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It's My Life (Aioria x Ikki) It's My Life (Aioria x Ikki) (0.423 s)

It's My Life (Aioria x Ikki)

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It's My Life (Aioria x Ikki)

Resumen: Aioria descubre que su hermano mantiene una relación a sus espaldas con Marin. En su desesperación, encuentra consuelo en Ikki, pero también un montón de dudas.

 

Pareja principal: Aioria x Ikki

 

Tipo: Romántico

Clasificación: NC17

Estado: Terminado

 

Autor: Ghylainne

Razón: puro placer ^^

 

Personajes

Principales: Aioria, Ikki

Secundarios: Aiolos, Shaka, Shun

 

Comentarios adicionales: Mi fic más largo, como 5.000 palabras, y que pensé que no se acababa en la vida XD Espero que lo disfruten ^^ 


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It’s My Life

 

Sentado en la cocina del Templo de Leo, Ikki removía distraídamente su taza de café mientras leía el periódico. Al japonés no le importaba tener que desayunar solo, según más de uno porque era un antisocial, solitario y demás elogios que no se molestaba en desmentir. Así que mientras su anfitrión desayunaba con su hermano, él se quedaba con sus noticias y su café. Pero con lo que no contaba era con que Aioria regresara antes de lo previsto y con un humor de perros. Gruñó en respuesta al saludo de Ikki y cerró la nevera de un golpe después de sacar una botella de leche sin dejar de jurar por lo bajo.

—¿Te ocurre algo? —preguntó innecesariamente, porque era evidente que sí le pasaba algo.

—Mi hermano, eso es lo que me pasa.

Y salió de la cocina dejando a Ikki completamente confundido. No es que conociera al rubio demasiado bien, pero estaba seguro de que su relación con Aiolos era mejor que buena, así que no acababa de entender su reacción. Todavía estaba allí sentado, pensando en si tratar de hablar con él o dejarlo en paz cuando Aioria regresó, sentándose frente a él.

—Aiolos es un capullo —dijo enfadado mientras se servía una taza de café.

—No creo que sea para tanto —trató de consolarlo.

—Está saliendo con Marin —dijo mirando las galletas y fingiendo escoger una—, desde hace un mes, en secreto, para no hacerme daño —remarcó con ironía—. Los pillé cuando llegué a su Templo —terminó con enfado.

Ikki no dijo nada y siguió removiendo su café. No era ningún secreto que Aioria estaba enamorado de la pelirroja, simplemente era incapaz de fingir para ocultar sus sentimientos. Terminaron de desayunar cada uno a lo suyo, Ikki valorando la posibilidad de decir algo que pudiera servirle de consuelo, y Aioria despotricando contra su hermano. Poco después, el Fénix se marchó. Le había prometido a Shun pasar el día con él, pero su cabeza no estaba en el mismo lugar que el resto de su cuerpo. No lograba concentrarse en nada de lo que hacía o decía su hermano, pensando en la impresión que le había causado el griego. Y le seguía dando vueltas mientras subía las escaleras camino de Leo.

El león seguía tirado en el sofá, haciendo zapping y protestando por todos los programas que daban o por lo mucho que duraban los anuncios. A su lado había un bowl de palomitas de maíz que engullía como si le fuera la vida en ello. Parecía incluso más deprimido que cuando lo había dejado unas horas antes. Se sentó y echó mano de las palomitas. Siguieron en silencio un rato, hasta que Aioria se levantó y fue hasta la cocina.

—¿Te apetece una cerveza? —gritó mientras abría la nevera y sacaba varias latas sin esperar por una respuesta.

Dejó las latas encima de la mesa de la cocina, con otro bowl de palomitas, uno con patatas fritas y varios cuencos con aceitunas, frutos secos y galletitas saladas.

—¿No venías a por una cerveza? —preguntó Ikki, que se había acercado al ver que tardaba.

—Cuando estoy deprimido me da por comer —explicó sentándose mientras abría una lata y bebía un gran trago.

Ikki lo imitó. Él no estaba deprimido ni tenía hambre, pero tampoco tenía nada mejor que hacer, así que se dedicó a abrir pistachos y tomar aceitunas mientras la cara de Aioria se iba desencajando poco a poco. Llegó un punto en el que parecía que se iba a echar a llorar, pero el león supo contenerse con grandes esfuerzos. A medida que aumentaba el nivel de alcohol ingerido, también lo hicieron las incoherencias que empezaron a decir uno y otro. Y de las meteduras de pata de su época de aprendices pasaron a la razón de que estuvieran allí sentados.

—Debería habérmelo dicho —dijo mientras intentaba alcanzar las aceitunas con una mano temblorosa.

—Desde luego —asintió levantando su cerveza en un imaginario brindis.

—Aunque, y no te lo tomes a mal —continuó mirándolo a los ojos—, si tú fueras una chica, no te haría ascos.

Ikki meneó la cabeza, no muy seguro de lo que acababa de oír. Con tantas cervezas le estaba costando un poco procesar la información. De todas formas, Aioria no parecía esperar ninguna respuesta, porque seguía divagando sin acordarse de que estaba acompañado. Y debía haber sido culpa del alcohol, porque en circunstancias normales, jamás habría respondido como lo hizo.

—Tú no eres una chica y yo no te hago ascos —comentó mirándolo directamente a los ojos.

Ahora era el griego el que no terminaba de comprender lo que ocurría. Se pasó la mano por los rizos, valorando la situación. El problema era que sus neuronas no funcionaban precisamente a plena velocidad ni encontraba nada que decir que tuviera un mínimo de sentido. O que lo que en aquellos momentos tenía sentido, normalmente no lo tenía. Lo señaló con el dedo y abrió y cerró la boca varias veces sin decir nada. Finalmente se echó a reír agitando el dedo.

—No sé por qué me río.

Ikki no dijo nada, pero también se rió.

 

 

 

 

A la mañana siguiente, el Fénix se levantó antes que Aioria, y salió rumbo a la playa antes de que pudiese verlo. Quería evitarlo mientras fuese posible. No había dormido demasiado, con la conversación que habían mantenido dándole vueltas en la cabeza. No tenía muy claro si se arrepentía o no, pero tampoco sabía si quería ver la reacción de Aioria una vez sereno. Iba a ser una situación muy incómoda para los dos; prácticamente se le había declarado, y aquello no era algo que estuviese dispuesto a admitir fácilmente.

Se descalzó, arremangó los bajos de su pantalón y se acercó a la orilla, metiendo los pies en el agua. De repente se encontró pensando en su entrenamiento en la isla de la Reina de la Muerte. Allí había conocido por primera vez el amor, y también el odio. Su maestro siempre había considerado que amar era una muestra de debilidad. Esbozó una mueca al pensar que había terminado por asimilar que así era. Había tardado mucho tiempo en darse cuenta de que estaba equivocado, y que para mantener la cabeza fría en combate no tenía que renunciar a sus sentimientos.

Un chapoteo le hizo girarse. Aioria se acercaba cabizbajo. Aún no lo había visto, iba mirando al agua y no a lo que tenía delante, de modo que casi se da de narices contra el japonés.

—Lo siento —se disculpó distraído, casi sin darse cuenta de que Ikki estaba allí.

—¿Estás bien?

Aioria negó con la cabeza. La imagen de Aiolos abrazando a Marin no se le iba de la mente. Ikki lo alejó de la orilla y se sentaron en la arena, quedando en silencio durante un rato, mientras el griego seguía perdido en sus pensamientos y el Fénix trataba de encontrar las frases adecuadas para consolar a su amigo.

—¿Has hablado con Aiolos?— preguntó por fin.

—No, ni siquiera sé qué decirle después de como me puse, le grité como un energúmeno —confesó.

—Ya.

—Oye, ¿ayer hablabas en serio?

Ikki asintió. Realmente confiaba en que lo hubiese olvidado, pero al parecer había sido todo lo contrario. Y aunque desde su llegada al Santuario había encontrado muy fácil abrirse cada vez un poco más a su compañero, lo último que quería era dar explicaciones de sus preferencias sexuales.

—Pero yo creía que tú...

Al parecer el rubio no era de la misma opinión.

—Soy bisexual.

—Entiendo.

Ikki trató desesperadamente de cambiar de tema de conversación hacia cualquier cosa que no fuese su inexistente vida sentimental. Parte de sus reticencias se debían precisamente a que su orgullo se resistía a admitir que, a pesar de sus inclinaciones y sus escarceos por Tokyo, Esmeralda había sido el único amor de su vida. Por otro lado, Shun siempre lo animaba a ser más sociable, y tal vez un par de chistes a su costa podrían animar a Aioria y cumplir los deseos de su hermano.

—La verdad es que el Santuario está mejor surtido que mi isla para encontrar hombres atractivos —se rió, contagiando al león.

Siguieron hablando durante un buen rato, sobre todo de como se sentía el león. En cierto modo, comprendía como se sentía. Él también se habría enfadado con Shun si le hubiese robado a Esmeralda. Le daba lástima ver que su relación con Aiolos se agrietaba, después de todo lo que había sufrido al creerlo un traidor. Quería decirle que no era para tanto y que todo se solucionaría, pero le parecían frases huecas, y hasta ofensivas para la amistad que se había ido forjando entre ellos.

—Bueno, si algún día cambias de bando, házmelo saber —dijo sonriente, con la esperanza de animar un poco al griego.

—¿Es muy distinto? —preguntó con curiosidad—. Ya sabes, de una mujer a un hombre.

Ikki se encogió de hombros. La verdad era que nunca se lo había planteado. Desde que había descubierto que le daban igual hombres que mujeres nunca se había parado a pensar si había alguna diferencia. Tampoco le importaba.

—Me da igual el envoltorio, me importa lo que hay detrás —explicó—. Obviamente el cuerpo de una mujer no es igual que el de un hombre, pero aparte de eso...

Dejó la frase sin terminar, mientras Aioria lo miraba sin terminar de entenderlo. Ikki se desesperó, no tenía la menor idea de cómo expresarse con mayor claridad.

—Cierra los ojos —pidió con impaciencia.

El león los cerró, obediente, esperando algún experimento en el que se tendría que imaginar abrazando a Saga o Shura, a Death Mask en el peor de los casos, pero no se imaginaba que iba a terminar con los labios del Fénix en los suyos. Dio un respingo cuando Ikki lo besó, pero tampoco hizo nada por apartarlo. No se había limitado a presionar los labios contra los suyos, sino que era envolvente y cálido, sentía cómo se abría paso en su boca, cómo su lengua buscaba la suya, cómo saboreaba sus labios antes de separarse.

—Entonces, ¿es lo mismo? —preguntó en un susurro.

Aioria lo miró bastante confundido. Ikki lo había tomado por sorpresa y, sin embargo, no podía negar que le había gustado. Afortunadamente para él, un cosmos que se acercaba le libró de responder. Aiolos iba hacia ellos, así que el japonés recogió sus zapatos y los dejó solos. Iba a matar a su hermano y sus consejos.

El león quiso salir de allí antes de que el centauro los alcanzase, pero éste lo llamó antes de que pudiese alejarse.

—¡Aioria! —gritó, pero el menor no se giró hacia él—. ¿No vamos a poder hablar como dos personas civilizadas?

—¿Para qué? —respondió todavía de espaldas—. Eso no va a cambiar el hecho de que estás con Marin.

—Lo siento mucho, pero...

—¿Pero qué? —lo interrumpió, mirándolo por primera vez a los ojos—. ¿Que no has tenido el valor de decírmelo a la cara?

Aiolos sacudió la cabeza. A veces su hermano podía llegar a ser más tozudo que una mula.

—Iba a decir que no creo que estés tan interesado en Marin como te empeñas en decir, pero haz lo que quieras, es tu vida.

Se dio la vuelta y se marchó por donde había venido, dejando a Aioria peor de lo que ya estaba. Las cosas estaban pasando demasiado rápido, sin darle tiempo a asimilarlas. Primero se encontraba a su hermano metiéndole mano a la chica de la que estaba enamorado, luego Ikki lo besaba y, para colmo de males, Aiolos le soltaba que sus sentimientos por Marin sólo eran algo pasajero. Se levantó y se fue en dirección al pueblo. Necesitaba pensar, a ser posible lejos de todos.

 

 

 

 

Ikki se quedó dando vueltas en Leo hasta la hora de comer, que decidió acercarse a Virgo y recriminarle a Shun sus consejos. Por desgracia para él, Shaka también estaba allí, aunque el rubio le caía bien y sabía que no haría burla de lo que contase.

—Eso no es lo que yo te dije —se defendió su hermano cuando, tomando el postre, les contó toda la historia.

Tenía razón. Shun sólo le había aconsejado que procurase ser un poco más sociable de lo habitual durante su estancia en el Santuario, no que besase a cuanto Caballero se le pusiese por delante. Shaka dejó escapar una risita.

—Últimamente Aioria está muy cambiado —comentó—, pero al parecer no se ha dado cuenta.

Los otros dos lo miraron sin comprender.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Ikki.

—Se ha vuelto mucho más moderado y reflexivo —aclaró—. Yo diría que pretende causarte una buena impresión, que es lo mismo que tú tratas de hacer.

El Fénix no estaba muy convencido de los argumentos de Shaka, pero no los discutió. Siempre se había imaginado al griego como una especie de Seiya de metro ochenta, pero en su lugar había encontrado a alguien más maduro, suponía que por la diferencia de edad, su pasado y su propia condición de Caballero de Oro. No lo conocía tanto para saber si había cambiado o no, pero le resultaba muy agradable. A él le había costado muchísimo abrirse, aunque sólo fuese para hacer la vida en el Templo menos incómoda que si no le respondiese ni los buenos días.

Se despidió y bajó a Leo, que seguía igual de vacío que cuando lo había dejado para ir a Virgo. Era bastante tarde, no podía ser que Aioria todavía estuviese en la playa con Aiolos. Decidió bajar de todas formas, no le apetecía quedarse encerrado entre cuatro paredes todo el día. Pero allí tampoco estaba. Supuso que los hermanos se habrían marchado juntos y, sin ganas de acercarse a Sagitario, se tumbó en la arena.

 

 

 

 

Aioria se dedicó a recorrer el pueblo sin rumbo fijo. Tanto le daba estar allí como en el medio de Atenas. Se estaba comportando como un auténtico cretino, pero no podía evitarlo. Era demasiado impulsivo, lo que le llevaba a actuar antes de pensar las consecuencias de sus actos. Dejarse llevar tanto por sus sentimientos no siempre era una buena idea, se estaba haciendo daño a si mismo y a Aiolos, y posiblemente también a Marin. Hizo una mueca al pensar en la joven. La había amado tanto y nunca se había atrevido a confesarlo. Su deber para con Atenea y vengar el honor de su hermano siempre habían susurrado un “no lo hagas” en su mente cada vez que encontraba valor para hablar con ella, anteponiéndose a su felicidad. Y ahora ya no podría hacerlo nunca.

Un rugido de sus tripas lo avisó de que se estaba haciendo tarde y todavía no había comido. Buscó un restaurante que no estuviese muy lleno y siguió perdido en sus pensamientos mientras esperaba la comida. Había algo más aparte de Aiolos que no podía quitarse de la cabeza, y era el beso de Ikki. Vale que él se lo había buscado por insistir en meterse donde no le llamaban, pero entonces ¿por qué le había gustado? No pudo encontrar ninguna respuesta, así que terminó de comer y se marchó.

No quería regresar a Leo y enfrentarse a Ikki. Todavía sentía sus labios arder, y juraría que sus mejillas se sonrojaban como las de una chiquilla cada vez que pensaba en ello. Salió del pueblo y se dirigió a la playa cada vez más confuso. No quería pensar en el japonés, pero no dejaba de abrirse paso en su mente, alterándolo de una forma que no hubiera creído posible. Sin embargo, en la playa no encontró la tranquilidad que estaba buscando, porque tumbado en la arena estaba el Fénix.

Ikki no lo había sentido llegar. El calor y la comida lo habían amodorrado y estaba a punto de quedarse dormido cuando vio que Aioria estaba a punto de dar la vuelta y subir de cuatro en cuatro las escaleras hasta la quinta Casa.

—¿Te vas? —preguntó incorporándose sobre un codo, ajeno a la confusión que provocaba en el león.

—No quería molestarte.

—No molestas.

Se acercó y se sentó a su lado, tratando de no mirarlo a la cara, buscando algún tema de conversación que no lo pusiera en un compromiso como el de aquella mañana, pero Ikki fue más rápido.

—¿Qué tal te fue con Aiolos?

—Hemos vuelto a discutir —confesó—. Según él, Marin no me interesa.

Ikki lo miró sorprendido. A él siempre le había parecido todo lo contrario, lo que consideraba un desperdicio, porque el griego era guapo, tenía buen cuerpo, cualquiera con ojos en la cara podía ver lo atractivo que resultaba.

—Lo siento —dijo, sin saber muy bien como consolarlo.

Aioria no respondió. Estaban sentados demasiado cerca, y cada vez que lo miraba lo asaltaba el deseo de volver a tener sus labios en los suyos. No sabía por qué, y se había hartado de tratar de entenderlo, fracasando estrepitosamente. Así que se quedó en silencio, sintiendo como Ikki lo miraba de reojo.

El japonés se preguntaba si su actitud se debía a la discusión con su hermano o al beso de aquella mañana. Desde luego, no había sido para nada desagradable, al menos en su opinión, aunque el griego se lo podría haber tomado peor, porque al separarse sí que lo había notado un poco raro, aunque él se estuviese muriendo de ganas por repetirlo.

Luego todo pasó a cámara lenta. Aioria finalmente se giró a mirarlo, sólo para encontrarse con los ojos de Ikki clavados en él. Por un beso cortito no tendría que pasar nada, se decía mientras los dos se acercaban con la misma intención. Pero el suave roce no fue suficiente para ninguno, besándose con fiereza. Ikki gimió al sentir la respuesta del león, su lengua aventurándose en busca de la suya. Se pegaron el uno al otro, el beso no llegaba, y sus cuerpos pedían más contacto, sentir su calor. El Fénix se movió lo justo para sentarse en su regazo, dejándose abrazar por manos que se deslizaban debajo de su camisa. Dejó de besarlo y levantó los brazos en una muda invitación para que lo desnudara. Aioria deslizó la prenda rozando intencionadamente abdomen y brazos, y sus labios se fueron a posar en el cuello moreno que se le ofrecía, en su pecho, su estómago, en toda la piel que el límite de los vaqueros le permitía, provocando gemidos ahogados.

El griego no estaba muy seguro de cómo había llegado a aquella situación que había intentado evitar, pero no le importaba. En aquel momento sólo quería más y más. Se quitó la camisa, mostrando una piel sobre la que Ikki se lanzó como un ave de presa. Trató de contener los gemidos que le provocaba por miedo a que alguien los descubriera en una situación tan comprometida. Se miraron durante un segundo. Ikki no iba a quitarle los pantalones si Aioria decidía que no quería ir más allá, pero su voz lo sacó de dudas.

—Date prisa —suplicó.

El japonés no necesitó nada más para animarse a terminar de desnudarlo, pero sin la rapidez exigida por su compañero. Lo hizo tumbarse en la arena, volviendo a atacar su piel con besos y caricias. Aioria se mordió el labio, tratando de ahogar los gemidos que le provocaban aquellas atenciones, sobre todo cuando la mano de Ikki se deslizó por su entrepierna, deleitándose al sentir su erección. Soltó el botón y bajó la cremallera con lentitud desesperante, presionando mientras la deslizaba, disfrutando de la tortura que le estaba dando al excitado griego. Le quitó el pantalón y la ropa interior a la vez, antes de inclinarse sobre él y besarlo con pasión.

Las manos de Aioria aprovecharon para dirigirse al cierre de los vaqueros y quitárselos con mucha más rapidez de la que él había sido objeto. Notando su impaciencia, Ikki se incorporó y terminó de desnudarse antes de inclinarse a besarlo de nuevo, mientras el león masajeaba su trasero, presionándolo, forzando que sus intimidades se rozasen con mayor intensidad.

El Fénix besó su cuello, bajando lentamente por su pecho, donde se entretuvo lamiendo y succionando sus pezones antes de continuar dejando un rastro húmedo camino de su vientre. Le acarició los muslos, separándolos un poco, haciéndose sitio entre sus piernas. Su respiración golpeaba con calidez al león, que cada vez encontraba más difícil permanecer en silencio ante los ataques del japonés, sobre todo al sentir su lengua recorriendo su erección, sus labios jugando con la punta antes de introducirla en su boca. Aioria pensó que no tardaría en correrse, pero Ikki se detuvo, ganándose un gemido de reproche.

—Aún no —susurró.

—Pero yo quiero ahora.

El griego se tumbó encima de él, mientras Ikki abría las piernas, ofreciéndose sin vergüenza, acariciando su espalda llena de arena pegada por el sudor. Lo masturbó despacio, devolviéndole la tortura, incrementando la velocidad poco a poco. Quería penetrarlo, quería hacerlo suyo, y no quería esperar, pero tampoco quería hacerle daño. El japonés debió percibir sus dudas, porque le hizo dejar el placer que le estaba dando y guió su mano hasta su trasero. Los dedos de Aioria se deslizaron con cuidado en su interior, dilatándolo, hasta que pensó que era suficiente. Guió su miembro hasta su entrada y lo penetró despacio, recreándose en las placenteras sensaciones que le producía verse atrapado en su interior. Hundió la cabeza en su cuello, que besó con fiereza, y comenzó a moverse, esta vez rápido, buscando no retrasar más el orgasmo que se habían negado. Esta vez, ninguno de los dos se reprimió, y los fuertes gemidos de placer resonaron en la pequeña cala.

 

 

 

 

En los días siguientes Aioria se volvió mucho más esquivo, no sólo con su hermano, sino con todo el mundo, incluido Ikki. Se levantaba antes que él, iba a entrenar solo, alejado de los demás, o se encerraba horas en su habitación. El Fénix no se atrevió a preguntarle qué le pasaba. Tenía miedo de que la respuesta fuera que se arrepentía de lo sucedido en la playa. No le quedó más remedio que actuar como si nada hubiera pasado, y responder a las preguntas del resto de Caballeros achacando su actitud a lo que ya no era ningún secreto: la relación de Aiolos con Marin, recibiendo en respuesta un “ya se le pasará”. Se preguntaba qué le responderían si supieran que se habían acostado.

Había pensado en hablar con Shun y contárselo, aunque la idea le hacía sentir como un niño pequeño buscando consuelo. Nunca le había contado nada de sus relaciones, pero esta vez era diferente, tenía que ver al griego a todas horas al no poder salir del Santuario y vivir en el mismo Templo. O lo vería si no dejara de esconderse como un conejo en su madriguera.

Finalmente se decidió por ir a Virgo y contarle medias verdades. No se avergonzaba de lo que había hecho, pero no quería escandalizar a Shun. En su mente, seguía siendo un niño inocente al que debía proteger. No tenía la más remota idea de su vida sexual, si es que la tenía, y ni ganas que tenía de saberlo. Lo que sí que esperaba era encontrarlo solo, esta vez no quería que Shaka estuviese presente. Pero Shun no estaba, ni tampoco el guardián de la Casa, así que se resignó y volvió a Leo, sin dejar de darle vueltas a la actitud del griego.

 

 

 

 

Aioria no podía sacarse de la cabeza la imagen del Fénix desnudo debajo de él. Nunca, jamás, se había fijado en un hombre, fuese o no uno de sus compañeros de la Orden, y no comprendía muy bien lo que se le había pasado por la mente para acabar metiéndole mano. En aquel momento echaba de menos a su hermano. Quería hablar con alguien, desahogarse, pero al no hablarse con Aiolos su lista de confidentes quedaba bastante reducida. No se atrevía a contárselo a nadie más, no quería ser el blanco de las bromas subidas de tono de sus compañeros. En vista de las circunstancias, tal vez debería dejar su orgullo herido atrás y hacer las paces con su hermano.

Con esa idea, subió hasta Sagitario, esperando que Marin no se encontrase allí. Bastante difícil iba a ser ya como para tenerla delante. No sabía muy bien cómo iba a empezar, todo lo que se le ocurría le parecía melodramático y vacío. Y eso no le parecía justo, ni para Aiolos ni para él. Se sentía como un niño pequeño que sabe que va a ser regañado por sus travesuras. Cabizbajo, y sin tener todavía muy claro lo que iba a decir, entró en el noveno Templo.

Aiolos estaba leyendo un libro en el salón, y no pudo reprimir la sorpresa al ver a su hermano entrar en la habitación. Últimamente su relación no había sido muy cordial. El león no parecía muy cómodo, miraba al suelo y se retorcía las manos con nerviosismo. El arquero dejó el libro a un lado y esperó a que su cachorro comenzase a hablar. Lo conocía muy bien y sabía que así como se exaltaba fácilmente, sólo necesitaba un poco de tiempo para darse cuenta de sus errores.

—¿Podemos hablar un momento? —preguntó con timidez.

Aiolos señaló el sillón enfrente del suyo y esperó pacientemente mientras Aioria se sentaba sin dejar de retorcerse las manos.

—He sido un auténtico gilipollas —dijo finalmente—. Nunca intenté nada con Marin y probablemente nunca lo hubiera hecho —confesó—. No tenía derecho a ponerme así.

—Disculpas aceptadas —dijo con una sonrisa.

Se alegraba de que su hermano lo perdonase y que pudieran recuperar su relación. Pero, al parecer, Aioria no había terminado. Después de devolverle una sonrisa un poco forzada, volvió a mirar al suelo, estrujándose las manos y con las mejillas rojas de puro embarazo. Un par de veces intentó hablar, pero la voz no le salía. En su mente había parecido mucho más fácil de lo que estaba siendo.

—Hay otra cosa —dijo con un hilo de voz—. Algo que quería preguntarte.

Aiolos lo miró, expectante, curioso por saber qué afectaba tanto a su hermano, pero no dijo nada, permitiéndole tomarse el tiempo que le hiciese falta. El menor volvió a dudar. Por un lado, necesitaba hablar con él de sus confusos sentimientos, pero también tenía miedo de que su hermano se avergonzase de él.

—Me he acostado con Ikki —soltó de golpe, queriendo pasar el mal trago de una vez.

A Aiolos aquello lo pilló por sorpresa. Desde luego, había notado que la relación de Aioria con el japonés se estrechaba desde que había llegado al Santuario, pero no esperaba que lo hubiese hecho hasta semejante punto. No supo qué decirle, aunque el menor no parecía esperar que le dijese nada, porque se levantó y comenzó a dar vueltas por la habitación sin dejar de hablar.

—No sé en qué estaba pensando —continuó—, estábamos de charla en la playa y antes de darme cuenta... —se interrumpió, llevándose las manos a la cabeza con desesperación—. ¡Por todos los dioses!

Aiolos no sabía muy bien qué decirle. Todo lo que se le ocurrían eran obviedades o estupideces. Se levantó y se acercó, todavía pensando en algo que no dejase su fama de juicioso por los suelos. Finalmente, tuvo que rendirse a la evidencia de que no lo iba a encontrar, así que optó por retomar las primeras frases de su hermano.

—¿Y qué querías preguntarme, exactamente?

—¿Es normal que de repente me tire a un tío? —dijo desesperado.

—No sé si es normal o no, pero si te gusta —Aioria asintió—, entonces no puede ser algo malo, ¿no crees?

—Supongo que no —respondió dejándose caer de nuevo en el sofá.

—Deberías hablar con él —sugirió Aiolos.

 

 

 

 

Aioria bajó las escaleras hacia su Templo con paso lento. Había esquivado a Ikki desde la tarde en la playa. No sabía cómo sacar el tema sin dar la impresión de que se arrepentía o estaba asqueado. Él no era un hombre de muchas palabras, le costaba encontrar las adecuadas cuando se trataba de expresar ideas complejas. Prefería que sus acciones hablasen por él, pero tampoco era cuestión de acostarse de nuevo con él para demostrarle que le importaba.

Por suerte, cuando llegó a Leo, Ikki estaba profundamente dormido en el sofá. Verlo así, durmiendo pacíficamente, era enternecedor. Casi ni parecía el Caballero que se había ganado la fama de capullo a pulso. Sonrió y fue a la cocina tratando de hacer el menor ruido posible. No quería despertarlo. Fracasó estrepitosamente, porque el vaso se le cayó de la mano y se estrelló contra el suelo. Se apresuró a recoger los trocitos de vidrio maldiciendo por lo bajo, pero el Fénix ya estaba en la puerta frotándose un ojo y con el pelo revuelto.

—Lo siento —se disculpó Aioria—, no quería despertarte.

—Da igual. ¿Has estado con Aiolos? —preguntó, todavía más dormido que despierto.

Asintió con la cabeza. Si quería hacerle caso a su hermano aquel parecía un buen momento, Ikki había sacado el tema y él no tendría que buscar excusas peregrinas y quedar como un idiota por no saber decir las cosas claramente.

—Según él debería hablar contigo.

—¿Conmigo? —se sorprendió.

—Se lo he contado —dijo en voz baja, esperando que no se ofendiera—. Que nos acostamos y... —la voz se le quebró—, bueno, que me gustó, y que tú también me gustas —finalizó mirándolo a los ojos.

Ikki lo miró completamente alucinado. Se quedó en silencio tanto rato que el griego ya empezaba a pensar que había metido la pata hasta el fondo.

—Supongo que yo también debería haberte dicho que me gustas.

Aioria se echó a reír, contagiando al Fénix. Aquella era la peor declaración de amor de todos los tiempos. Al parecer, a ninguno de los dos se les daba bien expresar sus emociones. Y en vista de que preferían las acciones, se acercó al japonés, lo agarró por la cintura y le dio un beso profundo mientras Ikki se pegaba más contra él. Ya no tenía dudas, porque por fin se había dado cuenta de que iba a vivir como le diese la gana, porque al fin y al cabo, se trataba de su vida.

 

 

~~FIN~~

 

 

Ferrol (Galicia), España

17 – diciembre – 2011 


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Shun$ever Shun$ever
Fecha El 08/03/12 a las 07:03:08
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