a mí… no a mí, el antiguo príncipe de Alhenas, hijo del Rey Aspros… Kanon.

Han sido cinco años huyendo… cinco años desde que me separé de mi hermano en una carrera para salvaguardar nuestras vidas. Desde que Asmita, consorte real, murió y fuera exhibido como la muestra de la nueva toma de poder. Cinco años huyendo entre las sombras, ocultando mi rostro para que nadie supiera mi procedencia, entre las migajas de pan que algunos lanzaron en la calle, sobreviviendo a los fríos inviernos en los establos… rogando por morir. Cinco años de humillaciones, cinco largos años. Y ahora, por fin, encontré a uno de esos falsos profetas que dicen haber visto a Asmita, dispuesto a liberar nuestro pueblo de la esclavitud del reino de Rukbat. Falacia, la peor de ellas, al tratar de engañar al pueblo con la falsa esperanza del regreso de un príncipe de tierras lejanas que terminó siendo esclavo de nuestro país. Y aún si fuera así, aún si Asmita hubiera regresado del Seol, ¿qué lo motivaría a liberar el reino que destruyó el propio?

−He de entender a los que, incrédulos, no dan fe a las palabras de este profeta. Pero he de decirles, que una de estas noches, un manto dorado como los rayos del sol, sólo proveniente del antiguo reino de Auva, cabalgara entre la oscuridad de estas calles, con el símbolo de su identidad.

La sombra de este callejón resguardó mi identidad, junto con el manto negro que ya corroído por el sol y la humedad, mantenía un olor a moho del que ya me he acostumbrado. Mis pantalones azules ya estaban deshilvanados, mis botas de cuero de toro ya estaban rotas por mis talones, y mi franela de tela blanca transparente a causa de las innumerables lavadas. De mí, no quedó nada del lujo que mi renombre y familia me otorgaron en un pasado. Sólo tengo el sabor añorado del buen vino y de buena cama, el recuerdo añejado de los lujos de antaño. Sólo recuerdos, sólo quimeras…

Vi que el joven, al escuchar el sonido de los caballos acercarse, se perdió entre la multitud hasta correr justo al pasillo donde me encontraba vigilándolo, sentado con un bastón de madera viejo entre mis manos y cubriendo mi rostro con el manto y algunos mechones azules ya desabrido por el hambre. Logré ver ojos esmeralda en ese rostro nacarado, corriendo para esconderse entre los recovecos de la ciudad de Geminga, pero, este pequeño no supo que yo no había venido de simple espectador… vine a terminar esta farsa que ha sumido al reino a una guerra destinada a perder desde que nació. Por ello, había venido a este lugar, donde oí que se reunían parte de ese grupo que dice ejecutar una revolución en nombre del verdadero Rey, Saga y con el patrocinio del antiguo consorte real, Asmita.

Corrí tras él, cuidando no ser visto y vigilando cada uno de los alrededores para evitar sorpresa. Lo vi entrar a una taberna oscura y fui preparando el puñal que había creado para defenderme, con el acero de una espada herida y ya con el filo oxidado pero con el suficiente corte para destajar una garganta. Me acerqué sigilosamente al lugar. Abri la puerta de madera, la cual creó un chirrido audible para mis sentidos en alerta, mientras sentí una gota de sudor caer de mi frente y alojarse en la punta de mi nariz. La saliva se me antojó de color salado y mi corazón parecía desbocarse al nerviosismo. Entré al lugar, oscuro y siniestro, apestando a tabaco y opio, con las mesas vacías y sólo el cantinero que me observó con cierto aire enemigo. Vi la capa blanca esconderse entre una de las puertas y sin esperar, le seguí, dispuesto a llegar al final del asunto. No importaba si al final de este camino conseguía la muerte, creía, que sería el mejor de los resultados.

Entré, encontrando una escalera de madera que descendía hasta las penumbras. Saqué a la vista mi puñal, bajando lentamente, dispuesto a usarlo con el primero que se me acerque, como acto de sobrevivencia. Un peldaño… dos… las gotas de sudor recorrieron con prisa mi frente, cayendo a mi mandíbula luego de humedecer mi barba hasta caer a la madera. Bajé, escuchando el chirrido de mis botas a la madera húmeda y viendo por todos lados, pendiente de cualquier ruido, mínimo que fuera, para hacer mover a mi puñal. Un ruido… algo que cayó sobre mí… muevo mi puñal en un movimiento diagonal descendente hasta sentir que su filo fue capaz de desmembrar lo que quiera que me había asustado y justo en ese instante, una mano fría sujetó mi muñeca derecha y un cuerpo en mis espaldas apresó mis dos brazos y con el peso de su cuerpo me hizo caer de bruces al suelo, golpeando mi mejilla derecha contra el húmedo piso de madera, hediondo a orín.

−Vaya Mu, tenías razón, ¡si te seguían! –escuché una voz a mis espalda y de inmediato sentí unas botas de cuero posarse sobre mi cabeza. ¡Demonios! ¡Estaba inmovilizado!

−Te lo dije, DeathMask.

Una luz quebró la espesa oscuridad que me rodeaba y pude ver un rostro, muy cerca de mí. Hermosas pestañas abundantes, un lunar en su mejilla izquierda, cerca de sus ojos aguamarinas y el espeso cabello celeste que caía en ondas de luz abrillantadas por los rastros del fuego de aquella lámpara de aceite.

−¡Por los Dioses! –murmuró aquel que tenía labios brillantes y sensuales, muy cerca de mí, dejándome sentir con mi olfato su dulce aliento a menta−. ¡Es uno de los hijos de Aspros!

−¡A LA MIERDA! –gritó el que estaba a mis espaldas, soltando mis brazos y quitando el pie de mi cabeza.

Como impulso innato, me hice a un lado apuntando con mi puñal, dispuesto a defenderme de aquellos. La luz de la lámpara de aceite no era suficiente más que para alumbrar el manto blanco del chico que perseguía y dibujar sombras en su rostro de marfil. Ese joven, a quien escuché llamar Mu, tomó la lámpara de aceite para acercarla y alumbrar mi rostro. No podía permitir que me siguieran viendo, me oculté a esos ojos esmeraldas… esperando que la muerte viniese… tal vez aquel que me apresó por detrás pueda dármela…

______________Acto dos: La Esclavitud

///Hace 20 años atrás///

Oscuridad… espesa y cruda oscuridad… Mi esfuerzo por protegerlo fue en vano. Ahora, de nuevo, mi pequeño Shaka estaba entre mis brazos, temblando y llorando por nuestra suerte. ¡Maldita Suerte! ¡Maldita la hora que las hordas de Alhenas vinieron a tocar nuestras tierras y a codiciar nuestros prados! ¡Malditos todos ellos! Y ahora, ni siquiera podía verlo de nuevo… ni siquiera podía verme reflejado en esos ojos azules que tanto amo. ¡Maldito sea todo Alhenas!

Ahora, gracias a mi ceguera, todo sonido aturdía mi cabeza. El movimiento de la rueda de madera, que aplastaba cada piedra en el camino, más el paso lento y firme de los caballos, su respiración, la respiración de Shaka y el llanto de Shion, a mi lado, rezando a los dioses de nuestra dinastía por un poco de piedad. Tenía miedo, tenía dolor y tenía al mismo tiempo, deseos de no odiar y deseos de morir. ¿Qué clase de destino nos esperaba en la capital de Alhenas, Pólux? Esperaba, que fuera la muerte…

El fuerte olor a aserrín y plasta de caballo me asqueaba. Ya nada queda de nuestros perfumes de arándolos, canela y vainilla. Sólo el sudor y nuestras defecaciones en ese ambiente infrahumano, sólo el orín y el alcohol fermentado que los soldados de Alhenas tomaban para festejar su triunfo. Sólo el hedor, sólo la inmundicia, la humillación.

El ruido cesó. Shaka despertó de su somnolencia al sentir que los caballos se habían detenido. Quiso levantarse pero lo apreté entre mis brazos coartando cualquier movimiento, asustado ante nuestro futuro. No me importaba sufrir todas las penalidades juntas. Pero mi pequeño hermano, mi pequeño Shaka, a él debía salvarlo. Sus pequeñas manos lograron zafarse de mi agarre severo para posarse en mi rostro. La textura fría y tierna de su palma estremeció mi piel, provocando unas intensas ansias de llorar. Pero no podía hacerlo… en ese momento yo era su sostén, su fortaleza. No podía derrumbarme ante mi pequeño lucero. Así que le sonreí, tratando de calmar su temor y lo logré, porque se recostó en mi pecho tomando con sus pequeñas manos mi túnica manchada de sangre y cenizas. Lo abracé de nuevo, intentando darle fuerza a su infantil cuerpo.

−Papá vendrá a buscarnos, ¿verdad? –su voz, su dulce voz de niño, retumbó en mi corazón, lacerándolo de impotencia.

−Todo estará bien−le dije, en un intento de ser fuerte.

No había modo de que nuestro padre nos salvara. A esa altura podía asegurar que el castillo de nuestra capital habría sucumbido y de seguro, nuestro padre y madre estarían muertos. Aprisioné más su pequeño cuerpo, acariciando su corta cabellera dorada al nivel de sus hombros con mis largos dedos sucios aún con el rastro de sangre seca que sentía pegada a mi dermis.

−Tengo que mantener los ojos cerrados como tú, ¿verdad?

−Sí, cierra tus ojos Shaka. No los abras sin importar que ocurra, no los abras…

El dolor que quemó en mis retinas al momento de sentir ese polvillo en mis ojos no había forma de ser descrito. Era como si un fuego quemó cada nervio, desahuciándolo hasta quedar en la completa oscuridad. La desesperación me embargó en el momento, no logrando otra forma de liberarme del dolor más que lastimando a mi propia garganta con un grito agónico que raspó mis pulmones contraídos y sin aire. En ese momento, mi voz resentía dicho esfuerzo.

Escuché el sonido de las cadenas moverse y supe que ya habíamos llegados. Rogué a la luna y Buda que nos ampare.

______________Acto tres: El desheredado

En otras oportunidades habíamos buscado por cielo y tierra a los malditos herederos de la corona que escaparon en medio de las revueltas. Incluso, habíamos creído que estaban muertos y de verdad, tampoco afectaba nuestra causa. Mientras él estuviera con nosotros, con sólo su cabello dorado y la señal de los dioses, todo el pueblo lo aclamaría y luego de librarnos, podríamos coronarlo a él como el sucesor de la corona. Después de todo, él también fue un príncipe.

Sin embargo, la vida nos ha dado la buena fortuna. El hombre con aquella capa oscura que tenía bajo mis pies resulto ser uno de los herederos. La suerte no podía estar lejos de nosotros. Esto debe ser una señal de Ares.

−Pues sí… es uno de los herederos. ¿Quién eres? ¿Kanon o …?

El aludido bajó su rostro aún más, intentando que no viéramos las facciones ya evidentes. Incrédulo si creyó que por ser el hijo del antiguo rey tendremos pleitesía. Era un cobarde, un traidor y lo trataría como tal. Por ello, agarré el manto echándolo para atrás y en el momento que intentó apuntarme con su graciosa arma lo desarmé, con una patada que golpeó su noble semblante. Lo vi vomitar sangre y me reí, divertido al tener el honor del golpear a uno de esos monarcas que odiaba de niño y que sólo por ese hombre estaba ahora tratando de regresarlo al trono. Sí… sólo por ese hombre que amo soy capaz de bajar a los infiernos.

−¡DeathMask! ¡No lo golpees!

−¡Calla Mu! ¡El maldito quiso lastimarme! –tomé su cabello azul desordenado para verlo directamente a la cara y él, irónicamente, me escupió como recuerdo de una vez que hice los mismo hace años. Lo golpeé fuertemente en el rostro hasta atontarlo.

−¡Delio! ¡No lo hagas!

La dulce voz llamándome por el nombre que sólo tengo reservado en nuestro escondite llamó mi atención molesto. Fijé mi mirada en Afrodita, ese hombre hermoso que nos acompañaba y que es mi cuñado, intentando calmarme para no golpearlo con mis manos. Si Shaka se enteraba que lo había lastimado, estaba seguro que me castraría.

−¡Dita! ¡No vuelvas a llamarme por ese nombre o no respondo!

−¡Entonces no lo golpees! ¡Es hijo del rey!

−¡Me vale una mierda eso…!

−¿QUIÉNES SON USTEDES?

Todos volteamos a verlo. Tal parece que aún en su ronca voz hay vestigios de su soberana autoridad. Fue imposible no sentirnos intimidados al escuchar esa pregunta dicha con tanta determinación.

−¿Nosotros? –le susurré con aire triunfante. Ese maldito era mejor llevarlo frente a frente al gestor de esta revuelta que promete mucha sangre−. Somos tus verdugos.

Lo golpeé entonces con una patada en el estomago para que se reclinará sobre sus rodillas, antes de asestarle un golpe en su cuello que lo desmayara frente a nosotros. No había duda de ello, debíamos llevarlo frente a él.  Lo cargué sobre mí, usando mi cuerpo como carretilla humana mientras me di la señal a los otros dos que me siguen. Debían obedecerme sin chistar, yo soy el segundo al mando en esta revuelta y mi voz, es orden y es justicia. Era hora de regresar…

______________Acto cuarto: El Odio

///Hace 20 años///

Zavihaj, segunda fortaleza de Auva, cayó bajo nuestros pies. Mi ejército de guerreros tomaron entre los hierros de nuestros caballos y el filo de nuestras espadas a la ciudad donde los reyes de este pequeño país se había ido a resguardar. Observé de lejos la estela de fuego y azufre de nuestras catapultas, los muros que cayeron bajo nuestra fuerza y algunos gritos de personas que no me importaban en lo más mínimo. Este reino sería de mi hermano. Sólo podía pensar en ello.

−Príncipe Defteros.

Escuché a mi lado y al voltear vi enmascarado a Dohko, mi principal general y mano derecha. Kardia, el segundo al mando se nos adelantó esperando la señal de retomar al ejercito y llevarlo en contra del castillo que ya iba cediendo a las piedras que arrojábamos desde nuestra posición, usando las maquinas de desastre que crearon nuestros militantes en Alhenas.

Todos estábamos ataviados con nuestras armaduras. Acero grueso sostenido con cuerdas de cuero, protegiendo nuestros hombros, pecho y espalda, piernas y brazos. Una máscara que cubría desde nuestra nariz hasta las mandíbulas, nuestra señal y sello como ejercito de Alhenas. Nuestros cabellos alborotados y llenos de tierra, ceniza, sudor y sangre, justo como nuestros ropajes y nuestras armas. Estábamos a un paso de terminar la conquista y era hora de destrozar la familia real. Mi vista estaba fija en ese castillo que caía a nuestro paso, viendo derrumbarse la torre de la izquierda ante el fuego que lo consumía. Ya era hora de aparecer.

−Ha llegado la hora, su majestad−la voz de Dohko resonaba emocionada. Veía en sus ojos verdes la sed de sangre.

−Denos la orden, ¡ya quiero seguir bailando! –pidió Kardia, con sus ojos azules inundados de ansias de más muertes. Podía ver incluso un fuego emanando de su ser y consumiendo todo nuestro alrededor. La misma adrenalina, el mismo éxtasis, esto que nos une como soldados de guerra. El deseo de ver la muerte y mofarnos de ella.

−¡ADELANTE! ¡POR EL REY ASPROS!

La coral que repitió este último grito hizo que mi sangre hirviera en mis venas y mi corazón ya acelerado retumbara de la emoción. Pronto con un sólo movimiento de mis manos y piernas el caballo que me sostenía se abalanzó sobre aquellos antiguos prados de trigo para adentrarse a la ciudad, seguido por mí ejercito de 1500 hombres. Podía sentir el fuego de la muerte bullir mis carnes y el sudor correr por mi cuerpo mientras me excitaba, viendo como tomaba otro reino para ofrecerle de tributo a mi hermano, el rey de Alhenas, Aspros. Los alaridos de guerra y victoria me acompañaban y corría contra el viento que golpeaba y lavaba mi rostro. El humo y el hollín quisieron nublarme la vista, pero jamás, alguna cosa, podría quitarme el dulce sabor de la sangre

:::::::::::::__________::::::::::::::::

El bullicio del alrededor me aturdía. Estaba asustado, terriblemente asustado. Fui alejado de mi pequeño hermano, separado de él y sólo podía escuchar el sonido de su voz llamándome desesperadamente. ¡Buda! ¡Por favor apiádate de nosotros y danos una muerte digna! ¡A nosotros que te hemos servido con nuestra vida! ¡Apiádate!

Fui empujado y la música de aquel lugar sonaba con fuerza, junto el pase de bailes dado a los sonidos de los pasos armoniosos y las risas de un centenar de personas. Estaba amarrado de pie y manos, con un collarín que me habían colocado en mi cuello y que aún me dolía por la irritación que me creaba la fricción a mi piel. Escuché palmadas y se hizo de inmediato silencio. No tenía idea de donde estaba, pero el mutismo precipitado puso mi piel a temblar, mis piernas a desfallecer. Pero no, no mostraría miedo… aún no…

−¿Quién es? –escuché desde lo lejos. El eco de salón hizo que esa voz gruesa resonara en mi oído más de una vez.

−Asmita, príncipe de Auva.

Al escucharlo, un leve murmullo se hizo presente en el salón y fue acallado por otra palmada. Mi corazón latía con velocidad, mi sangre se congelaba en mi pecho y sentía que la saliva se secaba de mi garganta. Empecé a temer cuando escuché los pasos acercarse desde el sitio donde se ejecutó la pregunta. Pasos finos, de zapatos de realeza y una tela que rodaba en el suelo al ritmo del acercamiento. Pronto el aliento a alcohol embargó mis sentidos, sintiendo que aquella persona se había acercado tanto que hasta mis poros podían sentir que lo estaban tocando aún a pesar de no haber contacto alguno. Estaba asustado y ahora el temblor en mi cuerpo y el respirar apresurado me delataban. La presencia de esa persona me presagiaba el peor de los castigos.

−¿Príncipe dices? Pero mi hermano no acostumbra a tomar rehenes reales…

−Lo encontré escapando y al verlo, supuse que a usted, mi rey, le gustaría tener el honor.

−Bien has hecho… muy bien… ciertamente…−su mano tocó mi mejilla y de inmediato me retiré, recibiendo de recompensa un fuerte agarre de mi mentón que me acercó aún más a su faz. Me detuve, congelado, abrumado por el terror−, no había visto hombre tan hermoso. ¿Tu nombre, soldado?

−Aldebarán, hijo de Taurus.

−Bien, Aldebarán. Serás recompensado por este obsequio. ¡Preparadlo para el espectáculo!

Mi cuerpo me alarmaba. Presagiaba que algo horrible ocurriría si no me defendía. Intenté en vano liberarme de mis ataduras, forcejear evitando que me llevaran al sitio donde querían colocarme. Mordí mis labios con rabia, para hacerlos sangrar hasta que sentí, que varias manos comenzaron a despojarme de mis atuendos. Abrí mis parpados aterrorizado… No… ¡No quería creer que esa fuera mi maldita suerte!

Moví mi cuerpo entero en un desesperado esfuerzo de resistirme. Pronto mi obstinación me hizo merecedor de una bofetada que partió mi labio en dos. Mis manos fueron separadas y extendidas en forma diagonal en una mesa de madera y mis pies sujetos a la misma base, con mis piernas flexionadas y abiertas. Desnudo, aún intentado mover de lado a lado mi cabeza. Prefería entonces morir… prefería suicidarme antes y estaba dispuesto a arrancarme de un tajo mi legua para desangrarme cuando un cinto evitó el proceso, obligándome a tener la boca abierta y ahogando mis gritos de auxilio. Las lágrimas empezaron a brotar de mis cuencas heridas, ahora sólo viendo oscuridad, mientras mis gritos eran sofocados por aquel cinto. Herí mis muñecas y tobillos en un intento en vano por soltarme. Las risas y aplausos del lugar me dieron indicios de que esto, este destino para ellos era todo un teatro. Un maldito teatro. Forcejeé aún más, grité con todas mis fuerzas humanas. No podía… no podía dejar que me hicieran esto… no podía…

Sentí que alguien subió en mí, sin tocarme. Una mano tomó mi rostro acariciando mi frente y pasando mi flequillo a un lado. Luego lamió con lascivia una de mis mejillas enjugadas de lágrimas y yo… temblaba presa del más profundo y sincero horror.

−¿Quieres sentir…−le escuche decir en mi oído, antes de clavarme la lengua en él erizando toda mi piel− lo que sintió tu país ahora que lo hemos invadido? –mi cuerpo vibraba de terror… aterrado… ¡estaba aterrado! −. Te haré sentir en carne propia el sufrimiento de tu pueblo.

Aplausos, gritos de éxtasis y de placer de aquellos que eran testigos de lo que sería mi desgracia. Todo eso ahogó mi quejido de dolor cuando sentí aquello penetrarme sin demora, lastimando mis entrañas y golpeando mis vísceras al punto que sentí que mis intestinos fueron empujados al estomago. Salió… Entró con más fuerza. Mi grito de dolor de nuevo fue ahogado por la música de aquella fiesta. Salió… penetró aún más dentro. Un hilo de sangre brotaba de mis piernas y sentí como unos dedos aplastaban mis testículos hasta hacerme llorar del dolor. Intenso y profundo, el calor que abrazaba el dolor era descomunal. Sentía que con cada estocada me partía el cuerpo en dos y mis manos, sangraron heridas por mis propias uñas. No podía morder mis labios para acallar los gritos de auxilio a Buda. Nada pudo evitar profanar mi garganta con los alaridos animales que salían en busca de salvación. Las lágrimas corrieron, mi sangre brotó y sentí que el odio tomaba forma en mí. El vil odio…

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Allí estaba, frente a mí, el rey de estas tierras que ya tiene nuevo dueño. Hemos destruido todo a su paso, sólo queda aquel salón que se incendiaba al paso del fuego que hemos provocado. Ataviado con un enorme traje azul zafiro y joyas, el hombre estaba frente al trono con el cuerpo de su mujer, la reina, inerte en sus piernas. La había matado con sus propias manos bajo la desesperación.

−Rey de Auva. Venid y pelead con honor−le dije, arrojando una espada en medio nuestro.

El hombre de cabellos dorados ya emblanquecidos por el paso de algunas canas, besó la mujer en sus piernas antes de tomar el cuerpo y dejarlo a un lado. Se levantó, con todo el honor que profesa un rey de tierras lejanas, hasta tomar la espada con sus manos y posar su posición de ataque. Apunté mi espada larga, dispuesto a tomar la vida de ese hombre y llevarle la corona como muestra de la conquista a mi hermano. Y así, empezó el combate.

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Quien dijo ser el rey había dejado su esencia plasmada dentro de mi cuerpo ya por tercera vez, mordiendo mis tetillas hasta hacerlas sangrar, aplastando mi intimidad, sangrando por las aruñadas y mordidas que habían abierto herida a lo largo y ancho de mi cuerpo y esas manos que tomaron mis caderas una vez más, para volver a penetrar mis ya heridas entrañas y escuchando de lejos las voces que animaban mi castigo. Sentí que en un momento estaba a punto de perder el conocimiento y anhelé ese descanso, pero un montón de agua fría a mi cuerpo y rostro casi me ahogó y me hizo despertar. Los aplausos continuaron hasta que al final, el rey se cansó.

−Ya me cansé, por ahora…−dijo victorioso, orgulloso de haberme tomado hasta matarme de dolor. Pensé que ya había acabado−Ahora… disfrútenlo ustedes también ¡En mi nombre!

Escuchar eso creó un vacío en mi estomago. La voz que ya había callado por falta de fuerzas dio otro alarido clamando piedad, cuando sentí que varias manos se acercaron, labios desconocidos empezaron a recorrer mi cuerpo. Una mordida en ambas tetilla, dos lenguas en mis oídos, otra más recorriendo mi vientre. Una boca que engulló mi hombría y otro más que me penetró en el momento….

Enloquecí…

−¡DEMONIOS! ¡MALDITOS DEMONIOS! –logré gritar, desesperado por el dolor− ¡AAAAARGGHHHHH! –aquello que me penetraba era más de lo que podía soportar−. ¡MALDITOOSSS! ¡MIIIIL VECESS! ¡MIIIIIIL VEEEECEEEES! ¡AAAAAARGHHHHH!

Grité y de respuesta sólo tuve risas, aplausos y gemidos roncos de aquellos que tomaron y laceraron mi cuerpo virgen. Grité por varios minutos, hasta que de nuevo, me quedé sin aire…

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El filo de mi espada penetró por su barbilla, abriendo la carne hasta bajar por el cuello y salir por la base del cuello en la espalda y así, cercenar la cabeza del resto del cuerpo. Pude escuchar, complacido, el sonido del hueso ceder a la velocidad y el golpe, la piel desprendiéndose de los músculos, los tendones y nervios cediendo al paso del hierro. ¡Música a mis oídos! Y luego de eso… el golpe secó de una cabeza rodar con el sonido del oro caer en un lado, dejando un charco de sangre a su paso y por el otro, el sonido de un cuerpo inerte caer sin vida a mis espaldas. La sangre golpeó mi rostro y dejó una gota en la comisura de mis labios. La lamí, gustoso, como si fuera a recibir vida al hacerlo.

Volteé y vi a mis dos más fieles acompañantes, Dohko y Kardia, con su rostro llenó de sangre y sudor de aquellos que se interponen en nuestro camino. Dibujaron sonrisas complacidas. En sus rostros. Hemos ganado.

−Y con esto, hemos matado honorablemente al rey de Auva.

:::::::::::::__________::::::::::::::::

Mi cuerpo estaba adormilado, mis piernas dormidas ante el dolor y la posición. Era el sexto… el sexto de distinto espesor y longitud que estuvo manchando mi cuerpo con su asquerosa y viscosa semilla. Dientes que mordieron mi piel, labios y bocas que chuparon mis dedos. Una lengua que penetró en lo que pudo en mis labios que ya no hacían movimiento alguno. Me había rendido… me había rendido a mi penitencia… Sólo podía ver oscuridad… la oscuridad más espesa y horrible que pudo haber existido junto al fuego negro que penetraba en mis entrañas. Odio… el más profundo y puro estado de odio… odio a esta nación… odio al rey… odio a quien nos conquistó… odio a Buda que me abandonó… odio…

Entonces, sentí la voz de mi padre llamándome a lo lejos… Vi de nuevo las praderas de nuestro país iluminándose con los rayos del sol. Shaka corría en medio de las planicies, con su cabello dorado y su sonrisa de plata, con sus ojos zafiros llamándome y convidándome a seguirle. Shaka… Mi pequeño Shaka… La luz del sol… los colores del amanecer… los verdes prados… las flores y plantas… nuestro reino… nuestro país… nuestro hogar…

Me había ido… Mi alma había abandonado mi cuerpo y se había ido, muy lejos, lejos del dolor y la humillación. Lejos de aquellos que usaban mi cuerpo como carne de carroña… Muy lejos… Y en ese momento, el fuego negro comenzó a devorar toda la imagen. Vi que todo se consumía en llamas oscuras, dejándome en la nada. Sentí frio y de nuevo me estaba ahogando. Me habían despertado con otro poco de agua y vinagre, para hacer arder mis heridas.

Odio…

El más profundo odio…

Otro más pequeño estuvo penetrándome… ya no sentía dolor… ya no sentía nada… mi cuerpo ardía y desfallecía y yo sólo podía pensar en una cosa…

Odiar…

No pude ver… ellos me quitaron la vista y ahora, este maldito odio que ha germinado en mí, no tenía rostro… mi odio no tenía forma… era amorfo… era mutante… era aterrador y era mío.

Odio…

Y Locura…

Mataré a Shaka…

Tenía que matarlo… no podía permitir que él pasara por este infierno…

Comentario del Autor

Esta es mi nueva propuesta. Espero comentarios al respecto, es algo hozada, espero poder llenar las expectativas con ella. Estaré actualizando aquí cada vez que pueda. Saludos.

¿Qué ocurrió para que Asmita puediera ser visto por el pueblo como simbolo de igualdad? ¿Qué ocurrirá con Kanon? ¿Donde está Saga?



FECHA El 25/02/10 a las 07:02:03 IP GUARDADA Enviar Privado Añadir Amigo · Enviar Privado Enviar Privado · Buscar Mensajes Posteados Buscar Mensajes Posteados
Online AkariAoi
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El 29/03/09 a las 08:03:22

ahhhh  Que terrible!!!  >.<    Pobre de Asmita   todo lo que tuvo que pasar T.T 

 La historia es maravillosa,   está súper interesante *O*   me intriga  el  porque  Asmita llega a ser símbolo de esperanza después de lo que pasó. Continúalo pronto XDDD


FECHA El 27/02/10 a las 12:02:35 IP GUARDADA Enviar Privado Añadir Amigo · Enviar Privado Enviar Privado · Buscar Mensajes Posteados Buscar Mensajes Posteados
Online AkiraHilar
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El 19/11/09 a las 03:11:03

Comentarios

AkariAoi: Gracias por tu comentario linda. Precisamente, Asmita pasó por muchas cosas y uno de los principales misterios es entender que pasó en el pasado para que Asmita fuera ese simbolo para el pueblo. Espero te siga gustndo la continuación.

Capitulo 02: El enviado de Asmita.

El sonido de gotas caer y el agua correr lo despertaron de aquel agarre que lo asfixiaba. Sus ojos estaban empañados por la falta de aire, o las lágrimas, incluso pudiera ser por ambas cosas. Dos brazos estaban dirigidos hacia él, dos manos estaban cerradas en su cuello, a su derredor, cortando el pase del aire a sus pulmones, impidiendo que la sangre brotara libremente dentro de su yugular…

Matándolo…

Gritos de auxilio escuchaba a lo lejos. Creía que gritaba, pero ningún sonido podía salir de esos labios que abiertos, palidecían y se moreteaban por la falta de oxigeno. Manos que lo aprisionaban… manos que lo mataban… ¿Dónde estaba su hermano para salvarlo? ¿Dónde estaba Asmita para socorrerle? Lágrimas siguieron cayendo, un temblor en su cuerpo le atestiguaba que pronto llegaría tan plácidamente el sueño. Sus pupilas azules zafiros subieron hasta el techo y anclaron su visión a los mugrientos ladrillos de piedra y concreto que encerraba su nueva prisión.

Asmita…

Su cabeza cayó por la fuerza de gravedad hacía atrás, ya cansado de tratar de pensar. Las voces se hacían más audibles y entendibles conforme las sombras teñían su vista.

−¡SUELTALO ASMITA! –la voz de Shion, desesperada, ronca ya de llorar.

El niño abrió sus ojos de nuevo, de par en par. Puso una de sus manos sobre las muñecas de quien lo asfixiaba y fue moviendo su cabeza para volver a enfocar sus pupilas zafiros.

−¡SUÉLTALO ASMITA!

Los ojos zafiros se encontraron por fin con la imagen de su verdugo. Lloró…

Hermano…

Ojos azules con rojo inyectado en sus cuencas antes blancas. Rostro desesperado y lágrimas que caían, con sus labios fruncido y muestra de mordidas por su piel.

Hermano Asmita…

Ojos de sangre, piel de papel, determinación oscura… Odio… el estado más puro del Odio…

Oscuridad y Muerte…

______________Acto uno: El recuerdo

Abrí mis ojos, asustado, asfixiado y sintiendo que estaba encerrado en una cueva de fango movedizo que penetraba por cada agujero de mi cuerpo y me había ahogado. Una de mis manos pasaba por mi rostro sudado, y mi cuerpo temblaba de terror. Ciertamente, se sentía aún muy real… a pesar de que ocurrió hace veinte años, todavía la sensación era muy palpable. Me senté en la cama de maderas con algunas colchas que provisionalmente era mi refugio. Traté de calmar mi respiración, aunque, me costó su tiempo. La sensación en mi cuello aún estaba manifiesto en mi piel… ver a mi hermano de esa forma… tan desesperado… tan fuera de sí…

Locura…

¿Qué le habrían hecho? Desde que recordé ese episodio, no he dejado de preguntármelo. ¿Qué le hicieron esa noche para que decidiera terminar con mi vida? ¿Para preferir matarme con sus propias manos? ¿Él que sólo velaba por mi seguridad y salud en nuestro reino?

La locura del Odio…

Muchas preguntas aún tengo en mi mente y pensaba en ellas mientras salí de mi tienda para tratar de ordenar mis pensamientos. Todo estaba a oscura y por la posición de la luna menguante sobre nosotros, debía ser poco más de la medianoche. El frío de la noche calaba en mis huesos y me vi obligado a cubrirme con el manto de cuero de mi amante. Es su favorito, pero, luego le explicaré. En ese momento necesitaba despejar mis ideas.

Esta memoria fue la brecha de lo que yo conozco como mi vida. Antes, mucho antes, yo no recordaba ni a mi hermano, ni a mis padres o procedencia. Me crie al lado de Afrodita en una familia de sacerdotes lemurianos, donde conocí a Mu. Por muchos años llegué a pensar que era uno de ellos, que eran mi familia aunque, en las noches, las memorias me asaltaban. Muchos años después supe de mi origen y entonces… al recordar esa escena, me llené de odio. Recordar la forma que mi hermano peleó por protegerme y terminó intentando matarme. Las miles de dudas que se anidaron en mi cabeza… dudas que al final nunca obtuve respuestas de sus labios…

Pensando había llegado a la laguna que circula cerca de nuestro escondite entre las montañas. El espesor del bosque nos ayuda a cubrirnos y escondernos en este lugar, lejos del peligro de los soldados de Alhenas y Rukbat. Fue el lugar que él ubicó y ha sido la mejor decisión. No estaba conmigo al despertar, así que algo debió haber ocurrido para que no haya llegado. Preferí no pensar nada al respecto para no intranquilizarme.

Me despojé de mi franela blanca, mi pantalón beige y las botas de lana y cuero. Permití entonces que las aguas de aquella fría laguna me tranquilizaran, dejando ingresar primero poco a poco los dedos de mis pies y luego, tobillo, pantorrilla, rodilla y muslos hasta cubrir mi cadera. Ya este cuerpo ha sido marcado muchas veces por el paso de espada y flechas, desde hace dos años que empecé con él esta travesía. Con él, él único que no cuestionó mis motivaciones. El agua cubrió muy pronto mi pecho, empezando a humedecer el anillo de oro que cuelga de mi cadena. Lo tomé entre mis manos y vi el sello de aquella piedra de topacio con la firma de los Alhenas, un anillo de oro de la corte real de este país que tratamos de liberar. Este… este era el único recuerdo que tengo de mi hermano.

Te extraño…

Antes de que mis ojos tan siquiera pensaran en llorar, me hundí en el agua, ahogando así todo intento de mostrarme débil ante incluso la naturaleza. Salí, echando mi cabello dorado hacía tras para abrir de nuevo mis ojos y ver el cielo estrellado. Había mucho que pensar.

______________Acto dos: El Dolor

///Hace 20 años///

Su cuerpo estaba mal herido. Moretones, marcas de besos y mordidas en esa piel que antes era virgen. Sus tobillos y muñecas lastimados aún vertían un poco de sangre y toda su intimidad había sido herida al extremo. Jamás pensé en mi vida ver tanta brutalidad junta. Por fortuna, había logrado entablar una buena amistad con el carcelero.

Se hizo llamar Manigoldo y tenía poco más de tres años en el lugar. Apenas llegué me entretuvo conversando, mientras cargaba a Shaka en mis brazos sin saber el destino del príncipe heredero de Auva, hasta que aquella noche lo tiraron como saco de piel y huesos, desnudo y horrorosamente tratado. A pesar que el tono jocoso del carcelero no ayudó a formarme una opinión muy honesta de él, la forma que actuó cuando arrojaron a Asmita a la celda me dio a entender que aquel hombre fuera de su sonrisa macabra y comentarios sarcásticos era más de lo que aparentaba. De no ser por su ayuda, no hubiera podido salvar a Shaka…

−Dale esto. Con esto recuperara fuerzas−me extendió un vaso de algún liquido con un olor bastante desagradable, el cual fue suficiente para revolver todas mis vísceras pero obedeciéndole, me acerqué a Asmita y con dificultad logré que bebiera un sorbo. El carcelero seguía al pendiente−. Partió para tomar posesión del reino, así que estará un tiempo libre.

No podía evitarlo. Verlo tan malherido y ultrajado me provocó terribles deseos de llorar. Había pasado ya 5 noches desde nuestra llegada y aún, aún su cuerpo mostraba series lesiones por todos lados y además… estaba en estado de shock. Sus ojos abiertos miraban la nada, ya la sangre había cedido de ellos, mostrando sus cuencas blancas y pupilas azules empañadas. Sus labios entre abiertos y partidos, mordidos con sadismo, dejaron escapar un poco el aire que respiraba muy lentamente por su nariz. Todo él estaba deshecho, en cuerpo, en alma, honor y orgullo… no era ni la sombra del príncipe heredero a quien serví.

−Manigoldo… Gracias por ayudarme a salvar al príncipe Shaka…−le dije, secando una de mis lágrimas con el manto amatista ya sucia por la humedad y la tierra a nuestros pies.

−Tranquilo… ese viejo lo conozco, me crió cuando era sólo un crio. Estoy seguro que lo cuidara bien. Pero dime, Shion, ¿le dirás a Asmita que al final no lo mató?

−Creo, que es mejor que piense que si lo hizo… De esa forma, no sufrirá pensando en su bienestar…

−Es fuerte…−comentó el carcelero arrodillado, para estar a mi nivel a pesar que nos separaba los barrotes de la cárcel−. Por lo general, los que son víctimas de esos actos son aldeanos atrapados en la conquista y no sobreviven… mueren desangrados por… el abuso.

−Asmita tuvo un fuerte entrenamiento. Es el mejor en las espadas de nuestro país, aunque su cuerpo es delgado, es bastante ágil, rápido y flexible, eso sin contar la fuerza…−mojé un poco sus labios con agua, para darle de beber−. Aunque… sinceramente… hubiese preferido su muerte a tener que verlo así.

−Shion… pediré la forma de que te integres como esclavo de la cocina. Si saben que estabas con él y él no se ha recuperado, el diablo que tenemos de rey te podría tomar a ti−sentí un respingo en todo mi cuerpo con sólo imaginar la escena. No, yo no quería pasar por algo tan asqueroso−. Es lo único que puedo hacer por ti.

:::::::::::::__________:::::::::::::

Había pasado un mes y Asmita poco a poco recuperó la consciencia, aunque se quedaba en la celda viendo al limbo. Cuando preguntó por Shaka y le dije que lo había matado, se quedó inmóvil, sujetando con sus manos las piernas y sin expresión alguna. Tardó tres días en reaccionar y llorar. Luego, no volvió a mencionar más.

Esa tarde se escuchó el rumor que el Rey Aspros estaba de regresó y el castillo entero revolucionaba. Yo logré salir del calabozo y me convertí en ayudante en la cocina, gracias a la ayuda de Manigoldo. De esa forma podía darle mejores alimentos a Asmita, mucho más comestible que la comida que se les da a los esclavos encarcelados. Había recuperado un poco de su color, pero seguía ausente a la mayoría de los estímulos, demasiado metido en sus pensamientos. Me daba miedo pensar en que lo tendría tan ocupado pensando. Esperaba que no fuera en los recuerdos de esa fatal noche.

Cuando fui a buscar a Asmita en la noche para llevarle cena, la celda estaba vacía. El plato de barro cayó resbalándose de entre mis dedos ante la impresión, sintiendo que mis piernas estaban a punto de desfallecer si no fuera por el agarre de Manigoldo en mi hombro. Casi cargó con todo el peso de mi cuerpo mientras mis amatistas parpadeaban de dolor… El hecho de que Asmita no estuviera allí justo cuando el rey había llegado sólo podía significar una cosa.

−Lo siento… pero el rey lo mando a pedir… No pude hacer nada por él… Lo quiere como su esclavo personal.

Escucharlo fue suficiente. Su aliento pegado a mi oído no causó nada en comparación al estremecimiento de mi piel al imaginar el estilo de vida que tendría que soportar mi antiguo señor al lado de nuestro nuevo Rey. Y sin poder hacer nada por él… ni con fuerzas de gritar mi frustración, volteé y me abracé a aquel quien hace pocas semanas era un perfecto desconocido pero en ese momento, se había convertido en la única persona de confianza que conocía. Lloré en sus brazos y él, simplemente acarició mi cabello dorado.

Parece que las oraciones a Buda no fueron suficiente…

______________Acto tres: El Amante

El idiota del principito nos alentó demasiado el camino. Cargar a esta masa de huesos y carne sobre mis hombros ya había empezado a cansarme, pero aún faltaba para llegar al refugió y no tenía otra opción más que seguir adelante, mientras Mu y Afrodita vigilaban que nadie nos siguiera.  Apresuré el paso y al final pudimos ver la cueva donde estaba nuestro, ahora llamado hogar. Con una orden, Afrodita y Mu prepararon una de nuestras carpas para dejar al gemelo heredero, aún desmayado después de mi golpe. Alrededor no había nadie más, sólo a lo lejos podía ver al viejo Kardia de nuevo haciendo figurita con la madera.

Alce mis ojos al cielo y despejé un mechón de cabello de mi frente sudada. Había durado ya cinco días en Geminga y sí, me hacía falta ya estar con él. Me sonreí ya pensando premeditadamente en cómo habría de despertar al hombre que me metió en esta locura. Un hombre tan lleno de odio como yo y al mismo tiempo, determinado a seguir una utopía, un sueño que no le pertenece pero del cual se ha aferrado. Un hombre que burla a la muerte con tanta facilidad que hasta he llegado a creer que es dueño de ella.

Pasé por nuestra carpa, notándola vacía para mi molestia. Chasqueé mi lengua antes de cruzarme de brazo y detenerme a pensar en donde demonios estaría mi pareja a esas horas de la noche. Entonces, noté que mi capa favorita no estaba en su lugar y supuse, que habría salido a caminar. Empecé a hacer lo propio, dispuesto a encontrarlo, dejando que el mismo cuerpo guiara mis pasos hasta encontrarlo.

La noche corría brisa otoñal. Estaba seguro que pronto el verano dejaría de cobijarnos y empezaremos a buscar la manera de sobrevivir otro invierno en la intemperie. Pensando en todo lo que debíamos planear juntos para esa etapa, fue que llegué, sin meditarlo, a la laguna. Lo vi y un sobresalto tensó mi cuerpo. No importa cuántas veces lo haya tomado, sigue siendo tan hermoso y perfecto como para hacer vibrar cada fibra de mi piel. Su cabello dorado se apegaba a su espalda húmeda, cubierto de agua hasta la base de sus caderas, dejándome suficiente terreno para pensar en donde deseaba posar mi lengua justo en ese momento. Estaba de espaldas, con la vista al cielo y quien no lo conociera creería que no se ha dado cuenta de mi presencia. Pero no es así, sé que está al tanto de mi llegada.

−¿Qué ocurrió para retrasarte? –preguntó, sereno como siempre, con esa expresión tan neutral que intentó decirme que no le afecta, aunque su tono de voz levemente molesto me dio indicios de lo contrario.

−¿Qué sucede? ¿Me extrañaste tan pronto? –le contesté, divertido. En esos momentos ya no tengo ánimos de discutir nada que no sea a punta de besos y caricias. Como respuesta, se sonrió de medio lado, de forma inquisitoria, causando otro temblor en todo mi ser. El maldito sabe perfectamente como desarmarme.

−Admítelo. No pudiste soportar no encontrarme en nuestra carpa−respondió volteando por completo, dándome la exquisita vista de su pecho formado humedecido, con algunas hebras doradas apegadas a su piel y formando con delicia cada pliegue de músculos. Una cicatriz adorna un lado de su cuello, a la derecha, otras más se salpican por sus hombros y brazos y el camino de vello dorado que empieza en su ombligo y se pierde entre las aguas me tienen delirando−. ¿Te provoca? –indagó con sus ojos zafiros seduciéndome y apartando un poco sus brazos de la vista, ofreciéndose provocativamente. Relamí mis labios con lujuria. El banquete de esa noche prometía en exceso.

−Cuando te diga que encontré por allí tirado, te aseguro, mi Shaka, que te ofrecerás como perra en celo−rió a mi comentario, pasando una de sus manos por su cabellera dorada, apartando el flequillo de su frente para luego destinarme una de esas miradas de fuego azul que consume todo rastro de cordura. Me desafió y yo tenía la victoria asegurada.

−Sorpréndeme entonces, desgraciado. Dime que encontraste.

Me sonreí de medio lado. Este juego donde nos medio insultamos sólo hace hervir la sangre dentro de mis venas. Él es endemoniadamente intenso.

Me senté en la grama, frente a él, sosteniendo mi espalda con mis brazos hacia atrás, dejando que mis palmas me sostuvieran y recargando mis rodillas a la tierra, entre abiertas, también ofreciéndome a él en un juego de seducción innato. Lo miré con codicia, recorriendo cada milímetro de su piel húmeda, antes de sonreírle ampliamente. Tengo su total atención y en cuanto suelte la noticia, tendré su cuerpo también.

−Te he conseguido a uno de los hijos de Aspros, Kanon de Alhenas−dije, con aire triunfante porque esta batalla era mía.

Sus ojos azules se abrieron de par en par para mostrarme su visible sorpresa. Sólo duró unos minutos para reponerse de la impresión y dibujarme una expresión sumamente controladora, conforme se acercaba a mí y el agua iba cediendo espacio en su cuerpo, permitiéndome ver todo el resto de su preciosa extensión hasta quedar totalmente desnudo frente a mí. Entonces se arrodilló y se sentó sobre mí, presionando seductoramente mi pelvis mientras pasaba sus manos felinamente por mi rostro y cabello, observándome con esos ojos zafiros que buscan quemarme en su hoguera. Es un demonio con cara de ángel… No, es el mismo ángel de la muerte.

−Creo que mereces una recompensa, Delio…−me susurró antes de clavar sus dientes en mi mentón. Yo sonreí, tenerlo así es la cosa más placentera de la tierra−. ¿Qué es lo que quiere el rey de la muerte de mí? –preguntó, de forma seductora mientras lamió el pabellón de mi oreja. Me provocaba deliberadamente.

−Te quiero a ti, Shaka… A ti, de nuevo, una y mil veces−se sonrió, pasando sus manos por debajo de mi pantalón conforme me encerraba en sus zafiros encendidos. Yo entonces tomé mis manos para recorrer su espalda y bajar hasta sus glúteos. El fuego que sólo provocaba mirarlo de esa forma ya me había arrebatado la cordura−. Eres… delicioso…

−Delio… tú sabes que te pertenezco…

Un beso nos quitó las palabras de nuestras bocas. Un beso ansioso y candente que quemó nuestra saliva y nos sumió a un acto animal que disfrutábamos gozosamente. Estábamos juntos desde hace dos años y no, no hay momento que no deseé volver a estar con él en mis brazos. Él es fuego, fuego Fausto, divino, inmortal. Él es sangre y sal, arde y envenena hasta la medula. Es todo, todo lo que amo.

Una mano recorrió su fuerte espalda con fuerza, otra se posó en su entrada santa, sólo dispuesta a recibir a un dios… mi dios… la muerte. Entre besos que encendieron nuestras pieles, se sentó sobre mí, penetrándose a sí mismo con la ayuda de la gravedad y mostrándome su expresión de placer carnal. Apretamos nuestros cuerpos, entrelazados uno sobre el otro y nada era imposible cuando estábamos así. Se movió sobre mí con ese ritmo y vaivén que sólo él conoce y que me enloquece a puntos desquiciantes, mientras tomé su cabello dorado para llevármelo a la nariz y respirar su sudor, agua y excitación mezclado de aromas, antes de volver a atraerlo a mis labios y tragar de su garganta cada gemido que pudiera despertar a los demás.

Y es que, sólo yo lo comprendo… sólo yo conozco el odio que como úlcera lacera su estomago cada noche. Las pesadillas que él vive, el sueño utópico del que se aferra como lo único que puede hacer por su hermano, aún a pesar que sea salvando un pueblo al que odió desde el momento que recordó todo su pasado. Shaka odia a Alhenas, y allí estaba, dos años promoviendo una revuelta para salvar el país que odia. Shaka odia a los reyes de Alhenas, odia todo lo que tiene que ver con este país pero sólo, sólo lucha impulsado por el odio a estas tierras, el amor a su hermano Asmita y la desesperación, al no entender como poder sopesar sentimientos tan contradictorios en una misma visión. Y eso, eso es lo que recuerda día y noche al ver esa cadena de oro con el anillo del rey… el último recuerdo de su hermano.

Y en ese vaivén, aunque gimió mi nombre y apretó mis hombros para ejercer su maldita fuerza y provocarme el mayor de los placeres animales, pude escucharlo, muy dentro de su alma, desgarrado y aferrado a su garganta, encerrado tras sus parpados, el dolor, insano, vil, añejado… Mi Shaka, allí que estábamos conectados en cuerpo y alma, pude oírlo llorar en lo más intimo de su ser, odiar, llorar y maldecir… Y yo… yo soy el único que lo entiende… Mientras nuestros labios se unen una vez más antes de colapsar victimas del arrebato, en medio de nuestro acto de amor… comprendo… de nuevo, que por él, sería capaz de bajar al mismo infierno, traer el alma de su hermano para que al fin… pudiera contestar las dudas que laceran su alma…

Y como no puedo hacer tal cosa, no me queda otra opción más que amarlo y acompañarlo hasta el mismo averno…

−Tuviste otra pesadilla, ¿no? –le pregunté, ya varios minutos después de habernos fundidos. Lo tenía recostado sobre mí, usando uno de los arboles como espaldar y cubriéndolo del frio con mi manto favorito.

-Más que pesadilla, fue otro recuerdo…-suspiró y esperé en silencio. Sé que en cualquier momento me dirá más-. No entiendo a mi hermano… aún no logró comprenderlo-de nuevo, las mismas preguntas que no podré responder jamás. No conozco sus respuestas-. Después de todo lo que le hicieron para que buscara matarme y luego de quince años, muere protegiendo el maldito trono de Alhenas-se reincorporó buscando sus ropas, visiblemente indignado consigo mismo-. ¡Sé que Kardia tiene idea de qué ocurrió pero no quiere hablar el maldito alacrán!-espetó furioso. Cada vez que lo veo con su ceño fruncido y esa mueca de enojo, me excito-. Con eso del amor me tiene harto…

-El bicho está resentido porque no consigue a su pedazo de hielo… yo lo entiendo, te llego a perder a ti y te juro que lleno una casa de las caras de todos los hombres, mujeres y niños que mataré en mi locura.

-¡No digas algo tan miserable, Delio! –me reclamó. Sé lo mucho que le molesta que hablemos de la separación-. Viviremos y liberaremos este maldito lugar, junto a Saga. ¡Si es que quiere claro! Si no, no importa, ¡escaparemos y seremos libres también! ¡Libre de la corona!

−Él único rey aquí eres tú, Shaka. En mi sangre no hay nada de tinte azul−le comenté, divertido, sólo para verlo más molesto.

−¡Cómo sea! –desvió la mirada. Resopló un poco de aire antes de continuar−. ¡Llévame a donde está ese cobarde!

Lo observó caminar, con ese paso firme y controlador, con su mirada encendida de fuego mientras recogía su cabello dorado en una cola alta. Le seguí, como estoy dispuesto a hacerlo por el resto de mis días. Le seguí hasta quedarme a su lado y llevarlo al desgraciado hijo del rey y mostrarle un poco de nuestra hospitalidad. Porque en este refugio, Shaka y yo, somos los reyes.

______________Acto cuatro: El Emisario

Desperté en este maldito lugar hediondo a humedad, a pasto mojado y algo de alcohol. No entendía que había pasado, cuando me levanté de esa cama de paja y recorrí esa carpa pequeña. Mi capa negra estaba a un lado, esperándome y yo aún no decidía que debía hacer. De seguro estaba en el escondite de esos imbéciles y pensarlo no me producía la menor alegría. Lo más seguro es que ese cuento de Asmita sea todo un montaje y que esta gente no sea más que un grupo de malhechores que se gozan de la desesperanza de los más pobres. No es como si me importara, pero sólo pensar que usaron el nombre de Asmita para hacer esta porquería me creó nauseas.

Me detuve entonces, y sentí que alguien entró a la carpa sin avisar, tensando mi cuerpo inmediatamente. Mayor sorpresa cuando vi que quien estaba frente a mí no era un enemigo. Reconocí inmediatamente su cabello azul ensortijado y visiblemente áspero por la miseria, su rostro desencajado con algunas líneas de tiempo pero, la mirada turquesa tan ardiente y sedienta de sangre como lo recordaba. Era el segundo al mando de mi tío Defteros, fue el general del ejército más grande de Alhenas, Kardia de Scorpius.

−¿Qué haces aquí, Kardia? –pregunté asombrado. Podría haberme imaginado a muchos menos a él en este lugar−. ¡No me digas que también creíste en el cuento de que Asmita está aquí…! o peor aún, ¿eres parte de esta maldita farsa? –espeté, furioso viéndolo a él, mi antiguo maestro de espada en ese inmundo lugar. Me sonrió como solía recordarlo, con ese deje de sensualidad y terror que erizaba mis venas. Es un maldito manipulador.

−Donde haya sangre allí estará yo, príncipe Kanon−lo observé con furia ante tales palabras−. Y este lugar me asegura mucha sangre…−siseó provocativamente. Molesto intenté golpearlo pero me inmovilizó por completo tomando mi muñeca derecha y aplicando una llave hasta torcer mi brazo entero tras mi espalda y obligarme a hincarme al suelo. Desde allí le dirigí una mirada indignada. ¡Todo esto apestaba!−. ¡Vaya que te hace falta práctica, príncipe! Así no podrás pelear con nosotros.

−¡No tengo intenciones de involucrarme en este circo! –grité, enfurecido. Ese hombre debió morir junto con Asmita, pero abandonó su puesto buscando salvar la vida de su amante−. ¡¡No creas que he olvidado lo que hiciste en la revuelta!! –reclamé y vi la mueca de odio que dibujó en su rostro−. ¡¡Maldito traidor!! ¡¡Por tu culpa Asmita…!!

Una bofetada volteó mi rostro y me hizo caer al suelo. Boté algo de sangre y lo miré desde allí, con ira y él me observaba con sus turquesas encendida de la más pura rabia.

−No hables de lo que no sabes, Kanon−me dijo, esta vez quitándome el adorno del príncipe−. Ese día ocurrieron muchas cosas que tu mente noble no entendería. Incluso, el niñato que dice seguir la voz de Asmita no termina de entender, el muy imbécil, la verdad tras su muerte.

−¡Sólo sé que Asmita murió protegiendo el trono de mi hermano y que tú te fuiste patéticamente a buscar al curandero! –le reclamé, con ira y él sólo me sonrió de forma irónica.

−Vamos, príncipe. ¿Qué puedes decir tú? ¡Fuiste el primero en salir corriendo buscando como salvar tu trasero! ¡Y has estado estos cinco años seguro haciendo lo mismo! ¡Hubiese sido Defteros, y hubiera tumbado al maldito de Youma en menos de un año!

Callé, comprendiendo que ante esas acusaciones no podía hacer nada. Ciertamente no soy más que un príncipe cobarde que jamás le interesó el maldito reino. Sólo las orgías que pudiéramos disfrutar y el buen vino. Así mi padre nos había enseñado a mi hermano y a mí. Mientras Defteros conquistaba naciones para él, él armaba orgías y fiestas de alta alcurnia para liberar sus apetitos. No teníamos, ni Saga ni yo, apego alguno al reino… Hasta que Saga conoció a Asmita y empezó a cambiar su visión. Yo, por lo menos de mi parte, nunca le di la mayor importancia.

−¡Vaya!, parece que ya dejó de cogerse al otro−le escuché decir con una sonrisa burlona. Caí en cuenta que alguien más había entrado a la carpa, eran dos hombres más y a uno, por las botas reconocía como aquel que se hizo llamar DeathMask o Delio. El otro, desde donde estaba pude ver sus botas de lana y cuero.

−¡Cállate alacrán! –gritó el que me había capturado. Parecía no llevarse muy bien−. Es mejor que aprecies un poco esa lengua larga que tienes antes de que te la arranque.

−Déjalo DeathMask…−una voz dulce y autoritaria. Una contraposición para mis sentidos que pudo reconocer a distancia ese acento extranjero hablando nuestra lengua−. Como ya no tiene con quién hacerlo, se muere de envidia−No pude evitar reírme ante el tono divertido que uso aquel y más cuando Kardia furioso intentó golpearlo y fue atajado por el otro.

−No se te ocurra tocarle un solo cabello, bicho.

−¡Eres un maldito desgraciado! Pero igual me sirves, ¡por eso me quedó! –gritó mi antiguo maestro con furia. No podía dejar de sentirme complacido, molestarlo sigue siendo divertido, tal como hace años.

−Sí, si, como sea, Kardia. Déjame a solas con el príncipe.

Me senté, dándole la espalda mientras limpiaba el rastro de sangre que me dejó la bofetada de Kardia. Todavía el otro estaba allí, parecía vigilar cualquier movimiento. Por lo que acabé de ver, lo protegía, protegía al hombre que desconozco con acento extraño. Pude sentir una mirada clavada en mí, inspeccionándome de pies a cabeza. Esa mirada tenía algo que se me hacía familiar.

−Bien, príncipe Kanon. Mi compañero y segundo líder al mando de este lugar−aclaró, como colocando los términos en la mesa−, me comentó que intentaste perseguir a uno de mis hermanos. Eso estuvo muy mal hecho…−dijo lo último con cierta pausa ronca en su voz, intimidante.

Volteé, dispuesto a darle la cara y ver quién era el maldito que estaba hablándome y en ese momento, palidecí. Mi cuerpo se tensó por completo y me eché hacía atrás, aterrado ante la visión que me presentaba mis ojos. El cabello dorado caía húmedo recogido en una cola alta. Su franela manga larga sujeta con unas tiras a su muñeca, pantalón beige, botas de lana y cuero y… esa cadena… ese anillo… ¡Imposible!

−Así es, Kanon… yo soy el enviado de Asmita…−siseó, con una sonrisa complacida por mi reacción. Esos ojos azules que si podían ver me estremecían con su mirada afilada. Era verlo… era verlo a él… ¡era ver a Asmita! −. Ahora… ¿estás dispuesto a usar tu maldito trasero para liberar tu propio reino?

Y allí, entendí. Era cierto… mientras ese hombre estuviera respaldando esta revolución, no había forma de fallar. El pueblo lo aclamaría… Él era el emisario de Asmita y la prueba era esa cadena y anillo de oro que sólo el consorte del Rey tenía en su cuello. Y su figura, una copia maldita de ese mismo hombre, era razón suficiente para seguirlo.

______________Acto cinco: El juguete

///Hace 20 años atrás///

Me sacaron de la celda. Cuando escuché su voz entendí que estaba ocurriendo pero no opuse resistencia. Ya no. Buda me ha enseñado el camino para mi venganza… Buda me ha mostrado el camino para despejar mi odio. Ya estaba decidido, decidido a aprovechar esa maldita oportunidad para vengar a mis padres, a mi pueblo, a mi querido hermano que con estas mismas manos había matado, sólo para salvarlo de él.

Me bañaron con esencias de rosas. Derramaron miel entre las aguas y tallaron todo mi cuerpo. Me preparaban como preparan a la novia en la boda para entregarse a su amado, pero yo iba a seguir con mi penitencia. Lavaron mis cabellos y los peinaron, para luego sujetarlos sobre mi cabeza. Cubrieron a mi cuerpo con un manto sedoso y suave que se escurría en mi piel y me dejaron, sentado en una cama amplia, en algún lugar del castillo. Supuse que es la habitación del rey. Habían apresado mis manos en grilletes, junto con mis tobillos y de mi cuello ya pendía una gargantilla de oro que me reclamaba como esclavo real. Me quedé quieto allí, flexionando mis piernas y sentándome en posición de lotos, para aclarar mi mente, prepararme mentalmente para el siguiente encuentro. Porque… ya lo único que me sostenía era el odio… y el odio me llevaría a la locura y la venganza…

Escuché el ruido de la puerta y su voz, llamándome. No me moví. Permanecí inerte en mi posición, aclarando mis pensamientos… preparándome para dejar mi cuerpo como un cascaron vacío. Sus manos pasaron de mis hombros hasta mis muñecas, recorrieron entonces mis piernas esquivando mi intimidad y se alojaron, en mis tetillas. Su aliento golpeó mi cuello y su nariz se posó sobre mi oído. Permanecí inmóvil, controlando a mi cuerpo para que este no mostrar el temor que sentía ante cada acercamiento, tratando de olvidar el sabor del dolor que me dejó esa terrible noche.

−Te extrañé mucho… príncipe de Auva−me susurró, lamiendo el pabellón de mi oído y creando un erizar en mi piel, que también controlé−. No sólo sobreviviste, sino que llego y te veo más hermoso que nunca… eres especial−su lengua rodó desde mi oído hasta el cuello, para luego delinear la base de mi mandíbula y clavar sus dientes en mi mentón. Su cabello creaba cosquillas en mis hombros−. Esta vez, seré bueno contigo. Me dijeron que mataste a tu hermano para salvarlo de mí… eso estuvo mal hecho, Asmita−tomó mi rostro con una de sus manos, obligando a entreabrir mis labios para delinear con su lengua el contorno de ellos, muy suavemente. Me es difícil contener las corrientes que estaba creando en mi cuerpo−. Te recompensaré por eso…

Me besó, metiendo su lengua hasta mi paladar y seduciéndome con su trato delicado. Pero no, no dejé en ese momento que las sensaciones nublaran mis sentidos y mucho menos mi cordura. Acallé cada gemido de forma satisfactoria y simplemente le di espacio a que él hiciera lo que quisiera con este cascaron vacío. Mordiendo mis labios cuando sentía que la corriente era avasalladora, porque por desgracia, el placer carnal, sigue siendo placer, por mucho que el corazón no esté de por medio. Y esa vez, la bestia que me tomó con brutalidad aquella noche, ahora me degustaba lenta y pacientemente, con caricias que despertaban cada milímetro de piel, lamidas y besos que recorrían las extensiones de mi cuerpo. Era el rey, el rey Aspros quien ahora usaba todos sus conocimientos para provocarme y así obligar que salieran gemidos que no estaba dispuesto a darle. Y aunque pude controlar mi garganta, no pude hacer lo mismo con mis caderas, que desobediente y traicionera con su movimiento le dieron indicios de placer.

No importaba… ya nada importaba para mí en ese momento… porque este cuerpo sólo es un cascaron vacio… el alma, el alma no estaba allí y si el cuerpo quería sucumbir a los insanos placeres terrenales, lo haría, solo, sin el alma… el vacío del sólo sexo.

Por ello, me permití disfrutar lo que se podía disfrutar. El movimiento cadencioso que tocaba algún punto de mi ser y me obligaba a morder mis labios con fuerza para, al menos, cumplir mi decisión de no emitir suplica alguna. Mi cuerpo ardía de sensaciones encontraba, pero al menos… al menos, a mi garganta la mantendría doblegada.

Honor… ¿Dónde quedó el honor?

Sólo era un juguete, ahora juguete real… desde esa noche, su preferido.

______________Acto cinco: El heredero

−Según los rumores, los profetas volvieron a anunciar al supuesto enviado de Asmita en la ciudad de Geminga.

Oí la voz de mi sobrino, Shiryu, luego de ir a la ciudad más cercana a constatar los rumores. Han pasado cinco años desde que tomaron la corona aprovechando la muerte del antiguo Rey. Yo, Dohko Librais, no descansaré hasta volverlo a colocar, en nombre de Defteros, mi principal líder y del reino de Alhenas, al cual serví por 25 años.

Tal vez mi cuerpo ya no es el mismo del de hace 20 años, cuando ganaba batallas y reinos al lado del príncipe Defteros, disfrutando del fuego y la sangre que se derramaba a nuestro paso; pero mi alma esta tan joven como ese día. Escuché que parece ser muy cierto lo de un joven que ha venido como emisario de Asmita, no pude quedarme de brazos cruzados. Debía entonces ubicarlo, porque él tiene algo que a mí me falta y al mismo tiempo, yo tengo algo que a él le falta. Él tiene el legado de Asmita, yo tengo al heredero de Aspros. Nuestra alianza es imprescindible.

−¡No uniré fuerzas con un bastardo que se hace llamar Asmita! –le escuché decir, con la terquedad que no sé si viene de su padre o su tío. Creo que de ambas partes.

−¡Por favor, príncipe Saga! La gente le cree y es lo importante. Nuestro objetivo es volverte a dar la corona, para eso necesitamos de un símbolo que te avale−vi en sus ojos esmeralda un brillo de desaprobación, igual a su padre, orgulloso y altivo−. Y debes reconocer, príncipe Saga, que el sólo hecho de ser hijo del rey Aspros no es buen aval.

Chasqueó su lengua, molesto, y pude entenderlo. De los años de reinado de Aspros no quedó muy buena impresión. Sin embargo, el símbolo de Asmita, como consorte del antiguo Rey es un detonante para el movimiento de las masas. Es necesario para nuestro movimiento.

−Sabe, mi señor, que tengo a más de 300 hombres esperando para dar sus vidas por usted, pero no sólo nos enfrentamos al príncipe de Mefis, sino al reino de Rukbat.

−¡Malditos bastardos! –espetó furioso−. Todo porque al final el principito Aioria no se pudo casar con el príncipe menor de Auva.

−Por lo que haya sido, son nuestros enemigos, y necesitamos armar un buen ejercito. Ellos pueden ser nuestra salvación, príncipe.

Entiendo lo difícil que era para él, el príncipe Saga, realizar una alianza con lo que él llama un impostor. Asmita para él representaba mucho más que un emblema o una medalla para la victoria. Asmita no sólo había sido consorte del antiguo Rey, esclavo de Alhenas, príncipe de Auva… también había sido su primer amor y aún, a pesar de que ha pasado cinco años, no logra  perdonarse el hecho de su muerte tratando de salvar la corona. Él vio el final de su cuerpo… el vio la forma en que lo exhibieron… eso alimenta el odio que le tiene a el actual rey de Alhenas que vendió el país a los de Rukbat.

−Está bien…−dijo, cerrando sus puños, en donde en el izquierdo se puede ver el anillo real que le corresponde como el heredero de la corona, de oro y grueso, con un topacio enmarcado con el signo de Alhenas−. Busquemos al maldito desgraciado y unámonos a él. Y no me importa que tan enviado sea de Asmita, que tan parecido incluso sea, pero jamás lo aceptaré como Asmita, jamás reemplazara para mí lo que fue Asmita y en cuanto tenga la oportunidad, lo mataré por manchar su nombre de sangre.

______________Acto seis: El Amor

///Hace 19 años///

Acabamos de llegar del norte, donde vivíamos en el castillo con nuestra madre que acababa de morir. Para ese entonces, teníamos tan sólo 14 años. Kanon siempre decía que estábamos cerca de llegar, pero ese “cerca” se convirtió en días. Al final, me canse de ver la ventana del carruaje esperando ver los rastros del castillo de mi padre.

Era el heredero. El heredero legitimo del reino con solo 5 minutos de diferencia, cosa que siempre usé para molestar a mi hermano menor, mi gemelo. Por ello, estaba ansioso de llegar al castillo donde algún día reinaría y tendría esclavos clamando mi nombre, haría fiestas como las de mi padre y gastaría el tributo de los pobres para la comida del ejército. Sería un Rey.

Llegamos finalmente al castillo y fuimos escoltados por soldados. Mi tío Defteros estaba en otra guerra, creo que era contra el reino de Garuda, así que tendríamos que esperar meses para verlo. Nos hicieron bañar y vestir para presentarnos ante nuestro padre, el Rey, colocándonos nuestros mejores atuendos. Yo de verde esmeralda y mi hermano de azul índigo, para diferenciarnos. Peinaron nuestros cabellos para atarlos hacia atrás con un lazo y nuestra corona de príncipe fue sujeta en nuestros cabellos azules. Nos miramos los dos y nos sonreímos, nos veíamos guapos, como príncipes y de seguro pronto podríamos acompañar a nuestro padre en las fiestas.

Nos anunciaron entonces en el salón real y ambos entramos, al mismo ritmo de los pasos hasta que de la impresión, me detuve dejando que Kanon se adelantara. Mi padre, con una amplia corona de oro y piedras preciosa junto con el signo de Alhenas, y vestido con un traje azul zafiro que contrastaba con su cabello, dejando que la capa roja cayera al lado del estrado; y justo al lado de él, mi rey, estaba un hombre.

Su cabello dorado caía derramado entre piedras preciosas, recogido a la altura de su cabeza. Su pecho descubierto sólo tenía de adorno una extensa cadena de oro que dejaba caer lluvia de hilos de oro y zafiros sobre su piel blanca, cubriéndolo. El pantalón azul de seda y sentado en un cojín, al lado derecho del rey, con brazaletes en sus brazos, grilletes en sus muñecas, una gargantilla que mostraba pertenencia en su cuello alto, pero de oro y un punto rosa en medio de sus cejas. Su rostro… blanco, delicado en facciones pero varonil, con espesa pestañas y parpados cerrados, labios finos… un flequillo adornando su frente.

Hermoso…

Era el esclavo real… el preferido por el rey.

De él me enamoré.

Comentario del Autor

Espero les guste este capitulo. Y los personjes van tomando posición en su papel y pronto seguiran apareciendo más.

Spoiler 03:

−Sé que te gusta…−le siseó en el oído y sintió con orgullo como toda esa piel blanca se tensó, contrayendo de nuevo su pelvis, arqueando su espalda. Estaba excitado, su aroma, su respiración entrecortada, el color de sus mejillas, todo se lo decía−. No tienes porque resistirte… ¿Qué más te queda Asmita? –la lengua húmeda y fría recorrió su cuello y se alojó en la clavícula, dejando allí leves mordidas−. Ya todo me pertenece…

−Mal… di… to…−susurró con dificultad, ahogándose con su saliva para no permitir el paso de un sonoro gemido…

 

 

 



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El 19/11/09 a las 03:11:03

Capitulo 03: El Deseo de Venganza

El cuerpo de nuevo entre las sábanas reales, de color vino tinto y hilos dorados, desparramándose hasta el suelo. Muñecas encadenadas a los mástiles de la cama, en la cabecera y sus tobillos a los contrarios. El cabello dorado, sudado y húmedo por el baño se escurría entre los mantos y aquel cuerpo fornido y blanco sobre él. La cabellera azul también humedecida de sudor creaba una cortina de hebras índigo alrededor del cuerpo del esclavo. Señor y sirviente, cazador y presa; era la relación única que los unía, una mezcla de sin sabores que a pesar de cada roce delicado y lujurioso, no creaban más que una estela de sólo sexo. No había nada más allá, más que el cuerpo de uno tomando al otro, tomando posesión de forma pausada.

Aspros lo disfrutaba. A pesar de que no había sonido alguno saliendo de la garganta del rubio, lo disfrutaba ampliamente. Disfrutaba el esfuerzo sobrehumano que el príncipe de Auva hacía para tragarse sus sonidos, cuando ya su cuerpo delataba perfectamente que era víctima del placer insano que sus caricias y besos le creaban, entregados muy astutamente para hacer que fueran las hormonas las que cantaran su posesión. Tenía ya más de tres horas atándolo a una tortura de besos, labios, lengua y dedos degustando con gusto todo ese cuerpo blanco de tierras lejanas. El rostro de Asmita, aunque mordiera sus labios mostrándole una expresión que se le antojaba sensual, estaba sonrojado victima de la excitación, con sus parpados cerrados con fuerzas, sus cejas fruncidas, intentando en vano calmar el fuego de su cuerpo. Se rió con júbilo, tomando de nuevo el cuello blanco para destinarle otra vez un camino de besos que lo desquiciaran. Quería verlo gritar por más… quería verlo gemir de placer… Estaba decidido a que esa noche sería su victoria sobre las barreras de Asmita.

−Sé que te gusta…−le siseó en el oído y sintió con orgullo como toda esa piel blanca se tensó, contrayendo de nuevo su pelvis, arqueando su espalda. Estaba excitado, su aroma, su respiración entrecortada, el color de sus mejillas, todo se lo decía−. No tienes porque resistirte… ¿Qué más te queda Asmita? –la lengua húmeda y fría recorrió su cuello y se alojó en la clavícula, dejando allí leves mordidas−. Ya todo me pertenece…

−Mal… di… to…−susurró con dificultad, ahogándose con su saliva para no permitir el paso de un sonoro gemido…

−Me encanta tu voz… tu piel… tu cabello… tu aroma, Asmita…−una de las manos recorrió con su dedo índice todo el centro de su pecho, bajando por el abdomen y dibujando a su paso líneas curvas y circulo, estremeciendo la piel sudada−. No lo tomes a mal… la ley natural es esta, Asmita… La ley del fuerte que domina al débil…−el dedo empezó a bajar de nuevo por el camino de vello dorado, otra vez tentando. El cuerpo de Asmita vibró ante la cercanía y sus labios de nuevo sangraron para callarlo−. No seas orgulloso, príncipe de Auva. Entrégate…−aquel falange empezó a subir por la hombría endurecida e inflamada del rubio, creando espasmos en todos sus músculos−. Regálame tus gemidos−apretó con la yema de sus dedos la punta de aquella virilidad que pulsaba al ritmo del corazón desbocado del esclavo. El rostro de Asmita empezó a moverse de un lado a otro como si quisiera dispersar con el movimiento toda la excitación. El gesto robó una sonrisa del soberano−. Precioso… realmente precioso…

Un toque en la puerta de la habitación lo saco de su ensimismamiento. Gritó molesto por la interrupción, mientras Asmita trataba de calmar a su cuerpo para resistirse a la tortura placentera de la que era víctima.

−Disculpe su majestad, pero hay un mensajero de las tropas del príncipe Defteros.

−¡Defteros…!−exclamó y el príncipe de Auva pudo detectar en su tono de voz cierta alegría. Si era príncipe debía tratarse de su hermano. ¿Sería posible que fuera el mismo que conquistó su país? −. ¡Iré en unos minutos! –ordenó y volvió la vista hacía el rubio, con su cabeza de lado y su flequillo que resbalaba por la nariz−. Lastima… no podré seguir jugando contigo… Pero, seré misericordioso y esta vez no te dejaré con las ansias.

Subió sus caderas para lubricar el anillo de carne con su lengua, penetrándolo con algo de prisa pero sin ser violento. Los pies encadenados de Asmita se tensaban ante la oleada de placer torrencial que se acumulaba en su miembro, ya destilando algo de su semen debido a tanto preludio. Aspros escurrió entonces su lengua por la piel rugosa de sus testículos, chupando y mordiendo antes de recorrer con deseos la extensión de ese miembro escarlata por el bombeo de sangre. Lo encerró solo un momento entre sus labios y el arqueo que sacudió cada fibra del cuerpo del esclavo casi le hizo olvidar que había alguien con noticias de su hermano afuera esperando. Se guardó las intenciones de extenderle la tortura y juntó sus labios a aquellos que se mantenían cerrados, mientras que iba entrando poco a poco dentro de él.

Asmita no lo soportaba. El calor y sopor que fundía en su piel lo tenían ya fuera de sí, sumido a la peor de las humillaciones al ver que su cuerpo no respondía como quisiera. Pero allí estaba, sin importar si ese cascaron vacio de carne y huesos se entregara vilmente a las caricias expertas de ese rey, el odio seguía alimentándose al paso de cada beso, de cada dedo en su cuerpo, de cada palabra o gemido que él exhalaba. El odio tomaba forma… y la venganza era su única esperanza.

Abrió su boca buscando aire para sus pulmones, porque sentía  que ya el oxigeno de su nariz no le era suficiente y cuando sintió a aquel miembro dentro de él palpitando de nuevo en sus entrañas, una lengua penetró de la misma forma dentro de sus labios. Intentó morderlo y arrancarle así aunque sea algo de su piel, pero su intento infructuoso sólo excitó más al rey.

−Bello y peligroso mi Asmita−dijo colocando sus manos en las caderas del rubio, preparado para empezar el vaivén.

−Te… odio…−susurró cerrando sus puños, con su garganta inundada de jadeos apresados, ante el lento pase de ese pene dentro de su cuerpo, abriéndose espacio. Las silabas raspaban su carne interna al sólo mencionarla, como si el paso del sonido fueran cuchillas.

−Lo sé… y eso me excita más…−aceleró el paso y la espalda de Asmita se arqueó provocando que la intromisión fuera más profunda−¡ARGHH!… ¡Asmita!…hmmm tan… cerrado… ¡caliente! –embestidas más certeras y las sábanas eran jaladas por los puños cerrados del prisionero, mientras el rey elevaba más las caderas para hacer más empuje−.  ¡Por Ares!… Eres… ¡divino!… ¡AHHHH! Ha… ha…

Sus cuerpos estaban colapsados, la temperatura aumentaba y sus latidos sincronizados se desbocaban ante la marejada de sensaciones, estaban a punto de ceder. Asmita mordía sus labios efusivamente, enrojeciendo todo su cuello al callar la oleada de gemidos que querían lacerar su garganta. Cerraba sus parpados con fuerza, mientras el cuerpo le reclamaba liberar todo su placer en un sólo grito agónico. No podía soportarlo, ya estaba quedando sin fuerza ante las sensaciones que lo abrumaban, el más impuro placer carnal junto con el odio más penetrante. Era demasiado, demasiado ya para su mente nublada por los miles de rayos que recibían segundo a segundo con el paso de ese falo real sobre su punto de placer, demasiado para sus huesos, sus tuétanos, sus venas, su cuerpo completo… Y cuando ya, sabía que su cuerpo colapsaba y su pene, trabajado con la misma intensidad por las manos reales, estaba ya preparado para explotar; Asmita soltó dos lágrimas de impotencia y abrió sus labios, para decir lo que sentía en lo más intenso de su corazón.

−¡TEEEEEEE OOOOODIIIIIIIIIIIIOOOOOOOO!

______________Acto uno: El esposo

Por los pasillos del castillo de Askella, tercera ciudad amurallada de Rukbat, donde él vive. Se suponía que ese sería el hogar donde compartiría al lado de su consorte, compromiso que adquirió cuando sólo tenía 4 años de edad. Han pasado veintiún año de ello y de su memoria aún no puede olvidar la escena de cuando conoció a quien sería a su lado príncipe consorte real de Rukbat, un niño de su misma edad con hermosos cabellos dorados, dos zafiros brillantes por ojos y piel blanca como el nácar. El niño le sonrió tímidamente, mostrándole esa muralla de leche, mientras sostenía con uno de sus puñitos el manto de su hermano mayor. Él también hacía lo mismo con el suyo y por ello, le comprendía. Comprendía la dependencia que sentía hacía su hermano.

Aioria de Rukbat, ahora con veinticinco años, aún no había escogido consorte. Se había enamorado de ese niño en cuanto lo vio, y al ver a su lado al hermano mayor que parecía ser una versión de él con una decena de años más, le había hecho imaginar lo que sería una vida con un príncipe tan hermoso a su lado. Había pintado en su infantil edad varios dibujos de él y el príncipe de Auva juntos en el castillo, un enamoramiento de niños… creyó. Hasta que llegó ese día, que en la edad de ocho años supo lo ocurrido en el reino de Auva, en una conversación que escuchó de Aioros y su padre, Sisyphus.

///Hace 17 años///

−¡Pero padre! –oí gritar a mi hermano mayor, reclamando en su edad de dieciocho años por lo que él creía justo−. ¡Teníamos alianza con Auva e incluso, un compromiso entre mi hermano y el príncipe de Auva! ¿Por qué no interviniste en su destrucción?

Me helé. A pesar que tan sólo era un niño ya podía entender lo que estaba sucediendo. Algo le pasó al reino de mi prometido y pensarlo me provocó un terrible temor. ¿Le habrían hecho algo al niño de ojos celestes y sonrisa tierna?

−Aioros. Cuando supe de la invasión ya era demasiado tarde para enviar nuestras tropas. Los reyes murieron y de los príncipes, ellos al parecer fueron asesinados en su huida.

−¿Los mataron? –me acerqué, con ya mis ojos enrojecidos por las lágrimas que apresuradas marcaron mis mejillas. Mi padre se levantó con dolor, observándome con su rostro contraído de pesar y mi hermano sólo bajó la mirada cerrando sus puños− ¿Mataron al príncipe Shaka?

−Aioria…−musitó el rey, mi padre…

−¿Por qué? ¿Por qué lo mataron? ¡Iba a casarse conmigo! –empecé a sollozar, abrumado. En mi infantil edad no podía comprenderlo, pero me dolía, me dolía mucho.

−Por favor Aioria…−clamó mi padre, abrazándome para calmarme−. No te pongas así, pequeño. Piensa, piensa que están en el cielo… con su dios…

−¡No! ¡¡Yo lo quería!! ¡¡Yo quería a Shaka!! No es justo… ellos no peleaban…−no podía hablar mucho, el llanto me desbordaba.

−Padre… Aioria tiene razón. Es injusto. Auva no era pueblo de guerrero, ni tenía mayores riquezas. Alguien tiene que detener a Alhenas antes de que se fortifiquen y quieran arremeter contra nosotros.

−Aioros, la violencia jamás ha sido nuestro estandarte.

−¡Pero padre! ¡La justicia es nuestra mayor voz!

Mi padre cayó, abrumado ante la voz de mi hermano pidiendo justicia y la mía llorando la muerte de quien sería mi esposo. Y en mis infantes ocho años, por primera vez grabe con sangre el nombre de una nación para destinarle mi odio… odio por haberme quitado al pequeño ángel Shaka.

///Presente///

El joven príncipe recibió la visita de una mujer, de cabellos rojos como el fuego, mirada azul como los zafiros, pero jamás tan brillantes como recordaba los de su primer amor. Esa mujer era líder de una red de espionaje que vigilaban los movimientos de Alhenas, nación que él gobernaba tras Youma, luego de haberla conquistado hace cinco años, conquistado en nombre de Shaka.

−Su majestad. He venido para reportarle ciertos rumores de Alhenas−el castaño, con hermosos ojos esmeraldas, y ataviado por una túnica del mismo color de sus pupilas, más la corona de oro con piedras preciosas que se asentaba entre sus cabellos enroscado; da una señal para que la mujer continuara, mientras reposó su rostro en la mano derecha−. Se está escuchando que Asmita, consorte real de Alhenas y príncipe de Auva ha regresado para liberar al país de nuestro yugo.

−¿Asmita…?−preguntó el príncipe con desdén. Su rostro reflejaba total apatía a los hechos. La mujer asintió con su rostro en el suelo. Ella vestía una armadura de plata que cubría su esbelta figura, a pesar de ser una mujer−. ¡Es ridículo! Yo maté a Asmita, no hay forma que esté vivo.

−Lo sé mi señor… pero los rumores se expande y el pueblo ha empezado a agitarse un poco.

−Ignorantes… paseé el cuerpo de Asmita por toda la capital de Alhenas para que no quedará duda de ello… ¡pero supongo que unos barbaros como ellos no pueden entender que los muertos no vuelven!

−¿Qué haremos Señor?

−Aumenta a un 10% los impuestos y diles, que Asmita, su tan amado consorte, lo ha promovido.

La mujer asintió obedeciendo la orden y pidiendo permiso, se retiró del estrado. El príncipe Aioria se levantó de su trono, acercándose a la ventana que daba vista a la ciudad de Askella, la extensión de su territorio. Cinco años habían pasado desde que vengó la muerte de Shaka en manos de Asmita. Cinco largos años y aún el dolor insano seguía latiendo en sus venas. Shaka no merecía morir de esa forma tan infame, en una celda, como esclavo y en manos de su propio hermano que al final, terminaría vendiéndose como ramera a los reyes de Alhenas.

Había pensado en venganza, pero su sabor era tan agridulce como vacio… Nada podría devolverle a Shaka…

______________Acto dos: La Penitencia

Cuándo sentí que me seguía por el callejón, de inmediato opté por entrar a nuestro escondite y tenderle una emboscada. Pero lo que jamás llegué a pensar es que él sería uno de los príncipe de Alhenas fugitivos y que además, a mi me tocaría vigilarlo.

La noticia no me cayó nada bien pues vigilarlo significaba una cosa, servirle a un desgraciado hijo de la monarquía que tanto odiaba.

−¡Shaka! ¡No puedes hacerme esto! –le grité, molesto, realmente indignado con la decisión.

El líder de nuestra revolución, principal al mando y estandarte me miraba con desdén, sentado frente a la fogata en un pequeño tronco de madera, al lado de Delio, con sus piernas abiertas y tallando un pedazo de madera con sus manos y una navaja. Parecía que nada de lo que dijera cambiaría su opinión y ya reconocía la maldita cara de: “me importa una mierda lo que digas” que tenía dibujada en ese momento. Delio se sonreía de lado, muy divertido viendo mi reacción y Afrodita se mantuvo en silencio, viendo discretamente a Delio, suspirando de nuevo enamorado. ¡Vaya cuadro!

−¡No estoy aquí para cuidar a un maldito príncipe! ¡Sino para apoyarte!

−Dejaste que alguien desconocido entrara al escondite−sentenció Shaka, con esa mirada orgullosa y decidida que no me daba espacio a rebatir. ¡Maldita sea!

−¡¡Me seguía!! –argumenté en mi defensa y él sólo viró sus ojos con fastidio para luego volver a clavarme esos zafiros de forma imperativa, provocando que mi cuerpo se tensara.

−Y por eso lo llevaste a donde estaban tus compañeros. ¡Vaya forma de librarte, Mu! –levantó la voz, reclamándome sin pudor−. No puedo permitir que vuelvas a cometer semejante acción con alguien más. Tu deber era matarlo y lo sabes.

−Quiero hacer esto sin derramar tanta sangre…

−Entonces debiste quedarte con el viejo Sage−espetó él recriminándome con la mirada. Estoy seguro que estoy enrojecido de ira, el calor en mis mejillas y los músculos tensados de mi cuello me dan indicio para pensarlo−. Se acabó la discusión. Ahora ve a llevarle algo al príncipe.

Se levantó y me dio la espalda, en claro gesto de que no discutiría nada más y Delio le siguió, no sin antes destinarme un gesto de burla para exasperarme. Al final, quedamos Afrodita y yo, en medio de esa fogata, él en sus pensamientos y yo controlando la ira. Lo miré molestó, con ese rostro desilusionado y contraído de dolor por un amor no correspondido. ¿Cuándo terminará de entender que Delio jamás lo mirará?

−¡Deja esa cara de imbécil, Dita! –reclamé molesto, buscando pagar mi rabia con alguien y él estaba relativamente cerca.

−¡Cállate Mu! ¡Déjame en paz y ve a atender al principito! –respondió molestó, con sus aguamarinas brillantes de dolor.

−¡Das pena! ¡El maldito está loco por Shaka! ¡Ya son dos años en esto maldita sea!

−¡¡Lo sé!! –gritó y me dejó solo, tirando un poco de tierra a la fogata.

Me levanté para buscar algo de pan y leche y así fui hasta la carpa, donde el príncipe estaba recostado en la cama de madera y paja. Me miró de forma despectiva y yo hice lo mismo, destinándole una mueca de desprecio. No cruzamos palabras, ellas sobraban y para ambos la presencia del otro era incomoda. Al menos eso detecté en sus ojos esmeraldas.

Lo vi comer con ansías el pedazo de pan algo duro y la leche caliente, dirigiéndome de vez en vez una mirada indagadora. Yo sólo me senté a un lado de la entrada a la carpa, haciendo un movimiento circular con mis dedos, mientras mis codos se sostenían en mis rodillas abiertas. No podía alejar mis pensamientos de Afrodita y su amor no correspondido. Desde que conoció a Delio, apodado DeathMask, no hace más que suspirar al verlo cerca de Shaka. Yo entendía muy bien que a ellos los unía algo mucho más fuerte que un simple sentimiento. Lo supe al ver que en ambas miradas se podía apreciar el mismo fuego…

Odio…

______________Acto tres: La Clave

///Hace 20 años///

De nuevo atado de manos y pies, de nuevo totalmente a su merced. Resistirme no era una opción viable. Desde la última vez que intente hacerlo, desesperado porque mi maldito cuerpo reaccionaba demasiado bien a sus asquerosos besos y delictivas caricias, una bofetada me había marcado el rostro y entonces, me violó sin piedad, dejándome una semana sin poderme poner de pie.

Resistirme no era una opción y ya con dos meses siendo usado casi todas las noches como su juguete, había aprendido eso. ¿Qué me mantenía con vida? El odio… y la esperanza de una venganza. Y era eso en lo único que pensaba mientras volvía a ahogar mis gemidos ante el trato tortuoso y placentero que volvía a prodigarme. Disfrutaba haciéndolo… disfrutaba colocar mi cuerpo al límite donde la cordura se convierte en un enemigo. Lo disfrutaba y para mi humillación, para mi desgracia, yo le regalaba un hermoso espectáculo…

−Vamos Asmita… regálame tu voz−dijo con falsa súplica, pasando su lengua por mi oído mientras sus manos acariciaban cadenciosamente mis tetillas. Mi cuerpo ardía, sudado, abrumado por las sensaciones−. Quiero escucharte pedir más…−su lengua de nuevo recorrió mi cuello, bajando por mi pecho hasta alojarse en mi tetilla derecha. Un suspiro sobre ella y luego su lengua jugueteando, tocándola, de arriba abajo, izquierda a derecha, creándome corrientes inhumanas en mi ser que acallaba de nuevo. La otra mano se ocupaba de la izquierda, pellizcándola y jalándola para sumirme en horribles corrientes de placer y su otra mano bajó de nuevo hasta mi entrada, metiendo dos dedos ya humectados para seguir su labor, dando círculos, enloqueciéndome−. Hoy nadie nos interrumpirá… puedo pasarme toda la noche en esto… no creas que me cansa−me dijo cambiando la posición hacía mi otra tetilla, mientras que la mano que la incitaba pasó caminando hasta mi hombría, dibujando en su punta círculos que se expandían y contraían. Espasmos de placer me contorsionó por completo y casi dejaba salir un jadeo que logré apresar a tiempo−. Tus esfuerzos por callar me excitan más, Asmita−me dijo triunfante, pasando para morder mi mentón intentando seducirme.

Lo sentí alejarse y para mi maldita suerte, mi cuerpo resentía su lejanía. ¡Maldita sea la hora que este cascaron vacío se hizo hambriento de esos tratos! La humillación era demasiada y ya… ya no había cabida para tanto odio. El tiempo que tardó, el cual no sé si fueron segundos, minutos u horas, sentí que enloquecía con tantas sensaciones a flor de piel insatisfecha. Fruncí mi ceño, molesto conmigo mismo, cansado de este juego al que estaba condenado. Si tan sólo… si tan sólo encontrará algo con el cual hacerle daño… alguna manera, alguna forma…

La clave…

Eso necesitaba. La clave para destruirlo a él y su reino. La clave para sumirlo en la más profunda desesperación… Algo, lo que fuese, que me diera la entrada para empezar a preparar una venganza… Venganza… esa era la única forma que el odio que se gestaba en mí pudiera tener salida. Venganza, cruel y dura… lenta y tortuosa como la forma que me toma en esas noches que busca hacerme sufrir… Si tan sólo la tuviera…

No pude pensar más… los pensamientos se segregaron a todos lados cuando aquella boca tomó mi miembro y le destinó succiones rítmicas que me hizo temblar por completo. Fue tan sorpresivo que apenas me dio tiempo de chocar mis dientes para medio callar el jadeo. Mis manos estaban tensas cerradas en puños, con mis muñecas adoloridas por el grillete y su fricción. Sus labios de nuevo manipulaban mi hombría con lujuria, palpándola con su lengua y creando círculos, candentes, desquiciantes. Y cuándo sentí que estaba a punto de explotar, mordiendo mis labios y cerrando mis parpados con fuerza para no dar voz al placer embriagante que me nublaba la razón; él se detuvo y rió triunfante.

Caí aún con mi cuerpo en llamas. La sangre caliente me agolpaba por todas partes, y la presión de mi pene ya dolía, dolía demasiado… era pasión insatisfecha y no, no iba a pedirle que siguiera… sé que eso quería y no, no lo iba a hacer… por mucho que terminará ahogado por mi propio placer sin consumar.

−Si pudieras ver la expresión que tienes…−me siseó, de nuevo colocándose sobre mí, acariciando mi cabello sudado. Temblaba aún por todas las sensaciones, enojado conmigo mismo, cansado, harto de todo−. Sólo tienes que gemir y podrás liberarte, Asmita−me dijo rodeando de nuevo mi frente con sus labios−. Sólo pido tu voz…

Me negué con mi rostro, cerrando todo, labios, parpados, cejas, en un esfuerzo de cerrar todos mis sentidos de lo que él provocaba. La moví de lado a lado intentando despejar mi cuerpo del placer embullador y él… él sólo se rió divertido.

−Es sólo sexo Asmita…−me dijo de nuevo, sosteniendo mi mentón con una de sus manos, despejando un mechón de mi cabello para liberar mi oreja derecha−. Sólo tienes que disfrutarlo… te estoy tratando mucho mejor que a todos mis esclavos−sentía su miembro, grande, vibrante, grueso y caliente mecerse contra mi vientre, creando contracciones en mi entrada con sólo percatarme de su presencia. Era humillante… asquerosamente humillante−. ¿Sabes? A quién me gustaría tener aquí, de esta forma… no es a ti, príncipe de Auva−no pude evitar prestarle atención a esas palabras por el tono turbio con la que lo mencionaba. Por ello, casi ni sentí el momento que su miembro iba entrando a mi cuerpo, ya preparado, muy lentamente−. A quien quiero tener es a mi hermano…−abrí mis parpados, abrumado con la revelación. ¿Le gustaría tener sexo con su hermano? ¿Eso es lo que me estaba diciendo? −. Supongo que eso en tu país no es permitido, pero aquí, es algo normal. Pero mi hermano me rechaza… no me quiere de la misma forma−¿Qué se supone que estaba pasando? A pesar que un lento vaivén había empezado, las sensaciones estaban bloqueadas y podía sentir que las de él también−. Él ya está por venir… y tendré más tensión sexual, así que, tendré que usarte, ¿entiendes? –sentí que sus ojos se clavaron a los míos, muertos−. Sí él me aceptara, nada de esto estuviera pasando… si hay a alguien a quien culpar, es a él. No a mí…−¿Buscaba infundirme pena? Eso no importaba… había obtenido lo que buscaba… la clave…−. Así que, disfruta Asmita… esto es sexo, yo para liberarme de las ansias que tengo de violar a mi hermano y tú… esto será tú único respiro.

Empezó sus embestidas, rítmicas y certeras. Sentí que él alejó su cabeza de mí, concentrándose de seguro en las arremetidas y yo dejé caer mi cabeza hacia atrás, con mis parpados abiertos, mi mente poco a poco despertando a pesar que las sensaciones de mi cuerpo empezaban de nuevo a desbordarse. Me dio la clave… el maldito ya me dio la clave…

Venganza…

En eso pensaba cuando el punto de mi placer recibió la primera estocada y mi cuerpo se contorsionó en un espasmo que logré acallar. Él gemía, lo escuchaba gemir y pedir que yo hiciera lo mismo. Sonreí…

Locura…

−¡hmmmm!… ha… ha…¡Asmita! Ha… ha… ha… ¡Vamos!… ¡GIME PARA MÍ!

Me habías dado la clave maldito… ahora, nada importaba…

−¡AHHHHH! –jadeé casi sin aire, dejándome llevar−. Ha… ha… ¡AHH!… ¡HA!… ha… hmmm… ha…

−¡SIIIII!… ha… ha… ¡GIME!… hmmm…ha…ha… ¡ASMITA!

Tu hermano… tu punto débil… tu debilidad es tu hermano… Tu hermano… Sonreía mientras me penetraba, gemía con abandonó, celebrando, el hecho de que había encontrado la forma de vengarme…

Insano Odio…

−¡ARGH! –gimió en cuanto acompasé mis caderas a su movimiento−. ¡POR ARES!… ha… ha… ¡Asmita!…hmmm

−¡AHHHH! –mi placer me estaba enloqueciendo… el odio se incrementaba y lo disfrutaba. ¡MALDITA SEA YA TENGO LA LLAVE A MI VENGANZA! –hmmm… ha… ha… HA… ¡AHHH!…

El movimiento se aceleró, sus brazos se aferraron a mi espalda buscando entrar más y mi espalda se curveó para darle el espacio. Dos animales devorándose… esa fue la imagen que me vino en mente mientras percibía a mi cuerpo preparándose para la descarga. Sonreía y no podía evitarlo… ya estaba planeando todo… en medio del orgasmo lo planeaba…

Seduciré a tu hermano… te seduciré a ti… me haré la manzana de la discordia para ustedes…

La corriente pasaba de mi cerebro, viajando por mi espina dorsal. El movimiento de la cadera se aceleró aún más, friccionando mi miembro con sus manos, lamiendo mi cuello con locura y yo… yo gemía y planeaba su destrucción.

− ¡DIOSES!… ha… ha… Voy… a… ¡TERMINAR!… ¡¡¡ARDE!!!

−ha… ha… ¡AHHH! –tomé aire, ya lo sentía, la corriente pasaba por mis caderas−… ha… hmmm… ah… ¡HAAA!−

−¡Eres… delicioso…!… ha… ha… la mejor… ¡RAMERA!

Lo seduciré… y te seduciré a ti, rey Aspros… conocerás los que en Auva llamamos como el arte de seducir… Caerán… ante mí, un esclavo de guerra… ¡CAERAN!

El odio… sólo el odio… nada más que el odio me consumía y me levantaba… me sofocaba y me alentaba… me perseguía y sostenía, protegía y lastimaba… sólo el mísero, cruel y crudo odio.

Me quitaste a mi familia, mi vista, mi hermano, mi cordura, mi libertad, mi pueblo…

−¡Kyyaaaaaaaaaaa! –grité al liberar mi orgasmo contrayendo mi pelvis, arqueando mi espalda y con mi cabeza suspendida en el espacio.

−¡DEEEFTEEEROOOS! –gritó él, el nombre de a quien en verdad le gustaría poseer. El nombre de quien ama… el nombre de quien seduciré…

¡Yo te quitaré a tu hermano!

La sentencia estaba declarada… comenzará nuestra guerra en la cama…

______________Acto cuatro: El hermano

///Hace 20 años///

−¡Príncipe Defteros!

Escuché la voz del uno de los médicos reales que estaban a nuestra disposición. Lo observé con desprecio, viendo su túnica aguamarina sujeta por un listón plateado y con un pantalón debajo del mismo color. Su cabello verde colgaba de una cola y me realizaba el acostumbrado saludo real. Apenas he llegado después de tomar al reino de Auva y tengo varió de mis soldados malheridos. Y como para mí, primero son mi gente, había ido a buscar ayuda médica para que los fuera atendiendo, conforme la servidumbre ya preparaba comida y cama para cada uno de ellos.

−¿Eres nuevo? –pregunté de forma inquisitoria observándolo fijamente. Él se mantuvo en su posición de reverencia, sin inmutarse.

−Disculpe su majestad, soy Degel de la familia Acuarius. Llegué hace 4 meses.

−Entiendo, ve y atiende a mis soldados.

Ordené sin darle más vueltas al asunto. El joven asintió y aviso a su compañero, un joven de cabellos plateado, con un extraño corte de flequillo y que vestía con la misma tenía pero de color celeste. Los dejé atrás, tenía que ir a ver a mi hermano.

Tenía la corona del rey de Auva en mis manos y era hora e presentársela como muestra de mi victoria en otro reino. Era lo único que podía entregarle, porque lo que él pedía de mí, jamás se lo daría. Por ello, me replegué a los campos de guerras, conquistando reinos en su nombre. Mientras más lejos estemos, por mucho que me doliera, era mejor para ambos.

Todavía tenía inquietud sobre el destino de los príncipes del rey de aquel reino. Nunca los encontramos y no sabía si estaban muertos. Según tenía entendido, el heredero era excelente combatiendo, me sentía desilusionado al no poderlo matar yo mismo, midiendo mis habilidades con las suyas. ¿Por qué no habrá salido a la guerra? Ya no importaba… nada podrían hacer para recuperar su reino, aún si estuviera vivo.

En ese momento, escuché que me habían anunciado y entré, con paso firme, la mirada fija en mi hermano, vestido con un traje enterizo de terciopelo y piedras preciosas, mangas abombadas sujeta en codo y muñeca, pantalón que cubría hasta los tobillos, una capa roja que se escurría por el trono de oro y la corona de Alhenas reposaba en su cabeza. Ni siquiera me detuve a ver a quien estaba a su lado sentado. Debía ser otro esclavo real.

−He llegado, hermano−dije reclinándome ante él, aún con mi armadura cubierta de sangre, tierra y cenizas.

−Es un gusto verte de nuevo, Defteros. Y veo, que has venido con un obsequió para tu querido hermano−le escuche decir, con tono alegre. Resoplé un poco de aire, algo cansado por el viaje−. ¿Podrías contarme cómo fue la conquista de Auva?

−Rápida y sin contratiempos−anuncié sonriéndome−. Tomamos todas las ciudades. La familia real había huido pero logramos encontrar a los reyes en la ciudad de Zavihaj. Para cuando llegué, ya el rey había matado a su esposa. Yo me encargué de decapitar al rey−relaté, con suma naturalidad. Sentía que alguien me observaba con ira, supongo que es el esclavo escandalizado−. Aquí tengo su corona.

−Bien bien… ¡Te felicito! Levántate hermano, basta de protocolos.

Hice lo propio, obedeciéndole y poniéndome sobre mis pies, posando esta vez mi mirada al esclavo, guiado por la sensación que había sentido. Me congelé…

¡Imposible!

−Asmita−le llamó y él, sentado a su lado en el cojín vino tinto, volteó hacía su voz−. Ve y trae lo que mi hermano ha traído para regalarme.

Temblé. Mis ojos no podían por la impresión y me sentí presa de un sentimiento que me hizo sentir el más vil de los terrestres. Se supone que debía estar muerto… se supone que no debió escuchar lo que acababa de decir… ¡MALDITA SEA! ¿Cómo llegó él aquí? Mi mente no podía dejar de hacer conjeturas cuando al verlo levantarse, con sus puños cerrados, vestido sólo con un pantalón de seda y satén vino tinto, con sus cabellos recogidos con piedras preciosas, sus hombros cargando un mantón vino tinto tejido que rodeaba su cuello, y caía como una leve cortina sobre su pecho, dejando sólo ver la gargantilla de esclavitud real. Sus brazos con brazaletes, sus pies descalzos, me envió una expresión recriminatoria que me hizo sentir desarmado.

Obedeciendo la voz de mi hermano, el rubio caminó, de forma elegante, como lo haría alguien de su cuna, hasta llegar frente a mí y extenderme sus manos ataviadas con anillos de oro. Con temblor deposité la corona del Rey de Auva… su padre, en sus manos… Me vi preso de un sentimiento que jamás había sentido en mi vida.

Culpa…

Lo vi tomar la corona con un ligero temblor casi imperceptible en sus manos. Frunció su ceño, mordiendo sus labios, recorriendo con sus dedos los tallados y figuras esculpidas en el oro, subiendo por cada una de sus líneas y palpando cada piedra preciosa. Luego de su inspección, la sujetó con fuerza, respirando ahogado. Me dio la espalda entonces, dispuesto a ir hacía donde estaba mi hermano sentado, quien con sus piernas sentadas y con el del rostro recargado en su mano derecha, disfrutaba visiblemente de los gestos del rubio. Yo estaba espantado… asaltado por deseos de penitencia…

−Asmita… póntela−el rubio se detuvo y yo me tensé en el momento, ante el cruel pedido. Lo vi temblar y yo… yo estaba destrozado ante la vergüenza−. ¡Obedece!

Lo vi esperar unos segundos más, antes de empecer a ascender el objeto de oro en sus manos, hasta colocarlo a la altura de su cabeza. Sus manos temblaban, ya no ligeramente, podía verlas temblar y eso me tenía lacerado por dentro… Era el príncipe… el príncipe de ese reino… el príncipe de ese reino como esclavo real de mi hermano… Pensarlo me sumía a la desesperación… Yo mataba a todos los miembros de la realeza para que no sufrieran la esclavitud. Los mataba con honor, primero permitiéndoles defenderse… era lo único que podía hacer por ellos. Pero allí estaba ese príncipe que escapó de mis manos, colocándose la corona con dificultad, temblando ella entre sus dedos, hasta que por fin, la puso sobre su cabello arreglado. Mi hermano entonces estalló con una carcajada inhumana, mientras yo seguía callado, ahora frunciendo mi ceño en gesto de profunda ira y él, él seguía temblando de visible impotencia.

−¡Debo admitir que te quedaba muy bien! –comentó divertido. Esa forma de ser de mi hermano me asquea−. Ven aquí, hoy lo haremos con esa corona en tu cabeza…

Cerré mis ojos, conteniendo mi puño… No podía soportarlo…no podía soportar estar en el castillo con ese hombre allí, recordándome una y otra vez las muertes que he producido para conquistar otras tierras. Lo decidí, saqué mi espada de su protección y le apunté. Mi hermano se levantó con furia y el rubio sólo volteó para dejarme ver una lágrima que había resbalado por su mejilla y una expresión iracunda…

Odio…

Detecté en él el más puro y profundo odio. Con ello estaba más decidido a matarlo en ese momento.

−¡Ni te atrevas, Defteros! –gritó mi hermano, con una molestia que nunca había visto que me dirigiera.

−¡No sé cómo llegó aquí! ¡Pero yo no dejo a nadie de la familia real vivo! –exclamé en el mismo tono, dispuesto a terminar con su maldita existencia. Mi hermano me observó con ira, saliendo del trono y tomándolo por su brazo, de forma posesiva.

−¡No lo harás! ¡Es mío! ¡Si se te escapó no es mi problema! ¡Es mi esclavo!

Lo miré, pasmado. Jamás había visto a mi hermano peleando por la vida de un esclavo, jamás le había importado. No tenía sentido… nada tenía sentido…

:::::::::::::__________::::::::::::::::

¿Culpa? ¿Acaso en ti he visto culpa? Hasta hace pocos minutos hablabas con desgraciada facilidad la forma en que tomaste mis tierras y ahora, cuándo voy a tomar la corona de mi padre en tus manos, ¿me miras con culpa?

Parece que eres mucho más sencillo de seducir que tu hermano. Con él me ha costado noches de cama y sexo desenfrenado para tenerlo atado a mí, pero tú… tú pareces que eres capaz de entregarme hasta tu corazón. Tú que mataste a mi padre, me robaste todo para entregárselo a él… sólo porque no puedes corresponderle… ¡PATETICO!

Y ahora, ahora que tengo la corona de mi padre entre mis manos, reconociéndola con mis dedos… juro… juro ante ella que no descansaré… no me detendré hasta destruirlos a ambos… a él con el sexo, a ti seduciéndote hasta amarme… los haré pelear por mí, los haré matarse el uno al otro… ¡¡¡sufrirán el dolor de matar a su hermano con sus propias manos!!!

Y mientras estoy cumpliendo la orden de tu hermano el rey, diciéndome a mí mismo una y otra vez que la venganza llegaría y con creces; siento tu mirada desaprobatoria por el gesto y me mofo de ti. ¡Caerás mucho antes de lo que pensé! Y justo ahora, cuando escuchó el sonido de tu espada desenvainada y la voz de tu hermano deteniéndote. Mientras era testigo de su discusión por mi vida, reprimí dentro de mí la risa que quiero soltar al ver el escenario que se convertiría en su realidad. Sólo dejé que mi rostro reflejara todo lo que siento justo en este momento. El odio que tú y tu hermano han creado en mí…

El odio que los destruirá…

El odio que me consume…

Capitulo 03: El Deseo de Venganza

Gracias a quienes leen. Espeor comentem me interesaría mucho conocer su opinión de esta historia. Les dejo Spoiler 04:

"−¡Vete príncipe! –me ordenó, soltándose y dándole una orden silenciosa a Dohko.

−¡Dime que también escaparas! –le pedí, con lágrimas en los ojos−. ¡Dime Asmita que también escaparas! –le supliqué, mientras Dohko me jalaba por los brazos para hacerme ir con él−. ¡YO QUIERO QUE SIGAS SIENDO EL CONSORTE DEL REY! ¡MI CONSORTE!"



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Recuã©rdame (hadesxshunxshaka)  
Ella!! Ella!!
Fecha El 03/03/12 a las 03:03:09
Ella!! Ella!!
Fecha El 07/03/12 a las 02:03:42
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Mensaje Normal
Mensaje No Leido
Emboscada a tu corazon Val Val: 1.75  
Leona_Radiant_Dawn Leona_Radiant_Dawn
Fecha El 24/01/12 a las 09:01:17
Shun$ever Shun$ever
Fecha El 08/03/12 a las 07:03:08
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